Comenzó como siempre: una nueva gripe en un país pobre, una mutación de no se que cepa que saltó de no se que animal al hombre y se contagia a través del aire, miles de afectados y un índice de mortandad fuera de las escalas. Continuó como siempre: alarma en los medios, cancelación de vuelos, control de fronteras... Poco después surgieron los primeros casos en los países ricos y llegó la tercera fase: pandemia, la OMS toma medidas, la vacuna estará en unos meses... Las farmacéuticas, los fabricantes de mascarillas y productos desinfectantes, los diseñadores de carteles con listados de normas preventivas y los obsesos de las conspiraciones prosperaron.
Como siempre, como tantas otras veces desde finales del siglo XX, por eso la alarma no duró demasiado, al menos no en la parte buena del planeta. Los casos graves fueron pocos, hacía años que, gracias a los mensajes y obligaciones impuestas por los estados del bienestar, nuestros cuerpos vacunados, libres de todo mal, habían alcanzado la perfección de líneas necesaria para resistir sin problemas una gripe.
Por eso el cabrón del virus nos engañó a todos.
¿Un periodo de latencia cuando uno se creía ya curado? ¿Una mutación imprevisible? no hubo tiempo para muchas hipótesis antes de que llegara el apocalipsis, antes de trasformarnos en gimientes sacos de pústulas sangrantes.
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Al principio formé parte del disciplinado equipo de vigilancia en uno de los grandes hospitales de referencia, durante el pánico global fui un animal salvaje más, un animal envuelto en traje NBQ y armado con fusil de asalto y el lanzallamas que usaba para esterilizar por la vía rápida. Al final, rodeado de cadáveres calcinados tuve la puta suerte de llegar al bunker.
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Hoy, cinco meses después, cinco meses de silencio y de aguantar mi insoportable compañía, he vuelto a enfundarme el traje protector y a tomar las armas, he salido al infierno y el infierno me ha recibió con sonrisas descarnadas en cuerpos podridos. Cinco meses son una buena cuarentena, no me fío, apenas he recorrido unos metros alrededor de la puerta y sin rozar nada, he vuelto a la cámara de desinfección, triplicando el tiempo de limpieza para eliminar cualquier rastro de ponzoña.
He pensado en pegarme un tiro, supongo que mi parte animal se empeña en seguir respirando contra toda razón, he descartado lo del tiro y he trazado un plan, un objetivo, un algo que me libre de la locura definitiva. Continuar encerrado no tiene sentido, quizá haya alguien más ahí fuera, en cualquier caso no pienso permanecer un día más en este gigantesco osario. Debo alejarme de la muerte y de la posibilidad de un contagio, por remota que sea. Tengo provisiones de sobra, se donde encontrar el vehículo adecuado y también donde ir, lejos de todos, a los interminables bosques de mi infancia.
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Es el mismo vehículo semiblindado, diseñado para la guerra bacteriológica, que habíamos usado durante la epidemia. Está contaminado, un par de idiotas intentaron refugiarse en su interior dejando la puerta abierta, un problema que se puede solucionar. He sacado los cadáveres y lo he acercado hasta la entrada del bunker para aislarlo con burbuja de plástico extensible. Una vez limpio, he revisado los sistemas, cargado toda la comida, combustible, armas y municiones que puede trasportar. También un par de trajes de repuesto. Trabajando despacio, sin prisa, poniendo mucho cuidado en esterilizarlo todo.
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Al amanecer de un tranquilo día de verano huyo de la ciudad y de los muertos.
Alcanzo la avenida con alguna dificultad trepando sobre las ruinas, ruinas de edificios, ruinas de máquinas, ruinas humanas, montañas de huesos y carroña secándose al sol que ni siquiera las bandadas de aves que me sobrevuelan se atreven a picotear. Giro para llegar a la autopista y freno. Un gran anuncio me saluda desde lo alto,. ¡Funciona! ¿Quizá..? ¡Tonterías! un panel solar y algún cúmulo de casualidades le mantienen en marcha, trasmitiendo el mensaje programado tiempo atrás. Me quedo mirándole con la boca abierta, es de la última campaña del ministerio de sanidad, anterior a la epidemia, ¿Por qué no hasta los 120? Reza el eslogan. Dos ancianos saludables lucen sus dentaduras perfectas descansando en cualquier paraíso para jubilados, las imágenes se suceden, deportistas, gentes felices, costumbres sanas que dan paso a terribles imágenes y al recordatorio de todo lo prohibido.
No se si reír o llorar. Sigo adelante.
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Han pasado tres días y no logro perderlos de vista, surgen aquí y allá como mojones de una carretera al infierno. En mitad de la calzada, amontonados en las cunetas, por grupos, por parejas, solos... Los mismos síntomas, la misma muerte. Parece que la estampida alcanzó mucho más allá de lo que creía. Mañana comenzaré la ascensión, he buscado una pista secundaria, un camino perdido ya antes de que todo se perdiera.
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El bosque se abre ante mi como una promesa de salvación, un manto protector que lo cubrirá todo alejándome por fin del holocausto. Recuerdo nuestra cabaña, los días de caza con mi padre, los pasteles humeantes de mi madre al regresa, antes de que el gobierno prohibiera sus deliciosas grasas saturadas.
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¡Por fin los dejé atrás! al principio, vi los restos de un grupo de excursionistas, después, kilómetros y kilómetros de arboleda. He encontrado una especie de refugio cerca de un arroyo y me estoy preparando para bajar, si está vacío, comprobaré los alrededores y lo usaré como mi nuevo hogar..
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¡Maldita sea! Más cadáveres, ¿Es que esa gran puta alcanzó todos los rincones de la tierra? Me limpio compulsivamente y continuo.
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La pista de tierra se ha terminado, intento cruzar entre los árboles pero el vehículo no puede seguir. Observo el exterior, no hay nada que indique peligro, ninguna amenaza que no sean las que siempre ha guardo el bosque, dudo, el refugio con su carga de purulencia apenas está a un quinientos metros. No queda otra, seguiré adentrándome en la selva, «ahí, muchacho, hay lugares donde ningún hombre a puesto el píe», solía decir mi padre cuando nos alejábamos demasiado. Si no hay hombres no habrá enfermedad.
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Es noche cerrada cuando me detengo a acampar, El NBQ no es el mas adecuado para avanzar por la espesura evitando ramas y zarzas que puedan rasgarle. He intentado alejarme todo lo posible antes de decidirme a parar, no queda otra que quitarme la máscara para comer y beber, estoy agotado, me dejo caer contra un árbol y dejo que mi mano se acerque al cierre. Se queda quieta, insegura, a mi alrededor todo es naturaleza salvaje y viva, sin rastro de civilización. Me arranco la máscara y la arrojó a un lado. Hincho los pulmones de aire limpio, de olor a árboles y a musgo. ¿Cuanto tardaba en hacer efecto? La última mutación era muy rápida, en ocho horas comenzaban los primeros síntomas, si por la mañana aún me encuentro bien estaré salvado.
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Bien, o es la palabra adecuada, me duele hasta el último hueso, ¿El cansancio o la enfermedad? probablemente lo primero. Me miro las manos buscando manchas indicios de infección. Nada. Me siento febril pero el termómetro se clava en treinta y seis. Cansancio, simple cansancio. Me pongo en pie y sigo caminando lejos, tan lejos como pueda llegar.
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Tres días más tarde, cuando encuentro el muro, apenas me sostengo de pie. Es una pared de hormigón de cinco metros de alto protegida por una malla metálica con dibujos de rayos y coronada de alambre de espino. Cámaras de seguridad y torres de vigilancia se reparten cada pocos metros. Un camino de tierra apisonada recorre el perímetro y los árboles han sido talados alrededor en buen trecho. Un fortaleza inexpugnable, una cárcel, diseñado para que nadie entre, ni salga ¿En mitad de esta selva? Es seguro que ninguna carretera llega hasta aquí. ¡Helicópteros! Claro había una compañía de turismo que ofrecía sobrevolar el bosque más grande del planeta, un viaje tan exclusivo que nunca había plazas libres. ¿Sin duda se trata de una instalación militar, uno de esos proyectos secretos del gobierno? Un refugio perfecto, un refugio sin virus.
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El muro no puede ser eterno, en alguna parte habrá una puerta y una explicación. Elijo una dirección al azar y comienzo a andar.
Los ruidos del bosque y de las voces se mezclan en la lejanía.
¡Voces! ¡Voces humanas! ¡Vivas!
Echo a correr.
—¡Los muy idiotas ¡huyeron en cuanto te subió la fiebre —Es una voz de mujer ronca, que carraspea antes de seguir— ¿Ya estás mejor?
—Estoy de puta madre —la segunda es extraña, pastosa—. Una faringitis, me lo dijo el de la celda siete, ese que según cuentan era médico.
—¿Medico eh? ¿Y te ha recetado una botella? —replica la tercera voz, jadeante como si le costara andar.
—Esto —responde el segundo— cura todos los males.
—Ya —responde el de los jadeos.
—Os dije que esos cabrones lo ocultaban, os lo dije — insiste el de la voz pastosa— ¡Hay de todo! Lo usaban en algunos casos, cuando la cura normal no daba resultados.
—Aquí no curan a nadie —interviene con desdén la voz cascada— aquí cogen la pasta de nuestras familias y del gobierno para enterrar la basura donde nadie pueda olerla, no sea que contagiemos a sus cuerpos sanos y perfectos.
—¡Por la basura y los cuerpos perfectos! —brinda el de la voz pastosa.
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Están cerca. La entrada, es una verja de barrotes anchos y robustos. Abierta. Les veo justo al otro lado y me dejo caer, ellos se acercan curiosos: Una mujer flaca de piel cenicienta y dedos huesudos que sostienen un cigarrillo, Un hombre rubicundo de nariz bulbosa y tez enrojecida que lleva una botella en la mano y un gordo inmenso que camina dos pasos por detrás.
Aparto la mirada y me encuentro con un cartel de grandes letras doradas.
«Fundación larga vida para la desintoxicación y reeducación de adictos» Centro especial para casos extremos.
Vuelvo a leerlo, incrédulo, dos, tres veces. La carcajada irrumpe desde el fondo de mi pulmones, histérica, incontrolable, bañada en lágrimas. Sacude mi cuerpo mientras golpeo el suelo con el puño.
El hombre de la botella me observa enfocando con dificultad sus ojos enrojecidos.
—Creo que este joven necesita una copa.