Las medidas de seguridad eran espectaculares.
Tenía su propia fama, no la de ser el padre del doctor Martí, algo que casi todos desconocían; pero el tipo de perros de presa que vigilaban el hotel no eran muy aficionados a la música sinfónica, de modo que fue su paternidad y el figurar en la base de datos de personas admitidas lo que le franqueó el paso hasta la habitación de su hijo.
¿Cuánto años habían pasado? ¿Noventa, cien? Se miró las manos. Seguían igual que cuando empezó a despuntar en el panorama musical, dedos largos, ágiles, precisos, todo gracias a la miriada de diminutas máquinas que recorrían su sangre, reparando infatigables los desperfectos del día a día, conteniendo el desgaste y atajando las enfermedades.
Es curioso como cambia la perspectiva del tiempo cuando se tiene todo el del mundo. Tiempo para aburrirse, para volver a un pasado tan lejano que parecían pertenecer a otro, para arrepentirse y buscar la redención. Por eso había hecho la llamada, una llamada de la que le sorprendió obtener respuesta.
El miedo apretó en el estómago del músico al llegar frente a la puerta. Llamó al viejo estilo, golpeando con los nudillos.
—Pasa.
El hombre que esperaba al otro lado aparentaba su misma edad, incluso mayor, un hombre con los ojos cansados y llenos de decepción.
—Hola padre.
La extrema frialdad, le dejo mudo. Había imaginado el encuentro de mil maneras, ninguna se ajustaba a la realidad.
—Hola hijo —murmuró al fin.
—¿Hijo? ¿te atreves a llamarme hijo?
—Por favor —rogó el músico— no sabes cuanto he deseado este momento.
—¿De verdad? —el doctor Martí soltó una carcajada— después de más de cien años permíteme que lo dude.
Alzó las manos a modo de justificación.
—Se que no tengo derecho a.
—No, no tienes ningún derecho —el médico se levantó del sillón y avanzó hacia su padre con la mirada carga de desdén.
El músico sintió crecer la rabia, por muy justa que fuera la acusación, había ocurrido hacía muchos años, ¿Quien está libre de culpa? Todo el mundo comete errores.
—No fue una decisión fácil —dijo intentando mantener la calma—, yo era muy joven, joven de verdad, no estaba preparado para... Necesitaba libertad, respirar y tu madre.
—Y mi madre y yo éramos un estorbo.
—¡No! —cómo explicar el infierno en que se había convertido su matrimonio, el odio, el fracaso de su carrera, la destrucción sistemática de cualquier resquicio de felicidad. Cómo explicar lo que supuso Luisa, su frescura, su limpia juventud, la sintonía, la música que hizo surgir de un talento que el creía definitivamente muerto. Sacudió la cabeza con impotencia— Tú más que nadie deberías comprender lo que es perseguir una obsesión.
El doctor Martí sonrió.
—Perseguir una obsesión —repitió con desprecio—, alcanzar la gloria, el dinero, la fama.
—Sí.
—Dejando tirado todo lo demás.
—Nunca os falto de nada.
—Por supuesto —replico su hijo burlón—, nuestros abogados se ocuparon de ello.
Era un golpe bajo, el compositor lo encajó y trató de relajarse, no estaba allí para buscar pelea.
—¿Sabes? —continuó su hijo— Lo que más me duele es que ella nunca dejo de amarte, la vi consumirse esperándote, esperando que algún día volvieras, comprando todos tus discos, esperando una llamada, una noticia tuya que no fuese la transferencia mensual.
—Por favor —volvió a implorar el músico—, todo eso fue hace mucho, reconozco que os hice daño — bajo la cabeza— pero aún estamos a tiempo de.
—Tiempo —volvió a interrumpirle su hijo con otra carcajada seca—, por supuesto, tenemos todo el tiempo del mundo, gracias a mi, gracias ella —se acercó un paso más y le golpeo con el dedo en el pecho—, gracias a ti. ¿Irónico verdad?
La locura brillo en los ojos del médico y el músico retrocedió asustado.
—Tú fuiste la causa de su enfermedad —explicó el médico—, todo mi trabajo, mi obsesión, mi gran descubrimiento, todo fue para ella y por tu culpa.
El compositor cerró los ojos.
—Ella fue mi cobaya, la cobaya de toda la humanidad, la primeras pruebas, los primeros resultados, los fracasos, pero no llegó a tiempo de salvarse. Tu sí verdad —una nueva acusación—, tu corriste a implantarte mis milagrosos nanos cuando muy pocos se lo podían permitir, tenías dinero de sobra y ni siquiera sabías que era yo quien estaba detrás.
Era cierto, su hijo se había mantenido en la sombra hasta que años después anunció la donación de su milagro a todo el mundo.
—Día a día la vi consumirse, hasta que no fue más que un saco de piel y huesos devorados por el cáncer. ¿Te imaginas lo que es pasar por algo así?
—Lo siento, no sabes cuanto los siento —era el último intento de romper la barrera—. Aún podemos contar su historia, rescatar su memoria, decirle al mundo a quién debe su mayor don.
—Y compondrás una sinfonía en su honor,! Ja!! Ja!! Ja!
El músico comprendió que la visita había sido un terrible error.
—Creo que todo esto no tiene ningún sentido —dijo alejándose hacia la puerta.
—Lo sientes dices, ¡Mentira! Nunca te importó —continuó su hijo—, no te importó que muriese sola en un miserable hospital.
—Adiós —dijo el compositor.
—¡No le importó a nadie! —Gritó el médico—. Una pobre mujer despreciada olvidada y abandonada. Nadie merece beneficiarse de su sufrimiento.
Estaba claro que el mayor genio de la humanidad, el hombre que había vencido a las enfermedades y a la vejez estaba completamente loco.
El músico abrió la puerta para marcharse y miró el rostro deformado por el odio una última vez.
—¿Sabes porqué acepte recibirte?
El músico negó con la cabeza sin contestar.
—Porque le debes tu vida, todos le deben la vida y todos pagaréis esa deuda —El tono acusaba, sentenciaba y condenaba.
La puerta se cerró ahogando sus última palabras.
—Los programé para cobrarla y hoy ha vencido el plazo.
¿Qué demonios había querido decir?
No llegó a pulsar el botón de llamada del ascensor, uno de los guardaespaldas del pasillo se retorció y cayó al suelo con un golpe seco, el segundo le imitó poco después, entonces llegó su turno, un dolor que surgía de lo más profundo de sus entrañas hincándose hasta el fondo del cerebro. Un camarero se derrumbo en una esquina y una mujer salió arrastrándose entre estertores de una de las habitaciones. La respuesta se abrió paso en medio de su cerebro desquiciado por el sufrimiento y se arrastró hasta una ventana intentando pedir ayuda, lo último que vio antes de morir fue el infierno, una ciudad de caos donde hombres y mujeres se desplomaban entre aullidos segados por invisibles guadañas al compás de las carcajadas de un demente.