País Relato - Autores

jacinto muñoz vivas

de caza

La táctica en la batalla es muy simple: generar el agujero, saltar, localizar al enemigo, fijarle con el haz de bloqueo y disparar antes de que alce las pantallas o hasta reventarlas. En la práctica, un agujero largo lleva tiempo, el suficiente para que cualquier inútil te fije y uno corto, no te saca del fregado y te ves obligado a saltar una y otra vez como una maldita pulga en una plancha de acero caliente. Claro que se supone que se trata de eso, de seguir en el fregado hasta que sólo quede uno, aunque lo mas eficaz suele ser dejar que los demás se maten entre ellos.
—¡Maldito bastardo! —grita. Ha intentado un salto largo y uno se le ha pegado a la cola, uno que conoce el oficio. Le ha enganchado bien.
Acelera y se marca unas cuantas piruetas. Está ganando tiempo, eso no detendrá a su enemigo, pero necesita esos segundos para calcular una salida.
—Vamos muñeca —le susurra a su computadora—, sabemos como hacerlo, ¿Verdad?
Hace falta mucha, mucha precisión. Un error y la deflectora no alcanzará el punto de estabilidad o el agujero entrará en desfase y él, con suerte, flotando a la deriva en mitad del espació.
Es un truco de veteranos, alzar la pantalla justo en el instante en que el disparo del atacante busque las toberas y aprovechar el estallido de radiación para liberarse y saltar mientras los sensores contrarios están ciegos.
Programa un salto largo.
—¡Ahora!
¡Bingo ¡Detrás de Neptuno, dentro del sistema y a salvo. De momento. Analiza los datos de la refriega y no encuentra nada fiable. Demasiados tiros y demasiado plasma incandescente. De quince, el ha cazado a cuatro y por como ha visto actuar al tipo que surgió a su cola, le apunta otros cuatro. Suponiendo que los demás participantes por inútiles que fueran algo habrán hecho, debería descartarlos a casi todos. No, a bordo de un caza-luz, en plena acción, nadie con dos dedos de frente descarta nada. Desvía toda la energía posible a los sistemas de vigilancia y aguarda a confirmar sus predicciones oculto en el protector cono de sombra del planeta.
El tiempo pasa sin ecos en las pantallas. Un pequeño salto hasta Larisa, otro a Tritón y uno más para confundirse con Nereida antes de acercarse a al pequeño Sao y terminar en Neso, que en esos momentos orbita por el interior, casi en línea con la Tierra. Un lugar muy adecuado para acechar presas.
Paciencia, nadie gana a paciencia al piloto con mas horas de vuelo del sistema solar.
Dos horas mas tarde los tiene enfocados, son dos, uno de ellos muy dañado, novatos, sin duda, navegando juntos en una alianza contra natura que cualquiera, con un par de combates a las espaldas, sabe que no puede salir bien. En estos tiempos dejan un caza a cualquiera. Ellos se lo han buscado.
Demasiado fácil, es un ataque tan sencillo que pensar en él le resulta frustrante, sin emoción ni mérito, además, está el otro, apostaría su bonita cara a que está emboscado, esperando a que asome la nariz.
—Bien, muy bien, cabronazo —dice para si—, voy a devolverte el favor —tuerce la boca e intercambia algunas palabras subvocalizadas con su computadora. La maniobra se complica y eso le gusta— Esos dos pipiolos serán un bonito cebo. Te voy a enseñar mi culo, amigo, pero no tendrás tiempo de olerlo.
Los novatos, están casi fuera de alcance, es el momento. Salta y emerge a la distancia ideal para que sus cañones gamma sean eficaces y desaparecer un milisegundo antes de que la explosión de los dos maulas impida generar un nuevo agujero.
Visto y no visto, literal, dos tontos más a la espuma cuántica y ahora.
—¡Te pillé listillo! —Buena intuición, el tercero estaba allí y se ha materializado detrás de su anterior posición, justo donde le quería. Sonríe, una sonrisa afilada y cruel, antes de disparar.
—¡Hijo de puta! —Los gamma sólo han encontrado vació. El muy... lo había previsto, y se ha esfumado. Por la signatura, un salto amplio, hasta la órbita de Urano o incluso mas allá, hasta Saturno.
—Calma —siempre reflexiona en voz alta, otra consecuencia de las largas horas de soledad— Calma, muchacho, calma —Repite— Examina el espacio circundante, aparte de planetas, satélites y alguna piedra, todo fichado en su base de datos, vacío. Asiente convencido, no vendrán más, apostaría su bonita cara a que sólo quedan ellos dos.
Sonríe y se acaricia el mentón, ha repetido tanto esa apuesta que teme encontrar solo huesos desnudos.
—Bien — murmura. Revisa a fondo los sistema. Apenas un par de roces que se llevó en el primer envite, nada serio, el problema, como siempre, es la energía, de momento, de sobra, todo depende de lo que le tarde en terminar con el otro.
Saturno, allí le estará esperando. Está seguro porque así es como él lo haría.
Mas asunto. El salto mas largo le dejará a mitad de camino entre los dos grandes y más visible que las banderas del desfile de la victoria, durante los tres o cuatro minutos que tardará en generar un nuevo agujero seguro hasta el cinturón de asteroides. No hay otra forma, hacer trampas y salir de la conjunción no está permitido, pero... Se lo piensa, un doble salto, sin pararse a renormalizar... Muy peligroso, algo que nadie intentado jamás. Un motivo mas que suficiente para hacerlo.
La barrera luminosa cae y vuelve al espacio conocido.
—¡Por la madre de todos los pilotos espaciales! ¿Habéis visto eso? —grita al mundo alzando los puños— ¡Lo he conseguido, lo...!
No tiene tiempo de seguir celebrando antes de que el impacto sobre las pantallas delanteras casi reviente el generador.
—¡Mierda! —Sólo la rapidez de su bien entrenada computadora y la distancia desde la que se ha realizado el disparo le han librado de convertirse en polvo cósmico.
Un intento lejano, arriesgado y fallido. Ha desaparecido, pero volverá y no tardará mucho.
—Gracias, preciosa —dice besando la consola— ¡A bailar!
Genera el agujero y se sumerge en el. Otro más, otro. Son saltos cortos, no va a tentar a la suerte de nuevo lanzándose hacia Marte o a la Tierra sin tomar todas las precauciones. Tampoco piensa dejar escapar al cabronazo, le busca en cada instante que permanece en el universo normal y le encuentra jugando al mismo juego. Delante, detrás, arriba, abajo, sin margen para fijar el blanco, sin margen para dejarse fijar por sus sistemas de tiro. Apareciendo y desapareciendo como estrellas fugaces.
Es una partida para las computadoras que intentan descifrar la pauta del contrario, prever la próxima salida y adelantarse con el haz de bloqueo preparado. Ninguno lo consigue y ninguno huye. Lo malo es que la energía cae en picado y la danza no puede durar mucho más.
—Bueno, nena, tendremos que volver a arriesgar —Echa un vistazo a sus reservas y toma una decisión—. Puede que tengamos que regresar a la base a velocidad subluz —añade resignado—. Las hemos tenido peores. ¿No?
Su siguiente salto es él último, el generador de agujeros falla, las pantallas chisporretean inseguras y caen. Todo indica que la energía se ha agotado, está varado en el espacio, sólo en indefenso.
El caza enemigo, negro y plateado, surge a unos centenares de metros. Con mucha calma lo fija con su haz de bloqueo, lo escanea en busca de rastros de actividad y como tantos otros en la historia comete el gran error, no dispara, se regodea en la acción, quiere disfrutar de su triunfo.
La nave muerta, fuselaje amarillo y pequeñas alas pintadas de rojo, gira llevada por la inercia, un giro lento y constante hasta que parece apuntar a su adversario.
Es una treta burda, tan burda y tan antigua que hasta el mas tonto la vería venir. Los listos a veces no.
Poco después los escáneres del negro y plateado informan que hay señales de energía, concentrada en los gammas, no mucha, la suficiente para no darle tiempo a arrepentirse de su equivocación.
* * *
¡Joder que huevos! ¡Como se la ha jugado! ¡Genial! ¡Nunca había visto nada igual!
Está acabado, decían todos los cronistas deportivos, demasiado mayor para volver a la competición. Ese nuevo chico lleva todas las de ganar. ¡Ja! dije yo, hace falta algo mas que juventud y habilidad para saltar de los campeonatos virtuales a jugarse la vida en una competición de verdad. Ahora el chico nuevo es una muesca mas en la larga lista del viejo campeón. No puedo decir que su muerte me apene, las apuestas estaban doce a uno a su favor y yo jugué en su contra.
Me desprendo del casco de interconexión y me estiro para desentumecer los músculos agarrotados. La cabina del caza y la tensión del combate desaparecen, tardo unos segundos en recordar quien soy, que estoy en mi casa, en mi sillón favorito y que el campeón vuela triunfante a millones de kilómetros de allí. La conexión me ha costado una pasta, pero no soy de los que soporten el diferido, además mis ganancias darán para eso y para mucho mas.