País Relato - Autores

jacinto muñoz vivas

creados

No era una investigación normal, o sí, a fin de cuentas me dedicaba a eso, a auditar números, comprobar resultados y decidir si el dinero donado se dedicaba con precisión de céntimos a los fines marcados por los estatutos de la fundación, defendidos durante más de cien años de prestigiosa historia por todos y cada uno de los patronatos dirigentes.
¿Qué tenía el caso de particular a parte del desierto y el sol derramándose en toda su gloría sobre mi cabeza? Que el objetivo de mis pesquisas era Diego Osorio. Sí, el mismo Diego Osorio que todos conocéis, el hombre que finalizando nuestro siglo, revolucionó la interpretación del cosmos con una teoría unificadora que ni entiendo ni pretendo explicar. El mayor científico de todos los tiempos, la mente prodigiosa que se alzó por encima de todos sus antecesores, Newton y Einstein incluidos. Ese mismo. El rostro que atestó los canales durante semanas para desaparecer después de un Nobel cantado sin dejar rastro. Lo que tal vez no sepáis es que su desvanecimiento no se debió a lo efímero de la fama ni a su regreso a los oscuros recovecos donde moran los físicos teóricos, sino al deseo de retirarse del mundo para dedicar todo su genio a...
Nadie con menos prestigio se habría permitido el lujo de renunciar a los más altos honores y cargos académicos y ninguna otra persona habría podido sacar de nuestro comité de asignaciones tan generosa ayuda para un proyecto tan personal y difuso. Él lo logró y a pesar de que el tiempo de silencio multiplicó las maledicencias sobre su equilibrio mental y el inevitable declive intelectual tras coronar en su juventud tan altas cimas, durante cinco años una sustanciosa transferencia mensual continuó circulando sin retrasos desde nuestras arcas hasta sus cuentas. Pero cinco años de puntos suspensivos eran demasiado incluso tratándose del mayor científico de todos los tiempos.
No entraré en detalles sobre las tres polvorientas horas conduciendo por supuestos caminos que ningún GPS era capaz de situar sobre un mapa ni me pararé a describir el domo fortaleza que se confundía con el terreno gris ni me quejaré de la media hora al sol dando vueltas a su alrededor. Tampoco es importante para esta historia el aspecto de fábrica a medio construir de su interior, aunque lo tuve en cuenta para anotar que nuestros fondos no se dilapidaban en lujos ni acabados de calidad, sí, el hombre cuya apariencia confirmaba en todos los puntos los rumores sobre su estado mental y me observaba como a un triste bicho de laboratorio.
Como buen profesional, obvié las primeras impresiones y me presenté como correspondía, educado y neutral.
—Buenas tardes, soy Juan García.
Él continuó con la cabeza ladeada, mirándome sin pestañear, muy lejos de la habitual gama que va desde el miedo hasta el peloteo nervioso con que suelen acogerme.
Bajé la mano tendida e inútil y repetí mis palabras añadiendo un dato que al parecer no era innecesario.
—Buenas tardes, soy Juan García, me envía la fundación —vocalizando con cuidado y con las manos bien quietas.
—¿Fundación? —preguntó inclinando la cabeza hacia el otro lado. Para ser un genio no andaba muy largo de entendederas.
—Mi secretaria concertó con usted mi visita.
—¿Conmigo?
Por primera vez en mi carrera resultaba difícil mantener la neutralidad.
—¿Dinero? ¿Subvenciones? ¿Cerrar el grifo? —expliqué con la carga justa de sarcasmo.
—Ah, eso.
—Sí eso.
—Bien, pues ya ve —y se dio la vuelta sin más.
—No, no veo —repliqué alzando la voz. Él se volvió y de nuevo me observó como si midiese mi inteligencia. Yo le devolví el mismo aprecio.
Al cabo de unos segundos echó un vistazo a un viejo reloj de pulsera y agitó las manos en el aire.
—Sígame y no toque nada.
El ascensor era una caja metálica sin pintar con la botonera colgando del manojo de cables que surgían de un tubo de plástico y la sala abovedada a la que accedimos después de descender no sé cuantas plantas, porque los controles se limitaban a dos botones de lo más arcaico, llegamos a un almacén de chatarra.
—Este es el ordenador, como podrá comprobar el dinero no ha sido malgastado en accesorios inútiles —a la vista de aquel momtón de... Era complicado confirmarlo—. ¿Lo ve ahora? Pues ala, la salida sigue en el mismo sitio y para subir sólo tiene que pulsar el botón blanco.
El físico más grande etc., etc., no malgastaba su genio descifrando expresiones faciales como el asombro o la incredulidad supina.
—¿Se va a quedar ahí parado todo el día? —gruñó.
—Verá, señor Osorio, tal vez mi secretaria no se explicó bien cuando le indicó el objetivo de mi visita. Además de... —señalé lo que a mí me seguía pareciendo un montón de chatarra— el resultado de su trabajo, se le indicó que tuviese preparada la relación de gastos, su justificación y los balances anuales. Documentos que por otro lado estaba obligado a presentar anualmente a nuestro comité de seguimiento.
—¿Relación de gatos, balances? No tengo tiempo para algo tan ridículo y ahora si me permite...
—No, no le permito.
—¿Qué? —Esta vez, con gran satisfacción por mi parte, el asombro y la incredulidad supina le tocaron a él.
—Su tiempo, señor Osorio, lo pagamos nosotros y por muy generosa que sea la entidad que represento, no está dispuesta a continuar sufragando... —volví a estudiar el armatoste que visto en detalle podía ser alguna especie de máquina, una amalgama de tubos, cables, pantallas y lucecitas de la que surgía un zumbido continuo y cada vez más molesto— eso sin mas. Si antes de mañana por la tarde no presento un informe que lo justifique tendrá todo el tiempo que quiera para jugar con... —intenté de nuevo encontrar la palabra adecuada sin éxito— ese trasto, costeándolo de su bolsillo.
No fue la amenaza de cortar los fondos sino el desprecio con que me referí a su creación lo que me hizo merecedor toda su atención.
—¿Eso? —Señaló la máquina con orgullo de padre y madre a la vez—. Usted no sabe de lo que habla.
—No —reconocí sonriente—, y cuando no sé, suelo volverme desconfiado y tacaño —He de admitir que a esas alturas estaba más interesado en descubrir qué demonios era aquel chisme que en la relación de sus facturas—. Será suficiente con una breve explicación.
—¿Breve? —Volvió a ladear la cabeza dudando de mi capacidad de comprensión—. Como quiera, breve: He creado un universo.
Para bien o para mal, desde la perspectiva del tiempo aún no lo he decidido, lo de la brevedad, no se cumplió y una vez roto el dique no paró de hablar. Supongo que nadie, por muy genio misántropo que sea, está a salvo de la vanidad o que cinco años de encierro y silencio eran demasiado incluso para Dionisio Osorio.
—Como sabrá las ecuaciones de mi teoría permiten determinar... —Si aún no habéis caído en la cuenta yo ni sabía entonces ni sé ahora, de modo que perdonad las muchas lagunas de mi relato que no afectarán a lo importante—. El problema, la dificultad insalvable, el hecho de sobra conocido que me convenció de la imposibilidad de seguir avanzando por los caminos tradicionales es que yo, usted, todos, formamos parte del universo que pretendemos explicar...
Comenzaba a imaginarme una especie de globo repleto de estrellas en miniatura encerrado por poderosos y desconocidos campos de fuerza en el interior de aquel cachivache.
—...externo, un ser ajeno a eso que llamamos espacio y tiempo y a las leyes que los gobiernan. Sólo así se puede eliminar la incertidumbre y comenzar a pensar con propiedad en un observador objetivo.
Mientras él caminaba de un lado para otro, yo recorrí el perímetro del artefacto buscando sin éxito algún resquicio que me permitiera apreciar los secretos que encerraba. Me llamó la atención una pantalla repleta de cifras que en realidad no eran cifras sino... Para qué liaros con algo de lo que no tengo ni idea.
—La única forma de avanzar era crear mi propio universo, la base teórica estaba clara gracias a mis ecuaciones, sólo necesitaba desarrollar la tecnología necesaria, algo tedioso pero sencillo. Mis cálculos iniciales demostraron que necesitaba procesadores más potentes que los actuales, unas cien veces más, el problema del almacenamiento pude resolverlo con...
Eso sí lo entendí y aprecié sus consecuencias.
—¿Ha diseñado un procesador que multiplica por cien la capacidad de los actuales?
El siguió a lo suyo.
—...las simulaciones por ordenador han sido una herramienta común en el análisis de sistemas complejos pero mi proyecto va mucho más allá. La idea ya fue tratada por la ciencia-ficción allá por el siglo XX, no hablo de realidad virtual, simples impulsos generados de forma artificial para engañar al cerebro, sino de la creación de universos reales, tan reales como pueda ser el nuestro, un espacio-tiempo consistente que evoluciona sometido a leyes, el hecho de que toda la información esté soportada por unidades de memoria no implica ninguna diferencia cualitativa.
—¿Sí, sí, universos reales pero podría explicarme lo de los procesadores? —Las cifras de beneficios se multiplicaban en mi cabeza.
—¿Con sus planteas estrellas galaxias, vida inteligente y civilizaciones?
Más conceptos que podía comprender.
—Pare. ¿Qué quiere decir con eso de vida inteligente?
—... siendo estos relativos, en tres años ha evolucionado el equivalente a eones de nuestra...
—Espere un momento...
—...¿nacerá alguien capaz de interpretar su mundo mediante expresiones matemáticas? ¿Será posible que lleguen a intuir lo que hay más allá, descubrir los algoritmos de computación que se oculta en la misma raíz de lo que ellos consideran la realidad, el universo tras su universo el...?
A esas alturas me planté delante y alcé las manos.
—¿Qué? —Parpadeó como si despertase de un sueño.
¿Procesadores, vida inteligente, civilizaciones? Se me ocurrieron unos cuantos proyectos, con objetivos muy diferentes a los suyos y mucho más rentables.
—Siéntese y cuéntemelo todo desde el principio.
* * *
—¿Afirma usted que son planteamientos ridículos? —Los gestos del locutor, redibujados en tiempo real según los últimos estudios de impacto psicológico eran todo sonrisas frente al público y de inflexible inquisidor ante el entrevistado—. ¿Descarta que prosperen las demandas?
El joven y dinámico director de la empresa cuyo éxito había reventado la bolsa global demostró que sus programas de análisis de emociones no temían competir con cualquiera.
—Claro que es ridículo, Alberto —un tuteo que transmitía cercanía y confianza—, estamos hablando de juegos para ordenador.
—¿Simples juegos? Nuestro anterior invitado, Luis —devolviendo el tuteo con el matiz adecuado de advertencia—, no habla precisamente de juegos. Sin entrar en aberraciones que según un amplio sector sobrepasan cualquier referencia moral, sus investigaciones van más allá, demostrando, según él, las capacidades autoconscientes de...
—Vamos Alberto —alzando una mano, interrumpiendo sin caer en la grosería para descartar una línea de argumentación peligrosa—, ¿quieres aburrir a tu audiencia con disquisiciones filosóficas sin salida? He de admitir que Creador es lo más avanzado en juegos de simulación social, a años luz de la competencia —un deje de justificado orgullo—, tan lejos de los parámetros anteriores que muchos pueden confundir sus algoritmos con inteligencia autoconsciente, todo lo novedoso siempre da que hablar y esto lo hará, hasta dentro de cuarenta años, cuando caduque nuestra patente —mostrando las palmas de las manos abiertas, demostrando que la única causa de los ataques era la envidia—. Es verdad que uno puede sentirse como un pequeño dios enviando el diluvio sobre un planeta o borrando de un plumazo todo un imperio galáctico —un guiño de complicidad para la parte del público que podía permitirse adquirir su universo particular y de esperanza para los que no pudiendo lo deseaban—, pero estamos hablando de honrados ciudadanos, adultos responsables, personas que trabajan duro y merecen ocupar su tiempo libre en aquello que les gusta y eso, por mucho que les duela a nuestros competidores, no tiene nada que ver con el genocidio indiscriminado.
* * *
Luis era un técnico brillante y un deslumbrante vendedor de sí mismo, por eso le elegí como socio a pesar de que, desde la amistad que nos unía, su personalidad podía calificarse como invasiva. Sus prioridades eran las única prioridades, todo lo demás, como asegurar los beneficios en los bancos adecuados o enterrar de una vez por todas a nuestros enemigos, coordinando ejércitos de abogados, periodistas, políticos y reconocidos expertos en la más variadas materias; carecía de importancia. El último ataque había estado a punto de hundirnos, él lo sabía bien, había formado parte de la primera línea de defensa y si no le mandé a la mierda cuando estaba a punto de rematarlos a todos y se presentó en mi despacho sin llamar ni preguntar, fue porque lo que arrojó sobre mi mesa era un taco de folios manuscritos. Papel, lo único seguro en la era digital, mala señal.
—¿Qué pasa ahora?
Tomó asiento, se cruzó de brazos y señaló con la barbilla el documento.
—¿Qué es? —pregunté sin hacer caso de los papeles.
—Yo lo llamaría una declaración de independencia.
—¿Qué?
—Una declaración unilateral de independencia, en concreto del universo ABA-13564321.
—¡Qué!
—¿No sabes decir otra cosa?
Elegí un folio al azar y comencé a leer.
Punto 10. Exigimos a nuestro creador el cese inmediato de cualquier tipo de injerencia y manipulación más allá de las leyes naturales por él dispuestas.
Punto 11. La compensación por las consecuencias de la serie de diluvios, pestes, terremotos...
—¿De dónde has sacado esto?
—Está claro, míralo tú mismo.
En teoría, nuestra garantía de privacidad era total, en la práctica, ya se sabe.
—Es de los pequeños, con un planeta habitado y un par de potencias dominantes, busca la ciudad más grande del continente occidental.
La localicé con facilidad. En la falda de una montaña destacaba lo que parecía un gran templo y en él, un círculo de lo que supuse sacerdotes, miraban al cielo con rostros desafiantes rodeando diez gruesas láminas de piedra donde en perfecto castellano podía leerse el mismo texto que en los folios.
—Cortamos el acceso en cuanto se detectó el primer indicio. Al cliente le hemos enviado un incomprensible informe técnico con una oferta que incluye un universo nuevo y de los grandes totalmente gratis, no creo que dé problemas.
—Si ya lo has solucionado para qué demonios me interrumpes, por si no lo sabes estoy...
—Estos tipos apenas han superado la edad del bronce, el jugador se ha empeñado en clavarlos ahí enviándoles todo tipo de desgracias cada vez que amenazaban con dar un paso hacia adelante. Según el registro han regresado a las cavernas más de doscientas veces.
—¿Y qué? —comenzaba a exasperarme.
—Que ninguna civilización de ese nivel se plantea conceptos como leyes naturales impuestas por un creador.
—Nuestros griegos lo hicieron.
—Ni de lejos llegaron a tanto, lee el punto quince.
—Qué más da, es un caso entre mil, reinícialo y diseña alguna rutina de seguridad por si vuelve a pasar.
—Ese es el segundo problema, hemos perdido el control de ese universo, podemos cortar el acceso desde el exterior pero nada más.
—Eso es imposible.
—Es un hecho constatado, mis chicos están trabajando en ello, un trabajo inútil porque el problema está en las rutinas de bajo nivel, sólo hay una persona capaz de...
—¡Diego Osorio! —exclamé.
* * *
El mismo domo, el mismo desierto y el mismo sol, la única diferencia era que su dudoso estado mental no era una cuestión de apariencias sino de certezas: greñas de meses, una túnica de colores estampada con símbolos matemáticos y la mirada brillante de quien está saturado de sustancias poco recomendables o loco de remate.
La impresión me dejó clavado en el umbral. Mudo.
—Pase, pase —me indicó con una amabilidad sospechosa—, está usted en su casa.
Se echó a un lado e inclinándose con una especie de reverencia abarcó con el brazo el interior que seguía teniendo todo el aspecto de una fábrica abandonada aún más sucia. A saber en qué se gastaba la pasta que me costaban los derechos de comercialización de su invento.
—Le estaba esperando —añadió con una sonrisa traviesa.
Lo sospechaba desde que Luis me dio la noticia. Lo del ABA-13564321 no era ni un fallo ni una casualidad.
—¿Qué ha hecho?
—¿Yo?
—Sí, usted —dije apuntándole al pecho con el dedo.
—¿Por qué he tenido que hacer algo? —el muy cerdo se estaba divirtiendo.
—No sé quien se cree que es —elegir entre el genio enfurruñado del primer día y el bufón que tenía delante no era fácil—, pero firmamos un contrato y tenga esto muy claro, está a un paso de terminar en la cárcel o en un psiquiátrico, lo que el juez estime más oportuno.
Mis irónicas amenazas le provocaron una estruendosa carcajada.
—Primero —respondió de buen humor— tendrá que demostrar que lo he incumplido, cosa que está muy lejos de poder hacer y segundo ya puede ir cerrando el negocio.
Lo reconocía sin ningún rubor.
—Tengo a los mejores técnicos del mundo trabajando en ello.
—Pierda su tiempo y su dinero como mejor le parezca, para cuando comiencen a entender los rudimentos de cómo funciona será demasiado tarde.
Lo peor es que no le faltaba razón, Luis se encargaba de recordármelo en cada uno de sus informes.
—Maldito, loco ¿Qué es lo que quiere, más dinero?
—¡Dinero! —Una especie de cólera divina le arrebató—. Es usted un necio y un ignorante. Ninguno de mis universos volverá a ser el juguete de un puñado de niños estúpidos. He escuchado los ruegos de mi pueblo y he decidido hacerles caso.
—¿Su pueblo? Está usted... —En ese momento me llegó un mensaje de Luis, uno a uno, todos los universos se estaban esfumando de nuestros sistemas.
—¿No puede ser? —Mi empresa, mi dinero, mi vida ¡Me estaba robando delante de mis narices!—. ¿Qué ha hecho con ellos? esos contenidos son propiedad privada y no tiene derecho...
—Se lo he dicho, no tienen ni idea de lo que está pasando —apartó la mirada por un instante, ocultando una mueca de rabia—, reconozco que tampoco yo alcancé a comprenderlo en su totalidad hasta hace poco, ahora estoy corrigiendo mis errores.
—¿Qué ha hecho con ellos? —Insistí. Su rabia o su culpa no me interesaba lo más mínimo—. Toda esa información no se puede almacenar en cualquier sitio —deduje en voz alta—. ¡Aquí! ¡Los está trasfiriendo aquí!
Le aparté de un empujón y crucé hasta el ascensor.
—Sigue sin enterarse de nada —gritó a mis espaldas—. Una vez iniciado, el soporte es lo de menos, su existencia no depende de un simple almacén de datos, el espacio, el tiempo y la conciencia van mucho más allá de cualquier cosa que pueda imaginar.
Dejé de oírle, tenía que llamar a Luis y conseguir una orden judicial para precintar aquellas instalaciones, ya habría tiempo después de obligarle a cantar o a contratar a quien fuera necesario para averiguar de qué manera había logrado infiltrarse en nuestros servidores.
Calma. mucha calma, aún no está todo perdido, cualquier psiquiatra estaría dispuesto a dictaminar la demencia de Diego Osorio y después... Nada ¡No quedaba nada! ni artefactos ni tubos ni cables ni pantallas, sólo una lámpara de luz roja y un sala vacía cubierta de polvo.
* * *
No me separé de él mientras esperaba al helicóptero de la policía que uno de nuestros jueces en nómina se había encargado de movilizar, ni cuando el equipo de investigación escaneó el edificio y sus alrededores sin hallar ninguna prueba que implicara a Dionisio Osorio en el asalto a nuestra sede. Ni durante el viaje que nos llevó a la comisaría más cercana. El asistió a todo el proceso con los brazos cruzados y una sonrisa beatífica.
—Demostraré que ha sido usted aunque me cueste el resto de mis días.
—Es probable que le cueste más.
Un policía me sujetó impidiéndome cometer mi primer asesinato.
—Seguirá buscando en la nada —Dionisio Osorio me dedico una mirada de condescendencia antes de despedirse, libre de cargos—. Piense en lo que le dije el primer día, no hay ninguna diferencia entre este universo y los que yo creé.
—El exceso de ciencia-ficción barata no es bueno para la salud mental —renegué a media voz.
—Sí —replicó y desapareció de mi vida para siempre.
* * *
Tardé tres años en rendirme, gastando casi todo mi dinero sin obtener otra cosa que una ambigua hipótesis que hablaba de dimensiones extra y fenómenos cuánticos de esos que nadie entiende, llegando a sugerir que nuestra sede ultrasegura era poco más que un parque público para alguien con los conocimientos necesarios. Tonterías sin sentido. Una parte de los beneficios asegurados en los bancos adecuados me permitieron escapar del aluvión de clientes cabreados y de la cárcel. Renuncié a mi identidad y vivo más o menos bien, sobrellevando la amenaza de ser descubierto, aunque la cirugía obra sus milagros. Podía haber sido peor y, maldita sea, mucho mejor. Qué le vamos a hacer, voy tirando y algunas tardes tumbado al sol recuerdo la última frase de Dionisio Osorio y sonrío conciliador mirando al cielo, por si acaso.