PAIS RELATO

Libros de j. t. mcintosh

Autores

j. t. mcintosh

un planeta pobre

Nunca fui el tipo de espía asesino de mujeres, ni siquiera cuando era yo mucho más joven. En las raras ocasiones cuando chicas hermosas con halagos me atraían a sus alcobas en mundos exóticos, toda la operación era solo demasiado obviamente preparada para averiguar lo que yo había investigado y las encantadoras damas en cuestión no solamente sabían lo mismo que yo, sino que también sabían que yo sabía que ellas lo sabían, lo cual tendía a restarle mucho encanto de la situación y todo el sexo.
Y cuando aterricé en Arneville, capital del planeta Solitario, para tratar de resolver el enigma de un mundo que tenía que ser rico pero que no lo era, yo fui aún menos rudo, todavía menos «el hombre» que había sido cuando era solamente un mozalbete de treinta y cinco o cuarenta años. Cuando llegué a Arneville tenía yo cuarenta y ocho años, ya casado y con tres hijos adolescentes.
El Servicio de Inteligencia Terrícola solamente se las había arreglado para hablarme de que saliera, y Phillis para dejarme ir, porque yo era un historiador y la misión requería un verdadero historiador, y debido a que los agentes de inteligencia casi nunca fallaban en regresar de Solitario. (Planeta así llamado porque era el único de su sol).
Solitario los dejaba llegar, los dejaba husmear alrededor durante un tiempo y después les permitía salir, era lo mejor. Era verdad que ocasionalmente los agentes no regresaban. Presumiblemente habían investigado algo. Pero el índice de mortalidad no era elevado, y Phillis había sido hija de soldado, completa, hasta con el labio superior pronunciado.
La primera cosa que advertí cuando dejé el puerto espacial de Arneville, fue que era una ciudad fría. (El hecho de que ya lo sabía, habiendo estudiado mi tarea en casa, no me impidió advertirlo). Aunque el frío de la ciudad no era mordiente ni devastador, de todos modos el termómetro nunca estaba más arriba del punto de congelación.
Cuando llegué, la nieve que había caído las noches anteriores ya estaba derritiéndose y de los techos de las casas caían avalanchas de nieve de la que se desprendía de ellos. Las salientes de los techos habían sido construidas de manera que toda la nieve suave caía en cascadas a las calles, sin acumularse en las banquetas. La gente que caminaba presurosa ni siquiera se molestaba en mirar hacia arriba.
Lo segundo que advertí fue que la ciudad era anticuada. Parecía como si hubiera sido una ciudad de la Tierra construida en el siglo Veinte o aun en el diecinueve y transportada hacía muchos años luz, más cuatrocientos años al planeta Solitario.
Los edificios, vehículos y ropas que vi eran todos gruesos, sólidos y estólidos, con ninguna traza de frivolidad alrededor de ellos. Las cosas en Solitario habían sido hechas para durar, durar y durar.
Hasta ese punto iban mis observaciones después de que salí del puerto espacial y miraba a mi derredor cuando un hombre se me acercó.
—¿El señor Edwin Horsefeld, de la Tierra? —preguntó el extraño cortésmente.
—Sí —le contesté mirándolo.
Tenía el aspecto del adolescente más viejo que yo hubiera visto, con el aspecto de un rostro blando, inocente y fresco de un jovencito de catorce años, aunque debía tener treinta y cinco al menos. Se veía entusiasta, tímido, intenso y determinado a realizar bien su labor. Naturalmente tenía que ser un agente del contraespionaje.
—Yo soy Tom Harrison —dijo con entusiasmo—. Se me pidió que me pusiera en contacto con usted y le proporcionara toda la ayuda que pudiera…
—¿Quién se la pidió? —le pregunté amablemente.
—Algún departamento gubernamental… F. R. S., creo que ese fue.
Mi opinión acerca de la división de contraespionaje de Solitario, llamada Foreign Relations Security (Seguridad de Relaciones Exteriores), abarcaba varios puntos. Tenía usted que admirar un departamento que le decía que sabía que usted fuera un espía y le brindaba ayuda.
Pero entonces, la división del contraespionaje de Solitario tenía que ser buena. Casi todos los planetas de la galaxia convencidos de que Solitario tenía un secreto de cierta clase, había estado tratando durante largo tiempo de averiguar en qué consistía, y el Servicio de Inteligencia Terrícola hubiera sabido si alguno de ellos había tenido buen éxito, aun cuando no hubieran averiguado exactamente en qué consistía.
Todos podíamos imaginar lo de Solitario. Ninguno de nosotros lo sabía.
—Encantado de conocerlo, señor Harrison —le dije estrechando su mano—. ¿Es usted historiador?
—No. ¿Por qué?
—No importa, solo fue una idea.
—Lo siento, señor Horsefeld. Creo que no puedo ayudarle en su trabajo… pero puedo informarle acerca de hoteles, bibliotecas, tiendas…
—Eso me será muy útil. Primero hoteles. ¿Dónde sugiere que me hospede?
Harrison titubeó un momento.
—Me dijeron que usted probablemente quería paz y quietud, un cuarto en un hotel decente y modesto en donde nadie pudiera molestarlo. ¿De acuerdo?
—Completamente de acuerdo.
—Entonces quizá le gustaría ir al Parkview. Es barato, limpio…
—Muy bien. Vayamos al Parkview.
Me sentí perfectamente feliz de dejar que el contraespionaje de Solitario me alojara donde quisiera. De todos modos lo harían.
Harrison me llevó al Parkview, un pequeño hotel a unos pasos de Arne Way, la calle principal de la ciudad. Entonces, para mi sorpresa, pareció Harrison no solamente listo, sino disculpándose ansioso, para dejarme. Yo había esperado como una labor endiablada el huir de su vista.
—Me podrá llamar por teléfono ya sea a la Casa de Gobierno o a mi casa —dijo dándome los dos números.
—Solo una cosa antes de que se vaya, Tom… ¿puedo llamarlo Tom? ¿En dónde está la casa de música más cercana?
—¿Música? —dijo vagamente como si jamás hubiera oído la palabra—. Oh, creo que… podría ir a Prosser, precisamente al volver la esquina en Arne Way. Creo que venden música igual que libros.
—Excelente —le dije—. Eso me ahorra el problema de preguntarle en dónde está la librería más cercana. Gracias, Tom.
—¿Es todo lo que puedo hacer por usted ahora?
—Creo que sí. Ya me ayudó usted bastante.
Se sonrojó y dijo como para consigo mismo.
—No ha sido nada. Volveré por la tarde a ver cómo le ha ido.
Y con eso salió. La F. R. S. con toda cortesía me había informado que sabía quién era yo y que tenían sus miradas puestas en mí, para después dejarme vagar por Arneville como yo quisiera.
Hubiera hecho mejor en decirme en unas cuantas palabras que no iba yo a averiguar nada.
El almuerzo en el Parkview fue excelente. Pero me preguntaba por qué habían elegido al Parkview. Había oído hablar acerca del Arne Park, que era casi del único en Solitario del cual la mayoría de la gente había oído hablar. Sin embargo, ese otro hotel tenía que estar por lo menos a una distancia de kilómetro y medio sobre la misma Arne Way y no era visible desde mi alcoba situada en el piso más alto. En esa dirección nada era visible con excepción de una pared blanca de una manzana dedicada exclusivamente a oficinas.
Pensé que si Solitario no tenía nada que ocultar, que era improbable, pero no completamente imposible, un conocido espía terrícola podía muy bien ser tratado exactamente como yo era. Una división de contraespionaje en un mundo que no tenía secretos, si es que existía un mundo tal, se daría cuenta de que el único medio de convencer a otras naciones de eso, era dejarlas investigar por ellas mismas.
Después del almuerzo fui a la tienda Prosser. A esa hora ya la nieve no era más que una mezcla de lodo con agua de color café.
Reflexioné que estaba bien que mirando a la gente en las calles siendo ya un hombre de cuarenta y ocho años ya no estaba interesado en mujeres, ya que parecía que no habría probabilidades de ver jamás a ninguna chica bonita en Arneville o por lo menos alguna que se viera bonita. Calzadas con botas, abrigos gruesos y capuchones de piel, con los rostros azotados por el frío, las mujeres de dieciséis, de treinta y seis o de cincuenta y seis años, parecían de la misma edad. Daban la impresión de que ninguna de ellas usaba cosméticos y considerando que la calefacción en la mayoría de los edificios era solo moderadamente eficiente, las ropas gruesas y poco atractivas eran usadas lo mismo para salir a la calle que en el interior de las casas.
La dama joven de la tienda Prosser, que hubiera sido atractiva si lo hubiera tratado, parecía que no lo intentaba. Sobre sus ropas que no tenían mal aspecto, usaba cierta clase de chaquetas de lana de varios colores y formas. Ninguna de estas últimas coincidían con las suyas.
—¿Ópera? —preguntó—. Querrá usted decir «The Arne Story». Es la única ópera que yo conozco.
—Esa es —le dije.
—¿Una partitura? Eso es las palabras y la música, ¿no es así? ¿Quisiera comprar una copia?
—Una copia, si es posible.
Se alejó y después de una interminable espera regresó con una partitura cubierta de papel. Verifiqué la fecha. Era una nueva edición publicada solamente el año anterior.
Cuando traté de explicarle que lo que realmente deseaba era comprar una copia de esa ópera impresa desde hacía largo tiempo, se me quedó mirando asombrada y entonces acudió a un hombrecillo calvo y conocedor para que hablara conmigo.
—Sí, esta es una edición revisada, señor —aceptó—. Completa y extensamente revisada. Entiendo que es usted extranjero, ¿verdad? Sí. Así lo pensé. ¿Ve usted? Como solamente hay una ópera originaria del planeta, y está considerada como una obra maestra en su género, es constantemente revisada y mejorada. Creo que la versión original de «The Arne Story» era totalmente distinta de la versión que ahora se representa.
—Así lo entiendo, por eso es que me gustaría ver el original.
—Podría usted buscarla en alguna biblioteca. O… quizá haya una copia antigua en la tienda de Jerome. Es una tienda pequeña que tiene un gran surtido de viejas baratijas de instrumentos musicales y cosas como esas.
El hombrecillo me dio direcciones detalladas y chapoteé nuevamente entre la nieve a lo largo de las calles que se iban haciendo más angostas, cortas y mal alumbradas. Me sentía como si caminara por las calles del Londres de Dickens.
Al fin encontré la tienda de Jerome que resultó ser un tendejoncito con una diminuta ventana ofreciendo la vista del ojo de una cerradura para un conjunto de cornetas, trompetas, trombones y flautas. Empujé la puerta y di un paso para entrar, haciendo un guiño a la joven encargada.
Ella era la última, positivamente la última cosa que yo esperaba encontrar en un lugar como la tienda de Jerome, en una ciudad como Arneville, en un planeta como Solitario. Muy joven, con el aspecto de una ninfa, muy bonita y perfectamente bien vestida.
—Buenas tardes —dijo sonriendo agradablemente.
—Hace cinco minutos que no pensé que fueran buenas —le dije—, pero ahora veo que sí son.
Siendo lo bastante joven para celebrar con cándido deleite un franco y sincero cumplido, se rio. Podría haber sido solo unos cuantos meses los que habían transcurrido desde que ella empezó a recibir cumplidos de los hombres y también pasarían años antes de que la experiencia le enseñara a ver los hocicos de los caballos regalados.
Era una morena pequeña con esa clase de piernas sin tacha y torneadas que solo las ninfas pueden poseer. Arriba de sus piernas se veía una falda corta de color negro y más arriba todavía, una blusa blanca ajustada. Por arriba de la blusa había una cara, despierta, pequeña y hermosa, que podía haber pasado por el rostro de una hermosa niña por sus contornos que aunque recientemente desarrollados no habían estado visibles.
—Me gustaría saber si tiene usted una partitura original de la ópera «The Arne Story».
—No pide usted gran cosa, ¿verdad? Esa ópera fue escrita hace más de doscientos años. ¿De qué se ríe?
—Porque lo ha dicho usted con un tono como si le hubiera pedido la lista de todo lo que se embarcó en el Arca escrita por el puño del propio Noé.
Nuevamente se rio. Y pensé con letra cursiva:
«Si esta encantadora criatura realmente ha sido puesta aquí por la F. R. S. voy a disfrutar el ser guiado por el sendero del jardín».
—Quizá si no tiene la original —le dije después de aquel pensamiento— podría tener alguna otra edición más reciente.
—Bueno, pues si gusta estarse por aquí durante unas tres horas mientras reviso la existencia —dijo alegremente— quizá pueda encontrarle algo.
—Sería un placer estarme aquí —le aseguré cortésmente.
Y sí lo fue. No mentía la jovencita cuando dijo lo de las tres horas, porque realmente casi transcurrieron. Aquella tienda pequeña tenía tantas cosas en un lugar tan reducido que se hacía necesario remover la mitad de sus existencias a fin de poder revisar la otra mitad.
Muy pronto aprendí su nombre, Terry Wood; que vivía su padre, y su madre había muerto; que no tenía hermanos ni hermanas y que tenía pasión por la aventura y que no pensaba que yo me viera tan viejo.
No pudimos evitar él conocernos mejor, ya que tuve que cargar con estuches de instrumentos y cambiar montones de libros de música y cajas de existencias que ella me pasaba. Aparentemente no había nunca ninguna prisa en las tiendas de Arneville. Si algún comprador quería algo y usted pensaba que podría tenerlo, no se detenía a considerar en que podía pasarse una hora o dos por el prospecto de una compra de dos dólares que con mala fortuna no se realizaba por no encontrar lo que el cliente quería.
Era cierto que Terry no precisamente ignoraba lo que tenía. Durante el tiempo que buscaba la partitura, solamente un cliente se presentó: un joven chapeado que quería un clarinete.
El placer con que examiné sus hermosas piernas hasta la altura de sus caderas mientras ella subía las escalerillas, no fue ni de culpa ni camal. Yo tenía una hija precisamente de la edad de ella y así se lo dije.
Ya habíamos hecho un arreglo para ir juntos al teatro de la ópera para ver esa noche la entonces de actualidad «The Arne Story» y ese arreglo fue antes de que ella triunfalmente encontrara una cuarta edición de la partitura, fechada solamente tres años después de la primera representación.
A pesar de la facilidad con que hicimos el arreglo, por el momento rechacé la posibilidad de que Terry hubiera sido empleada en Jerome por la F. R. S. La rechacé por una cosa: su conocimiento de la existencia era notable, considerando todo lo que había allí. Y por otra, si la F. R. S. había adivinado que yo iba a querer una edición temprana de «The Arne Story» y había hecho los arreglos para que yo fuera dirigido a Jerome, entonces ellos tenían que ser mucho más astutos y listos de lo que yo pensaba que fueran.
No muy tarde, antes de que me alistara para la ópera, Harrison llegó a verme. Echó una mirada indiferente a la partitura amarillenta que se encontraba sin abrir sobre la cama.
—¡«The Arne Story», compuesta hace doscientos años! —dijo—. ¿Para qué la quiere?
—Como historiador mi curiosidad no tiene límite —le contesté.
Harrison me miró indeciso.
—Oh, bien, estoy seguro de que usted sabe su negocio. ¿Hay algo en que pueda ayudarlo? —me dijo.
—¿A qué parte lleva uno a una chica después del teatro? —le pregunté.
Del modo en que Harrison me miró dio la impresión de que nunca había oído que nadie llevara a una mujer al teatro. Sospeché que estaba excediéndose en su atención. Nadie preparado por la F. R. S. para que me vigilara podía ser tan torpe.
—Imagino que la podría traer aquí —dijo al fin con un pobre intento de sonreír.
—No es eso lo que quiero decir. Cuando uno va con una chica al teatro, ¿hay algún otro lugar adonde pueda uno llevarla después?
—Solamente al parque.
—¿Al parque? ¿Para sentarse en la nieve y cogerse de las manos?
Harrison parpadeó.
—Quiero decir a Arne Park… oh, imagino que usted no sabía. Está cubierto con calefacción, y se extiende por kilómetros. Es una especie de lugar de recreación. Se puede ir de noche o de día.
Debí haber estudiado mejor. Sabía que Arne Park era el centro de distracción en el planeta, pero no había oído que estuviera totalmente cubierto. Vagamente imaginé que serían unos cuantos salones techados y amplias zonas de tierras de invierno maravillosas.
—Gracias, Tom. Quizá echemos una mirada a ese parque. Pero no en la noche la primera vez. Y a propósito, ¿tiene idea de por qué este hotel se llama Parkview?
—Bueno, imagino que antes de que construyeran aquella manzana para oficinas, era posible ver el parque desde aquí. Hay muchos hoteles con nombres como este: Park Hotel Park Arms, Park Inn, Newpark, High Park…
Como comentario le dije:
—Entre el parque y Arne tenemos entonces todos los nombres que necesitamos.
—Bueno, Henry Arne fue nuestro primero.
—Sí, Tom, lo sé —le dije con amabilidad.
Durante unos minutos más trató Harrison de ayudarme en alguna otra cosa y después salió. Nunca había conocido a nadie conectado con el espionaje y tan desinteresado en hacer preguntas.
Terry llegó al teatro de ópera unos cuantos segundos después que yo.
—¿Llego tarde? —me preguntó casi sin aliento.
—Usted es la única chica que haya yo conocido que estuviera puntual —le dije.
—Oh, pero yo no soy sofisticada —confesó.
—Me alegro que me lo haya dicho, estaba pensando que usted fuera una mujer de mundo aburrido, lánguida y ligera…
—No me tome el pelo —dijo agresivamente—. No me gusta eso.
De modo que tenía su carácter. Fue una sorpresa. Esa tarde en la tienda nada de lo que le dije la había molestado, ni cuando en cascada se cayeron un montón de papeles de música; después de eso simplemente se encogió de hombros resignadamente.
Cuando apresuradamente fue al cuarto para damas tuve oportunidad de reflexionar sobre su momentáneo arranque y lo que significaba. Muy pronto fui capaz de llegar a una buena conclusión.
Agentes de mi tipo no se mueven en un ambiente de pistolas humeantes, puños que se agitan, cajas de seguridad que se abren en pedazos y carreras en vehículos rápidos. Raramente me vi en el tumulto de una acción violenta. Yo acostumbro trabajar teniendo mis ojos y oídos bien alertas e hilvanando pequeñas pitas que no parecen coincidir, como una repentina muestra de disgusto de una chica…
El teatro era viejo, oscuro y enorme. Si al menos hubiera tenido gas en vez de electricidad, hubiera sido un teatro al estilo Victoria. Sin discriminación lo llamo el teatro de la ópera debido a que los del planeta hacen lo mismo. Cuando representaban una ópera lo llamaban el teatro de la ópera. Y cuando era alguna obra dramática o variedad la que ponían en escena entonces era simplemente el teatro.
Los vestidores eran mucho más amplios y elaborados que en los teatros terrícolas. Considerando que usted no podía sentarse en un teatro y salir cubierto de la misma manera, la costumbre tenía que sufrir una transformación completa.
Terry salió vacilante y no sin razón. Llevaba puesto un vestido de noche, de satén negro, largo hasta los tobillos, no particularmente revelador pero del estilo y corte que en todos los mundos proclama tácticamente como el que usan las de la profesión. Si no hubiera sabido que la madre de Terry había muerto y que no tenía hermanas, ese vestido me lo hubiera dicho.
Como esperó a que yo dijera algo, tuve oportunidad de verificar lo que yo había pensado. Por la tarde en la tienda nada le molestó. En la noche, cuando acudió a nuestra cita, probablemente esperaba divertirse y entonces la más ligera tomada de pelo la hizo saltar. No se necesitaba ser un genio para deducir que algo había ocurrido en el intervalo. ¿Y entonces qué? Alguna discusión con el novio cuando Terry insistió que de todos modos iría, ¿sería eso? ¿O discutir con el papá cuando ella se le presentó con un vestido que no era de la aprobación de él? Mi conclusión fue: disgusto con el papá, pero no sobre el vestido.
No tomé la oportunidad. Terry era inexperta pero inteligente. No se la podía halagar sin que se diera cuenta de que estaba siendo halagada.
—Está usted encantadora —le dije. Y en cierto modo lo estaba, aun con ese vestido.
Ella se sonrojó complacida. Entramos en la sala, mi toque delicado en su brazo desnudo tenía la intención de recordarle que yo podría ser su abuelo, muy cercano a su bisabuelo. Pero no hubiera sido necesario… pero entonces no tenía madre y parecía ocupar su tiempo trabajando en una tienda que solamente tenía dos clientes cada tres horas. En cuanto a experiencia no la tenía exactamente de acuerdo con su edad.
La ópera me sorprendió. Primero porque fue muy buena, lo que sin duda ya es singular. La ópera necesita una tradición, y mientras una entre cien óperas italianas pueda ser una obra maestra, es lógico que no espere usted mucho de la única ópera compuesta de un planeta. Yo francamente había esperado de ella una suerte de ópera como «Los Mendigos», no una pieza patriótica, con una trama vigorosa, buen diálogo (casi único en la ópera), algo de ballet de primera clase, música regular (en este renglón estribaba su flaqueza) y una actuación en realidad ferviente.
En el primer intervalo le dije a Terry cuán impresionado estaba yo y ella se sintió complacida.
La segunda mitad desilusionaba un poco. El patriotismo empezaba a un nivel elevado y finalizaba en un frenesí demasiado idealista, aun para la ópera. La caracterización de sus personajes, buena al principio, decayó un poco cuando personaje tras personaje reveló no solamente un patriotismo imposible sino también la misma imposibilidad patriótica. El héroe Henry Arne, aquel Arne que había sido el primer ministro del planeta Solitario primero sacrificó el amor de la heroína por el planeta y más tarde la vida de ella misma.
La ópera fue de larga duración, y terminó tan tarde, que no había ya ni que pensar en ir a ningún lado después de la función, por lo cual solamente tomamos una taza de café en el teatro, luego llevé a Terry a su casa.
Me sorprendí de saber que ella estaba completamente de acuerdo conmigo acerca de la ópera.
—El morir por amor es una idea hermosa —comentó ella—, pero morir por un país es una locura y sacrificar el amor de la mujer que usted ama por su mundo es una locura mayor y en todo momento que se llega a pensar en eso hasta se siente uno enfermo.
—¿La ha visto a menudo?
—No mucho. Cuatro o cinco veces. De la escuela nos mandaban para que la viéramos.
—No parece particularmente usted precisamente patriótica —le dije a la ventura.
—No lo soy —replicó francamente—. Oh, si tuviera una oportunidad de hacer algo maravilloso, romántico y excitante por Solitario, como… —se sonrojó interrumpiéndose confusa.
—¿Cómo qué, Terry? —le dije sonriendo.
—Bueno, de todos modos, si tuviera la oportunidad de hacer algo como eso, lo haría sin titubear. Pero morir por un ideal…
Y siguió hablando durante un buen rato y yo escuchándola. Cuando guardó silencio le dije tranquilamente:
—¿Y se le permitiría a usted hacer todo eso?
—¿Qué me quiere decir?
—En la mayoría de los países o mundos en donde el nacionalismo es cultivado deliberadamente y alimentado por propaganda y obras como «The Arne Story» la gente que habla como usted acaba de hacerlo, está propensa a… desaparecer.
Terry rio, al menos empezó a reír, y entonces me miró asombrada y con vacilación, y durante un momento tuve el deseo sincero de no haberla hecho ver lo que podría pasarle.
—Lléveme a casa —dijo de pronto conteniendo el aliento—. Tengo… tengo que empezar a trabajar temprano mañana.
A la mañana siguiente, después de mi desayuno, regresé a mi cuarto y eché una mirada rápida a través de las páginas de la cuarta edición de «The Arne Story».
Los amplios perfiles de la ópera en sí no habían cambiado. Mucha de su música sí era diferente y mi opinión fue que la anterior tenía más calidad. Presumiblemente los compositores de los dos siglos anteriores habían sido estimulados para mejorar la música original si acaso podían hacerlo.
El conjunto completo sí había mejorado bastante en los dos últimos siglos de su existencia. La versión inicial era cruda, plena de rudeza, y aún menos plausible que la versión contemporánea.
Pero lo interesante acerca de la comparación consistía en que todos los cambios fueron designados para hacer mejor esa ópera y lograr que la propaganda patriótica fuera más efectiva. Y desde su primera actuación aquella obra no había sido más que de pura propaganda.
Eché la partitura a un lado para pensar en otras cosas. Ya tendría más tarde tiempo de comparar las dos versiones de la ópera para mis propios propósitos; mientras tanto si estaba yo ahí era para averiguar algo, y no pensaba que las versiones antiguas o modernas de la ópera me pudieran decir mucho más de lo que me habían dicho.
El problema era simple. Solitario había sido colonizado hacía casi tres siglos antes. Nunca había sido un mundo particularmente atractivo, pero sus depósitos de petróleo, carbón, hierro, diamantes, plata y platina se encontraban al menos al nivel promedio de otros mundos. En el curso de cincuenta años su población había alcanzado casi cien millones. Hasta ese punto todo iba bien.
En esa fecha, más de doscientos años después, la población ascendió a doscientos millones y Solitario era casi el mundo más retrógrado de la galaxia, con el nivel relativo de vida más bajo. Por ejemplo el salario semanal de Terry que ella había mencionado cuando hablábamos de Solitario y la Tierra, apenas alcanzaría a cubrir el importe de una comida en un hotel en Nueva York. Y mi cuenta semanaria de hospedaje en el Parkview sería menos de lo que yo tendría que pagar por una noche en el mismo hotel neoyorquino.
—¿Por qué?
Solitario no publicaba estadísticas y todos los cálculos eran por lo tanto aproximaciones. Sin embargo, otros mundos tenían comprobantes que mostraban que la inmigración de Solitario estaba descuidada.
¿Entonces por qué la población, estimada al menos, era tan baja? ¿Por qué el planeta era tan aparentemente pobre? ¿Por qué sus exportaciones eran tan insignificantes?
¿Qué era lo que perseguían los dirigentes gubernamentales de Solitario?
La interrogación de un secreto que guardara Solitario se presentó únicamente porque los agentes enviados para investigar ese mundo en su propio terreno, o regresaban sin ningún reporte o jamás se les volvía a ver del todo.
Cierto que muy pocos fallaban en regresar, pero, ¿por qué tenía que haber espías desaparecidos en un mundo que nada tenía que ocultar?
«Secreto» no era la palabra exacta para aplicarse a los asuntos de Solitario. «Incierto» cabía mejor. Aun la forma precisa de gobierno era incierta, no debido a la clase de cortina de hierro que usted encontrará en su estado en que la policía vigilara su entrada y salida, sino porque difícilmente ninguno parecía saber nada con certidumbre. Aunque se sabía que en Solitario había un senado y un primer ministro a la cabeza del gobierno, en la actualidad muy poco se sabía acerca de aquel premier, del mismo modo que del que inicialmente encabezó el estado.
De ahí mi aparición en el escenario, Edwin Horsefeld, con una o dos tretas metidas en el interior de las mangas del saco. En esos días los espías necesitaban más de trucos que de nervio o músculo.
Después de haber pensado un poco me fui a la biblioteca para investigar todo lo que allí pude. Solamente pasé allí una hora y media y pensé que no habría dejado pasar mucho de importancia.
La biblioteca constaba únicamente de ocho mil libros que habían sido escritos y publicados en Solitario. Ocho mil en algo más de doscientos años.
El resto consistía en reimpresiones de textos ordinarios que podían conseguirse en cualquier parte de la galaxia.
De los ocho mil, cuatro mil de ellos eran novelas. Tres mil comprendían información natural del planeta acerca de geografía, geología, exploración, fauna y flora; los mil restantes formaban una miscelánea que incluía toda la historia social, biografía, poesía, ensayos, investigación, filosofía y psicología de los colonizadores que habían llegado hacía casi trescientos años.
No era gran cosa.
Por la tarde, según la cita hecha del día anterior, fui a buscar a Terry y le dejé que me llevara al parque. Era su tarde libre.
Desde el momento en que la vi me di cuenta de que una vez más algo había pasado entre nuestros encuentros.
Tenía la esperanza de que en ambas ocasiones no hubiera visto a su novio, considerando que una muchacha tan atractiva y joven, simplemente debía tener un novio formal, o al menos alguien que se imaginará que lo era y que ya que había salido conmigo lo había mandado a empacar, convencida ella de que estaba enamorada de mí. Yo pensé que Terry era demasiado formal y sensible pero eso y aun así no se podía negar que todo lo que le había dicho acerca de la Tierra había parecido fascinable y de que ya ella me consideraba como algo más que una relación masculina con ciertos derechos.
Aunque era evidente que ella iba a decirme algo que consideraba de suma importancia, se concretó a decirme trivialidades hasta que estuvimos en el interior del parque.
La cápsula que cubría el parque era más grande que ninguna de las que yo conocía en Marte, aislada para reflejar tan poca luz como fuera posible y escasamente con la visibilidad que existe en otros sitios semejantes.
En el interior había un jardín muy bien cuidado, muy vasto y bien planeado; tibio, como el mes de julio en el hemisferio norte de la Tierra; fresco y ventilado con brisas suaves. Y todo eso dentro de una ciudad en donde nevaba durante todo el año.
Mientras esperaba a Terry que fue a colgar su abrigo en el guardarropa, pensé:
El Servicio de Inteligencia Terrícola debía saber más acerca de Arne Park. Algo tan fuera de lo típico de su mundo como Arne Park lo es, para Solitario merece mucha atención.
Tiene que existir una razón para ese parque. Aparentemente otros agentes lo habían visto y dicho «muy impresionante», y enseguida se habían puesto los abrigos y llevado sus dagas a otro lado. Pues bien, quizá los trataba yo injustamente. No obstante ese otro pensamiento, se me vino a la mente:
En un mundo como este, en una ciudad como esta, tiene que haber una razón para tan vasto y costoso milagro hecho por el hombre.
Regresó Terry a mi lado y entonces vi la razón para aquel parque, era un lugar en el que ella podía usar un vestido delgado amarillo, una confección delicada que le sentaba tan bien como si hubiera nacido con ella. Después de su aparición la noche anterior con aquel vestido negro, fue un alivio tenerla a mi lado viéndose como una adolescente hermosa y amante del sol.
—Y usted, Edwin, no va también a cambiarse —me preguntó.
Suspiré antes de contestarle.
—Lo haría si tuviera alrededor de veintiún años y al verla quisiera volver a esa edad.
Realmente no lo deseaba. Ningún hombre sensible de cuarenta y ocho años desea tener nuevamente veintiuno, a menos que no tenga la posesión de todos los conocimientos, experiencia y ventajas de los cuarenta y ocho años.
Pero de todos modos mis palabras agradaban a Terry.
Caminamos lentamente a lo largo de los andadores y calzadas del parque. Prácticamente todos los que vimos estaban alegres, disfrutaban del lugar y vestían ropas brillantes y frívolas. Arne Park sin duda era en donde los habitantes de Arneville se despojaban de todas sus inhibiciones. Ninguna ciudad de la galaxia se encontraba más necesitada de un lugar como ese. No obstante en el parque había de todo menos aglomeración. Las horas de trabajo en Arneville eran largas.
Nos encontraríamos a una distancia aproximada de kilómetro y medio de la entrada cuando Terry dijo:
—Quiero ayudarte, Edwin.
—¿A qué?
Respiró profundamente y enseguida dijo:
—Sé que eres espía.
—¿Lo sabes? —le dije suavemente—. ¿Quién te lo dijo?
—Ayer precisamente después del almuerzo alguien llamó a la tienda. No dio su nombre. Dijo que tú irías y que me hiciera tu amiga. Dijo que no sería peligroso, pero que tendría yo una oportunidad de probar mi lealtad a Solitario.
De modo que Terry no había sido enviada allí. La F. R. S. simplemente la había acorralado.
—¿Y qué más te dijeron? Le pregunté conservando mi tranquilidad.
—Entonces, muy poco. Imagino que deliberadamente nada se me dijo de modo que no me atreviera a hacer nada serio, como interesarme en cosas que te indicaran lo que ocurría.
—Eres muy inteligente, Terry.
—Bueno, así lo espero. Tú sabes lo que pasó, la manera en que las cosas se desarrollaron y que no tenía yo que hacer ni decir nada que de todas maneras no podría haber hecho. Quiero decir, que yo siempre he estado interesada en la Tierra y que si no hubiera habido llamada telefónica de cualquier manera habríamos ido anoche a la ópera.
Le manifesté mi aprobación.
Si Terry no hubiera sido instruida para decirme lo que estaba diciendo, sin duda que había cometido un error terrible. Sin embargo, no podía ya retroceder. Tenía yo que oír lo que tuviera que decirme.
—Cuando regresé a mi casa mi padre estaba esperándome con un hombre alto y delgado. El hombre aquel dijo que era el señor Marks y me pidió que repitiera todo lo que tú y yo nos habíamos dicho. Le dije todo lo que pude recordar porque no consideré que fuera a causarte ningún daño, ¿no es así?
—De acuerdo.
—Entonces…
Titubeó un momento y continuó:
—Edwin, yo creo que tú adivinaste que mi padre y yo no estamos en buenas relaciones. Él es… Bueno, considero que es algo terrible que yo diga eso acerca de mi propio padre, pero él no es bueno conmigo. Después de unos momentos el ambiente se hizo tenso ante la presencia de aquel hombre y mi padre. Ya no cooperaba voluntariamente con la policía como yo pensaba. Marks estaba diciéndome lo que tenía que hacer y advirtiéndome que mi padre iría a la cárcel si no obraba yo exactamente como se me decía, y que también yo podría ser puesta en prisión. Llegó el momento en que mi padre me suplicó que lo salvara…
Esperé. Sentí pena por ella. Era demasiado joven para encararse a tales situaciones. Enseguida continuó:
—Me dijeron que tú eras espía y que era mi obligación reportarte. Creo que no les permití que se dieran cuenta de mi enojo, pero sí lo sentía. Quiero decir, ya me habías gustado. Yo podría decir que no habías hecho nada malo y no ibas a hacerlo.
—De todos modos tú sabías que yo trabajaba para la Tierra, contra tu mundo —le dije.
Ella se encogió de hombros y me hizo ese comentario:
—La Tierra nunca nos ha hecho daño alguno, al menos eso es lo que yo sé. Quizá si Marks me hubiera tratado diferente, o actuado como si tuviera confianza en mí… De todos modos, como se desarrollaban las cosas no sabía qué hacer. No te causaba yo ningún daño diciéndole a Marks exactamente lo que tú dijiste e hiciste a menos que repentinamente supiera yo algo importante. De haber sido así ya no estaba yo segura de querer decírselo a Marks.
Nuevamente estuve de acuerdo con ella. Podía comprender su actitud mejor que ella. Era muy joven, con poca experiencia, romántica y aun sentimental. Ya había tenido que aprender que no podía apoyarse en su padre. Su mundo, su medio ambiente y su familia nunca habían hecho por ella; sin embargo, siendo sensible y confiada en sí misma había sacado ventaja de todo y se las había arreglado para ser feliz.
Y entonces venía mi situación. Me gustaba, y ella había sido instruida fríamente para actuar como mi amiga y reportar a la F. R. S. todo lo que yo dijera.
Después de todo la F. R. S. no era tan astuta. Debieron haber sabido lo que haría Terry, ¿no es así?
Terry interrumpió mis reflexiones diciendo un poco desinflada:
—No pareces estar sorprendido.
—No lo estoy. Terry, siempre que aterrizo en un planeta extraño me topo con las probabilidades de que cualquiera que trata de entablar amistad conmigo esté trabajando para el servicio local de contraespionaje. Cuando tropiezo con alguna muchacha hermosa que sea amigable, prácticamente puedo estar seguro de ello.
—Eso tiene que hacer de ti una persona muy cínica —dijo con cierta timidez.
—No, ¿por qué? No soy un personaje de un cuento de hadas… Todavía no me has dicho todo. Esa entrevista con Marks fue antes de que fuéramos a la ópera, ¿no es cierto? ¿Qué ha pasado desde entonces?
—Pues casi lo mismo. Cuando regresé, Marks me esperaba; nuevamente me hizo preguntas y advertencias. Hasta se… —hizo una pausa sonrojándose.
—Harías bien en decírmelo.
—Me dijo que haría bien si me acostara contigo.
Me concreté a callar pero me imaginé que eso fue lo que realmente había hecho que Terry se resolviera a confiar en mí. Prácticamente ella no había tenido aventuras sexuales. No había yo vivido casi medio siglo como para que no fuera capaz, de discernir tales cosas. Una muchacha joven con imaginación y con nociones románticas fácilmente podría abrigar el existente pensamiento de una aventura de amor apasionado con un espía, pero tenía que ser una aventura amorosa. El ser instruida fríamente para que vendiera su virginidad en aras de su mundo era repugnante.
Después de una pausa le dije amablemente:
—¿Sabes el peligro en que te encuentras, Terry?
Ella parpadeó.
—No estoy en ningún peligro. Te lo he advertido. Continuaré reportándole a Marks lo que digas. Pero entiende que no le diré nada que pueda ser perjudicial para ti.
Casi sin darme cuenta suspiré. Era probablemente imposible hacerla entender. Y ningún propósito bueno se lograría al intentarlo.
—¿Quién es tu novio, Terry? —le pregunté con indiferencia.
Nuevamente se ruborizó y quedó sorprendida ante mi pregunta. Fue entonces cuando supe que ella realmente estaba empezando a enamorarse de mí.
Para darse tiempo de pensar se echó sobre el pasto, estiró las piernas y se recostó sobre la espalda colocando los brazos detrás de la cabeza. Enseguida como si la asaltara un pensamiento se irguió, bajó el cierre de la parte media de su vestido amarillo, hizo a un lado una parte de la falda y volvió a la posición anterior sobre el pasto.
Entre el fondo de su falda pequeña aunque bien llena con su humanidad y la parte alta del vestido que se ajustaba de una cadera a la otra se veía toda la firmeza de sus músculos de adolescente que fascinaba cuando ella se movía. Tenía ella esa clase de medidas fantásticas de la cintura que las actrices aseguran que solo realmente las ninfas poseen.
Me senté a su lado.
Para entonces ya estaba lista para contestar:
—No tengo novio.
—Debes tenerlo, Terry.
—Bueno, pues hay uno llamado Steve. Pero él… oh, es solo un chamaco.
—¿Lo has visto durante las últimas veinticuatro horas?
—No. De todos modos no hay nada entre nosotros.
Durante unos momentos quise no haber ido a Solitario. Probablemente no averiguaría nada. Y aunque esperaba regresar a la Tierra en una sola pieza, ya había la probabilidad de que Terry no viviría mucho tiempo.
Ella no entendía que la lealtad a la F. R. S. era un asunto seriamente mortal. Tampoco sería capaz de engañar a la F. R. S. Cualquier cosa que yo hiciera, tarde o temprano el departamento de contraespionaje de Solitario lo sabría y sabría que Terry (en la apreciación de ellos) había cometido alta traición.
Y ya había hecho, a menos que todo aquello fuera solo actuación, algo que por el momento no creí yo. El hecho de que Terry no pudiera ayudarme no remediaría nada. Le había dicho a un espía que estaba de su lado contra su propio mundo.
De pronto se sentó y preguntó bruscamente:
—¿Crees que no valga nada?
Ante el repentino reto no pude evitar mi manifestación de asombro.
—¿Mostrándome como lo he hecho? —continuó—. Has permanecido tranquilo. Pero, si valgo. No me importa mostrarme ante ti como soy. Steve no significa nada para mí desde que te conocí.
—Terry —le dije—. Tengo dos hijas y una de ellas es mayor que tú tres años. Y no me casé precisamente joven.
—Es verdad —dijo abiertamente—. Tú piensas que no valgo nada —al decir eso tiró de la parte de la falda que había echado a un lado.
No había manera de asegurarle nada sin que yo cambiara de tema, de modo que eso hice.
—Terry —le dije descubriendo nuevamente la parte de su cuerpo que se había cubierto—. Quisiera saber si realmente puedes ayudarme. ¿Has notado algo, algo que verdaderamente haya sido preparado en tu mundo acerca de lo que te intriga o te sorprende?
—¿Cómo qué cosa? —Aún sospechaba de mí y se sentía herida. Probablemente se sentía culpable por lo de Steve; quizá había cancelado alguna cita que tenía con él esa tarde o la noche anterior, o probablemente se sentía como si se hubiera arrojado a mis pies y todo lo que yo había hecho había sido reírme de ella.
—Cualquier cosa extraña —le insistí.
—Bueno… hay una cosa que quise decirte. Solo que no estoy segura de ella. Es solo un rumor que corre.
—¿Sí?
—Quizá ni siquiera sea cierto. Se dice únicamente… bueno, dicen que a veces la gente desaparece.
—¿Desaparece?
—Oh, no se supone que desaparezca. Solo se piensa que los envían a otro lado. Pero esos únicamente escriben una vez, o quizá dos y después ya nadie vuelve a saber de ellos.
—Eso es muy interesante, Terry —le dije—. Pero no pensé que lo fuera.
En un mundo altamente patriótico como Solitario indudablemente que había un servicio secreto de seguridad, aunque no sabíamos nada acerca de él. Por supuesto que la gente desaparecía. Hubiera sido sorprendente que no…
Como Terry no estaba vestida para otro lugar en Arneville que no fuera el parque, tomamos un bocadillo en un restaurante al aire libre dentro de aquella inmensa cúpula y después la llevé a su casa.
Aún no sabía qué haría con ella. Muy pronto tendría yo que pensar sobre algo que pudiera decir a Marks, algo que pudiera convencerlo de que Terry era leal y útil, y que yo no tenía modo de investigar nada. La segunda parte era verdad.
Por el momento Terry le diría a Marks todo lo que nos habíamos dicho con una excepción obvia.
De regreso en el hotel, Tom Harrison, el castor ansioso, me esperaba. Quería saber si había algo más en que pudiera ayudarme.
Tenía una idea.
—No, gracias, Tom —le dije—. De hecho por ahora me las puedo arreglar solo. Gracias por haberme ayudado antes. Lo agradezco, pero no necesitaba molestarlo nuevamente.
Harrison asintió con torpeza.
—Está bien —dijo ásperamente—. Me imagino que usted no quiere verme más por aquí, ¿verdad?
—Bueno, no precisamente. Y a propósito le diré: ¿Recuerda que le hablé de una chica? Pues ella me ha venido acompañando a algunos lugares. Usted es un tipo simpático, pero tendrá que confesar que está muy lejos de ser una chica bonita.
El rostro de Harrison se despejó.
—Ah, vamos, si eso tenemos… bueno, si me necesita, ya sabe en dónde encontrarme. Hasta luego.
Subí a mi alcoba. Mientras los guantes estuvieran puestos la F. R. S., no me acosaría demasiado. Pero consideraba que aún querían tenerme en observación. Pensé que obligándolo a hacerlo a través de Terry, le daría a ella alguna protección temporal.
Sin dudarlo, después de más o menos una hora ya tenía yo ciertos planes elaborados, planes que no me molestaré en detallar ya que nunca tuve la oportunidad de hacerlos efectivos.
Era todavía temprano cuando un empleado del hotel llegó a avisarme que una mujer joven me esperaba abajo.
No esperé y bajé al momento. La visitante no podía ser otra que Terry. Era un error que viniera a verme al Parkview en donde todo lo que yo hacía era observado y en donde sin duda las paredes tenían oídos. Lo mejor que yo podía hacer era actuar como si la hubiera estado esperando, y esperar que ella tuviera el sentido común para esperar hasta que estuviéramos afuera para decir algo que importara.
Sí era ella. Aún no se había quitado su abrigo y estaba esperando como si hubiéramos convenido en salir juntos. Pensé que había algo un poquito tenso en su sonrisa.
Caminamos a lo largo de la calle Arne Way y no dijo nada acerca de la razón de su visita hasta que estuvimos a buena distancia del hotel. Empezaba a oscurecer y estaba cayendo una nieve suave y fina. Terry, a la que antes no había visto dar muestras de frío, estaba tiritando.
—Edwin, todo ha salido mal —dijo de pronto.
Mientras caminábamos me explicó lo que había pasado. Cuando alguien se acercaba demasiado, guardaba silencio hasta que volvimos a quedar solos.
Cuando la dejé en su casa después del paseo que dimos por el parque, oyó a Marks y a su padre hablando. No fue a verlos enseguida sino que subió a su alcoba a cambiarse.
Mientras eso hacía captó una o dos palabras que la hicieron deslizarse cautelosamente a un cuarto de trebejos para poder oír mejor.
Marks estaba diciéndole a su padre que a fin de estar seguros de que ella les decía la verdad y nada más que la verdad, le iba a aplicar una buena serie de drogas cuando llegara…
No tenía Terry que decirme hasta qué grado aquello cambiaba la decoración para ella. Probablemente había tenido alguna idea vaga, apropiada para su edad, de que sería muy sencillo sortear los interrogatorios, y que aun cuando más tarde fuera torturada en una forma no del todo insoportable reservada para las heroínas, ella insistiría valientemente en que les había dicho la verdad.
Ella no había visto a Marks drogándola hasta el grado de privarla de su voluntad. No había nada romántico en ello, y no era algo contra lo que pudiera luchar…
—Me escurrí entonces de la casa y me vine derecho a verte —concluyó.
—¿No te das cuenta, Terry? ¿No te das cuenta de que eso era lo que ellos esperaban que hicieras? ¿Qué oyeras exactamente lo que oíste y que hicieras precisamente lo que has hecho: venir hacia mí presa de pánico?
Se encaró conmigo repentinamente para protestar:
—No siento pánico alguno.
—Pues debías sentirlo. Lo sentiría yo si fuera tú.
—¿Por qué… qué quieres decir?
—Yo tengo cierta protección. No he infringido ninguna ley, ni local ni internacional.
—¡Pero eres un espía!
—Por favor, no lo grites en medio de la calle, Terry. En cierto sentido lo soy, pero no tengo que apartarme de la ley para hacer lo que quiero. Es cierto que la F. R. S. me apartará de su camino si considera que tienen que hacerlo, pero sabrán que la Tierra no se sentirá halagada si lo hacen, y hasta podrían aprovechar la ocasión para plantarse en Solitario y ordenar una investigación en gran escala en el curso de la cual tendrán la oportunidad excelente de averiguar aquello para lo que fui enviado. La F. R. S. sabe todo eso. Pero tú.
—¿Yo qué? —preguntó desafiante.
Ya no podía engañarse acerca de su situación.
—Bueno, Terry, es necesario que veas que solamente Solitario tiene responsabilidad sobre ti. Ningún otro mundo puede interferir. Sin juzgarte o sin mencionar públicamente tu caso si tus autoridades deciden que tú eres una traidora, no hay nada que pueda detenerlos para…
Se quedó mirándome horrorizada.
—¿Quieres decir que voy a ser ejecutada y que no hay nada que puedas hacer para evitarlo?
Al llegar a una esquina hice que se sentara en la banca allí colocada. No era un lugar muy cómodo para sentarse por la nieve que seguía cayendo, pero estábamos más seguros a la intemperie que en cualquier otro lugar en donde podríamos ser oídos.
Del modo en que Terry temblaba me hizo pensar en algo.
—¿Qué usas debajo de tu abrigo?
—Únicamente lo que usé cuando fuimos al parque. No tuve tiempo de cambiarme.
—Eso es una gran ayuda —murmuré—. Eso quiere decir que no podemos ir a ningún lugar en donde tuvieras que quitarte el abrigo.
—Excepto al parque.
En la tarde me había dicho que el parque era más concurrido de noche que de día. Que no había patrulla de policía a la que se le asignara la obligación de proteger la moral pública. El punto de vista oficial, uno más práctico que aquellos de algunos mundos aparentemente mejor organizados, era que si no se les proporcionaba un lugar conveniente a los jóvenes amantes para hacer lo que hacían, inocente o no, lo único que se lograba era echarlos en los brazos dispuestos de aquellos que hacían negocio con el vicio.
De modo que podríamos ir nuevamente al parque y no ser demasiado conspicuos. La F. R. S. podría encontrarnos allí fácilmente, pero entonces la misma organización podría tarde o temprano localizarnos adondequiera que fuéramos.
—Mientras tanto, Terry, ¿hay alguien en quien puedas confiar tu vida? literalmente hablando. Desde luego que no sea tu padre.
—Por supuesto que mi padre queda descartado —dijo con más amargura de la que antes no había oído en su voz.
—¿Tías, tíos, primos?
—Solamente Steve —dijo casi en un murmullo— y no me gustaría…
—No importa si te gusta o no. Iremos a verlo.
Primero que todo procuraría que fuera una pesadilla para cualquiera que tratara de seguir nuestros pasos; de todos modos tenía mucho respeto por la F. R. S. como para correr ningún riesgo.
Había yo fallado en la labor que se me había encomendado en Solitario. Todo lo que trataba de hacer era llevarme a Terry conmigo en una sola pieza, si es que eso era posible. Y no pensaba que lo fuera.
Subíamos y bajábamos de un autobús a otro; entrábamos en algún edificio por una puerta y salíamos por otra, caminando apresuradamente a través de grupos de gentes, y de pronto nos deteníamos cubriéndonos para esperar a ver si alguien nos seguía para adelantársenos. Con mi experiencia y el conocimiento de la ciudad que tenía Terry, muy pronto estuvimos seguros de que no éramos seguidos.
Al fin llegamos a la casa de Steve. Me daba cuenta plena de que podrían pisamos de nuevo la cola al ir allí. Sin embargo, no se lo mencioné a Terry. Ya tenía ella bastante de qué preocuparse.
—Pero, hola, señorita Terry —dijo la encargada del edificio, ligeramente sorprendida—. ¿No la llamó Steve antes de salir?
—¿Salir? —dijo Terry descorazonada.
—Salió a Bennerwald. Pero estoy segura que tendrá intenciones de escribir. Imagino que todos recibiremos mañana alguna carta de él.
Terry iba a preguntar más, mucho más, pero le oprimí el codo fuertemente. Con un esfuerzo dio las gracias a la encargada y nos alejamos.
—¿En dónde es Bennerwald? —le pregunté.
—Al otro lado del planeta; a dieciséis mil kilómetros de distancia. No podría haber…
—No hables demasiado.
Y nuevamente nos sometimos al procedimiento quirúrgico de amputarnos la cola. Cuando consideré que estábamos a salvo nos sentamos en otra banca y nos acurrucamos pegados uno al otro para que nos tomaran como amantes.
—Ha desaparecido —dijo Terry secamente.
El énfasis que puso en la expresión me hizo repetírsela interrogativamente.
—Desaparecido, como los que te dije antes —contestó.
—Temo que tengas razón.
Se estremeció y se abrazó a mí convulsivamente. Sin embargo, del modo en que tomó aquella desaparición me convenció de que nunca había estado enamorada de Steve.
—¿Era un rebelde? —le pregunté—. Quiero decir, ¿contra el patriotismo y la propaganda? ¿Soltaba mucho la lengua?
Terry me miró asombrada.
—¿De veras?
—Sí, a menudo discutíamos. Cómo te he dicho, no me importa amar a mi país, si este no tratara de hacerme tan duramente que lo amara, pero con Steve… —encogió los hombres cuando dijo—: ¿Recuerdas «The Arne Story»? Pues bien, Steve me sacrificaría por Solitario.
Eso no hubiera sido tan malo si no hubiera estado pregonándolo.
Empezaba a sentirme interesado.
—Terry, piensa en todas las otras personas que conociste que pudieron haber desaparecido. ¿Cómo eran?
—Ya te dije, nadie puede estar seguro. Quizá nadie desapareció. Es posible que no sea más que un rumor…
—Lo sé. Pero puedes reflexionar un poco. La gente que sale en viajes largos, escribe una o dos veces y después no vuelve a hacerlo… ¿han sido jóvenes o viejos? ¿Hombres o mujeres? ¿Patriotas o rebeldes?
—La mayoría jóvenes. Tú no haces que la gente de edad se desarraigue. Y han emprendido esos viajes hombres y mujeres. Y generalmente, del todo patrióticas, de todos modos no han sido rebeldes.
—Eso es muy interesante —le comenté.
—Edwin, ¿adónde podemos ir? ¿A algún otro pueblo?
—No, habrá una vigilancia en todas las estaciones.
—¿Algún hotel?
—Lo mismo.
—Entonces vayamos al parque, me estoy congelando.
—Me parece bien.
Sin embargo, antes de que nos moviéramos de nuestra banca, pasó a nuestro lado un hombre de rostro fresco saludándome al pasar.
Era Tom Harrison.
La F. R. S. era tan eficaz que si perdía nuestro rastro podía fácilmente encontrarlo. Aún más que eso, querían que yo supiera claramente que en todo momento era vigilado.
Me pregunté qué sería lo que estaban tratando de que yo hiciera.
Dejamos nuestros abrigos en el pabellón de la entrada. Una vez más hicimos todo lo que más pudimos por escurrirnos de los que nos vigilaban. Después de todo podríamos salimos con la nuestra. Era posible que pensaran que al parque, que era una trampa, aunque fuera muy extensa, sería el último lugar al que iríamos.
No quería decir que hubiera alguna diferencia. La F. R. S. podría o no impedirme que abandonara Solitario cuando yo quisiera y también estaría en sus manos el dejarme o no, llevarme a Terry conmigo, y por desgracia no había nada que yo pudiera hacer al respecto.
Por la noche Arne Park era maravilloso, dos veces más maravilloso de lo que era en el día. Especialmente para los que llegaban del exterior en donde estaba nevando.
Resplandecía la cúpula con la luz electroactínica igualada a algún índice que se reflejaba y que no interferiría con el paso de la luz del sol como ocurría durante el día. No pude ver la fuente de donde procedía. La luz no era brillante, solamente un poco más intensa que aquella que proyecta la luna llena sobre la Tierra.
Y aquel inmenso parque tomaba más vida con las parejas. Aquella tenía que ser la calzada más larga y más ancha para los amantes más ocupados de toda la galaxia. De la parte trasera de cualquier matorral brotaban risas suaves.
Me sentí aliviado al ver que Terry metida en aquel juego de blusa y falda ligera no desentonaba y se había tranquilizado un poco. La temperatura del parque se sentía tan tibia como el día, y como el lugar era más bien para jóvenes, las ropas que usaban respiraban juventud.
No dejamos de caminar porque moviéndonos era apenas posible que lo que dijéramos pudiera ser oído.
—Terry —le dije—, dime si he entendido bien. ¿Las personas que desaparecen son jóvenes, de uno y otro sexo y altamente patrióticas?
—Esa es mi impresión.
—¿Antes de que se casen y que tengan hijos?
—Bueno, por supuesto. Me dijiste que eso era interesante. ¿Por qué?
—Porque en esta clase de mundo la gente que esperas que desaparezca es la que desaprueba el sistema: los individualistas, los rebeldes, los intelectuales, los anarquistas, agitadores y los reformadores.
—Bueno, no es así.
—De modo que desaparecen… no mueren.
—¿Y cómo llegas a esa conclusión?
—¿Qué es lo que sabes acerca de Henry Arne, de ese Arne en honor de quien este parque y la ciudad llevan su nombre?
—Oh, mucho. Ya sabes que fui a la escuela. ¿Qué es lo que quieres saber?
—No necesito preguntarte mucho acerca de él, Terry. Ya sabes que soy historiador. Supongamos que haya sido un individualista, un fanático creyente en la libertad humana. Desde hace largo tiempo pudo haber creado una secreta pero poderosa organización para desarraigar a los conformistas, a los hombres que a todo dicen que «sí», a la gente que puede ser influenciada por la propaganda.
Terry detuvo sus pasos y sujetó fuertemente mi brazo.
—¡Eso es lo que pasó! ¡Por supuesto que eso es! Sacudí la cabeza y proseguí con mi argumento.
—No. Arne amaba a Solitario tanto que enloqueció por él. En ese sentido fue un fanático. Tenía tanto poder que no fue nada menos que un dictador. Todo lo que quería hacerse hacía. De manera que lo que quería que se organizara abierta o secretamente se organizaba.
—¿Crees que creó alguna organización secreta?
—Sí, pero lo de la clase que mencioné. Arne creyó apasionadamente que si se desarrollaba Arne completamente, de manera inevitable sería arruinada por los individuos voraces que han invadido los mundos ricos y florecientes, o que lo han creado. Creyó que si Solitario iba a crecer fuerte, libre y saludable, tenía que crecer pobre.
Esta vez Terry no dijo nada. Estaba perdida en sus reflexiones. Después de todo no sabía nada acerca de otros mundos que no fueran el suyo. No tenía ningún otro con cuál compararlo.
—Si Arne tuvo razón o no, lo que quiso para Solitario ha resultado —murmuré—. Por la casualidad o por su designio, Solitario no ha crecido ni fuerte, ni rico, ni floreciente. Difícilmente pudo ser por la casualidad, por razones que ahora no mencionaré. De manera que pudo haber sido por designio, casi seguro que por designio de Arne. Lo que quiere decir que él de algún modo preparó la situación, un plan, que aún está en funciones desde doscientos años después de su muerte.
«Nada de esto es nuevo, Terry. Cualquiera que se tomara la molestia podía habérselo imaginado a lo largo de estas líneas sin venir cerca de Solitario. Y cuando dijiste que había rumores de desapariciones, tampoco me sorprendí. La población de este planeta estaría multiplicándose por cerca de seis cada siglo. Y no ha sido así. Un cálculo aproximado, ya que no tenemos estadísticas para basarnos en ellas, esa población se ha multiplicado solamente al doble en dos siglos».
—No es posible que quieras decir que toda esa gente haya desaparecido, que nació y… y…
—¿Murió? ¿Fue transportada? Bueno, Terry, ¿tú qué piensas? ¿Entonces casi nadie se casa? Y el promedio de los matrimonios, ¿no tienen al menos tres hijos?
—Creo que sí. ¿Pero eso qué quiere decir?
—Significa que en los últimos doscientos años podemos considerar que de uno a tres millones de gentes han… desaparecido.
Esperaba alguna reacción de Terry. Pero no tuvo ninguna. Mirando a mi derredor vi por qué.
Desde todas direcciones se acercaban hacia nosotros un buen número de hombres. Su actitud era tan decidida que era claro que la F. R. S. había decidido apoderarse de nosotros, si es que no acabarnos allí mismo.
El huir sería inútil. Aun Terry se dio cuenta de ello.
Se encogió a mi lado y yo estreché su mano.
Tom Harrison estaba al frente del grupo.
—De modo que usted es algo importante en la F. R. S., Tom —le dije en tono amistoso.
—Muy importante —repuso secamente haciendo a un lado sus modales anteriores—. En efecto, soy el jefe.
—Muy honrado —le dije.
Al llegar al pabellón de la entrada, Harrison se rehusó a permitirnos recoger nuestros abrigos. Tenía razón. Había algo en el mío que… pero, bueno, de todos modos realmente no importaba.
—No va usted a obligar a Terry a que salga así —protesté.
—Hay un automóvil esperando frente a la puerta —replicó Harrison brevemente.
En un momento se reunió mucha gente alrededor y naturalmente nos miraban preguntándose la razón por la cual nos habían detenido. Terry se estremeció violentamente cuando los copos de nieve cayeron sobre sus hombros desnudos. Pero una vez dentro del auto tenía algo más de qué preocuparse que del frío.
Nos condujeron a una oficina de la Casa de Gobierno, un cuarto pequeño sin nada importante en él. No tenía ventanas, con una sola puerta, una mesa y algunas sillas. Estábamos presentes Harrison, Terry y yo, y otros dos hombres sin uniforme.
—No pretendemos ignorancia, ¿verdad? —empezó Harrison.
—No, si así lo prefiere —le contesté en tono de aprobación.
—Francamente —dijo Harrison— preferiría que usted simplemente dejara el planeta, Horsefield.
—¿Llevando a Terry conmigo?
—Ella se queda, suceda lo que suceda —recorrió a Terry con la mirada de arriba abajo, dando la impresión de que él fuera un censor y ella un libro malo.
Terry palideció.
—Ella jamás se inclinó por el nacionalismo de Solitario —dije sin alterarme—. Creo que haría mejor en dejarla que fuera conmigo a la Tierra.
Harrison sacudió la cabeza negativamente. Durante un momento una mirada dura se asomó a sus ojos; no le gustaban los traidores. Y no podía negarse que Terry lo era.
—¿No esperaba que ella se pusiera de mi lado? —le pregunté.
—No lo esperábamos. Pensamos que ya fuera la lealtad o el buen sentido la mantuviera al margen del curso estúpido que tomó. No quiere decir que importe mucho. Usted saldrá de Solitario ignorando tanto como cuando vino, Horsefield.
—¿Entonces me envía de regreso?
—Después de que hayan sido los dos interrogados bajo el efecto de las drogas. Antes de que usted se vaya podrá ver morir a la chica, si gusta.
—En ese caso —le dije— hablaré ahora para ahorrar tiempo.
—Será inútil tratar de engañarnos. Usaremos las drogas de todos modos.
—Pero los interrogatorios bajo su efecto son demasiado lentos, eso lo sabemos los dos perfectamente bien. Cuando yo hable, ¿quiere que estos dos oigan lo que digo? —dije señalando a los guardias.
Harrison les señaló la puerta para que salieran. Eso se ponía interesante. Nuestras oportunidades para escapar permanecían precisamente cero, pero el hecho de que Harrison les hubiera ordenado salir probablemente podía interpretarse como que ellos no estaban en el secreto, y que en efecto muy pocos lo estaban.
—He averiguado mucho acerca del plan Arne —dije enseguida— y el resto lo he adivinado. Creo que es suficiente para detener ese plan.
La reacción de Harrison fue ligera pero al fin alguna hubo. Eso me animó grandemente. Ignoraba absolutamente todo, del modo en que un adivinador del futuro ignora todo acerca de un cliente nuevo. Sin embargo, a ella la entrenaron para que hiciera una buena suposición y continuara haciéndola, abandonando instantáneamente alguna pista falsa, siguiendo cualquier cosa que provocara una reacción.
Estaba yo sorprendido de que Harrison me permitiera hablar de ese modo; sin embargo, él pensó erróneamente que tenía todas las cartas en la mano.
—Todos supieron siempre acerca de las desapariciones —continúe—, pero eso era un asunto de Solitario. Pensábamos que los rebeldes eran simplemente eliminados. Ignorábamos que los conservaban, los ponían en el banco, por así decirlo. Debíamos haberlo sabido. Eso es exactamente la clase de cuadro loco en el que Henry Arne pensaría. Cualquier cosa que llevara a Solitario en la cumbre, cualquier cosa.
Harrison me miraba desconcertado de la misma manera que Terry.
Pero con todo, estaba escuchándome. De modo que proseguí con un nuevo impulso de confianza, sabiendo que aunque no las tenía todas conmigo, sabía lo suficiente.
—Confieso que no sé en dónde se encuentre el ejército de Arne, pero una vez me di cuenta de que los patriotas eran retirados de aquí, supe con certidumbre que se encontraban en estado latente en algún lado. Probablemente debajo del parque. Realmente no ha sido usted muy astuto, Harrison. En efecto, ¿no fue más bien tonto el permitir que me enterara de que usted sabía que Terry estaba de mi lado y de que usted nos estaba vigilando y no haciendo nada hasta que empezamos a vagar en el parque?
—Horsefield —dijo Harrison tranquilamente—, ¿qué es lo que usted pretende? Sabe bien que ahora ya no podré dejarlo ir.
«Vaya hombre tonto», pensé exaltado. Acababa de decirme que tenía yo razón.
—Imagino que el fin de ese plan —continué sin alterarme— será que unos cuantos siglos a partir de ahora, Solitario despertará gradualmente. Las exportaciones se elevarán, las reservas serán convertidas en efectivo y maquinaria. Millares de gentes jóvenes serán enviadas a la Tierra y a otros planetas para que asistan a universidades. Regresarán como técnicos entrenados con conocimientos al día, y empezarán a transformar a Solitario en un mundo eficiente, altamente poderoso y progresista. Entonces el ejército será despertado y entrenado. Para entonces podrá haber tantos billones tan fuertes como usted quiera. Un ejército de…
—¿Para qué? —interrumpió Harrison.
—Un ejército de esa magnitud consistente por completo de patriotas podría ser designado para una cosa… para hacer de Solitario el que ladrara más alto en toda la galaxia. Obviamente Arne fue un megalómano. No sé cómo se aseguró de que solamente otros megalómanos debían ser escogidos para jugar su papel a través de los siglos en el escenario, pero es evidente que lo logró…
El revólver de Harrison salió a relucir. No cabía duda de que no quisiera entrar en argumentos. Únicamente nos iba a ejecutar a Terry y a mí en el mismo sitio, para asegurarse de que no hubiera más errores.
—Yo no lo haría si fuera usted —le dije poniendo un tono de amenaza en mi voz—. No hace mucho me preguntó qué era lo que yo pretendía. Usted sabía que tenía yo que pretender algo. Y tuvo razón, porque así fue.
—¿Y bien? —dijo apuntándome con el revólver directamente al corazón.
—Se ha permitido quedar retrasado tecnológicamente aquí en Solitario —le dije, impasible—. Retrasado a tal grado que probablemente nunca se le ocurrió pensar que todo lo que se ha dicho en esta oficina haya sido captado y grabado para entregarse en la Tierra.
Harrison no trató entonces de ocultar su consternación. Si lo estaba engañando, no ganaría yo nada más que un poco de tiempo. Pero si no, ni a él ni a mí nos importaba ya más.
—¿Ve estos botones? —le dije señalándoselos—. Creo que los ha examinado ya de cerca, como examinó todo lo demás… me di cuenta de cuán minuciosa fue la así llamada revisión de aduanas. Estos son botones sencillos de plástico ordinario. Los rayos «X» no mostrarían nada… ya intentó usted todo eso, por supuesto. Si los descosiera aun así no encontraría nada. Pero ocurre que son de un nuevo material que resuena con las vibraciones del sonido y en una de las dos naves interestelares terrícolas que se encuentran estacionadas precisamente fuera del alcance de la atmósfera de Solitario, el amplificador más poderoso que usted jamás haya visto, es capaz de…
—No lo creo.
—No tiene usted que creerlo. Puedo probarlo si usted gusta.
—¿Cómo?
—¿Le gustaría que en un lapso de diez minutos cayera una bomba sobre Arne Park? ¿O con un espíritu más amistoso, que cayeran algunas luces de colores sobre Arneville? Permítame sugerir que nos envíen un vehículo para Terry y para mí, el cual aterrizará al frente de este edificio en… digamos, ¿dentro de una hora…?
Harrison me miraba sorprendido. De pronto dijo:
—Quítese esas ropas. Quiero hasta la última puntada de lo que está usando —y volviéndose hacia Terry le ordenó—: ¡Usted también!
Me reí.
—El cerrar la puerta de la caballeriza después de que el caballo ya ha escapado, solo lo proviene de que vuelva a entrar.
—¡Pronto! —ordenó secamente Harrison—. O les disparo a los dos aquí y en este momento.
Tratando Terry de no dar muestras de miedo hacia el revólver con que nos apuntaba Harrison, permaneció erguida, desafiante y empezó a soltarse las vestiduras que llevaba. La dejé seguir haciéndolo, porque ya había pensado en algo más que sería mejor trasmitirles a las naves de nuestra marina, aunque difícilmente se hacía necesario.
—Si tiene alguna idea de perseguir las naves o borrarlas del espacio —le dije—, mejor olvídese. La primera ya debe haber aplicado toda su aceleración con rumbo a la Tierra. Ya lleva toda la información que necesitaba. Y nunca la alcanzaría… Terry, espera.
—Quiero esas ropas —insistió Harrison con fiereza.
—Tome los botones —le dije arrancándolos—. Sea razonable, Tom. Si estoy mintiendo no hay razón para destruir mis ropas, como presumo que va a hacerlo. Si no miento, ya es demasiado tarde, ya he dicho lo suficiente y cualquier cosa que se diga apenas valdrá la pena grabarlo.
Harrison titubeó.
—Está bien —dijo abruptamente—. Dígales que envíen el vehículo. Pero me quedaré con esos botones —y así lo hizo.
Terry, que ya se había despojado de las ropas que envolvían su cuerpo y estaba a medio camino del penúltimo sacrificio, reclamó su modestia en el momento de rendirse. Yo aproveché para mirar rápidamente de reojo sus senos redondos.
—Usted —dijo Harrison furioso con la mirada puesta en Terry—. Usted no se irá.
Poniendo los botones en su bolsillo salió.
Terry me preguntó ansiosa:
—Edwin, ¿todo eso es cierto?
—Todo —le contesté—. Di lo que gustes, Terry, mientras recuerdes que la F. R. S. está tomando nota cuidadosa de todo lo que hables.
La indicación cortés que le hice la sorprendió solo un momento.
—¿Van a dejar que nos vayamos?
—A mí, sí. A Terry no. Terry ha ayudado a destruir el plan Arne, ya que con certeza ahora se ha roto. Harrison y la F. R. S. no la dejarían salirse con la suya. Casi todos son males de la derrota.
Sin embargo, si expresaba mis temores con palabras, daría al traste con cualquier oportunidad que pudiera tener para salvar a Terry.
No había recogido sus ropas y aunque sostenía lo que cubría su torso, no lo había abrochado. Yo sabía que con el fingimiento directo de inocencia, aun en ese momento estaba tratando de provocar alguna reacción en mí. Aunque no lo había expresado con palabras, no ocultaba su disgusto de que en ningún instante la traté más que de la manera en que hubiera yo tratado a mis propias hijas adolescentes.
—Ese plan insano no puede ser cierto, ¿es posible?
—Es insano, pero es verdaderamente cierto en esencia.
—¿Y que todos esos que han desaparecido están vivos y pueden ser regresados? ¿Steve también?
—Sí. En cierto modo es un plan heroico desde el punto de vista de Solitario. Un ejército de patriotas seleccionados especialmente jamás había existido. Lucharía como ningún ejército antes lo haya hecho…
—No puedo entender por qué se te permitía salir.
—Bueno, estoy aquí como un representante semioficial de la Tierra, y cualquier cosa que Solitario pueda ser dentro de unos cuantos años, por ahora la Tierra podría aplastarlo como si fuera un cascarón de huevo. Si Harrison me matara, la Tierra podría utilizar el pretexto de mi muerte como una disculpa para destruir a Solitario.
Como ella aparentemente no iba a hacerlo, amablemente le sujeté la blusa con el botón del centro y le coloqué la falda alrededor de sus piernas.
—Edwin —me imploró—, ¿no te importo del todo?
—Me importas mucho. Pero me importas en el sentido que tú preguntas. Terry, es obvio que no ha habido mucho amor en tu vida. En realidad no me quieres como amante, me quieres como a un padre.
—¡No! ¡Así no!
—Conmigo como padre, muy pronto te encontrarás viendo a jóvenes de tu edad con ojos diferentes. Una chica de tu edad necesita padres a fin de que pueda formarse a su lado.
Hablamos durante una hora. Terry no mencionó una sola vez el peligro en que se encontraba. Muy parecido a los enfermos que saben que van a morir y de todos modos hacen planes para el futuro.
Al fin Harrison regresó anunciando:
—Una nave pequeña acaba de aterrizar allí fuera.
—¿Y bien?
—Entonces retírese.
—¿Y qué va usted a hacer? ¿Qué dijo el primer ministro?
Harrison titubeó un momento y enseguida sonrió levemente.
—Informe a la Tierra, Horsefield, que no podrá usted hacernos nada. Desde ahora el plan Arne se invertirá. Si tenemos qué, nos enriqueceremos y engordaremos. Tenemos todos los trabajadores que necesitamos para transformar Solitario.
Le sonreí también y repuse:
—¿De modo que así va a ser? Es asunto de ustedes mientras el plan original sea enterrado. Para nosotros será olvidado. Vamos, Terry.
—Terry no irá. Ya se lo dije.
—Entonces yo tampoco.
—¡No sea tonto! —exclamó Harrison ásperamente—. ¿No llegó usted a pensar que había una oportunidad en un millón de que la dejara salir con vida?
Terry trató de esconderse detrás de mí. Al oprimirse contra mi espalda pude sentir los latidos acelerados de su corazón.
—Puedo entorpecerle todo o facilitárselo —le dije—. ¿Qué prefiere?
Nuevamente vaciló Harrison.
—No está en mis manos el dejarla ir.
—Pero se supone que yo sí puedo, ¿no es así?
Dejé que la frase flotara en el aire durante unos segundos. Realmente Harrison no era un buen actor. Su cara regordeta e inocente podría revelar muy poco, pero sus titubeos y momentos de silencio revelaban mucho.
Estuve seguro de que le habían dado instrucciones de que me viera partir del planeta.
—Le diré una cosa —le dije al fin—. Vayamos los tres a la nave y entonces dispárele a Terry y yerre el tiro. Eso lo pondrá a salvo de responsabilidad.
—Me parece bien —dijo Harrison al instante.
Caminamos por el palacio de gobierno que estaba vacío hasta la salida. Fuimos acompañados, no por dos sino por siete guardias, de modo que era una procesión de diez que cruzaba el edificio vacío dejando el eco de sus pasos.
Y nos internamos en la noche. Una vez más Terry se estremeció al sentir la nieve. La navecilla se encontraba a unos doscientos metros de distancia. Era una nave espacial en miniatura, pulida, relumbrante y con un aspecto de terrible eficacia.
Me retrasé un poco para permitir que Terry se adelantara. Ya casi nos encontrábamos junto a la nave. Los oficiales navales terrícolas me saludaban y miraban a hurtadillas a Terry con admiración.
Ya podía ella extender los brazos y tocar el casco de la nave.
Desgraciadamente fue a Harrison a quién yo vigilaba, pero este no hizo nada, fue uno de los guardias el que inesperadamente levantó su revólver y disparó.
Un instante antes del disparo tiré del brazo de Terry y la atraje hacia mí, pero el disparo no había fallado. La hermosa joven con un pequeño agujero rojo en la espalda se desplomó en la nieve.
La tomé rápidamente en mis brazos y salté al interior de la nave, a sabiendas de que Harrison no permitiría que me dispararan. Una vez en el interior vi rostros conocidos.
—Despeguemos, rápido —ordené mientras sostenía a Terry en mis brazos.
Desde que sonó el disparo, ella no había emitido un solo sonido. Aunque había visto su esbeltez, su peso era menor de lo que yo esperaba.
Según el reglamento, siempre hay un médico en cualquier nave y al momento llegó a nuestro encuentro para indicarme un pasillo que nos condujo a una pequeña cabina. Allí coloqué a Terry boca abajo sobre una litera.
—Y ahora retírese —ordenó el médico.
Fui al cuarto de control en donde el comandante Stimson me estrechó la mano.
—¡Vaya! Pues lo logró, Edwin. ¿Había usted oído locura semejante? ¿Y se habrían salido con la suya?
—Aún podrían —le repuse—. Dependerá de nuestro sistema de espionaje dentro de unos cuantos siglos a partir de ahora.
—Tengo que decirle —protestó Stimson—. De cualquiera esperaría, menos de usted, que trajera consigo una chica semidesnuda.
Encontraba difícil responder cortésmente. Todos mis pensamientos se encontraban en aquella reducida cabina en donde Terry yacía inmóvil con una bala que con seguridad había atravesado sus pulmones, si es que no su corazón.
—Todo eso es un caso extraño —dijo Stimson que era un buen oficial naval pero carente de imaginación—. Algo de eso es difícil de creer. De hecho ahora no lo creo.
—Lo dejaremos al servicio de inteligencia terrestre —le dije.
La navecilla se lanzó hacia su nave nodriza. Esta la metió en su interior limpiamente y al instante imprimió la máxima velocidad rumbo a la Tierra.
Aún no se había abierto la puerta de la cabina en donde estaba el médico atendiendo a Terry.
Yo tuve que rendir mi reporte al capitán y me cambié de ropas antes de regresar a la navecilla.
Al fin salió el médico.
—¿Vivirá? —le pregunté.
—Oh, no me sorprendería. Pero no debía haber sido movida, usted lo sabe.
—¿Puedo verla?
El médico se encogió de hombros.
Sigilosamente entré en la cabina. Terry se veía como un espectro. Si la hubiera visto así antes de ver al médico, hubiera estado seguro de que estaba muriéndose. Pero estaba consciente.
—La Tierra, próxima parada —le dije suavemente.
—Edwin…
—No hables. Y de todos modos vas a dejar de decirme Edwin.
—¿Entonces, cómo te diré?
Pronuncié una palabra firmemente:
—¡Papá!