País Relato - Autores

ivanna ryan

la reina del baile

Mariano Esquivel era el menor de tres hermanos. Creció en una familia ejemplar. Su padre era el neurocirujano más famoso del país, mientras que su mamá decidió una carrera un poco más tranquila colocando su propio estudio de contaduría.
No era un chico corriente. Con tan solo veintiún años estaba completamente seguro que la medicina no era lo suyo, camino que sí se animaron a seguir sus dos hermanos mayores. No le costó encontrar el suyo. Desde pequeño se sintió enamorado por la posibilidad de hacer música. La sensación que sentía al crear algo era incomparable. La alegría que demostró al recibir su primera guitarra convenció a sus padres de dejarlo incursionar en tal aventura. Decidieron apoyarlo y ayudarlo. Le pagaron cursos de guitarra española, guitarra eléctrica y canto. Incluso estuvo un año en Europa perfeccionando su voz ya que también le gustaba cantar. Tales esfuerzos inmediatamente tuvieron recompensa, con diecinueve años Mariano ya tenía una banda con varios amigos; y eran buenos. En el fondo sus padres nunca abandonaron la esperanza de que una vez pasado su hobby juvenil, se decidiera estudiar una carrera convencional y se recibiera con honores, como ellos lo hicieron. El tiempo no apremiaba, aún era joven y podía cambiar de opinión.
No fue así. A medida que el tiempo pasaba, el éxito era mayor. Los contrataban para tocar en pubs y eventos. Gustaban mucho e incluso ya disponían de un club de fans oficial. Una banda de adolescentes con un futuro prometedor hizo lo imaginado: atrajo chicas por montones. Fue en ese período que Mariano conoció a Josefa Aramburu. La hija menor de Gustavo Aramburu, uno de los diputados del país. Para los demás, eran la pareja perfecta. Ambos venían de buenas familias, con buena educación y posición económica. La avasallante Josefa apareció en la vida de Mariano para poner su mundo de cabeza. Al principio todo era color de rosa, pero rápidamente el chico comenzó a sentir que eran más cosas las que lo separaban de ella, que las que lo acercaban.
Para empezar, Mariano no buscaba tener una relación a esa edad. Quería dedicarse a la música y mejorar en ella. La tranquilidad que él necesitaba para componer a ella muchas veces le aburría. Disfrutaba de su compañía, pero cada vez los períodos de estar bien en la relación eran menores.
Después de un tiempo las cosas comenzaron a cambiar.
—Te juro que no puedo —aseguró Mariano a Sebastián, su mejor amigo.
—Dejala entonces. ¿Cuánto tiempo vas a estar así?
Mariano cada vez se sentía peor. No podía hablar con Josefa sin que ella se enojara o le increpara cuando alguna chica se acercaba a él. Se sentía acorralado dentro de una relación y no tenía el valor de decirle que el cariño se había terminado. Ni siquiera había sido amor, pero ella no lo había notado.
—¿Cómo le digo sin lastimarla?
—Llevan saliendo poco más de un año. Seguramente lo olvide en poco tiempo. —Su amigo trataba de animarlo, pero nada podía con la angustia que la situación le generaba. No le gustaba terminar cosas, más bien crearlas, empezarlas.
—Encarala y decile la verdad. Que no la querés. ¿Qué mujer quiere estar con un tipo que no la quiere?
—No sé Seba. Hubiera preferido que sea ella quien me deje a mí.
—Entonces no te está dejando muchas alternativas Nano. —Ese era su sobrenombre entre la familia y allegados.
Era una gran verdad. Tantos días le había dado vueltas al asunto y no había podido encontrar una salida. La culpa era suya. Era un tipo débil. Todo empezó cuando él en su interior quiso decir que no y dijo sí. No le gustaba el no. El no cerraba puertas, terminaba historias. No le gustaba esa palabra; y allí estaba metido en un problema mayúsculo por no tener el coraje de pronunciarla.
"Esclavo de sus palabras", como decía el dicho popular.
—Soy malo con las palabras. Por eso prefiero cantar.
—¿Querés hacer una canción para cortar con una relación? —Preguntó Seba con incredulidad. —Sí, claro. Eso me parece muy maduro.
Su amigo lo atropellaba con la verdad. No tenía mucho tacto, pero siempre decía las palabras justas. Debía terminar esa situación de raíz antes de que pasara más tiempo. No quería lastimarla, pero si la relación llegaba a otro nivel, el resultado sería peor.
—Ok. Mandaré el mensaje para hablar hoy mismo y mañana me voy a Punta Ballena. Necesito un poco de espacio y tranquilidad.
—¿En Punta Ballena su familia no tiene una casa de veraneo?
—Sí, pero es primavera y hay doce grados. No creo que haya nadie allá.
—¿Y cuánto pensás quedarte?
—No sé. Una semana, dos. Lo que necesite para aclararme y estar tranquilo. Esto me tiene muy estresado y no puedo componer nada.
—Bueno. Suerte amigo. Algo me dice que la vas a necesitar.
Llamó a Josefa y quedó para verse esa misma noche. A primera hora partiría a Punta Ballena donde su familia veranea todos los años. Un cambio de aire siempre ayudaba en su inspiración.
A las siete de la mañana, con un par de bolsos y el auto cargado se encontraba camino a sus vacaciones. La velada no había sido fácil, pero su ex no era tonta. Sus intentos por hacerse la desentendida esos últimos meses donde las cosas estaban saliendo mal, eran solo eso, intentos. Al principio sintió miedo de que ella le hiciera un escándalo o le pidiera explicaciones que él no tenía, pero al ser sincero con ella se dio cuenta que Josefa tampoco estaba contenta con la relación; y como él, tampoco tenía el valor de terminarla.
El sol asomaba hacia su derecha. El viento golpeaba suavemente su cara aliviando tensiones a cada kilómetro recorrido. Alejarse del bullicio cotidiano resultaba altamente reparador para Mariano. La ruta estaba tranquila y la música de Pink Floyd amenizaba su viaje hacia su paraíso. El solía usar ese lugar cuando necesitaba un escape o reponer energía. No había nada que una escapada a Punta Ballena no pudiera solucionar.
Al llegar a la enorme casa de su familia, no perdió tiempo. Tiró los bolsos en su cuarto y tomó su tabla de surf, su segunda actividad favorita. Se colocó su traje de neopreno y se dirigió al agua. El mar era cómplice de cada uno de sus pensamientos y había ayudado en cada una de sus decisiones importantes. Mariano apreciaba la familia que tenía pero también disfrutaba de los momentos de soledad. Los consideraba necesarios al momento de hacerse uno con su música. Había descubierto que de ahí surgían sus mejores canciones, sus mejores acordes o sus estrofas favoritas.
Un movimiento en la arena lo sorprendió cuando ya iba saliendo del agua. Dos personas corriendo en sentidos opuestos, que eran los únicos que le hacían compañía.
—Hola —comentó una chica acercándose a él. Traía algo en la mano. —Creo que esto es tuyo.
Sostenía la riñonera de Mariano con sus documentos, su celular y las llaves de su casa.
—¿Cómo…? —Preguntó sorprendido.
—No dejes tus cosas aquí tiradas, alguien puede tomarlas.
Mariano observó anonadado corredor que se alejaba y se percató de la voz agitada de la chica. ¿Lo habían querido robar?
—¿Él…? —No se animaba a preguntar demasiado. Nunca la había pasado nada en ese lugar. Le costaba creer lo que estaba pensando.
—No te preocupes. Ya está, solo no vuelvas a dejar tus cosas solas aquí. Este lugar ya no es el mismo de antes. —Aseguró la chica retomando lentamente su camino.
—Eh… ¡gracias! —Gritó al verla retirarse.
Regresó a su hogar con su tabla debajo del brazo y algo asombrado por lo que acababa de ocurrir. Solo debía ser más cuidadoso. No iba a dejar que nada afectara su descanso.
Desde la hamaca paraguaya en la terraza de su casa podía observar como el sol comenzaba a bajar. La tranquilidad lo invadió de una extraña felicidad. Un crepúsculo, un amanecer, un nuevo comienzo. Todo se veía posible desde ese lugar. La cálida brisa lo invitó a caminar. Salió de su hogar sin rumbo fijo a caminar por la orilla de la playa cuando se encontró a metros de la casa de su ex. La casa de los Aramburu. No había más que doscientos metros entre las dos. En la casa un movimiento lo sorprendió. Podía observar algunas luces y escuchar el sonido de algún tipo de música que provenía de allí. Tenía entendido que no había nadie en la casa. Decidió acercarse lentamente y observar.
A través de los enormes ventanales que dan hacia el mar pudo ver algo. Había alguien adentro. No podía divisar quién era, así que se acercó más. El sonido de música clásica lo envolvió mientras observaba a una chica danzar frente a la ventana. Como si hubiera sido hipnotizado quedó mirando por el cristal como un acosador. Allí vio bailando a una dulce morena de baja estatura pero con movimientos tan elegantes que no podía dejar de observarla. Se deleitó con la pasión que encontró en cada movimiento. Eran rápidos y ágiles, sumamente delicados y exactos. No parecía alguien de la familia, tanto Josefa como sus hermanas se destacaban por su altura y delgadez, y por poseer el cabello sumamente rubio.
Ella estaba tan compenetrada en la música que lo costó verlo, pero en uno de sus giros lo divisó. Se sobresaltó y no pudo evitar perder el equilibrio y caer al suelo. No esperaba tener espectadores.
Mariano entró a la casa de forma apresurada. Seguramente la había asustado. Al llegar a ella, la reconoció. Era la chica que vio en la playa esa mañana.
—Hola. ¿Te lastimaste? —Preguntó preocupado.
—No. Estoy bien —contestó ella tomando su mano y levantándose. —¿Qué haces aquí?
—¿Yo? ¿La pregunta no sería qué haces tú aquí? —Volvió a preguntar reafirmando su teoría. El conocía la casa ya que varias veces había ido allí con Josefa.
—Esta es mi casa —aseguró la muchacha ante su cara de asombro. —No es extraño que no me reconozcas. Soy Paulina Aramburu.
Mariano pensó rápidamente. Sabía que Josefa tenía una hermana llamada Paulina, pero nunca la había conocido.
—Eso explica muchas cosas —comentó Mariano entendiendo la situación. —Soy Mariano Esquivel.
—Sé quién eres —objetó la chica dirigiéndose a la cocina. —¿Quieres algo de tomar?
Mariano no entendía nada. Trataba de recordar si la había conocido en algún momento pero era inútil.
—Una cerveza está bien —contestó aturdido. —Disculpa pero no recuerdo haberte conocido.
—Ya lo creo —expresó Paulina volviendo de la cocina con dos botellas de cerveza. —Nos conocimos la navidad pasada en casa, pero no estuve mucho. Estudio danza en Europa así que estoy poco por aquí.
Mariano sintió alivio de no estar perdiendo la memoria a tan corta edad. Tomaron asiento en el porche delante de la casa. La luna, el agua y la noche los acompañaron mientras el diálogo comenzó a fluir.
—Soy hija de Catalina. —Catalina era casada por segundas nupcias con Augusto, el padre de Josefa. Eso explicaba por qué Paulina no era rubia y ojos claros como sus otras hermanas.
Paulina era todo lo opuesto a Josefa. Para Mariano fue como descubrir una belleza exótica. No solo en su forma física, sino en su forma de hablar o de moverse, era armoniosa. Melodiosa si se quería explicar mejor. Era dulce, cálida y con una sencillez abrumadora. Mariano se encontró esperando ansiosamente cada tarde, cada reencuentro con ella, como habían quedado esa noche. Hay una gracia especial en ver un atardecer en soledad, pero la hay más cuando se comparte con alguien. Solían disfrutar de igual manera de una cena o una simple cerveza bajo la luz de la luna. Ella danzaba todas las noches y él se regocijaba de poder observar la fuerza de su pasión. Su esencia. La forma en que ella bailaba le recodaba su manera de componer. Salía del corazón, limpia y pura. Cada movimiento denotaba alegría y entusiasmo. Pura libertad. Lo hacía porque le gustaba, porque era capaz de sentir la música con su cuerpo y poder bailar al compás de ella. Cada día quedaba más maravillado con ella y no sabía por qué.
—¿De qué te ríes? —Preguntó Paulina cuando lo descubrió sonriendo solo.
—Una tontería.
No se animaba a decir la verdad. Ella lo miró, sabiendo que faltaba algo más. Solamente lo miró a los ojos esperando.
—Es que vine aquí…. —titubeó Mariano —escapando de una Aramburu…
—¿Y ahora pasas todas las noches con otra Aramburu? —Inquirió Paulina con tono irónico. Era muy notorio que ella también disfrutaba de su presencia.
—Algo así…
—Bueno, no todas las Aramburu somos iguales Mariano. —Esa sencilla frase lo hizo suspirar. No había mejor comprobación que esa. La semana entera había disfrutado de las olas, la guitarra y de ella. De esa chica que salió desinteresadamente a correr un ladrón que pretendía robarle sus documentos. Que se había cruzado en su camino sin querer y al final había resultado ser la musa idea para componer hermosas canciones. Y las tenía todas anotadas en su cuaderno personal.
—Lo sé Pau y debo admitir que me asusta un poco.
—¿Por qué te asusta? —Preguntó de forma inocente. Ella no era ajena a la buena energía que desprendían cuando estaban juntos. Pasaron noches enteras hablando, cantando o bailando. Ella lo ayudó a componer, él le trató de enseñar a surfear. No lo logró, pero trató. Reían mucho juntos, eso ayudó a crear una relación sincera. Se entendían, se complementaban de una manera inexplicable para los dos.
—No sé, no soy bueno con las palabras Paulina. Ni estoy seguro de querer serlo.
Observó en sus ojos, esperanzado. Soñaba con que fuera correcto, con que ella comprendiera lo que él no podía decir. Que esa incipiente conexión no fuera un sueño.
—No tengo una explicación lógica Mariano. —A veces parecía ser capaz de leer su mente. —Solo sé que disfruto mucho estar contigo. Me gusta. —Expresó con timidez.
—Me pasa lo mismo —escapó de sus labios de forma inconsciente.
Ella sonrió sin querer. Quizás los nervios le jugaran una mala pasada.
—¿Qué te causa gracia? —Preguntó el chico no pudiendo evitar sonreír también.
—Esto. —Dijo señalando la invisible conexión entre ellos. —Es irreal.
—¿Por qué irreal? —Preguntó Mariano confuso.
—Porque las chicas gorditas y bajitas no se quedan con el chico lindo de la clase.
—En las películas pasan esas cosas. —Contestó animado.
—Sí, sí —respondió ella tomándole el pelo. —Claro y no solo se queda con el chico guapo, sino que al final es coronada como la Reina del Baile, ¿verdad?
—Yo vi esa misma película —contestó él buscando sus ojos que hacía varios minutos lo venían esquivando. Al conectar su mirada se estableció entre ellos un puente imaginario, solo perceptible para ellos.
—La Reina del Baile ¿eh? —Preguntó con incredulidad. Las chicas como ella no se quedaban con chicos como él, casi nunca.
Mariano vio la duda en sus ojos y supuso que los suyos estarían con una expresión similar. No la dejó pensar demasiado y estiró su mano invitándola a bailar. La música de James Blunt con "You're beautiful" sonaba de fondo y le pareció perfecta para bailarlo con ella.
Paulina lo observó dudosa pero aceptó la invitación.
—Si eres la reina del baile debemos bailar la primera pieza.
—¿Esta canción?
—Esta canción me encanta.
Tomados de la mano se dirigieron al centro del salón donde cada noche Paulina practicaba sus pasos. Mariano la tomó suavemente por la cintura y ella se arrimó a su pecho de forma casi involuntaria. Descansó su cabeza en su pecho y disfrutó de la canción. La suave voz del cantante y los acordes de la música hicieron su magia. Bailaron, de forma suave y pausada disfrutando del hermoso momento.
Paulina, en un momento de lucidez, buscó sus ojos de nuevo y se animó a hablar.
—Mariano…
Los labios del chico se posaron sobre los suyos. La acercó a su pecho y tomó su boca con delicadeza y suavidad. Movió su lengua suavemente dentro de la húmeda cavidad de la chica que lo aceptó sin dudarlo.
Ella hizo lo suyo, devolvió su beso con pasión, absorbiendo el calor que le brindaba tal acto. Ese beso logró encender su cuerpo, provocarlo como no lo había sentido jamás. Un simple beso, que de simple ya no tenía nada.
—Paulina —susurró Mariano sobre sus labios una vez que pudo separarse. —No quiero mentirte, no puedo prometerte nada en este momento.
—Yo tampoco —expresó afectada por el cálido roce.
—Amo mi carrera y la música. Y es muy probable que el año entrante vuelva a ir a Mallorca a estudiar. Aún no es seguro, pero…
—Yo también.
—¿A Mallorca?
—Sí. Allí queda el instituto de baile.
¿Coincidencia? ¿Casualidad? ¿Quién lo imaginaría?
—Bueno, es que…
—Shh…espera —interrumpió Mariano con un beso en sus labios. —No nos apresuremos. Tomemos las cosas con calma.
No era arrepentimiento lo que había en sus ojos, más bien precaución.
—Vayamos día a día, ¿te parece?
Sonó muy tentador.
—¿Quieres intentar algo con la Reina del Baile? —Preguntó ella esperanzada. Fue algo jocoso. Ella también quería tomarse las cosas con calma e ir despacio, pero no podía negar lo bien que la había pasado los últimos días y lo que ese primer beso le había hecho sentir.
—¿Y tú qué crees? —Cuestionó Mariano mientras dejaba otro beso en la punta de su nariz.
—Espera… —Paulina se separó levemente de Mariano y volvió a preguntar. —¿Tú y Josefa…? ¿Han quedado bien? ¿No se lo tomará a mal?
—Josefa y yo no somos compatibles, y ambos lo sabemos —explicó el chico con seriedad —no importa.
—No quiero tener problemas con mi hermana Mariano —expresó compungida.
—Te prometo que hablaré con ella y lo entenderá —firmó convencido. —Estoy muy seguro que quiero intentarlo contigo.
Intentar era una palabra clave para Paulina. Había pasado su vida intentando cosas. Primero intentó encajar en una familia nueva cuando su mamá se unió a Augusto, completamente distinta a la que provenía. Luego intentó pertenecer a los grupos y amigos de la alta sociedad a la cual su nueva familia pertenecía. Ir a colegios caros a hacer actividades sumamente aburridas. Pero no le bastó con intentar, un día decidió hacer algo diferente.
"Mamá, esta no soy yo. No me siento cómoda aquí, no me gusta el hockey y no quiero estudiar ciencias políticas. Por favor." Ante su súplica, su madre no tuvo más que aceptar que esa no era la vida que Paulina quería. Aceptó que estudiara baile, la actividad que la apasionaba desde pequeña. Con ayuda de su padrastro consiguió la beca para ir a estudiar a España a uno de los mejores institutos de Mallorca. Allí, aunque estaba sola, encontró la actividad que llenaba su corazón. La danza. Y así intentó de nuevo. Y continuaba intentando fuertemente pelear en ese mundo que entendía suyo. Se esforzó mucho y logró destacarse a causa de su pasión desmedida.
—Está bien, quiero intentarlo también.
Y así fue como Punta Ballena pasó a ser un testigo más del comienzo de una bella historia de amor. La Reina del Baile logró quedarse con el chico guapo y comenzaron la aventura de conocerse y quererse. Con el único compromiso de una sinceridad absoluta, tomaron la brisa del viento y las alas que cada atardecer le brindaba para volar a un nuevo horizonte. ¿Cuánto duraron? ¿Cuánto se amaron? Eso solo ellos lo saben.