Las luces intermitentes de colores que adornaban el gigantesco abeto navideño eran la única nota alegre en el inmenso y solitario vestíbulo del Hospital Universitario.
―Hola, Sarah, ¿cómo lo lleva?
La enfermera regordeta que estaba de guardia detrás del mostrador de recepción se encogió de hombros, al tiempo que hacía una mueca.
―Bueno, doctor Wells, hago lo que puedo. Acabo de hablar con mi marido y mis hijos para desearles una feliz Navidad; están a punto de dar las doce. Y usted, ¿no celebraba la Nochebuena con su familia?
El doctor le guiñó un ojo y contestó:
―He cenado con ellos en casa de mis padres, pero no quería que nuestro ángel misterioso pasara solo una fecha tan señalada.
―Tiene usted un corazón demasiado grande para ser médico. ―La enfermera sacudió la cabeza con desaprobación.
Al oírla, el doctor Wells echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada.
―Pensé que tener corazón era un requisito indispensable para un médico ―replicó, divertido.
―Yo sé por qué lo digo ―fue su enigmática respuesta―. Ande, ande, vaya a verla. Como podrá imaginar, su querido ángel no se ha movido de su sitio.
Sarah Blake observó alejarse por el pasillo la imponente figura del médico. No era un hombre guapo, pero tenía una hermosa sonrisa capaz de calentar el corazón más hostil. El doctor Wells era su favorito; en realidad, el suyo y el de medio hospital. Aparte de ser uno de los mejores profesionales con los que se había topado en su larga vida laboral, era la persona más empática y tierna que conocía; daba fe de ello la cantidad de regalos que recibía de pacientes agradecidos, la mayoría de los cuales repartía, generosamente, entre el personal del hospital.
Ajeno por completo a los amables pensamientos de la enfermera Blake, el doctor se dirigió a grandes zancadas en dirección a la habitación 211, aunque en realidad no tenía por qué apresurarse; su paciente no se había movido, allí seguía tumbada boca arriba sobre la cama del hospital. En realidad, hacía más de seis meses que yacía inmóvil en esa misma cama.
Henry Wells recordaba muy bien la noche en la que un celador empujó la camilla por la puerta del quirófano de urgencias con ella encima, gravemente herida. Al parecer, un coche la había atropellado y se había dado a la fuga. Había sangre por todos lados. Había hecho todo lo que estuvo en su mano y más aún para salvarle la vida, y tras varias horas de lucha extenuante lo había conseguido; sin embargo, la joven aún no había recobrado la consciencia. La policía había investigado, claro está, pero ella iba indocumentada y no habían conseguido localizar a ningún pariente. Ni siquiera sabían su nombre.
Henry la llamaba «su ángel misterioso».
Desde luego tenía el aspecto de un ángel. La larga melena rubia caía a ambos lados de su pálido rostro y con su nariz, pequeña y recta, los pómulos muy marcados y esos labios gordezuelos, parecía una de aquellas imágenes que Henry Wells contemplaba, embelesado, en las vidrieras de la iglesia que frecuentaba cuando era niño.
―¡Feliz Navidad, Ángel! ―saludó con su voz profunda, al tiempo que rodeaba una de sus frágiles muñecas para comprobar su pulso.
Estaba muy delgada, pero era lógico. Llevaba demasiado tiempo sin cambiar de postura y alimentándose únicamente con suero. El médico se inclinó sobre ella, le abrió los párpados y con una pequeña linterna que llevaba siempre encima comprobó el estado de sus pupilas.
Nada.
―En fin, mi pequeño ángel. Veo que todo sigue igual.
Henry acercó un taburete y se sentó junto a la cama. Volvió a tomarla de la mano y siguió hablando sin dejar de acariciar sus dedos, largos y delicados. Para Henry Wells, aquello se había convertido en un ritual insoslayable. En cuanto finalizaba su turno se pasaba por aquella habitación, se sentaba a su lado y le relataba lo que le había ocurrido durante la jornada; le hablaba de sus pacientes o, incluso, de sus sueños y esperanzas más secretas. A veces no podía evitar burlarse de sí mismo; quien le viera, se decía, pensaría que era un tipo raro, sin amigos ni parientes. Pero ese no era el caso; simplemente, le encantaba la paz y el bienestar que se apoderaban de él en cuanto la tomaba de la mano. De un tiempo a esta parte, su mayor temor era que llegara el día en que trasladaran a la bella desconocida a otro lugar para disponer de la cama.
De repente, las campanas de la iglesia que había junto al hospital empezaron a tañer. Henry dejó de hablar y escuchó con los ojos cerrados, hasta que se apagó el eco metálico de la última de las doce campanadas.
―Bueno, por fin es oficial ―anunció, alegre―. ¡Ya es Navidad, Ángel!
Abrió los párpados de nuevo y se dio cuenta de que unos grandes ojos azules con tonalidades violetas lo miraban con fijeza.
―Me... llamo... Martha.
Las palabras salieron con dificultad de su garganta áspera y rasposa por la falta de uso, pero la sonrisa casi imperceptible que las acompañó hizo que el corazón de Henry diera una voltereta en su pecho. Sin poder contenerse, apretó un poco más la mano que sostenía entre sus dedos temblorosos y le devolvió la sonrisa.
―Martha... ―paladeó su nombre con deleite, antes de perderse en la luz celestial de aquella mirada.
***
―Y así fue como nos conocimos vuestra abuela y yo. Cómo veis, aquel sí que fue un auténtico milagro de Navidad.
Henry terminó la historia con su frase habitual; sus nietos, por otra parte, no le habrían permitido cambiar ni una coma de aquel emocionante relato que el abuelo les contaba todas las Navidades en cuanto terminaba de sonar la última campanada en el antiguo carillón del vestíbulo.
―¡Otra vez, abuelo, cuéntala otra vez!
Martha y su marido intercambiaron una sonrisa cargada de ternura por encima de las cabezas rubias de sus cuatro nietos. El ritual no variaba jamás, así que, resignado, Henry dio un trago al vaso de agua que había sobre la mesita, carraspeó un par de veces y comenzó de nuevo.