País Relato - Autores

isabel acuña

el olor de las naranjas a la hora del desayuno 2

La muchedumbre alrededor de Esteban Martínez se ahogaba del calor. Había llovido temprano, lo que había retrasado la ceremonia y alborotado aún más la temperatura. Ahora el bochorno era inaguantable para todos, menos para él.
Un frío que le nacía del centro del pecho, y que se extendía por pies y manos, superaba el calor del lugar. Sabía a dónde conducía esa sensación: al desaliento, a la melancolía, a la locura. Bajó la cabeza de forma brusca, no era para eso que estaba en aquel lugar. Sus manos temblaron, las refregó a lado y lado de sus piernas para dominar las sacudidas.
—En ti dejé de creer hace mucho —murmuró observando la cruz blanca que se erigía en medio de la llanura reseca que antes había sido tan fértil. Llevaba mucho tiempo sin acercarse a Dios, veinte años para ser más exactos. Odiándolo, renegándole los primeros años con rabia y desesperación, después con una honda tristeza, y por último lo había relegado a un rincón de su mente con total apatía. No entendía por qué lo que más le importaba en la vida, había caído bajo uno de sus crueles designios.
Había desarrollado la capacidad de vivir sin sentir y deseaba liberarse, romper las cadenas que lo ataban a un tiempo remoto que no podía superar. Porque si bien trabajaba, comía, bebía, tenía sexo y compartía con los suyos, todo lo hacía con el alma inerte.
Caminó por un sendero flanqueado de kioscos donde se vendían comidas y bebidas. El olor de una paila con aceite, en la que se fritaban unas empanadas, le llegó a la nariz, recordándole que ese día aún no había comido nada. Como también tenía sed, compró una gaseosa y se sentó a la sombra de un árbol.
Minutos antes, había concluido la ceremonia celebrada por el obispo. Habló el Presidente y luego el Gobernador, prometiendo esta vida y la otra. Todos los años era la misma historia: la gente recuerda ese noviembre, se llena de pesar, se hacen actos plagados de promesas que se olvidan días después, y los armeritas vuelven a vivir su miseria en el olvido hasta el siguiente noviembre.
Quería ir a la muestra de memoria histórica que había organizado una entidad sin ánimo de lucro. Exhibían fotografías, de las pocas que se habían salvado de la avalancha. Imágenes del pueblo, de personajes queridos por todos.
Al doblar por la callecita que llevaba al lugar, quedó paralizado de golpe. Con ojos desorbitados observó a una mujer igual a su Soraya, la similitud era pasmosa, aun de espaldas a él. Las rodillas le empezaron a temblar y quedó sin voz. Ella seguía su camino. Él hizo el amague de seguirla pero sus piernas no ayudaban; como pudo las obligó a ir detrás de ella. Trataba de conservar la distancia que le permitiera estudiarla y a la vez pasar inadvertido.
Recordaba muy bien su espalda, piel tersa, suave, olorosa. El cabello lo llevaba algo más corto y vestía un atuendo gris a la rodilla, pero conservaba el balanceo de caderas de siempre, las mismas piernas. Era como si se hubiera detenido en el tiempo.
Respiró profundo tratando de calmarse. Y si no era ella, cavilaba angustiado. Y si era un espejismo, un juego de su imaginación, por estar donde estaba, por pensarla todo el tiempo. Sentía tal urgencia por verle el rostro y mirarle los ojos que acortó la distancia casi hasta alcanzarla. Pero un movimiento de su mano para arreglar un mechón de cabello detrás de la oreja, lo detuvo de golpe y lo llevó por el camino de los recuerdos, de los que, siempre que podía, huía despavorido.
Recordó la última mañana antes de la avalancha; le parecía estar viendo a Soraya mientras exprimía las naranjas a la hora del desayuno, antes de que los niños se sentaran a la mesa.
El jugo de naranja era sagrado en su casa, Soraya tenía la idea de que si lo consumían todos los días, sus hijos no sufrirían de ningún mal. Puso la jarra en el mesón y lo sirvió en vasos de aluminio, después le dio vuelta a las arepas. Esteban suspiró al oír el balbuceo de un bebé que estaba en el corral al lado de la mesa del comedor.
—Sácala antes de que empiece a llorar —le dijo ella mientras batía la leche con Milo en la licuadora.
La bebé le tendió los brazos y él la levantó, mientras observaba por la ventana aledaña al patio que las matas de las que tanto se enorgullecía su mujer estaban tapadas con plástico negro. No quiso preguntar, seguro era por la maldita ceniza que no dejaba de caer. Por él, las habría arrancado de cuajo y ya, pero no podía competir con la terquedad de Soraya. Sus hijos mayores, de cuatro y cinco años, irrumpieron en medio de juegos, saludaron y se sentaron a la mesa. Eran su viva estampa, a excepción de los ojos del menor que eran iguales a los de su madre. Esteban se sentó y cargó a la niña en sus piernas. Soraya puso el desayuno en la mesa. Le dio el jugo a su hija en un vaso para niños con tapa y dispensador.
—Acompáñame a Ibagué —dijo de pronto mirando a los niños —cerremos todo y vamos para donde mi hermana hoy.
—No voy a dejar mis cosas tiradas.
—Dejaremos bien cerrado, no te preocupes.
—Ya te dije que de aquí no me muevo hasta mañana.
—Por favor, Soraya.
En un tono más alto ella le contestó:
—Déjame arreglar las cosas, guardar el televisor, el equipo de sonido.
—Eres una terca.
—Mañana, mijo, esperemos hasta mañana. Además, el padre Osorio dijo que aquí no iba a pasar nada.
—¡Me importa un carajo que el cura ese se haya vuelto profeta! —dijo perdiendo la paciencia, pero enseguida dulcificó el tono de voz. —Quiero que arranquemos hoy, Soraya. Aprovecha que tengo que llevar el arroz al mercado de Ibagué.
—No.
—¡Carajo, Soraya! —palmeó la mesa y la niña soltó el llanto. Los niños dejaron de comer. Los miraron asustados.
—¡No me grites!
—¡Como siempre haciendo lo que te da la gana!
Ella no le contestó. Él se levantó de golpe, dejó la niña en el corral. Se disponía a salir sin despedirse, cuando ella le tendió un paquete con una arepa rellena.
—Es para Tomás, sabe Dios que su madre no tiene alientos ni para levantarse de la cama. Y tú, como vas con la barriga llena no te preocupas del hambre de ese muchacho.
—Ojalá tus prioridades fueran otras y no un simple cotero.
Ella lo miró de forma fiera.
—Lárgate, antes de que te tire este cacharro en la cabeza por imbécil.
Esteban sabía que lo hubiese hecho sin problemas si hubieran estado solos. Esa era ella, voluntariosa, mandona y rencorosa. Salió de la casa furioso. Lo tenía en un puño y cuando podía se rebelaba. Era ella la que sostenía la sartén del mango en la relación. Se hacía lo que ella quisiera, porque la adoraba. Aún se quedaba sin aliento al verla. Era un amor insano, posesivo y temeroso, que le haría ir de rodillas por el mundo con tal de hacerla feliz.
Volvió a su presente con el corazón a mil y temeroso de perder su rastro.
El cielo se había despejado y la gente empezó a abrir las sombrillas para resguardarse del sol. Siguió con ojos incrédulos el camino marcado por ella. Conocía el lugar exacto del camposanto donde había estado su casa. La observó recorrer el perímetro del lugar, cubierto de pasto y maleza. Eran tantos los recuerdos y ahora, sin embargo, el lugar le resultaba tan ajeno. Las memorias se multiplicaban como la hierba que había crecido en algunas zonas y donde pastaban un par de reses, indiferentes a los miles de cuerpos enterrados a pocos metros de profundidad.
Quería y no quería abordarla. De pronto sintió miedo por lo que eso significaría para la vida que había construido hacía varios años. Ella tomó el camino que llevaba a la muestra de memoria histórica. Al parecer se dirigía al mismo lugar que él. Ya estaban a unos pasos de la muestra cuando se decidió.
—¿Soraya? —susurró él, con el miedo y la incertidumbre encogiéndole las entrañas, rogando que fuera ella. Las ganas y la aprensión de verla hicieron que se acercara aún más.
Ella se dio la vuelta.
—¡Oh, Dios mío!
Y en esa ínfima fracción de tiempo, tan leve como el aleteo de una mariposa, ella abrió los ojos y se miraron con tal intensidad que todo el pasado les cayó encima de golpe.
—¿Esteban? —susurró la voz.
Él la abrazó como si fueran a arrebatársela otra vez.
—Soraya, por Dios, Soraya —repetía con el rostro envuelto en su cabello. Se miraron y en medio de un llanto convulso, ella le devolvió el abrazo.
—No puedo creerlo —decía ella, mientras tomaba su cara con las dos manos y repasaba con la mirada cada una de sus facciones.
Esteban la envolvió en sus brazos otra vez, se percató, de que la gente alrededor los miraba de forma curiosa. El llanto no le dejaba pronunciar palabra. No supo el tiempo que permaneció aferrado a ella.
Por fin la soltó e hizo el amague de preguntarle por los niños, pero ella, como si hubiera adivinado enseguida sus intenciones, le puso un dedo en sus labios pidiéndole silencio y negó varias veces con la cabeza, mientras seguían llorando.
Un socorrista se acercó y les preguntó:
—¿Están bien? ¿Puedo ayudar en algo?
—Estamos bien —contestó ella, sin mirar al joven.
Algunos minutos después, Esteban la llevó a una barda de cemento que rodeaba un árbol y se sentó a su lado. Aún no lo podía creer, no podía dejar de mirarla. Contemplaba sus manos juntas, a la vez que inspiraba profundamente. Ella le devolvía cada uno de sus gestos.
—Me dijeron que habías muerto. En las listas figurabas como muerta.
—Y así fue.
—No entiendo Soraya, te busqué por medio país.
—No quería que me encontraras.
Él la miró sorprendido.
—¿Por qué?
La notó algo más calmada y con su antigua obstinación en la mirada le contestó:
—No quiero hablar de eso ahora.
—¿Cuándo entonces? Me debes muchas respuestas —dijo él en tono desesperado.
Ella le aferró la mano, entrelazando sus dedos, y lo hizo levantar de la barda:
—¿Viniste solo?
—Sí.
—Yo también. Tenemos tiempo, vamos a ver la muestra.
—Un momento, Soraya, un momento…
Se soltó de ella y levantó los brazos en un gesto impaciente. Se dio la vuelta y llevó las manos atrás de la cabeza mientras respiraba tratando de calmarse.
—¿Qué? —preguntó Soraya y, ante el evidente desconcierto de él, exclamó: —Necesitamos calmarnos.
—¡Qué calma ni que ocho cuartos! Veinte años creyéndote muerta y enterrada, y de pronto apareces de la nada —hablaba en voz cada vez más alta y gesticulaba furioso. —Y me dices que no querías que te encontrara.
Ella cerró los ojos unos instantes y él vio tanta desolación en su rostro que una calma chicha cayó sobre sobre sus emociones. Y como siempre, se hacía la voluntad de ella, pensó resentido.
—Está bien, vamos —dijo impaciente, la tomó del brazo y a paso rápido entraron en el lugar. Era un espacio pequeño con fotografías en las paredes y una mesa donde se exponía uno que otro artículo que se había salvado del desastre.
A Esteban la visita a la muestra le importaba un bledo, solo quería ir a algún sitio tranquilo y hablar con ella. Necesitaba escucharla, saber qué había pasado con los niños, cómo habían sido sus últimas horas. Pero ella no estaba muy dispuesta en ese momento. Tenía la mirada perdida en una de las fotografías. Era la del parque infantil Jorge Eliecer Gaitán, adonde llevaban a los niños los domingos en la tarde.
—Soraya…
—¿Recuerdas los paseos de los domingos? —le preguntó ella mientras delineaba la entrada del parque con el dedo.
A Esteban le dolía tanto escuchar esa agonía en su voz.
—¿Cómo olvidarlo?
—Los animales, el viejo tigre que abandonó ese circo…
Esteban recordó los gualandayes casi centenarios, las acacias amarillas y rojas, y la forma en que correteaban los muchachos mientras la bebé se quedaba en su cochecito.
—¿Recuerdas el día en que Javier se encontró la tórtola?
—Sí —sonrió con los ojos aguados.
—Estaba herida.
—No querías dejarla entrar a la casa. Pero el llanto de Javier te convenció.
—Se la dejé entrar a regañadientes.
—Murió la pobre, y después la pena fue mayor.
Observó la sonrisa entre irónica y triste de ella. La miró con detenimiento. Los años le habían respondido de forma generosa, seguro para compensarle los infortunios sufridos. La cara estaba aún libre de arrugas, solo unas ligeras comisuras alrededor de la boca, y tenía la misma mirada que amó tanto en su juventud, aunque algo más apagada. Su cuerpo estaba más voluptuoso pero conservaba la esbeltez. Y se percató, con una sensación de celos que le recorría las entrañas, que una mujer como ella no podía estar sola. Quería preguntarle, pero no se atrevía, porque entonces él tendría que responderle las mismas preguntas.
Siguieron recorriendo el lugar. En las fotos aparecían los personajes insignes del pueblo. No eran los políticos, ni nada por el estilo, sino los que alegraron u horrorizaron a la población durante décadas.
—Mira a Emilia.
Soraya señalaba la fotografía de una mujer.
Esteban reparó en los rasgos campesinos de Emilia. Era una buena fotografía, vestía pantalón caqui, sombrero de trabajo y machete terciado. Parecía una guerrillera de los tiempos de Sangrenegra. Trabajaba recogiendo la basura de la población de domingo a domingo. Le parecía estar viéndola, con su machete y una ollita de la que no se desprendía.
—Miss Universo.
Esteban sonrió ante la foto de una mujer morena de cuerpo escultural, que se escapaba del siquiátrico y paseaba desnuda por el pueblo. Esteban recordó las tardes en el café El Ancla, cuando por unas monedas la hacían desfilar como en un reinado. Recordó también el día en que un forastero trató de propasarse con ella y todos lo sacaron a empellones del lugar.
—Arana —le decía, refiriéndose a un hombre que también estaba entre las fotografías —se la llevaba al río y la coronaba.
Soraya soltó la risa y a él le aumentó el ritmo cardíaco. Ella se puso seria de repente, lo miró fijo y le preguntó:
—¿Tienes familia?
Se angustió ante la llegada de temas más serios.
—Sí.
—Necesito un aguardiente —fue la respuesta de ella.
—Yo también.
Caminaron un buen trecho sin decir nada, solo observándose, solo oyendo sus propios pasos sobre la tierra y las piedrecillas del camino. Llegaron a un pequeño estadero, donde había un par de mesas desocupadas. Para la gente del lugar esta época era su agosto, centenares de personas venían de todo el país a rendir homenaje a sus muertos.
El sitio al que entraron era humilde, con varias mesas y sillas de madera, un par de refrigeradores y un asador donde reposaban varios pedazos de carne. Atendía el lugar un hombre grande de bigote y delantal de toalla. Lo acompañaban un par de muchachas. Al fondo había un estante con licores. Y en medio de tanta pobreza, sobresalía una rockola de otro tiempo. Se notaba que el dueño la cuidaba como una reliquia.
Se sentaron uno frente al otro, lejos del asador que inundaba la estancia de humo y olor a carne. Esteban pidió una botella de aguardiente y un par de gaseosas. Los atendieron enseguida. Esteban le sirvió el primer trago a ella y luego bebió el suyo de golpe.
—Bien —dijo, mirándola inquisitivo. —Aquí estamos.
—Háblame de tu familia.
—Cuéntame qué pasó ese día.
—No sé qué decirte, para mí es difícil hablar de ese día.
—Para todos.
—Me duele en el alma la manera en que nos despedimos —susurró ella con las palmas extendidas sobre la mesa.
—A mí me duele no haber estado allí.
—No tenemos la culpa.
Ella sonrió con una expresión desolada.
—¿Por qué se nos jodió la vida, mujer?
—Alguien me dijo una vez que no era nuestro tiempo.
—Cuéntame cómo fueron las últimas horas de mis niños.
Ella se tomó otro aguardiente, seguro para ganar arrojo en el relato, caviló Esteban.
—Había jugado con ellos en la sala, habíamos armado el rompecabezas que les había traído tu hermana de regalo. Al rato les di la comida y los acosté. Me alisté para ver la novela de las diez. Estaba furiosa contigo porque aún no llegabas. Te imaginaba tomando trago en El Ancla y que más tarde llegarías a contentarme con tus besos de borracho.
En medio de la angustia, Esteban sonrió. Ella se quedó en silencio.
—Continúa, por favor.
—Esa noche me venció el sueño alrededor de las diez y media, ni siquiera terminé de ver la novela. Escuché el rugido al poco rato y me levanté de golpe. Parecía que cayeran piedras en el techo de la casa. Los niños empezaron a llorar y algún vecino gritó: “Avalancha, avalancha”. Entonces saqué a Johanna de la cuna y los niños se pegaron a mi falda. Las tejas sonaban cada vez más fuerte, la tierra se movía y los gritos en la calle eran espeluznantes. Al salir de la vivienda una mezcla de lodo y piedra tibia me mojó los pies. Corrí asustada, pero la oleada de fango que bajaba implacable, nos alcanzó enseguida. El primero en soltarse y perderse fue Mateo. Javier me agarraba y me gritaba, mamá, mamá, hasta que se soltó. Nunca olvidaré sus gritos.
Esteban fue testigo de la palidez que la asaltó y del temblor en sus manos, como si se hubiera devuelto en el tiempo.
—¡Oh, Dios mío! —se tapó la boca con la mano.
Esteban se levantó y corrió la silla para quedar al lado de ella. Ella se abrazó a él.
—Tranquila, tranquila —le decía con lágrimas en las mejillas.
—Hubiera podido salvar a Johana… —volvió a separarse de él y continuó: —Pero una maldita piedra la golpeó.
Siguió llorando. Esteban la tranquilizaba a pesar de que su alma le dolía, como si la tragedia hubiera ocurrido el día anterior.
Ella lo miró con rabia:
—¿Estás contento?
—Soraya…
Ella casi le gritaba.
—Quieres que te cuente como vi la cabeza de mi hija partirse en dos al estrellarse con el filo de una piedra, y luego cómo el cuerpo de Mateo pasó sin vida frente a mí, o cómo Javier se hundió al lado de un vecino. O cómo pude salir porque unas cuadras más allá alguien me alzó hasta el techo de una casa. Los dos días que pasé sin beber agua, herida y con el hedor a muerto impregnado en la piel... Los gritos agónicos de una pareja que murió al otro día, a la que no pudimos salvar porque una pared les había caído encima.
—¡Cállate! —Esteban se tapaba los oídos y lloraba desconsolado.
—¿Dónde estabas esa noche, Esteban?
Esteban se pasó las manos por el rostro y se limpió las lágrimas, esperó unos segundos hasta que pudo hablar.
—Al camión se le rompió la manguera del agua a media hora de aquí. Se recalentó y me tocó dejarlo enfriar, echarle agua y recortar la goma.
Ella suspiró sin decir nada.
—Cuando llegué al pueblo, bueno, a lo que quedaba de él, fue como entrar directo al infierno. Era un barrial espantoso y la gente caminaba en medio de esa oscuridad llena de fango como si fueran muertos vivientes o figuras de barro. Todo era tan desolador. Y yo no hacía sino gritar tu nombre y el de los niños. —Se tomó otro aguardiente. Ella lo miraba sin hablar. —Estaba desesperado. Me amarré el corazón varias veces ante los lamentos de la gente. Casi pasaba por encima de ellos buscándolos a ustedes y a mi mamá. Hasta que quedé tan lleno de fango como si hubiera estado ahí en el momento en que ocurrió todo.
—Esteban…
Ella le aferró las manos.
—Cuando amaneció fue horrendo, había cuerpos desparramados por todas partes, heridos, cantidad de gente como yo, buscando a su familia. ¿Por qué no querías que te encontrara?
Ella bajó la mirada y escondió las manos, haciendo varios gestos de negación con la cabeza.
—Mucha gente encontró a los suyos.
—Y otra se perdió para siempre —dijo ella sin levantar la mirada.
—Los días siguientes traté de ayudar a rescatar a varios, a darles comida. Preguntaba por ti a todo el mundo.
—Y yo trepada en el techo de una casa.
—Cuando llegó otra noche tuve la certeza de que no aparecerían y entonces…
—¿Entonces qué?
Ahora era él quien permanecía en silencio. Le daba vergüenza contarle lo que había sucedido los días siguientes y prefirió soltarle la pregunta que tenía atorada en la garganta hacía rato.
—¿Vives con alguien?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Odió con el alma al hombre que amanecía todos los días con ella.
—Hace quince años.
Mucho más tiempo del que había vivido con él. Lo odió aún más.
—¿En dónde viven?
—En Bogotá. ¿Dónde vives tú?
—En Bucaramanga.
—¿Tienes hijos?
—Sí, dos.
Esteban no le preguntó si tenía hijos; sabía que no podía tenerlos, pues se había mandado ligar las trompas en cuanto nació Johanna.
—¿La quieres mucho?
La verdadera pregunta quedó flotando en el aire: ¿La quieres como me quisiste a mí? Esteban sonrió con una mueca irónica. Quería a Mariela como siempre tuvo la certeza de que se debía querer a una mujer, y no de ese modo demencial en que la había amado a ella. Sin volverse loco o posesivo o saberse dueño de sentimientos intensos y contradictorios. Quería a Mariela con un cariño manso, construido a base de convivencia. Era la persona en la que más confiaba en el mundo. Ella lo había salvado de sí mismo años atrás.
—Sí, es una buena mujer.
—¿Por qué la buena mujer no está aquí contigo?
Esteban notó al momento que ella se arrepintió del sarcasmo con que había hecho la pregunta.
Le sostuvo la mirada sorprendido y preguntó a su vez:
—¿Lo quieres mucho?
—Sí, es un buen hombre.
—¿Por qué el buen hombre no está aquí contigo?
Ambos soltaron la carcajada. Pidieron otra botella de aguardiente.
Después de ir al baño y llamar con rapidez a Mariela para decirle que estaba bien, que se le estaba descargando el celular, volvió a la mesa. De pronto Esteban sintió hambre.
—¿Quieres comer algo? —le peguntó a ella sin dejar de observar que la botella que les habían acabado de colocar en la mesa había bajado drásticamente de nivel mientras él estuvo en el baño.
—No, gracias.
—Deberías.
—Pide tú.
Ella tamborileó los dedos sobre la mesa y volvió a preguntar con un asomo de impaciencia:
—¿Por qué no están aquí?
—Teníamos planeado venir todos. Es la primera vez que vuelvo a Armero después de lo ocurrido, pero a mi hijo menor le dio un ataque de apendicitis hace una semana y eso dañó los planes.
—Yo he venido todos los años. Esta será mi última vez.
—No hubiera podido hacerlo todos estos años —le apostilló sorprendido. —¿Por qué será esta la última vez?
—Ya no deseo hacerlo más.
Esteban se quedó en silencio mientras la joven empleada ponía un plato sobre la mesa. El olor y el aspecto de la comida le aguaron la boca. Le trajo los cubiertos en un recipiente de plástico y le pasó la sal y la salsa de tomate.
—Gracias.
Era alrededor de las seis, empezaba a oscurecer, aunque la luz y el calor se resistían al ocaso. Las hojas de los arboles estaban estáticas, el ruido de las chicharras era opacado por los lamentos de una ranchera de Vicente Fernández. La música, a su vez, se mezclaba con las voces de la gente. Esteban empezó a comer, sin dejar de mirarla. Soraya no le quitaba la vista a la botella, se le notaba el deseo de servirse otro aguardiente. Esteban sabía que era orgullosa y que no le preguntaría por su familia, solo lo que él deseara contarle y, la verdad, no quería contarle nada.
Esteban dejó de comer y, como si recordara algo de vital importancia, le preguntó:
—¿Cuáles fueron los motivos para esconderte de mí?
Una Soraya achispada le respondió como si hablara para sí misma:
—Los motivos, los motivos, los motivos…
—Sí, dime los putos motivos. No me tomes del pelo.
Recordó las discusiones interminables, donde nunca salía bien librado. Reconocía que había sido torpe en el manejo de la relación, por eso le había dejado las riendas a ella.
Ella no le hizo caso, se levantó y caminó hacia la rockola. Apoyó ambas manos en el aparato, lo que la hizo inclinarse.
Esteban alcanzó a vislumbrar la parte de atrás de sus muslos, la bella forma de sus pantorrillas, los tobillos y los zapatos curtidos de tierra. Se percató de que no era el único que la miraba. A pesar de haberla tenido en su casa, en su cocina, descalza y embarazada, de haberle hecho tres hijos, nunca había podido sentirla suya, no más que el humo del asador que en ese momento salía por el techo. La observó darse la vuelta para buscar una moneda, pero un hombre de una mesa cercana se levantó raudo y se la dio. Ella le sonrió y dijo gracias. Esteban quiso estrellar el puño en la cara del tipo.
El ambiente se saturó de una melodía de Joe Arroyo. Soraya empezó a mover las caderas al ritmo de la salsa y levantó los brazos.
—Está tomada —susurró Esteban furioso y se levantó de golpe, la aferró del brazo, dejó unos cuantos billetes en la mesa y salieron a la carretera. —¿Qué crees que haces? Estás borracha.
Ella lo miró sin revelar nada.
Esteban miraba a lado y lado de la carretera, buscando algún medio de transporte para llevarla a Armero-Guayabal, pero la calle estaba vacía. A su alrededor, el sonido de la noche le ganó en intensidad a los acordes musicales del estadero, el canto de las cigarras, la cacofonía de los demás insectos, una ligera brisa que ondeaba entre los árboles.
—Vámonos de aquí.
—No quiero —le contestó ella. Se sentó en un tronco con ambas manos cubriendo su rostro y se desató en llanto. —Quiero a mis niños.
Su voz era un lamento desgarrado. Esteban quedó sembrado en su sitio sin saber qué decir. Entonces la abrazó y deseó que ese abrazo absorbiera todo el dolor para que nunca volviera a llorar de la manera en que lo hacía en ese momento.
En medio de hipidos le dijo:
—No tengo una fotografía de ellos, no me quedó nada de ellos. Ay, Dios.
Esteban se separó de ella y sacó de la billetera una foto estropeada por el tiempo y por el tacto, amarillenta, roída en los bordes y con un aire irreparable de nostalgia.
—Ten.
—¡Oh, Dios mío!
Soraya besaba la foto donde estaba ella con los tres niños en la puerta de la casa.
—¿Alguna vez te imaginas cómo serían si estuvieran vivos?
—Sí.
—Este viaje ha sido diferente a los demás —delineaba con el dedo las caritas de los niños desteñidas por el paso del tiempo. —Tengo algo que decirte.
—Habla.
—Recién pasó aquello, intenté acabar con mi vida —dijo soltando un suspiro. En cambio Esteban contenía la respiración. —No una, ni dos, sino varias veces.
—Soraya…
No quería que siguiera, pero a la vez deseaba oír todos los detalles.
—Me corté las venas —dijo y le señaló las muñecas. Él las aferró mientras la miraba intensamente a los ojos, y con los pulgares acariciaba las cicatrices rugosas y blanquecinas que iban de lado a lado. Luego se inclinó y las besó con ternura. —Fue el primer intento.
Él la abrazó.
—Después del tercero me medicaron. ¿Puedes creerlo? Como si una pequeña pastilla blanca pudiera borrar este dolor aquí.
Se golpeó el pecho tres veces.
Esteban sintió su dolor en el cuerpo. Era como un profundo desfiladero, un purgatorio en sí mismo para alguien que no había muerto. Conocía su sufrimiento porque él había pasado por algo semejante. A los pocos días de ocurrida la tragedia quiso acabar con su vida. Fue un momento demencial vivido en un bus en la oscura madrugada, al pasar por uno de los precipicios de la carretera que lo llevaba a Bogotá. La oscuridad le impedía ver el fondo del abismo a través de la ventanilla. Ordenó detener el bus, pero el conductor le impidió la salida. Probablemente adivinó las intenciones en su rostro.
—Yo también pasé por lo mismo. Lo pensé una vez.
—Cuéntame.
Él negó con la cabeza varias veces. En cambio le preguntó:
—¿Esas pastillas, no interfieren con el licor que has tomado?
—Las suspendí quince días antes de venir.
—¿Por qué?
—No quería disfrazar mi dolor.
—Eso no está bien, Soraya.
—Así soy yo.
Se quedaron en silencio. Por la carretera pasaba uno que otro auto, camiones, algunas motos. Esteban deseaba estar a solas con ella. Ni siquiera las duras confesiones y el llanto le habían quitado las ganas de besarla, de volver a sentirla. Con sus ojos y su imaginación recorría los contornos de su cuerpo.
Esteban le acarició la rodilla y Soraya acercó sus labios al rostro de él.
Esteban reaccionó de golpe, tomó su rostro entre las manos y en un gesto brusco pegó su boca a la de ella. Fue un beso desesperado, que hablaba de ausencias y de añoranzas. Los años de sufrimiento volaron durante esos largos instantes en que la besó hasta ahogarse.
Un camión pasó por el lado y alguien les gritó:
—¡Busquen una pieza!
Él se separó de ella y dijo:
—Hay que hacerle caso.
Esteban no tenía ni idea de dónde iban a pasar la noche, en sus planes estaba el devolverse para Ibagué ni bien terminara la ceremonia. Caminaban por la carretera cuando un anciano con su nieto, en un automóvil Chevrolet de por lo menos una década, se ofreció a llevarlos a Lérida.
El anciano les hacía la charla pero Esteban iba sumido en sus pensamientos, ambos sentados en la parte de atrás. Ella miraba la noche por la ventanilla. Él no podía apartar la mirada de ella, de su perfil sesgado en las sombras. La deseó con premura, era incapaz de entender cómo podía permanecer estático al lado de ella después del beso.
Oía la cháchara del anciano y contestaba con algún monosílabo por pura cortesía, mientras otros pensamientos lo abordaban, haciéndole olvidar momentáneamente su agobio por poseerla. La mujer que era Soraya hoy día mostraba un lado de su personalidad que él apenas había percibido en el tiempo que vivieron juntos. Un aura oscura y dramática la rodeaba. Esteban tenía la certeza de que si no hubiera ocurrido la tragedia, ese lado melancólico de su mujer jamás habría aparecido. Pero lo que más le enfriaba las ganas era el miedo al desengaño, la certeza de que su amor había existido, pero que debido a las pérdidas y a lo vivido a partir de la tragedia pretender traer todo de vuelta, era imposible. No eran los esposos fogosos de veinte años atrás los que se enfrentarían esa noche. Por momentos se arrepentía de su impulso. ¿Qué carajos buscaba él con ese reencuentro?
El anciano los dejó a la puerta de un pequeño hotel ubicado en el centro de Lérida. Entraron en silencio y se acercaron a la recepción del lugar. Minutos después, con las llaves en la mano, se dirigían a la habitación.
A Esteban le vinieron a la mente los encuentros del pasado signados por besos ansiosos, acoplamientos atropellados e impetuosos. Él reconocía la inmadurez de su comportamiento, ligado a un sentimiento de inferioridad en lo que a ella concernía. Bien, veinte años mejoran algunas cosas, se dijo para darse ánimo. Aunque la deseaba igual que siempre, esta vez no sería torpe ni impetuoso.
¿Cuántos hombres habrían compartido su cama? La pregunta lo asaltó al prender la luz tenue que iluminó la habitación. Era un hecho, le temía a las comparaciones y los celos lo atormentaban, sobre todo del hombre que llevaba quince años compartiendo su vida.
—¿Deseas tomar algo? ¿Pedimos algo?
—No, está bien.
Ella le sonrió y él la supo ajena a todos sus conflictos. Se le acercó con la seguridad que tienen las mujeres de saberse las primeras en el corazón de un hombre y le acarició el cabello.
—Me gustan tus canas.
Con el dedo le recorrió las líneas verticales alrededor de la boca.
—Y éstas también.
Mientras ella lo mimaba, él la miraba fijamente, al tiempo que recordaba cuánto la había deseado de nuevo en su vida. Recordó el sufrimiento por la pérdida, las borracheras interminables, la compañía de malas mujeres, las lágrimas inútiles, el evitar Armero a toda costa y la profunda cicatriz en el pecho con la que ella lo había marcado como a una res, y que de nuevo hoy volvía para sellarlo. Y por último pensó en Mariela y en sus niños, pero desechó la imagen con una punzada de culpa.
—Me siento rara —exclamó ella.
—¿Por qué? ¿Remordimientos?
—No, de estar contigo, no. Es extraño. Tú y yo, juntos en esta habitación.
Esteban le acaparó la boca en un beso fiero que desmentía todo lo reflexionado minutos atrás. Se desvistieron con prisa y, en medio de abrazos y caricias, se tumbaron en la cama cubierta por un delgado edredón blanco. Esteban vivió con emoción el contacto de sus cuerpos desnudos. La escuchó gemir. Se abrazaron con un fervor que crecía y crecía desde la punta de los pies hasta lo más profundo del alma. Ese fervor los devoraba y desataba el nudo de tristeza y pérdidas que eran sus vidas. Los colmaba de dulce y feroz dicha. Lo glorioso del momento les impedía modular. Tampoco pensaban; la energía que los unía, les robaba esa capacidad. Volvieron a entrelazar sus bocas, sin besarse, sus labios quedaron detenidos, para intercambiar jadeos que se aceleraban a medida que transcurrían los segundos. Esteban sabía, desde lo instintivo y lo visceral, que estaba frente a la única pasión que había regido toda su vida.
Vagó por sus curvas con tacto ansioso y posesivo, como campesino alejado de su tierra y que vuelve a tomar posesión de ella, después de años de ausencia. Reconoció con manos y boca cada espacio de piel, cada depresión, cada aroma.
Se enardeció con las nuevas formas que la mostraban en su espléndida madurez. Aunque tenía los pechos más pesados y caídos, él los veía con los ojos del ayer. Rebuscó entre sus piernas y su mano agradeció la humedad que la bañó, y la agasajó a buen ritmo, con caricias más profundas, deslizando uno o dos dedos dentro de ella.
Soraya le respondía con sus benditos gemidos y con un vaivén más viejo que el tiempo. Fue introduciéndose en ella centímetro a centímetro, lentamente, tomando conciencia de cómo su carne lo recibía y lo devoraba, del círculo que formaban sus piernas en torno a él. Le resultaba inverosímil que Soraya estuviera bajo su peso, que sus gemidos lo envolvieran, que sus manos se aferrasen a su espalda con desasosiego. Por unos enloquecedores segundos en los que se perdió en su piel y sintió el fuego barrer sus entrañas, pensó que todo había sido una pesadilla de la cual se estaba despertando, que sus hijos estarían al cruzar la puerta, que compartiría más desayunos como los de esa última mañana, que olería el jugo de naranja y que todo estaría bien. Que se asomaría por la ventana y vería el pueblo, las calles, la gente. Qué imbécil.
Los susurros eróticos crecían a medida que alcanzaban un clímax tempestuoso y violento. En medio de embestidas más profundas y fuertes, los cuerpos se sacudieron en convulsiones de placer.
Segundos después, aún con la respiración agitada, le dijo:
—Nos iremos juntos.
—Estás loco. Tienes mujer, hijos. Tu deber es para con ellos.
—¿Por qué te escondiste de mí?
Ella se levantó de golpe, se envolvió en la sábana y se sentó en la orilla de la cama. Él le acarició la espalda al ver que se convulsionaba por el llanto.
—Me daba vergüenza aparecerme ante ti sin nuestros hijos. No merezco la vida que me ofreces. Mi lugar está aquí en este infierno. Por mi culpa…
—No te atrevas a hablar de culpa porque yo también soy culpable.
—No, tú no.
—Sí, sí, culpable de no haberte sacado a rastras junto con mis hijos. Culpable de haber sucumbido siempre a tu voluntad, de haber sido un cobarde y no haberte obligado.
Se sentó junto a ella.
—No soy una buena mujer.
—Ese comentario es injusto. Fuiste buena madre, buena esposa.
Quería volver a amarla sin preguntas, sin reproches, sin recuerdos.
Soraya se quedó dormida antes del amanecer. Esteban se levantó, fue al baño y revisó el celular que había cargado en la noche. Había varias llamadas perdidas de Mariela. Se sentó en la cama y, en ese momento en que se acaba la noche pero aún no amanece, algo lo trajo de regreso a una conciencia diferente. Era un enérgico remezón del pasado que competía con lo que sentía como una traición en el presente.
Pensó en Mariela, levantándose de la cama que habían compartido por años, yendo a la cocina para preparar el primer café de los varios que acompañaban su día. En sus hijos, despertando de las brumas del sueño para iniciar un nuevo día. Nunca los sintió tan cerca como en ese momento en que los iba a abandonar.
Al levantar la mirada se encontró con los ojos de Soraya.
—Vuelve a tu hogar, Esteban, y haz honor al amor que sentiste por mis hijos amando a los tuyos como se merecen.
—Entonces es cierto —dijo él con la certeza de quien ha sabido siempre la verdad. — Nunca me quisiste como yo a ti.
—Es cierto.
—No seas así, mujer.
—Te he dado armas suficientes para que dejes de amarme. Créeme, no querrás a la mujer en que me he convertido.
Esteban la miró con tristeza, luego apretó su mano y le dijo:
—Salgamos de aquí, vamos a desayunar.