PAIS RELATO

Libros de irus de la santa cruz

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irus de la santa cruz

chardonnay y los hombres violetas

Era una pacífica mañana de verano en la ciudad de Ragart, los pequeños pájaros repiqueteaban la ventana de Chardonnay, que aún se revolvía en la cama. Abrió el ojo derecho y gruñó hacia la luz que entraba en su amplio ático en las afueras.
Tras diez minutos sin querer levantarse, exhaló un suspiro profundo, se frotó la cara y comenzó a levantarse. Se quedó sentado en el borde de la cama, contemplando sus pies y dejando que su mente viajara lejos de él. Volvió en sí cuando su pequeño perro Arándano llegó hasta él y comenzó a lamerle los pies.
—Arándano, basta, me haces cosquillas —le dijo mientras reía y el animal le dirigía un efusivo ladrido.
Chardonnay se puso en pie mientras la pequeña bola de pelo azul no paraba de dar vueltas a su alrededor. Se dirigió a la cocina y le sirvió la comida a su compañero. Lo dejó comiendo y fue al baño para acicalarse y despejarse un poco de la noche anterior. Entró con paso lento, pero decidido, se quitó el pijama y entró a la ducha. El agua caía sobre su cabeza como una lluvia purificadora y se sintió liberado.
Salió y el vapor había invadido toda la estancia, con dificultad escrutó hasta llegar a la puerta, la abrió y el frío repentino hizo que su cuerpo definido y carnoso se estremeciera. Con la visibilidad mejorada se acercó al lavamanos, limpió el espejo y tomó el peine.
Mientras se cepillaba el pelo oscuro que le coronaba la cabeza se fijó en su piel, era más violeta que nunca y las líneas de expresión empezaban a marcarse en su rostro. Paró y se pasó las manos por la cara, sabía que últimamente se había excedido en las fiestas que asistía, pero no pensaba que tanto.
Con pesadumbre y remordimientos se dirigió de nuevo a su cuarto mientras Arándano iba tras de él en busca de arrumacos. Le mesó su pequeña cabeza y continuó hasta su armario, se vistió con su traje negro y sacó a su perro a la calle. Mientras paseaba no podía dejar de pensar en su piel y en las consecuencias que traía. Si se excedía de su debilidad acabaría como tantos de sus amigos. Y Chardonnay a lo que más le temía era a eso, a la muerte. Volvió a su casa a dejar a Arándano, cogió su maletín y tras despedirse se fue a trabajar.
Cuando llegó al trabajo se sentía más animado y con ganas, se dirigió hacia su oficina y comenzó su jornada de largos procesos burocráticos y toneladas de papeles que lo distraían de toda realidad, lo hacían concentrarse en los números que día a día volaban delante de sus ojos grises.
Pasaron las horas y sus compañeros de trabajo vinieron a sacarlo de su oficina para la hora de comer.
—Chardonnay, es hora de comer, deja los papeles por un rato —dijo un hombre regordete parado en el marco de la puerta.
—Eso, eso, nos morimos de hambre —dijo otro muy delgado y alto con voz chillona.
—¿Ya es esta hora? Vaya, no tengo hambre, pero qué remedio.
Antes de levantarse Chardonnay observó a los tipos que lo esperaban con impaciencia. El primero era Sacher y el segundo Cherry. Se quedó mirando hacia ellos, su piel era de un color violeta oscuro y aterrador. Un escalofrío le recorrió de arriba abajo. Se levantó y los tres fueron al restaurante que estaba al lado de la oficina, al que habían ido siempre desde hacía diez largos años.
Una vez allí, se sentaron en la misma mesa de siempre, era un sitio bien arreglado, para gente de negocios y bastante formal. El camarero se acercó a la mesa y les extendió unas finas y pequeñas cartas.
—¿Qué tal anoche? Cuando me fui tú seguías en el club, Chardonnay —dijo Sacher con perspicacia.
—Sí, yo tampoco me lo esperaba, pero fue un día largo y me perdí en las delicias del vino —dijo Chardonnay incómodo.
—Vaya, parece que nuestro Char se está soltando un poco, ya era hora ¿no? —se burló Cherry.
—Cállate Cherry y llama ya al camarero —dijo con enfado Chardonnay.
El camarero se acercó de nuevo, dispuesto a tomar nota, y los tres se miraron cómplices para decidir quién empezaba hoy a pedir el almuerzo.
—Díganme, señores, ¿ya saben lo que será? —se dirigió el camarero muy correcto.
—Bueno, yo quiero el bistec y de guarnición tres platos de tomatitos cherry, agua de bebida —dijo con ansia.
—Para mí serán unos raviolis de carne y agua con gas, dígale al chef que tenga mi tarta Sacher lista para el postre por favor.
—Yo quiero el salmón con papas y una botella del vino de siempre, gracias.
—En seguida, señores, muchas gracias —dijo el camarero antes de alejarse.
Los momentos previos antes de la comida fueron casi interminables, hablaron del trabajo y cómo iba cada uno en su departamento. Cuando vieron aparecer al camarero con los platos se hizo el silencio, poco a poco depositaron toda la comanda en la mesa y sin espera atacaron a los platos. Cherry obvió por completo el bistec y rindió su paladar a las pequeñas esferas rojas que empezaban a estallar en su boca llenándola de jugos cítricos. No tenía reparos en que los jugos se le cayeran por la comisura de los labios, sus ojos estaban fuera de la órbita y solo engullía. Mientras tanto, Sacher comió todo lo rápido que pudo y con prisas le ordenó a uno de los camareros que le trajeran su tarta. Delante de él sirvieron una tarta de chocolate enorme, cuando Chardonnay la vio dedujo que al menos tenía treinta centímetros de diámetro. El hombre se introdujo en ella de manera desesperada, como un puerco en una bañera de barro. A esas alturas Chardonnay ya había avanzado la comida, al igual que la botella. Iba por poco más de la mitad, pero se detuvo a mirarla. Luego se fijó en sus compañeros y pudo percibir cómo a cada bocado su piel se oscurecía más. Miró sus manos y luego la botella, terminó de comer como pudo y se levantó de la mesa, tácito. Sus compañeros levantaron la mirada un segundo hacia él, pero luego se volvieron a rendir ante la comida.
Chardonnay volvió a la oficina, rápido, como si huyese, él creía que corría lejos de la botella, pero en realidad corría lejos de sí mismo. Corría del rincón más oscuro de su ser, de su esencia violeta. Llegó y el aire le faltaba, se sentó en su oficina y se mareó al mirar la pila de papeles que tenía en el escritorio. Se tomó un momento para recomponerse, pero la idea de la muerte le recorría la cabeza una y otra vez.
Acabó su jornada laboral y fue directamente a su casa, decidió no ir al club esa noche. Al llegar, Arándano lo recibió con una alegría desmedida y Chardonnay no pudo evitar sentirse feliz al ver a su pequeño. Lo tomó en brazos, dejó las cosas que llevaba en las manos encima de la mesa del comedor y fue directo al sofá. Se deshizo el nudo de la corbata, se sacó los zapatos y trató de relajarse acariciando a su perro una y otra vez. Ambos se quedaron dormidos tras un rato, pero antes de cerrar los ojos Chardonnay tuvo una extraña sensación desde su interior.
Cuando despertó los rayos de sol le daban directamente al rostro y Arándano le lamía la cara. Estaba en su cama, deshecha y revuelta. La cabeza le daba vueltas, trató de levantarse y un ruido extraño lo alarmó, miró a su alrededor, todo estaba lleno de botellas descorchadas y vacías, de algunas de ellas seguía cayendo líquido y el intenso olor a vino poblaba el ambiente. Chardonnay estaba horrorizado, disgustado y asqueado de sí mismo.
Se puso en pie con cuidado de no romper ninguna de las botellas y fue directo a la cocina, el armario donde guardaba su suministro particular de vino estaba casi vacío. Suspiró y corrió al baño a mirarse en el espejo. Su piel presentaba un aspecto horrible, se había oscurecido tanto que casi no se reconocía. Murmulló y se alejó de su reflejo. Fue de nuevo a la cocina, le dio de comer a Arándano y mientras lo hacía abrió el resto de botellas que le quedaban. Aquello acabaría allí, una a una las vació en el fregadero y al llegar a la última se paró.
“Eres una buena persona Chardonnay, esto lo haces por ti, no debes dejar que nada te controle, eres dueño de ti mismo. Si sucumbes a tus demonios jamás llegarás a brillar todo lo que puedes. No te rindas, sabes que esto será difícil, el vino nos llamará una y otra vez. Nos veremos tentados el resto de nuestra vida, pero hay que ser fuerte. Por el cambio y una larga vida.” Esas fueron las palabras que Chardonnay se dijo a sí mismo antes de darle un largo y último sorbo a la botella de vino.
A partir de eso, empezó a evitar el contacto con el alcohol y el club. Decidió hacer cambios drásticos en su vida, cambió de trabajo, de ciudad y de hábitos. Se llevó a su pequeño Arándano y adoptó a Uva, todo el amor que le daba al vino se lo daría ahora sus pequeños.
Cherry y Sacher murieron a los pocos meses, pero a pesar de la falta de sus amigos Chardonnay no se dejó tentar. A veces era muy complicado y sus labios casi rozaban el cuello de las botellas, pero él se agarraba el suyo y se concentraba.
Cuando se miraba en el espejo se sentía feliz, cada vez el color violeta iba degradándose en todas las partes de su cuerpo. Llegó un día en el que al levantarse y mirarse en el espejo el rubor, antes invisible, le cubrió la cara. Lo único morado que le quedaba era un pequeño lunar en la punta de su nariz. La sonrisa de Chardonnay le recorrió el rostro y el orgullo le llenó el corazón.
Chardonnay se había alejado de sí mismo para volver a encontrarse.