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Libros de irus de la santa cruz

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irus de la santa cruz

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Bri se levantó de su mullida y rosa cama con la alarma, con su melena rubia alborotada, quitándose el antifaz con una de sus perfectas y largas uñas rosas hechas de ayer después de tres horas en la estética y de haberle gritado a la negra que se las hacía porque: “es que eres muy lenta, Tiff me espera para unas jaleas”. Con mala gana se puso en pie, se quitó su camisón de gasa blanco y fue a la ducha. Tras su ritual de pasarse dos horas en la ducha mientras el agua corría y se embadurnaba el cuerpo en miel, salió. Se sentó en su tocador con el albornoz rosa con sus iniciales “BB” bordadas en dorado y empezó a peinarse su larga y ondulada melena rubia, teniendo cuidado de no dañar sus antenas. Se puso una diadema y el uniforme del colmentuto, se acomodó las alas, se retocó el pelo del cuerpo y se metió un trozo de cera en la boca para masticar.
Bajó y encontró a su madre en la cocina preparando el pequeño desayuno. Su celda era bastante grande y amplia en la colmena en que vivían, podría decirse que eran “ricos”. Bri siempre presumía de ello y se sentía orgullosa de pertenecer a la clase alta de las humabejas.
—Buenos días, cariño. Te he preparado tortitas con miel dulce, como te gustan.
—Mamá, ya te he dicho que no como hidratos, ahora solo como cera de abeja, es lo más. Mira qué aguijón tengo —dijo mostrándole su exuberante cuerpo.
—Sí, estás muy guapa, pero debes comer algo más, si no desfallecerás y no rendirás en el colmentuto. Aparte, que esta es la receta tradicional, hónrala.
—Sabes que no me gustan esos platos, la comida de los humanos me da asco, yo soy una abeja —dijo Bri poniendo cara de asco al plato que su madre le había extendido.
—Brianne, eres parte de una especie descendiente de las abejas, tras años de evolución y de conexión con los humanos nuestras especies se habían hibridado y es un regalo para todos —dijo su madre con satisfacción.
—No me llames así, te lo he dicho cientos de veces, joder, o Bri o Anne, pero no Brianne —dijo aireada marchándose.
Su madre se quedó murmurando detrás mientras ella hacía caso omiso y salía por la puerta, dispuesta a ir al colmentuto, donde ella se creía la reina.
Al llegar se encontró con su grupito de amigas, estaban todas esperándola y parecían clones. Uniforme azul y blanco ajustado, minifalda, uñas largas, pelo largo, diadema, un halo de superioridad que solo se creían ellas y por supuesto todo rosa. Dieron un pequeño gritito todas a la vez, como si no se hubieran visto en mucho tiempo, pero la realidad es que habían pasado la tarde juntas, insultando a los transeúntes del parque en el que se reunían y atentas a sus móviles más que a ellas mismas.
Tiff, Liz, Kris y Bri eran el terror del instituto, nadie se atrevía a enfrentarse a ellas y, no ignorando este hecho, el grupito siempre tomaba ventaja. Incluso había ciertos profesores que les tenían recelos, pues no sería la primera vez que armaran un escándalo en medio de una clase y el profesor se ganara un mote o una reputación malintencionada.
Había llegado la hora de comer y el grupito de “Las Reales”, como se hacían llamar, iban volando por los pasillos, aunque estuviera prohibido, e intimidando al alumnado. La gente se quejaba y se apartaba ante el zumbido que provocaban todas a la vez. Ellas reían y miraban con asco a los demás, hasta que llegaron a la mielería. En el colmentuto había dos comedores, el que servía comida para abejas y el que servía comida para humanos, era mejor separarlas por las intolerancias y las preferencias de cada humabeja.
Cuando entraron por las amplias puertas de la sala, se detuvieron, todo estaba decorado como una gran colmena dorada y el olor a miel impregnaba todo el ambiente. Era simplemente una delicia para la vista, el olfato y el gusto. Había fuentes de miel y jalea, grandes cestas con cera y flores frescas por toda la sala. Ellas se apropiaron de grandes suministros apartando a la gente que estaba en las filas esperando el turno para servirse. Pese a las quejas el miedo siempre estaba presente y Bri sonreía con gusto.
Se aproximaron a una de las mesas en las que solo había una humabeja que parecía nueva, pues Las Reales no sabían ningún cotilleo de ella.
—Ya te puedes ir levantando, esta mesa es nuestra —le soltó Liz con asco.
—Creo que cabemos todas, además, estoy terminando mi almuerzo —dijo la humabeja con gran serenidad.
—¿Tú sabes quiénes somos nosotras? Somos “Las Reales” y en este colmentuto mandamos nosotras y esta de aquí es nuestra reina —le gritó Tiff mientras Bri la miraba desafiante y mordaz.
—Bueno, yo creo que a “la reina” no le importará que acabe mi comida y me levante con gusto de la mesa —dijo la humabeja con la misma serenidad.
—¡¿Quién te has creído que eres?! —le soltó Kris mientras se dirigía hacia ella con intenciones agresivas.
Bri la frenó y Kris se quedó mirando hacia ella como si no entendiera la situación, pero luego continuó y se acercó a la humabeja que seguía sentada y comiendo tranquilamente. Las tres se retiraron hacia atrás y sonrieron.
—A ver si lo entiendes, pequeña estúpida, aquí mando yo y si te decimos que te levantes y te vayas, lo haces. Si te decimos que nos traigas algo, lo haces. Y si te decimos que te tires por la ventana, lo haces. Yo soy la reina y mando aquí, como algún día lo haré sobre toda la colmena y todas las humabejas. Ahora lárgate, inepta y no quiero volver a verte zumbando por aquí.
La humabeja no dijo nada, simplemente terminó su plato y se levantó, las miró y se fue con paso firme. El grupito se sentó y empezó a reírse y alabar lo que habían hecho.
Pasaron los días y las prácticas de terror y acoso del grupo de las reales iba creciendo cada vez más. También les gustaba rastrear objetivos específicos y hacerles la vida imposible. Todos estaban cansados de ellas y no aguantaban un minuto más a “Las Reales”.
Estando en la hora de historia, donde el grupito de amigas se sentaba siempre en la parte de atrás, para chatear con el móvil y hacer de todo menos atender, tocaron la puerta. La profesora interrumpió la clase y dio paso. Era un guardia de la celda real, todos quedaron mudos y atentos a lo que tenía que decir.
—Buenos días, vengo en busca de Brianne Biwax por orden de su majestad la reina de la colmena Haralda II, debe presentarse inmediatamente en la celda real.
Sin pensárselo dos veces Bri se levantó y ante la mirada de todos sus compañeros fue directa hacia el guardia.
—Soy yo —dijo con regocijo y una sonrisa pérfida.
—Perfecto, señorita Biwax, acompáñeme —dijo el guardia muy serio.
—Puedes llamarme Bri —le dijo mientras se movía la ondulada melena y miraba por encima del hombro al resto de la clase saliendo por la puerta.
Ambos volaron hasta la celda de la reina, pasaron la seguridad y entraron hasta la sala donde se encontraban la reina y una pequeña humabeja muy parecida a ella. Bri se quedó mirándola y no podía creer lo que veía.
—Te doy la bienvenida Brianne Biwax, hoy te he requerido ante mí porque tenemos asuntos que tratar —dijo muy solemne la reina.
—Gracias majestad, pero ¿qué hace esa aquí? —soltó Bri bruscamente y con asco.
—Esta pequeña es mi adorada hija Aiko I, princesa de nuestra amada colmena y justamente por ella estás hoy aquí. Me ha contado cómo se denominan tus amigas y especialmente tú en la sagrada institución que es el colmentuto. Es algo intolerable y que será castigado. Las afirmaciones y actos que tu grupo comete atentan contra la seguridad y la estabilidad de las jóvenes humabejas, que serán la prosperidad y el sustento de nuestra colmena. Por ello, Brianne Biwax serás ejecutada públicamente para recordar que tu conducta soberbia y desmedida tiene severas consecuencias. Además, tus otras compañeras y amigas serán expulsadas de la colmena y no podrán regresar jamás.
Bri estaba en shock, no dijo ni una palabra. Fue lanzada a un calabozo hasta el día de su ejecución.
Fue condenada al desaguijonamiento, en medio de la celda del mercado su aguijón fue retirado a la fuerza, provocándole una muerte instantánea y dolorosa. La suerte de sus amigas fue diferente, pero no menos cruel. Fueron expulsadas de la colmena cuando el invierno llegó y al salir sus alas se congelaron al instante, haciéndolas caer estrepitosamente hacia el suelo. Sin cobijo y desvalidas fue cuestión de horas que murieran.
Tras los años las humabejas siguen contando la historia de “Las Reales”, siempre como un recordatorio de que una humabeja no debe creerse lo que no es y, mucho menos, abusar de un poder que no tiene.