La primera brecha se abrió de madrugada, cuando todos los habitantes de la ciudad dormían plácidamente entre sus cuatro paredes de cemento, ajenos al movimiento que se iniciaba en las profundidades de la tierra. Pequeña, disimulada en la parte baja de un edificio antiguo, nadie se fijaría en esa nueva fisura que ocultaba, tras su apariencia delgada y sutil, un agujero mucho mayor que provenía del fondo de la tierra. Una tierra inquieta que se removía desde las entrañas más abismales, dispuesta a salir a la luz.
La segunda grieta apareció minutos después en la planta subterránea del garaje de unos grandes almacenes. Todavía vacío a esas horas de la madrugada, ningún coche presenció cómo el suelo se hundía, como si una fuerza invisible lo succionara hacia abajo, creando una curva de terreno en forma de V, estrecha pero definida. El cemento, resquebrajado, siguió cediendo a la presión hasta volverse inestable, frágil al contacto. Aunque la hendidura acababa en un punto concreto, bajo el pavimento todavía intacto, la grava se agitaba, se trasladaba para crear un vacío bajo el suelo, que sin el apoyo de la tierra que se había retirado, era ahora tan quebradizo como el papel.
También en los parques, con su césped recién cortado, su arena rastrillada y sus columpios oxidados por la lluvia, aparecieron algunas anomalías. Las más evidentes fueron los pequeños agujeros que habrían podido pasar perfectamente por los hoyos realizados por los juegos infantiles, si no fuera porque aparecieron a las siete de la mañana, a la hora en que sólo los corredores adictos a cuidar su cuerpo deambulaban por la zona, dando vueltas por caminos prefabricados y delimitados por plantas ahogadas por el asfalto. Después llegaron las montañas de arena con un cráter en el centro del tamaño de un hurón. Los jardineros creyeron que se trataba de algún animalillo que se había dedicado a probar las diferentes ubicaciones de su hogar, así que fueron tapando los orificios hasta dejar una superficie lisa. Si se hubiesen fijado mejor, se habrían percatado de que, en cuanto sus pasos se alejaban, la tierra volvía a abrirse, preparando el terreno, enseñándole a la grava y al barro cómo comportarse, cómo actuar cuando llegara el momento.
Cuando por fin la ciudad despertó, las calles se poblaron de individuos adormecidos y los coches condensaron el aire con su humo gris, más de veinte brechas se habían abierto camino en la localidad, con sigilo, mimetizándose con el entorno para pasar desapercibidas. En otras poblaciones como aquella, a lo largo y ancho del continente, también se fueron instalando grietas, hoyos y agujeros encubiertos por antiguas fisuras, orificios o boquetes que nadie había arreglado en su momento y que ahora servían de disfraz. Casi nadie se fijó en esas nuevas estrías en la pared, en los andenes o en las aceras. Y los que sí lo hicieron lo achacaron a la edad del cemento, del yeso o de la pintura. A nadie se le ocurrió mirar más allá de las fisuras. A nadie se le ocurrió contar las fracturas que se fueron abriendo durante aquella semana. Demasiado ocupados en su ir y venir consumista, los seres humanos no supieron escuchar ni sentir que el suelo bajo sus pies estaba a punto de demostrar que ya se había cansado de observar, impertérrito, cómo el mayor depredador del mundo destruía y devastaba el planeta. Había llegado la hora de pasar a la acción.
Día a día, las brechas abiertas avanzaban unos centímetros. Sigilosas, bajo su aspecto de envejecimiento habitual, fueron creando espacios huecos bajo las losas, bajo el asfalto, entre los cimientos.
En el séptimo día, las grietas en los túneles de los metros tomaron la forma de un árbol y empezaron a extender sus ramificaciones para crear una red de fisuras. Las brechas entre baldosas llegaron a los edificios y empezaron a ensancharse. Fue ese el momento en que los barrenderos notaron que algo extraño estaba ocurriendo. Los árboles perdían hojas, la gente tiraba papeles al suelo, y sin embargo, cuando barrían llegaba un punto en que toda la suciedad desaparecía sin llegar a la cesta de plástico en la que la depositaban. Algunos, los más observadores, descubrieron que las hojas se colaban por las rendijas en el suelo, como si la tierra estuviera absorbiendo todos los desperdicios de la superficie. Nadie podía imaginar que, de hecho, ella estaba practicando para el momento en que pudiera engullir algo mucho mayor y más peligroso que un puñado de hojas secas. Ajenos a ese detalle, los barrenderos avisaron a los operarios encargados del pavimento de la ciudad para que se apresuraran a arreglar el suelo.
Pero el nuevo cemento no duró mucho. Al igual que el viejo, fue resquebrajándose día a día sin descanso. Cuando cayó la noche, la tierra se durmió, como el resto de sus habitantes. O al menos eso parecía, ya que ninguna nueva brecha se abrió camino contra el suelo. Pero lo cierto es que la tierra no dormía. Hacía tiempo que no podía. Simplemente guardaba silencio, a la espera del día en que, por fin, el grito de sus entrañas se dejara oír.
Y ese día estaba a punto de llegar.
El lunes amaneció como cualquier otro día. La ciudad se desperezó con los sonidos de las persianas al abrirse, el rugido de los motores encendidos y el bullicio del ir y venir de los atareados ciudadanos. Adán, como cada lunes, se despertó con el estridente sonido del despertador, se desprendió de un manotazo de las sábanas y se incorporó sobre el colchón. Sus pies desnudos sintieron la superficie lisa del parquet, la suavidad de la alfombra barata que sobresalía bajo las patas de la cama y el frío de las baldosas del cuarto de baño. Nunca le había prestado mucha atención al suelo que pisaba, pero aquella mañana sus pies parecían más comunicativos, como si intuyeran, como si pudieran leer el temblor que sacudía sutilmente los cimientos del edificio.
Tras una ducha caliente, un café cargado y una tostada con mantequilla, Adán salió a esperar el autobús. Se subió el cuello de la cazadora y se quedó de pie junto al resto de madrugadores a los que el café todavía no les había arrancado de los brazos de Morfeo. A su alrededor, la vida transcurría como cualquier otra mañana: corredores aislados del mundo por un hilo musical, perros arrastrando a sus soñolientos amos y grupos de adolescentes abrazados a sus carpetas. De repente, un joven pastor alemán tiró con fuerza de su amo, se desprendió de la correa y empezó a correr. El hombre salió tras él, llamándolo por su nombre, pero el perro no volvió. Mientras Adán esperaba el autobús, otros perros salieron corriendo, como si supieran algo que los humanos ni siquiera podían imaginar.
Cuando llegó el autobús y abrió sus puertas, Adán hizo el ademán de avanzar, pero no pudo. No se podía mover. Miró hacia sus pies para increparlos por la pereza… pero descubrió que no los podía ver. Estaban bajo tierra. Adán tiró de ellos hacia arriba, como si llevara un gran peso en cada tobillo, pero no lo consiguió. Un hombre que estaba cerca se aproximó para ayudarlo, pero en el momento en que iba a agarrar a Adán de las muñecas para tirar de él, la tierra se tragó sus pies y lo dejó clavado en el asfalto.
Las personas que estaban cerca creyeron que estaban ante un nuevo caso de ineptitud del ayuntamiento, que había vuelto a hacer mal un túnel y que el asfalto estaba a punto de hundirse bajo sus pies. Conscientes de lo que eso suponía, empezaron a correr, alejándose de la parada. El conductor, al ver esa reacción, puso en marcha el motor. Iba a avanzar, pero tuvo que frenar en seco. Un gran boquete se había abierto en medio de la calzada. Si avanzaba un metro más, caería en el abismo. Si daba marcha atrás también, pues otra brecha había cruzado el asfalto a pocos centímetros de las ruedas traseras. El temblor que sacudió al autobús sembró el pánico, ya que todo parecía indicar que el socavón se los iba a tragar a ellos. Así que saltaron fuera del vehículo para alejarse a toda prisa. Al ver que no ocurría nada, que ningún agujero soterraba el autobús bajo el asfalto, se detuvieron, aliviados. En ese momento, un dolor en los tobillos les hizo mirar al suelo. Horrorizados, comprobaron que sus pies habían desaparecido. Ya no se podían mover. Nadie estaba abriendo un túnel para el metro. Era la tierra la que abría sus fauces dispuesta a comer.
Lentamente, con la paciencia de quien tiene miles de años a sus espaldas, la tierra fue abriéndose camino, atrapando entre su arena, entre sus piedras, a aquellos que la habían pisado y pisoteado.
Todos lo que aquel lunes por la mañana estaban en la calle sintieron cómo sus pies eran absorbidos por la tierra. Podían notarlos, pero no moverlos. También podían notar cómo, a cada minuto, la tierra se ceñía sobre su piel y subía por encima de los tobillos. Adán, como todos, forcejeó, luchó por deshacerse de esa prisión de arena y asfalto. Pero no pudo. Gritó pidiendo ayuda, pero nadie acudió. Los gritos y la confusión que reinaba en la calle advirtieron a los que todavía se mantenían en pie, libres. Incapaces de ayudar a los que la tierra ya había capturado, huyeron a resguardarse en sus hogares, esperando que aquel afán devorador sólo afectara a los que estaban en contacto directo con el suelo. Los que vivían en el ático se sintieron más a salvo que los que vivían en el principal, aunque todos compartían el mismo miedo a salir.
Algunos acudieron a la televisión, a internet, para descubrir si aquel fenómeno les afectaba sólo a ellos. En los informativos se exponían situaciones similares en otros países, en otros continentes. Incluso el mar se estaba viendo afectado por grandes oleajes y remolinos que engullían a los barcos y a sus ocupantes para sumirlos en el abismo más oscuro. Los corresponsales aparecían sonrientes hasta que, al sentir cómo sus pies eran devorados por la tierra, se unían a los gritos de terror que se oían de fondo. Pronto las emisoras se cortaron y se hizo el silencio en los hogares. Sólo quedaba esperar y rezar para que aquel horror acabara pronto y ellos pudieran salvarse. Pero nadie estaba a salvo.
Desde la superficie nadie lo había visto, pero en las grandes ciudades, los primeros en sucumbir al abrazo de la tierra habían sido los usuarios del metro que se habían quedado petrificados al ver cómo los túneles se colapsaban, las puertas de los vagones se abrían para dejarlos salir y caer en las enormes brechas que allí dentro había escondido la tierra. Los que estaban en los andenes trataron de huir sin éxito. Atrapados en el cemento, pidieron ayuda a gritos, pero nadie les oyó, pues unos metros más arriba la gente estaba demasiado ocupada en luchar contra el propio horror que se abría bajo sus pies.
Pasaron las horas. En las calles, en los andenes del metro e incluso en los puertos, donde los pocos navíos que habían sobrevivido al horror marítimo amarraban ajenos al horror que a su vez se vivía en tierra, la gente pugnaba por romper la prisión de cemento y arena. Como ellos, Adán podía notar cómo, lentamente, la grava se adhería a cada milímetro de su piel y lo absorbía, tirando de él hacia abajo. Al mediodía, la presión de la tierra se detuvo por encima de sus rodillas. Intentó levantar las piernas, pero no pudo. Quiso creer que la ciudad se había convertido en una inmensa zona de arenas movedizas, que si no luchaba, si no se movía, no desplazaría tanta tierra bajo su peso y que así, quizás, no lo succionaría del todo. También quiso creer que si conseguía alargar los brazos, estirar las manos para asirse al poste de la parada de autobús o a cualquier zona sólida, podría surgir y caminar de nuevo. Pero lo que vio a su alrededor le demostró lo contrario. Del hombre que hacía unas horas había intentado socorrerle ya sólo se veía una mano crispada por el miedo que se hundía bajo el asfalto. Sabía que, hiciera lo que hiciera, estaba condenado.
Inmóvil, esperó. Algunos de los atrapados por la tierra desaparecían más rápido que otros. Pero en todos los rostros que Adán podía ver se leía la misma desesperación, el mismo horror y la misma angustia que él sentía en aquel momento. De repente, sin previo aviso, el suelo volvió a arrastrarle hacia abajo. La grava se abrió para dejar paso a sus muslos, a los que se adhirió con fuerza, como si se tratara de un león lanzándose contra una presa. Al llegar a la cintura, la fuerza de succión paró. Aunque sabía que era inútil, su instinto le pedía que luchara, que intentara deshacerse de ese abrazo de arena que lo aprisionaba y le quitaba el aire, que se colaba por sus poros, penetrando en la piel, sumergiéndose en sus entrañas y cubriéndolo todo de polvo. La tierra a la que habían explotado y despreciado se cobraba su venganza. Llevaban siglos devorándola, alimentándose a su costa, desgastándola y agotando sus recursos. Ahora ella iba a devorarles. E iba a tomarse su tiempo.
Junto a él, al igual que en toda la faz del planeta, otros muchos estaban siendo engullidos por las brechas y las grietas que se habían abierto en la superficie. Desde las farolas, algunos ingenuos observaban la escena creyéndose a salvo. Pero bajarían. No por propia voluntad, pero acabarían atrapados bajo el barro, porque la tierra se había abierto bajo los postes metálicos y los estaba engullendo sin escrúpulos, dispuesta a llegar hasta el último ser humano que habitara en ella.
Adán sintió un dolor penetrante en las piernas. La tierra se estaba cerrando un poco más contra sus músculos. Gritó con todas sus fuerzas. Sabía que nadie vendría a socorrerle, pero gritó igualmente. La calle se llenó de un aullido colectivo cargado de dolor, de agonía, pero sobre todo de miedo; el miedo a saber que no podían luchar contra lo que ocurría, que no podían evitar que los cuerpos fueran hundiéndose cada vez más, perdiéndose en la tierra.
Y después, el silencio. El silencio de saber que no hay escapatoria.
Las horas siguieron pasando. Se oía algún llanto, alguna voz pausada que intentaba tranquilizar a los que se lamentaban a su lado. Cuando cayó la noche, los cuerpos que seguían prisioneros del abrazo de la tierra se quedaron a la intemperie. Nadie bajó a ayudarles. Los que se habían salvado de ese primer asalto permanecían encerrados en sus casas, rezando para que la tierra tuviera suficiente con aquellas víctimas. Pero no tenía suficiente. No habían aprendido la lección con las distintas advertencias que había lanzado la tierra, así que sólo había un posible final para ellos: la desaparición. Por eso, durante aquella noche, hizo temblar los cimientos de todos los edificios. Algunos vecinos, asustados, decidieron arriesgarse y salir a la calle para no morir aplastados. Otros se quedaron en casa a esperar que el terremoto acabara. Pero no iba a acabar. La tierra sabía que si tenía que engullir el edificio entero, lo haría, convirtiéndolo en el polvo del que estaba hecho. Así que abrió sus fauces y empezó a triturar. Aterrados al comprender que ningún lugar era seguro, los supervivientes se lanzaron a la carrera con la desesperada esperanza de encontrar un terreno estable. Pero en algún momento tendrían que parar. Y ahí estaría esperando la tierra, dispuesta a borrarlos para siempre.
A pesar del miedo y del dolor, Adán había sucumbido al cansancio y había cerrado los ojos. Al despertar, deseó que todo hubiese sido un sueño, pero el paisaje que descubrió ante él era mucho peor que el del día anterior. Hasta donde le alcanzaba la vista lo único que podía ver eran las ruinas de los edificios, algunos derruidos, otros casi triturados hasta convertirse en tierra. Los menos dañados todavía conservaban en pie alguno de los pisos superiores, pero la gran mayoría habían sido transformados en polvo. A su alrededor, nuevos prisioneros miraban con ojos vacios hacia lo que había sido su hogar. Impotentes, resignados. Condenados.
Antes de que Adán pudiera comprender lo que había ocurrido durante la noche, sintió un tirón que lo arrastró hacia abajo. Con paciencia pero sin descanso, la tierra lo fue absorbiendo, centímetro a centímetro. Adán cerró los ojos esperando el final. Pero la tierra se detuvo a la altura del tórax. Como si se tratara de un niño que juega a arrancar las alas y las patas de una mosca una a una, la tierra se tomaba su tiempo, disfrutando de la venganza.
No pudo contener el grito, el lamento que le quemaba las entrañas. El eco de otros gritos llenó las calles. A su alrededor, los brazos, troncos y manos que todavía sobresalían de la tierra se removían sin éxito, conscientes de que ya no había salida. Adán sintió el miedo y la angustia apoderándose de él. No lo soportaba más. Quería huir, borrar ese horror de su mente. Pero no podía. Cada vez que cerraba y abría los ojos, veía lo mismo: la calle abierta en canal. Y la gente desapareciendo, lentamente, bajo el cemento.
Un nuevo rugido de la tierra aplastó todavía más su pecho. Podía sentir la arena oprimiendo sus pulmones. Quizás se quedara sin aire antes de ser engullido del todo y ya no sentiría nada más, pensó, mientras su cuerpo se hundía. Sus brazos, que habían luchado hasta el último momento para aferrarse a la superficie, quedaron en el aire, como si se tratara de un títere que espera a que su amo mueva los hilos y le dé vida. Sólo que en el caso de Adán y del resto de habitantes de la ciudad y del planeta, el titiritero estaba bajo tierra, y no estaba dispuesto a permitir que se volvieran a mover.
Resignado, respiró y, por primera vez en su vida, sintió los matices del aire entrando por su nariz, luchando por llegar a sus pulmones como nunca antes lo había hecho; luchando por mantener ese conjunto de huesos y carne con vida. Creyó que no lo lograría, pero lo consiguió. Todavía podía respirar. Hubiese preferido no hacerlo, perder el conocimiento antes de caer del todo, porque, todavía con el cuello y la cabeza por encima del asfalto, podía ver la cara de horror, la mirada de espanto que se dibujaba en el rostro de quienes le rodeaban en el preciso instante en que les llegaba la hora de sumergir el rostro bajo la arena.
La tierra le llegaba ya al cuello. Los hombros estaban aprisionados mientras los brazos seguían en el aire, como dos torres de carne temblorosas y débiles, conscientes al fin de su vulnerabilidad, de su pequeñez. Adán forzó la vista para observar el cielo que cada vez parecía más lejano. Vio cómo los edificios cercanos desaparecían con un estruendo terrible entre el que se podía distinguir los gritos de horror de los que se habían resistido a salir a la calle para evitar ser engullidos. Apartó la mirada para no verlo, para ignorarlo. Pero era imposible no oír el sonido seco de la tierra cerrándose de nuevo, satisfecha por haber convertido a unos cuantos más en polvo.
Cuando sintió la arena en la barbilla, abrió los ojos para encontrarse frente a frente con la capa de asfalto y cemento que la tierra había abierto para devorarlo. A escasos centímetros, aquella masa negruzca la pareció espantosa. Antes la había adorado, cuando la pisaba y la recorría a gran velocidad en el interior de su coche. Pero ahora que sabía que sería su silenciosa lápida, sintió escalofríos. Cada vez le era más difícil respirar. Adán ya casi no podía escuchar los gritos y los lamentos que le habían acompañado durante las últimas horas. Sólo oía un extraño rumor que le recordaba al fuego crepitando, o a la grava al ser pisada por las ruedas de un coche. Entonces lo comprendió. Ese era el sonido de la grava al desplazarse para absorber su cuerpo hacia las profundidades de la tierra.
Ahora la arena ya le llegaba a los labios. En breve no podría respirar. La presión era insoportable. Empezó a llorar; un llanto silencioso, vencido y temeroso ante el horror que le esperaba.
Cuando la tierra le llegó a los ojos, las lágrimas humedecieron los oscuros granos de grava que, inmutable, siguió ascendiendo hasta cubrir la frente de Adán, que ya no luchaba. Lo último que se vio de él fue su mano, inerte, débil e impotente. Así se había sentido la tierra durante todos aquellos años hasta el día en que decidió actuar. Y acabar con ellos.