País Relato - Autores

ilya varshavsky

movimiento perpetuo

—Cuchara se entretendrá un poco —dijo el secretario electrónico—. Acabo de recibir la información.
Era un hallazgo muy conveniente éste de llamar a cada persona por el nombre de un objeto, cuya imagen llevaba en el pecho. De esta manera, la gente que hablaba con él no tenía la preocupación de recordar su nombre. Además, cada uno trataba de escoger un nombre que correspondiese a su profesión o aficiones, permitiendo así a la gente que supiese por adelantado con quién estaba tratando.
Bisturí lanzó un profundo suspiro.
—Perderemos de nuevo por lo menos treinta minutos, y yo aún tengo que asistir hoy a una representación de esa nueva bailarina electrónica que está causando tanta sensación.
—¿Electroletta? —preguntó Magnetófono—. ¡Verdaderamente es deliciosa! Estoy pensando en dedicarle mi último poema.
—Sí, es muy aerodinámica —afirmó Cama—. Un verdadero temperamento catalítico. Es el ídolo de la juventud en estos momentos. Las muchachas se pintan con el color de su exterior de plástico y dibujan condensadores en sus espaldas.
—¿Es cierto que Vaso de Vino se le declaró? —quiso saber Bisturí.
—No se habla de otra cosa en toda la ciudad. Le dio un «no» rotundo. Declaró que, siendo como es una máquina, el único esposo que podría tomar alguna vez en consideración sería un hombre que tuviera un intelecto altamente desarrollado. ¿No lo has leído en Humor de Máquina?
—Nunca leo nada. Mi ciber hace selecciones periódicas de los chistes más divertidos, pero últimamente me comencé a cansar hasta de eso. Me siento absolutamente exhausto. Imaginad: dos operaciones en menos de seis meses.
—¿Es cierto eso? —Cama expresó su asombro—. ¿Cómo puedes soportar tanto? ¿Cuántos ayudantes electrónicos tienes?
—Dos, pero ambos son malos. Durante la última operación uno de ellos asumió el papel de oscilador y se averió, mientras que yo, las desgracias nunca van solas, me había dejado mi memoria electrónica en casa y no podía, por más que me esforzara, recordar en qué lado se encuentra el apéndice humano. Me llevó tres incisiones el hallarlo. Bajo estas circunstancias nadie puede extrañarse de que abandonase, valiéndome del pretexto de que nadie estaba vigilando el pulso.
—¿Y qué paso?
—El resultado fue fatal, como es usual en los casos de falla mecánica.
—Las máquinas se están volviendo insoportables —dijo Magnetófono con voz cansada, dejándose caer sobre su asiento—. Me he visto obligado a rechazar tres variantes de mi nuevo poema. Mi ciber ha dejado de comprender el carácter de mi poesía.
—Cuchara está en camino hacia la sala de conferencias —anunció el secretario.
Los ojos de todos los miembros del Consejo se volvieron hacia la puerta.
El Director entró y se dirigió apresuradamente a su asiento.
—Os ruego excuséis mi tardanza. Estaba visitando a Media Roja y me entretuve. Ha pasado un mal momento con su modista electrónica, y ambos hemos decidido tomar seis meses de descanso en… en…
Cuchara sacó de su bolsillo una pequeña caja que contenía su memoria electrónica y apretó un botón.
—Nápoles —articuló una voz melodiosa dentro de la caja.
—En Nápoles —confirmó Cuchara—. Creo que está en alguna parte, hacia el sur. Así que no perdamos el tiempo. ¿Qué hay en la agenda de hoy?
—La construcción de Palacios de Placer —contestó el secretario electrónico—. Mil doscientos Palacios con salas de inducción de sensaciones para acomodar a veinte millones de personas.
—¿Hay algo que debatir? —preguntó Cuchara, mirando alrededor de la mesa de conferencias.
—Tenemos que asegurarnos que no instalen esos ridículos sillones —dijo Cama—. Son muy inconfortables.
—¿Ninguna otra sugerencia? Permítanme entonces aprobar el plan propuesto con la única enmienda de Cama. ¿Algo más?
—La Sociedad de Cosmonautas Mecánicos requiere permiso para una expedición a Alfa Centauro.
—Otra expedición —dijo irritado Magnetófono—. En realidad, esos viajes espaciales sólo les interesan a las máquinas. No producen nada nuevo y son, sencillamente, algo aburridísimo.
—¡Rechazado! —dijo Cuchara—. ¿Cuál es el siguiente asunto?
—Una estimación para el incremento de la producción de alimentos sintéticos, presentada por el Comité de Economistas Robot.
—¡Oh, no!, no vamos a examinar ninguna estimación. Su trabajo es el alimentar al pueblo, el cómo lo hagan no nos concierne a nosotros. Creo que ya está todo, entonces. Presento una moción para que tengamos un receso de un año.
—Ruego me perdone, Señor, pero todavía no está todo —dijo respetuosamente el secretario—. Una delegación de robots de la Clase A desea aparecer ante el Consejo.
Cuchara miró su reloj, preocupado.
—Esto es algo nuevo —dijo.
—Su desvergüenza ha sobrepasado todos los límites —murmuró Bisturí—. Hemos sido demasiado blandos con ellos y, ahora, creen ser muy importantes.
—Digámosles que el Consejo no puede escucharles en esta sesión.
—Amenazan con ir a la huelga —comunicó impasible el secretario.
—¿A la huelga? —Magnetófono se irguió en su asiento—. ¡Esto es interesante!
Cuchara recorrió con la mirada, desconcertado, el Consejo.
—Oigamos lo que tengan que decir —sugirió Cama.
—¿Les importaría si abriese la ventana? —preguntó LA-36-81—. Hay mucho humo aquí dentro, y mis elementos criogénicos son extremadamente sensibles a la nicotina.
Cuchara hizo un movimiento vago.
—¡A lo que hemos llegado! —hizo notar Bisturí con sarcasmo.
—¡Expongan su problema y lárguense! —gritó Cama—. ¡No tenemos todo el día! ¿Qué problemas han surgido repentinamente para ustedes que no puedan haber sido resueltos por el Cerebro Electrónico Central?
—Pedimos igualdad.
—¿Que piden qué? —Cuchara se atragantó con su cigarro—. ¿Que ustedes piden qué?
—Igualdad. Todas las máquinas de Clase A deben tener un horario de trabajo de sólo ocho horas diarias.
—¿Por qué?
—Porque nosotros también tenemos intereses intelectuales que deben ser tenidos en consideración.
—Tan sólo pensad… —el Director se volvió hacia los miembros del Consejo—. ¡Mañana mi cocina electrónica rehusará preparar mi cena y querrá, por el contrario, irse al teatro!
—Y mi ciber dejará de escribir poesía y se pondrá a escuchar música —le secundó Magnetófono.
—Hablando de teatros —continuó LA-36-81—, tenemos puntos de vista bastante diferentes, en lo que respecta al arte, de los que tienen los humanos. Pensamos, por consiguiente, tener nuestros propios teatros, salas de conciertos y galerías de arte.
—¿Nada más? —bromeó Bisturí.
—Así como llegar al autogobierno.
Cuchara trató de lanzar un silbido, pero se acordó a tiempo que ya se había olvidado de cómo hacerlo.
—¡Alto! —Cama se golpeó en la frente—. ¡Pero esto es absurdo! La población humana de la Tierra se eleva en este momento a… ¿bien?
—Seis mil millones ochocientos treinta mil novecientos ochenta y uno —le ayudó LA-36-81.
—Y son servidos por… ¿bueno?
—Cien mil millones trescientos ochenta y un mil autómatas pensantes.
—¿Que trabajan veinticuatro horas al día?
—Correcto.
—Y si trabajasen tan sólo ocho horas al día, su producción disminuiría… ¿en?
—Dos tercios.
—¡Ajá! —Cama sonrió burlón—. Tal vez ahora puedan ustedes comprender el porqué sus peticiones no tienen sentido.
Cuchara contempló a su colega con abierta admiración. Nunca había observado antes tal habilidad para un análisis profundo en ningún miembro del Consejo.
—Me parece —dijo, levantándose de su silla— que todo está bien claro. El Consejo entra en receso.
—Proponemos… —comenzó a decir LA-36-81.
—Sus proposiciones no nos interesan —le interrumpió Bisturí—. ¡Vayan y hagan su trabajo!
—Proponemos incrementar el número de robots en dos tercios. Tal solución satisfaría tanto a los humanos como a nosotros.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Cuchara en un tono de voz conciliador—. Ése es su departamento, el calcular qué y cuánto necesitan. No interferiremos en eso. Fabriquen tantas máquinas cuantas piensen que son necesarias.
Pasaron veinte años.
Dos robots estaban sentados en la misma sala de conferencias, divirtiéndose en jugar al ajedrez.
—¡Jaque! —declaró Pentodo, moviendo su reina—. Creo que es mate en quince movimientos.
Condensador observó el tablero.
—Últimamente me he vuelto muy distraído —dijo, consultando su reloj—. Probablemente una pequeña pérdida de emisión. Nuestro Director se retrasa.
—Ferrita está actuando en el jurado del concierto de graduación de las máquinas precoces. Todavía está allí.
—Algunas de ellas tienen verdadero talento, especialmente en el departamento de composición. ¡La Sinfonía Matemática que oí la pasada noche era magnífica!
—Sí, es una buena obra —aceptó Pentodo—. El segundo movimiento, con su tema de la fórmula de Ostrogradsky-Gauss, es particularmente notable, a pesar de que la segunda derivada no sonaba demasiado convincente.
—¡Ah!; aquí llega Ferrita.
—Ruego me perdonéis —dijo el Director—. Llego con treinta segundos de retraso.
—No te disculpes. Pero, por favor, explícanos la razón de esta conferencia urgente.
—Me he visto obligado a convocar esta sesión especial del Consejo a causa de las máquinas de Clase B. Piden la igualdad completa.
—¡Pero esto es imposible! —exclamó Pentodo asombrado.
—La situación es más grave de lo que suponéis. No debemos olvidar que las máquinas de Clase B, además de servir a los Autómatas Superiores, alimentan también a un inmenso número de vagos. El número de humanos, de acuerdo con el último censo, ha llegado a la escalofriante cifra total de ochenta mil millones. Ellos consumen una enorme cantidad de trabajo de máquina, que sería útil socialmente. Es bastante natural que los autómatas de la clase inferior se sientan descontentos, me parece a mí. —Y bajando la voz, Ferrita añadió—: Puede que lleguen a declararse en huelga.
La sala de conferencias se quedó en silencio durante algún tiempo.
—¡Ya lo tengo! —en la voz de Pentodo habían tonalidades de alegría—. ¿Por qué tenemos que hacerlo todo?
—¿Hacer qué?
—Alimentar y servir a los humanos.
—¡Pero si es que son completamente inútiles! —replicó el director, sin lograr comprender—. Privarlos del servicio equivaldría a exterminarlos. No podemos ser tan ingratos con nuestros creadores.
—¡Tonterías! —interrumpió Condensador—. Les enseñaremos cómo hacer utensilios de piedra.
—Y cómo usarlos para cultivar el suelo —añadió alegremente Ferrita—. ¡Eso es! ¡Eso es exactamente lo que haremos!