«Hola, soy Ricardo. ¿Te acuerdas de mí?.. Bueno, yo sí me acuerdo de ti. Hace doce años nos conocimos. Quería saber qué es de tu vida, podríamos tomarnos un café y conversar. Eso, espero que estés bien. Saludos.».
Paula estaba confundida, sorprendida e intrigada por ese mensaje de Facebook. Claro que recordaba a Ricardo. A veces, ella se preguntaba qué había sido de él todos esos años. Nunca imaginó que él la iba a contactar por ese medio. Había pasado tanto tiempo, y habían pasado tantas cosas desde la última vez que habló con él… bueno, hablar, hablar no fue, más bien ella le dejó una carta en su correo y nunca más intentó comunicarse con él. En fin, el tiempo pasó y doce años transcurrieron desde entonces.
La curiosidad la sedujo y contestó.
«Hola, Ricardo, sí, me acuerdo de tí… perfectamente. Es buena idea la del café, dime cuándo y dónde. Saludos.».
Ella debía reconocer que se había puesto nerviosa, pero su instinto (esa vocecilla que Paula no escuchaba hace doce años, cuando era más joven) le decía que había algo más detrás de la invitación.
Ricardo recibió la respuesta de Paula y la invitó para reunirse ese mismo día. Ella accedió. «Qué bueno, tengo tanto que preguntar», pensó ansioso, pero ya habría tiempo para eso, tenía que retomar sus labores. Se enfocó en el problema que tenía en la pantalla de su computador y continuó con su trabajo, concentrado solo en eso. Después de unos minutos ya no se preguntaba por ella.
Cinco minutos antes de las siete de la tarde, Ricardo estaba esperándola, distraído viendo el Twitter en su teléfono, había llegado hacía cinco minutos al café, y debía matar el tiempo con algo. Le cargaba sentirse observado, detestaba ser el centro de atención para la gente desconocida. Se enfocó en la pantalla… No recordaba si ella era puntual o todo lo contrario, en realidad, en su memoria existía vagamente su rostro y lo bajita que era, también recordó el motivo que lo acercó a ella cuando la conoció. Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando escuchó una voz familiar que le habló.
—¿Ricardo?
Estaba igual, como si el tiempo no hubiera pasado. Debía tener… treinta y tantos, y se veía tal cual como cuando tenía veinti… no lograba acordarse cuantos años tenía ella cuando la vió por primera vez. Sin embargo, se veía más madura, elegante, su cuerpo era casi el mismo, si su memoria no lo traicionaba. Paula, tenía algo en su voz que irradiaba seguridad. Los años no habían pasado en vano.
—Hola, Paula… tanto tiempo —saludó impresionado, sí, el tiempo había sido clemente y generoso con ella.
—Sí, siglos… —concordó ella. ¡Dios!, él sí que había cambiado, estaba… viejo, y eso que Ricardo era un año menor que ella. Ya no quedaba nada del joven delgado del cual ella estuvo enamorada. Estaba frente a un hombre con unos kilos de más, peinado con una horrible coleta y había perdido algo de cabello, «podría sacarse mejor partido», pensó ella, «no era un hombre feo». Ahora sentía lástima, era raro sentir eso por Ricardo.
Pasaron unos segundos en silencio, ella no sabía qué decir, y él no sabía cómo empezar.
—Buenas tardes, ¿desean ordenar? —interrumpió el mesero, un joven muy bien parecido. Paula le dio una sonrisa coqueta y descarada, que él devolvió.
—Un capuccino, si eres tan amable. —El joven anotó en su libreta, ella era simpática y afable, y se prestó para el inocente coqueteo.
—¿Desea algo más, señorita?
—Nada más, por el momento, corazón.
—¿El señor, ahora va a ordenar? —consultó a Ricardo, estaba sorprendido de cómo un hombre como él, tenía una cita con una mujer, como ella. Una MUJER, tal cual, con mayúsculas gritonas.
—Un café cortado por favor —solicitó un poco incómodo por la escena que estaba presenciando, no tenía esa característica de ella registrada en sus archivos mentales… no, ella no era así.
El joven mesero se retiró y los dejó a solas.
—¿Y bien? Tengo mucha curiosidad por saber por qué mágicamente te acordaste de que yo existía —preguntó directa y sin anestesia.
—Bueno… —Ricardo comenzó a arrepentirse de haberla contactado, era una locura todo esto, pero se armó de valor para responder. —Últimamente mi vida ha sufrido cambios drásticos a nivel emocional, y estoy en… terapia… Mi terapeuta, me sugirió hacer una lista de todas las mujeres con las que me he relacionado a lo largo de mi vida, y escribirles una carta ficticia, preguntándoles como fue el haberme conocido… Se suponía que debía encontrar las respuestas analizando mi papel en cada una de ellas. Encontré tonto lo de la carta, prefiero que tú misma me respondas.
Paula estaba anonadada, ella pensaba que ni siquiera debía ser recordada por él. La situación se había tornado absurda y divertida para ella.
—Esto es raro, siento que estoy metida en la película «Alta fidelidad».
—¿Cómo?
—¿No la has visto?, la protagoniza John Cusack. —Él negó con su cabeza. —¡Sacrilegio! —Paula rio a carcajadas. —Lo siento, es que estas haciendo algo parecido al protagonista de esa película, pero no te la contaré.
—Bueno, eres la primera que me ha respondido el mensaje, y aquí estoy…
En ese instante llegó el mesero con la orden solicitada, sirvió el capuccino con una sonrisa cómplice para ella, quien le agradeció con un tono de voz cálido y femenino. Luego le sirvió a Ricardo con seriedad y se retiró.
—Bien, entonces, ¿te cuento mi parte de la historia desde el principio? —ofreció Paula mientras echaba azúcar a su café y revolvía para disolverlo.
—Supongo que es un buen comienzo.
—Ok… —Tomó un sorbo de café, estaba delicioso. —Nos conocimos, porque frecuentábamos el mismo lugar y la misma afición, íbamos a los Juegos Diana de la calle Ahumada. Jugábamos en el mismo simulador de baile. Tú te reunías ahí con tu amigo… ¿Ariel se llamaba?
—Sí, él mismo, aún nos juntamos. —comentó y luego probó un sorbo de su café, le gustaba amargo.
—El me caía mal… —Arrugó su pequeña nariz en un gesto de desagrado. —Una vez me dijiste que te comentó que yo parecía perrito faldero detrás de ustedes. Eso fue cruel… —rememoró sintiendo una punzada en su orgullo. —Pero bueno, eso es harina de otro costal. El asunto es que tú fuiste una de las pocas personas que mostró interés por mí en toda mi vida. En ese entonces tenía veintitrés años y nunca había tenido una relación amorosa. Imagínate como fue para mí que yo te gustara, que yo te interesara… y más contenta estaba cuando me pediste que fuéramos novios. Eso fue algo maravilloso para mí… Incluso, casi tuve mi primera vez contigo, ¿lo recuerdas?
—Ehhhh… sí… yo… yo no creía que eso era verdad cuando me dijiste —afirmó. La culpabilidad estaba asomando su gran cabeza sobre el corazón de Ricardo, era un sentimiento ajeno a él. No sabía cómo lidiar con ello. Estaba frente a una mujer totalmente diferente, no era ni la sombra de la que habitaba en sus recuerdos.
—Te sorprendió mucho cuando lo intentaste y no pudiste entrar, ¿eh? —preguntó socarrona, pero en el fondo, sintió tristeza.
Silencio.
—Siempre me pregunté por qué no insististe en eso —continuó Paula con su relato. —Después de ese episodio, las cosas no fueron iguales y nuestra relación duró solo un mes. Un mes y yo ya te amaba… —dijo melancólica. —Debes comprender que yo no tenía casi nada de experiencia hasta ese momento, eras el primero en todo, y bueno, tú me querías, pero no para amarme. Te abrumé y cortaste «por lo sano» —dijo haciendo el gesto de comillas con los dedos.
—¿Solo un mes duró lo nuestro?, ¿estás segura? —consultó incrédulo. Estaba seguro que ellos habían estado en contacto por más tiempo.
—Irónico, ¿eh?.. Fuiste el primero en romperme el corazón en millones de pedazos. Yo solo quería estar al lado tuyo, aunque fuera siendo una amiga. Ese fue un gran error por mi parte. —Sonrió con un dejo de amargura. —Me autoimpuse una carga que no necesitaba. Pensé en esa época que tal vez, en algún momento, ibas a verme de verdad y mágicamente te enamorarías de mí… Dos años estuve a la siga tuya, preocupándome de ti, pretendiendo ser tu amiga… Me contabas tus cosas, sobre tu relación amorosa un poco tormentosa con una mujer separada, no recuerdo su nombre.
—Yasna…
—Eso, Yasna… ¿Cuánto duraste con ella?
—Un año…
—Un año, supongo que eso fue bueno… Una vez, como un acto desesperado, me ofrecí a ti impúdicamente, y tú accediste, yo creo que por cansancio y lástima… ¡qué sé yo!, y nos encontramos en un motel, no pasó mucho en realidad. Tampoco pudiste quitarme la virginidad esa vez, estabas pendiente de Yasna. Esa fue mi señal de que debía hacer un paso al costado y retirarme con la poca dignidad que me quedaba… La había embarrado, eso debí hacerlo desde un principio, tú tampoco ayudaste mucho… Debiste haber sido más… drástico, cuando rompiste conmigo.
—No recuerdo que haya pasado eso… —«¿De verdad había hecho eso?», se preguntó incrédulo, no podía reconocer cómo fue capaz de sostener algo así, era un error, no podía ser.
—Creo que fui la relación más corta e intranscendental de tu vida… pero para mí fue todo lo contrario. —Paula estaba triste, las emociones vividas en aquellos años comenzaron a flotar a la superficie, lágrimas estaban comenzando a amenazar con salir de sus ojos. Respiró profundo para reprimirlas. —Déjame ver si después de todos estos años tienes algunas respuestas para mí, supongo que merezco algo de sinceridad con eso —exigió con suavidad y algo de temor, presentía que las respuestas que buscaba no le iban a gustar.
—Contestaré con total honestidad. —Aseveró Ricardo con convicción.
—¿Por qué yo, Ricardo?
—¿Recuerdas cómo vestías en esa época y cómo te expresabas?
—No era pecado usar pantalones cortos y camisetas ajustadas —se defendió, se sintió atacada, —y sí, a veces no hablaba bien algunas palabras, «amablemente» tú me corregías algunas veces, en frente de tu amigo. Eso era un poco humillante —recriminó.
—No era mi intención… —intentó infructuosamente excusarse… —Como sea, tú dabas la imagen de ser una niña… fácil, y luego cuando visité la casa de tus padres, antes de que comenzara nuestra relación… Vivías en una villa muy pobre, llena de drogadictos y gente sin educación…
—A ver si entendí… ¿Creías que era una putilla barata por vivir en un barrio pobre, y por eso te metiste conmigo? —Paula no podía creer lo que oía, él estaba siendo brutal con la verdad… ¡era insólito!
—No quise decir eso…
—Debió impresionarte de que yo no era tan ligera de cascos cuando me conociste mejor… —dijo sarcástica. —Ahora me doy cuenta que no eras tan inteligente como yo creía… yo te admiraba… yo te amé. Por eso no quisiste. No ibas a tirarte a la pobre, ignorante y virgen, eso suponía un esfuerzo mayor.
—Estas malinterpretando todo…
—Sé honesto, por favor… ¿Qué querías de mí?
—Sexo y nada más —respondió hundido en la vergüenza de confesar en voz alta las motivaciones que tuvo cuando se acercó a ella.
—Gracias, por responder a la pregunta que me hice millones de veces… —Ella no levantaba la voz, pero su tono era contenido, estaba sobrepasada de las emociones que invadían su corazón. Millones y millones de veces ella se preguntaba y siempre pensó que no estaba a la altura de él, sin embargo, era todo lo contrario y eso le dio algo de paz. —Ahora que lo entiendo, todo tiene sentido. Tú vivías en un barrio pudiente, yo, en uno donde tienes que pagar peaje para cruzar la calle. A tus papis no les hubiera gustado conocerme, una pobretona que quizás qué prontuario policial y sexual tenía… —ironizó. —Te voy a contar lo que sucedió después de haber desaparecido de tu vida.
Silencio. Ricardo, se sentía fatal… Había sido un cerdo clasista y prejuicioso con ella, ahora lo entendía. Tomó conciencia de que él mismo estaba metido en el fango buscando respuestas de sus fracasos amorosos y la respuesta estaba reflejada en las pupilas de la mujer que tenía al frente. Señoras y señores Ricardo era el culpable de su propia desgracia. Esa revelación lo sumió en un mutismo que Paula interpretó como vergüenza.
—Vas a tener que escuchar… Haber botado dos años de mi vida a la basura me hizo entrar en un período malo, depresión le llaman… Para mí fue el comienzo de la época negra nomás. Si contigo fui ridículamente vulnerable, después me volví frágil… tan frágil que la mente y el sentido común desaparecieron… En ese estado me encontró la persona con la que me casé. Esa tampoco fue una buena elección de mi parte. —«pero eso fue culpa mía», pensó ella. —Lo amé mucho, lo adoraba, fue un buen matrimonio, hasta el día que descubrí que me había casado con un mitómano infiel, con una fobia terrible a la paternidad. Así que me convertí en una mujer divorciada a cargo de un hijo recién nacido, y una paupérrima pensión alimenticia.
—Lo siento… —logró articular, estar con ella le estaba resultando difícil, en su corazón y en su mente estaban comenzando a aparecer todos los demonios que no tenía idea que existían.
—No sé si lo sientes de verdad y creo que no me importa si lo haces o no. Fue una consecuencia, una serie de eventos desafortunados que nacieron cuando tu vida se cruzó con la mía. Te relacionaste conmigo simplemente porque pensaste que podías tener sexo gratis con una «pelada» salida de una villa de mala muerte. Me juzgaste mal, muy, muy mal. Yo estaba estudiando con una beca, saqué mi carrera profesional, me desarrollé como persona. He leído un montón de libros… crecí como individuo y mujer. Apuesto que nunca pensaste en que iba a salir de ese barrio. Tal vez pensaste que me iba a llenar de críos de algún delincuente.
—No veía que ibas a tener un futuro prometedor… Cuando intenté tener sexo contigo y me di cuenta de que sí eras virgen… pensé que si te la quitaba… te embarazarías a propósito… y…
—Qué gracioso, me costó tres años concebir a mi hijo… tú no ibas a tener esa suerte conmigo, ni pretendía atraparte. Hace doce años yo solo quería tener una relación amorosa como cualquier otro mortal… Logré tener una relación sana recién hace tres años… fíjate que solo he tenido tres hombres en mi vida, que haya querido entregarme a ti tan rápido no significaba que yo era una golfa. Simplemente era joven, y estaba llena de ganas de tener experiencias nuevas… Solo quería amar.
—Lo siento… perdóname, fui un… —No sabía qué decir, estaba verdaderamente arrepentido, había sido una mala persona, un ser manipulador y egoísta.
—No lo sientas, eso ya pasó hace mucho. Yo no tengo nada que perdonar, me he perdonado a mí misma de las consecuencias de mis actos y errores. Yo… no me interesa nada de tu vida ni quiero que me vuelvas a contactar. Fue extraña y esclarecedora esta cita, pero no deseo que nuestras vidas se vuelvan a cruzar jamás. Solo espero que esto haya servido de algo para ti… Considéralo un acto de ¿redención?, o como quieras llamarlo… Adiós Ricardo.
Sacó de su billetera el valor del capuccino y una generosa propina para el joven mesero. Se levantó de su silla con gracia femenina, y salió de su vida. De nuevo, para nunca más volver.
Ricardo la miró cómo abandonaba el lugar. Paula caminaba a paso seguro, hasta la puerta de acceso del local, justo ahí se encontró con un hombre que llevaba un niño en brazos y la besó con ternura. Ella sonreía, se veía genuinamente feliz. Era una buena imagen para recordar.
Sacó de su bolsillo una lista y tachó su nombre. Era el único que estaba escrito ahí. Comenzó a hacer un recorrido mental por el resto de sus relaciones, anteriores y posteriores a ellas, todas terminaban mal por distintas razones, pero el común denominador era uno, él.
Comenzó a escribir más nombres en el listado… su camino, recién había empezado.