País Relato - Autores

herbert russell wakefield

mirad allí arriba

¿POR qué no dejaba de mirar hacia arriba? ¿Y por qué aquello era algo que tanto molestaba al señor Packard? Este último había ido a Brioni a leer y a descansar, y a reparar lo menos posible en sus semejantes. ¡Órdenes del doctor! Y he aquí que estaba preocupado, obsesionado casi, por la peculiarísima idiosincrasia de aquel hombrecillo con ojos de gallina. Como ejemplar humano no tenía el menor atractivo, pues a una frente alta y retranqueada unía una nariz asombrosamente picuda, y la piel que la recubría era tan tirante que parecía que iba a rasgársele de un momento a otro. Y por si fuera poco, tenía una boca alargada y de labios muy delgados, que siempre estaba ligeramente abierta, y una barba puntiaguda tan rizosa y descuidada como su pelo. Andaba siempre en compañía de un fornido palurdo, un individuo de algún condado del sur, que debía de haberse alistado de guardia de corps. Un plebeyo de faz rubicunda, complexión maciza y movimientos tardos y pesados, que parecía todo un maestro en ese arte tan encomiable que es la afasia, pues hubiérase dicho que de sus labios no había salido jamás una palabra. Pero, eso sí, ¡cielo santo!, ¡qué forma de arramblar con el menú!
El señor Packard era un funcionario público muy importante, y contrariamente a lo que opina el vulgo, los funcionarios públicos trabajan a veces más de lo que deben. Esa idea de que llegan a sus despachos justo a tiempo para almorzar, y vuelven a ellos con el tiempo justo para firmar unas cuantas cartas y coger el tren que los lleva a casa, es una falacia propalada por los periódicos, y, por tanto, por los dueños de periódicos, seres ociosos por regla general, cuya única tarea consiste en propagar ideas y luego contratar a otros para que las pongan en práctica. Ideas puede tenerlas cualquiera; es llevarlas a la práctica, precisamente, lo que implica trabajo. Y el señor Packard tenía ideas, ideas, normalmente, tan juiciosas como admirables, y, por si fuera poco, él mismo era quien tenía que ponerlas en práctica. Y eso significaba trabajo e incluso a veces exceso de trabajo, con el correspondiente riesgo de una crisis nerviosa, la terminante advertencia de un especialista, y, como colofón, tres meses de baja por enfermedad. Le habían recomendado Brioni en el mes de junio porque ese período entre estaciones era el mejor para aquella verde y plácida isla, y ya hacía un sol radiante. Una brisa suave soplaba sobre un mar color violeta, tan violáceo como tibio y salado. Y había un campo de golf con siete agujeros no muy distantes entre sí y unas tarifas razonables. Con su vertiente principal asomada al Adriático, ofrecía todos los alicientes, todas las ventajas imaginables para la rápida convalecencia de un hombre soltero, de cincuenta y dos años, que había trabajado más de la cuenta y que no padecía ninguna dolencia propiamente orgánica. Y el señor Packard pensó que respondía a la descripción hasta que puso los ojos en aquella curiosa pareja: uno que nunca hablaba, pero que no dejaba de llenarse el estómago con gesto estólido, y el otro, tampoco mucho más comunicativo, y cuya visual, desviada siempre hacia arriba, formaba con la pared un ángulo de treinta y cinco grados, como el señor Packard, tras exasperantes cálculos, estimó finalmente. La primera vez que el señor Packard había reparado en él, alzó también instintivamente la vista, y se preguntó qué interés podía tener aquella desnuda pared color de azufre del comedor, vista en un ángulo de treinta y cinco grados. Pero no vio nada. Y, sin embargo, aquel hombrecillo había seguido mirando fijamente a lo alto mientras se tomaba el pescado y bebía su vaso. Y su compañero, aquel tosco proletario, no parecía hacerle el menor caso. Y el señor Packard volvió a mirar hacia arriba en solidaridad, para no ver de nuevo más que la desnuda pared de ladrillo color azufre. Entonces tuvo la idea de que aquella obsesión angular debía venir de antiguo, pues su víctima neutralizaba del modo más experto lo que en otro caso habría supuesto un obstáculo insalvable para una adecuada alimentación, con una impresionante destreza en el manejo de cuchillos, tenedores y cucharas, por más que su apetito pareciera tan menguado como su complexión física.
Tan firme y tan tajante había sido el mandato del especialista que el señor Packard llegó a estar verdaderamente alarmado por sus nervios. Hasta tal punto que incluso barajó la posibilidad de que aquella absurda tendencia a mirar siempre a las alturas no fuese más que producto de su imaginación calenturienta, idea nada halagüeña, pero que descartó con gran alivio por su parte cuando vio que todos los demás componentes del reducido grupo de turistas que había en Brioni estaban tan estupefactos como él por la singular manía de aquel individuo de ojos de gallina.
¡Qué pareja tan incongruente formaban! ¿Y por qué el voraz rústico no miraba también a lo alto o hacía algo para impedírselo? Muy bien, allá cada cual. Lo que se imponía era no prestar atención a algo que no era de su incumbencia y que, desde luego, no formaba parte de su cura.
Si aquel individuo quería seguir con su manía de mirar hacia arriba, allá él. Y así, cuando lo veía, el señor Packard, haciendo un considerable esfuerzo, miraba hacia otro lado. A pesar de todo, empezó a sentir una curiosidad tan torturante como difícil de exorcizar por aquella pareja, sus circunstancias, la relación que los unía, pero, sobre todo, ¿por qué demonios el más pequeño estaba siempre mirando hacia arriba? Consciente de que tales elucubraciones no harían sino retrasar la curación de su maltrecho sistema nervioso, se trazó un meticuloso plan para evitar a la pareja. Cambió el horario de sus comidas, cuando los descubría en una sala se iba a otra, y si los veía venir hacia él daba media vuelta y desaparecía. Valiéndose de tales estratagemas logró librarse mentalmente de ellos hasta cierto punto, pero un rescoldo de curiosidad insatisfecha siguió aún torturándolo en su fuero interno. A pesar de todo, el sol, el aire y la paz de Brioni le hicieron reponerse rápidamente y pronto volvió a dormir de nuevo ocho horas seguidas. Se sintió con un apetito como no recordaba desde hacía veinte años, y aquella sensación de tener siempre a alguien plantado detrás de él, acechándole —síntoma éste particularmente irritante— se disipó de modo tan proverbial como absoluto. Así que, al cabo de un plazo prudencial, empezó a volver mentalmente la vista, lleno de añoranza, hacia un cómodo aunque austero despacho en Whitehall, donde se apilaban en ordenadas pirámides montones de carpetas y de documentos oficiales, cuyo carácter confidencial corría parejo con su importancia. Y hacia aquel agradable paseíto que lo llevaba hasta el club tan puntualmente siempre, a la una, donde lo esperaban un almuerzo ligero, pero cuidadosamente elegido, tal vez una partidita de ajedrez con Lenton, algunos cotilleos, y otra vez un plácido paseo de vuelta al Ministerio del Interior, donde le esperaban de nuevo decisiones que tomar, interpelaciones en la Cámara que analizar, un sentimiento de modesta, pero gratificante importancia, y todo aquel sistema tan regulado, aquel ordenado régimen de vida que tan a la perfección se avenía con su temperamento.
Unas vacaciones en agosto le parecían una debilidad justificable, pero pasarse todo el día cruzado de brazos, en pleno mes de junio, en unas islas verdes y soñadoras, arreboladas por el sol, se le antojaba algo anormal, un paréntesis en su vida que no debía prolongarse ni un segundo más de lo necesario. Siguió allí una o dos semanas, contando los días que quedaban para que sonase la hora de su liberación: liberación de la indolencia, de aquel continuo pasear sin rumbo, y sobre todo de una tendencia a entregarse a vagas e inquietantes conjeturas sobre cierta pareja formada por individuos que nada tenían que ver entre sí, uno que estaba siempre con la vista clavada en las alturas, con una especie de ciega intensidad, y el otro, que nunca despegaba los labios, pero que no se separaba de él ni a sol ni a sombra.
El día antes de su partida, hacia las seis de la tarde, el señor Packard fue dando un paseo por el sendero que se abría entre las encinas hacia la playa de baños y se sentó en un banco desde el que se dominaban los encapotados y sombríos estrechos de la costa de Istria. Sombríos y encapotados porque un ejército de nubes empezaba a arremolinarse en lenta maniobra sobre los Dolomitas y fruncía ya el ceño sobre Trieste. El sol, resistiéndose a dejarse avasallar, lanzaba sus rayos rojo y oro por entre las filas del avance enemigo. El espectáculo poseía una cierta sublimidad sombría, y el señor Packard estaba tan plácidamente absorto en la contemplación de las lentas evoluciones de las fuerzas en pugna que cuando alguien, con voz pausada y bastante estridente, comentó a su lado: «Hay personas que han encontrado en espectáculos semejantes la prueba de la existencia de Dios», se sobresaltó de tal manera que casi se levantó de un brinco de su asiento. Debía de haber estado medio dormido, pues en el mismo banco, junto a él, descubrió que estaba sentada la enigmática pareja, el hombrecillo a su lado y el palurdo, que estaba fumándose una pipa con los ojos fijos en el mar, un sitio más allá. El señor Packard se sintió irritado y cogido por sorpresa, pero sus buenos modales naturales y una cierta curiosidad subconsciente le impidieron replicar con la agria y despectiva observación que estuvo a punto de salir de sus labios. Se limitó a responder secamente:
—La única deidad que debe tener algo que ver con esto es, sin lugar a dudas, Jupiter Pluvius. Imagino que Trieste va de un momento a otro a beneficiarse plenamente de esta tormenta, y dentro de una hora, poco más o menos, nos tocará el turno a nosotros.
—Por su tono —observó el hombrecillo—, juzgo que es usted persona de mentalidad más bien escéptica.
«¿Y qué demonios importa si lo soy o no?», pensó para sí el señor Packard.
—Si lo que quiere decir —contestó— es que no veo por qué razón todo lo que es hermoso hay que atribuírselo a lo que usted llama «Dios», así es. Pues ¿en quién deberíamos hacer recaer entonces la responsabilidad de esos espectáculos bastante menos reconfortantes como son los ofrecidos por las corridas de toros y los campos de batalla? A no ser que sea uno dualista.
—Sí, muy posiblemente yo lo soy —respondió el hombrecillo, con la mirada fija en el sol poniente que en aquel momento desaparecía tras el océano de nubes que avanzaba con paso majestuoso.
—Bien —replicó el señor Packard—, pues no cabe duda de que muy pronto va a tocarle el turno al diablo. En esta región las tormentas no son cosa de broma.
—Creo que tengo mis razones para creer en el diablo —continuó el hombrecillo, mientras se quitaba su gastado sombrero de panamá y lo dejaba en el suelo junto a él. Al oírle decir estas palabras el patán le dirigió una penetrante mirada, y luego golpeó la pipa contra su bota y se puso a llenarla de nuevo con la picadura que sacaba de una cajita de aluminio.
—Ah, desde luego —respondió el señor Packard, a quien empezaba a devorarlo la curiosidad—. Yo he llegado a deducir su existencia por pura lógica, pero por lo que dice entiendo que usted lo ha visto más de cerca.
—Sí —le contestó el hombrecillo, sin apartar los ojos de los contornos de la tormenta que se les venía encima—. Creo que puedo afirmar tal cosa. ¿Le gustaría que se lo contase?
—Por supuesto —le respondió el señor Packard.
—Me alegra oírle decir eso, pues para mí supone un alivio poder hablar con alguien de ello de cuando en cuando. ¿Le dice a usted algo el nombre de Gauntry Hall?
—¿Gauntry Hall? —repitió el señor Packard dudando—. Ese nombre me suena vagamente familiar.
—Era una famosa mansión, muy visitada por el público, que fue destruida por un incendio en 1904. Yo estaba allí aquella noche.
—Ah, ¡ahora me acuerdo! —exclamó el señor Packard—. Un edificio de estilo Tudor de transición, cerca de Leicester, famoso sobre todo por su Galería Larga. ¿Y no había una leyenda que se refería a ella precisamente?
—Sí —replicó el hombrecillo—, y el hecho de que se acuerde usted de tantas cosas ya es un gran tributo a su memoria.
—Oh, en aquella época, cuando estaba menos atareado que ahora, era una persona con gran curiosidad.
—Yo ingresé en Oxford el mismo curso que Jack Gauntry, y en el mismo colegio: Oriel —prosiguió el hombrecillo, mientras sus ojos se entrecerraban y movían, atentos a la tormenta—. En aquellos días yo sentía un vivo interés por el ocultismo. Ahora creo que todo no fue en cierto modo más que una pose, una pose bastante peligrosa. Sabía que había alguna extraña historia referida a Gauntry Hall y me hice el firme propósito de conseguir que Jack me la contara. No era una ambición muy loable, pero yo era entonces joven y alocado, y ya he sido bastante castigado por ello. Nos hicimos grandes amigos y un día se me presentó la oportunidad que esperaba. Una noche, a finales de noviembre de 1896, volvió de cenar fuera y subió a mi habitación a una hora bastante avanzada. Estaba un poco achispado, y con ganas aún de seguir bebiendo. Le llené un vaso bien colmado y finalmente saqué el tema de Gauntry Hall.
»—Tiene gracia que se te haya ocurrido mencionarlo —me contestó—. Precisamente hoy mi familia se ha trasladado en caravana a Londres, como hace todos los años.
»—¿Qué quieres decir con eso de “en caravana, como todos los años”? —le pregunté.
»Tardó un momento en contestar, y me di cuenta de que en su interior luchaban entre sí dos impulsos contradictorios: por una parte, el de desahogar su pecho de aquella obsesión familiar; por otra, el de mantener la boca debidamente cerrada. Así que le serví otro whisky con soda. Se lo bebió de un trago, y entonces, ya algo mareado por los efectos del alcohol, se volvió más locuaz. Vi que el hecho de poder hablar sin trabas de ningún tipo suponía para él un gran alivio. No le estaré aburriendo, ¿verdad?
—Todo lo contrario —le tranquilizó el señor Packard.
—Bien, pues de pronto Jack hizo la siguiente confesión: nadie puede permanecer en la casa el día de Nochevieja.
»—¿Y por qué no?
»—Ah, porque el Coco se pone entonces manos a la obra. De hecho, se supone que nadie se ha quedado en Gauntry el día de Nochevieja desde hace trescientos años. Pero para que no resulte tan llamativo, siempre levantamos el campo la última semana de noviembre. A veces me pregunto si no será todo una tontería. En fin, sea lo que sea, no debería contarte todo esto, pero estoy un poco trompa y aún voy a contarte más cosas.
»Empezaba a sentirme un tanto avergonzado de mí mismo y estuve a punto de decirle que se callara. Pero no llegué a hacerlo.
»—Nadie puede quedarse allí en Nochevieja, pero al día siguiente, por la mañana, el viejo Carrow, nuestro mayordomo —los Carrows llevan a nuestro servicio infinidad de años— entra en la casa, abre todas las ventanas, una por una, y luego vuelve a cerrarlas todas de nuevo. Un trabajo verdaderamente agotador. Todas menos una, la que está en medio del primer piso del ala sur. Y en ésa tiene que colgar un estandarte de seda blanca que se encuentra en la Galería Larga y agitarlo tres veces muy lentamente, y luego… ¿quieres que te cuente lo que tiene que hacer a continuación?
»—No —le respondí, pues comprendí que estaba oyendo cosas que no debía y que si le dejaba seguir, después habría de sentirme profundamente arrepentido—. Calla, calla, y me olvidaré de todo cuanto me has contado.
»Con mis palabras pareció pasársele la borrachera.
»—Así lo espero —me contestó, se levantó y salió de mi habitación. Ninguno de los dos volvió nunca a sacar aquel tema.
»Durante los cuatro años que estuve en Oxford, pasé siempre la mitad de mis vacaciones veraniegas en Gauntry Hall. Era una mansión exquisita, con un emplazamiento soberbio, y sus jardines eran la perfección misma. Pero como usted recuerda esos detalles no necesito describírsela. Sir John y Lady Gauntry eran dos encantadoras reliquias de tiempos menos difíciles, de esa clase de personas que empezó a desaparecer con la introducción de los modernos sanitarios, procedentes de América. Tenían un carácter sumamente ceremonioso, como de otra época; sus modales eran toda una herencia adquirida, y la benévola soberanía que ejercían sobre los siervos y villanos locales un vivo recordatorio de que había algo en el sistema feudal en consonancia con la sociedad. Bien, ahora ya no son más que polvo. Llegué a sentir verdadero cariño por la vieja mansión. El ambiente que allí se respiraba parecía tan plácido, tan imperturbable, tan fuera del mundo, en aquellos largos y deliciosos días de verano, que costaba trabajo creer que pesara sobre ella un curioso maleficio invernal, que, saliendo de su letargo, se mostrara en ocasiones tan malignamente despierto. Nunca se aludía a aquel tema de puertas adentro, pero recuerdo que a menudo me sorprendía a mí mismo mirando a la ventana que se abría en medio del ala sur. Sí, muchas veces me sorprendí a mí mismo con la vista clavada allá arriba. Eso era todo. Al menos eso creía yo, pues una noche, cuando había salido a dar un paseo después de cenar, miré casualmente a aquella ventana y por un instante me pareció ver algo blanco que salía volando y desaparecía. Pero, tal vez, fue sólo una proyección de mis propios pensamientos.
»Y después estalló la Guerra de los Boers, y Jack marchó a ella con el cuerpo de voluntarios de caballería al que pertenecía y halló la muerte a orillas del Modder. El tremendo golpe hizo que la anciana pareja se recluyera de un modo absoluto y ambos murieron, con muy pocos días de diferencia, a principios de 1903. En el interín yo había ido perdiendo toda relación con Gauntry Hall. Y entonces, un buen día, me encontré con Teller, el agente, en la calle y almorzamos juntos. Me contó que la finca había sido arrendada a unos tal Relf, unos nouveaux riches. El joven Relf era hijo de un millonario dueño de una cadena de tiendas en el norte, y estaba casado con una jovencita plebeya. Teller sentía un desprecio infinito por aquellos advenedizos salidos de la ciudad y consideraba su ocupación de Gauntry Hall como una verdadera profanación y punto menos que intolerable.
»—Pero es posible que no se queden allí mucho tiempo —añadió—, pues los muy cretinos se proponen pasar la Nochevieja este año en la casa.
»—¿Qué? —exclamé.
»—Ah, sí —me respondió—, están enormemente ilusionados con la idea. Creí mi obligación advertirlos, pero podía haberme ahorrado la molestia, pues cuando hube dado mi opinión, la señora Relf, esa camarera pizpireta que va pintada como una pequinesa, se dio una palmadita en las rodillas y declaró, lisa y llanamente, que a ella le encantaban los fantasmas, que no creía en ellos ni por asomo, pero que iba a celebrar una fiesta para la ocasión y que le desearía feliz Año Nuevo a todo aquel o aquello que quisiese asistir. Le recordé que se disponía a romper una tradición que había durado por espacio de trescientos años. “¡Pues ya es hora de que se rompa!”, me contestó. Así que me encogí de hombros y no insistí más. ¡Que Dios los coja confesados!
»—Vaya —le dije—, es una de las noticias más interesantes que me han llegado en mucho tiempo.
»—Bueno, y si tanto te interesa, ¿por qué no vas a la fiesta tú también? —me preguntó Teller riéndose.
»—¿Y cómo? No los conozco de nada.
»—Oh, eso no importa. Sienten verdadera debilidad por los títulos nobiliarios.
»Estaba a punto de contestar con un rotundo “No”, cuando me sentí violentamente tentado por aquella posibilidad. Allí estaban aquellos cretinos dispuestos a ver qué había de cierto en aquel turbio y famoso misterio que se remontaba a tiempos antiquísimos. Era una oportunidad única. ¿Peligrosa? Pues probablemente sí, pero a mí la vieja mansión siempre me había mostrado un talante amistoso. Hágase usted cargo, yo era un aficionado entusiasta al ocultismo y se me presentaba una oportunidad gloriosa para la investigación. Si la dejaba pasar nunca me lo perdonaría, ni volvería a sentir el menor respeto por mí mismo. Pienso que, en cierta medida, se hace usted partícipe de mis sentimientos.
—Oh, por supuesto —le contestó el señor Packard—, yo también habría hecho, sin duda, como presumo que hizo usted.
—Sí, acepté.
Mientras el hombrecillo decía esto, el señor Packard notó que el patán le dirigía una mirada de soslayo y al encontrarse con la suya tuvo la impresión de que el individuo trataba de decirle algo que no acababa de entender. ¿Era una advertencia, quizá?
—Sí —prosiguió el hombrecillo—. Acepté. Teller me consiguió una invitación y llegué a la estación de Leicester alrededor de las cinco y media del día de Nochevieja, hace ahora veintitrés años. En el momento en que subí al tílburi que me esperaba y comenzamos a dirigirnos hacia el este, pasando por avenidas bordeadas de sombrías villas, empecé a sentir una tensión nerviosa que iba en aumento a medida que nos acercábamos a Gauntry Hall. Hacía una noche espantosa, con una fortísima ventisca, y a cada yarda que avanzábamos más deseaba no haber ido allí jamás. Sentía en el aire el influjo de Gauntry tratando de repelerme. Me habría vuelto directamente a la estación si no hubiese sido por una sola cosa. En el supuesto de que me echara atrás la historia podía correr de boca en boca, lo que no habría sido muy agradable. A pesar de todo, cuando llegamos a la casa tuve que hacer acopio de todo mi valor para traspasar el umbral. La vieja mansión que siempre me había parecido tan acogedora y amistosa, se me antojaba de pronto hosca y completamente hostil. Me sentía como un traidor, como si mi mejor amigo me hubiese sorprendido en el momento mismo de falsificar su nombre. Era presa de un pánico tal y mis nervios estaban tan crispados que apenas reparé en el resto de los invitados. Recuerdo que éramos diez en total, cinco mujeres y cinco hombres, y todos ellos, por lo que parecía, eran jóvenes, escandalosos y vulgares; tan escandalosos que no me cabía duda de que, previamente, ya habían tomado un buen número de cócteles como los que estaban bebiendo en el momento de mi llegada, y en seguida me di cuenta de que eran tan presas del pánico y estaban tan nerviosos como yo mismo. La casa parecía latir con un ritmo siniestro. Era como si hubiese convocado también al tremendo vendaval, que en seguida se había apresurado a aceptar la invitación soplando con furiosas ráfagas. Al acudir allí aquel día yo había incurrido en su maligna enemistad y con frío y adusto ademán me estaba pidiendo que me fuera. Me dieron mi antigua habitación en el ala este, pero cuando subí a vestirme para la cena sentí como si una fuerza casi material me impidiese la entrada. Tuve que abrirme paso a través de ella como si luchara contra una marea hostil. Vi que habían decidido cenar en el Gran Salón en vez de en el comedor, no sé por qué. A su alrededor corría una balconada, y una de las puertas que se abrían a ella daba a la famosa Galería Larga. Al sentarnos me di perfecta cuenta de que todos estaban aquejados de un agudo malestar espiritual, y cuanto habían bebido, en vez de embotar su sensibilidad ante el oscuro poder que los amenazaba, no había hecho sino debilitar la resistencia que habrían podido ofrecerle. ¿Cuánto cree que tardará en descargar la tormenta?
—Diez minutos más o menos —respondió el señor Packard—. Me sorprende que no lo haya hecho todavía. Debe estar reservando todo su veneno para nosotros.
—En ese caso, creo que, con un poco de suerte, aún puedo acabar de contárselo. No recuerdo si dije una sola palabra durante la cena, pero lo que sí sé es que me hallaba en tal estado de tensión que tenía que aferrarme a mi silla para no salir corriendo del salón. Las mujeres estaban al borde de la histeria, los hombres bebían enfebrecidos, y a medida que avanzaba la noche una confusa y terrible verborrea sin sentido empezó a brotar de los labios de todos ellos. La mujer que se sentaba a mi derecha, y que tenía una voz débil, pero muy aguda, se bebió de repente una copa de champán llena a rebosar, tan de golpe que el líquido se le derramó en parte por la barbilla y por el cuello y gritó: «Bueno, ¿y cuándo va a empezar esto?», y acto seguido prorrumpió en histéricas carcajadas. Nadie se movió de la mesa, y desde las diez y media en adelante Relf no cesó de levantarse y tocar el timbre, pero ningún sirviente hizo acto de presencia. «¿Dónde están esos malditos esclavos?», chillaba cada vez mientras volvía tambaleándose a la mesa y se llenaba su copa de nuevo. A partir de las once y media ya no fui dueño de mí mismo. El salón estaba lleno de un humo denso, cuyas volutas adoptaban en su ascenso las formas más fantásticas. La presión resultaba ya insoportable, mi resistencia hizo crisis de pronto, salí corriendo del Gran Salón, subí a mi habitación y me eché en la cama temblando de miedo. A mis oídos llegaba la enloquecida y caótica verborrea del grupo que había dejado abajo, y entonces una gran campana empezó a dar las horas. Una, dos, tres… Cada una de las potentes campanadas seguía con tal sonoridad a la precedente que aquel infame estrépito casi parecía un único e indivisible sonido. Era como si un asesino me estuviera golpeando el cerebro con un martillo. De pronto cesó; de abajo no subía ningún ruido y después se oyó un grito agudo y desgarrador de mujer: «¡Mirad allí arriba!», y entonces todas las luces de la casa se apagaron.
»Bien, cuando tal cosa ocurrió me puse a buscar a tientas en la habitación mi linterna eléctrica. Gracias a Dios di finalmente con ella, pues pienso que si no la hubiese encontrado habría sufrido aún más de lo que ya sufrí. Bajé tambaleándome por las escaleras, entré en el Gran Salón y dirigí la luz de mi linterna hacia la mesa. Todos estaban sentados en actitud rígida, mirando hacia arriba con los ojos clavados en la puerta que daba a la Galería Larga. Fui mirando detenidamente sus rostros uno por uno. Tenían los ojos abiertos como platos, con las órbitas vueltas hacia dentro como si miraran de soslayo, sus bocas estaban abiertas y sus labios llenos de espuma. Y entonces enfoqué mi linterna hacia arriba, hacia la puerta que conducía a la Galería Larga, y allí… y allí…
El ejército de nubes había avanzado tanto que ya se cernía amenazadoramente sobre ellos. Dos grandes cuernos de vapor lo precedían marchando a grandes zancadas. Mientras que el hombrecillo exclamaba «y allí… y allí», un relámpago cegador saltó de una nube a otra y sus llameantes y ensortijados tentáculos se precipitaron sobre ellos, o al menos eso le pareció al horrorizado señor Packard, y el estampido del trueno que rasgó el aire un instante después lanzó sus ecos por toda la redondez de la tierra. Y a continuación, con renovada furia, la tormenta se lanzó al ataque. Y entonces el hombrecillo se puso en pie de un salto, alzó los brazos al cielo y, como en los estertores de la agonía, empezó a gritar con todas sus fuerzas: «¡Mirad allí arriba! ¡Mirad allí arriba!». El señor Packard hizo un movimiento hacia él, pero en un segundo el patán ya lo tenía sujeto por los hombros. «Déjemelo a mí», gritó como desafiando a los truenos. «Yo sé lo que hay que hacer.» Y empezó a llevarse al hombrecillo dándole empellones. Con la regularidad de un horrible mecanismo el hombrecillo abría los brazos a cada paso y chillaba: «¡Mirad allí arriba!», y un momento después doblaban un recodo y desaparecían, y los gritos fueron oyéndose cada vez más lejanos. Por unos instantes, el señor Packard se quedó mirando también al cielo, pero cuando un nuevo relámpago hirió el mar como una lanza de fuego, volvió en sí, se subió el cuello de la chaqueta y echó a correr bajo una lluvia cegadora de vuelta al hotel.