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I
Mi mayordomo, Stephen Penn, quien gobierna toda la servidumbre de mi residencia en Santo Tomás, no era, estrictamente hablando, un natural de esa ciudad. Penn provenía de la vecina isla de San Juan. El suyo es uno de aquellos antiguos apellidos de las Indias Occidentales; empero, no quedan ya en esas islas miembros de la raza caucásica que pudieran llevar ese honorable nombre.
Es cierto que los viajes de Stephen no se habían limitado a la travesía desde San Juan (incidentalmente, es este el escenario de La Isla del Tesoro, de R. L. Stevenson), que se encuentra a poco más de una jornada en bote de remos desde la capital de las Islas Vírgenes. Stephen había llegado “más allá de las islas”, lo que significaba que había llegado nada menos que a Trinidad o, quizá, a la Guayana Inglesa, después de atravesar la gran extensión de la que sobresalen los que un día fueran cráteres de montañas, inundadas por algún formidable cataclismo. Dicha extensión es conocida por el “Arco de Ulises”, que sin duda le adjudicó un antiguo geógrafo dotado de excelente imaginación. La odisea del humilde Penn se efectuó a causa de su amor por los barcos. Había tenido diversos empleos a bordo, y su preciso conocimiento de las funciones de un mayordomo le había sido impartido por varios capitanes de grandes yates particulares.
Durante aquella especie de preparación para el trabajo que desempeñaría durante el resto de su vida, se había hecho Stephen de muchos amigos. Uno de ellos, negro, de unos treinta años, alto, esbelto y de tez amarillenta, era Bruto Hellman. Como Stephen, Bruto se había establecido en Santo Tomás, y tenía el empleo de mayordomo. Por cierto, había sido Stephen quien lo persuadiera a abandonar su nativa Antigua Británica para probar suerte en los Estados Unidos, en las Islas Vírgenes. El propio Stephen le había conseguido su primer empleo en Santo Tomás en la casa de un oficial de marina.
Stephen aún se sentía, hasta cierto punto, responsable de la suerte de aquel viejo amigo; cierta vez, el patrón de Bruto cayó enfermo repentinamente; fue trasladado por el Departamento Naval, y Bruto perdió su empleo, en pleno invierno. Stephen se presentó ante mí en demanda de colocación para su amigo Bruto, “por el cuarto y la comida”, en tanto conseguía otra plaza.
Acepté. Sabía que Bruto era un magnífico sirviente. Me alegré de poder ayudarlo, y de ganarme la gratitud del eficientísimo y siempre servicial Stephen; por otra parte, me encantaría añadir a la reducida servidumbre de mi aposento de soltero un elemento tan útil. Dije que le pagaría algo más considerable que la remuneración solicitada, y Bruto Hellman vino a añadir sus servicios a los del admirable Stephen. Durante aquella temporada tuve un personal de primera, y nunca hubo ocasión de lamentar lo que mis dos sirvientes llamaban “mi gran generosidad”.
Bruto Hellman se trasladó con todas sus humildes propiedades a una de las cabañas de la sección reservada a los sirvientes, que ocupa una parte del patio empedrado de mi casa. No mucho tiempo después, tuve una nueva oportunidad de hacer algo por él. Una vez más, fue Stephen quien me explicó el problema de su amigo. Al parecer, Bruto necesitaba de una leve intervención quirúrgica; ambos habían hablado largamente acerca de aquello y finalmente habían decidido pedirme a mí, su patrón, que hiciera los trámites necesarios.
Accedí, y fui a ver a mi amigo, el doctor Pelletier, jefe de los cirujanos del hospital de nuestra estación naval, y considerado en los círculos marinos como el mejor de todo el cuerpo médico. No me había yo informado acerca de la naturaleza de la dolencia de Bruto. Stephen había insistido en que se trataba de algo sin importancia, y eso fue todo lo que mencioné al doctor Pelletier.
Es muy probable que si el doctor Pelletier no se hubiera ido a Puerto Rico el jueves de esa semana, nunca se habría escrito esta narración, que testimonia de uno de los hechos más curiosos de que me haya yo enterado en mi vida. Si el doctor Pelletier, cuya atención estaba concentrada en la partida de su buque a las once, no hubiese salido de la sala de operaciones en cuanto hubo terminado con Bruto, unos minutos después de las ocho de ese jueves, y no hubiese dejado a su asistente el trabajo de vendar la pequeña herida abierta en la ingle de Bruto, nunca hubiera ocurrido el increíble asunto al que solo puedo describir como la persecución del infortunado Bruto Hellman.
El miércoles, al filo de las dos de la tarde, había yo telefoneado al doctor Pelletier para pedirle que operara a Bruto.
—Mándemelo al hospital esta misma tarde —había contestado Pelletier—. Lo examinaré a eso de las cinco, y si hay necesidad de operación, lo operaré mañana a primera hora, pues a las once saldré para San Juan, donde pasaré una semana.
Le di las gracias y, disponiéndome a dormir la siesta, subí las escaleras, no sin antes dar a Stephen el recado para Bruto, quien, una hora más tarde, salió rumbo al hospital, donde permaneció hasta la tarde del domingo siguiente. Según nos informó a su regreso, se hallaba totalmente repuesto de la operación. Había sido en realidad una cosa muy sencilla; simplemente se le había extirpado una especie de protuberancia. Y cuando subió a anunciar la cena y me encontró leyendo en la galería, me agradeció la parte que había yo tenido en su completa curación.
II
Fue la mañana de aquel sábado, víspera del día en que volvió Bruto, cuando descubrí algo muy extraño en un oscuro rincón del patio, precisamente en el extremo del muro común a las tres cabañas que ocupaban el lado norte. Esas cabañas se hallaban desocupadas, excepto la que quedaba en el extremo que daba al este. Era esa la que habitaba Bruto Hellman. Stephen Penn, como el cocinero, la lavandera y la criada, vivía en la ciudad.
Había yo estado examinando el patio, cubierto por un antiguo empedrado. Me pareció que estaba en excelentes condiciones: desherbado, barrido recientemente y bien limpio. Los tres cubículos de piedra destinados a la servidumbre habían sido blanqueados hacía poco tiempo, y brillaban al sol matinal. Contemplé, satisfecho, aquella parte de mis propiedades, pues me agradan el orden y la limpieza. Eché una mirada a los estrechos espacios que separan las casitas de dos habitaciones. No había una sola telaraña a la vista. Fui entonces a echar una ojeada por la esquina del este de la cabaña de Bruto Hellman, donde se abría un estrecho pasaje entre la casa y una elevada pared de antiguo ladrillo holandés; allí, ya cerca de la pared del norte, descubrí en el suelo lo que, a primera vista, creí que era un juguete que algún niño hubiese arrojado por encima de la pared trasera de las cabañas.
Parecía ser una casa de muñecas que hubiese caído en pie. Su aspecto era parecido al de esas antiguas y extrañas colmenas que aún pueden verse en las tradicionalistas Antillas Menores. Pero no podía ser una colmena; era demasiado pequeña.
Aquello despertó en mí una ligera curiosidad. Me interné por el pasaje y contemplé de cerca aquel objeto extraño. Desde donde me detuve, me pareció realmente digno de llamar la atención. Pues aunque hecha de una manera un tanto primitiva, era la reproducción exacta de la choza de una aldea africana, circular, con su techo de paja cónico. Me pareció que la paja provenía del extremo de alguna escobilla hecha de varitas atadas alrededor de un palo. Los “aposentos” de la casita eran una mezcla confusa de varitas redondas, en medio de las cuales reconocí los restos de tres lápices y el mango roto de un cepillo de dientes. Estos detalles pueden indicar al lector el tamaño del objeto, y justificar mi opinión de que se trataba de un juguete hábilmente hecho. ¿Cómo había ido a parar a mi patio tal cosa? Si no había sido por encima de la pared, era aquel un pequeño misterio, aunque carente de importancia. La pequeña choza no mediría más de unos veinte centímetros, desde su piso hasta la punta de su techo cónico. Su diámetro sería de unos veinticinco o treinta centímetros.
Mi primer impulso fue recogerlo, examinarlo más de cerca, y luego arrojarlo en el cesto de alambre que siempre se encuentra en otra esquina del patio, y en el que Stephen guarda todos los papeles y desechos que luego quema, a frecuentes intervalos. Llegué a la conclusión de que aquel era indudablemente un juguete olvidado, que nada tenía que hacer en mi limpio patio. De pronto, me acordé de un negrito, hijo de la lavandera. Era un niño muy pequeño, taciturno, de tez negra brillante, y de unos seis o siete años, a quién a veces había visto jugar silenciosamente en el patio, mientras su madre, una mujer robusta, se afanaba sobre el cubo de lavar colocado sobre un banco, cerca de la puerta de la cocina, donde la buena mujer podía conversar ininterrumpidamente con el cocinero.
Me guardé entonces de recoger la casita. Seguramente, aquella era una preciada posesión del negrito. Pensé entonces en dar una sorpresa agradable al pequeño Esculapio (creo que se llamaba así); saqué de mi bolsillo una moneda de un real (el equivalente de diez centavos), y traté de introducirla en la casita, por una entrada baja y redonda.
Me agaché, empujé la moneda por la puertecilla y, al hacerlo, noté que algo se movía en la casita, y sentí furiosos mordiscos en la yema del pulgar y el índice.
Naturalmente, aquello me sobresaltó; retiré la mano precipitadamente, y me enderecé. ¡Un ratón allí, quizá una rata! Observé entonces mis dedos. No había ninguna señal en ellos. Ni siquiera la piel estaba partida. Por fortuna, los afilados dientes del roedor no habían logrado hincarse en mi mano cuando el animal se lanzara contra mí, en venganza por haber violado su intimidad. Bastante sorprendido, salí del callejón al patio abierto y soleado, un poco perturbado por aquel insignificante contretemps, y dispuesto a llamar a Stephen, a fin de que él se encargara de que no quedase ningún repugnante roedor en la casa para cuando el pequeño Esculapio volviese por su juguete.
Pero al llegar a las escaleras de la tenaza, vi que el automóvil de mi amigo, el coronel Lorriquer, se detenía frente a la casa y, apresurándome a saludar a mis tempraneros visitantes y más tarde aceptando la invitación de la señora Lorriquer a cenar y a jugar al bridge en su casa aquella noche, olvidé por completo la pequeña choza y su desagradable morador.
No volví a acordarme de ello hasta varios días después, en la noche en que mi propiedad sería teatro de uno de los hechos más inexplicables, aterradores e inimaginables de que haya yo tenido noticia.
III
La terraza de mi casa era un sitio muy agradable para sentarse por las noches, excepto en cierta época de la primavera durante la cual ciertas polillas de las Indias Occidentales aparecen por minadas y, durante algunas semanas, hacen imposible permanecer al aire libre en cualquier sitio iluminado y no protegido por una red.
Sin embargo, aún faltaba mucho para la llegada de las polillas en los días a los que voy a referirme. En la noche de aquel domingo en el que Bruto Hellman regresó del hospital, un grupo de cuatro personas, yo entre ellas, ocupaba la terraza.
El otro hombre era Arthur Carswell, recién llegado de Haití, para una visita corta. Las dos damas eran la señora Spencer, hija del coronel Lorriquer, viuda, y una amiga suya. Hacía una hora que cenáramos en el Grand Hôtel, invitados por Carswell, y después de tomar café en mi casa, permanecíamos al aire libre en la terraza, para respirar un poco de aire puro, en aquella noche cálida y sofocante. Permanecíamos en nuestras sillas, platicando tranquilamente, de una manera un poco deshilvanada. Sin que nadie se atreviese a decirlo, todos sentíamos desgano de entrar para la proyectada partida de bridge.
Según recuerdo, eran cerca de las nueve de la noche; la noche, como ya he dicho, era cálida y muy tranquila. Arriba, en un luminoso cielo color índigo, sin nubes, brillaban, enormes, las estrellas del trópico. Un intenso aroma de jazmines blancos y tuberosas daba al aire una cálida fragancia. Ni un sonido rompía la quietud exquisita y perfumada del ambiente; si acaso, se oía de vez en cuando algún lánguido comentario hecho por alguno de nosotros.
Y, de pronto, sin el menor aviso, y de manera tan súbita que Carswell y yo nos pusimos en pie, la exquisita perfección de la noche fue rota brutalmente por un espantoso y largo grito de mortal terror.
Aquel grito fue el principio de lo que ahora, cuando recuerdo los días que siguieron, me parece uno de los períodos más aterradores y extenuantes de una vida no exenta de aventuras. Por esos días, inventé una frase, que recuerdo aún, descriptiva de tales días. Era “el Reino del Terror”.
Carswell y yo bajamos precipitadamente las escaleras de la terraza, en la dirección de la que partiera el grito, y atravesamos el patio, hacia las cabañas. Como ya lo he explicado, solo una de ellas estaba ocupada: la de Bruto Hellman. En el momento en que doblábamos la esquina de la casa, una tenue luz, la del quinqué de Bruto, apareció a la entrada de la cabaña. Era una ancha franja vertical iluminada. Hacia allí corrimos; empujamos la puerta, y penetramos en el interior.
El quinqué, recientemente encendido, humeaba; su tubo de cristal se hallaba inclinado como si hubiese sido puesto a toda prisa, y su luz iluminaba pobremente una escena extraña.
Sentado en la orilla del lecho y doblado sobre sí mismo, se hallaba Bruto. Los cobertores yacían amontonados a los pies de la cama, donde él los arrojara. Entre el humo y a la escasa luz, su rostro era de un color grisáceo y sin vida; su espalda estaba curvada, y sus manos rodeaban apretadamente sus canillas. Y de entre esas manos crispadas, un continuo reguero de sangre manchaba la blanca sábana que colgaba sobre el borde de la cama y se extendía debajo de ella. Un pequeño charco empezaba ya a formarse en el suelo embaldosado de la cabaña.
Bruto, gimiendo de una manera lúgubre, se mecía hacia atrás y hacia adelante, mientras se apretaba la pierna. El quinqué seguía humeando, lo que viciaba el aire más aún, mientras, de una manera que parecía incongruente, entraban, por la puerta que abriéramos, bocanadas de aroma de las flores tropicales, que se mezclaba de una manera indescriptible con el olor acre y sofocante que producía el pabilo del quinqué.
Carswell avanzó resueltamente hacia la lámpara, colocó bien derecho el tubo de cristal y bajó la llama. El quinqué dejó de humear, y el aire de la cabaña empezó a despejarse, mientras Carswell se volvía y abría de par en par los postigos de la ancha ventana que Bruto, como la mayoría de los negros, cerraba todas las noches, para evitar el “aire de la noche”.
Yo concentré mi atención en el hombre, y para cuando el aire se hubo aclarado un tanto, había yo logrado hacerle reclinarse, y con una gran tira que arranqué de una sábana, me ocupaba en vendar la herida, pequeña pero profunda y alarmante, que tenía en el músculo inferior de la pierna, precisamente en la cara externa de la pantorrilla. Apreté fuertemente la improvisada venda, y aquel reguero de sangre cesó. Bruto, que probablemente había recobrado la lucidez gracias a esta oportuna ayuda, dejó de gemir, y volvió hacia mí su rostro ceniciento.
—¿Lo vio usted, señó? —me dijo, y se mordió uno de sus temblorosos labios.
No presté ninguna atención a esta pregunta; de hecho, apenas la oí. Estaba muy ocupado en tratar de contener la hemorragia. Bruto había perdido ya una cantidad de sangre considerable, y mi tosco vendaje no tenía otro objeto que el de evitar que siguiera desangrándose. En vez de responder a la pregunta de Bruto, me volví hacia Carswell, que, habiendo abierto la ventana, permanecía en pie, inmóvil, dispuesto a ayudar según su eficiente manera.
—¡Vaya al cuarto de baño, Carswell, y tráigame del botiquín dos rollos de vendas y un frasco de tintura de mercurocromo!
Carswell salió a toda velocidad para cumplir con el encargo, y yo permanecí en cuclillas, oprimiendo con ambas manos la pierna de Bruto por encima del vendaje. Entonces, el negro repitió la pregunta, y esta vez presté atención a sus palabras.
—Ver... ¿qué, Bruto? —inquirí y, creo que por primera vez, lo miré a los ojos. Hasta aquel momento solo había atendido al vendaje.
En aquellos ojos vi el más absoluto terror.
—Eso —me respondió Bruto—. La cosa, señó.
Me senté en el borde de la cama y lo contemplé fijamente. Como es natural, aquello empezaba a intrigarme.
—¿Qué cosa, Bruto? —pregunté, en voz baja, en un tono casi acariciador, pues mi sirviente estaba poseído por un terror tal que me pareció que, por el momento, debía tratarlo como a un niño.
—La cosa que me atacó, señó —dijo Bruto.
—¿Cómo era? —pregunté—. ¿Crees que esté aún aquí, en tu casa?
Al oír aquello, estuvo Bruto a punto de desmayarse. Sus ojos se torcieron y el iris se les hizo casi imperceptible; se estremeció como si un violento escalofrío hubiera pasado por su cuerpo, de la cabeza a los pies. Solté su pierna. Estaba seguro de que la sangre dejaría de manar bajo aquel apretado vendaje. Recogí las colchas, metí debajo de ellas al pobre Bruto y lo arropé bien. Tomé sus flojas manos y las limpié cuidadosamente. En aquel momento apareció en la puerta Carswell, de regreso, llevando en las manos el equipo de primeros auxilios. Sin decir palabra, lo depositó en la cama, a mi lado, y se quedó contemplando a Bruto, mientras sacudía ligeramente la cabeza. Me volví entonces hacia él.
Levanté de los cojines la cabeza de Bruto; sus dientes castañeteaban de tal manera que podía oírseles en todo el cuarto. Cuando empezaba yo a echar unas gotas de coñac entre sus labios, de debajo de la cama salió un ligero ruido, como de algo que se desliza, y algo parecido a un animal pequeño y negro, de tamaño parecido al de una mangosta, atravesó a todo correr el espacio que separaba la cama de la puerta, y desapareció en la oscuridad. Sin decir palabra, Carswell echó a correr en su seguimiento, torció hacia la izquierda, y pasó a toda velocidad frente a la ventana abierta. Yo terminé de vaciar la copa de coñac entre los labios de Bruto, coloqué su cabeza sobre los cojines y salí precipitadamente de la casa. Carswell se hallaba en el extremo de las tres cabañas, y su linterna escudriñaba el estrecho pasaje en que yo hallara la diminuta choza. Corrí detrás de él.
—Por aquí saltó —dijo Carswell, lacónico.
Me detuve junto a él, en silencio, y apoyé una mano sobre su hombro. Carswell no dejó rincón ni hendedura sin iluminar con su linterna. Pero no había un solo ser vivo a la vista. Era evidente que aquello había logrado volver a alguna de las cabañas y se había ocultado en su escondite, para lo que posiblemente había tenido que saltar un elevado y áspero muro. Por fin, Carswell hizo bajar su linterna, e iluminó el juguete en forma de choza, que aún estaba en el pasaje.
—¿Qué es eso? —preguntó—. Parece ser un juguete... Acaso...
—Eso creí yo cuando lo descubrí —repliqué—. Supongo que pertenece al hijo de la lavandera.
Nos internamos por el pasaje, que no era lo suficientemente ancho para que pudiéramos ir uno al lado del otro. Carswell avanzaba detrás de mí. Con el pie, di vuelta a la pequeña choza. Nada había en su interior. Creo que tanto Carswell como yo habíamos pensado simultáneamente en la posibilidad de que aquel fuese el escondrijo del ser. Pero no fue así. El ser, mangosta o lo que fuera, había escapado limpiamente.
Volvimos a la cabaña, y hallamos a Bruto recobrándose de sus temblores. Su mirada era más calmada ahora. Se había coagulado la sangre alrededor de aquella horrible mordedura pues no cabía duda alguna de que era una mordedura: podían verse las inconfundibles huellas de unos dientes en sus bordes. La hemorragia había cesado. Limpiamos con mercurocromo toda la parte herida, y luego yo coloqué tres rollos completos de una venda de ocho centímetros de ancho alrededor del tobillo herido. Después de dar ánimo a Bruto y de tratar de tranquilizarlo, lo dejamos solo, sin apagar las luces, según nos lo pidiera, y volvimos al lado de las damas.
Por una razón o por otra, nuestra partida de bridge resultó desagradable; las damas estaban muy nerviosas por el susto recibido antes en la terraza, y nos apresuramos a concluir. Carswell llevó a su casa a la señora Spencer, y yo descendí la colina con la señora Squire, hasta el Grand Hôtel, donde se alojaría durante todo el invierno.
Faltaban aún algunos momentos para la medianoche cuando volví, después de subir lentamente la colina, hasta mi casa. Durante todo el trayecto no había dejado de pensar un momento en el incidente. Decidí ir a ver a Bruto Hellman antes de ir a acostarme, pero antes subí a mi dormitorio, cargué una pequeña pistola automática y bajé con ella hasta el patio. En la cabaña de Bruto ardía aún la luz, Mi sirviente estaba despierto, pues respondió inmediatamente al tocar yo a su puerta.
Entré y hablé con Bruto durante un breve rato. Le dejé la pistola, que él colocó cuidadosamente bajo sus cojines. Ya junto a la puerta, me volví y le dije:
—Sea lo que sea esa cosa que te atacó, Bruto, ¿cómo supones que entró aquí? Todo estaba bien cerrado.
Bruto me contestó que en eso había estado pensando, y que la conclusión a que había llegado era que “la cosa” se había ocultado en la cabaña antes que él se retirase a su cuarto y cerrase la puerta y la ventana. Me expresó su inquietud por el hecho de que la ventana estuviera abierta, tal como Carswell y yo la habíamos dejado.
—Pero hombre, debes respirar aire fresco durante el sueño. No creo que te guste estar encerrado en un cuarto como los de los peones que trabajan en el campo, ¿verdad? —le dije, bromeando.
Bruto sonrió.
—No, señó —repuso lentamente—. No crea el señó que tenga mieo e lo que hay en los árboles. Más bien, creo que lo llevamos en la sangre, señó. ¡Yo encerrarme por instinto! Además, señó, ahora que esa cosa atacarme, quizá mejó cerrá bien la ventana. Entonce, esa cosa no poder entrá a morderme.
Aseguré a Bruto que la más ágil de las mangostas difícilmente podría subir por la blanqueada pared exterior y llegar a la ventana. Bruto sonrió, pero hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—Eso no ser mangosta ni rata, señó —dijo, acomodándose bajo las desgarradas sábanas.
—¿Qué crees que es, entonces? —le pregunté.
—Solo el Buen Dios saberlo, señó —respondió Bruto, enigmático.
IV
Creo que había atravesado la mitad del patio, de regreso a mi habitación, cuando llegó hasta mis oídos uno de esos rumores de chillidos y gruñidos apagados que, según John Mansfield, presagian una tragedia zoológica bajo los setos de todo campo inglés en las noches de luna de verano. Algo —un breve y mortal combate, motivado por el celo o por el hambre, entre dos pequeños animales— estaba desarrollándose en las cercanías. Me detuve a escuchar, con un oído que se había agudizado ya desde lo que ocurriera en la cabaña de Bruto. Al acercarme, cesaron bruscamente los chillidos de los animales que luchaban. Por lo visto, uno de los combatientes había perdido la pelea. Un rumor de gruñidos subsistió durante algunos instantes; sin que yo supiera por qué, aquello me hizo estremecer. Los sonidos eran bajos, típicos de bestias, completamente normales. Y, sin embargo, había en ellos algo tan aterrador, a pesar de lo pequeño de la fauna común de las Indias Occidentales, que me hizo detenerme. ¡Pude sentir el principio de un calosfrío que recorría mi espalda bajo mi chaqueta de dril blanco!
Me volví, casi podría decir que atraído en cierto modo contra mi voluntad, hacia la escena del combate. Los gruñidos habían cesado, y entonces, en la perfecta quietud de aquella perfumada noche de luna, llegó hasta mis oídos un leve sonido, más horrible aún: el de algo que despedazaba carne. Era algo espantoso, casi insoportable. Volví a detenerme, confieso que un poco vacilante, pudiendo apenas dominar mis nervios. Estaba vuelto hacia la dirección en que sonaran aquellos ruidos de carne desgarrada. ¡Todo estaba en un silencio absoluto, mortal!
Me acerqué entonces al lugar preciso en que se oyera la lucha de aquellos pequeños seres, y mi linterna enfocó la esquina del patio contiguo al pasaje.
Casi inmediatamente descubrí a la víctima, y me pareció, aunque no pude cerciorarme de ello, que en el borde mismo del círculo luminoso había entrevisto la figura del vencedor, que huía. El vencido no era nada extraordinario: su cuerpo, aún palpitante, era el de una grande y robusta rata. Yacía bien a la vista, y su sangre fluía, formando un charco entre las lajas a su alrededor. Era aquel un espectáculo bien desagradable. Sin embargo, la examiné con curiosidad. En efecto, aquella criatura había sido víctima de un ataque despiadado. Su cuello estaba despedazado, y había sido destripada, casi abierta por la mitad, de una manera horrible. Regresé a la cabaña de Bruto, entré en ella y, de una pila de periódicos que había sobre la mesilla de noche, tomé uno. Dediqué una sonrisa amistosa a Bruto y, con el periódico en la mano, volví al sitio de la pelea. Se me había ocurrido una idea. Dejé el papel en el suelo, y de un puntapié eché el cadáver de la rata encima. Luego recogí el periódico y llevé la rata muerta a la cabaña de Bruto. Encendí la lámpara y dejé el periódico a un lado de la cama.
—¿Sería este el animal que te atacó, Bruto? —pregunté—. De ser así, creo que has sido vengado bastante bien.
Bruto sonrió y echó una ojeada al animal destripado. Luego dijo lentamente:
—No, señó. No era rata lo que me atacó, señó. Vea nomá esa garganta. ¡Casi la degolló limpiamente! Pero no es esta, señó. Pero por la apariencia de esa garganta, yo diría que el hocico que me mordió la pierna fue e mismo que destrozó esa rata.
Y, en realidad, aquella opinión de Bruto me pareció muy bien fundada.
Volví a envolver en el periódico a la rata, me despedí nuevamente de Hellman, y salí llevando conmigo el pequeño cadáver, que arrojé a un bote de basura, que vacían todas las mañanas. Luego me fui a la cama.
A la mañana siguiente, a las seis y tres minutos, fui arrancado de mi cómoda cama y de mi profundo sueño por una serie de disparos hechos con la pequeña automática que dejara a Bruto. Me levanté de un salto, me envolví en una bata; a toda prisa me puse unas sandalias y bajé corriendo las escaleras, casi antes de que el sueño hubiese abandonado mis ojos y mi cerebro. Salí a toda carrera por la cocina, que me ofrecía el camino más corto, y estaba ya en la cabaña de Bruto antes que la pistola, ya descargada, que mi criado aún sostenía en la mano, apuntada hacia la ventana, hubiese dejado de humear. Mis primeras palabras fueron:
—¿Le atinaste a eso, Bruto?
(No sé por qué, al pensar en aquel ser, se me venía a la boca la palabra “eso”.)
—Sí, señó —respondió Bruto, bajando la pistola—. Creo que alcancé a herirlo. ¿Quiere ver en el marco de la ventana? Me pareció ve un poco de sangre.
Hice lo que Bruto me pedía, y descubrí que la puntería de Bruto era mejor de lo que había yo supuesto cuando le dejara el arma; aunque a decir verdad, había disparado las siete balas y solo una de ellas había dado en el blanco. Una diminuta gota de sangre podía verse en el alféizar, pintado de blanco. Fuera de ello, no había ninguna huella del extraño agresor. No descubrí ningún rastro, por más que, valiéndome de mi linterna, busqué minuciosamente. La pared exterior, recién encalada, era de una blancura perfecta. A menos que “aquello” tuviese alas... De pronto, algo chocó contra mi frente. Era una cosa ligera y delicada. Instintivamente, levanté una mano, que tropezó con algo parecido a una cuerda. Encendí la linterna, y vi entonces un delgado trozo de liana. Tiré de ella. Estaba firmemente sujeto en algún sitio por encima de mi cabeza. Salí entonces al patio, llevando una de las sillas de Bruto, que coloqué contra la pared exterior, debajo de la ventana. Subí sobre ella e iluminé con la linterna el alero del tejado. El pequeño saliente de un canal, precisamente encima de la ventana.
“Aquello”, por lo visto, había sabido valerse de métodos bien complicados al efectuar su segundo ataque de aquella noche.
En el interior. Bruto, un tanto emocionado por su hazaña, tuvo dificultades para describirme exactamente contra qué había hecho fuego.
—Tenía la apariencia de un sapo, señó —me dijo—. Yo estaba bien despierto cuando la cosa se detuvo en el alféizar, así que pude apuntarle muy bien, señó.
Aquello fue todo lo que pude obtener de Bruto. Traté de figurarme un “ser” con la apariencia de un sapo, capaz de destrozar una de aquellas feroces ratas, y de devorarle las entrañas. Eso para no hablar de lianas anudadas para deslizarse desde un techo hasta una ventana abierta, y de heridas como la que mostraba la pantorrilla de Bruto Hellman, Aquello, realmente, era excesivo para mí. Sin embargo, de algo me daba cabal cuenta: el Reino del Terror había comenzado. ¡Aquello era indudable!
V
Todas estas consideraciones pasaban por mi cerebro mientras en pie en medio de la habitación, escuchaba a Bruto, quien se jactaba de su puntería. De pronto, se me ocurrió una idea un tanto fantástica, lo admito: la de llamar en nuestro auxilio a la ciencia. Aquel ser había dejado una pista que podría resultar infalible, algo que, bien aprovechado, podría conducir a la solución de aquel misterio cada vez mayor.
Fui a la casa, revolví mi botiquín, y regresé a la cabaña de Bruto, provisto de un par de platinas para microscopio. Unté en ellas un poco de la sangre, aún fresca, que había sobre el alféizar, y volví a mi habitación, proponiéndome enviar aquella prueba poco más tarde al químico ayudante del doctor Pelletier, en el Hospital Municipal.
Yo mismo la llevé, y pedí al doctor Brownell que me hiciera un análisis de aquella sangre, a fin de poder determinar el sitio del ser en la gama de la fauna de las Indias Occidentales. Aquella misma tarde, poco después de la hora de la siesta, recibí una llamada telefónica del joven médico. La voz del doctor Brownell tenía cierto timbre extraño, enteramente nuevo para mí. Me pareció que hablaba en tono zumbón.
—¿De dónde sacó ese espécimen, señor Canevin? —me preguntó—. Me pareció que me había dicho usted que esa sangre era de un animal pequeño.
—Así es —respondí—. Eso es lo que yo creía, doctor Brownell. ¿Tiene algo de particular?
—Bueno... —dijo el doctor Brownell lentamente, y su tono volvió a hacerse burlón—. Sí, y no. Lo único particular es que se trata de sangre humana.
Logré dominar mi sorpresa lo suficiente para darle las gracias, y hasta para decirle que no deseaba la devolución de la sangre. Luego, colgué.
Me pareció que aquello estaba volviéndose de verdad inquietante. Conque se había tratado de la sangre del propio Bruto... Su afirmación de que había disparado, hiriendo a un intruso, por la ventana abierta, debía de ser una mera suposición. Pero aun admitiendo que se tratase de la sangre de Bruto, pues evidentemente no había nadie más que hubiese podido proporcionar aquella gota de sangre que con tanto cuidado había yo recogido en mis platinas, ¿cómo había conseguido el hombre que aquella sangre, probablemente de su pierna herida, fuese a dar al elevado alféizar de la ventana? ¿Para qué mentiría en una forma tan inexplicable? Además, era cierto que había disparado contra algo, pues la pistola aún humeaba al entrar yo en la habitación. Y luego, allí estaba aquella liana. ¿Cómo debía considerarse aquello?
El informe del doctor Brownell había vuelto el asunto más complicado aún de lo que estuviera. La ciencia, a la que yo invocaba tan fervientemente, solo había servido para hacer el misterio aún más profundo e inextricable.
VI
Al día siguiente, Bruto Hellman, cojeando ligeramente, se encontraba atendiendo de nuevo a sus deberes. Por toda respuesta a mis ansiosas preguntas, me había repetido el relato de cómo había disparado, exactamente como me lo contara en las grises horas de la mañana. Pero había añadido un detalle que podría explicar la presencia de la liana como medio de introducirse en su cabaña. La cosa, según Bruto, había parecido mecerse por encima del alféizar de la ventana cuando él, que a ratos cabeceaba y a ratos permanecía despierto, la había visto. Sacando la pistola de debajo de la almohada, había hecho fuego sobre ella.
Nada aconteció durante el día; en realidad, a lo largo de todo el Reino del Terror, según he convenido en llamar aquella época, nunca ocurrió nada alarmante durante las horas del día, sino por las noches. Aquella vez, poco después de las ocho, se retiró Bruto a descansar, y Stephen Penn, que lo acompañó hasta su cabaña, volvió para informarme que, siguiendo mis indicaciones, ambos habían realizado una búsqueda exhaustiva de cualquier “cosa” que hubiese podido ocultarse por los alrededores de la cabaña de Bruto. No habían encontrado nada, y Bruto, cuya ventana quedara abierta pero defendida por una ajustada persiana, se había adormecido antes que Stephen saliera de su choza. Penn había cerrado la puerta cuidadosamente, y se había asegurado de dejarla cerrada con aldaba.
Lo de aquella noche no ocurrió hasta las dos de la madrugada. Yo había estado durmiendo “con un ojo abierto”. Aquella vez no tuvo Bruto ninguna oportunidad de valerse del arma, por lo que no desperté hasta que todo hubo pasado. Quien me hizo levantarme a mirar por la ventana fue el propio Bruto, al llamarme en voz baja desde el patio a eso de las dos y cuarto.
—Aquí estoy —dije—. ¿Qué pasa, Bruto?
—Me pidió usted, señó, que lo tuviera informao e cualquié cosa —explicó Bruto, desde el patio.
—¡Sí! ¿Qué ocurrió? Espera, Bruto. Ahora mismo bajaré.
Y precipitadamente me puse la bata y las pantuflas.
Bruto estaba aguardándome junto a la puerta de la cocina, sosteniendo contra su mejilla izquierda un pañuelo, hecho una bola. Aun a la escasa luz de la luna pude ver que la tela estaba tinta en sangre. Al parecer había sufrido Bruto un nuevo ataque. Le hice entrar en la casa y lo conduje escaleras arriba, hasta el cuarto de baño, donde atendí tres heridas que tenía en la mejilla izquierda. Cinco minutos antes había sido despertado, sin ningún aviso previo, por un súbito dolor, y se había incorporado en la cama, pero con ello no había logrado evitar dos nuevas heridas, que le habían perforado la mejilla de parte a parte. Al despertar, por el dolor de las heridas, había alcanzado apenas a ver la cosa, que bajaba velozmente por los pies de la cama y, después de una precipitada búsqueda del atacante, había tenido el buen sentido de ocuparse en restañar las heridas de su ensangrentado rostro. Luego había salido al patio, temblando, y se había acercado a mi ventana para llamarme.
Los tres agujeros hechos en la mejilla del hombre eran del mismo tamaño y similar apariencia, evidentemente causados por algún arma cortante, de unos seis milímetros. Bruto creía que la primera herida era la de más arriba y esta no solo era la más considerable, sino que había dañado seriamente la encía superior, precisamente encima del colmillo. Mientras atendía las tres heridas, estuve hablando con Bruto.
—Por consiguiente, ¿crees que la cosa tiene que haber estado oculta en tu cuarto, Bruto?
—Sin duda, señó —respondió Bruto—. No pue habé entrao po ninguna parte: la puerta estaba bien cerrá, y la persiana no se había movido.
El pobre hombre temblaba de la cabeza a los pies, por la impresión y el miedo, y lo acompañé de vuelta a su cabaña. No había encendido la lámpara. Solo a la luz de la luna había visto desaparecer a su atacante por los pies de la cama. Entonces, se había apoderado del pañuelo y salido al patio, en pijama.
Encendí la lámpara, prometiéndome instalar luz eléctrica en la cabaña al día siguiente y, con ayuda de Bruto, examiné minuciosamente la habitación. Al parecer, no había nada oculto, en ninguna parte; la búsqueda se limitaba a un espacio muy reducido. Pocas eran las cosas de Bruto, y el mobiliario de la cabaña era adecuado, pero escaso. No sobraba allí ningún objeto. En otras palabras, no había lugar en el que la cosa hubiera podido ocultarse.
Fuese lo que fuese lo que atacaba a Bruto, era indudable que proseguía su labor con astucia y determinación infernales.
VII
Bruto volvió a acostarse, y después de hacerle compañía durante un rato, apagué la lámpara, cené la puerta y salí de la habitación.
Por la mañana no se levantó Bruto, y Stephen Penn, después de efectuar una investigación en la cabaña, subió a la terraza a eso de las nueve, con el rostro tan gris como la ceniza. Había hallado a Bruto desmayado, la cama empapada en sangre y, a lo largo de un gran músculo pectoral, donde el brazo derecho se une al cuerpo, una larga y profunda incisión por la que el desventurado sirviente había perdido litros de sangre. Telefoneé al médico y me precipité a la cabaña.
Encontré a Bruto consciente, pero tan debilitado por la pérdida de sangre que era absolutamente incapaz de hablar. En el suelo, a un lado de la cama, evidentemente en el mismo lugar en que había caído, veíase una navaja de bolsillo de tamaño mediano, y su gran hoja, abierta, estaba tinta en sangre. Era evidente que la herida había sido causada con aquella arma.
En cuanto llegó el médico, afirmó que era necesaria una transfusión, que se llevó a cabo en el mismo cuarto, a las once de la mañana. Stephen puso una parte de la sangre y un joven negro del poblado, al que se le pagó por ello, puso el resto. Después de ello y de beber una reconfortante bebida caliente, pudo Bruto relatarnos lo que había ocurrido.
Contra lo que esperara, inmediatamente después de mi partida habíase quedado dormido, y esta vez no había sido ningún ataque el que lo despertara, sino el resonar de un tambor rata, allá en alguna colina distante, donde sin duda algunos negros se “dedicaban a la magia”, cosa bastante común en las islas de las Indias Occidentales, en las que aún reina el vudú. Pero, según Bruto, aquel no había sido un despertar ordinario.
¡Pues allí en el piso, a un lado de la cama, danzando al compás de la lejana música de los tambores, se hallaba... aquello!
Grandes sospechas albergaba yo de que Bruto había tenido cierta idea del carácter o identidad de su agresor desde antes de aquel nuevo y más grave suceso. Me habían producido esa impresión más de media docena de hechos insignificantes, como sus reiteradas negativas cada vez que se sugería que aquello que lo había mordido fuese una rata o una mangosta, y su “Dios lo sabe” cuando se le preguntaba a qué se parecía aquello.
Ahora comprendo muy bien que Bruto conocía la clase de ser que habíase introducido en su habitación. Incluso, me enteré del hecho, descubierto por él —nunca sabré cómo— de que aquello se había ocultado bajo una tabla suelta del piso, debajo de su cama, y por ello no lo habíamos encontrado en ninguna de las incontables búsquedas.
Pero obtener aquella información de Bruto, el único que la conocía, era un asunto muy diferente. Estoy convencido de que no hay ser humano que sepa guardar un secreto en forma tan segura y definitiva como un negro de las Indias Occidentales, una vez que se lo ha propuesto. Y, volviendo a Bruto, por lo visto su decisión al respecto era irrevocable. No hubo preguntas, ni halagos ni presiones aun mezcladas con lágrimas de su viejo amigo Stephen Penn que lograran obtener de él la más ligera indicación que nos ayudara a determinar cómo era aquello. Yo mismo me valí de todos los argumentos que la lógica y el sentido común pusieron al alcance de mi mente caucásica. Hablé a Bruto de su seguridad futura, de mi deseo de protegerlo, de la necesidad que tenía de su cooperación, en el exclusivo interés del terco individuo, y le aseguré que solo deseábamos su seguridad y su bienestar. Como ya he dicho, Stephen llegó hasta derramar lágrimas. Pero todos estos esfuerzos fueron estériles. Bruto Hellman se negó obstinadamente a añadir una sola palabra a lo que ya había dicho: había despertado al sordo resonar del distante tambor; había visto aquello danzar cerca de la cama; aparentemente se había desmayado por la impresión —fuese cual fuese esta—, y no había sabido más hasta que recobrara la conciencia, sumamente debilitado, entre la visita de Stephen, bien avanzada la mañana, y la mía, que se efectuara casi inmediatamente.
Se presentó entonces una circunstancia afortunada. Aquella herida profunda y larga que aparentemente le fuera infligida con su propia navaja de bolsillo —la había dejado abierta descuidadamente en una minúscula mesilla de noche, al lado de su cama—, había interesado a lo largo el músculo pectoral y no de través; de otra manera, el brazo derecho del hombre hubiese quedado casi paralizado de por vida. Lo más grave de aquel último y más enconado ataque había sido la pérdida de sangre y esto, gracias al donador de sangre y al devoto Stephen Penn, había sido virtualmente reparado.
Empero, ya fuese que Bruto Hellman hablase o guardase silencio, era claro para mí que yo tenía un deber bien definido para con él. No permitiría yo que sufriese nuevos ataques mientras estuviera a mi servicio y viviera en mi propiedad, si algo podía hacerse para evitarlo.
Aquella tarde se instaló la electricidad, con un interruptor situado al alcance de la mano de quien ocupara la cama, y, horas más tarde, Stephen Penn llevó desde la ciudad, en un carro tirado por un asno, su propia cama, que colocó en la habitación de Bruto, así como una cómoda que contenía la mayor parte de sus efectos personales y que colocó en la caballa contigua, recientemente pintada y acondicionada. Si aquello se repetía a la noche siguiente, no solo tendría que vérselas con Bruto, sino también con Stephen.
Aun antes de mudarse a la cabaña, aportó Stephen alguna luz al caso: encontró el instrumento con el cual Bruto fuera herido en la mejilla. Había estado escondido bajo la tabla suelta del piso, donde también aquello se hubiese ocultado. Me lo llevó, cubierto de sangre reseca. Se trataba de una burda reproducción, en pequeña escala, de un “assegai” o lanza de combate africana, y había sido hecha valiéndose de una ordinaria brocheta de carnicero, de madera dura. La punta era un agudo pedazo de cristal, de los que pueden recogerse en cualquier parte de una ciudad. Dicha punta —y era eso lo que le daba el parecido con un “assegai”— había sido muy firmemente sujeta con cordel al extremo hendido de la brocheta. En conjunto, y considerado como herramienta, el “assegai” parecía bastante efectivo.
VIII
Durante la mañana que siguió a este último ataque sufrido por Bruto Hellman, un rato después de mi visita y antes de la llegada del médico y del donador de sangre, me senté frente a mi escritorio, tratando de tirar una conclusión de los hechos que conocía. Para entonces, mis investigaciones, exclusivamente teóricas, no habían dejado de progresar un poco. Cuando Bruto pudo hablar y mencionó el hecho de que aquello había danzado sobre el suelo de su cabaña al compás del tam-tam y a la luz de la luna, que penetraba por la ventana e iluminaba la pequeña habitación, llegué a una especie de confusa decisión. Relataré todos los pasos —bien pocos— que a ella me condujeron.
Los hechos, tal como los apunté aquel día en una hoja de papel, no podían tener más que una de estas dos explicaciones: o bien Bruto Hellman había perdido la razón, caso en el cual había inventado aquellos “ataques”, causándose él mismo las heridas por alguna razón incomprensible, o “aquello” tenía unas características nada comunes entre las bestias inferiores. Coloqué las dos listas de hechos, una al lado de la otra, y las comparé.
Era cierto que Carswell y yo habíamos visto huir “aquello” de la cabaña la primera noche. Algo, presumiblemente aquel mismo ser, había despedazado una enorme rata. El mismo ser había mordido a Bruto en una pierna, y la descripción del propio Bruto era que su agresor “se parecía a un sapo”. Estos cuatro hechos parecían indicar que la causa de todo era una mísera sabandija, aunque su astucia y el motivo de sus ataques nos desconcertaran.
Por otra parte, había otra serie de hechos divergentes. “Aquello” se había valido de objetos materiales: un cabo de liana con un lazo anudado, para penetrar por la ventana en la cabaña de Bruto; un instrumento punzocortante, descubierto después, evidentemente hecho a mano; el último ataque, la navaja del propio Bruto... Todos estos hechos parecían apuntar contra algún animal muy diferente, que bien podría ser un pequeño mono. Esta teoría parecía confirmarse al observar la forma de las tarascadas en la pierna de Bruto y en el cuello de la rata muerta.
Empero, había una prueba concluyente de que no se había tratado de un mono. Aquello se parecía a un sapo. Y un sapo es un animal de aspecto muy diferente a cualquier especie de monos. Y, según creo, no había en esa época monos en la isla de Santo Tomás.
A estas series de hechos agregué otras dos; la sangre supuestamente obtenida de aquello al ser analizada había resultado ser sangre humana. Ese solo hecho parecía robustecer mucho la teoría de la demencia de Bruto. Por otra parte, este difícilmente habría podido colocar aquella sangre fresca sobre el alféizar, de donde yo mismo la había recogido con las platinas del microscopio. Empero, no le hubiese sido imposible hacerlo, si su “demencia” le permitía elaborar un engaño tan complicado. Habría podido poner allí aquella gota de sangre, extraída de su propio cuerpo mediante un alfilerazo, después de haber disparado las siete balas de la pistola aquella noche. Pero conociendo a Bruto, aquello parecía tan improbable que era absurdo siquiera pensar en ello.
El detalle final era aquella diminuta choza “africana”. Por algún extraño motivo, parecía tener alguna relación con el “assegai”. Ambos hacían juego, de manera bastante natural.
Era aquello una verdadera confusión, un enigma. Cuanto más sopesaba yo los hechos y comparaba las explicaciones, más indescifrable me parecía el problema.
Bueno, por lo menos quedaba una puerta abierta: decidí entrar por ella y ver adónde me conducía. Mandé llamar a Stephen. Ello ocurría varias horas después de la transfusión de sangre. Para mi experimento necesitaba yo un poco de sangre de Bruto pero debía ser sangre extraída antes de la transfusión. Stephen se presentó a ver qué deseaba yo.
—Stephen —le dije—, quiero que busques entre las cosas sucias de Hellman una de aquellas sábanas manchadas de sangre, que quitaste esta mañana de su cama, y que me la traigas aquí.
Stephen me contempló abriendo mucho los ojos, pero salió inmediatamente a cumplir con el extraño encargo. Me llevó la sábana. En una de sus esquinas veíase una costra particularmente gruesa de sangre coagulada. De su parte inferior logré obtener unas partículas suficientemente frescas, valiéndome de dos platinas del microscopio, y con ellas subí a mi automóvil y me dirigí rápidamente al hospital, donde pregunté por el doctor Brownell.
Le entregué ambas platinas, y le pedí que las analizara, con objeto de comparar aquella sangre con la que le llevara yo hacía dos días. Solo temía yo que, posiblemente, no hubiesen conservado un registro del análisis anterior, por haberse tratado de un asunto particular y no haber formado parte del trabajo rutinario del hospital. Empero, lo habían anotado, y el doctor Brownell, muy amablemente, hizo allí mismo el análisis que le pedía. Media hora después de haber entrado en el laboratorio, volvió a salir de él y se dirigió precipitadamente hacia mí.
—Aquí están las pruebas —me dijo—. Las dos muestras de sangre son, indudablemente, de la misma persona. Son virtualmente idénticas.
Por lo tanto, la sangre que supuestamente era de “aquello” no era en realidad sino del propio Bruto. En consecuencia, la suposición más congruente era la de que Bruto había perdido la razón.
Traté entonces de adaptar los hechos restantes a esta conclusión. Pero, para hacer imposible cualquier intento de solución del problema, encontré que no encajaban en ella. Por alguna extraña razón, el propio Bruto podía haberse causado aquellas tres heridas. Pero no había fabricado Bruto la choza “africana”, que apareciera antes que él volviese del hospital; muy probablemente no había sujetado aquella cuerda fuera de su ventana. Y era seguro que no había sido él quien matara la rata, ni había podido “inventar” la existencia de aquella criatura que tanto Carswell como yo habíamos visto, aunque vagamente, cuando huía de la cabaña, en la noche de su primer ataque.
Al final de todas mis suposiciones, no sabía yo absolutamente nada, excepto lo que mis propios sentidos habían percibido, y aquellos hechos incongruentes que he anotado por su orden y sucesión, precisa y minuciosamente, tal como ocurrieron.
A esto añadiré ahora el hecho de que durante la noche que siguió al último ataque detallado, nada ocurrió. Ni Bruto ni Stephen Penn, que durmieron en sus camas colocadas una al lado de la otra, fueron interrumpidos en su sueño,
Yo deseaba fervientemente que el doctor Pelletier estuviese a mano. Necesitaba de alguien como él para hablarle de aquello. No sabía por qué, Carswell no era el hombre que me hacía falta. Nadie más lo era. Necesitaba yo a Pelletier, con su inteligencia incisiva, su preparación científica, sus amplios conocimientos de las Indias Occidentales, su interés por todos los hechos, cualesquiera que estos fuesen y sin importarle hasta dónde pudieran conducir al investigador. ¡Yo necesitaba urgentemente a Pelletier!
Y Pelletier aún se encontraba en Puerto Rico.
Solo hay una circunstancia más —y aparentemente extraña al caso— que añadir a los hechos ya narrados, a todos aquellos hechos incongruentes, que parecían no tener ninguna relación, y que en ocasiones eran tan desconcertantes y contradictorios. Fui informado de dicha circunstancia por Stephen Penn, y no consistía sino en una palabra, un nombre propio. Según Stephen, lo había repetido Bruto incesantemente mientras, bajo los efectos de la fiebre, consecuencia del shock y de la transfusión de sangre, se agitara, intranquilo, durante una parte de la noche. En cierto sentido, era singularmente apropiado aquel nombre para que Bruto lo mencionara aun cuando no era presumible que Bruto estuviese familiarizado con la historia de Roma, ni con las obras de William Shakespeare.
Aquel nombre era... ¡Casio!
Supuse entonces que cualquiera que hubiese sido bautizado con el nombre de Bruto se enteraría, durante el curso de su vida, de quién había sido el compañero de aventuras del Bruto “original”. Desde luego, ambos nombres van siempre juntos, como Damón y Pitias, David y Jonatás. Sin embargo, nada de todo ello dije a Bruto.
IX
Desde mucho antes que el Grebe llegara de San Juan, un viernes por la mañana, me hallaba sobre el muelle de concreto que hay a un lado del edificio de la administración naval, una semana después de la operación de Bruto Hellman.
Quería que Pelletier me escuchase cuanto antes. Muy cerca, frente a la pared del edificio de la marina, con Stephen Penn al volante, estaba mi automóvil. Había telefoneado a la gente de Pelletier, avisándoles que no tenían que ir a recibirlo. Yo mismo me encargaría de llevarlo a su casa, a fin de oír los hechos y las explicaciones que Pelletier pudiera presentarme mientras recorríamos la ciudad y el elevado camino de Denmark Hill, colonia en cuya cúspide vivía Pelletier.
Aquel amigo mío, tan corpulento, tan rudo y temperamental, con un cerebro tan agudo y analítico, cuyas hábiles manos con tanta frecuencia apartaran los bordes de la muerte en su sala de operaciones fue, empero, incapaz de acompañarme en cuanto llegó. Más de veinte minutos tuve que aguardarlo, mientras otras personas, que tenían asuntos más urgentes, hablaban con él. Finalmente logró arrancarse de aquellos importunos, y dejó caer su pesada humanidad en el asiento trasero de mi automóvil, a mi lado. Entre aquellos que lo habían detenido pude reconocer a los doctores Roots y Maguire, ambos cirujanos navales.
Para cuando llegamos a la cumbre de la colina y a la morada del doctor, no había yo terminado aún mi relato de la persecución de que estaba siendo víctima Bruto Hellman. Ordené a Stephen que me esperara, y dentro de la casa terminé mi narración, mientras el ayuda de cámara de Pelletier deshacía sus maletas. Pelletier me escuchó en un silencio concentrado, solo interrumpido de vez en cuando para hacer alguna pregunta inteligente. Una vez que terminé, se recostó en un sillón, cerrando los ojos.
Durante varios minutos, guardó silencio. Luego, sin abrir los ojos, levantó y agitó ligeramente su enorme mano, torpe en apariencia, aquella mano tan increíblemente hábil cuando empuñaba un bisturí, y comenzó a hablar muy lentamente y meditando mucho antes de cada palabra.
—El doctor Roots, en el muelle, mencionó una circunstancia singular.
—¿Sí? —pregunté.
—Sí —contestó Pelletier.
Cambió de posición su pesada humanidad en el sillón, abrió los ojos y me miró. Luego dijo muy lentamente:
—Roots me informó de la desaparición de la cosa que extraje del costado de ese sirviente de usted hace una semana. Era una neoformación. Una vez que atendieron a ese amigo y lo enviaron de vuelta a Roots, trató este de examinar la cosa en el laboratorio. Se trataba de algo absolutamente fuera de lo común. Volveré a hablar de ello dentro de un minuto. Cuando Roots volvió para examinarlo, vio que había desaparecido sin dejar rastros. La enfermera Charles y Roots efectuaron una búsqueda minuciosa. Esa fue una de las cosas que Roots vino a decirme esta mañana.
Nuevamente, Pelletier hizo una pausa, y me miró escrutadoramente, como si estuviese estudiándome. Luego añadió:
—¿Dijo usted que aquello, como lo llama, se encuentra aún en libertad?
La asombrosa posible relación entre aquella desaparición del tumor extraído del cuerpo de Hellman y la pregunta hecha por el médico, me dejó sin habla por un momento. ¿Podría aquello significar...? Durante un momento contemplé a mi amigo, atónito.
—Sí —contesté—, aún se encuentra en libertad, y el pobre Hellman está atrincherado en su cuarto. Como ya le dije, yo mismo atendí esas tarascadas y heridas. Bruto se niega terminantemente a volver al hospital. Y está allí, tirado, hablando consigo mismo, pálido de miedo.
—Ajá —hizo Pelletier—. Usted, Canevin, logró echar un vistazo a esa “cosa”, y ha examinado esos mordiscos. Tomando eso en cuenta, ¿qué tamaño diría usted que tiene?
—Poco más o menos el de una rata —respondí—, y es de color negro. La primera noche pudimos verla. Ante los ojos de Carswell y los míos huyó de la cabaña, y pasó casi entre nuestras piernas.
El doctor Pelletier movió la cabeza lentamente. Luego hizo otra pregunta, al parecer incoherente.
—Esta mañana me desayuné a bordo del Grebe. ¿Podría dedicarme la hora de la comida? —y al decir esto, miró su reloj.
—Naturalmente —respondí—. ¿Está usted pensando en... en...?
—Vamos, andando —repuso el doctor Pelletier, poniéndose en pie.
Nos pusimos en campaña inmediatamente. El doctor llamó a su sirviente, para decirle que no volvería para el “almuerzo” de la una, y luego Stephen Penn, que nos había conducido colina arriba, nos llevó nuevamente hacia abajo. En cuanto llegamos a mi casa nos dirigimos a la cabaña de Hellman. El doctor Pelletier dirigió unas palabras de consolación al pobre Bruto, mientras examinaba las repugnantes heridas. En varias de ellas aplicó vendajes que sacara de su maletín negro. Una vez que hubo terminado, me llamó al exterior.
—Hizo usted muy bien, Canevin, en no llamar a nadie y en atender personalmente sus heridas —me dijo, pensativo—. Lo que la gente no sabe... este... bueno, no puede hacerle daño.
Dio unos pasos y luego se detuvo.
—Enséñeme la dirección que tomó la “cosa” aquella primera noche —me pidió.
Se la señalé, y avanzamos siguiéndola. Pelletier iba adelante, con su maletín negro en la mano. No necesitamos sino unos cuantos pasos para llegar a la esquina de la cabaña, y Pelletier examinó el espacio que separaba la cabaña y la elevada pared que rodeaba el patio. La minúscula choza de juguete, ahora un poco estropeada, se hallaba aún donde yo la descubriera. Pelletier no se internó en el pasaje. Desde afuera, contempló la choza en miniatura.
—Hmm —hizo, a manera de comentario, y su frente se contrajo hasta formar un haz de arrugas.
Luego se volvió bruscamente hacia mí.
—Supongo que se le habrá ocurrido que la “cosa” podía vivir aquí —me dijo, casi retándome.
—Sí... naturalmente; después del mordisco que recibí en el dedo, aunque no supe qué me mordió. Después de uno de sus ataques a Bruto, vine aquí tres o cuatro veces, con una linterna; incluso levanté eso y miré el interior...
—... y la “cosa” no estuvo adentro nunca —completó el doctor Pelletier, moviendo la cabeza enigmáticamente.
—No —corroboré.
—Subamos a la terraza —dijo el doctor—, y le diré lo que pienso de este asunto.
X
Inmediatamente nos dirigimos hacia la terraza y el doctor Pelletier, después de dejar en el suelo su maletín, hizo crujir y quejarse una poltrona bajo su cuerpo extendido, mientras yo entraba en la casa para ordenar los preliminares de una comida, comunes en las Indias Occidentales.
Pocos minutos después, el doctor Pelletier, cumpliendo su promesa, me exponía su opinión. Hizo su primera observación en la forma de una pregunta; una pregunta que nadie que tuviese sentido común habría considerado pertinente en esas circunstancias.
—¿Sabe usted algo acerca de mellizos, Canevin?
—¿Mellizos? —contesté—. ¿Mellizos?
Aquello me intrigó sobremanera. Lo que menos hubiese esperado era oír hablar de mellizos.
—Bueno —contesté, al notar que el doctor Pelletier me miraba con expresión grave—, supongo que solo sé acerca de ellos lo que todo el mundo sabe. ¿Qué quiere usted decir?
—Canevin, hay dos tipos de mellizos. No estoy refiriéndome a la diferencia que consiste en estar separados o unidos al nacer, a los siameses o a los mellizos normales. Me refiero a algo mucho más especial que la división occidental en categorías; a algo más fundamental, más profundo que ese tipo de clasificaciones. Los dos tipos de mellizos a los que me refiero son los que en términos médicos se llaman “monocigóticos” y “dicigóticos”, respectivamente; es decir, los que se originaron en un solo huevo o en dos.
—Esa es la distinción —intervine yo— que Johannes Lange señala en su estudio del determinismo en la delincuencia titulado “Crimen y Destino”. Afirma que los mellizos nacidos de un solo cigoto tiene idénticos impulsos y personalidades. Si uno de ellos es un ladrón, el otro tiene que serlo también. Hasta se atreve a tratar de probar (y ese pomposo cretino Haldane que escribió el prólogo lo cree) que no existe el libre albedrío; que la conducta del hombre está predestinada, irremisiblemente; es esa una especie de calvinismo científico.
—Exactamente, eso es —dijo el doctor Pelletier—. De cualquier manera, usted comprende esa distinción.
Al oír aquello, lo miré sorprendido.
—Sí —repliqué—, pero sigo sin ver la conexión de esa fastidiosa teoría con Bruto Hellman.
—Ya me disponía a explicárselo —dijo el doctor Pelletier, a su franca y positiva manera de hablar—. Iba a decirle, Canevin, que la “cosa”, indudablemente, es el “mellizo siamés” parasitario que extraje a Bruto Hellman en la mañana del jueves, y que desapareció de la sala de operaciones. Por todo ello me inclino a creer que se trata del tipo “dicigótico”. Si se tratara de mellizos “ligados”, ello no podría ocurrir más de una vez cada diez millones.
Se interrumpió, y me miró fijamente. En cuanto a mí, después de oír aquella asombrosa, aquella increíble teoría, expresada con tal calma y tan perfecta tranquilidad, no pude hacer nada sino quedarme sentado y mirar estúpidamente a mi amigo. Tan estupefacto estaba que fui incapaz de articular una palabra. Pero no fue necesario que dijese nada. El doctor Pelletier empezó a hablar nuevamente, desarrollando su teoría.
—Piense en todos los hechos que conocemos, Canevin. Ese es el método científico, el único satisfactorio cuando se encuentra uno en una situación como esta. Puede usted ponerlo en práctica fácilmente, casi a la ventura, aquí mismo. Para empezar, nunca encontró usted la “cosa” en esa pequeña choza de paja después de cada uno de los ataques, ¿verdad?
—No —logré decir, aunque tenía la boca extrañamente seca.
La teoría de Pelletier me había idiotizado, por lo inesperada y lo fantástica. La palabra “Casio” parecía golpetear en mi cerebro. Aquella sangre igual a la del hombre...
—Si la “cosa” hubiese sido, pongamos por caso, una rata —prosiguió Pelletier—, como supuso usted cuando le mordió los dedos, habría ido a refugiarse en su guarida inmediatamente después de atacar a Bruto Hellman: el instinto de refugiarse la hubiese obligado a encovarse. Pero no lo hizo. Usted revisó varias veces, y aquello no estaba dentro de la choza de juguete, aunque hubiese huido en su dirección, según creyó usted al verlo echar a correr aquella noche. Sin embargo, el ser que le mordió la mano sí estaba en el interior, antes de saberse perseguido. ¿Comprende usted? Ello nos da una pista, una clave. El “ser” posee una inteligencia muy superior a la de cualquier roedor. ¿Ve usted todo lo que eso significa, Canevin? El “ser”, sabiendo que sería perseguido, evitó ser capturado al adivinar instintivamente las intenciones de sus perseguidores. Corrió hacia su escondrijo, pero no entró en él hasta que sus perseguidores lo habían examinado y se habían ido. ¿Comprende usted?
Yo asentí en silencio, para no interrumpirlo. Ansiosamente seguía los razonamientos de Pelletier. Este continuó:
—Ahora, consideremos esas heridas, esos mordiscos que recibió Bruto Hellman. Nunca pudieron ser hechas por un pequeño roedor de los que hacen en el suelo sus madrigueras, como una rata o una mangosta. No; esas marcas de dientes son los de un... bueno, digamos que de un tití, o algún otro diminuto mono, o bien, Canevin, ¡de un ser humano increíblemente pequeño!
Pelletier y yo permanecimos inmóviles, mirándonos. Creo que, después de un rato considerable, logré hacerle un gesto, invitándolo a proseguir. Pelletier continuó:
—El próximo punto que examinaremos, antes de meternos en honduras mucho mayores, es el color de la “cosa”. Usted la vio. Solo pudo echarle un vistazo, según dice, pero fue lo suficiente para estar casi seguro de su color, ¿verdad?
—Sí —respondí lentamente—. Era tan negro como la noche, Pelletier.
—Pues ahí tiene usted un punto definitivamente establecido.
Ahora estaba hablando el médico con una nota en la voz de quién está frente a un jurado. El espíritu científico se había apoderado de él.
—Según una demostrada regla étnica, puede tenerse la certeza de que, en casos de mezcla entre una persona caucásica o casi caucásica y una negra o del tipo negroide, el descendiente nunca será más oscuro que el más oscuro de sus padres. Aquella tradición del “niño negro” que era un “salto atrás”, producido por padres mulatos o caucásicos, es una patraña, Canevin; es mera palabrería. Ello no ocurre nunca. Es biológicamente imposible, mi querido amigo. Aunque ampliamente difundida, esa suposición cae dentro de la misma categoría de aquella otra del avestruz que entierra la cabeza en la arena y cree que se ha ocultado. Es algo así como el mito de las amazonas. Las amazonas, esas guerreras de la antigüedad, no eran sino escitas de largos cabellos. Tragarse eso, Canevin, es como creer en los centauros.
El doctor se había entusiasmado hablando de su ortodoxia biológica. Me miró con ojos brillantes y encendió un cigarrillo. Mientras inhalaba el humo, reflexionó durante unos momentos, y luego continuó:
—Ha comprendido usted lo que eso significa, ¿verdad, Canevin? —me preguntó, un poco más tranquilo.
—Bruto es muy “poco pigmentado”, como dicen algunos negros, y eso parece probar que uno de sus padres era negro y el otro de una coloración mucho más clara, quizá un caucásico puro —respondí.
—Muy bien, hasta ahí —admitió el doctor—. Ahora, la otra deducción que se impone en el caso de los mellizos, ¿cuál es?
—Que esos mellizos fueran “dicigóticos” aunque estuviesen unidos —respondí lentamente, conforme aquello se me manifestaba con toda claridad, después de la previa explicación de Pelletier—. Si fueran del otro tipo, del monocelular o “monocigótico”, habría tenido la misma coloración, ya fuese derivada del padre de piel más clara, o más oscura.
—¡Precisamente! —exclamó el doctor Pelletier—. Ahora...
—Mencionó usted otros hechos —lo interrumpí—. “Mucho más profundos” creo que los llamó. ¿Qué...?
—A eso estábamos llegando, Canevin. Efectivamente, se me ocurren dos consideraciones. Primera: ¿cómo degeneró la “cosa”, indudablemente después de su nacimiento, si no hubo un proceso prenatal de degeneración? Supongo que ambos eran casi del mismo tamaño al nacer. ¿Por qué “eso” se encogió hasta convertirse en un miserable homúnculo, aparentemente sin vida, mientras su hermano mellizo, Bruto Hellman, se desarrollaba normalmente? Hay algunas preguntas bastante inquietantes, que esas incógnitas traen consigo, Canevin. Mientras “eso” estuvo unido a Bruto, se encogió, y estaba en estado comatoso, virtualmente muerto.
—Veamos si puedo adivinar algo —dije.
—¿Qué cree usted? —me desafió el doctor Pelletier.
Moví ligeramente la cabeza, y permanecí en silencio durante unos minutos, tratando de dar una forma definida a mis ideas, a fin de expresarlo de la manera adecuada. Luego dije:
—Se me ocurre que hay dos posibilidades. Una de ellas, o las dos juntas, podrían explicar esa diferencia. Primera: una falla de una o varias de las glándulas endocrinas inmediatamente después del nacimiento de la “cosa”. La glándula timo es la que regula el crecimiento físico de un niño, ¿verdad? La que le hace crecer normalmente. Si falla antes de haber cumplido con su función, al cabo del segundo año de vida del niño, el resultado es un enano. Sí, en cambio, continúa trabajando demasiado tiempo (en caso de no atrofiarse, como es lo normal, y no deja de funcionar una vez terminada su tarea), da por resultado un gigante: el niño no deja de crecer. ¿Voy bien hasta ahí? Y, según supongo, el proceso operatorio lo sacó del coma.
—¡En el blanco! —exclamó el doctor Pelletier, moviendo la cabeza en señal de aprobación—. Siga adelante. ¿Qué más? Desde luego, ha habido muchos casos en que una pérdida de sangre ha sacado a alguien del coma.
—Mi segunda suposición es que Bruto tenía la constitución más fuerte de los dos y aventajó al otro. Eso no parece particularmente científico, pero ese tipo de casos ocurre. No me atrevo a arriesgar más conjeturas, después de esas dos posibles explicaciones.
—Creo que ambas causas han intervenido en este asunto —dijo el doctor Pelletier, pensativo—. Y, habiendo efectuado yo esa operación, me atrevo a hacer una tercera suposición, Canevin. Es una simple conjetura, lo admito francamente, pero está basada en una circunstancia notable. En pocas palabras, Canevin, supongo (me lo dice mi instinto) que casi desde el principio, desde luego en forma inconsciente, y durante el proceso orgánico en el que superó a su mellizo al desarrollarse, Bruto absorbió la parte de alimentos que correspondía al otro.
“Puedo suponer eso por varias diversas razones, entre ellas la lactancia. La madre (era ella indudablemente la parte negra), orgullosa de su niño «claro», lo alimentaba primero. Por cierto, siempre hay alguna acción recíproca más o menos oscura, algún equilibrio, entre los mellizos unidos físicamente. En este caso, sabrá Dios por qué, ese equilibrio perdió su adaptación; o la adaptación perdió el equilibrio, si así lo prefiere usted. La madre, de quien probablemente había heredado el mellizo negro su constitución, debe de haber sido una mujer pequeña y débil. El padre, de piel más clara, era probablemente muy robusto. Pero cualesquiera que hayan sido las causas, Bruto creció completamente normal, hasta llegar a la madurez. Y yo, que lo operé, estoy seguro de que la «cosa» que extraje de su cuerpo era su hermano mellizo, degenerado hasta el punto de no ser sino un homúnculo al parecer sin vida, un mero apéndice de Bruto, algo que, aparentemente, había perdido todo vestigio de su condición humana; inclusive, su apariencia, Canevin, era casi la de un lobanillo, la de cualquier cosa que se extrae mediante una operación quirúrgica”.
—Esa es una idea terrible —respondí lentamente al cabo de un rato—. Pero parece ser la única que explique... este... los hechos. Ahora, por favor, dígame cuál es esa “circunstancia extraordinaria” que mencionó, y que corroboraría sus suposiciones.
—Se trata de los motivos de la “cosa”, Canevin —me dijo el doctor Pelletier gravemente—. Si damos por sentado, naturalmente que tenemos razón... quiero decir, que tengo razón, al suponer, a falta de una hipótesis mejor, que aquello que saqué del cuerpo de Hellman tenía vida propia, que se escapó. Eso es todo. Bueno, en estas circunstancias y tratándose de un asunto de esta índole, me atrevería a decir que hemos dado en el clavo.
—¡Gran Dios! ¡Los motivos...! —exclamé, casi en un murmullo—. ¡Eso es horrible, Pelletier! Es verdaderamente pavoroso. La “cosa” se convierte en algo terrible. Los motivos del odio de ese ser. Tiene usted razón, amigo. Creo que, por lo que toca al lado psicológico, ha “dado en el clavo”, como usted dice.
—Y por lo que toca al lado humano —añadió Pelletier, en voz baja.
Stephen salió al patio para anunciar el desayuno. Era la una en punto. Entramos en la casa, y comimos casi en silencio. En el momento en que Stephen se disponía a servir el postre, lo interpeló el doctor Pelletier.
—¿Sabe usted Stephen, si el padre de Hellman era un blanco?
—Sí. Era un ingeniero que llegó en un buque mercante inglés, señó.
—¿Qué sabe usted de la madre?
—Era una residente de la Antigua, señó —respondió Stephen sin vacilar—. Vive todavía. Yo la conozco. Hellman le manda regularmente una parte del dinero que gana, señó. Cuando nació, su madre lavaba ropa pa los marinos, y sacaba bastante. Ora, la pobre vieja es casi una inválida, señó. Nunca había sido fuerte.
—Supongo que es negra, ¿verdad? —preguntó el doctor, sonriendo a Stephen.
Este, que era un joven de tez medianamente pigmentada, un zambo, como los llaman en Islas Británicas como St. Kitts, Montserrat y Antigua, mostró entonces una ancha sonrisa que nos dejó ver sus magníficos y blanquísimos dientes.
—Señó —repuso—, la mare de Hellman es exactamente del coló de esto.
Y Stephen tocó con su dedo índice su corbata negra, que se destacaba sobre la blancura nívea de su inmaculada chaqueta de dril. Pelletier y yo cambiamos miradas, mientras sonreíamos por la comparación de Stephen.
En la terraza, inmediatamente después de almorzar mientras terminábamos el café, volvimos al mismo extraño tema que el doctor Pelletier llamaba “los motivos”. Considerando aquello aparte de la tenebrosa suposición de atribuir razones a una criatura cuasi humana del tamaño de una rata, el asunto parecía estar bastante claro. La “cosa” había atacado constantemente a Bruto Hellman, una y otra vez, con un odio implacable; sus solitarios esfuerzos habían logrado causar desastrosas consecuencias, tan solo limitadas por la pequeñez del atacante y lo relativamente escaso de sus fuerzas. Aun así, había logrado reducir a su víctima, un hombre fuerte y normal, a un estado no lejano de imbecilidad.
¡Qué oscuras razones habrían estado acumulándose, hasta formar un solo propósito, un ansia de destrucción en aquel órgano primitivo y degenerado que debía de ser el cerebro de la “cosa!” ¡Qué horribles semanas, y meses y años de cavilaciones semiinconscientes, de una existencia parasitaria, de no ser sino un apéndice del cuerpo instintivamente execrado del hermano! ¡Qué odio salvaje había ardido en aquel minúsculo y contrahecho ser humano! ¡Qué inimaginables instintos, profundamente enraizados en el fondo misterioso de la herencia materna habían surgido —como lo demostrara la construcción de una típica choza africana para habitar en ella—, y después de la separación del cuerpo fraterno, habíanse transformado en un pensamiento consciente de su recién adquirida libertad, para desahogar todo aquel odio amargo y quemante contra aquel que había usurpado sus poderes de expresión, su propia vida! ¡Cuán múltiples serían los instintos frustrados que, mediante un proceso de substitución, habíanse cristalizado en un solo deseo motor, obsesionante: el de la venganza!
Al comprender todo ello claramente, al formarme aun en forma vaga, una especie de imagen mental de aquel ser, no pude dominar un estremecimiento. El doctor Pelletier estaba hablando de nuevo. Tuve que obligarme a prestar atención a lo que decía.
—Tenemos que poner fin a todo esto, Canevin —estaba diciendo—. Sí... tenemos que hacerlo.
Me pongo a tratar de recordar todo aquel agitado período, y me parece que, desde la noche misma de aquel domingo en que se iniciaran los ataques, tuve la idea de que había que capturar y destruir lo que en mente llamáramos “la cosa”. Pero ahora, una idea nueva, sumamente extraña, venía a entrar en conflicto con el propósito de destrucción del vago plan primitivo. Dicha idea se debía a la inamovible convicción de que “la cosa” había sido originalmente un ser humano, fuese cual fuese el nombre que ahora debiera dársele. Yo conocía las costumbres de los negros en nuestras Antillas Menores, y estaba seguro de que aquello había sido recibido por la Iglesia mediante el bautismo. Aquella indescriptible criatura que no fuera sino un apéndice del cuerpo de Bruto Hellman había sido, y lo era aún, según las enseñanzas de la Iglesia, un cristiano. Aquella idea apareció bruscamente en mi cerebro junto con otros diversos aspectos de la situación; nervioso, decidí discutir ese punto con el doctor Pelletier, que aún estaba hablando.
La sola idea era bastante alarmante para alguien que, como yo, hubiera conservado las creencias inculcadas durante la niñez, que nunca hubiese considerado necesario, en estos tiempos de inquietud espiritual, dudar siquiera de su religión, mucho menos abandonarla. Una de las consecuencias de ello sería que dar muerte a “la cosa”, después de su captura —que estaba aún por realizar—, vendría a caer sobre mi conciencia, pues, por mucho que “la cosa” se hubiese apartado de su original estado de “hijo de Dios y heredero del Reino de los Cielos”, tenía que conservar, de alguna oscura manera, su condición de humano y aun de cristiano. Indudablemente, habrá quienes consideren estos escrúpulos míos como algo ridículo, y quienes solo tomarían en cuenta la necesidad de poner un alto a la furia destructiva de la “cosa” sin tomar en cuenta consideraciones aparentemente artificiosas y extrañas al asunto. Dejando a un lado este aspecto de nuestro problema inmediato, el fallo tan gravemente anunciado por Pelletier: “Tenemos que poner fin a todo esto”, pesaba mucho sobre mi opinión. Hay que recordar que aquel asunto me había hecho pasar una semana atroz.
Menciono estos escrúpulos míos porque, en cierta forma, hacen resaltar la importancia de aquellos acontecimientos que se sucedieron muy poco después de que el doctor Pelletier resumiera en aquella frase la tarea que nos esperaba.
Permanecimos en la terraza y meditamos sobre sistemas y medios, y en medio de aquellas reflexiones, los escrúpulos antes aludidos me asaltaron. No hice mención de ellos a Pelletier. Desde luego, admitía yo mentalmente la necesidad de la captura. Lo que más tarde decidiésemos hacer con “la cosa” podía esperar.
Parecía suficientemente demostrado que la “cosa” se había ocultado durante las horas del día en la diminuta choza, que aparentemente había construido por sí misma. Hasta entonces, sus ataques se habían efectuado durante la noche. Si no estábamos equivocados, la captura sería relativamente fácil. Había en mi casa una pequeña red de pescar, de las circulares, que van cerrándose desde el fondo, y que ocasionalmente usábamos, cuando yo llevaba algunos invitados a alguna excursión de pesca en mar abierto cerca de las bahías Congo o Levango. Logré encontrarla, y la examiné. Estaba en buen estado, recientemente remendada, sin hoyos en su tupida malla, muy apropiada para capturar pececillos que luego usábamos como viviente carnada.
Provistos con ella, y llevando en mente nuestro sencillo plan, nos dirigimos hacia el pasadizo, a eso de las dos y media de la tarde, o para ser precisos, a esa hora empezamos a bajar los escalones que llevan de la terraza al patio. En aquel momento, llegó a nuestros oídos una sucesión de agudos gritos de niño, desde algún lugar de la parte trasera de la casa.
Bajé los escalones de cuatro en cuatro, mientras el corpulento Pelletier me seguía tan de cerca como sus facultades locomotivas se lo permitían. Al llegar a la esquina de la casa, alcancé a ver casi todo lo sucedido, me atrevería a decir que desde el principio. Era aquella una escena que, reproducida con esmero en un buen dibujo, habría resultado muy cómica. El negrito Esculapio, el hijo de la lavandera, con los ojos casi saliéndosele de las órbitas y las diminutas piernas negras casi describiendo semicírculos bajo su flotante vestimenta, y profiriendo unos alaridos que helaban la sangre, corría a través del patio, en dirección del lavadero donde trabajaba su madre, cerca de la puerta de la cocina. Era la encamación del miedo más absoluto e invencible, una verdadera criatura, una aparición grotesca.
Y detrás de él, acercándosele implacablemente, como un deforme sapo negro, avanzaba a saltos la “cosa” en plena persecución, con su roja lengua colgando de aquella boca como una cuchillada, profiriendo gruñidos, mientras sus diminutos y grasientos labios se contraían mostrando una hilera de dientes que centelleaban horriblemente a la luz del sol poniente. El pequeño Esculapio, impulsado por el pánico, estaba haciendo buen uso de sus piernas, delgadas y relativamente largas. Irremisiblemente se alejaba de “la cosa”, aunque esta avanzara a saltos, impulsándose, como un sapo, con manos y brazos, así como con sus piernas zambas y flacas, aunque sorprendentemente poderosas.
Aquella visión, que habría parecido grotesca a quienquiera que no conociese la historia y la naturaleza de “la cosa”, me causó vahídos. Mi primer impulso fue cubrirme la cara con las manos, al comprender todo el secreto horror de la escena. Sentí las náuseas subir por mis entrañas, empezando a nublar mis sentidos. Los gritos de la lavandera, que comenzaran unos dos segundos después de los del niño, habían aumentado la confusión, y ahora, mientras yo vacilaba, sin saber hacia dónde dirigirme, los alaridos de la cocinera y de la fregona colaboraban, en el fondo, a aumentar aquella cacofonía. El pequeño Esculapio, con la vestimenta rígida por la brisa que su propia carrera producía, desapareció al rodear la esquina más alejada de la casa, y logró ponerse en una relativa seguridad detrás de la puerta de la cocina. Según supe después, había estado jugando en el patio, había dado con la pequeña choza en el oscuro y poco frecuentado pasadizo. Intrigado a la vista de tan extraño juguete, se había detenido para recogerlo. La “cosa” —el niño usó nuestro mismo término al referirse a ella— yacía dormida, hecha una bola, en el interior. Con un rugido de rabia, se había levantado sobre sus anchas patas, y se había lanzado contra uno de los pies del negrito.
A partir de ahí, el simple instinto de conservación y la excelente velocidad de pies de Esculapio habían resuelto la situación. Después de desaparecer de nuestra vista al doblar la esquina de la casa, llegó a la puerta de la cocina y se lanzó al interior donde al punto se refugió en el estante superior de un gabinete, bien lejos del alcance de aquel maligno e inaudito demonio, parecido a un gran sapo negro, que lo persiguiera y que, sin duda, aparecería en sus sueños durante el resto de sus días. Esa fue toda la intervención del pequeño Esculapio, que de esta manera logró salir felizmente del asunto.
Por supuesto, mi vacilación fue solo momentánea. Como ya lo he dicho, me detuve, pero solo durante un momento tan breve que el doctor Pelletier no llegó a alcanzarme. Inmediatamente volví a echar a correr con la red desplegada entre mis manos, en una dirección diagonal a la que seguía “la cosa”. Mi intención era interceptarla y enredarla en las mallas. Aquello no debía resultar difícil, tomando en cuenta su pequeñez y la relativa cortedad de sus brazos y piernas. Una vez que lo tuviese entre mis manos, consideraría con calma el problema de qué hacer con él.
Pero este plan fue echado por tierra bruscamente. En el momento preciso en que el perseguido desaparecía vertiginosamente detrás de la esquina de la casa, el gato de la cocinera, formidable ratonero, conocido en todo el vecindario (ahora comprendo, aunque de momento no me di cuenta de ello, que fue un instrumento de la Providencia conmovida por mis escrúpulos), se presentó en escena, con la violencia, precisión y terrible exactitud que ponía en juego en todos sus movimientos.
Mi “instrumento de la Providencia”, que, según una costumbre establecida desde mucho tiempo atrás, había estado asoleándose perezosamente junto a la cañería que corre a lo largo del bajo alero de las cabañas, había despertado a los gritos discordantes que el niño y las tres mujeres proferían en cuatro diferentes tonos; se había levantado, y después de estirarse brevemente, habíase dignado volver la cabeza hacia la escena que se desarrollaba debajo...
El impulso del gato detuvo inmediatamente la carrera de la “cosa”; le hizo caer, aplastada, con patas y brazos extendidos, y veinte agudas y poderosas garras retráctiles se hundieron simultáneamente en el postrado cuerpecillo.
La “cosa” nunca volvió a moverse. Una muerte más piadosa sería imposible de imaginar.
No fue difícil retirar a Junio, el gato, de su presa. Estoy en términos de excelente amistad con él. Sin protestar me permitió quitarle el ya blando y flácido cadáver y se quedó sentado en el mismo lugar, relamiéndose las patas y volviendo a alisarse la erizada piel.
Y así, inesperadamente, sin intervención de nuestra parte, vimos Pelletier y yo el súbito final, el trágico desenlace de lo que pareció ser uno de los asuntos más extraños e inquietantes que puede haber imaginado la desenfrenada mente de Satán, que habita en sus propios dominios para angustiar a los hijos del Hombre.
Y aquella noche, bajo una gran losa, muy cerca del sitio del que fuera recogida la extraña morada de la “cosa”, enterré el destrozado cuerpecillo de aquel homúnculo indeciblemente grotesco que alguna vez fuera el hermano mellizo de mi sirviente Bruto Hellman. Para aquietar los escrúpulos que he mencionado, y porque, de acuerdo con todas las probabilidades, aquel extraño puñado de carne que suavemente deposité en su última morada, había sido un cristiano, leí la oración de los difuntos en mi libro de plegarias. Es posible que aquel fuera un acto ridículo mío (en cierto sentido, indudablemente lo fue). Pero yo abrigo la convicción de que hice lo que debía hacer.