ministerio de disturbios
La sinfonía llegaba a su fin. El himno triunfante final se elevaba y se elevaba más allá de los límites de la audibilidad.
Durante un momento, después de que las últimas notas se habían desvanecido, Paul permaneció sentado sin movimiento, como si alguna parte de él hubiera seguido aquellos sonidos. Entonces se irguió y dio fin a su taza de café y al cigarrillo, mirando hacia afuera a través de la ventana ancha, a lo largo de la ciudad que tenía abajo, a las copas de árboles y a las torres, a las azoteas y a las cúpulas y avenidas arqueadas, y al incontable número de aerocoches que brillaban con el reflejo de los rayos del sol matinal.
No mucha gente disfrutaba de la música de Joao Coelho, y menos aún de la Octava Sinfonía. Era la música de otro tiempo, de hacía un millar de años, cuando el Imperio nacía deslumbrante, emergiendo de la noche larga y haciendo retroceder a los neobárbaros desde un mundo a otro y a otro. En la época de Paul, ya la gente encontraba perturbadora esa música.
Sonrió levemente a la silla vacía que se encontraba opuesta a él y encendió otro cigarrillo antes de poner los trastos del desayuno sobre la charola del robot sirviente, y después de un rato, se dio cuenta de que el robot aún estaba al lado de su silla, esperando permiso para retirarse.
Le dio entonces una orden para que los robots dedicados a la limpieza se presentaran y lo hizo retirarse. Paul pudo fácilmente haberlos llamado, o dejar que los guardias que vendrían a verificar el orden de su cuarto, lo hicieran por él, pero pensó que quizá lo que acababa de hacer hacía que aquel robot sirviente sintiera que se confiaba en él y que lo creía importante para pasar órdenes a otros robots.
Enseguida sonrió nuevamente, esa vez mofándose de sí mismo. Un robot no podía sentirse importante ni de ninguna otra manera. Aquello no era más que acero y plástico con cintas magnéticas y circuitos fotomicropositrónicos, mientras un hombre por ejemplo, Su Majestad Imperial Paul XVII, no era más que tejidos y células y coloides, y circuitos electroneurónicos. Había pues una diferencia; cualquiera lo sabía. El problema era que él nunca había conocido a nadie, incluyendo físicos, biólogos, psicólogos, psionisistas, filósofos y teólogos, que pudieran definir la diferencia en términos satisfactorios exactos.
Observó al robot guiarse sobre sus pisadas y desaparecer, siguiendo el vapor que salía de la cafetera.
Podría ser tonto tratar a los robots como si fueran gentes, pero eso no era tan malo como tratar a las gentes como si fueran robots, una actitud que estaba convirtiéndose enteramente en algo común. ¡Si solamente tantos individuos no actuaran como robots!
Cruzó hacia el ascensor y se detuvo frente a él hasta que una minúscula electroencefalográfica interior reconociera su cuadro distintivo cerebro-ondular. Del lado opuesto de la estancia estaba abriéndose otra puerta en respuesta al cuadro distintivo ondular del robot.
Entró Paul en el ascensor y movió un switch (aún había en sus alojamientos unas cuantas cosas que tenían que operarse manualmente), y la puerta se cerró detrás de él. Por un breve instante el ascensor le dio la sensación de falta de peso cuando empezó a descender cuarenta pisos.
Cuando nuevamente se deslizó la puerta para permitirle salir, el Capitán-General Dorflay estaba esperándolo acompañado de un capitán y diez soldados.
El General Dorflay era un humano, pero el capitán y los diez soldados que lo acompañaban, no lo eran. Todos usaban cascos, adornados con un sol dorado y en un engrane negro realzado, emblema del Imperio. Llevaban capas rojas y usaban botas negras más arriba de los tobillos. También iban provistos de cinturones de los que pendían sus armas. El capitán tenía sobre sus hombros una capa angosta, de cintas doradas, pero por lo que tocaba al resto, sus cuerpos estaban cubiertos de una felpa tiesa de cabellos negros y sus caras tenían el aspecto ligero de un perro chato. (Con todo y que el Capitán General Dorflay pertenecía a la especie humana, su cara tenía más semejanza con la de un bulldog).
El conjunto de acompañantes era de montañeses procedentes del hemisferio sur de Thor, y como personas, eran excelentes mercenarios. Eran arrojados, valientes y luchadores terribles, totalmente desinteresados en la política de su propio planeta, debido a que habían crecido en una sociedad de familias patriarcales, todos ellos eran fanáticamente leales a cualquiera que aceptaran como jefe.
Paul salió del ascensor y los saludó inclinando ligeramente la cabeza.
—Buenos días, caballeros.
—Buenos días, Su Majestad Imperial.
El general Dorflay contestó al saludo con la ligera reverencia de un par de centímetros que le permitía su dignidad militar.
El capitán presentó su saludo tocándose la frente y el corazón que tenía del lado derecho, y finalmente tocó la funda de su pistola.
Paul los felicitó por la nítida apariencia de sus detalles, y el capitán le preguntó que cómo podía ser de otra manera si no hacía más que seguir el ejemplo de Su Majestad Imperial. Felicitación y respuesta pudieron haber sido un disco grabado tocado todas las mañanas durante los diez años de su reinado. Y también la pregunta de Dorflay:
—¿Proseguirá Su Majestad hacia su estudio?
Paul querría haberle contestado:
—No, a Niffelheim con eso (equivalencia de la expresión terrícola de los tiempos preatómicos Al diablo con eso); tomemos un aerocoche y volemos un par de millones de kilómetros hacia cualquier lado —y después observar la mirada de asombrada incomprensión del capitán general.
Pero no podía hacer eso; pobre viejo Harv Dorflay, podía darle un ataque al corazón. Entonces asintió lentamente:
—Si me hace el favor, general.
Dorflay hizo un movimiento de cabeza hacia el capitán Thoran, quien a su vez lo hizo hacia sus soldados. Cuatro de ellos dieron dos pasos adelante; el resto desenfundando sus armas caminó por el pasillo, algunos quedando en guardia a lo largo del camino y los otros continuando hacia el vestíbulo principal.
El capitán y dos de sus hombres caminaron hacia adelante lentamente; después de que se habían adelantado unos cinco metros Paul y el general Dorflay los siguieron y los otros dos soldados ocuparon la retaguardia.
—Su Majestad —le dijo Dorflay en voz baja—, permítame rogarle que sea más cauteloso. Acabo de descubrir que existe un complot de traicioneros para atentar contra su vida.
Paul hizo un movimiento de cabeza asintiendo. Ya era tiempo de que Dorflay descubriera otro complot; habían ya pasado diez días del último.
—Creo que ya lo había mencionado, general. Algo acerca de que habían colocado una porción suelta de strotium-90 entre los forros del trono de audiencias, ¿no fue eso?
Y antes que ese, alguno había tratado de pasar, sin que los guardias lo advirtieran, una bomba de fisión al interior del palacio ocultándola dentro de una garrafa de vino; y anterior a ese intento, se encontró una granada en el ascensor y todavía con anterioridad a esa granada, alguien planeó construir una ametralladora dentro de la pantallavisión del estudio, y…
—Oh, no, Su Majestad; eso fue… Bueno, las personas que estaban involucradas en ese complot se alarmaron y huyeron del planeta antes de que pudiera yo arrestarlas. Esto es algo diferente, Su Majestad. Supe que se había hecho una alteración desautorizada en uno de los robots cocineros de la cocina privada de Su Majestad, y estoy positivamente seguro de que el objeto de esta alteración es la de envenenar los alimentos que le serán servidos.
Entraban ya en el vestíbulo principal y caminaban entre las hileras de cuadros de los emperadores pasados, Paul y Rodrik, Paul y Dodrik, alternándose uno y otro y otro más en ambas paredes. Sintió Paul que una sonrisa asomaba a sus labios pero se desvaneció.
—¿No fue el robot que prepara las salsas para la carne? —preguntó Paul.
—¡Pero cómo…! Sí. ¡Su Majestad!
—Lo siento, general, debí habérselo advertido. Esas alteraciones fueron hechas por los robotólogos del Ministerio de Seguridad. Instalaron la adaptación de un artefacto usado en los laboratorios de criminalística para asegurar medidas más uniformes. Ya lo han hecho antes para el príncipe Travann, el ministro, y él me lo recomendó.
Eso era una vergüenza, echarle a perder al pobre Harv Dorflay su complot de asesinato. También ese había sido un complot tan simpático. Debió haberse divertido mucho al inventarlo. Pero tenía que trazarse alguna línea en cualquier lado. Había que dejarlo que volviera el palacio de cabeza en busca de bombas. Damas de compañía cansadas, cuyos amantes el general sospechaba que fueran asesinos contratados; músicos ambulantes dentro de cuyos instrumentos se imaginaba que habrían colocado armas de fuego; la cocina privada del emperador tenía que ser considerada como un lugar inseguro.
Dorflay, quien debía haber quedado con el rabo entre las piernas, pero aliviado, se detuvo al instante, rompiendo asombrosamente la etiqueta de la corte, y abrió los ojos espantado.
—¡Su Majestad! ¿Hizo eso el príncipe Travann abiertamente con vuestro consentimiento? Pero, ¡Su Majestad! Estoy convencido de que es el propio príncipe Travann el instigador de cada una de estas diabólicas tramas. En el caso del ascensor yo sospeché de un hombre llamado Samml Ganner, uno de los agentes de la policía secreta del Príncipe Travann. En lo de la ametralladora de la pantallavisión, fue un técnico cuya hermana es miembro de la servidumbre de la condesa Yirzy, amante del Príncipe Travann. En el complot de la bomba de fisión…
Los dos Thoranos y su capitán habían continuado caminando y llegaron a cierta distancia antes de que se dieran cuenta de que no eran seguidos, y ya regresaban. Paul le puso una mano en el hombro al general y le hizo señal de que siguieran adelante.
—¿Ha mencionado usted esto a alguno?
—Ni una palabra, Su Majestad. Esta corte se encuentra tan llena de traición que no puedo confiar en nadie, y nunca debemos prevenir al villano que se sospecha de él.
—Muy bien, no diga nada a nadie.
Ya se encontraban frente a la puerta del estudio y participó Paul al general:
—Creo que estaré aquí hasta el mediodía. Si salgo más temprano le enviaré una señal.
Entró entonces en aquel salón de forma oval, iluminado desde la parte alta por el extenso mapa de estrellas colocado en el techo. Fue directo a su escritorio alrededor del cual había pantallavisión, pantallas de lectura y de comunicación, y mientras se sentaba maldijo enojado, primero a Harv Dorflay y después de un momento de reflexión se maldijo a sí mismo. Él era el único que merecía los reproches; había conocido las condiciones paranoicas de Dorflay durante años. Tenía que haber hecho algo. Cualquier médico psicológico lo certificaría y no tendría problema para alejarlo de su lado. Pero prefería morirse que hacerlo. Eso no hubiera sido la manera para recompensar la lealtad, aun cuando fuera una lealtad insana. Bueno, pues ya encontraría un camino.
Encendió un cigarrillo y se echó hacia atrás en su sillón, para contemplar el brillante cintilar de billones y billones de luces diminutas que se veían en el techo. Se suponía que por lo menos fueran billones y billones de ellas aunque nunca las había contado, como tampoco lo habían hecho los diecisiete Rodriks y los dieciséis Paules que se habían sentado allí abajo de ellas. Se movió su mano hacia un botón de control colocado en el brazo de su sillón y apareció del lado oeste de su estudio una figura roja, apenas del tamaño de una chuleta de puerco.
Ese era el Imperio. Allí estaban comprendidos cada uno de los mil trescientos sesenta y cinco mundos habitados, con un trillón y medio de seres inteligentes, catorce razas; quince si se contaba también la de los Fuzzies Zaratrustranos, que eran casi capaces de alternar bajo el reglamento de «Hablar y Hacer Fuego».
Ese había sido el imperio desde que Rodrik VI había visto terminado el mapa y cuando Paul II construyó el palacio, y cuando Stevan VI, el abuelo de Paul I había proclamado a Odín el planeta imperial y a Asgard la ciudad capital. Había habido alguna excusa para permanecer entonces dentro de aquel parche de estrellas; un imperio recién conquistado tenía que consolidarse en medio de esos mundos antes de que pudiera ser extendido sin riesgos serios. Pero aquello había sido hacía ya más de ocho siglos.
Echó un vistazo a su programa del día, hermosamente grabado y puesto nítidamente debajo de la cubierta de cristal de su escritorio: Almuerzo con el primer ministro y con la Banca de Consejeros Imperiales. Sí, ya era tiempo para eso que ocurría tan inevitable y regularmente como los complots de asesinato del general Dorflay. Y después del mediodía, una Sesión Plenaria con el Gabinete y sus Consejeros. ¿Iba a tener que soportar a la Banca de Consejeros dos veces en el mismo día? Entonces la molestia se desvaneció de su rostro para dar lugar a una sonrisa burlona.
Banca de Consejeros; ¡esa era la respuesta! Elevar a Harv Dorflay a la Banca. Para eso era ese organismo, un receptáculo plateado para colocar allí a los dignatarios achacosos. Entre ellos no haría ningún daño y un toque de locura sincera podría alegrar y hasta quizá mejorar la Banca.
Y siguiendo con su programa del día, un banquete por la noche y una recepción y baile en honor de Su Majestad Ranulf XIV. Rey, Planetario de Durendal, y primer ciudadano Zhorzh Yaggo, Administrador en Jefe del Pueblo y de la Comunidad Planetaria de Aditya.
¡Vaya ganga del día! Dos jefes de estado planetarios reunidos en una gran combinación. Se preguntó qué clase de trofeos había otorgado esa vez y cerró los ojos tratando de recordar. Durendal, naturalmente, era uno de los Espadachines Mundiales, sociedad establecida por refugiados de la facción vencida en la Guerra del Estado del Sistema, en tiempos de la Vieja Federación Terrícola, que había reaparecido en la historia galáctica unos siglos más tarde que los Vikingos Espaciales. Todos ellos tenían gobiernos monárquicos y más bien pintorescos. Durendal, pareció recordar Paul, era una especie de estado casi feudal. Acerca de Aditya, estaba menos seguro. Pensó que era algo desagradable; los títulos del gobierno y su cabeza eran sugestivos.
Otro cigarrillo más y oprimió el botón para que funcionara la pantalla de lectura a fin de ver lo que habían amontonado para él esa mañana y después lanzó un juramento cuando apareció una carta gráfica con líneas rojas, azules y verdes que se alternaban. También era ese un día para discutir aquello. Todo pasaba al mismo tiempo.
Era la situación de la carta del comercio interestelar del Departamento de Economía. Las líneas rojas para producción; las verdes para exportaciones y las azules para importaciones, seccionadas verticalmente para los Virreinatos y subseccionadas para las prefecturas, y con la amplificación y controles de enfoque hasta podía obtener datos para planetas individuales.
No se preocupó con eso, y hasta se preguntó por qué se había molestado siquiera en ver las cartas. Aquellos reportes ya eran por lo menos de veinte días atrás y eran tan uniformes lo que afectaba sus alteraciones.
Habían sido trasmitidos del Proconsulado Planetario a la Prefectura, y de la Prefectura al Virreinato y de allá a Odín; todos esos envíos por naves interestelares. Una nave equipada con impulsores «hiperdrive» podía anotar en su bitácora, años luz por hora, pero ondas de radio todavía tenían que viajar a unos trescientos mil kilómetros por hora. La carta gráfica de los cinco siglos anteriores mostraba la estadística real, tres líneas perfectamente paralelas y absolutamente niveladas.
La misma situación acusaban todas las otras gráficas. La población fluctuaba ligeramente por el momento, pero completamente estática durante los cinco siglos pasados. En agricultura una ligera baja, pero en cambio se registraba un aumento en producción de alimentos sintéticos. Un ligero movimiento de población hacia los planetas más urbanizados y hacia los centros más densamente poblados. Una inclinación hacia abajo en el desempleo, la población que no trabajaba aumentaba en un porcentaje aproximado de 0,001 % anualmente. No es que estuvieran fabricando mejores robots, sino que los hacían con mayor rapidez de lo que los daban de baja. Todas las gráficas acusaban lo mismo, una economía estable, una población estática, un imperio tranquilo y sin disturbios. Ocho siglos, cinco al menos, de tranquilidad sin historia. Bueno, pensó Paul, eso es lo que todos querían, ¿no era así?
Recorrió el resto de las gráficas y empezó a condensar los reportes de la Compañía Mining Cartel para que operara en unos planetas deshabitados; ¿la razón? El peligro de que se aglutinara el mercado local y se sobreestimulara la fabricación. Permiso concedido a la Compañía Robotics Cartel para que por requerimiento del gobierno planetario de Durendal se incrementara la cuota de exportación de cereales. No quisieron rechazar la solicitud mientras se encontraba allí el rey Ranulf.
De manera impulsiva oprimió el botón para la pantalla de comunicación con el conde Duklass, tenía los cabellos ralos de color rojo y una cara regordeta agradable y extrovertida. Sonrió y esperó a que le hablaran.
—Siento molestar a Su Señoría —le dijo a manera de saludo Paul—. ¿Qué hay en el fondo sobre esta cuota de exportación solicitada por Durendal? Tenemos aquí ahora a su rey. ¿Cree que haya venido solo por eso?
El conde Duklass chasqueó la lengua.
—Él no está haciendo nada sobre ello. ¿Ya se vio usted con él, señor?
—Aún no. Pero va a presentarse esta noche.
—Bueno, cuando usted lo vea, creo que el pronombre masculino es permisible, se dará cuenta de lo que quiere decir. Se trata de lord Koraff, el mariscal. Vino aquí de negocios y tuvo que tratar al rey por temor de que alguien pudiera secuestrarlo mientras él se encontraba ausente. Las miras de la política de Durendal, según entiendo son las de apoderarse de la persona del rey. Koraff estuvo en mi pantalla durante media hora; apenas acabo de deshacerme de él. Su planeta es agrícola en grado sumo; tuvieron un par de años de muy buenas cosechas seguidas y ahora tienen granos que hasta les brotan de la cabeza y orejas y quieren exportarlos y convertirlos en efectivo.
—¿Y bien?
—No podemos permitir que lo hagan, Su Majestad, no están atravesando por malas condiciones; simplemente no están obteniendo tanto dinero como ellos piensan que debían. Pero si empiezan a arrojar sus existencias dentro del mercado interestelar, ocasionarán toda clase de dislocamientos sobre otros planetas agrícolas.
—Al menos eso es lo que nos dicen nuestras computadoras.
—Y eso, pensó Paul, naturalmente es un evangelio. Estuvo de acuerdo.
—¿Por qué no convierten sus existencias de grano en whisky? Que lo añejen después durante cinco o seis años y lo tendrán entonces programado entre las mercancías de lujo pudiendo más tarde venderlo en cualquier mundo.
Los ojos del conde Duklass se agrandaron.
—Nunca había pensado en eso, Su Majestad. Solo un microsec; quiero tomar nota de ello. Que lo pasen a alguien que pueda transformarlo en su planeta, es una idea maravillosa, Su Majestad.
Finalmente terminó la conversación y volvió a sus reportes. La Oficina de Seguridad, lo de costumbre, tenía unos cuantos artículos por arriba del nivel muerto del procedimiento burocrático. El rey planetario de Excalibur había sido asesinado por su hermano y dos sobrinos, y ya esos tres se encontraban luchando entre ellos. Como nadie tenía con qué luchar excepto armas pequeñas y unos cuantos cañones ligeros, no habría intervención. Sin embargo, la había habido en Behemoth, en donde todo un continente había tratado de segregarse de la República Planetaria y la Marina Imperial había solicitado el envío de fuerzas de choque. Habían hecho lo indicado en ambos casos. Ninguna interferencia con algo que pasara por un gobierno planetario, pero solamente una soberanía sobre cualquier planeta con armas nucleares, y solamente una suprema soberanía en una galaxia entera con naves dotadas de impulsores hyperdrive.
Se enteró de que había habido disturbios en Amaterasu, debido a la indignación pública por elecciones fraudulentas. Repasó aquello con alegría increíble. Porque allí en Odín, no había habido ni una sola elección durante los seiscientos años anteriores que no hubiera sido completamente fraudulenta. Nadie votaba excepto los vagos cuyos votos eran comprados y vendidos al por mayor por jefes de pandillas para presionar a los grupos y ninguna persona decente se atrevía a acercarse a una distancia menor de cien metros de una casilla electoral en un día de elecciones. Llamó entonces al ministro de la Seguridad.
El príncipe Travann era un hombre de la misma edad de Paul, pero se veía mayor. Habían sido condiscípulos en la universidad. Su rostro delgado tenía varias arrugas y sus cabellos eran casi completamente blancos. Se encontraba detrás de su escritorio, con el Sol y el Engrane del Imperio pintados en la pared detrás de él y sobre el pecho usaba el escudo de su familia, un planeta de plata con tres lunas del mismo metal. Contrario al conde Duklass, no esperó a que Paul le hablara.
—Buenos días, Su Majestad.
—Buenos días, Su Alteza; siento molestarlo. Acabo de tropezar con un interesante artículo en su reporte. Ese asunto en Amaterasu. ¿Qué clase de planeta es, políticamente hablando? Parece que no recuerdo.
—Bueno, pues tienen un gobierno republicano, señor; una maquinaria muy complicada. Realmente es muy complicado su sistema. Cuando algo marcha muy mal, entonces siempre elaboran algo nuevo que encajan en su gobierno, pero nunca derogan nada. Tienen un presidente, un premier, y un gabinete ejecutivo. Tres cámaras legislativas y dos partidos judiciales completos y distintos. El premier es siempre el candidato presidencial que obtiene el mayor número de votos después del presidente. En el presente, el presidente que controla la milicia planetaria, está acusando al premier, que controla la policía, de fraude en las elecciones de la casa media de la legislatura. Cada uno está apoyado por el partido judicial que controla. Prácticamente todo ciudadano pertenece ya sea a la milicia o a las policías auxiliares. Espero recibir muy pronto mayores reportes de Amaterasu —añadió secamente.
—Me atrevo a decir que serán muy interesantes. Envíemelos detalladamente y por favor márquelos con estrella roja, príncipe Travann.
Volvió Paul a sus informes.
El Ministerio de Ciencias y Tecnología había enviado uno muy amplio. El único problema consistía en que todo lo incluido no era más que un simple duplicado del trabajo hecho en siglos anteriores. Pero no, un doctor Dandrik del Departamento de Física de la Universidad Imperial en Asgard, anunciaba que había sido establecido un límite definido de precisión para medir la velocidad de partículas subnucleónicas aceleradas y que tal límite consistía en 16.067543333 veces la velocidad de la luz. Eso ya parecía típico; en ese tiempo las fronteras de la ciencia, todo eran puntos decimales.
El Ministerio de Educación tenía muy poco que ofrecer pero al menos las becas históricas se mantenían todavía en actividad.
Paul estaba leyendo acerca de una nueva clase de materiales que habían salido a la luz en Uller desde el siglo sexto de la era atómica, cuando sonó la señal de una de sus pantallas y la luz intermitente se encendió.
La hizo funcionar y apareció en ella la imagen de su hijo Rodrik con Snooks, el pequeño galgo rojo, que se revolvía excitado en los brazos de su amo. El perro empezó a ladrar al momento y el muchacho habló a través del teléfono.
—Buenos días, padre. ¿Estás ocupado?
—Oh, no, de ningún modo —contestó oprimiendo un botón—. Entra.
Inmediatamente, el pequeño galgo saltó de los brazos principescos y entró como un relámpago en el estudio, subiéndose de un brinco al regazo de Paul. El hijo entró con pasos moderados para sentarse en la silla de un lado del escritorio y colocando los pies abajo de él.
Paul saludó primero a Snooks. Entonces se dio cuenta de que su hijo usaba pantaloncillo corto de cuero y botas de piel; hurgó entre los objetos de un cajón hasta que encontró unas galletas para darle a Snooks.
—¿Vas a algún lugar? —le preguntó un poquito envidioso.
—A la cumbre de una montaña, un día de campo. Olva irá conmigo.
Y su tutor, y su escudero, y la dama de compañía de Olva y una docena de tiradores thorianos y estarían en continuo contacto con las pantallas del palacio.
—Tiene que ser muy divertido. ¿Estudiaste todas tus lecciones?
—Física, Matemáticas y Galaxiografía —contestó Rodrik—. El profesor Guilsan nos va a dar a mí y a Olva nuestra clase de historia después del almuerzo.
Hablaron padre e hijo acerca de las lecciones y también del día de campo. Era evidente que Rodrik tenía algo más en mente. Después de un momento salió a relucir.
Padre, quería decirte que últimamente he estado con un poco de miedo.
—Bueno, pues cuéntame, hijo. ¿No es algo acerca de ti y Olva?
Rodrik tenía catorce años de edad; la princesa Olva trece. En seis años más serían casaderos. Hasta donde podía decirse, ambos eran felices pensando en ese matrimonio que había sido arreglado desde hacía varios años.
—Oh, no, nada de eso, pero la hermana de Olva y otras muchachas hijas de damas de compañía fueron a ver a una «médium psicóloga» que les dijo que va a haber cambios. Grandes y pavorosos cambios. Eso fue lo que les dijo.
—¿Pero no especificó?
—No, solamente así. Grandes y pavorosos cambios, eso fue lo que les dijo. Pero el único cambio de esa clase en que puedo pensar sería… bueno, en que te pasara algo.
Después de que Snooks había comido tres galletas, trataba de lamerse una de sus orejas. Entonces Paul tomó nuevamente al perrito poniéndolo en su regazo y acariciándolo suavemente con la mano izquierda.
—No debes dejar que esa «médium» te preocupe, hijo. Esas «médiums» psicólogas tienen poderes reales, pero no pueden imprimirlos o quitarlos como si fueran un tapón de botella. Cuando no consiguen algo se niegan a admitirlo y entonces inventan cosas. Generalmente cosas como esas que oíste, nunca nada específico.
El muchacho pareció ofendido como si alguien tratara de explicarle que su madre realmente no lo hubiera encontrado en un jardín de rosas y replicó con cierto enfado:
—Todo eso lo sé. Pero platicando entre sus amigas, parece que todas las otras «médiums» dicen la misma cosa. Padre, ¿recuerdas cuando explotó el reactor de Haval Valley? Durante un mes antes de que sucediera, las «médiums» de Odín habían estado hablando acerca de este terrible accidente.
—Lo recuerdo. Harv Dorflay creía que alguien había informado falsamente que el emperador iba a visitar la planta ese día. Esos cambios grandes y pavorosos probablemente resulten algún nuevo fiasco en escultura abstracta.
—Cualquier cambio alarma a la mayoría de la gente.
Continuaron hablando más acerca de las «médiums» y después acerca de los aerocoches y carreras de esos vehículos voladores, y también acerca del trofeo «Copa del Emperador» que se iba a disputar un mes más tarde. Las pantallas de comunicación empezaron a zumbar y las lucecillas rojas se apagaban y se encendían, pero Paul se concretaba a silenciarlas oprimiendo el botón de «ocupado» hasta que cuando por tercera vez se presentó un llamado, Rodrik dijo que ya era tiempo de que se fuera. Tomó de los brazos de su padre al perro Snooks y salió diciendo que regresaría a palacio a tiempo para el banquete. Las luces rojas de la pantalla nuevamente se encendieron mientras Rodrik salía.
Era el príncipe Ganzay, el Primer Ministro. Se veía como si tuviera un constante dolor de muelas, pero esa era su expresión ordinaria.
—Siento molestar a Su Majestad. Se trata de esos jefes de estado. El conde Gadvan, jefe de la Cámara recurrió a mí y pienso que debo pedirle su consejo. Es un asunto protocolario.
—Bueno, tenemos una regla establecida sobre eso. ¿Quién fue el que llegó primero?
—Sin duda, Adityan, pero parece que el rey Ranulf insiste en que él merece la precedencia o más bien el que la tiene es su señor mariscal. Este señor Koreff insiste en que su rey no va a ceder precedencia a un comunero.
—Entonces —replicó Paul con creciente enojo— ya podrá regresarse a Durendal.
Todas las pequeñas molestias de la mañana iban localizándose en un solo punto. Tuvo que esforzarse para alejar del tono de su voz la aspereza. Entonces continuó:
—En una reunión cortesana alguien tiene que ir primero y nuestros reglamentos hablan claramente que en el palacio vaya primero siguiendo el orden de llegada al planeta; este reglamento fue establecido para evitar violaciones al principio de igualdad de todos los pueblos civilizados y en todos los gobiernos planetarios. No vamos a hacerlo a un lado por el rey de Durendal ni por ningún otro.
El príncipe Ganzay asintió con una ligera reverencia. Algo de esa expresión de dolor de muelas había desaparecido de su rostro, ya que había sido relevado de la decisión.
—Naturalmente, Su Majestad —se alegró un poco—. ¿Cree usted que pudiéramos transigir? Quiero decir, alternar la precedencia.
—Solamente que consienta el Primer Ciudadano Yaggo. Si él consiente, sería una muy buena idea.
—Hablaré con él, señor —su expresión anterior se reflejó en su rostro—. Y otra cosa, Su Majestad. Los dos han sido invitados para atender esta tarde a la Sesión Plenaria.
—Bueno, allí no habrá problema; pueden entrar por diferentes puertas y sentarse en los lugares destinados a los visitantes colocándolos en sitios opuestos de la sala.
—Bueno, señor, no estaba yo pensando acerca de la precedencia. Pero esta va a hacer una sesión de electores. Se designarán nuevos ministros para remplazar al príncipe Havaly, de la Defensa, que murió, y al conde Frask de Ciencia y Tecnología elevado a la Banca. Parece que existe alguna diferencia de opiniones entre varios de los ministros y consejeros. Es muy posible que la sesión pueda degenerar en una violenta controversia.
—Sería horrible —dijo Paul con seriedad—. Aunque pienso que nuestros distinguidos huéspedes verán que el imperio puede sobrevivir diferencias de opiniones y aun controversias violentas. Pero si usted cree que pudiera tener malos efectos, ¿por qué no posponer la elección?
—Bueno, ya se ha pospuesto en tres ocasiones, Su Majestad.
—Pospóngala permanentemente. Anuncie por los medios acostumbrados que tendremos dos ministros robots, el de la Defensa y el de la Ciencia y Tecnología. Si resulta un buen éxito entonces trabajaremos en un proyecto para designar a un Emperador Robot.
La cara del Primer Ministro realmente se contrajo y palideció al oír la blasfemia.
—Su Majestad está bromeando —le dijo como si deseara que le diera mayor seguridad sobre ese punto.
—Desgraciadamente sí bromeaba; si mi puesto pudiera ser robotizado quizá yo podría tomar a mi esposa y a mi hijo y a nuestro perrito y salir a pasear por un buen tiempo.
Pero, por supuesto, no podría salir de pesca. Solamente había dos alternativas: el imperio o la anarquía galáctica. La galaxia era demasiado grande para sostener elecciones generales y tenía que haber un supremo gobernante y una positiva y automática vía de sucesión, lo que significaba hereditaria.
—¿Quiénes son los que difieren en opinión y acerca de qué? —le preguntó Paul a su Primer Ministro.
—Bueno, el conde Duklass y el conde Tammsan desean que el ministerio de Ciencia y Tecnología sea abolido y distribuidas sus funciones y personal. El conde Duklass pretende poner bajo la tutela de economía las secciones tecnológicas y el conde Tammsan aspira a apoderarse de la parte de la ciencia para controlarla a través de Educación. La propuesta va a ser introducida a esta sesión por el conde Guilfred, Ministro de Salud y Salubridad. Espera tomar algo de las ramas bioquímicas y biológicas y de la sección psicocientífica para su propio ministerio.
Paul lo había escuchado con mucha atención y comentó:
—Correcto, entiendo. Duklass se lleva la piel, Tammsan los cuernos y la cabeza y todos los que cazan se llevan su tajada de carne. Eso me parece que marca la ley de cacería. Pero por lo que a mí toca no estoy en favor de ello. Y ahora, príncipe Ganzay, en esta sesión desearía que lograra usted nombrar al capitán general Dorflay para la Banca. Pienso que ya es tiempo de honrarlo con alguna nueva distinción.
—¿El general Dorflay? ¿Pero por qué, Su Majestad?
—¡Por la gran galaxia! ¿Tiene usted que preguntar? Vamos, porque el hombre es un rabioso lunático. Él no debía ni siquiera tener bajo su cuidado el brazo de un sillón, ya no diga cinco compañías de soldados armados. ¿No sabe usted lo que me dijo esta mañana?
—Supongo que le habrá dicho que alguien está entrenando a su nidhog de esos que se arrastran por los pantanos para que trepe por la torre del octágono y lo muerda a usted a la hora del desayuno. ¿Pero qué eso no ha venido ocurriendo desde hace mucho tiempo?
—Hubo un truco en uno de los robots cocineros, pero eso se aparta de mi pregunta; finalmente ha nombrado al que está fraguando todas esas pesadillas que él sufre. ¿Y sabe usted quién es él? Yorn Travann.
El rostro del primer ministro se ensombreció más de lo común. Bueno, pero aquello sí era una razón poderosa. Uno de estos días…
—Su Majestad, yo posiblemente no podría estar más de acuerdo en la condición mental del general. Pero sí diría realmente que, loco o no, no se encuentra solo en sus sospechas acerca del príncipe Travann. Si el compartirlas con él me hace también un lunático, que así sea, porque sí las comparto.
Paul sintió que sus cejas se alzaban con sorpresa.
—Eso me parece mucho en demasía y demasiado poco, príncipe Ganzay —le dijo.
—Con su venia, le haré algunas reflexiones. No crea que yo sospecho del príncipe Travann de que se mezcle en juegos de niños con ascensores o pantallas-visión o robots cocineros, pero sí definitivamente sospecho de él en cuanto a ambiciones traicioneras. Supongo que Su Majestad sabe que él es el Primer Ministro de Seguridad en siglos que ha asumido el control personal de ambas policías, la planetaria y la municipal en lugar de delegar sus poderes «ex officio».
«Su Majestad podrá no saber, sin embargo, acerca de algunos de los usos peculiares que ha venido haciendo de aquellos poderes. ¿Tiene ya Su Majestad conocimiento de que él ha elevado a la guardia de seguridad por lo menos diez veces más de la fuerza necesitada para hacer frente a cualquier problema concebible a fin de mantener la paz sobre este planeta, y que ha venido amontonando enormes cantidades de equipo de combate pesado, cañones hasta de doscientos milímetros, equipo pesado contragravitacional, y aun destructores de cañones y botes lanzabombas y cohetes? ¿Y sabrá también Su Majestad que la mayoría también de ese armamento está concentrada en un sitio distante solamente unos quince minutos de ese palacio? ¿O que el príncipe Travann tiene a su disposición desde dos y media a tres veces en hombres y equipo, la fuerza combinada de la milicia planetaria y el ejército imperial sobre este planeta?
—Lo sé, tiene mi aprobación. Está tratando de salvar a algunos de los jóvenes que no trabajan, a través de la disciplina militar. Un buen número de ellos, creo yo cuando han sido dados de baja del Cuerpo de Guardias de Seguridad han salido del planeta y han sido contratados como mercenarios, lo cual es una profesión mucho mejor que la de vendedor de votos.
—Es una explicación muy plausible; el príncipe Travann no es nada que no sea plausible —afirmó el Primer Ministro—. ¿Pero sabe Su Majestad, que debido a las repetidas demandas de ayuda del ministro de seguridad, la Marina Imperial ha sido diseminada por todo el imperio, y que no hay ninguna nave de la marina, mayor que un bote de reconocimiento, a menor distancia de mil quinientos años luz de Odín?
Eso era absolutamente cierto. A Paul no le quedaba más que estar de acuerdo con el príncipe Ganzay que continuó:
—También ha venido haciendo algunas cosas peculiares como jefe de policía de Asgard. Por ejemplo hay dos influyentes jefes de los vagos que no trabajan y que toman parte del cuerpo de votantes, «Big Moogie Blisko» y «Zikko de Nose». Le aseguro a Su Majestad que yo no estoy inventando esos nombres; así es como realmente se llaman esas personas que han venido disfrutando del favor y apoyo del príncipe Travann. En un número de ocasiones, sus rivales más pequeños líderes de pandillas de menor importancia han sido arrestados muy a menudo con cargos supuestos y los han tenido incomunicados hasta que cualquiera de los dos, Moogie o Zikko pueden moverlos dentro de sus territorios y anexarlos a sus seguidores. Estos dos jefes de grupo están subsidiados respectivamente por la compañía Steel and Shipbuilding Cartels y por la Reaction Products and Chemical Cartels pero realmente están controlados por el príncipe Travann. Ellos a su vez controlan alrededor del setenta por ciento de los que no trabajan en Asgard.
—¿Y usted cree que todo eso tiene las miras de un complot contra el trono?
—Un complot para apoderarse del trono, Su Majestad.
—Oh, vamos, príncipe Ganzay, está usted hablando como Dorflay.
—Escúcheme, Su Majestad. Su alteza imperial solamente tiene catorce años de edad. Todavía pasarán once años antes de que él sea legalmente capaz para asumir los poderes de emperador en el evento lastimoso de que usted muriera antes de ese plazo, habría necesidad de una regencia. Por supuesto que sus ministros y consejeros serían los que nombraran al regente, pero yo sé cómo votarían con las bayonetas de la Guardia de Seguridad contra sus gargantas. Una regencia podría no ser solamente el límite de las ambiciones del príncipe Travann.
—Utilizando sus propias palabras es muy plausible, príncipe Ganzay. Sin embargo, todo eso descansa en un fundamento muy objetable. La presunción de que el príncipe Travann sea lo bastante estúpido como para desear el trono.
El príncipe tuvo que terminar solo la conversación ya que su pantalla no reflejó más la imagen del emperador. Todavía estaba mirándolo con asombrada incredulidad cuando se apagó la pantalla. No podía imaginarse que hubiera alguno que no deseara el trono, ni siquiera el hombre que tuvo que sentarse en él.
Durante un momento Paul permaneció mirando a la pantalla oscurecida y su preocupación era manifiesta. Viktor Ganzay tenía mucho mejor servicio de inteligencia de la que él había creído. Se preguntó Paul cuánto más habría averiguado Ganzay que no había mencionado. Enseguida volvió a sus reportes. Tenía al frente el del Ministerio de Bellas Artes cuando la pantalla de comunicaciones nuevamente requirió su atención.
Cuando movió el switch apareció la imagen de una mujer que le sonreía. Sus cabellos rubios estaban alborotados y usaba un vestido muy elegante; se acentuó la sonrisa de la mujer cuando el rostro de Paul apareció en la pantalla de ella.
—¡Hola! —lo saludó ella.
—Hola, ¿cómo estás? ¿Apenas saliste de la cama?
Se llevó ella la mano a la boca para esconder un bostezo.
—Te apuesto a que ya has estado reinando horas. ¿No han ido todavía Rod y Snooks a verte?
—Salieron hace un momento. Rod va con Olva a pasar un día de campo en las montañas.
Se preguntó Paul cuánto tiempo haría desde que él y Manís habían estado en un día de campo, un verdadero día de campo, con menos de cincuenta guardias y otros tantos cortesanos acompañándolos.
—¿Tienes muchas atenciones para esta tarde? —le preguntó Paul.
Ella hizo una mueca de enfado.
—Festival de flores. Tengo que aparecer personalmente entre las pantallas tridimensionales en vivo con mensajes para los súbditos amorosos. De tres minutos ante la pantalla y dos minutos de descanso intermedio. De eso tengo cuarenta para esta tarde.
—Uff, bueno, que te diviertas, mi amor. Todo lo que yo tengo es un almuerzo con la Banca y después una sesión plenaria —enseguida le dijo acerca de los temores de Ganzay de que pudiera haber una controversia violenta.
—¡Oh, será divertido! Quizá alguno le jalará las barbas a otro, o algo semejante. Yo también pienso lo mismo.
El indicador de llamadas que tenía frente a él empezó a brillar con el símbolo clave del Ministro de Seguridad.
—Siempre podemos esperar algo, ¿no es así? Y ahora Yorn Travann está tratando de hablar conmigo.
—No lo hagas esperar. Quizá pueda verte antes de la sesión —contrajo los labios para enviarle un beso y desapareció.
Nuevamente Paul hizo funcionar el switch y el príncipe Travann se reflejó en la pantalla. El Ministro de Seguridad no perdió tiempo para decirle que sentía molestarlo.
—Su Majestad, acabo de recibir un reporte de que hay un motín serio en la universidad; entre cinco y diez mil estudiantes están atacando al Centro de Administración, arrojando bombas malolientes y amenazando colgar al canciller Khane. Ya han sometido y desarmado a la policía local y he enviado dos compañías de la brigada de gendarmes contra motines, bajo las órdenes de un oficial a quién puedo confiar para que arregle este problema, firme pero inteligentemente. No queremos que haya ni tiroteos ni gases lacrimógenos, considerando que toda clase de personas puedan tener hijos e hijas mezclados en un motín estudiantil.
—Sí, me parece recordar otros motines semejantes, en los que los hijos de su difunta alteza, príncipe Travann y su difunta majestad Rodrik XXI se vieron involucrados —hizo una pausa para que considerara Travann el punto y enseguida añadió—: Esto difícilmente me parece como una batalla fraternal o alguna lucha entre pandilleros, ¿qué es lo que pudo haberla desatado?
—La versión que yo tengo y que la obtuve después de una casi histórica llamada en demanda de ayuda del propio canciller Khane, es que los estudiantes protestan por una acción suya mediante la cual despidió a un miembro de la facultad. Tengo un par de espías en la universidad y estoy tratando de comunicarme con ellos. He enviado más investigadores que podrán pasar como estudiantes y lo hice antes del envío de los gendarmes a fin de oír las razones estudiantiles y los nombres de los líderes alborotadores —bajó la mirada hacia el indicador que tenía al frente y que había empezado a brillar—. Si usted me perdona, señor, el conde Tammsan está tratando de comunicarse conmigo. Él podrá tener nuevas noticias. Tan pronto como sepa algo más, llamará a Su Majestad.
No había habido nada semejante en la universidad dentro de los recuerdos de los graduados más viejos. Paul sabía que el canciller Khane era un viejo bolsa estúpido y arrogante con un sentido hinchado de su propia importancia. Paul hizo una pequeña apuesta para consigo mismo de que todo aquello era culpa de Khane, pero se preguntó qué cosa habría detrás de eso y cuáles serían sus resultados finales, futuros. Se habían desatado grandes plagas ocasionadas por microbios pequeñísimos. Y las palabras que hacía unos momentos había oído de los labios de su hijo le vinieron a la mente. Grandes y pavorosos cambios…
El llamador de la pantalla lanzó un verdadero grito de alarma, y al instante movió Paul el switch. Era nuevamente Viktor Ganzay. Se veía como si su permanente dolor de muelas se hubiera alejado de él por el momento.
—Siento molestarlo, Su Majestad, todo está arreglado —informó—. El primer ciudadano Yaggo accedió en alternar en presencia con el rey Ranulf y lord Koreff ha retirado todas sus objeciones. Hasta donde yo puedo ver al presente no habrá ningún problema.
—Excelente. Supongo que oyó usted acerca del alboroto de la Universidad.
—Oh, sí, Su Majestad. Es un asunto desagradable.
—Simplemente impresionante. ¿Cuáles pudieron haber sido las causas, no ha oído usted? Todo lo que yo sé es que los estudiantes protestan por el despido de un miembro de la facultad. Debe haber sido excepcionalmente popular, pues de otra manera no hubiera recibido más que un regaño ordinario de Khane.
—Bueno, respecto a eso, señor, no puedo decir. Todo lo que supe fue que ha sido el resultado de algunas divergencias de facultad en uno de los departamentos de la ciencia. El despido fue fundado en insubordinación y desprecio por las autoridades.
—Yo siempre pensé que cuando una autoridad empieza a inspirar desprecio ha dejado de ser autoridad. ¿Dijo usted ciencia? Quizá eso no le sirva a Duklass y a Tammsan.
—Temo que no, Su Majestad —Ganzay no se veía precisamente arrepentido—. El diario «The News Cartel» lo supo ya y ha lanzado la noticia que muy pronto circulará por todo el imperio.
Dijo eso como si quisiera decir algo, y quizá sí. Un buen número de ministros y casi todos los consejeros se pasaban la mayor parte de su tiempo preocupándose acerca de lo que podrían pensar gentes sobre los planetas como Chermosh y Zarathustra, Deirdre y Quetzalcóatl, en ignorancia del hecho de que el interés en la política del imperio varía a la inversa como el cuadro de la distancia entre Odín y el nivel de corrupción e ineficacia del gobierno local.
—Veo que usted estará en el almuerzo de la Banca. ¿Cree usted que podría invitar también a nuestros huéspedes? Podríamos hacer una presentación informal antes de que empiece. ¿Puede usted? Bueno, nos veremos allá.
Y una vez más, al apagarse la pantalla, volvió a los informes. Los recorrió apresuradamente para asegurarse de que nada había sido marcado con la estrella roja y llamó a un robot para que aclarara el proyector. Después de un momento llamó nuevamente el príncipe Travann.
—Siento molestar a Su Majestad, pero ahora ya tengo la mayoría de los hechos de la revuelta estudiantil. Lo que ocurrió fue que el canciller Khane despidió a un profesor del departamento de física bajo circunstancias que provocaron resentimiento entre estudiantes de Ciencias. Algunos de ellos abandonaron las clases y fueron al estadio para organizar una manifestación de protesta, y aquello alcanzó el clímax cuando la mitad de los estudiantes estuvo allí. Khane perdió la cabeza y ordenó a la policía local que desalojara el estadio; los estudiantes los atacaron y lograron nulificarlos. Espero que ninguno de mis hombres permita que suceda nada semejante a eso. El hombre que envió, el coronel Handrosan, se las arregló para hablar con los estudiantes a fin de que regresaran al estadio y continuaran su reunión bajo la protección de mi gendarmería.
—Parece ser un buen hombre.
—Muy bueno, Su Majestad. Especialmente para controlar disturbios. Tenga plena confianza en él. También está investigando el fondo del asunto. Le informaré a Su Majestad, lo que ha investigado hasta el momento. Parece que el jefe del Departamento de Física, un profesor Nelse Dandrik, estaba llevando a cabo un experimento, asistido por el profesor Klenn Faress, para establecer con más precisión la velocidad de las partículas subleónicas, creo que son beta micropositos. La versión de Dandrik, como Khane se la relató a Handrosan, fue de que él alcanzó un límite y el aparato empezó a proporcionar resultados erráticos —el príncipe Travann hizo una pausa para encender un cigarrillo y continuó—: En este punto, el profesor Dandrik ordenó que se suspendiera el experimento, pero el profesor Faress insistió en continuar. Cuando Dandrik ordenó entonces que el aparato se desmantelara, Faress se vio verdaderamente contrariado y profirió palabras mal sonantes y amenazó a Dandrik. Este se quejó a Khane quien ordenó a Faress que se disculpara; este profesor se negó a hacerlo y Khane despidió a Faress. Inmediatamente los estudiantes se fueron a la huelga. Faress confirmó todo y añadió un pequeño detalle que Dandrik no había considerado necesario mencionar. De acuerdo con él, cuando esos micropositos eran acelerados más allá de dieciséis y fracción de veces la velocidad de la luz, empezaban a registrar en el punto deseado antes de que la fuente de aceleración registrara la emisión.
—Sí, yo… ¿Qué dijo usted?
El príncipe Travann repitió aquello último lenta y distintamente y sin ninguna inflexión en la voz.
—Eso pensé que había dicho. Pues bien, voy a insistir en una completa investigación, que incluirá la repetición del experimento. Bajo la dirección del profesor Faress.
—Sí, Su Majestad, y cuando eso ocurra, estaré presenciándolo en persona. Si alguien se encuentra ante el descubrimiento del viaje del tiempo, creo que Seguridad debe tener un interés sustancial en ello.
El Primer Ministro llamó nuevamente para confirmar que el Primer Ciudadano Yaggo y el rey Ranulf estarían en el almuerzo de la Banca. El jefe de la Cámara, conde Gadvan, también llamó presentando un largo y triste problema acerca del protocolo en el banquete. Finalmente al mediodía, trasmitió una señal para el general Dorflay, esperó cinco minutos y enseguida se retiró de su escritorio y salió del estudio, para encontrar al general loco y sus soldados con pelo de alambre formados en el pasillo.
En la terraza superior del lado sur había más soldados thoranos y después de una lluvia de saludos, presentaciones y órdenes para presentar armas y más saludos de manos, el Primer Ministro avanzó y poniéndose al lado de Paul, lo escoltó al sitio en donde los Consejeros de la Banca, los treinta que formaban el cuerpo, totalizando una edad de doscientos ochenta años, estaban esperando detrás de sus tres huéspedes distinguidos.
El rey de Durendal llevaba sobre sus hombros una capa de leopardo plateado y pantalón ajustado color de rosa. Su cinturón tenía eslabones de oro y de él pendía una daga incrustada de joyas, no más gruesa que una aguja de tejer. Era de figura esbelta y ágil y tenía ojos grandes y muy expresivos. El encargado del tocado real debió haber pasado con él por lo menos un par de horas.
«Hay que esperar a que Marris vea esto, ¡vaya hermano!», pensó Paul.
Koreff, el lord mariscal, usaba lo que probablemente era la costumbre general de Durendal, una túnica con mangas cortas, botas casi hasta las rodillas, y la daga parecía como si hubiera sido diseñada para usarse. Lord Koreff daba el aspecto de que estuviera dispuesto a usarla en cualquier momento; su complexión robusta, su cara redonda y brazos musculosos.
El Primer Ciudadano Yaggo, el Administrador en Jefe del Pueblo de y para la Comunidad Planetaria de Aditya, usaba un atavío blanco semejante a un mono de mecánico, con el emblema de su gobierno y el número «1» sobre el pecho. No llevaba daga; si hubiera llevado alguna funda para arma, probablemente hubiera sido para una regla de cálculo. Su cabeza estaba completamente rasurada, y tenía ojos claros y una boca como ratonera. Miraba a los durendalianos con aparente disgusto y era evidente que le correspondían.
El rey Ranulf parecía que había ganado en cara o cruz el derecho de ir primero. Estrechó la mano imperial con las dos suyas y se vio encantador cuando expresó su profundo placer.
Yaggo se colocó las manos a la altura del emblema de su pecho y las elevó rápidamente al nivel de su barba diciendo:
—Al servicio del Estado Imperial —y añadió como si le pesara hacerlo—. Su Majestad Imperial.
Por no ser jefe de estado lord Koreff ocupó el tercer lugar. Se concretó a estrechar la mano de Paul diciendo:
—Un gran honor, Su Majestad Imperial, y las gracias de parte de mi amo real y mías por esta amable recepción.
Después de haber fallado en ocupar el primer sitio estaba más que dispuesto a olvidar el incidente. Habiendo una oportunidad de que por haber encontrado modo de disponer de las existencias de grano podría constituir la diferencia entre permanecer en el poder o no.
Afortunadamente los tres huéspedes ya habían sido presentados con los Consejeros de la Banca. Inmediatamente después de la presentación de lord Koreff, todos ellos iniciaron la marcha de doscientos metros hacia el pabellón de almuerzos. El rey Durendal cogido del brazo izquierdo de Paul y el Primer Ciudadano Yaggo caminando torpemente a la derecha, con el príncipe Ganzay un poco más a un lado y lord Koreff a la izquierda del rey Ranulf.
—¿Planea usted permanecer largo tiempo en Odín? —le preguntó Paul al rey.
—Oh, me encantaría estar simplemente «meses». Todo es tan maravilloso aquí en Asgard; esto hace que nuestra pequeña capital de Roncevaux parezca tan completamente provinciana. Voy a decirle a Su Majestad Imperial un secreto. Voy a ver si puedo entusiasmar a algunas de sus maravillosas bailarinas de ballet para que vayan a Durendal conmigo. ¿No estoy loco al asolar los teatros de Su Majestad?
—Solo hace conservar la tradición de su pueblo —le manifestó Paul—. Ustedes los Espadachines de los Mundos, acostumbraban asolar todos los lugares adónde iban.
—Temo que esos días malos hayan pasado, Su Majestad —terció lord Koreff—, pero nosotros los espadachines recorrimos durante un buen tiempo toda la galaxia. En efecto, me parece recordar haber leído que algunos de nuestros grupos de Morglay o Flanberge aún ocuparon Aditya durante un par de siglos. Eso no se lo imaginaría al verla actualmente.
Le llegó el turno al Primer Ciudadano Yaggo para tomar la precedencia, el asiento del lado derecho del trono. Lord Koreff se sentó a la izquierda de Ranulf y para establecer un balance, el príncipe Ganzay ocupó la silla junto a Yaggo. Empezó con toda atención a hacer preguntas al Administrador en Jefe del Pueblo acerca de la estructura de su gobierno, enredándolo en un monólogo que prometía durar por lo menos la mitad del almuerzo. Eso permitió que el rey de Durendal quedara a disposición de Paul, quien para comenzar le dijo algún cumplimiento por su capa de piel de leopardo plateado.
El rey Ranulf rio armoniosamente, acariciando su atavío con las puntas de los dedos y dijo que había sido simplemente diseñada siguiendo el modelo del atavío general de los campesinos durendalianos.
—¿Tiene usted campesinos en Durendal?
—¡Oh, querido, sí! Es una gente tan linda y encantadora. Por supuesto, todos son pobres y usan tales harapos tan graciosos; viajan en unos aerocoches viejos y destartalados que hasta se maravilla uno de que no se hagan pedazos en el aire. Pero son tan maravillosamente felices y despreocupados. Muy a menudo deseo que pudiera ser uno de ellos en lugar de su rey.
—Son de la clase no trabajadora, Su Majestad Imperial —explicó lord Koreff.
—En Aditya —declaró el Primer Ciudadano Yaggo— no hay clases, y en Aditya todos trabajan. Cada uno de acuerdo con sus habilidades o según sus necesidades.
—En Aditya —dijo a su vecino en voz alta un consejero distante cuatro asientos a su derecha— no se les llama clases, se les denomina categorías sociológicas y tienen dieciséis de ellas. Y en Aditya no se les llama clase no trabajadora, sino reservistas ocupacionales y tienen más de ellos de los que pudiéramos tener nosotros.
—Pero por supuesto, yo nací rey y tengo una obligación para con mi pueblo —continuaba diciéndole el rey Ranulf a Paul, y lo dijo con tristeza.
—No, ellos no votan de ningún modo —lord Koreff le decía al consejero de su izquierda—. En Durendal tiene usted que pagar impuestos antes de que pueda votar.
—En Aditya el crimen de evasión de impuestos no existe —aclaró el Primer Ciudadano al Primer Ministro.
Y el consejero sentado a cuatro asientos de distancia de Paul le decía al vecino:
—En Aditya no hay nada que cause impuesto. El estado posee todas las propiedades, y si la Constitución Imperial y la Marina del Espacio lo permitiera, el Estado también sería dueño del pueblo. No me diga acerca de Aditya. La primera nave espacial que tuve a mis órdenes fue el viejo «Invictus», 374; estuvo comisionada en Aditya durante cuatro años y muy pronto iba a pasar ese tiempo en órbita alrededor de Niffelhein.
En ese momento recordó Paul quién era aquel que así hablaba: el viejo almirante Geklar, convertido ya en Consejero de la Banca. Este y el príncipe Consejero Dorflay se llevarían muy bien y serían famosos.
El lord mariscal estaba replicando a alguna objeción que alguien había hecho:
—No, nada de eso. Nosotros sostenemos que todo derecho civil o político implica obligaciones de la misma índole. Por ejemplo, el ciudadano tiene el derecho de protección del reino. Y el derecho para participar en el gobierno del reino incluye su obligación de apoyar el reino financieramente. Bueno, solamente imponemos impuestos sobre propiedades; si uno de los no trabajadores adquiere una propiedad causante tiene que ir a trabajar para ganar sus impuestos. Podría añadir que nuestros no trabajadores son muy cuidadosos para evitar adquirir propiedades causantes.
—Pero si no tienen votos que vender, ¿de qué viven? —preguntó un consejero asombrado.
—La nobleza los sostiene. Los terratenientes, los barones comerciantes, los señores industriales. Mientras más adherentes no-trabajadores tengan, mayor es su prestigio.
«Y mientras más rifles puedan apoyar a esos señores en sus disputas con los otros nobles, por supuesto», pensó Paul.
—Y además —continuó el lord mariscal— si no lo hiciéramos de esa manera, esa clase se convertiría en facinerosos y nos cuesta menos sostenerlos que tener que andar cazándolos por entre los bosques para colgarlos.
—En Aditya no existen facinerosos.
—En Aditya todos los facinerosos pertenecen a la policía secreta, solamente que en Aditya no se llama al grupo policía secreta, es llamado «Sirvientes del Pueblo», novena categoría.
Pasó rápidamente sobre el salón una sombra, seguida de otra. Paul dirigió la mirada hacia ellas y vio dos largas naves portatropas, con el blasón del Sol y el Engrane y el escudo de armas del Ministerio de Seguridad. Pasaron por la parte trasera de la Torre Octagonal y bajaron en el cuadro de aterrizaje del lado norte. Inmediatamente siguió una tercera nave. Paul se levantó prontamente de su asiento.
—Por favor permanezcan sentados, caballeros, y continúen con su almuerzo. Si me disculpan por un momento, regresaré enseguida —«así lo espero» añadió mentalmente.
El capitán general Dorflay, rodeado de una docena de oficiales, thoranos y humanos, ya se encontraba en la parte baja de la terraza de la Torre Octagonal. Tenían con ellos una compañía de rifleros thorianos. Mientras bajaba Paul hacia el grupo, Dorflay se apresuró a ir a su encuentro.
—¡Ha llegado la hora, Su Majestad! —le dijo tan pronto cómo pudo ser oído sin levantar la voz—. Estamos listos para morir con Su Majestad.
—Oh, dudo que llegue a tanto, Harv —le contestó—, pero solo para estar seguros, tome esa compañía y a los caballeros que están con usted y vayan a las montañas a unirse al príncipe de la Corona y a su grupo —de un bolsillo que colgaba de su cinturón extrajo un cuadernillo de apuntes y escribió rápidamente doblando la nota y entregándola a Dorflay—. Entregue esto a Su Alteza y póngase a sus órdenes. Lo sé, apenas es un niño, pero tiene buena cabeza. Obedézcale exactamente en todo, pero bajo ninguna circunstancia regrese al palacio o le permita regresar hasta que no lo llame.
—¿Está ordenándome Su Majestad que me aleje? —dijo el viejo soldado con asombro.
—Puede ser sacrificado un emperador que tiene un hijo, pero el hijo de un emperador, que sea demasiado joven, no. Eso lo sabe usted.
Harv Dorflay estaba solamente loco en una materia y aun dentro del cuadro de su locura era intensamente lógico. De modo que asintió con una ligera reverencia.
—Sí, Su Majestad Imperial. Ambos servimos al Imperio de la mejor manera que podemos. Y también protegeré la vida a la princesa Olva. ¡Quede Su Majestad con Dios! —exclamó el general estrechando la mano que le tendía Paul y se alejó presuroso para reunir a sus subalternos y a la compañía de thoranos. Momentos después habían desaparecido por la rampa de salida más cercana.
El emperador los vio alejarse y al mismo tiempo tuvo a la vista un aerocoche grande y negro, ostentando el planeta de las tres lunas con el sable de plata símbolo de Travann. Bajó el aerovehículo en el cuadro de aterrizaje del lado sur y fue seguido por otro portatropas que se posó a unos pasos de él. Salieron del aerocoche cuatro hombres: Yorn, príncipe Travann, y tres oficiales con el uniforme negro de los Guardias de Seguridad.
El príncipe Ganzay también había dejado la mesa y llegaba hacia Paul mientras el príncipe Travann avanzaba por la otra. Todos convergieron al mismo sitio.
—¿Qué pasa aquí, Príncipe Travann? —demandó Ganzay—. ¿Por qué ha traído todas esas tropas a palacio?
—Su Majestad —empezó a hablar Travann suavemente—, confío en que perdonará esta interrupción. Estoy seguro de que nada serio pasará, pero no quise correr el riesgo. Los estudiantes de la Universidad vienen en marcha hacia palacio, lo están haciendo en una procesión perfectamente pacífica y leal. Vienen con una petición para Su Majestad, pero en el camino, cuando pasaban a través de un distrito de no-trabajadores, fueron atacados por una pandilla de trúhanes conectados con un jefe de grupo de votantes, llamado «Nutchy the Knife». Ninguno de los estudiantes resultó herido y el coronel Handrosan alejó prontamente la procesión del distrito; enseguida colocó a algunos de sus hombres que ya habían sido reforzados para que sometieran a los trúhanes. Aquello todavía no termina y estas revueltas son como fuegos en los bosques, nunca sabe uno qué rumbo tomarán y sí podrá controlarlos. Espero que los hombres que he traído aquí no sean necesitados. Realmente son las reservas contra los motines de trabajadores y los retiraré hasta que esté seguro de que el palacio está a salvo.
Hizo Paul una señal con la cabeza dando a entender que había captado la situación y dijo:
—Bueno, príncipe Travann, ¿cuánto tiempo estima que transcurra para que llegue aquí la procesión?
—Viene a pie, Su Majestad. Por lo menos les daría una hora.
—Muy bien, príncipe Travann, haga que uno de sus oficiales verifique que la pantalla para dirigirse al público esté lista. Quiero hablar con los estudiantes tan pronto como lleguen. Y mientras tanto, hablaré con el canciller Khane, el profesor Dandrik, el profesor Faress y el coronel Handrosan, todos juntos. Ah, y también al conde Tammsan; príncipe Ganzay, ¿haría el favor de llamarlo a la pantalla invitándolo a que venga aquí inmediatamente?
—Pero. ¿Su Majestad? —Al principio el Primer Ministro trató de suprimir una mirada de incredulidad y enseguida aparentó que había comprendido—. Sí, Su Majestad —dijo al cabo de unos instantes y arrugó el entrecejo cuando vio que antes de irse dos de los oficiales de la Guardia de Seguridad saludaban al príncipe Travann en lugar de dirigirse al emperador. Entonces se volvió con pasos apresurados hacia la Torre Octagonal.
El oficial que había ido al aerocoche para hacer uso del radio, regresó informando que el coronel Handrosan venía ya en camino desde la Universidad trayendo consigo en su coche comando a los dos profesores, ya que había anticipado que pudieran ser requeridos. Paul asintió complacido.
—Ahí tiene usted un buen hombre, príncipe —le dijo—. Obsérvelo.
—Lo sé, Su Majestad. Para decir verdad él fue quien organizó esta marcha. Pensó que sería mejor hacer que los estudiantes vinieran aquí con su petición en lugar de estar causando disturbios en la Universidad que pudieran causar males mayores.
El otro oficial también regresó trayendo una pantalla-visión portátil colocada con el elevador antigravitacional. Para entonces ya la Banca de Consejeros y los tres huéspedes foráneos no pudieron controlar sus ansias y salieron en grupo del salón de almuerzos.
Los consejeros miraban inquietos a todos lados y advirtieron a los Guardias de Seguridad con sus negros uniformes que habían salido del portatropas y estaban tomando posiciones por escuadras alrededor del soberano. El primer ciudadano Yaggo, el rey Ranulf y lord Koreff también parecían inquietos. Estaban evitando la proximidad de Paul como lo hubieran hecho con la muerte verde.
Se iluminó la pantalla y apareció en ella la ciudad como si fuera vista desde un aerocoche a una altura de seiscientos metros, extendida con el palacio visible a la distancia, y la Torre Octagonal destacando de ella como una mole de oro. El coche que llevaba los transmisores iba detrás de la procesión que se movía rumbo a palacio a lo largo de una de las anchas avenidas elevadas.
Al frente marchaban los gendarmes y guardias de Seguridad que también flanqueaban a los estudiantes. Había unas cuantas banderas imperiales y planetarias, ninguno de los estandartes hechos en cantidad ni pancartas que siempre traicionan a una demostración planeada.
El príncipe Ganzay que había estado ausente por unos minutos ya regresaba. Cuando estuvo al lado de Paul lo llamó a un lado.
—Su Majestad —murmuró suavemente—, intenté reunir tan pronto como fuera posible tropas del ejército, pero pasarán horas antes de que puedan llegar aquí. Y la milicia no puede ser movilizada en nada menos de un día. Solo se cuenta en Odín con cinco mil soldados regulares.
Y la mitad de ellos eran oficiales y no combatientes de regimiento esqueléticos. Como la marina, el ejército había sido diseminado por todo el Imperio, en Beaemoth y Amida; en Xipetotec y Astarte y Jotunnheim en respuesta a llamados para ayudar al Ministerio de Seguridad.
Uno de los consejeros menos decrépitos, general retirado, dijo:
—Echemos una mirada a esta revuelta, príncipe Travann. Quiero ver cómo maneja su gente esta situación.
Los oficiales que habían llegado con Travann consultaron brevemente y enseguida captaron otra vista en la pantalla. Tenía que ser una vista pública regular, al frente de un alto edificio. Más o menos sería a una distancia de tres kilómetros más retirada de la que habían apreciado antes; el palacio era visible solamente como una diminuta mancha que se viera desde la Torre Octagonal. Una media docena de aerocoches de la Seguridad rondaban por allí, dos de ellos persiguiendo a un vehículo desvencijado de algunos civiles y le disparaban. Sobre las terrazas y avenidas elevadas, se veían agazapados pequeños grupos de la Guardia de Seguridad y corrían de un escondite a otro, y algunas veces también grupos o individuos vestidos con ropas civiles les disparaban en represalia. Había una ausencia sorprendente de heridos.
—¡Su Majestad! —cuchicheó el viejo general en un escandaloso murmullo—. ¡Eso no es más que una gran pantomima! ¡Vea, están disparando balas de salva! Los rifles casi no patean al disparar y hay demasiado humo como para que fuera pólvora impulsora.
—Ya lo había notado. Pero manténgalo en secreto —le aconsejó el Emperador.
Ese alboroto tuvo que haber sido cuidadosamente planeado con anticipación. Sin embargo, el lío estudiantil parecía enteramente espontáneo. Eso lo intrigaba. ¡Cómo quería saber con precisión qué era lo que tramaba Yorn Travann!
Llegaban más aerocoches, grandes y lujosos con los escudos de armas de las familias más distinguidas de Asgard. Uno de los primeros que bajó llevaba inscrito el emblema de Duklass y de ese vehículo salieron el Ministro de Economía, el Ministro de Educación y un par de otros ministros también.
El conde Duklass se dirigió inmediatamente al príncipe Travann alejándolo del rey Ranulf y de lord Koreff con quienes estaba. Habló con Travann rápidamente y con ansiedad.
En ese momento llegó el conde Tammsan casi corriendo.
—¡Salve, Su Majestad! —saludó falto de aliento—. ¿Qué es lo que ocurre, señor? Oímos algo acerca de la pequeña bronca en la Universidad y que el príncipe Ganzay estaba alarmado, pero ahora parece que se lucha en toda la ciudad. Nunca vi nada semejante; camino hacia acá tuvimos que elevarnos a tres mil metros para alejarnos de una batalla y hay una vasta multitud sobre la Avenida de las Artes, y… —entonces advirtió allí a los Guardias de Seguridad—. Su Majestad, ¿qué es realmente lo que pasa?
El conde Tammsan debió también haber ido a consultar alguna «médium» porque miró a Paul azorado cuando le contestó:
—Grandes y pavorosos cambios. Pero creo que el Imperio sobrevivirá, y hasta quizá tendremos unas cuantas mejoras cuando se haga lo necesario.
Un oficial de la Gendarmería, portando el uniforme azul, se acercó al príncipe Travann, y retirándolo del conde Duklass habló con él brevemente. El Ministro de Seguridad asintió con la cabeza y se volvió hacia el Ministro de Economía. Hablaron los dos durante un buen rato y enseguida hicieron sonar las manos. Travann dejó a Duklass con su cara arrugada por las sonrisas. El oficial gendarme se retiró cuando Paul se aproximó a ellos.
—Su majestad, este es el coronel Handrosan, el oficial que arregló el asunto de la Universidad.
—Y fue una buena labor, coronel —le dijo saludándolo de mano—. No se sorprenda si es recordado el próximo Día de los Honores. ¿Trajo consigo a Khane y a los dos profesores?
—Están allá en aquel cuadro de aterrizaje más bajo, Su Majestad.
Estamos demorando a los estudiantes para darle tiempo a Su Majestad para que hable con ellos.
—Los veremos ahora y será en mi estudio —saludó el coronel y se alejó. Entonces Paul se volvió hacia el conde Tammsan—. Para esto es para lo que le pedí al príncipe Ganzay que lo invitara a usted a venir. Estas cosas se han vuelto demasiado públicas para que sean ignoradas; tendrá que tomarse alguna clase de determinación. Voy a hablar con los estudiantes y quiero averiguar precisamente lo que pasó antes de cometer algún error. Pues bien, caballeros, vayamos a mi estudio.
El conde Tammsan veía en su derredor asombrado.
—Pero no entiendo… —siguió los pasos de Paul y del Ministro de Seguridad; un escuadrón de este caminó detrás de ellos—. No entiendo lo que está pasando —se quejó Tammsan.
Un emperador a punto de perder su trono y un ministro próximo a aplicar su tiro de gracia, tomándose tiempo fuera para arreglar una disputa académica. Aunque sí había algo que entendía Tammsan y era que el Ministro de Educación estaba recibiendo muy mala publicidad en un momento en que no era oportuno. El príncipe Travann le contaba acerca del ataque de los trúhanes a la marcha de los estudiantes y eso lo preocupó aún más. Los trúhanes no trabajadores actuaban por órdenes de sus jefes de grupo y las acciones a través de ellos generalmente iban acompañadas por acciones que se reflejaban hacia arriba a través de las influencias a las cuales los ministros eran sensibles.
En el pasillo, afuera del estudio, había una docena de Guardias de Seguridad enfundados en sus túnicas negras y un número igual de thoranos con atavíos rojos, los dos grupos fraternizaban amigablemente. Al ver que el emperador y el Ministro de Seguridad se aproximaban se separaron formando dos filas y el oficial thorano que había con ellos ordenó el saludo militar.
Entrando en su estudio fue Paul directamente hacia su escritorio. El conde Tammsan encendió un cigarrillo y fumó nerviosamente. Al sentarse dio la impresión de que temía que la silla se desplomara con su peso. El príncipe Travann se sentó en otra y aflojó los músculos de su cuerpo y cerrando los ojos para descansar.
Había un trocito de galleta en el piso junto a la silla de Paul; lo había dejado el pequeño galgo esa mañana. Paul se inclinó para recogerlo y lo puso sobre su escritorio. Se sentó entonces y se quedó mirándolo hasta que se iluminó la pantalla de la puerta de entrada y zumbó el indicador. Entonces oprimió el botón para permitir el paso a los que se anunciaban.
El coronel Handrosan hizo entrar a los tres hombres de la Universidad: Khane, quien a pesar de su cara arrogante y rubicunda mostraba preocupación; Dandrik, de cabello cano y hombros caídos, se veía exaltado; Faress, joven con un bigote rojo y alborotado, tenía una mirada agresiva. El emperador los saludó colectivamente y los invitó a sentarse y se produjo entonces un breve e incómodo silencio que todos esperaban romper.
—Pues bien, caballeros —les dijo Paul—, queremos que nos expongan los hechos acerca de este asunto, de acuerdo como fueron sucediendo. Deseo que me digan tan breve y completamente como sea posible todo lo que sepan de ello.
—Ahí está el hombre que empezó todo —declaró Khane señalando a Faress.
—El profesor Faress no tuvo nada que ver con ello —expresó Handrosan secamente—. Él y su esposa estaban en su departamento, empacando para cambiarse cuando empezó todo. Alguien lo llamó y le dijo acerca de la lucha en el estadio, y se trasladó inmediatamente para hablar con sus estudiantes e invitarlos a que se dispersaran. Para entonces ya la situación estaba completamente fuera de control; no pudo hacer nada con los estudiantes.
—Bueno, pues creo que debemos primero saber por qué fue despedido el profesor Faress —dijo el príncipe Travann—. Requeriría una buena labor para convencerme de que cualquier profesor capaz de inspirar tamaña lealtad en sus estudiantes es un mal maestro o que merezca un despido.
—Según entiendo —expresó Paul—, el despido fue el resultado de un desacuerdo entre el profesor Faress y el profesor Dandrik acerca de un experimento sobre el cual trabajaban. Creo que ese experimento conducía a precisar con más exactitud la velocidad de las partículas subnucleónicas aceleradas. Beta micropositos, ¿no era así, canciller Khane?
Khane lo miró con sorpresa.
—Su Majestad, yo no sé nada al respecto. El profesor Dandrik es el jefe del departamento de Física. Hace seis meses fue a verme y me dijo que en su opinión ese experimento era deseable. Yo simplemente lo sometí a su juicio y lo autoricé.
—Su Majestad acaba de asentar el propósito del experimento —dijo Dandrik—. Durante siglos ha habido imprecisiones en descripciones matemáticas de los eventos subnucleónicos, y ese experimento se llevaba a cabo con la esperanza de eliminar esas imperfecciones —expuso enseguida una explicación matemática muy amplia.
—Sí, entiendo eso, profesor. ¿Pero cuál fue precisamente el experimento real en términos de operaciones físicas?
—Su Majestad, estábamos utilizando el acelerador grande turbolineal para proyectar los micropositos rápidos hacia abajo de un tubo evacuado de un kilómetro de longitud, y con luz, la velocidad de la cual ha sido establecida casi absolutamente. Diré que con respecto a la luz, no había ninguna imprecisión observable en ningún tiempo y hasta que los micropositos fueron acelerados a 16.067543333. 1/3 veces la velocidad de la luz, registraban tanto como se esperaba. Sin embargo, más allá de esa velocidad, el blanco de los micropositos empezó a registrar impactos antes de que la fuente de aceleración registrara que hubieran sido emitidos, aunque el blanco luz aún estaba registrando normalmente. Notifiqué al profesor Dandrik acerca de esto y…
—Lo notificó usted. ¿No estaba presente en aquel momento?
—No, Su Majestad.
—Su Majestad, soy el jefe del departamento de Física de la Universidad. Tengo mucho trabajo administrativo como para perder tiempo en los experimentos técnicos como ese —interpuso Dandrik.
—Entiendo. El profesor Faress está realmente llevando a cabo el experimento. Usted le dijo al profesor Dandrik lo que había sucedido. ¿Y entonces qué?
—Bueno, Su Majestad, él simplemente declaró que el límite de precisión había sido alcanzado y ordenó que se suspendiera el experimento. Entonces reportó la lectura más alta antes de que ese efecto de anticipación fuera observado como límite establecido más recientemente en la medición de la velocidad de los micropositos y a pesar de eso no dijo nada en su reporte del efecto anticipado.
—Ya leí un sumario del reporte. ¿Por qué, profesor Dandrik, omitió mencionar ese ligeramente extraño efecto?
—Vamos, porque todo eso era completamente absurdo, por eso fue —rugió Dandrik y enseguida añadió precipitadamente—: Su Majestad Imperial —entonces se volvió con una mirada fulminante hacia Faress; (los profesores no dirigen esa clase de miradas a los emperadores galácticos)—. Su Majestad, el límite de precisión había sido alcanzado. Después de eso solamente era esperado que el aparato diera resultados erráticos.
Faress intervino nuevamente:
—Podría haber sido esperado que el aparato cesara de registrar la velocidad aumentada relativa al estándar de la velocidad de la luz, o que la empezara a registrar desproporcionadamente. Pero, Su Majestad, yo me someteré a que se discuta que no se esperaba a que registrara impactos antes de las emisiones. Y agregaré esto: después de registrar ese aparentemente ligero salto hacia el futuro, no había ningún aumento proporcionado en anticipación a mayores aumentos de aceleración. Yo quería averiguar por qué. Pero cuando el profesor Dandrik vio lo que estaba pasando, casi se volvió histérico y ordenó que se desconectara el acelerador como si tuviera miedo de que le fuera a explotar en la cara.
—Y creo que sí le ha explotado en la cara —dijo el príncipe Travann tranquilamente—. Profesor, ¿tiene usted otra teoría o suposición, o al menos alguna idea descabellada cómo ocurre ese efecto de anticipación?
—Sí, Su Alteza, sospecho que esa anticipación aparente es solo una ilusión observacional, semejante a la ilusión de regresar el tiempo, experimentada cuando se observó la primera vez aunque no realizada, de que los positrones algunas veces exceden la velocidad de la luz.
—Pero, eso es lo que he estado diciendo —interrumpió Dandrik—. Todo ese fenómeno es una ilusión debida a…
—A haber alcanzado el límite de precisión observacional; entiendo, profesor Dandrik. Adelante, profesor Faress —le ordenó Paul.
—Creo que más allá de 16.067543333. 1/3 veces la velocidad de la luz, los micropositos cesaron de tener por completo ninguna velocidad, velocidad que había sido definida como una unidad de emoción del tiempo del espacio cuatridimensional. Yo creo que se movieron a través de las dimensiones triespaciales sin moverse para nada en la cuarta dimensión temporal. Entonces recorrieron ese kilómetro desde su punto de arranque hasta su blanco, literalmente sin emplear ningún espacio de tiempo. Es la instantaneidad.
Esa debió haber sido la primera vez que el profesor Faress lo expresaba.
Dandrik saltó de su asiento lanzando un grito que estuvo muy cerca de ser un verdadero chillido.
—¡Está loco! Su Majestad, usted no debe… Esto es, bueno, quiero decir… Por favor, su Majestad, no le preste atención, no sabe lo que está diciendo. Está desvariando.
—Él sabe perfectamente bien lo que está diciendo —le aclaró el emperador— y probablemente lo asuste a él más de lo que le asusta a usted. La diferencia es que él está dispuesto a encararse con ello y usted no.
La diferencia estimada es que Faress era un científico y Dandrik un profesor de ciencia. Para Faress se había abierto una nueva puerta, la primera nueva puerta en ochocientos años. Para Dandrik, era una amenaza a la nulificación de todo lo que había enseñado desde la mañana y que había abierto su primera clase. Ya no podría decir más a sus discípulos:
—Están aquí ustedes para aprender de mí —tendría que decir más humildemente—: Estamos aquí para aprender de la Universidad.
También eso había ocurrido muchas veces. La Universidad cómoda y establecida había ajustado todos los hechos conocidos y después los nuevos hechos habían sido aprendidos aunque no encajaran en los anteriores. El tercer planeta del sistema solar había sido una vez el centro del universo. Y más tarde la tierra y el sol y aun la galaxia entera habían sido forzados para abdicar su centricidad. El átomo había sido indivisible hasta que alguien lo dividió.
Hubo una sustancia intangible que había penetrado el universo, debido a que se consideraba necesaria para la transmisión de la luz, hasta que fue demostrado que era innecesaria e inexistente. Y la velocidad de la luz se consideraba como la última velocidad, y así como el átomo no podía ser dividido, tampoco la luz no podía ser excedida en su velocidad. Y la velocidad de la luz había sido constante, sin considerar la distancia de su punto de partida, y el universo para explicar ciertos fenómenos observados se había creído que se encontraba extendido en todas direcciones. Y todo aquello que ocurrió en la rama psicológica, cuando el psi-fenómeno se había convertido en algo demasiado obvio como para que pudiera ser despreciado.
—¿Y entonces cuando el doctor Dandrik le ordenó que suspendiera el experimento, precisamente cuando empezaba a ponerse interesante, se rehusó usted a acatar sus órdenes?
—Su Majestad, no podía detenerme, no hasta el punto en que había yo llegado, pero el doctor Dandrik ordenó que el aparato se desmantelara y fuera destruido; siendo entonces cuando temo haber perdido la cabeza. Le dije que le golpearía su cara tonta, por una simple razón.
—¿Lo confiesa entonces? —rugió el Canciller Khane.
—Creo que usted dio una muestra admirable de control personal al no hacerlo. ¿Le explicó usted al doctor Khane la importancia de ese experimento?
—Lo intenté, Su Majestad, pero él simplemente no me oyó.
—¡Pero, Su Majestad! —exclamó Khane pretendiendo disculparse—. El profesor Dandrik es jefe del departamento y uno de los más notables físicos del Imperio, y este jovencito es solamente uno de los profesores asistentes. Ni siquiera es un profesor completo, y obtuvo su grado en alguna escuela fuera de nuestro planeta, en la Universidad de Branerton, del planeta Gimli.
—¿Fue usted discípulo del profesor Van Evaratt? —le preguntó el príncipe Travann secamente.
—Por qué, sí, señor. Yo…
—¡Ah, con razón! —exclamó Dandrik—. Su Majestad, ese hombre es un positivo charlatán. Fue arrojado de nuestra Universidad hace diez años y me sorprendió que aún pudiera entrar en la facultad de una escuela como Branerton, y en un planeta como Gimli.
—¡Vamos, usted estúpido, viejo tonto! —le gritó Faress—. No es usted ni siquiera lo bastante físico para acertar los robots del laboratorio de Evaratt.
—¡Ahí tiene, Su Majestad! —terció Khane—. ¿Ve usted cuánto respeto tiene por la autoridad ese truhan?
En Aditya, una cosa sería inimaginable; en Aditya todo el mundo respeta la autoridad, ya sea respetable o no.
El conde Tammsan se rio dándose cuenta de que tuvo que haber hablado en voz alta, nadie más pareció haber captado el chiste.
—Bueno, ¿y ahora qué me dice de la revuelta estudiantil? —preguntó Paul al príncipe Travann—. ¿Quién empezó eso?
—El Coronel Androsan hizo una investigación en el lugar de los hechos. ¿Puedo sugerir que oigamos su reporte?
—Indudablemente que sí. ¿Coronel?
Se levantó Androsan y de pie, con las manos cruzadas atrás, miró fijamente a la pared delante de la cual se encontraba el escritorio del emperador.
—Su Majestad, los estudiantes de la clase de física subnucleónica avanzada del profesor Faress, todos ellos estudiantes postgraduados, se les dijo que su maestro había sido despedido por un miembro de la facultad que se iba a hacer cargo de la clase desde esa misma mañana. Se levantaron todos y salieron formando un solo grupo para dirigirse a los campos de la Universidad a discutir el asunto. En el descanso siguiente de otra clase, se les unieron otros estudiantes de Ciencia y se trasladaron al estadio en donde media hora más tarde se les unían otros estudiantes que ya también habían tenido noticias del despido del profesor Faress. No tardó mucho tiempo en que la reunión se volviera un completo desorden. Todo aquel escenario fue captado por una cámara y tenemos una completa audiovisual de lo ocurrido incluyendo el ataque de que fueron víctimas los estudiantes por la Policía local de la Universidad.
«Ese ataque fue ordenado por el canciller Khane alrededor de las once. El jefe de la policía universitaria recibió órdenes de desalojar el estadio y cuando preguntó que si podía hacer uso de la fuerza, el canciller Khane le dijo que usara cualquier cosa que deseara».
—¡No fue así! Solo le dije que desalojara a los estudiantes del estadio pero…
El coronel Androsan no se inmutó por la interrupción y continuó con voz monótona:
—El jefe de la Policía llevaba consigo una grabadora personal. Tiene la orden de atacar con la propia voz del canciller Khane. La he oído personalmente; la Policía trató primero de usar gases pero el viento soplaba contra ellos. Enseguida intentaron usar lanzadores de sonido, pero los estudiantes se arrojaron sobre ellos y los dominaron. Si Su Majestad me permite expresar una opinión personal, aunque yo no simpatizo con su ataque subsecuente sobre el Centro de la Administración, los estudiantes estaban enteramente dentro de sus derechos para defenderse en el estadio y es ya lo bastante peligroso detener a tropas entrenadas y disciplinadas, además de que vayan bien armadas y de que estén ganando como ocurría con la Policía de la Universidad. Después de derrotar a la Policía los estudiantes simplemente prosiguieron con lo que podríamos llamar el momento de la victoria.
—¿Entonces usted diría que ha sido establecido positivamente que los estudiantes se comportaban de una manera pacífica y ordenada cuando fueron atacados en el estadio y de que el canciller Khane ordenó personalmente ese ataque?
—Lo diría enfáticamente, Su Majestad.
—Creo que tenemos aquí lo necesario, caballeros —terminó el emperador volviéndose hacia el conde Tammsan—. Esto es conjuntamente un asunto de educación y seguridad. Le sugeriría que usted y el príncipe Travann se unieran en una averiguación pública y formal, y hasta que todos los hechos hayan sido establecidos y tomada una decisión sobre el despido del profesor Faress para que sea reconsiderado y se reinstale en su posición de la facultad.
—Sí, Su Majestad —aceptó Tammsan—, y creo que sería una buena idea que el canciller Khane tomara unas vacaciones.
—También sugeriría que ya que ese experimento con los micropositos es crucial para todo este caso, sea repetido bajo la dirección personal del profesor Faress.
—Estoy de acuerdo con eso, Su Majestad —expresó el príncipe Travann—. Si es tan importante como creo, el profesor Dandrik es merecedor de una censura por haber ordenado que se suspendiera y por omitir en ese reporte los efectos de la anticipación.
—Consultaremos acerca de la averiguación conjunta incluyendo el experimento; nos reuniremos mañana, Su Alteza —le dijo Tammsan a Travann.
Paul se levantó de su asiento y todos hicieron lo mismo.
—Siendo ese el caso, ustedes, caballeros, pueden retirarse. La marcha de los estudiantes debe estar llegando y deseo informarles lo que se está haciendo. Príncipe Travann, Conde Tammsan, ¿desean acompañarme?
En el camino hacia la terraza del centro, frente a la torre octagonal, se volvió Paul hacia el conde Tammsan.
—Advertí que usted se rio de esa cita mía acerca de Aditya —le dijo—. ¿Conoció usted al Primer Ciudadano?
—Solamente en la pantalla, señor. Esta mañana estuvo conmigo alrededor de una hora. Parece que están reformando el sistema educativo en Aditya. En ese planeta se reforma todo cada diez años, con necesidad o sin ella. Vino aquí para buscar a alguien que se hiciera cargo de esas reformas —Paul se detuvo y sus acompañantes se detuvieron a su lado. La risa del emperador fue sonora.
—Bueno —dijo después de un momento—, enviaremos al Primer Ciudadano Yaggo muy feliz de regreso a su planeta; le haremos un presente que consistirá en el más distinguido de los educadores de Odín.
—¿Khane? —preguntó Tammsan.
—Khane. ¿No es maravilloso? Si tiene usted unos cuantos problemas se verá en líos, pero si en vez de pocos son muchos, esos problemas hay que resolverlos poco a poco. Tenemos una oportunidad para liberarnos de Khane y crear una vacante que pueda ser llenada por alguien de una talla suficiente; el Ministro de Educación se libra de una situación molesta; el Primer Ciudadano Yaggo obtiene lo que piensa que él desea…
—Y si conozco a Khane, tan bien como conozco al jefe de la comunidad del pueblo de Aditya, no pasará un año antes de que Yaggo haga fusilar a Khane o lo meta a la cárcel y después la marina espacial tendrá una excusa para visitar Aditya, y esta nunca volverá a ser la misma —añadió el príncipe Travann.
Después de que el emperador y los dos ministros se dirigieron a la masa de estudiantes, permanecieron estos en los prados del frente del palacio aclamándolos durante un buen tiempo. Los guardias de seguridad estaban visiblemente distraídos y fue un oficial de los rifleros thoranos vestidos de rojo, quien salió al encuentro de ellos cuando entraron en el pasillo de la Cámara de Sesiones. El príncipe Ganzar se aproximó atendido por dos oficiales de la guardia de palacio, uno de ellos era humano y el otro thorano. El conde Tammsan miró asombrado a uno y a otro de los oficiales. Lo que causaba su asombro era que todo estaba como debía estar.
—Bueno, caballeros —dijo Paul—, estoy seguro de que los dos desearán conferenciar por un momento con sus colegas en el salón antes de que principie la sesión. Por favor no se sientan obligados a atenderme.
El príncipe Ganzay se acercó mientras los dos ministros se alejaban por el pasillo.
—Su Majestad, ¿qué es lo que pasa aquí? —inquirió Ganzay con sentimiento—. ¿Quién está precisamente en contra de palacio, el príncipe Travann o usted? ¿Y dónde está Su Alteza Imperial? ¿Y el general Dorflay?
—Mandé a Dorflay para que se uniera al día de campo del príncipe Rodrik. Si está usted preocupado por eso, ya puede imaginarse lo que él hubiera hecho aquí.
El príncipe Ganzay lo miró con curiosidad por un momento.
—Yo pensé que había entendido lo que estaba sucediendo —dijo—. Y ese asunto de los estudiantes, ¿cómo se arregló?
Paul le narró lo ocurrido. Charlaron durante unos minutos y entonces el Primer Ministro miró su reloj y sugirió que la sesión debía ya dar principio. Paul estuvo de acuerdo y siguieron caminando por el pasillo hasta llegar a la Cámara.
El recinto semicircular y muy amplio estaba vacío excepto por un puñado de guardias imperiales, la emperatriz Marris y sus damas de compañía.
Avanzó Marris tan rápidamente como su atavío largo y ajustado se lo permitió y tomó del brazo al emperador; las damas de compañía siguieron detrás de ella y el príncipe Ganzay se adelantó anunciando:
—¡Mis Lores! ¡Sus Venerables Altezas! ¡Caballeros! ¡Su Majestad Imperial!
Marris apretó fuertemente el brazo de Paul mientras seguían su camino.
—Paul —susurró a su oído—. ¿Qué hay acerca de esta tonta historia de que Yorn Travann trata de apoderarse del trono?
—No es así. Yorn ha estado demasiado cerca del trono y durante mucho tiempo como para que no sepa qué clase de silla es. Cometería cualquier crimen, incluyendo hasta el genocidio, para mantenerse alejado de él.
Tuvo ella que apresurar el paso para seguir a Paul.
—¿Entonces por qué ha llenado el palacio con esos casacas negras? ¿Y Rod está bien?
—Perfectamente bien; se encuentra por allá en las montañas manteniendo ocupado a Harv Dorflay para que no venga aquí a hacer travesuras.
Cruzaron el pasillo de la Cámara de Sesiones y tomaron sus asientos en el trono doble. Todos se sentaron y el Primer Ministro después de algunas formalidades declaró la Sesión Plenaria abierta. Casi al momento uno de los príncipes consejeros se puso de pie implorando la venia de Su Majestad para interrogar al gobierno.
—Deseo preguntar a Su Alteza el Ministro de Seguridad, el significado de todo ese disturbio sin precedentes, tanto aquí en el palacio como en la ciudad.
Al punto se levantó el príncipe Travann.
—Su Majestad, en respuesta a la pregunta de Su Alteza Venerable —principió y enseguida expuso un relato completo de todo lo ocurrido, desde el alboroto estudiantil, la marcha para hacer su petición al emperador y el choque que tuvieron los estudiantes con los trúhanes de la clase no-trabajadora—, por lo que se refiere al caso de la Universidad, yo titubeo al hablar de lo qué realmente concierne a Su Señoría el Ministro de Educación, pero en cuanto a la lucha en la ciudad si es que todavía continúa, puedo asegurar a Su Alteza Venerable que los gendarmes y los guardias de seguridad la tienen bien controlada; las personas responsables han sido rodeadas y si el Ministro de Justicia concurre, dará mañana principio una averiguación.
El Ministro de Justicia aseguró al de Seguridad que su Ministerio estaría preparado para cooperar en esa investigación. Entonces el conde Tammsan se levantó empezando a informar acerca del motín en la Universidad.
—¿Qué pasó, Paul? —murmuró Marris.
—El Canciller Khane despidió a su profesor de Ciencias por estar demasiado interesado en la ciencia. A los estudiantes no les gustó. Creo que el sucesor de Khane rectificará eso. ¿Te divertiste en el festival de las Flores?
Levantó ella su abanico para esconder una mueca.
—Todo salió de acuerdo con mi programa y mañana tengo cincuenta presentaciones más ante la tridimensional.
—Su Majestad Imperial —el consejero que se había levantado hizo una pausa para asegurarse de que tenía la atención del Emperador y tan pronto se cercioró de que lo había logrado continuó—: En vista de que esta cuestión parece envolver un experimento científico, sugeriría que el Ministro de Ciencia y Tecnología también se interesara en ella. Y considerando que al presente no hay Ministro que cubra ese puesto, sugiero que la discusión sea continuada hasta después de que ese Ministro haya sido electo.
El Ministro de Salud y Salubridad saltó de su asiento.
—Su Majestad Imperial, permítame concurrir con la proposición de Su Alteza Venerable y extenderla con la subproducción de que el Ministerio de Ciencia y Tecnología sea abolida y sus funciones y personal sean divididos entre los otros ministros, específicamente entre los de Educación y Economía.
El Ministro de Bellas Artes estaba ya de pie antes de que el otro terminara su proposición.
—Su Majestad Imperial, permítame que concurra con la proposición del conde Guilfred y extenderla más allá con la propuesta de que el Ministerio de la Defensa, también ahora vacante, sea del mismo modo abolido y sus funciones y personal agregados al Ministerio de Seguridad cuyo cargo actual desempeña Su Alteza el príncipe Travann.
¡De modo que esas tenían! Marris a su lado exclamó:
«¡Vaya!» Hacía largo tiempo que Paul había descubierto que ella podía dar a entender mucho con un solo monosílabo que el promedio de consejeros en media hora de discurso.
El príncipe Ganzay daba la impresión de que hubiera sido alcanzado por un rayo y desde la Banca de Consejeros seis u ocho voces discutían acaloradamente. Cuatro ministros estaban clamando por el reconocimiento; el conde Duklass era el que gritaba más alto de modo que él logró imponer su voz.
—Su Majestad Imperial, hubiera sido lo menos apropiado en mí el haber hablado en favor de la propuesta del Conde Guifred, ya que soy parte interesada, pero no titubeo en concurrir con la propuesta del varón Garratt, el Ministro de Bellas Artes. Indudablemente la considero la más excelente de las proposiciones…
—Y yo la considero como la más diabólicamente peligrosa propuesta que se haya hecho en este salón en los últimos seis siglos —gritó el viejo almirante Geklar—. Esa es una proposición para concentrar todas las fuerzas armadas del Imperio en las manos de un solo ministro. ¿Quién puede decir qué usos sin escrúpulos pueda hacer de tal fuerza?
—¿Está usted insinuando, príncipe Consejero, que el príncipe Travann está meditando algún uso tiránico o subversivo de tal fuerza? —Entre toda aquella gente fue el conde Tammsan el que preguntó aquello.
Hubo un desconcierto general. Cerca de la mitad de la sesión plenaria estaba absolutamente segura de que así era. El almirante Geklar se sustrajo rápidamente a aquella pregunta diciendo:
—El príncipe Travann no será el último de los ministros de seguridad, es lo que yo estaba a punto de decir, Su Majestad, es que el problema existe. Seguridad tiene un monopolio virtual sobre las fuerzas armadas de este planeta. Cuando estos desórdenes de la ciudad se iniciaron y de los cuales los hombres del príncipe Travann están dando buena cuenta, hubo, según fui informado, una orden para traer al ejército regular y a la milicia planetaria en ayuda de Asgard. Pasarán algunas horas antes de que la primera de las fuerzas que menciono pueda llegar, y por lo menos un día antes de que la segunda pueda ser movilizada; para cuando cualquiera de las dos llegue aquí ya no habrá nada que pueda hacer. ¿No es esto correcto, príncipe Ganzay?
El Primer Ministro lo miró con enojo, aguijoneado al darse cuenta de que alguien más tuviera un servicio de inteligencia personal tan bueno como el suyo, pero entonces tragó su enojo y asintió.
—Aún más —continuó el conde Duklass—, el Ministerio mismo de la Defensa no es más que un anacronismo, por lo cual no hay duda que refleja las condiciones en las cuales ahora lo encontramos. El Imperio no tiene enemigos externos de ninguna clase; todos nuestros problemas de defensa, son en realidad problemas de seguridad interna. Por lo tanto vamos a entregar todo lo que fue el Ministerio de la Defensa al ministro responsable de esas tareas.
El debate se prolongó y se prolongó. Paul cada momento prestaba menos atención a él y se veía claramente que la oposición a las propuestas iba cediendo.
Gritos de «Votos, Votos» empezaban a oírse de los que apoyaban las proposiciones. El príncipe Ganzay se levantó de su sitio y fue hacia el trono.
—Su Majestad Imperial —le dijo suavemente—, yo me opongo a esas proposiciones pero estoy convencido de que serán favorecidas lo suficiente para pasarlas aun sobre el veto de Su Majestad. ¿Antes de que se decida la votación desea Su Majestad que renuncie?
Paul se adelantó y bajó del trono al lado del Primer Ministro, rodeándole los hombros con un brazo.
—Muy lejos de ello, mi viejo amigo —le dijo con voz perfectamente audible—. Lo necesito mucho, pero por lo que toca a lo propuesto no me opongo. Creo que es excelente y tiene mi aprobación —enseguida bajó el tono de voz y le dijo casi al oído—: Tan pronto como sean aprobadas extienda el nombramiento al general Dorflay para que forme parte de la Banca.
El Primer Ministro lo miró tristemente y enseguida asintió regresando a su lugar en donde hizo un llamado al orden y pidió que se iniciara la votación.
—Y bien, si no puedes derrotarlos, úneteles —comentó Marris cuando Paul regresó a su lado—. Y si empiezan a correr detrás de ti, no tienes más que gritar: «Allá voy, sígueme».
Lo propuesto se aprobó casi por unanimidad. El príncipe Ganzay presentó el nombre del capitán general Dorflay para que fuera elevado a la Banca de Consejeros y el emperador lo decretó. Tan pronto como la sesión fue clausurada y pudo hacerlo, se deslizó con Marris por una pequeña puerta que había detrás del trono y entró en un elevador.
En el aposento de la parte alta de la Torre Octagonal, se despojó del cinturón con la daga y se soltó la túnica, enseguida se sentó en su sillón y llamó a un robot sirviente. Era el mismo que le había servido el desayuno y lo saludó como lo pudiera hacer un buen amigo. El criado encendió un cigarrillo y le sirvió un brandy.
Durante un largo rato permaneció allí sentado, fumando y dando sorbitos a su bebida; y con la mirada fija en la ventana que tenía vista al oeste, en donde un sol anaranjado encendía las nubes detrás de las montañas, y se dio cuenta de que se encontraba terriblemente cansado. Bueno, había razón; ese día se había hecho más historia del Imperio que la que desde que ocupó el trono se hubiera forjado.
Entonces se oyó un «di» detrás de él. Volvió la cabeza para ver a Yorn Travann emerger del ascensor escondido. Sonrió y levantó su copa para saludarlo:
—Pensé que llegaría usted un poco tarde —le dijo—. ¿Están todos tratando de subir a la carreta?
—Y bien, si no puedes derrotarlos, úneteles —comentó lo colocó al lado del de Paul; entonces se sentó en el sillón frente a él y el robot se apresuró a servirle de la misma bebida.
—Bueno, ¿y se lo reprocha? ¿de haber estado usted en el lugar de ellos, qué le hubiera parecido?
—Un golpe de estado. ¿No era más que eso o había alguna otra razón? ¿Por qué no me dijo que lo estaba preparando?
—Yo no lo preparé, me lo prepararon. No sabía nada de ello hasta que Max Duklass me lo acomodó en el cuadro de aterrizaje. Yo había intentado luchar contra esa proposición para repartir ciencia y tecnología, pero esa revuelta hizo fracasar todo y asustó a Duklass, a Tammsan y a Guilfred y al resto de ellos. No estaban muy seguros de contar con la mayoría, esa fue la razón por la que lograron posponer la elección un par de veces, pero estaban seguros de que la revuelta iría a provocar que algunos de los indecisos se volvieran contra ellos. De modo que me ofrecieron respaldarme para tomar la defensa a cambio de mi apoyo para su proposición. Se veía demasiado bueno para dejarlo pasar.
—¿Aún al precio de destruir ciencia y tecnología?
—Desde hace mucho tiempo estaba destruida y abandonada a la oxidación y a la inutilidad. La principal función de Tecnología ha sido el suprimir cualquier cosa que amenace el estado de economía «rigor mortis» a lo que Duklass llama estabilidad; y la función de Ciencia ha sido el dejar que los cabezas huecas como Khane y Dandrik dominen la enseñanza de la ciencia. Por lo que toca a Defensa, esta tiene sus secciones técnicas y científicas, y cuando llegue el momento de destazar el pollo, Duklass y Tammsan van a ver montón de rebanadas servidas en mi plato.
—Y cuando esté rebanado, se descubrirá que no hay provisión para investigación original, De modo que cuando a Su Majestad le plazca instituirá una Oficina Imperial para la Investigación Científica, independiente de todo ministerio, y adivine quién será nombrado director.
—Faress, y a propósito, ya tenemos todo listo para alejar a Khane. El Primer Ciudadano Yaggo está tan encantado de llevárselo como nosotros lo estamos de liberamos de él. ¿Por qué no hacemos que regrese Van Evaratt y le damos ese puesto?
—Muy bien. Si él se hace cargo desde la apertura del próximo año académico, en diez años tendremos un millar de hombres jóvenes, o quizá diez veces más, que no tendrán miedo de experimentar nuevas cosas y nos darán nuevas ideas.
—Sí —afirmó Yorn Travann sacando sus cigarrillos y encendiendo uno. Paul echó una mirada al robot esperando que sus sentimientos no se hubieran lastimado; mientras tanto Travann continuó—: Todos estos levantamientos de los naturales del planeta que he estado provocando con los cabecillas de las tribus internas, y todas esas guerras civiles que mi gente ha estado manufacturando, tendremos más de ellas y empezará a tratar de arrancarme la cabeza para pedir una adecuada Marina Espacial, y después de que la tengamos, estos problemas locales cesarán y entonces, ¿qué se esperará que hagamos? ¿Destruir las naves?
Ambos sabían lo que se tenía que hacer con algunas de ellas. Tenía que hacerse furtivamente, mientras nadie lo observara, pero algunas de esas naves irían más allá de los límites del Imperio y ocurrirán nuevas cosas. Abrirán nuevos mundos y nuevos problemas. Habría grandes y pavorosos cambios.
—Paul, estuvimos de acuerdo desde tiempo atrás, cuando éramos aún universitarios. El Imperio dejó de crecer y cuando las cosas alcanzan su máximo crecimiento empiezan a morir, la muerte de petrificación. Y cuando esta es completa, empiezan las grietas y el desplome y no hay modo de detenerlo. Pero si podemos llevar gente a nuevos planetas el Imperio no morirá, empezará a crecer nuevamente.
—Usted no empezó el conflicto de la Universidad, sino esta mañana, lo inició usted mismo, ¿no es verdad?
—El lío de los estudiantes, no. Pero el ataque a ellos de los trúhanes, sí. Fueron algunos de mis propios hombres. Los verdaderos revoltosos empezaron a medrar después de que Handrosan había sacado a los estudiantes de aquel distrito. Los apergollamos a todos, incluyendo a su jefe, Nutchy the Knife; lo hicimos al momento y enseguida, Big Moogie y Zikko the Nose, trataron de colarse. En este momento estamos dando cuenta de ellos. Para mañana en la mañana no habrá en Asgard uno solo de esos grupos de no trabajadores votantes, y para el fin de semana serán eliminados en todo el planeta Odín. He descubierto un complot y todos ellos están involucrados.
—Espere un momento —le pidió Paul poniéndose de pie—. Eso me recuerda algo: Harv Dorflay está escondiendo a Rod y a Olva en las montañas. Quise tenerlo alejado de aquí mientras se desenvolvían los sucesos. Tengo que llamarlo y decirle que ya puede volver sin temor de nada.
—Bueno, pues arréglese su túnica y Colóquese el cinturón con su daga; se ve como si hubiera sido arrestado, desarmado y esculcado.
—Tiene razón.
Se arregló su atavío y cruzó el aposento para ponerse al frente de la pantalla y tuvo que recibir toda clase de seguridades. Entonces fue en busca del general Dorflay.
—¡Su Majestad! ¿Está usted bien?
—Perfectamente bien, general, ya puede traer a Su Alteza Imperial con toda confianza; la conspiración contra el trono fue aplastada.
—¡Oh, gracias a los dioses! ¿Está prisionero el príncipe Travann?
—Todo lo contrario, general. Fue nuestro leal y devoto súbdito, el príncipe Travann, quien aplastó la conspiración.
—Pero… ¡Su Majestad…!
—No se le reprocha que haya usted sospechado de él, general. Sus agentes estuvieron trabajando entre los más ocultos consejos de los conspiradores. Cada uno de aquellos de quien usted sospechaba, con excelentes razones, estuvo trabajando realmente para aplastar el complot. Haga recuerdos, general. La trama para poner la ametralladora detrás de mi pantallavisión; aquella otra para sabotear el ascensor; y aquella otra más para introducir asesinos dentro de la orquesta con armas ocultas dentro de sus instrumentos; cada una de esas conjuras pudo usted advertirla porque aquello parecía que fueran indiscreciones de los complotistas, ¿no es así?
—¡Pues… sí! ¡Sí, Su Majestad! ¿Quiere decir Su Majestad que las indiscreciones fueron deliberadas? —Ya el general debía tener una serie completa de memorias de cada una de ellas.
—La vigilancia y la lealtad de usted hizo necesario para ellos recurrir a esos medios fantásticos y su vigilancia los derrotó tan pronto como llegaron a su alcance. Puedo decirle en confianza que cada uno de los conspiradores está muerto. Murieron en la revuelta de esta tarde incitada por el príncipe Travann.
—¿Entonces… entonces ya no habrá más complots contra la vida de Su Majestad? —preguntó el general con una nota de tristeza en su voz.
—No más, Su Venerable Alteza.
—¿Pero, cómo me llamó Su Majestad? —preguntó el viejo militar con incredulidad.
—Tuve el honor de ser el primero en dirigirme a usted con su nuevo título, Príncipe Consejero Dorflay.
Dejó que el hombre se repusiera de su sorpresa y que balbuceara algunas palabras descansando en el hombro del príncipe heredero al trono. Mientras tanto este le hizo un guiño de ojos a su padre.
El príncipe Travann ya tenía listas otras dos copas que el robot había servido y le ofreció una de ellas a Paul cuando este regresó a su asiento.
—No pasará una semana sin que encuentre sospechoso de traición a algún miembro de la Banca de Consejeros —dijo Travann—. Pero hizo usted con él lo único que se podía haber hecho. Los problemas que existen se resuelven creando otros.
—Me estaba diciendo acerca del complot que había descubierto.
—Oh, sí; ese fue uno como para coronar los mejores esfuerzos de Dorflay. Todos los jefes de bloques de votantes de Odín, están en conspiración para iniciar una guerra civil que les dará oportunidad para saquear el planeta. No hay ninguna palabra de verdad en ello, por supuesto, pero servirá para arrestarlos y detenerlos por unos cuantos días, y mientras tanto algunos de mis investigadores estarán en control de todos los no trabajadores votantes del planeta. Después de todo las reglas acordadas pusieron fin a la competencia en cada uno de todos los negocios y ministerios; ¿por qué entonces no tener también una regla de votantes? Con eso en cualquier tiempo que haya una elección solo la anunciaremos para declararla.
—Pero eso significará un control absoluto…
—Del voto de la clase no trabajadora, sí. Y personalmente le garantizo que en cinco años los políticos de Odín, se habrán hecho tan insoportables, tan corrompidos y abusivos, que los intelectuales, los técnicos, la gente de negocios y aun la nobleza, estarán abarrotando las casillas para votar, y, aunque solamente la mitad de ellos acudan, serán suficientes para que apabullen a los no trabajadores. Y eso querrá decir que vendrá el final de la venta de votos y los no trabajadores tendrán que buscar trabajo, pero ya se los encontraremos.
—¡Grandes y pavorosos cambios! —dijo Paul levantando su copa.
Yorn Travann reconoció la frase. Probablemente fue él quien la pronunció primero y rio al oírla de labios del emperador.
—¡Por el Ministro de los Disturbios! —brindó Paul.
—¡Su Majestad! —respondió Travann.
Bebieron el uno por el otro y enseguida Travann dijo:
—Cuando niños tuvimos un buen número de sueños malos; ahora parece que hemos empezado a convertir en realidad algunos de ellos. Cuando estuvimos en la Universidad, los estudiantes no nos hubiéramos atrevido a hacer lo que ellos han hecho ahora. Ni siquiera lo intentaron hace diez años cuando Van Evaratt fue despedido.
—Y ahora tenemos al discípulo de Van Evaratt que regresó a Odín para empezar con una nueva era —Paul se quedó pensativo durante un breve momento y añadió—: Me gustaría saber lo que tiene Faress en ese efecto de anticipación.
—Creo que puedo ver lo que encierra. Si es posible propagar una onda que se conduzca como esos micropositos, quizá no tendremos que depender de las naves para comunicarnos. Algún día no lejano seremos capaces de poner en nuestras pantallas a Baldur, o a Vishnú, Atón o Thor, tan fácilmente como acaba de hacerlo con Dorflay que se encontraba refugiado en esas montañas —durante un momento guardó Travann silencio y prosiguió—: No sé si eso será bueno o malo, pero será algo nuevo y eso es lo que importa. Es lo único que cuenta.
—Festivales de flores —dijo Paul sonriendo y cuando Travann quiso saber lo que quería decir le explicó—: Cuando la princesa Olva sea emperatriz, va a maldecir el nombre de Klenn Faress. Festivales de flores difundidos por toda la galaxia, sin fin…