PAIS RELATO

Libros de héctor peña manterola

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héctor peña manterola

rosa y espinas

Se despertó de forma repentina. Otra vez las mismas pesadillas, la misma marca, el mismo recuerdo. El mismo dolor. Por mucho que pasaran los años había fantasmas que aún no conseguía disipar.
Tal era el destino de toda huérfana en Todaspartes. Nunca había tenido muchas oportunidades de cambiarlo hasta que le conoció a él.
El tacto de sus yemas rozó de nuevo una de las tantas cicatrices que portaba en su espalda. La memoria de los primeros años se había escrito en su piel, pero la de los venideros tenía doble fondo.
Apenas se esperaba que sobreviviera dentro de la Hermandad. La mayoría de neófitas morían nada más llegar, con apenas dos o tres años. Las diversas enfermedades, las bestias que se colaban en el convento, o las otras niñas que en momentos de debilidad estomacal recurrían a las más jóvenes en busca de llevarse algo tierno a la boca, habían puesto en entredicho su supervivencia.
Ella tuvo mala suerte y sobrevivió.
Nunca fue muy dada a creer, ya que prefería escaparse por las calles de la ciudad, soñar con correr libre, con haber nacido en una familia pudiente, con enamorarse de un valiente príncipe con el que recorrer los Cinco Reinos. Pero los sueños se evaporaban a golpe de látigo cada vez que otra de las hermanas descubría que ella había partido.
El precio de la libertad es demasiado alto para aquellos que nacen en el lugar equivocado.
Una vez, recordó, con apenas nueve primaveras, encontró un antiguo espejo de plata: fue la primera vez que pudo verse reflejada, con su pelo lacio y sucio, su cara llena de moratones y algún diente roto. No era como las princesas de las novelas que leía por las noches junto a un candil encendido.
Pestañeó rápido y se incorporó a la realidad que ahora la rodeaba. El cielo rugía tormenta, pero susurraba lamentos. Los mismos ruegos de todas las almas que rozaban por escapar del tormento que ahora sufrían. El mismo que ella había vivido.
Tenía tiempo, podía permitirse saborear aquel elixir un poco más mientras soñaba despierta. Había cierto placer en recordar un pasado que ahora estaba más presente que nunca. Entonces lo recordó todo. Pudo ver su sinuosa y anciana figura entre la toga roída de color marrón bubónico que portaba. Cada semana, visitaba el convento y siempre preguntaba por ella. Una lágrima de sudor frío la desnudó de nuevo al imaginar el poco pelo que le quedaba al hombre. Algo debió de ver en ella y eso la hacía sentirse especial. Uno de entre los primeros de Annhak se había fijado en la niña de los dientes rotos, tal vez por su dureza, o por su falso fanático fervor, aquel al que se aferraba diariamente para no perder la cabeza. Si Annhak había escogido aquel papel para ella, ella no era nadie para ponerlo en entredicho. Cada uno debía recorrer el sendero que el señor ordenaba.
Al principio solo eran toques aparentemente inocentes. Él le señalaba las zonas donde una mujer podía ser siempre útil al amo al cumplir con sus labores como esposa, aunque ella nunca podría ayudar así al señor una vez realizara los votos.
Se estremeció al recordar la primera vez que la mano caliente de aquel sacerdote se escurrió entre sus piernas. Su piel se tornó de gallina y sintió mucha vergüenza, mientras el hombre con voz dulce la animaba a calmarse, a decirle que solo era un regalo de la Diosa de la Vida en su cruzada contra Neidim. Tantos nombres importantes que para ella no significaban nada.
Lo siguiente que sintió era frío. El mismo frío de la piedra donde el hombre la tumbó después de introducir sus dedos entre aquello que la marcaba como mujer. Sintió cierto placer, no podía negarlo, pero cuando otro dedo se coló donde no debería, gritó.
—Cálmate, no pasa nada. Esto solo te diferencia de entre tus hermanas. Tú eres más especial que ellas a ojos de Annhak, me lo ha dicho personalmente —dijo mientras acariciaba sus calientes senos —Ya estás preparada para ser una mujer, y el señor lo sabe.
El hombre continuó presionando ambos agujeros como si estuviera taponando una herida. Cuando ella intentó zafarse, él se abalanzó encima. Lo siguiente que notó fue mucho peor, cuando él entró en ella. Una vez por semana, él entraba en ella.
Por mucho que se lavara, no podía liberarse de aquella sensación de asco, estaba impregnada en su propia alma. Creía que las Hermanas Superioras lo sabían, pero aparentemente, les daba igual. Las chicas como ella solamente eran trozos de carne que rodeaban a un coño.
Era impura y lo sabía. Cada vez más flaca, cada vez con mayores surcos de oscuridad rodeando sus ojos tras pasar las noches en vela.
Pero el hombre solo hacía lo que ordenaba Annhak, así que ella comenzó a rezarlo, a intentar comunicarse con él. Si ella lograba hablar con el señor, derecho que aparentemente se la negaba, tal vez podría cambiar la situación.
Hasta que decidió morder. El sacerdote había introducido su repugnante pene en su boca, y entre arcadas, ella regurgitó lo poco que había podido comer aquel día. Había llegado a su límite y nadie escuchaba sus plegarias. Así que solamente cerró la boca con fuerza.
Lo siguiente que recordaba era a ella misma corriendo sin rumbo tras escupir al suelo un trozo de carne sanguinolenta mientras el hombre se retorcía de dolor y gritaba.
Sabía que la matarían por aquello. Había desobedecido a Annhak. No servía ni para alimentar a los perros. Así que simplemente se acurrucó entre unas cajas de madera que había en el almacén, esperando su momento.
Entonces, sus plegarias al fin fueron escuchadas. La tentación hace al ladrón, decían en Todaspartes. Y ella fue tentada durante cuarenta noches. Tal vez no era nadie a ojos de Annhak, pero innumerables son los poderes que gobiernan sobre este mundo. Una caricia de placer, un beso de dolor, unos ojos en rojo.
Al día siguiente, la guardia de la ciudad encontró a toda la Hermandad muerta, las paredes del convento pintadas en rojo y decoradas por miembros mutilados de forma precisa formando símbolos andróginos. Nadie pensó en que faltaba una niña. Nadie conocía a la niña. Tal vez, nadie era la niña.
Ella fue la manzana que no se podía morder.
El instinto nunca puede ocultarse demasiado tiempo.