-Aquí llega, papá —gritó Billy, agitando sus gafas de campaña—. Acaba de dar la vuelta a la esquina desde Lilac.
Henry Brogan lanzó un pequeño gruñido cuando se apretó detrás del volante de su lujoso coche, en absoluto un turismo, con sus seis metros setenta centímetros de longitud, casi dos metros y medio de ancho, 360 caballos de potencia, cuatro puertas, totalmente automático y con aire acondicionado. Había mucho espacio entre el gran volante con dirección asistida y el respaldo de su asiento de piel, pero también había mucho Henry, especialmente alrededor de la zona del vientre. Volvió a gruñir de nuevo cuando se inclinó para darle al contacto. El rugido atronador de la potencia desencadenada inundó el garaje e hizo que Henry sonriera de placer al tirar del mechero encendido y aplastarlo contra el extremo de su largo puro.
Billy se agachó por detrás del seto, mirando a través de él y, cuando volvió a llamar a su padre, su voz sonó como un chillido por la excitación.
—¡A una manzana y disminuyendo la marcha!
—¡Vamos allá! —gritó su padre alegremente mientras pisaba el acelerador. El rugido del tubo de escape fue como un trueno y las puertas abiertas del garaje vibraron mientras que todas las latas vacías rebotaban en las estanterías. La impresionante máquina salió al mundo exterior como una exhalación y luego, por la calle, se desplazó con la gracia y solemnidad de un 747 en movimiento. Rugiendo con el grito de la libertad, rebasó con majestad el Austerity Beetle que Simón Pismire estaba conduciendo: un cilindro, todo plástico y contrachapado, consumo: cuatro litros y medio de combustible cada 212 kilómetros y una sola plaza.
Simón acababa de girar por su propia vía de acceso cuando el monstruo de la carretera le adelantó a toda velocidad e hizo que su diminuto medio de transporte se estremeciera con su estela. El rostro de Simón, enrojecido por la furia, se asomó por la abertura superior, como un topo saliendo de su madriguera, y agitó el puño con cólera e impotencia al coche, mientras sus palabras quedaban ahogadas por el estruendo de ocho gigantescos cilindros. Henry Brogan admiró la escena por su espejo retrovisor, se rio con regocijo y sacudió la ceniza de su puro.
En realidad era una estampa imponente, una ballena entre un banco de sardinas. Los diminutos vehículos que abarrotaban la calle se apartaban de él a su paso y los conductores observaban su marcha con los ojos fuera de las órbitas. Los peatones y ciclistas, en las nuevas aceras y carriles para bicicleta, prestaban la misma atención o estaban igualmente impresionados. El paso de un rey en su carroza o el de un astro del deporte a hombros de sus compañeros de equipo no habrían despertado más interés. Henry era, sin lugar a dudas, el Rey del Asfalto, y se regodeaba en ello con placer.
Sin embargo, no fue muy lejos; eso sería restregárselo en las narices. Su máquina aguardó, bramando con moderada impaciencia en el semáforo, luego giró en Hollywood Boulevard y se detuvo frente al drugstore de Thrifty. Dejó el motor en marcha y bajó del coche mientras farfullaba felizmente para él mismo y simulaba no advertir las miradas de todo el que pasaba por allí.
—Nunca ha tenido mejor aspecto —le dijo el doctor Kline. El farmacéutico salió a la puerta a recibirlo y le extendió el ejemplar de cuatro páginas del semanario Los Angeles Times—. Sin duda, se encuentra en muy buena forma.
—Gracias, doctor. A un buen coche hay que dispensarle buenas atenciones.
Hablaron durante un minuto sobre las cosas de costumbre: los apagones en la Costa Este, las escuelas cerradas por falta de suministro eléctrico, el nuevo mensaje de emergencia del presidente o sobre si a Mitchell y Stans les darían la condicional que les habían prometido. A continuación, Henry volvió al coche despreocupadamente y tiró el periódico sobre el asiento. Acababa de abrir la puerta cuando Simón Pismire llegó dando tumbos con su Austerity Beetle.
—¿Vienes de lejos con ese trasto, Simón? —preguntó inocentemente Henry.
—¡Escúchame, maldita sea! Vas avasallando con ese tanque, casi me arrollas. ¡Voy a llamar a la policía...!
—Vamos, Simón, no he hecho nada de lo que estás diciendo No he pasado cerca de ti y además he mirado atentamente a mi alrededor porque ese trasto tuyo es difícil de ver a veces.
El rostro de Simón enrojeció de rabia y dio unos pequeños brincos por la acera.
—¡No me hables en ese tono! Voy a echarte a la policía encima, a ti y a ese camión, que está quemando nuestras reservas de combustible, que no tienen precio...
—Controla tus nervios, Simón. Tu viejo corazón puede hacer ¡paf!, si te permites esos arrebatos. Estás en la franja de riesgo coronario, ya lo sabes. Y también sabes que la policía me visita a menudo. Los chicos de control de precio y los de racionamiento, los de Hacienda, la policía, todos. Todos ellos han venido a admirar mi coche y todos me han estrechado la mano como caballeros al marcharse. A la ley le gusta mi coche, Simón. ¿No es eso cierto, agente?
O'Reilly, el policía de ronda, estaba apoyando su bicicleta contra la pared. Los saludó con la mano y se apresuró; no quería implicarse.
—Por mí no hay problema, señor Brogan —le contestó por encima del hombro cuando entraba en la tienda.
—Ya lo ves, Simón. —Henry se deslizó tras el volante y oprimió el pedal del acelerador. El tubo de escape rugió y los peatones retrocedieron deprisa hasta subirse al bordillo de la acera. Simón aplastó su cara contra la ventanilla y gritó.
—¡Conduces este coche tan sólo para fastidiarme, eso es lo que estás haciendo! —Su cara se había puesto aún más colorada y el sudor le bañaba la frente. Henry sonrió tiernamente y dio una profunda bocanada a su habano antes de contestar.
—Venga hombre, lo que dices no es muy delicado. Hemos sido vecinos durante años, ya lo sabes. ¿Recuerdas cuando compré un Chevy? Justo a la semana siguiente, tú ya tenías un Buick de dos puertas. Luego yo me hice con un Buick de cuatro puertas. Me salió una buena oportunidad de segunda mano, pero tú te compraste tu Tornado aquel mismo día. Supongo que sólo fue una coincidencia. Como cuando me compré una piscina de seis metros y tú, por casualidad, te hiciste con otra de nueve que era incluso medio metro más profunda que la mía. Esas cosas nunca me molestaron...
—¡Y un cuerno!
—Bueno, quizá sí. Pero ya no me molestan, Simón. Ya no.
Henry pisó ligeramente el acelerador y aquel coloso del asfalto salió disparado vertiginosamente, dio la vuelta a la esquina y desapareció de la vista. Mientras conducía, Henry no podía recordar un día en que el sol hubiera brillado con tanta fuerza como aquél en un cielo tan límpido, ni que el aire fuera tan fresco. Era un bonito día.
Billy estaba aguardando en el garaje cuando Henry regresó. Cerró la puerta y puso el seguro después de que entrara el último reluciente y alto guardabarros. Billy se estuvo carcajeando a gusto cuando su padre le contó lo que había ocurrido y, antes de acabar la historia, los dos lloraban de risa.
—Me hubiera gustado ver su cara, papá. De verdad que me hubiera gustado. Te diré lo que podemos hacer mañana. ¿Por qué no subo un poco el volumen del tubo de escape? El amplificador tiene casi doscientos vatios de potencia y ahí atrás, entre las ruedas tenemos un altavoz de doce pulgadas. ¿Qué me dices?
—Quizá sólo un poco, un poquito más cada día quizá. Veamos el reloj. —Echó un vistazo al salpicadero entrecerrando los ojos y la sonrisa desapareció de su cara—. ¡Dios, he estado once minutos conduciendo! No creí que hubiera estado tanto tiempo.
—Once minutos... Eso supondrá unas dos horas.
—Ya lo sé, maldita sea. Pero vamos a hacer turnos o estaré demasiado cansado para la cena.
Billy sacó la gran manivela de la caja de herramientas, quitó el tapón del depósito de combustible y acopló el terminal de la manivela al interior hexagonal del orificio. Henry se escupió en las manos, agarró la enorme manivela de setenta centímetros de longitud y comenzó a hacerla girar con diligencia.
—No me importa si tardamos dos horas en acabar de darle cuerda —dijo entre jadeos—. Merece la pena con creces.