País Relato - Autores

harry harrison

un asunto de gravedad

-Pero ¿por qué tú? —preguntó ella.
—Porque resulta que es mi trabajo. —Dio la última vuelta al cinturón de la mochila, lo abrochó con un clic y se colocó cómodamente el peso sobre los hombros.
—No entiendo por qué esos tipos de la nave de suministros no pudieron haber dado un vistazo antes. Para echarte una mano, quizá para que te enteraras de dónde te estabas metiendo. No creo que sea justo.
—Es muy justo —le replicó él ajustándose la correa sobre el hombro izquierdo y tratando de no perder la calma. No le gustaba que ella hubiera ido allí cuando estaba a punto de marcharse, pero no era nada fácil detenerla. Se lo explicó una vez más.
—Los hombres que pilotan las naves de contacto tienen problemas simplemente para mantenerse sanos y salvos, atrapados en sus aparatos mientras navegan entre las estrellas. El suyo es un trabajo especializado, sólo ciertos hombres con una disposición particular pueden sobrevivir al largo vuelo. Esas mismas características son absolutamente incompatibles con la exploración y el contacto planetarios. Es suficiente tarea para ellos efectuar un rastreo fotográfico e instrumental de alta precisión y, a continuación, dejar caer una estación teletransportadora de materia sobre retromotores en un lugar apropiado. Cuando la estación tome tierra y envíe su informe, ellos ya habrán iniciado su viaje al próximo sistema hace tiempo. Ellos ya han hecho su trabajo. Ahora yo haré el mío.
—¿Ya está listo para mí, especialista Langli? —preguntó un hombre, asomándose desde la puerta de la habitación de preparación.
—Casi a punto —contestó Langli, disgustándose consigo mismo por el alivio que sintió con la intrusión del otro.
—Soldado ajustador Meer, le presento a mi esposa, Keriza.
—Es un gran honor, señora Keriza. Estará orgullosa de su marido.
Meer era joven y sonreía al hablar, de modo que podía pensarse que sus palabras eran sinceras. Llevaba un micro de corbata y unos auriculares y estaba en permanente contacto con el ordenador.
—Es un honor —respondió Keriza, que no pudo evitar añadir—: pero mi título no es eterno. Son los primeros esponsales y expiran dentro de unos días, mientras mi marido está de viaje.
—Ya —contestó el oficial Meer, sin hacerse eco de la amargura que escondían esas palabras—. Podrá esperar con ilusión al segundo o último cuando él esté de vuelta. Es una buena excusa para una celebración. ¿Quiere que empiece, especialista?
—Por favor, hágalo —confirmó Langli, levantando su cantimplora con la yema de los dedos para comprobar que estaba llena.
Keriza se batió en retirada contra la pared de aquella habitación tan anodina cuando empezó la lista de control. Ya estaba fuera de allí. El ordenador susurró sus preguntas al oído del oficial y él las pronunció en voz alta con el mismo tono mecánico. Ambos estaban prestando atención al ordenador y no a ella, los dos tan parecidos, con sus uniformes verde oscuro, casi del mismo color que la pintura de las paredes. El naranja y plata del vestido de Keriza estaban fuera de lugar allí e, inconscientemente, retrocedió hacia la salida.
La lista de control se efectuó con rapidez y obtuvo la aprobación del ordenador. Mucho más tiempo se invirtió en hacer los ajustes necesarios en el equipo de energía de Langli. Éste era un arnés metálico motorizado que sostenía su cuerpo, acoplándose a él como un exoesqueleto. Estaba ensamblado por las articulaciones y podía rotar para seguir cualquier movimiento. Como las almohadillas protectoras eran una parte integrada de su uniforme y las barras eran delgadas y de colores para hacer juego con el uniforme, no resultaba demasiado obvio. La mochila contaba con un suministro de energía atómica suficiente al menos para un año.
—¿Por qué llevas ese armazón metálico? —preguntó Keriza—. Nunca te lo habías puesto.
Tuvo que repetir la pregunta elevando la voz antes de que alguno de los dos la oyera.
—Es por la gravedad —le contestó finalmente su marido—. Hay más de dos-punto-uno-cinco-tres G en ese planeta. La fuerza del hombre no puede vencerla, pero esto puede ayudarme e impedir que me canse con excesiva rapidez.
—No me habías contado eso de ese planeta. De hecho no me dijiste nada...
—Hay poco que contar. Adonde voy hay gravedad alta, hace frío y viento. La atmósfera es buena; se ha examinado, aunque la presión del oxígeno es un poco elevada. Podría respirar.
—Pero... ¿y los animales? ¿Hay animales salvajes allí? ¿Puede ser peligroso?
—No lo sabemos aún, pero parece ser un lugar bastante apacible. No te preocupes.
Estaba mintiendo, pero la versión oficial le obligaba a hacerlo. Había colonos humanos en ese nuevo planeta y eso era información clasificada. Sólo se haría una declaración pública después de una evaluación oficial de su informe.
—Listo —dijo Langli, poniéndose los guantes—. Vámonos antes de que empiece a sudar dentro de este traje.
—La temperatura del traje está controlada termostáticamente, especialista Langli. No debería sentirse incómodo.
Lo sabía, tan sólo quería marcharse. Keriza no debería haber ido allí.
—A partir de aquí es zona restringida —le dijo a ella cogiéndola por los brazos y besándola rápidamente—. Te enviaré una carta en cuanto pueda.
La quería, pero no allí, cuando estaba a punto de marcharse a una misión. La pesada puerta se cerró tras ellos, dejándola a ella fuera, y él se sintió aliviado en seguida. Ahora ya podía concentrarse en su trabajo.
—Mensaje desde control —notificó el oficial al entrar en la acorazada sala transmaterial por las triples y gruesas puertas—. Quieren más muestras de tierra y vegetación. Formas de vida y agua, aunque estas últimas pueden aguardar.
—Las tendrán —contestó Langli, y el oficial transmitió la respuesta por su micrófono.
—Le desean un pronto éxito, especialista —dijo el soldado ajustador con su voz neutra. Después, con más calidez añadió—: Yo también. Ha sido un privilegio haberle ayudado. —Tapó el micrófono con la mano—. Estoy estudiando un curso de especialista y he leído sus informes. Creo que usted..., quiero decir que lo que ha hecho... —Sus palabras se extinguieron y enrojeció. Eso era una infracción de las normas y podía recibir una sanción.
—Sé lo que quiere decir, soldado ajustador Meer, y le deseo toda la suerte del mundo. —El especialista extendió la mano y, tras un instante de reticencia, el otro la estrechó. Aunque no lo reconocería ante los demás, Langli se emocionó ante ese gesto irregular. La frialdad de la cámara transmaterial, con sus palancas de reguladores y cámaras de televisión, siempre le había entristecido. No se trataba de que quisiera para su partida bandas de música o banderines, pero un poco de contacto humano lo reconfortó mucho.
—Adiós, pues —dijo y activó el interruptor del control transmaterial preconfigurado. La retícula metálica de la estación se desvaneció y fue sustituida por el vacío acuoso del campo Bhattacharya. Langli se dirigió a su interior sin vacilación.
Una fuerza invisible se apoderó de él arrastrándolo hacia adelante, lanzándolo de bruces contra el suelo. Estiró los brazos para frenar la caída y las varillas de seguridad de sus muñecas salieron disparadas por delante de las manos, plegándose lentamente para amortiguar la fuerza del impacto. De no haber sido así, seguramente se habría roto las muñecas. Incluso con esa ayuda, el impacto de las almohadillas electrónicas le cortó la respiración. Dio un grito ahogado para inhalar aire y se quedó a cuatro patas. La boca le ardía del frío y los ojos le lloraban. El uniforme se calentó cuando la helada atmósfera golpeó los termopares. Echó una mirada alrededor.
Un hombre lo estaba observando. Un hombre de complexión ancha y robusta con una enorme barba negra, larga y suelta. Vestía pieles con marcas rojas y llevaba una lanza afilada y corta, no mayor que su antebrazo. Hasta que se movió, Langli no advirtió que el hombre estaba de pie y no sentado. Era tan ancho y rechoncho que parecía estar truncado.
Lo primero era lo primero: control debía tener sus muestras. Vigiló de cerca al hombre barbado cuando sacó un recipiente de muestras de un bolsillo lateral de la mochila y lo colocó horizontalmente sobre el suelo. La superficie era dura, pero arrugada como el barro seco, de manera que rompió un trozo y lo colocó en el centro del disco rojo de plástico. Diez segundos más tarde, cuando los productos químicos reaccionaron al contacto con el aire, el disco se rizó por los bordes y la muestra quedó envuelta firmemente. El hombre se pasaba la lanza de una mano a otra y contemplaba el proceso con los ojos como platos. Langli llenó con tierra dos contenedores más y luego otros tres con hierba y ramitas con hojas de un arbusto que había un metro más allá. Ya era suficiente. Entonces, retrocedió lentamente alrededor de los cohetes de retropropulsión hasta que estuvo cerca de la estación transmaterial. Estaba funcionando pero no canalizaba la energía; es decir, cualquier cosa que penetrara en ella ahora se descompondría en radiación y acabaría desintegrada en el espacio de Bhattacharya. Sólo cuando él apoyara la palma de la mano sobre la placa del bastidor se sintonizaría con la estación receptora. Nadie más podría hacerla funcionar. Tocó la placa y echó las muestras al otro lado. Ahora ya podía pasar a otros asuntos más importantes.
—Paz —dijo poniéndose frente al hombre, con las manos abiertas y extendidas a ambos lados—. Paz.
El hombre no hizo nada, aunque levantó la lanza cuando el especialista avanzó un paso hacia él. Entonces Langli volvió a su posición original y el hombre bajó la lanza. Langli permaneció inmóvil y sonrió.
—Es algún tipo de juego, ¿verdad? ¿Quieres hablar mientras esperamos? —No hubo ninguna respuesta, él ni siquiera la esperaba en realidad—. Así pues, ¿qué es lo que esperamos? A tus amigos, supongo. Todo esto revela organización, lo cual es muy prometedor. Tu gente tiene un asentamiento en las proximidades; ésa es la razón por la que el transbordador transmaterial se dejó aquí. Vosotros hicisteis indagaciones pero sin fruto alguno y entonces lo pusisteis bajo vigilancia. Debes de haberles enviado un mensaje comunicándoles mi llegada, pero yo me caí de bruces y no vi nada.
Detrás de una ladera cercana se oyó un chirrido estridente, cuya intensidad creció poco a poco. Langli miró con interés cuando hizo su aparición un grupo de hombres barbudos, aparentemente idénticos al guardián, a esa distancia. Estaban tirando de un extraño vehículo con tres pares de ruedas de madera. Eran los ejes, que parecían no estar engrasados, los que producían los chirridos. No era más que una plataforma acolchada sobre la que descansaba un hombre vestido con pieles de color rojo brillante. La parte superior de su rostro estaba escondida por un casco metálico con perforaciones a manera de mirilla, pero desde la parte inferior del yelmo se extendía una gran barba blanca hasta el pecho. En la mano derecha, el hombre sostenía un cuchillo de trinchar bien afilado con el que señaló a Langli al descender lentamente del vehículo. Al mismo tiempo, dijo algo incomprensible con una voz profundamente ronca.
—Lo lamento, pero no le entiendo —contestó Langli.
Al oír sus palabras, el viejo comenzó a retirarse y casi lanzó el arma. Ese repentino gesto hizo que el resto de los hombres se agachara y alzara sus lanzas contra Langli. Al cabecilla no le gustó eso y gritó lo que sólo podían ser órdenes. Bajaron las lanzas al instante. Cuando estuvo satisfecho con la reacción, se volvió hacia Langli y habló lentamente, eligiendo cuidadosamente las palabras.
—Yo... no sabía..., creo..., yo escuchar estas palabras pronunciadas por otro. Sólo sé leer. —El acento era extraño pero el significado era perfectamente claro.
—Estupendo. Aprenderé vuestra lengua, pero por ahora podemos hablar la mía.
—¿Quién eres? ¿Qué es esa cosa de allí? Cayó de noche con mucho ruido. ¿Cómo llegar tú aquí?
Langli habló despacio y con claridad, pronunciando un discurso obviamente preparado.
—Traigo saludos de mi pueblo. Recorremos grandes distancias con esta máquina que habéis visto. No somos de este mundo. Os ayudaremos de muchas maneras que ya os explicaré. Podemos ayudar a los enfermos y hacer que sanen. Podemos traeros alimentos si pasáis hambre. He venido solo y ninguno más de nosotros vendrá si vosotros no lo permitís. A cambio, sólo os pedimos que respondáis a mis preguntas. Cuando las contestéis, seremos nosotros quienes respondamos a las que vosotros queráis hacernos.
El viejo permanecía de pie con las piernas extendidas y apoyadas con firmeza, limpiando inconscientemente la hoja de su cuchillo sobre la pierna.
—¿Qué queréis? ¿Cuáles son vuestras verdaderas necesidades..., deseos?
—Tengo medicinas y puedo ayudar a los enfermos. Puedo conseguiros alimentos. Sólo pido que contestéis unas preguntas. Por debajo del gran bigote, los labios del viejo se retorcieron en una fría mueca.
—Entiendo. Haz como tú dices... o no hagas nada. Ven conmigo. —El viejo retrocedió y se colocó con parsimonia en el carro, que crujió bajo su peso—. Me llamo Bekrnatus. ¿Tienes nombre, tú?
—Me llamo Langli. Será un placer acompañarte.
Ascendieron en lenta comitiva hasta la cima de la colina y bajaron hasta el liso valle que había más allá. Langli ya se sentía cansado. Su corazón y sus pulmones estaban trabajando el doble para combatir el aumento de la gravedad y ya estaba exhausto antes de recorrer ni medio kilómetro.
—Un momento —dijo—. ¿Podemos pararnos un poco?
Bekrnatus alzó la mano y profirió una orden tajante. La comitiva se detuvo y los hombres se sentaron inmediatamente, la mayoría de ellos tumbándose sobre la espesa hierba. Langli abrió su cantimplora y bebió con ganas. Bekrnatus examinaba cada movimiento con mucha atención.
—¿Quiere beber un poco de agua? —preguntó Langli, alargando la cantimplora.
—Mucho —contestó el viejo, cogiendo la cantimplora y estudiándola de cerca antes de beber—. El agua tiene un sabor de mucha diferencia. ¿De qué metal... es hecho este recipiente?
—Supongo que de aluminio o de una aleación suya. —¿Debería haber contestado a esa pregunta? Parecía bastante inofensiva. Pero nunca se podía estar seguro. Probablemente no debería haberlo hecho, pero estaba tan cansado que no pensó en ello. El grupo de barbudos observaba atentamente la escena y el que estaba más cerca se levantó y fijó su mirada en la cantimplora.
—Lo siento —dijo Langli, mientras parpadeaba, con los ojos enrojecidos por la fatiga, y ofrecía la cantimplora al otro tipo—. ¿Le gustaría beber también?
Bekrnatus voceó algo en tono ronco cuando el hombre dudó por un momento, después alargó la mano y agarró la cantimplora. En lugar de beber, se dio la vuelta y empezó a correr. No fue suficientemente rápido. Langli lo vio, aturdido, mientras el viejo se abalanzaba sobre él y hundía el largo cuchillo sobre la espalda del fugitivo hasta la empuñadura.
Nadie movió ni un músculo cuando el herido se tambaleó. Luego se desplomó rápida y pesadamente sobre el suelo. Yacía de costado, con los ojos abiertos y con la sangre brotando a borbotones de la boca mientras los dedos soltaban la cantimplora. Bekrnatus se arrodilló y le quitó la cantimplora. Entonces arrojó el cuchillo con un simple y poderoso movimiento. Los ojos muertos y estupefactos estaban totalmente petrificados.
—Toma esta cosa de agua y no vengas... Ve cerca de otra gente o dales algo.
—Tan sólo era agua.
—No era el agua. Has matado a ese hombre.
Langli, ofuscado, comenzó a decirle que estaba perfectamente claro quién era el que lo había matado, pero, entonces, prudentemente, decidió mantener la boca cerrada. No sabía nada sobre aquella sociedad y había cometido un error. Eso era obvio. En cierto sentido, el viejo tenía razón y era él quien había matado a aquel hombre. Hurgó en sus bolsillos, extrajo una pastilla estimulante y se la tragó con agua de la cantimplora de la discordia. La marcha se reanudó.
El asentamiento se encontraba en el valle, apiñado contra un acantilado de piedra caliza. Langli estaba exhausto cuando llegaron a él. Sin el suministro añadido de energía que le proporcionaba el traje motorizado no podría haber recorrido la cuarta parte de aquella distancia. Se encontraba ya entre las casas antes de percatarse de que estaban allí, tal era su perfecta integración en el paisaje. Eran refugios casi subterráneos, cubiertos con llanas techumbres de musgo. Delgadas espirales de humo salían por las aberturas practicadas en la mayoría de ellos a modo de chimenea. La comitiva no se detuvo, pero se abrió paso entre las casas construidas en forma de trincheras y se aproximó al acantilado. Éste disponía de diversas aberturas excavadas a nivel del suelo. Las más grandes estaban cerradas con puertas de troncos. Cuando se aproximaron, Langli advirtió que dos aberturas en forma de ventana estaban revestidas con cristal o alguna otra sustancia transparente. Le hubiera gustado investigar sobre el asunto, pero eso debería aguardar. Todo debería esperar hasta que recuperara cierta energía. Se irguió tambaleándose, mientras Bekrnatus descendió lentamente de la litera rodante y se aproximó a una puerta de troncos, que se abrió cuando estuvo cerca. Langli comenzó a seguirlo, pero se sintió desfallecer, incapaz de sostenerse en pie. Aún dispuso de un instante para advertir con sorpresa que, por primera vez en su vida, se estaba desmayando, antes de que el suelo ascendiera y le golpeara.
El aire le calentaba el rostro y estaba tumbado. Le costó unos instantes darse cuenta de dónde estaba, incluso después de haber abierto los ojos. Una fatiga inmensa le atenazaba y cada movimiento le exigía un gran esfuerzo; incluso sus pensamientos estaban anestesiados. Tuvo que examinar varias veces la oscura habitación antes de que los detalles le sugirieran algo: una ventana que estaba empotrada profundamente en la pared de piedra, unos bultos mal iluminados del mobiliario y otros objetos desconocidos, una luz amarillenta y más tenue del fuego de la chimenea de piedra, muros asimismo de piedra. Recuperó la memoria entonces comprendió que debía de estar en una de las habitaciones que había visto antes, excavadas en la roca sobre la pared del acantilado. El fuego crepitaba y podía sentir el olor acre no agradable del humo que había en el ambiente. A sus espaldas, oyó el ruido de unas pisadas ligeras que se dirigían hacia él. Se sentía demasiado cansado para volver la cabeza, pero desterró tal pensamiento de dejadez y miró en esa dirección.
Vio el rostro de una muchacha de cabello largo y rubio y unos profundos ojos azules.
—Hola, no puedo creer que nos hayamos conocido —dijo.
Sus ojos se abrieron, pasmados, y el rostro se desvaneció. Langli suspiró cansinamente y cerró los ojos. Estaba siendo una misión muy dura. Quizá debería tomarse un estimulante. En la mochila...
¡Su mochila! Eso le espabiló totalmente y luchó por levantarse. ¡Le habían cogido la mochila! En ese mismo instante de terror, la descubrió cerca del catre, donde se había caído. La muchacha regresó, presionándolo para que se acostase de nuevo. Era muy fuerte.
—Me llamo Langli. ¿Y tú?
Resultaba bastante atractiva, si es que a uno le gustan las chicas con la cara cuadrada. El vestido de suave piel le realzaba la figura. Bonito busto. Pero eso era todo. Demasiado ancha de espaldas, demasiada cadera, demasiado músculo. En realidad, no era muy diferente de los otros nativos de aquel pesado planeta. Se dio cuenta de que ella no había apartado la mirada mientras él la había estado escrutando de arriba abajo. Sonrió.
—Me llamo Langli, pero supongo que nunca aprenderé tu nombre. El líder, Bekrnatus, o comoquiera que dijese que se llamaba, parece ser el único que habla una lengua civilizada. Supongo que tendré que aprender los gritos y gruñidos locales antes de ser capaz de comunicarme contigo, ¿no?
—No necesariamente —contestó ella y se echó a reír al ver la sorpresa de él. Sus dientes eran parejos, blancos y fuertes—. Mi nombre es Patna. Bekrnatus es mi padre.
—Bien, eso es estupendo. —Todavía se sentía mareado—. Lamento si he podido parecer descortés. La gravedad es un poco excesiva para mí.
—¿Qué es la gravedad?
—Te lo explicaré más tarde. Primero debo hablar con tu padre ¿Está aquí?
—No, pero regresará pronto. Hoy mató a un hombre. Ahora debe encargarse de la mujer y la familia de ese hombre. Ellos se irán con otro. ¿Puedo no contestar a tus preguntas?
—Quizá. —Langli pulsó el botón de su cintura que activaba la grabadora—. ¿Cuántos de vuestro pueblo habláis mi lengua?
—Sólo yo. Y padre, claro. Porque nosotros somos la Familia y ellos son el Pueblo. —Ella se irguió especialmente al explicar eso.
—¿Cuántos son ellos? El Pueblo..., quiero decir.
—Casi seiscientos. Fue un invierno mejor que casi todos. El aire era más cálido que otros años. Claro que había más..., ¿cómo se dice?, alimentos podridos. Pero la gente vivió.
—¿Ya se ha acabado el invierno?
Ella se rio.
—Naturalmente. Ahora casi es la estación más cálida.
Y ellos creían que hacía calor, pensó. ¿Cómo serían los inviernos? Sólo pensarlo le producía escalofríos.
—Por favor, cuéntame más cosas sobre la Familia y el Pueblo. ¿En qué se diferencian?
—Son así, eso es todo —dijo, y se detuvo al reparar en que nunca antes se había planteado esa pregunta—. Nosotros vivimos aquí y ellos allí. Ellos trabajan y hacen lo que les decimos que hagan. Nosotros tenemos el metal, el fuego y los libros. Por eso hablamos tu idioma, porque leemos lo que está escrito en los libros.
—¿Podría ver los libros?
—¡No! —Se sobrecogió ante tal posibilidad—. Sólo la Familia puede verlos.
—Está bien. ¿No crees que tengo méritos suficientes para pertenecer a la Familia? Puedo leer, llevo muchas cosas de metal. —En ese momento comprendió cuál había sido el problema con su cantimplora. Estaba hecha de metal, que por alguna razón era un tabú entre esas gentes—. Y puedo hacer fuego. —Cogió su encendedor y, pulsándolo con el dedo, hizo que apareciera una lengua de fuego.
Patna lo observó con los ojos como platos.
—Nuestros fuegos cuestan más de hacer. Pero, de todas maneras, no estoy segura. Padre sabrá si debes ver los libros. —Ella observó su expresión y trató de encontrar algo para no disgustarlo—. Pero hay un librito, sólo uno, que Padre me deja tener sólo para mí. Eso sí, no es un libro importante.
—Cualquier libro es importante. ¿Puedo verlo?
Ella se levantó, dubitativa, y fue a la parte trasera de la habitación, hasta una puerta de troncos practicada en la pared de piedra y tiro de los gruesos travesaños. Buscó a tientas en la oscuridad de la otra habitación, una caverna todavía más profunda excavada en la blanda roca del acantilado. La muchacha regresó con rapidez y volvió a cerrar la puerta.
—Aquí está —dijo ofreciéndoselo—. Tú puedes leer mi libro.
Langli luchó por incorporarse hasta una posición sedente y cogió el libro. Estaba encuadernado rudimentariamente en piel (la cubierta original debió de haberse desgastado hacía ya incontables años) y crujió al abrirlo. Las páginas habían amarilleado, estaban desgastadas y soltándose del lomo. Curioseó con ganas y frunció los ojos al ver el arcaico tipo de letra bajo la tenue luz que entraba por la ventana. Luego volvió a la página del título.
—Poemas escogidos —leyó en voz alta—. Publicado en... Nunca había oído hablar de ese lugar, el año... esto es muy importante, 785 P.V... Creo que me suena este calendario, un momento.
Langli depositó el libro cuidadosamente y se inclinó hacia su mochila, casi perdiendo el equilibrio cuando la gravedad, que doblaba sobradamente a la que él estaba acostumbrado, lo atrajo. Su exoesqueleto se activó y lo sostuvo. El manual estaba justo arriba del todo y lo hojeó.
—Sí, aquí está. Sólo llega en sus cálculos hasta 913. Y ahora, hecha la conversión al calendario oficial galáctico... —Hizo algunos cálculos en silencio y apartó el manual para alcanzar de nuevo el libro—. ¿Te gusta la poesía? —preguntó.
—Más que ninguna otra cosa. Pero tan sólo tengo éstos. No hay más poemas en los libros. Aunque claro, están los otros, los que...
Ella bajó la mirada y, tras una rápida suposición, Langli entendió la razón.
—Están los que tú misma escribiste, ¿no es así? Tienes que recitarme uno en algún momento.
Se produjo un ruido repentino que procedía de los cerrojos de la puerta frontal y Patna le arrancó el libro de las manos y se fue corriendo con él hasta el extremo oscuro de la habitación.
Bekrnatus abrió la puerta empujándola y entró cansinamente. —Ciérrala —ordenó cuando tiró a un lado su casco y se dejó caer en una especie de canapé acolchado, mitad silla, mitad cama. Patna fue rápidamente a obedecer la orden de su padre.
—Estoy cansado, Langli —dijo—, y debo dormir. Así que dime para qué has venido, qué significa todo esto.
—Por supuesto. Pero antes, una pregunta o dos. Es preciso que sepa algunas cosas. ¿Qué hace tu gente aquí, además de dormir, comer y recolectar alimentos?
—La pregunta no tiene sentido.
—Quiero decir que si se dedican a la minería o a fundir metal. ¿Tallan piedra o madera? ¿Hacen piezas de barro, pintura, orfebrería?
—Ya basta. Entiendo el significado. He leído de esas cosas, he visto imágenes de ellas. Muy bonito. En respuesta a tu pregunta: Nosotros no hacemos nada. Nunca pude entender cómo pudieron ser hechas esas cosas y quizá tú me lo expliques cuando te venga mejor contestar preguntas que hacerlas. Nosotros vivimos, ya es bastante duro. Cuando hemos sembrado nuestros alimentos y los hemos recolectado, estamos acabados. Éste es un mundo duro y el hecho de vivir nos ocupa todo el tiempo.
Bekrnatus espetó una violenta orden en la lengua autóctona a su hija y ella se fue, arrastrando los pies, hasta la chimenea. Regresó con un rudimentario cuenco de barro, que le extendió a su padre. Éste se lo llevó a la boca y bebió un gran trago, haciendo ruidos con los labios.
—¿Puedo ofrecerte un poco? Es una bebida que hacemos nosotros. No sé si existe una palabra para ella en el libro de la lengua. Nuestras mujeres mastican raíces y las escupen en un cuenco.
—No, no gracias. —Langli luchó para que la voz no se le quebrara y dominar su repulsión—. Sólo una pregunta más: ¿qué sabes acerca de la llegada de tu pueblo a este mundo? ¿Sabéis que llegasteis aquí?
—Sí que lo sé, incluso sé algo más. La leyenda cuenta, aunque no se haya escrito, que llegamos a este mundo desde otro mundo, desde el cielo. ¿Cómo llegamos? No sé nada más. Pero ocurrió. Los libros no son de este mundo y tienen imágenes de escenas que no son de este mundo. Y está el metal, y las ventanas. Sí, nosotros llegamos aquí.
—¿Han venido otros?, ¿como yo? ¿Hay documentos?
—¡No! Eso se habría escrito. Ahora dime tú, forastero de la caja de metal, ¿qué haces aquí?
Langli se tumbó calmosamente antes de hablar. Observó que Patna estaba también sentada. Había que combatir constantemente la gravedad, sin cesar.
—Antes que nada, has de entender que vine aquí desde el interior de la caja de metal, aunque no exactamente... De noche podéis ver las estrellas. Son astros como ése que envía aquí sus rayos, aunque muy distantes. Esos astros tienen mundos cerca de ellos, como éste de aquí. ¿Sabes de qué te estoy hablando?
—Por supuesto, yo no pertenezco al Pueblo. He leído sobre astronomía en los libros.
—Bien, entonces deberías saber que la caja de metal contiene un transmaterializador, que debes considerar como una especie de puerta. Una puerta que es, al mismo tiempo, dos puertas. Yo pasé a través de una puerta en mi planeta, muy lejos de aquí, y salí aquí por otra puerta. Todo ello en un abrir y cerrar de ojos. ¿Entiendes?
—Quizá. —Bekrnatus se golpeaba ligeramente los labios con la palma de la mano—. ¿Puedes regresar de la misma manera?, ¿entrar en la caja y aparecer en un planeta, allí en el cielo?
—Sí, puedo hacerlo.
—¿Es así como nosotros vinimos a este mundo?
—No, vosotros llegasteis en una nave del espacio, una gran caja de metal construida para desplazarse a través de las estrellas, años antes de que el transbordador transmaterial pudiera usarse para cubrir distancias estelares. Lo sé porque esa ventana de allí proviene de una nave espacial, de donde supongo que también obtuvisteis vuestro metal. Y también sé cuánto tiempo habéis estado aquí, ya que había una fecha al principio de ese libro de poesía que tu hija me enseñó.
Patna emitió un grito ahogado, una brusca inhalación, y Bekrnatus se enderezó hasta quedar sentado. El cuenco de barro cayó al suelo y se hizo añicos, sin que nadie se inmutara.
—Le mostraste un libro —masculló Bekrnatus, y se levantó con gran dificultad.
—¡No, espera! —dijo Langli, dándose cuenta de que su ignorancia había provocado otra situación de crisis. ¿Sería capaz aquel hombre de matar a su propia hija? Tiró de su mochila—. ¡Fue culpa mía! Yo le pedí el libro, pero tengo muchos. Aquí. Te los enseñaré. Te daré algunos. Éste... y éste...
Bekrnatus no estaba haciendo caso de sus palabras, si es que las estaba oyendo, pero se paró cuando tuvo los libros delante. Los cogió vacilante.
—Libros —dijo, deslumbrado—, libros, libros nuevos que nunca había visto. ¡Increíble maravilla! Agarró firmemente los libros contra su pecho y se dejó caer a medias en su silla otra vez.
Una buena inversión, pensó Langli. Nunca habían sido tan apreciados un primer libro de lectura y un diccionario.
—Puedes quedarte con todos los libros que quieras. Puedes descubrir tu historia. Toda tu historia. Puedo decirte que tu pueblo ha estado aquí, aproximadamente desde hace tres mil años. Vuestra llegada pudo deberse a un accidente. Dos cosas me hacen suponerlo. Éste es un mundo duro con muy poco que ofrecer. No puedo creer que haya sido seleccionado para colonizarlo. Además hay que tener en cuenta la ruptura absoluta con la tecnología y la cultura. Tenéis algunos libros. Pudieron haber sido salvados. Y el metal, procedente probablemente también del naufragio de la nave. El que hayáis sobrevivido es poco menos que un milagro. Tenéis una distinción social o de clase que también habéis heredado de alguna parte. Quizá tus antepasados fuesen científicos, oficiales de naves espaciales, algo que os ha distinguido de los hombres comunes. Y tú has conservado ese rasgo especial.
—Estoy cansado —dijo Bekrnatus, dando más y más vueltas a los libros— y hay muchas cosas nuevas en que pensar a la vez. Hablaremos mañana.
Se acostó y cerró los ojos. Aún tenía aferrados los libros. Langli también estaba a punto de dormirse, extenuado por los esfuerzos que se había obligado a llevar a cabo. La luz parecía desvanecerse. Se preguntó cómo serían de largos los días allí, aunque no le importaba mucho. Se tomó una pastilla para dormir ocho horas, que cogió de su botiquín, y se la tragó con agua de la cantimplora. El descanso de toda una noche le haría ver las cosas de forma muy diferente.
Durante la noche fue consciente de que alguien estaba moviéndose por allí, dirigiéndose al fuego. Por un momento creyó sentir el suave tacto del cabello por su rostro y unos labios sobre su frente. Aunque no podría asegurarlo y pensó que seguramente se trataba de un sueño.
Cuando se despertó, ya lucía del todo la mañana. El sol golpeaba de lleno tras la ventana y los rayos de luz añadían un color inesperado a la piedra gris del muro trasero. El lecho de Bekrnatus estaba vacío y Patna estaba trabajando en la chimenea, tarareando tranquilamente para ella misma. Cuando él cambió de posición, su catre chirrió y ella se dio la vuelta para mirarlo.
—Estás despierto. Espero que hayas dormido bien. Mi padre ha salido con el hacha para que la leña sea cortada.
—¿Quieres decir que corta la leña? —dijo Langli bostezando, con la cabeza aún embotada por el sueño.
—No, nunca. La cabeza del hacha es de metal, por eso él la lleva y debe estar presente cuando se use. Tu comida de la mañana está lista.
Ella le sirvió uno de los cuencos de barro lleno de papilla de grano y se lo acercó. Él sonrió y dijo que no con la cabeza.
—Gracias, es muy generoso de tu parte, pero no puedo comer ninguno de vuestros alimentos hasta que hayan sido analizados en el laboratorio.
—¿Crees que estoy tratando de envenenarte?
—No, en absoluto. Pero debes entender que los mayores cambios metabólicos se dan en seres humanos apartados de su entorno. Puede haber productos químicos en la tierra o en las plantas de aquí que tú puedes tomar, pero que seguramente serían mortíferos para mí. Huele maravillosamente, pero podría hacerme daño. ¿Querrías que ocurriera eso?
—No, por supuesto que no. —Casi arrojó el cuenco—. ¿Qué comerás?
—Tengo mi propia comida aquí, mira. —Abrió su mochila y sacó una lata de comida preparada. Luego tiró de la lengüeta para que empezara a calentarse. Tenía hambre; notó que estaba más hambriento de lo que nunca había estado antes y empezó a tomarse el concentrado sin que todavía hubiese acabado el proceso de calentamiento. Su organismo necesitaba nutrirse. Había estado en lucha permanente contra el arrastre de la gravedad.
—¿Sabes lo que es esto? —preguntó Patna, y Langli levantó la mirada y la vio sosteniendo un fragmento de alguna cosa de color café y con los bordes desiguales.
—No, no lo sé. Parece madera o corteza.
—Es la corteza interior de un árbol. Nosotros la usamos para escribir en ella, pero eso no es lo que quería decir. Me refería a que hay algo ahí.
Incluso en la penumbra, Langli pudo percibir que se estaba ruborizando. Pobre muchacha, cultivada entre salvajes, atrapada en ese mundo lúgubre y aislado.
—Puedo imaginármelo —dijo él con tacto—. ¿Podría ser uno de los poemas que escribiste? Me gustaría escucharlo.
Ella se tapó los ojos con la mano y se apartó por un momento. Era una caricatura de una doncella tímida en el cuerpo compacto de un luchador. Entonces se esforzó por vencer su timidez y empezó la lectura del poema con voz débil, pero continuó cada vez más y más fuerte.
No me atrevo a pedir un beso,
no rogaría por una sonrisa,
no sea que teniendo esto o eso
anegara de orgullo mi vida.
No, no, lo más elevado
de mi deseo ha de ser
besar sólo el aire
último que besó tu ser.
La muchacha pronunció casi gritando las últimas palabras, luego se dio la vuelta y huyó hacia el rincón de la sala, donde permaneció de pie con el rostro contra la pared. Langli trató de encontrar las palabras correctas. El poema estaba bien. Si lo había escrito ella o lo había copiado, él no lo sabía, ni le importaba. El poema decía lo que ella quería expresar.
—Es bonito —le dijo—, un poema muy hermoso.
Antes de que Langli pudiera acabar, Patna echó a correr. Golpeando el suelo violentamente con los pies, atravesó la habitación y se arrodilló al lado de la cama de él. Lo envolvió con sus brazos robustos y poderosos mientras aplastaba su rostro contra el de Langli, sepultado en la almohada. Él podía sentir sus mejillas, humedecidas por las lágrimas, contra las suyas propias y su voz apagada musitándole en el oído:
—Sabía que vendrías, sé quién eres, porque tenías que venir a salvarme desde muy lejos, como los caballeros de los poemas. Sabías que te necesitaba. Mi Padre, yo, la única Familia que queda. Tenía que casarme con uno del Pueblo. Ya se ha hecho antes. Feos, estúpidos. Los odio. Intentamos enseñarle a leer al más brillante; no podía, ¡estúpido! Pero tú llegaste a tiempo. Tú eres la Familia, tú me tomarás...
Las palabras se fueron apagando y sus labios, apremiantes, vigorosos, llenos de deseo, se encontraron con los de él y, mientras Langli sostenía sus hombros y trataba de apartarla, su exoesqueleto rechinó con el esfuerzo, pero ella no se movió. Finalmente, extenuados, ella lo soltó y hundió con fuerza el rostro en la almohada otra vez. El cosmonauta se puso de pie tambaleándose y apoyándose contra el respaldo de una silla. Cuando habló, intentó sinceramente hacer la realidad menos cruel de lo que era.
—Patna, escucha. Debes creerme. Eres una muchacha maravillosa y valerosa. Pero esto simplemente no puede ser. Y no porque yo ya esté casado, ese matrimonio estará acabado antes de que yo regrese, sino a causa de este mundo. Tú no puedes abandonarlo y yo moriría si me quedara aquí. Las adaptaciones que tu gente se ha visto obligada a hacer para sobrevivir deben de ser increíbles. Ya sólo tu sistema circulatorio debe de ser completamente diferente, tu presión arterial ha de ser mucho mayor que la normal para que la sangre llegue al cerebro, con más músculos en las paredes de las arterias para ayudar a bombearla. Quizá también se hayan producido cambios en las válvulas principales y su distribución. Posiblemente no puedas tener hijos con nadie que no sea de este planeta. Tus hijos nacerían muertos o morirían poco después de nacer, sin condiciones para la vida. Ésa es la verdad, debes creerme...
—¡Feo, flacucho, demasiado alto y demasiado débil, cállate! —le aulló la muchacha, y arremetió contra él sin volverse.
Langli trató de apartarse pero sin conseguirlo. No fue suficientemente rápido. La mano de ella le golpeó con fuerza en el brazo, lo que le produjo un intenso y repentino dolor. Había sonado con el ruido seco de una fractura.
« ¡La muy zorra me ha roto el brazo!», se gritó a sí mismo, tambaleándose y sentándose lentamente. Su antebrazo colgaba doblado en la abrazadera del exoesqueleto y, ¡dios, cómo dolía! Lo sostuvo con las rodillas y hurgó entre sus suministros médicos con la mano sana. Patna trató de ayudarlo y él le gruñó, lo que hizo que se alejara.
Bekrnatus entró con el hacha sobre el hombro, mientras la escayola de emergencia se estaba endureciendo y el mismo Langli se estaba inyectando un analgésico con un tranquilizante para los nervios.
—¿Qué le pasa a tu brazo? —preguntó Bekrnatus soltando el hacha y dejándose caer sobre el sillón.
—Ha sido un accidente. Tendré que ir pronto a buscar ayuda médica de mi gente, de manera que tenemos que hablar ahora mismo. Te diré lo que necesites saber.
—Adelante. Tengo preguntas.
—No hay tiempo para preguntas. —El dolor continuaba aún y Langli casi escupía las palabras—. Si tuviera tiempo, te explicaría todo lentamente y con detalle hasta que lo entendieras y estuvieras de acuerdo. Ahora, sólo te lo diré una vez. Si quieres ayuda, debes pagar por ella. Cuesta mucho instalar una estación TM en un planeta tan lejano como éste. Suministros médicos, alimentos, fuentes de energía, todo aquello de lo que os abastezcamos costará bastante. De modo que tendrás que pagárnoslo.
—Tienes nuestro agradecimiento, claro está.
—Eso no será suficiente. —El dolor ya casi había desaparecido pero podía sentir cómo se rozaban los extremos fracturados de los huesos con el movimiento. Sus nervios conservaban la sensibilidad a pesar del sedante.
—Escucha atentamente y trata de recordar lo que te voy a decir. No existen castillos en el aire. Aquello por lo que no pagas nada, nada vale. Ahí fuera hay más planetas de los que tú posiblemente puedas contar y más gente en ellos de la que yo tampoco pueda contar. Y el hecho es que el transmaterializador los convierte a todos ellos en nuestros vecinos de al lado. ¿Puedes imaginarte el galimatías descomunal que se ha montado con la cultura, el gobierno y las finanzas a lo largo de los milenios? No, puedo ver por tu rostro que no puedes hacerte una idea. Entonces, limítate a pensar en esto un poco. Para conseguir ciertos propósitos, los individuos forman una cooperación, una especie de mezcla entre una cooperativa y una corporación, si es que estas palabras aparecen en algunos de tus libros. Yo pertenezco a una de ellas, denominada Descubridores de Nuevas Fronteras. Nosotros exploramos planetas no colonizados y alguna que otra vez establecemos contacto con mundos como el vuestro, que no se encuentran en la red del transmaterializador. Nosotros exigimos el pago completo por los servicios prestados.
Patna se había acercado al lado de su padre, en silencio, y le había pasado el brazo por sus imponentes hombros. El rostro de Patna, al observar a Langli, era un poema de odio y desprecio. Bekrnatus, todo un noble caballero en su propio mundo, todavía no podía asimilar, sin embargo, las realidades de la galaxia exterior.
—Nosotros pagaremos lo que tú pidas con mucho gusto, pero pagar ¿con qué? No tenemos ni dinero ni ninguno de los recursos por los que preguntabas anoche.
—Os tenéis a vosotros mismos —dijo Langli, impasible, bajo el efecto de las drogas—. Como eso es todo lo que tenéis, costará generaciones saldar vuestra deuda. Os reproduciréis más rápidamente y mejor y nosotros contribuiremos a ello. Naturalmente por un precio. Llevamos a cabo operaciones en mundos con alta gravedad, que deben ser supervisadas. La maquinaria automática no puede hacerlo todo y hay quienes pueden emplear a obreros de vuestras características.
—¡Vienes a esclavizarnos, encarcelarnos! —tronó Bekrnatus—, ¡a convertir a hombres libres en bestias de carga! ¡Nunca!
Agarró el hacha del suelo y saltó sobre sus pies, blandiéndola en alto. Langli estaba preparado. Sólo disparó el arma una vez y la explosión hizo temblar la estancia mientras se abría un gran boquete en el muro de piedra que estaba detrás de Bekrnatus.
—Intenta imaginarte simplemente lo que te habría hecho a ti. Ahora siéntate y no te comportes como un loco. Te mataré para salvar mi propia vida. Puedes estar seguro. No podemos encarcelaros porque ya estáis en una prisión en este mundo de alta gravedad. La fuerza que os aplasta, que hace que las cosas se precipiten contra el suelo... esa fuerza es más débil en otros mundos. Yo puedo marcharme, clausurar el transmaterializador y ése será el fin de todo. Si eso es lo que realmente deseas. Puedes elegir. —Agitó el arma amenazante delante de Patna—. Ahora, abre la puerta.
Bekrnatus permaneció de pie con el hacha pendiendo de su mano, olvidada. El mundo que conocía había cambiado, todo había cambiado. Langli se colocó penosamente la mochila sobre un hombro e hizo señas a Patna para que se hiciera a un lado. Ella fue lentamente hacia la puerta.
—Volveré y entonces podrás comunicarme tu decisión.
Patna lo llamó cuando se marchaba, reprimiendo su odio.
—El transmaterializador, ¿cuándo conseguiremos utilizarlo, para ver las maravillas de otros mundos?
—Nunca en tu vida. El uso de la TM sólo está autorizado cuando todas las deudas estén saldadas. —Tenía que decir eso porque cuanto antes se enfrentara a la verdad, mejor la aceptaría—. Tú te dedicarás a otras cosas. Se necesitarán operarios inteligentes, no espaldas poderosas. El tuyo es el único útero por medio del cual la inteligencia puede propagarse en este mundo. Mantenlo activo.
Se marchó renqueante hasta que estuvo bien alejado de las construcciones. Entonces, con alivio, depositó la mochila en el suelo. Era demasiado pesada para llevarla al transmaterializador. Desencadenó el mecanismo de autodestrucción y siguió mientras ardía con virulencia a sus espaldas. Equipamiento caro que engrosaría la factura. No tendrían más opción que aceptar y pagar. En realidad, no tenían un gran margen de elección. Sería en su propio beneficio. No mucho por el momento, pero sí a largo plazo. Las dos figuras achaparradas todavía estaban en la entrada, vigilándolo, y Langli se apresuró a continuar.
¿Qué era lo que esperaban?, ¿caridad? El universo no se prestaba a la caridad. Tenías que pagar por lo que cogías. Ésa era una ley natural que no se podía quebrantar.
Y él estaba haciendo su trabajo. Eso era todo.
Tan sólo era un trabajo.
Él los estaba ayudando.
¿No era cierto?
A trompicones, sudando y jadeando, se apresuró a marcharse de aquel lugar.