El comandante Rissby era rechoncho y fornido, plantado firmemente detrás de su escritorio, como si allí hubiera crecido. Daba una impresión de fortaleza y determinación, lo cual era cierto, y de torpeza y estupidez, lo cual era absolutamente falso. Tenía un aspecto especialmente bovino en ese momento, mientras se rascaba el pelo gris al rape con un grueso dedo y parpadeaba sin prisa mientras hablaba.
—Si supiera lo que está buscando, honorable sir Petion, quizá, entonces, podría serle de más ayuda...
El delgado albino que estaba sentado enfrente de él respondió bruscamente cortando el vacilante avance de las palabras del comandante.
—Lo que yo esté haciendo aquí es sólo de mi incumbencia, no de la suya. Usted se limitará a ayudarme y no hará preguntas. A su debido tiempo, se le informará. Antes no. Mientras tanto, veamos, antes que nada, ¿podrá usted introducirme en el palacio sin levantar ninguna sospecha sobre la razón de mi presencia allí?
Al honorable sir Jorge Suvarov Petion no le gustaba nada actuar con prepotencia. Pero había que hacerlo. Era una de las molestias por las que había que pasar en el cumplimiento de sus obligaciones, como la de observar cadáveres violentamente destrozados. Con otros hombres, su actitud era distinta. Le había hablado así al comandante Rissby no con maldad, sino por experiencia. Era la única forma en que uno podía llevarse bien con los hombres de Tacora, impasibles y carentes de toda imaginación. Ellos fueron los soldados más leales que tuvo el ejército, si se tiene en cuenta su siniestra fijación con las jerarquías. Petion establecía su superioridad personal y jerárquica hablando como lo hacía. Su relación con el comandante sería buena de ahora en adelante.
En verdad, el comandante Rissby no se sintió insultado por la reprimenda. Había cuestionado la autoridad del otro y ahora ya sabía el sitio de cada uno de ellos. El individuo canoso que tenía enfrente de él era uno de los que había mantenido unido el imperio. Sería un honor recibir órdenes de él. No era uno de esos parásitos sociales con conjuntivitis que se ceban a costa del trabajo de los demás. A su debido tiempo, sir Jorge le explicaría las razones que tenía para estar allí. Mientras tanto, el comandante debería tener paciencia.
Aunque el comandante Rissby no dijo nada, podía hacerse una idea de lo que estaba buscando sir Petion. El palacio, ésa era la clave. Girando ligeramente la silla, podía verlo por encima del techo de los barracones, encaramado en la cima de la colina. Una inusual estructura completamente cubierta de placas superpuestas de cerámica, todas ellas de suaves colores pastel. Como un castillo de caramelo. Como si un fantástico puntapié lo hubiera convertido en mil añicos.
—No tendrá ningún problema para entrar en palacio, honorable sir —dijo el comandante—. No después de que su nombre y jerarquía sean conocidos por la familia real. Muy pocos miembros de la nobleza se dejan caer por este planeta tan alejado de todo y siempre se debe a una invitación oficial. ¿Le gustaría que yo...? —Añadió la pregunta con tacto. Era más una sugerencia que una interrogación.
Sir Petion demostró no ser vengativo al asentir con la cabeza.
—Más adelante. Ahora mismo no. Quiero examinar un poco los alrededores primero. Necesitaré su ayuda, pero no podemos hacerlo demasiado evidente. Hasta el momento oportuno, usted será la única persona que sepa que estoy aquí en calidad de investigador.
—Obraré de acuerdo con sus indicaciones. —El comandante pronunció la expresión ritual con sinceridad, poniéndose primero de pie y haciendo chocar los tacones de sus botas cuando sir Petion se marchó.
Kai estaba esperando en medio de la plaza de los barracones. Era bajo y feo como una cepa. Incluso los rechonchos soldados de Tacora le sobrepasaban con creces. El 1,5 de fuerza gravimétrica terrestre del mundo en el que vivía sólo había tenido un ligero efecto sobre su altura. Kai pensaba que lo normal eran cuatro unidades gravimétricas y que la implacable selección natural había comprimido a su pueblo hasta convertirlos en sólidos bultos de huesos y músculos. Su fuerza estaba más allá de lo imaginable.
No había prisa en el paso de Petion, ni rumbo aparente. El aburrimiento y el diletantismo de la nobleza eran proverbiales y constituían una tapadera perfecta para las tareas de un investigador. Cuando pasó al lado de Kai chasqueó los dedos sonoramente y éste salió al paso con una rapidez sorprendente.
—¿Qué averiguaste? —preguntó sir Petion sin molestarse en bajar la vista.
—Absolutamente todo, Georgie —retumbó Kai—. Copié todo el archivo cuando el oficinista estaba fuera. —Kai ya trabajaba con el honorable sir mucho tiempo antes de que éste recibiera ese título. Gozaba de una relación de amistad que muy pocos otros tenían con el honorable.
—¿Me estás diciendo que sabes quién lo hizo? —Petion bostezó cuando lo preguntó. Su conversación no podía ser escuchada y mantenían las apariencias de señor y criado ante cualquiera que los estuviera observando a distancia. Kai hizo una rápida reverencia que pareció dejarlo truncado por la mitad y gruñó su respuesta.
—Soy bueno, viejo camarada, pero no hasta ese punto. Sólo llevamos en este liviano planeta un par de horas. No obstante, tengo una trascripción completa del archivo, notas, observaciones..., los trabajos. Es un primer paso.
—Bien, pues demos un segundo —dijo Petion, empezando a andar—. Probablemente la puerta del palacio será un lugar tan bueno para empezar como cualquier otro. —Kai se escabulló tras Petion.
Un breve paseo les condujo al palacio. No había demasiada gente en las calles y los indígenas andriadanos tenían un nivel de curiosidad muy bajo. Ellos querían ceder el paso al terrestre canoso, aunque sus largas piernas como zancos lo hacían de forma automática.
—Son palos —farfulló Kai, molesto por la exagerada longitud de sus piernas y sus formas esbeltas. Cualquiera de ellos podía haber pasado por encima de él sin alterar el paso. Kai escondía sus notas en una guía de viaje de Andriad. Aparentemente estaba leyendo en el libro y asintiendo con la cabeza al observar el muro rosado cubierto de escamas que tenían enfrente de ellos.
—Este es el portón principal, por el que salió el coche. A las 21.35 horas exactamente, según el diario de los guardias. Y dobló por la calle que tenemos a nuestras espaldas.
—¿Y sólo estaba dentro el príncipe Mello? —preguntó Petion.
—El chofer dijo que iba solo, como también lo confirmó el guardia de la puerta. Un chófer, un pasajero.
—Está bien, ¿hasta dónde llegaron? —Petion tomó la delantera caminando por la calle.
—Hasta esa misma esquina —dijo Kai, señalando supuestamente a un móvil de campanas de cerámica que colgaba del edificio, tintineando con el viento—. El príncipe exclamó «¡Alto!» y el chófer pisó a fondo el freno. Antes de que el coche se detuviera por completo, el príncipe abrió la puerta derecha y saltó, echando a correr por esta calle abajo.
Petion y Kai siguieron la ruta que el desgraciado príncipe tomara un año atrás y que Kai iba señalando con la ayuda de sus notas.
—El príncipe no dejó instrucciones al chófer ni regresó al coche —prosiguió Kai—. Después de algunos minutos, el chófer comenzó a inquietarse. Siguió el mismo camino, hasta este pequeño cruce, y halló al príncipe tendido en el suelo.
—Muerto por herida de arma blanca en el corazón, tendido allí solo, encharcado en su propia sangre —añadió Petion—.Y nadie lo vio, ni lo oyó o tuvo la más ligera idea de lo que había ocurrido.
Petion describió lentamente un círculo, observando el cruce. Las fachadas eran lisas en su mayoría, quebradas en su monotonía por alguna puerta. No había nadie a la vista. Dos calles más partían de la pequeña plaza.
Se oyó un débil chirrido, procedente de algún fragmento de cerámica sin engrasar y Petion se volvió rápidamente. Una de las puertas estaba abierta y un alto andriadano permanecía observándolos, parpadeando. Sus ojos se encontraron con los del terrestre por un único instante. Entonces retrocedió y cerró la puerta.
—Me pregunto si esa puerta estará cerrada con llave —inquino Petion. Kai no se había perdido nada del incidente. Subió velozmente los dos escalones y empujó la puerta. Crujió pero no se abrió.
—Una buena cerradura —dijo Kai—. ¿Quiere que empuje un poco?
—Ahora no. No sé qué sacaríamos del asunto.
Tomaron un camino distinto de regreso al recinto imperial dejándose acariciar por la calidez de la dorada tarde. Los colores primarios de Andriad refulgían en el cielo con un brillo amarillo, extrayendo reflejos pastel del centelleo de sus edificios de cerámica. El aire, el murmullo de fondo de la ciudad, todo se combinaba para producir una sensación de paz que a los dos hombres, acostumbrados como estaban a los estruendos mecánicos de los planetas centrales, les resultaba extraña.
—Es el último lugar donde esperarías encontrar a un asesino sanguinario —dijo Kai.
—Es lo mismo que estaba pensando yo. Pero ¿son estas gentes tan serenas como parecen? Se supone que sí, ya lo sé. Agricultores pacíficos y respetuosos con la ley, que viven vidas de una dulzura y un amor por las cosas domésticas sin parangón alguno. En todo momento... ¿o acaso existe una tendencia oculta hacia la violencia?
—Exactamente como aquella damita que regentaba una casa de pensiones en Westerix IV —recordó Kai—. Aquella que asesinó a setenta y cuatro huéspedes antes de que nosotros la agarráramos. ¡Menuda colección de maletas tenía en aquella bodega...!
—No caigas en el error de establecer paralelismos sólo por el parecido superficial. Muchos planetas, como este mismo de Andriad, fueron aislados de la cultura galáctica hegemónica durante siglos. Estos planetas desarrollaron tendencias, rasgos e idiosincrasias que nosotros ignoramos por completo. Y de los que tenemos que estar informados si estamos trabajando en un caso.
—¿Qué me dices si hacemos un poco de trabajo de campo? —preguntó Kai—, Aquí mismo. —Señaló vehementemente con el pulgar un restaurante al aire libre, con unas mesas a la sombra dispuestas alrededor de una fuente que salpicaba suavemente algunas gotas—. Estoy deshidratado.
La cerveza andriadana estaba helada y era excelente, servida en frías jarras de cerámica. Kai se sentó en el lado opuesto a Petion, sin necesidad aquí de mantener la imagen de amo y criado, en un lugar donde eran unos desconocidos. Se la bebieron casi de un trago. Kai pidió más cerveza con un golpe sobre la mesa y arrancó un profundo suspiro de su pecho mientras el camarero iba a por más arrastrando los pies. Mientras se bebía a sorbos la cerveza echó una mirada al jardín.
—El lugar es todo para nosotros, prácticamente —dijo—. La cocina debe de estar abierta, lo huelo. ¿Por qué no probamos la gastronomía local? Ese revoltijo castrense que nos dieron en el desayuno todavía se está asentando en mi estómago, inalterado y sin digerir.
—Pide lo que quieras —dijo Petion—, mirando la carta expuesta en un panel de madera, sin perder de vista el lento tránsito de la calle—. Pero dudo que te guste. Por si acaso no lo has leído en tu guía de viaje, los andriadanos son vegetarianos rigurosos.
—¡Nada de carne! —gruñó Kai—. Si no estuviera muriéndome de hambre, ni se me pasaría por la cabeza tocar su bazofia. Pide tú..., si tú te animas, yo también.
Petion dejó la elección al camarero, que les trajo una gran bandeja con múltiples compartimentos llenos de cuencos con extrañas formas. Sus contenidos diferían en sabor y textura, pero eran monótonamente parecidos.
—Está soso —bramó Kai y echó una capa de especias sobre todo. Vació varios cuencos de prisa, con la esperanza de que la cantidad le compensara la falta de calidad. Petion comió despacio, degustando la variedad de sabores.
—Cada plato tiene su propio encanto —afirmó—. Sin embargo los sabores son muy sutiles y ninguno tiene algo fuerte o dominante como la cebolla o el ajo. Si te esfuerzas en apreciarlo, verás que no es tan malo.
—Es terrible —dijo Kai, apartando los platos vacíos y eructando. Ahora su atención estaba puesta en un plato de fruta exótica.
No es que el grito fuera desmesuradamente alto o aterrador. Lo que pasó es que fue simplemente inesperado y absolutamente fuera de lugar. El pacífico murmullo callejero y la delicada música de las campanas de cerámica agitadas por el viento quedaron segados abruptamente por el repentino chillido. Kai se atragantó con la boca llena de fruta y su cuchillo de vidrio se cayó al suelo de piedra haciéndose añicos. Un inquietante revólver pequeño apareció en su mano. Petion no hizo nada, se quedó totalmente inmóvil y observó.
Los camareros y los clientes, moviéndose con una premura insólita en los andriadanos, se apelotonaron en el escaparate que daba a la calle. De repente, había más personas fuera, apretujándose contra las paredes de ambos lados de la calle. Todos miraban en la misma dirección con expectación y un poco de temor.
—¿Qué se celebra? —preguntó Kai—. El revólver ya había desaparecido, pero él todavía se mantenía alerta. El grito se repitió, esta vez más cercano y más fuerte, y ahora resultaba obvio que procedía de algún animal.
—Lo sabremos en seguida —contestó Petion—. Aquí llegan.
Unos hombres tiraban de unas cuerdas atadas a una gran jaula de madera y otros hacían fuerza sobre unas barras dispuestas lateralmente. La jaula se desplazaba despacio, tambaleándose y arañando el suelo sobre sus guías de madera, y eso que todos los vehículos andriadanos usaban ruedas. Se trataba de alguna cosa especial. Lo que podía deducirse de la jaula y la atención petrificada y medio aterrorizada de la multitud revelaba la magnitud del acontecimiento. El animal enjaulado resultaba demasiado insignificante para todo el alboroto que había despertado. Era un carnívoro de piel manchada y con dientes y garras prominentes, más o menos del tamaño de un león terrestre. Iba de un lado a otro en su recinto mirando con desconcierto a la multitud. De nuevo abrió la boca y volvió a emitir un agudo rugido. Una oleada de inquietud recorrió la multitud de altos andriadanos.
—¿Qué fiera es ésa? —preguntó Petion al cliente que tenía más próximo.
—Sinnd... —contestó el hombre, y se estremeció.
—¿Qué están haciendo con ella?
Obviamente, la pregunta no era la apropiada, porque el individuo devolvió al terrestre una mirada horrorizada. Cuando Petion miró a su vez al andriadano, éste se sonrojó y farfulló algo marchándose con rapidez.
—Paga la cuenta —pidió Petion a Kai— y sigamos esa jaula. —Los gritos del sinnd, amortiguados ahora por la distancia, resonaron en la calle vacía.
Cuando la alcanzaron, la jaula casi había llegado a su destino: un prado abierto justo por debajo del palacio. La jaula había sido conducida a una plataforma elevada y alrededor de ella se reunieron hombres con sogas. No fue ningún problema observar todo de cerca, ya que los nativos andriadanos parecían debatirse entre la atracción horrorizada y la repugnancia. Había grandes huecos entre la multitud, que se agitaba y desplazaba de lugar en un movimiento browniano de partículas sin cesar. Un espacio desocupado rodeaba la plataforma. Petion y Kai se situaron en primera fila y observaron cómo la extraña ceremonia se aproximaba a su clímax. Una telaraña de sogas mantenía inmóvil al sinnd. Maulló de terror cuando un lazo le levantó la cabeza, estirando su cuello hasta el límite. Le rodearon el cuello con un delgado paño blanco dándole una y otra vuelta. La escena parecía no tener ningún significado.
—¡Mira! —dijo Kai entre dientes—. El hombre con el camisón de dormir. ¿Lo reconoces por las fotografías?
—El rey —contestó Petion—. Esto se está poniendo cada vez más interesante.
En la plataforma reinó un silencio total y el episodio se desarrolló a una velocidad de vértigo. Todo había acabado en treinta segundos. El rey dirigió su mirada a la multitud una sola vez y bajó el mentón. Un susurro atravesó toda la llanura cuando todos los millares de andriadanos congregados hicieron una reverencia por respuesta. El rey se volvió y cogió una espada de un miembro de su séquito. Con una única y rápida estocada la hundió en los blancos vendajes atravesándole el cuello a la bestia atada.
Un murmullo sordo recorrió el público cuando recuperó la respiración, casi al unísono. Luchando por zafarse de sus ataduras, el sinnd profirió un último y horrible aullido, hirviendo de rabia. A continuación se desplomó. El rey retiró la espada y los blancos vendajes quedaron teñidos de un rojo escarlata. Al lado de Petion, un hombre se arqueó y vomitó en el suelo.
No fue el único; parecía que todos compartían la repugnancia. Había tan sólo unas pocas mujeres en la multitud y, aparentemente, todas se desmayaron en el momento de la ejecución, como también lo hicieron muchos hombres.
La llanura se despejó con una rapidez sospechosa; incluso el rey y los oficiales se unieron al éxodo. En un minuto, tan sólo quedaron la criatura muerta y los dos extranjeros.
—¡Vaya, quién podría creerlo! —estalló Kai—. No ha estado tan mal. He visto cosas mucho peores que ésta. Que yo recuerde ahora mismo...
—Ahórrate tus sórdidos recuerdos —le dijo Petion—. Los he escuchado todos. Por lo demás... tienes razón. No ha estado tan mal. Especialmente en lo del vendaje cubriendo la herida.
Se acercó a la fiera muerta y, pensativo, la contempló sin vida y sin vendas finalmente.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó Kai.
—Tendremos que descubrirlo. Parece carecer de sentido por el momento, pero es obvio que ha tenido mucha importancia para la gente de aquí. Regresemos a la base y hablemos con Rissby. Ha estado destinado aquí durante nueve años y debería saber cuál es su significado.
—De manera que ha destapado usted el secreto local —dijo el comandante Rissby—. Es difícil saber si se sienten avergonzados u orgullosos de ello. En cualquier caso, no hacen ningún intento para impedir a la gente que observe, aunque luchan con toda sus fuerzas contra toda clase de publicidad o atención oficial. Nuestra política a lo largo de noventa y seis años de ocupación ha sido sencillamente la de la no intervención.
—¿Se trata de una ceremonia religiosa? —preguntó Petion.
—Podría ser, honorable sir. Tuvimos un comité de antropólogos una vez aquí y estaban interesados en el suceso hasta que oficialmente recibieron la petición de que renunciaran a ello. Uno de ellos me dijo que la ceremonia, empujada por una necesidad histórica, se ha transformado en un ritual público de exorcismo.
—¿Cómo?
—Ignoro qué conocimientos tiene de la historia de este planeta, honorable Petion... —dijo vacilante, temeroso de haber sido demasiado atrevido.
—¡Por amor a la emperatriz, cuéntenos, hombre! —le cortó Kai—. Si cree que sir Petion dispone de tiempo para estudiar la historia de todos los planetas que están fuera de las rutas principales, va apañado. Él sabe lo que yo le digo, pues yo soy el responsable de los aspectos prácticos de las investigaciones y conservo la documentación. Todo lo que sir Petion tiene que hacer es solucionar el problema. Lo que sabemos sobre este montón de piedras y nada es casi lo mismo; llegamos aquí directamente desde nuestra última misión, sin pasar en ningún momento por los archivos.
—En ese caso, me perdonarán la pequeña conferencia —dijo plácidamente el comandante Rissby, sin saber todavía la posición de Kai en la cadena de mando—. La época primitiva es oscura, pero parece obvio que este planeta atravesó por una etapa de sencilla economía agrícola después de ser colonizado. En realidad, eso ocurrió exactamente aquí. Sin montañas o bosques verdaderos, Andriad constituye un perfecto hábitat para los herbívoros. Ya han visto las manadas inmensas que vagan por los pastizales. Por supuesto, formando parte del ecosistema, estaban también los carnívoros. Una especie lo dominaba todo casi por completo, el sinnd que hoy han visto.
—Los hombres son los mayores carnívoros —apostilló Kai—. Así que mataron al sinnd y se comieron a los rumiantes, ¿no?
—Más bien al contrario. Huyeron con el resto de los animales. Kai resopló con desdén, pero los otros hicieron caso omiso—. Se convirtieron en vegetarianos absolutos, como todavía lo siguen siendo. Ese período de recolección de alimentos y huida debió de durar muchos años.
—Pero no siempre —dijo Petion— o esta ciudad no estaría aquí. Más pronto o más tarde, tenían que dejar de seguir huyendo y encontrar otra forma de resolver el problema de los carnívoros.
—Naturalmente, descubrieron que los sinnds podían ser capturados vivos en fosas. Por aquel tiempo, habían desarrollado una aversión tal a quitar la vida que les resultó excesivamente duro dar muerte. Mejor dicho, lo consideraron imposible. Sin embargo, un crimen peor que matar hubiera sido permitir que los animales se murieran de hambre. Eso fue cuando Grom, un antepasado del actual rey, fundó la dinastía real. Él mató a un sinnd cautivo. Así lo explican los mitos y, seguramente, parten de hechos veraces. Naturalmente, el resto de los andriadanos se quedó horrorizado de que un hombre fuera capaz de hacer eso... pero, al mismo tiempo, se sintieron siniestramente fascinados. Obviamente, Grom era el individuo más fuerte y rápidamente se hizo con el poder que le ha sido transmitido al actual rey Grom. Todos tienen el mismo nombre.
—Y el mismo trabajo —dijo Petion—, matar sinnds. ¿Lo hacen, con frecuencia en la actualidad?
—Tan sólo algunas veces al año, en los casos en que un sinnd hace incursiones en alguna de las poblaciones. La mayoría de estas criaturas se mantiene apartada, siguiendo los rebaños. Cuando uno es capturado, se envía aquí para ser despachado de la manera adecuada. El profesor que me contó todo esto también pensaba que se trata de una ejecución ritual de las fuerzas del mal. El rey-protector destruye al demonio verdadero y simbólico al mismo tiempo.
—Probablemente es así —opinó Petion—. Explica bastante bien lo que presenciamos hoy. No crea que estas preguntas son ridículas, comandante. Todo en este planeta es relevante respecto al caso que se está investigando. Supongo que sabe por qué estoy aquí, ¿no?
—Uno tan sólo puede hacer conjeturas... —El comandante Rissby bajó la voz cortésmente.
—El asesinato del príncipe Mello.
—El asesinato, claro —añadió Rissby sin mostrar la más mínima sorpresa.
—Hábleme del príncipe Mello. ¿Qué clase de acogida tuvo?
El comandante Rissby dejó de sentirse relajado. Farfulló alguna cosa y de pronto su cuello se puso lo bastante tenso para necesitar el auxilio de su dedo índice, que lo separó de la camisa.
—Más alto, comandante —pidió Petion.
—El príncipe Mello... Por supuesto, el príncipe fue un noble, un caballero. Todos le admiraban y le tributaban elogios...
—¡Tonterías! —estalló Petion, enfadado por primera vez—. ¡Esto es una investigación, no un intento de blanquear la ya manchada reputación de un gandul y un imbécil! ¿Por qué cree usted que un príncipe de la dinastía, primo octogésimo segundo de la emperatriz, tendría que hacer una excursión de placer a un sitio tan apartado como éste? Pues porque la inteligencia del difunto príncipe casi rayaba la frontera de la imbecilidad. De hecho tenía problemas para firmar su nombre. Con su estupidez, agravada por la arrogancia, Mello causó más problemas al imperio que un ejército de liberacionistas.
El rostro y el cuello de Rissby habían enrojecido considerablemente. Parecía una bomba a punto de explotar y Petion sintió lástima por él.
—Usted sabe todo esto..., o lo sospechaba —dijo amablemente—. Usted debe de ser consciente de que si el objetivo del imperio es la prosperidad, y esto es lo que ambos deseamos, algunos males de generaciones de endogamia deben ser eliminados. La muerte de Mello fue más una bendición que una tragedia. Tan sólo son las circunstancias de su desaparición las que ponen de manifiesto una complicación para el imperio que debe ser investigada. Lleva ya demasiados años de servicio para no saber estas cosas. Y, ahora, póngame al corriente de las actividades del príncipe aquí.
El comandante Rissby abrió la boca, pero ninguna palabra salió por ella. La lealtad libraba batalla con la honestidad. Petion respetó esa contienda... sabiendo lo insólita que era, y trató al viejo soldado con suavidad.
—No es ningún crimen hablar de los errores de los miembros de la familia real, ya que aquí no se está cuestionando su lealtad, comandante. Puede hablarme con tranquilidad. —Petion se puso una mano en el ojo y cuando la retiró descubrió un iris marrón, en llamativo contraste con el albinismo rosa del otro ojo. Rissby se quedó sin respiración.
—Es un secreto a voces —dijo Petion— que en recompensa a grandes servicios se concede el ingreso en la familia real. La emperatriz fue tan magnánima que me concedió el título de sir como premio a mis servicios policiales. Esto va aparejado al honor del albinismo real. He tenido que operarme varias veces para cambiar mi coloración. Las técnicas de manipulación han alterado incluso mi estructura genética; de manera que el rasgo ya es hereditario en mí. No he tenido tiempo para la operación del ojo, que comporta meses postrado en cama, así es que en su lugar llevo estas lentillas. De modo que, tal como me ve, soy mitad de un mundo, mitad del otro. Hábleme con confianza, comandante Puede decirme lo que sepa del príncipe Mello.
Rissby se recobró con rapidez, con la capacidad de recuperación de un soldado adiestrado.
—Le agradezco que confie a mí, sir Petion. Entenderá entonces que yo no siembro rumor o calumnia si le digo que el príncipe Mello era... impopular aquí.
—¿Es ése el término más duro que es capaz de usar?
—Quizá detestado sería más apropiado. Me duele decirlo, pero es la verdad. Ése era el sentir de mis propios soldados y sólo la férrea disciplina los mantuvo a raya. El príncipe se reía de las costumbres indígenas, no prestaba atención a la sensibilidad de la gente, metía las narices allí donde no le incumbía, en general..., podría decirse... que...
—Quedaba siempre como un imbécil.
—Exacto. Los andriadanos lo toleraban por su nobleza y las relaciones con la familia real de aquí. Él solía frecuentarlos. Pretendía a la hija del rey Grom, la princesa Melina, y creo que la atracción era mutua. A ella le disgustó tanto su muerte que estuvo postrada en el lecho durante semanas. Yo mismo la visité en nombre de la emperatriz. Llantos, un horror. Un caso muy desdichado.
—Entonces, ¿todo era pacífico en el interior del castillo? —preguntó Petion.
—Yo diría que sí. El rey Grom es muy reservado, de forma que no es posible conocer sus sentimientos en ningún momento. Pero si él no alentó el romance de los jóvenes, también es cierto que no puso impedimentos.
—¿Y cómo reaccionó la población? —interrumpió Kai—. ¿Tenía Mello enemigos entre ella? ¿Iba a antros de juego?, ¿locales de chicas? ¿Tenía relaciones con matones?
—¡Nunca! —se horrorizó Rissby, a pesar de su voluntad—. ¡El príncipe podía tener sus defectos, pero seguía siendo un miembro de la nobleza! En muy contadas ocasiones se aventuraba en la ciudad y es casi seguro que no contaba allí con conocidos.
—Sin embargo, vio a alguien en la ciudad —dijo Petion—— Alguien a quien el príncipe conocía lo bastante bien como para que lo reconociera desde un coche en movimiento por la noche. Alguien hacia quien él corrió, sin considerarlo en ningún momento un riesgo. Alguien que pudo haberle matado. Necesitaré más información sobre las actividades del príncipe fuera del palacio. Es posible que hubiera hecho incursiones en la ciudad que usted ignore. ¿Dispone de espías o soplones?, ¿individuos de confianza con los que yo pueda establecer contacto?
—El Departamento de Inteligencia le podrá proporcionar información más detallada sobre eso, aunque no creo que la necesite. Tengo un agente que siempre ha demostrado ser de confianza, el único, me atrevería a decir. Le rinde absoluta lealtad al dinero y nosotros nos aseguramos de que sea bien remunerado. Él le contará cualquier cosa que necesite saber. Usted deberá ser quien lo busque; nunca es visto cerca de los barracones militares.
—¿Su nombre?
—Un-dedo. Tiene una deformidad rara en una mano. Regenta una posada y una taberna de mala muerte en la ciudad vieja. Les buscaré indumentaria adecuada y alguien que les indique el camino.
No había disfraz posible con el que Kai pudiera parecer algo distinto de lo que era. Refunfuñó un poco cuando se quedó atrás mientras Petion se deslizaba dentro de las anchas vestimentas de un comerciante turaciano. El oficial de inteligencia, capitán Langrup, hizo los pertinentes ajustes con destreza profesional.
—Vienen muchos comerciantes por aquí —dijo Langrup—, de manera que podrán pasar desapercibidos. Muchos de ellos se quedan en el antro de Un-dedo, así es que es un disfraz natural.
—¿Tiene el emisor? —preguntó Kai, sacando de su bolsillo el pequeño receptor de alta frecuencia. Petion asintió y alzó la mano con el abultado anillo. Cuando presionó la piedra y ésta giró, el receptor emitió un poderoso y estridente pitido. El sonido se moduló con los característicos gorjeos eléctricos cuando Kai cambió el ángulo de la antena direccional.
—No creo que lo necesitemos —dijo Petion—. Tan sólo vamos allí a buscar información sin que eso implique ningún peligro.
—Eso es lo que dijo en Cervi III —se mofó Kai—, y después de aquello se pasó cuatro meses en el hospital. Estaré merodeando por allí, preparado para entrar en acción.
Cuando Petion y el capitán del servicio secreto se pasearon por la ciudad vieja apenas percibieron la sombra baja y fornida que los seguía. Kai era un buen policía y un buen escolta, incluso en aquel intrincado laberinto de callejones oscuros. Petion había perdido completamente la orientación cuando Langrup se metió por una negra puerta de acceso. Era una puerta lateral que daba a una tasca. Era un tugurio ruidoso, miserablemente iluminado y lleno del hedor del tabaco de algas que fumaban los andriadanos y el dulzor agrio de la cerveza derramada. Langrup pidió dos jarras de la mejor y Petion prestó la máxima atención al individuo que las dejó con un golpe sobre la barra del bar. Tenía la piel cetrina y arrugada y, por la forma en que ésta le colgaba de los delgados huesos andriadanos, se diría que era un verdadero esqueleto andante. Un accidente o deformidad lo había dejado sólo con el dedo índice de la mano izquierda. El apéndice parecía ser bastante fuerte y lo empleaba con habilidad.
—Tenemos algunas muestras que ofrecerle —dijo el capitán Langrup—. ¿Qué le parece si las probamos dentro?
Un-dedo sólo gruñó y, con los ojos medio cerrados, los movió de arriba abajo.
—¿Están bien los precios? —preguntó finalmente, mientras arañaba la barra del bar en dirección a ellos con su único índice. Era un sabueso olisqueando dinero.
—No se preocupe por eso —lo tranquilizó Langrup, y retiró un extremo de su capa dejando ver su abultada cartera que colgaba del cinturón. Un-dedo gruñó otra vez y se dio la vuelta.
—Un tipo repulsivo, pero valioso —dijo Langrup, dirigiéndose a Petion—. Acábese la cerveza y sígame.
Abandonaron el lugar por la entrada principal, pero, en vez de continuar todo el camino hasta la calle, subieron sigilosamente por la escalera de la entrada. Había una pequeña habitación en la parte trasera del edificio y sólo tuvieron que aguardar unos minutos antes de que entrara el informante.
—La información tiene su precio —dijo, y el dedo volvió a arañar de nuevo en dirección a ellos sobre la mesa.
Langrup hizo tintinear diez de las translúcidas monedas de cristal sobre la mesa.
—Háblanos del príncipe Mello —dijo—. ¿Vino alguna vez aquí, a la ciudad?
—Muchas veces. En su coche. Al ir al palacio o a la campiña...
—¡No seas zorro! —le replicó Langrup con brusquedad—. Pagamos por hechos. ¿Vino él en alguna ocasión aquí? ¿Tenía aquí amigos que frecuentaba... o chicas?
Un-dedo soltó una carcajada, que sonó como un desagradable crujido.
—¡Una chica! ¿Qué clase de chica podría estar con un apestoso a sinnds? Vino aquí una vez y tuve que fumigar el local después de marcharse. ¡Y me dijo a mí que mi local apestaba! Vino aquí, visitó otros lugares y nunca regresó. Aquí no tenía amigos —añadió entrecerrando los ojos otra vez— o enemigos.
—¿Qué es eso de un «apestoso a sinnds»? —preguntó Petion al capitán.
—Langrup le respondió, sin hacer caso de la presencia del informante, como si formara parte del mobiliario.
—Es una idea local, no estoy seguro de si es cierta o es tan sólo una manera de insultarnos. Ellos dicen que todos los extranjeros huelen como los sinnds, el animal carnívoro de la zona. Dicen que no pueden estar demasiado tiempo cerca de nosotros. Un-dedo posiblemente tenga taponada la nariz en estos momentos.
—¿Es eso cierto? —le preguntó Petion. Un-dedo no le contestó, pero sonrió con una mueca e inclinó la cabeza hacia atrás, mientras que con su alargado apéndice señaló y palpó la base blanca de un tapón que apenas se veía en una fosa nasal.
—Interesante —reflexionó Petion.
—Es un maldito insulto —precisó bruscamente Langrup—. Vas a tener que contarnos algo más si quieres tu dinero —advirtió a su soplón—. Cuando hice mis pesquisas hace un año, no tenías ni idea de quién había matado al príncipe Mello. ¿Qué es lo que sabes ahora? Has tenido mucho tiempo para oír rumores, averiguar cosas...
Un-dedo lo estaba pasando mal. Se estaba retorciendo por dentro y el sudor hizo su aparición sobre el rostro. Su dedo inquieto salió disparado hacia el dinero y entonces se retiró.
—Puedes meterte en serios problemas por esconder información —le espetó Langrup, enfurecido—. Arresto, prisión... incluso deportación...
Un-dedo nunca había llegado a oír amenazas y ahora ya estaba aterrorizado.
—Mira el dinero —sugirió Petion—. Yo aportaré los fondos que hagan falta.
Langrup amontonó parsimoniosamente unas monedas de gran valor sobre la mesa y, cuando ya estuvo apilado todo el montón, Un-dedo empezó a temblar y se apartó. Pero no así sus ojos, que siguieron clavados en el dinero.
—Aquí —murmuró Langrup, deslizando el dinero poco a poco por la mesa—, mira esto. Aquí hay más de lo que ganas en un año entero de trabajo. Es tuyo. Dinos solamente...
—¡Yo no sé quién lo hizo! —gritó Un-dedo con voz ronca y abalanzándose sobre las monedas, agarrándolas con las manos—. No puedo decirles eso. Pero les diré algo... —Respiraba con dificultad y, al fin, soltó las palabras—. No fue nadie... de la ciudad.
—¡Eso no basta! —gritó Langrup, poniéndose en pie y sacudiendo al hombre, de forma que las monedas de cristal templado se esparcieron sonando por todas partes.
Un-dedo tenía los ojos como platos, rebosantes de miedo pero no dijo ni una palabra más.
—Déjelo —pidió Petion sosegadamente—. Ya no le sacará nada más. Y nos ha dicho todo lo que queremos saber.
No satisfecho aún, Langrup soltó poco a poco al hombre, que se desmoronó exhausto sobre la silla como si sus huesos se hubieran desvanecido en su interior. Lo abandonaron allí y se fueron por donde habían venido.
—Es una cantidad enorme por tan poco —se lamentó Langrup sin tratar de disimular su disgusto.
—Es suficiente —le dijo Petion—. Es bastante más de lo que esperaba descubrir aquí. Le agradecería que regresara y le comunicara al comandante que me gustaría reunirme con ustedes dos en su despacho dentro de unas dos horas.
—Pero no puedo dejarlo solo aquí... —dijo el capitán Langrup, sorprendido.
—No crea que estoy solo, como puede ver —le explicó Petion. Acababa de transmitir un mensaje con su anillo en el mismo momento en que abandonaron el inmueble, así que ya estaba esperando a la rechoncha figura que avanzaba hacia ellos, emergiendo furtivamente de la oscuridad. Langrup se dio un buen susto—. Le aseguro que Kai y yo podremos cuidarnos solos.
»¿Puedes encontrar la plaza donde tuvo lugar el asesinato? —preguntó Petion cuando ya se había ido el agente secreto.
—Con los ojos cerrados. —Kai se anotó el tanto, tomando la delantera en dirección a un callejón—. ¿Qué averiguaste?
—Poco... o mucho. No lo sé todavía. Todo el asunto está bullendo en mi cabeza. Sólo hay una cosa más que me gustaría descubrir antes de llegar a ninguna conclusión. —Entraron en una plaza y Petion miró alrededor—. ¿Es aquí, verdad?
—Cruce del Cadáver cosido a Puñaladas —confirmó Kai.
Petion observó a su alrededor las oscuras puertas de entrada y señaló una de ellas.
—Allí está la que vimos abrirse antes. No me gusta creer en las coincidencias, pero lo cierto es que suceden. También ocurre que es la que está más cerca del palacio. Deberíamos ir a indagar allí primero. Te ha llegado el turno de apoyarte en ella..., pero sin armar escándalo.
Había la suficiente luz en la plaza para distinguir el blanco brillo de la sonrisa de Kai. Subió hasta la puerta, apoyó un hombro contra ella y sus dedos como barrotes sujetaron la jamba de piedra tallada con la fuerza de un gato hidráulico. Una única contracción de sus músculos desplazó la masa hacia adelante unos centímetros. Era suficiente, un movimiento preciso y poderoso. Algo se quebró limpiamente y la puerta se abrió. Entraron por ella rápidamente y la cerraron a sus espaldas. En el edificio reinaba el silencio.
—Estamos buscando una puerta —dijo Petion—. Podría estar en la pared o quizá en el suelo. Estará oculta. Yo examinaré este lado y tú el otro.
Las luces proyectaban círculos errantes de resplandor mientras buscaban. Sólo habían transcurrido unos minutos cuando Kai llamó a su señor en voz baja.
—Muy fácil. Un verdadero trabajo de aficionado. —Su linterna trazó el contorno de una losa de piedra. El espacio entre ella y las demás era angosto y profundo, sin polvo.
Les llevó menos tiempo aún descubrir cómo se abría. Cuando la piedra se deslizó a un lado, alumbraron con los haces la oscura abertura. Había un túnel que se perdía en la oscuridad.
—Si te pidiera que hicieras una suposición... ¿adónde dirías que conduce el túnel? —preguntó Petion.
Kai se inclinó hacia abajo y, entrecerrando los ojos, miró a lo largo de todo el túnel tanto como le permitió el alcance de la luz de su linterna.
—Si describe algún giro, podría conducir a cualquier lugar, pero si continúa en la misma dirección en la que empezó, debería terminar justo en el centro del palacio real.
—Es lo mismo que yo pensaba —murmuró Petion.
—Debería haberlo dejado claro con anterioridad —les dijo Petion—. No deseo que se tomen notas ni grabaciones de esta reunión ni que se adopte ninguna medida en esta investigación. La emperatriz recibirá mi informe... y eso será todo.
—Lo siento —dijo el capitán Langrup, y apagó la grabadora y la guardó en el bolsillo. El comandante Rissby permaneció atento sin hacer un solo comentario. Todos los ojos seguían a Petion mientras éste iba de un lado a otro del despacho.
—Se han desvelado algunos hechos muy importantes —dijo—. Uno de los más interesantes nos lo suministró ayer nuestro confidente. Si no estaba mintiendo, estrechó nuestro campo de búsqueda. Quienquiera que mató al príncipe Mello debe pertenecer a uno de entre cuatro grupos. —Y los enumeró con los dedos— Primero... un andriadano de la ciudad o de áreas rurales. Puesto que el príncipe no mantenía contacto con ninguno de ellos, seguramente no habría reconocido a nadie ni detenido el vehículo. El grupo dos son los extranjeros.
—Puede descartarlos también —dijo el capitán Langrup—.Yo trabajé en la primera investigación. Todos los extranjeros fueron interrogados y contrainterrogados minuciosamente. Ninguno de ellos pudo ser el asesino.
—Así pues, el tercer grupo es el estamento militar aquí representado...
—¡Sir! —exclamó boquiabierto el comandante Rissby—. No es posible que esté sugiriendo...
—No, no lo sugiero, comandante... tranquilícese. Sus tropas tacora podrían ser sospechosas de un montón de crímenes, pero no de matar a un miembro de la familia real, eso es impensable. Además, supongo que el paradero de todos sus hombres fue verificado en su momento, ¿no es así?
—Así es, y todos dejaron de ser sospechosos —contestó el comandante, sólo calmado ligeramente.
Petion encogió un cuarto dedo en la palma de la mano.
—De manera que la lógica nos conduce a la conclusión de que el asesinato fue cometido por un miembro del grupo final. Alguien de palacio. —Petion sonrió ante sus expresiones estupefactas—. Antes de que me digan que eso es imposible y que nadie abandonó el palacio antes que el príncipe, debería ponerles al tanto de un descubrimiento que hicimos anoche.
—Un túnel —apuntó Kai—. Parece que va desde el palacio hasta el lugar donde Mello fue apuñalado.
—Podría ser eso —gritó el capitán Langrup, poniéndose en pie de un salto—. Una diferencia de opinión, una lucha en palacio... Sabemos que Mello se marchó pronto... y mientras él se iba, el asesino tomó la delantera. Lo llama, lo atrae al callejón... ¡y 1o mata!
—Una bonita historia —remató Petion—, pero existen algunas lagunas obvias que no me molestaré en señalar, capitán. Podría haber sido, pero no creo que fuera así. La verdad siempre es un poco más compleja. Necesitaré algunas pruebas más antes de exponer mi punto de vista con exactitud. ¿Podría hablar con el chofer del coche, el último en ver al príncipe con vida?
La mirada del comandante se ensombreció.
—Me temo que será imposible, honorable sir. Le llegó el cambio de turno hace seis meses y fue embarcado con su compañía cuando finalizó su período de servicio.
—No importa. —Petion dejó la idea de lado—. Tan sólo esperaba pruebas negativas de él. Sólo nos queda un hecho por reconstruir y con él quedará despejado el panorama. Háblenme de los hábitos alimenticios del príncipe Mello.
Un escandalizado silencio siguió a esas palabras. Los dos oficiales del ejército se quedaron boquiabiertos y Kai sonrió abiertamente. Tenía poca idea sobre hacia dónde estaba derivando la conversación pero estaba más familiarizado que los otros con los virajes intelectuales de Petion.
—Vamos, vamos..., es una pregunta bastante simple. —Petion frunció el ceño—. Basta con mirar la foto del príncipe para que salte a la vista su exceso de peso. Estaba gordo, si no temen emplear la palabra exacta. ¿Tenía eso algún origen glandular sin solucionar... o comía en exceso?
—Comía demasiado —contestó el capitán Langrup, tan sosegadamente como pudo e intentando no sonreír—. Si quiere que le sea franco, eso era lo único que le granjeaba la simpatía de las tropas. Los tacoranos se sienten orgullosos de su comida y se sentían intimidados y halagados por la cantidad que el príncipe podía engullir.
—¿Durante las comidas o entre ellas? —preguntó Petion.
—En ambos casos. No hablaba mucho, pero casi nunca le vi hacerlo cuando sus mandíbulas estaban trabajando. Casi llegó a formarse un sendero desde sus dependencias hasta la cocina de campaña. El cocinero jefe acabó por intimar con él.
—Tráiganme aquí a ese cocinero. Con él es con quien quiero hablar—le pidió Petion al comandante—. ¿Podría hacer las gestiones para que yo fuera invitado mañana a palacio? —preguntó—. Me gustaría ir a cenar allí, en el mismo sitio y a la misma hora en los que tuvo lugar la última cena de Mello.
El comandante Rissby asintió y alargó la mano para coger el teléfono.
—¡Me siento como un idiota con esta pinta! —susurró con fuerza Kai al oído de Petion, que estaba delante de él, sentado a la mesa. Vestido con una librea de sirviente llena de colorido parecía una cepa de árbol pintada con colores chillones.
—Si te sirve de consuelo te diré que, además, lo pareces —contesto Petion imperturbablemente—. Ahora cállate y mantén los ojos bien abiertos. Los problemas pueden venir desde cualquier dirección. Tan pronto como hayamos acabado de cenar, voy a tirar del hilo a ver qué pasa.
La mesa del banquete tenía forma de una gran U. La familia real estaba dispuesta en la base de la U. Como invitado de honor Petion se sentó entre el rey Grom y la princesa Melina. La reina había fallecido en su segundo alumbramiento y el joven príncipe era todavía un niño, demasiado joven para sentarse a la mesa de los adultos. Como, según la tradición andriadana, sólo las mujeres de la familia real asistían a los banquetes de Estado, la princesa era la única presencia femenina. Era una muchacha bastante atractiva y a Petion se le ocurrió preguntarse qué fue lo que vio ella en el idiota de Mello. La fascinación por lo extranjero y la alcurnia parecían ser la única respuesta.
Tanto el rey como la princesa eran todavía una incógnita. . Bloqueados por el protocolo, sólo podían comentar asuntos triviales de forma abstracta. En todo caso, el rey Grom parecía un poco receloso y en guardia. Lo cual era comprensible. Su último invitado de la nobleza fue masacrado poco después de abandonar esa misma mesa.
Petion probó los innumerables y diferentes platos y se sorprendió a sí mismo disfrutándolos sinceramente. De hecho, si a uno no le importa que la carne esté ausente de su dieta, era una gastronomía bastante interesante. Una gran variedad de hierbas y especias, incluso pequeños chiles que le habían abrasado el paladar. No se sorprendió al ver a la princesa llevarse a la boca una buena cantidad de esos pimientos y comérselos con gusto. Por si fuera poco, ponía demasiada sal en su comida. Una pequeña prueba final que acabó por dar forma a todo su amasijo de conjeturas. Todavía no disponía de pruebas incontestables..., pero su teoría parecía no hacer aguas.
Ya sabía cómo y por qué exactamente había muerto el príncipe Mello. Después del último plato, la princesa pidió disculpas y abandonó la mesa. Lo que también era previsible. Lo que iba a suceder a continuación no iba a ser agradable.
—Majestad —dijo Petion, retirando el plato—. Hemos compartido una cena y me gustaría pensar que hemos establecido lazos de amistad. —El rey asintió con gravedad—. De forma que sabrá disculparme si resulto descortés. Lo hago sólo en honor a la verdad. Verdad que ha permanecido oculta durante mucho tiempo.
Petion no había levantado la voz; no obstante, toda la mesa quedó repentinamente en silencio, como si todas las conversaciones hubieran sido mantenidas para matar el tiempo hasta ese momento preciso. Los doce nobles o más sentados a la mesa tenían la mirada clavada en aquel alto albino que estaba cerca del rey. Por detrás de él, Petion oyó el frufrú de las ropas de Kai y supo que su escolta y su arma estaban listos para la acción.
—Está hablando usted de la muerte del príncipe Mello —dijo el rey, no en forma de pregunta sino de afirmación. Su majestad no era un cobarde a la hora de enfrentarse a los acontecimientos.
—Exactamente —confirmó Petion—. No es mi deseo abusar de su hospitalidad, pero esta sombra en las relaciones de nuestros pueblos debe ser eliminada. Si usted se dignara escucharme en estos momentos, le explicaría qué fue lo que ocurrió aquella noche hace ahora poco más de un año. Al terminar, decidiríamos lo que debiera hacerse. —Cambió de posición y tomó un sorbo de cerveza real. Nadie más se movió y todos los ojos estaban clavados en él sin pestañear. Petion sintió agradecimiento hacia Kai, que aguardaba alerta tras él. Se volvió hacia el rey.
—Le ruego perdone la indiscreción, majestad, pero existe una pregunta personal que me gustaría formularle. ¿Es cierto que su hija está aquejada de una discapacidad física menor?
—¡SIR!
—La pregunta es importante, si no no la haría. ¿Estoy en lo cierto si digo que la princesa Melina tiene poco o ningún sentido del olfato? Ésa es la razón por la que su hija podía soportar la presencia del príncipe Mello e incluso disfrutar con su compañía.
—¡Basta! —interrumpió el rey—. ¡Está usted insultando la memoria de un hombre muerto y también a mi hija!
—No hay ninguna intención de insulto —contestó Petion, dejando que un frío matiz de dureza se entreviera en el tono formal de su voz—.Y si hemos de hablar de ofensa, podría mencionar el hecho de que su majestad tiene filtros en la nariz para soportar mi presencia en esta mesa. Eso podría considerarse un insulto...
El rey tuvo la gentileza de ponerse rojo y ya no interrumpió más cuando continuó Petion.
—Una simple afección física no debería implicar vergüenza o culpa algunas. Todos los animales carnívoros tienen un fuerte olor característico... al que son especialmente sensibles aquellos animales que no comen carne. Para su pueblo, los seres de otros Planetas olemos mal. Es un hecho simple e incontestable. La princesa Melina, quien carece de un fino sentido del olfato, no es consciente de esta diferencia. Ella trabó amistad con el príncipe Mello y disfrutaba de su compañía. Incluso llegó a pedirle que se quedara a cenar y usted aguantó su presencia por ella. Hasta aquella noche cuando él hizo... lo que hizo. Y fue muerto por lo repulsivo de su crimen.
Las palabras finales de Petion quedaron suspendidas en un silencio conmocionado. Lo indecible había sido dicho. En ese momento, una silla chirrió y un joven noble se puso en pie de un salto, pálido. Kai apareció sobre el hombro de Petion, apuntando con el arma.
—Haga el favor de sentarse —dijo Petion—, y usted y todos los demás permanecerán en calma hasta que haya acabado de hablar. Estamos pisando un terreno delicado y no deseo que se cometa ningún error. Me escucharán todos. —Petion no levantó la vista del noble hasta que éste se dejó caer sobre la silla y, entonces, prosiguió—: El príncipe Mello cometió un crimen y murió por ello. Todos ustedes fueron testigos y, según la ley, son igualmente culpables. Ésta es la razón por la que me dirijo a todos juntos como lo estoy haciendo. El príncipe fue muerto y todos ustedes conspiraron para retirar el cadáver y esconder su crimen.
Algunos de los presentes ya no lo observaban; tenían la mirada perdida en el vacío. En su búsqueda de alivio habían tratado de ocultar los acontecimientos y olvidarlos. Y, ahora, la voz de Petion fluía sin obstáculos como la voz de la memoria.
—Pararon la hemorragia, pero él ya estaba muerto. Discutieron entre ustedes para decidir lo que había que hacer pero, al final, todos acabaron convencidos de que, deshonroso como era, el crimen debía ocultarse. La única alternativa significaba el fin de todo, tal como lo conocían. Pensaron que la monarquía no podría sobrevivir a un golpe como aquél. De manera que desvistieron el cuerpo y uno de ustedes se puso las ropas del muerto. Amparado en la oscuridad del patio, le resultó fácil meterse en el coche oficial sin ser visto con claridad. El chófer dijo que no recibió ninguna orden y que tampoco era necesario. Sólo había un lugar al que dirigirse. El individuo disfrazado simplemente se sentó en el coche hasta que llegaron al lugar acordado, entonces gritó «¡Alto!» y saltó afuera. Corrió hasta la plaza donde sus amigos lo aguardaban con el cadáver, después de haberlo llevado hasta allí por el pasadizo subterráneo. Había tiempo más que suficiente para volver a vestirlo antes de que el chófer sospechara. Los hechos estaban consumados. Mello había abandonado el palacio sano y salvo y había sido asesinado por una o varias personas desconocidas. Una tragedia, sin duda, pero no iba a acabarse el mundo por eso.
—Es cierto —dijo el rey Grom, levantándose con parsimonia—. La verdad ha sido desvelada...
—Ya no podéis protegerme más, majestad —dijo una voz estridente, casi un alarido. Era el mismo joven que antes se había puesto en pie de un salto—. Yo lo hice y debo pagar por ello; todos me habéis protegido demasiado tiempo...
—¡Kai! ¡Deténlo! —gritó Petion.
Con una rapidez inconcebible, el cuerpo rechoncho y fornido de Kai brincó sobre la mesa y se precipitó sobre el joven. Pero, por un instante, había llegado demasiado tarde. El joven se había llevado la mano a la boca y se había tragado algo. No ofreció resistencia cuando Kai le inmovilizó las muñecas.
—Majestad... —dijo el joven y sonrió. En ese momento, un estremecimiento le retorció el cuerpo y su figura se arqueó hacia atrás con súbito dolor. Kai soltó sus manos y el joven cayó muerto al suelo.
—¡Esto era innecesario! —gritó Petion, volviéndose al rey, con el rostro crispado por la cólera—. ¡Una pérdida horrible!
—Yo no lo sabía... —Fue todo lo que el rey masculló, hundido en su sillón, súbitamente envejecido.
—¡Podríamos haber encontrado una solución!... ¡No esto! Ésa era la razón de mi presencia aquí.
—Yo no lo sabía... —Fue todo lo que el rey acertó a decir, con el rostro sepultado entre las manos.
Petion se dejó caer en la silla, repentinamente agotado.
—Está bien. Así serán contadas las cosas en adelante —dijo—. Este hombre mató al príncipe Mello y luego, cuando iba a ser aprehendido, se suicidó. Ojo por ojo. El resto de ustedes recibirá una amonestación por la ocultación de estos hechos y se aplicará un incremento en su planeta del dos por ciento en los tributos imperiales durante los próximos diez años. ¿De acuerdo?
Desde el refugio de sus manos, el monarca sólo pudo asentir mudamente con la cabeza.
E comandante Rissby se mostró un tanto confundido después de leer el informe y de escuchar el relato de los últimos acontecimientos. Petion se sentía agotado hasta la extenuación pero mantenía el temple bastante bien.
—Ese asesino..., el joven noble —dijo Rissby—. No lo entiendo ¿Por qué no nos lo entregaron para que fuera llevado a juicio?
—Sencillamente porque él no mató al príncipe —dijo Petion—. Lo hizo el rey. Era el único que podía hacerlo. El insulto se hizo a su hija, directamente delante de sus ojos. Ellos detestan el hecho de quitar la vida y nunca pensarían siquiera en ello, incluso movidos por la ira. Pero el rey es un asesino, un asesino ritual quizá, pero los animales que mata están muertos después del ritual. El mata con un cuchillo y Mello fue asesinado con un cuchillo. El rey debió de sentirse loco de ira y no darse cuenta de lo que estaba haciendo hasta que todo acabó. Estoy convencido de que quiso entregarse después, pero lo disuadieron. Habría significado el final de la regencia y, posiblemente, el de la familia real. Por el bien de su planeta, y no por el suyo propio, el monarca consintió en la ocultación del crimen. Cuando yo entré en escena, los nobles debieron de olerse algo y dispusieron las cosas para un suicidio. Lo echarían a suertes o algo parecido sin el conocimiento del rey. Ojo por ojo, y el imperio permanece salvaguardado. El veneno es uno de acción rápida que ellos usan para la eutanasia.
—¿Entonces, el rey...? —preguntó Rissby.
—Es el asesino. Y sin duda se castiga a sí mismo todas las horas del día mucho más de lo que nosotros podríamos hacer nunca. Le cuento todo esto para que no empiece a atar cabos tras mi marcha, lo descubra todo usted solo y envíe un informe. La culpabilidad del rey no aparecerá en mi informe final. Si lo hiciera, tendría que ser arrestado. Tal como están las cosas, el balance final es coherente y todo el mundo está contento. Al menos, sobre el papel. Le transmitiré a la emperatriz la verdad, verbalmente, tal como se la estoy contando a usted. No necesitaré hacerle jurar que guarde el secreto como se lo pido a usted. Alce su mano y toque el manuscrito.
—Yo juro... —El comandante Rissby repitió en estado de atontamiento, todavía estupefacto. Finalmente, pareció recobrar el sentido y golpeó el informe—. Pero... pero, el chuletón de ternera que Mello cogió de la cocina... ¿qué había de malo en él?
—Use la imaginación, comandante —dijo Petion disimulando apenas el asco—. Se llevó ese trozo de carne, aún humeante, envuelto en papel de aluminio, lo desenvolvió y lo dejó caer enfrente de la princesa, sobre la mesa. Fue tan estúpido que creyó que le estaba haciendo un favor, dejándole probar un manjar para variar.
—Sí..., ya sé lo que hizo, pero ¿por qué tuvo el rey que matarlo por una cosa tan inofensiva como ésa?
—¿Inofensiva? —Petion se recostó en la silla y se rio— Este pueblo es vegetariano estricto y siente un horror absoluto hacia nuestros hábitos alimenticios. Simplemente, trate de ponerse en la posición del rey. Digamos que usted ha invitado a un caníbal a cenar a su casa..., está rehabilitado, pero sigue siendo un caníbal. Y él nunca ha acabado de entender a qué viene tanto alboroto. De modo que le hace un favor y trata de mostrarle todo un nuevo universo gastronómico.
» ¡Y le arroja un apetitoso, humeante, doradito y crujiente brazo humano sobre la mesa! ¡Enfrente de usted, justo en medio de la comida!
» ¿Qué haría usted, mi comandante?