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harry harrison

un acto criminal

El primer martillazo golpeó la puerta en el marco y el segundo hizo que la delgada chapa de madera resonara como un tambor. Benedict Vernall abrió de golpe antes de que pudiera producirse una tercera acometida y hundió su revólver en el estómago del hombre del martillo.
—Largo, márchese de aquí —dijo Benedict con un tono de voz mucho más estridente del que tenía pensado emplear.
—No sea idiota —dijo serenamente el policía, haciéndose a un lado para que los dos guardias que tenía apostados detrás de él en la entrada fueran perfectamente visibles—. Soy el alguacil y estoy cumpliendo con mi obligación. Si soy atacado, estos hombres tienen órdenes de dispararle a usted y a quien se encuentre en su domicilio. Sea inteligente. El suyo no es el primer caso. Estas cosas ya están previstas.
Pudo oírse cómo uno de los guardias quitaba el seguro de su metralleta mientras le dedicaba una sonrisita de suficiencia a Benedict. Este dejó caer lentamente el arma a su lado.
—Así está mucho mejor —le dijo el alguacil, y golpeó el clavo una vez más con el martillo para que la nota quedara firmemente sujeta a la puerta.
—Quite de ahí esa indecencia —exclamó Benedict atragantándose con las palabras.
—Benedict Vernall —dijo el alguacil ajustándose las gafas en la nariz mientras leía la proclama que había fijado—. Ésta es para informarle que, de conformidad con la Ley Penal sobre Natalidad de 2053, es usted culpable del hecho de nacimiento criminal y, por la presente, queda usted proscrito y sin protección alguna sobre lesiones corporales por las fuerzas de este Estado soberano.
—¿Va a permitir que algún loco me mate? ¿Qué clase de mierda de ley es ésta?
El policía se quitó las gafas y le clavó fríamente los ojos.
—Señor Vernall —dijo—, tenga la decencia de aceptar los resultados de sus propias acciones. ¿Tuvo usted un bebé ilegal o no?
—¿Ilegal? ¡Jamás! Una inocente criatura...
—¿Tiene usted o no el máximo permitido de dos hijos?
—Tenemos dos, pero...
—Usted rechazó las recomendaciones y la ayuda de su clínica local para el control de natalidad. Usted expulsó a la fuerza al funcionario asesor para la natalidad que vino a prestarle ayuda. Rechazó la oferta de la clínica abortiva.
—¡Asesinos!
—Y las recomendaciones del Consejo de Planificación Familiar —interrumpió—. Los seis meses estipulados por la ley han transcurrido sin ninguna acción por su parte. Ha recibido tres avisos previos y no ha hecho caso de ninguno. Su familia aún tiene un consumidor más de lo que establece la ley, en consecuencia, la proclama ya se ha puesto. Usted es el único responsable, señor Vernall. No puede culpar a nadie más.
—Puedo culpar a esta locura de ley.
—Es la ley del territorio —replicó el agente, irguiéndose amenazador—. Ni usted ni yo podemos juzgarla. —Cogió un silbato de su bolsillo y se lo llevó a la boca—. Es mi obligación legal recordarle que aún dispone de una puerta abierta, incluso ahora, y puede beneficiarse de los servicios de la clínica eutanásica.
—Váyase directamente al infierno.
—Sí, claro. Ya he oído eso antes. —El alguacil se llevó el silbato a los labios con rapidez y emitió un chirriante pitido. A punto estuvo de sonreír cuando Benedict cerró con un portazo.
Se oyó un estrépito propio de animales desde el hueco de la escalera cuando los policías que estaban bloqueándola se apartaron. Un puñado de hombres fieramente apelotonados saltaron de repente, corriendo y luchando a un tiempo. Uno de ellos tomó la delantera en aquella maraña humana, pero quedó fuera de combate cuando un puño fue a darle en un lado de la cabeza. Los demás pasaron por encima de él pisoteándolo. Con gritos y maldiciones, la turba avanzaba, y daba la impresión de que aquello iba a acabar en un tiroteo, pero algunos metros antes de la puerta, uno de los líderes del grupo tropezó y derribó a otros dos. Un hombre bajo y grueso de la segunda fila saltó por encima de los cuerpos y se estrelló precipitadamente contra la puerta de Vernall, con tal fuerza que el bolígrafo que esgrimía agujereó el papel del aviso y llegó a penetrar la madera que había debajo.
—¡Un voluntario ha sido seleccionado! —gritó el alguacil, los guardias y la policía que aguardaban cercaron a los que estaban gimiendo y comenzaron a forzar su retirada por la escalera. Uno de los hombres permaneció detrás, sobre el suelo, mientras la saliva le corría por las mejillas al masticar histéricamente una tira de la raída alfombra. Dos enfermeros vestidos de blanco miraban la escena con precaución y uno de ellos le clavó diestramente una aguja hipodérmica en el cuello mientras el otro desenrollaba la camilla.
Bajo la atenta mirada del alguacil, el voluntario escribió concienzudamente su nombre en el espacio correspondiente de la proclama y, después, guardó cuidadosamente el bolígrafo en el bolsillo de su chaleco.
—Es un placer aceptarlo en calidad de voluntario para este importante servicio público, señor... —El alguacil se acercó para inspeccionar el papel—. Señor Mortimer.
—Mortimer es mi nombre —matizó con resolución y aspereza mientras se secaba el sudor de la frente con el pañuelo de la chaqueta, dándose ligeros toques.
—Es comprensible, caballero. Su anonimato será respetado, según el derecho que todos los voluntarios tienen. ¿Puedo dar por sentado que está al corriente del resto de la reglamentación?
—Puede hacerlo. Párrafo 46 de la Ley Penal sobre Natalidad de 2053, artículo 14, que regula la selección de voluntarios. Primeramente, yo me he ofrecido como voluntario por un período máximo de veinticuatro horas. En segundo lugar, nunca intentaré ejercer o ejerceré violencia de ninguna clase sobre algún otro miembro de la ciudadanía durante ese tiempo y, si lo hago, seré considerado responsable por la ley de todos mis actos.
—Muy bien. Pero ¿no hay algo más?
Mortimer dobló cuidadosamente el pañuelo y se lo metió en el bolsillo.
—En tercer lugar —dijo, y lo pronunció escrupulosamente—, no podré ser llevado a juicio si acabo con la vida del individuo acusado, el tal Benedict Vernall.
—Totalmente correcto. —El alguacil asintió con la cabeza y señaló una maleta grande que uno de los policías había depositado en el suelo y que estaba abierta. El vestíbulo había sido despejado—. ¿Querrá acercarse y hacer su elección? —Ambos contemplaron el interior de la maleta, llena hasta los topes de instrumentos mortíferos—. Confío en que entienda que su propia vida podría estar en peligro durante este período de tiempo y que si resulta herido o muerto, la ley no le amparará. ¿Lo entiende?
—No me tome por idiota —dijo Mortimer tajantemente y señaló hacia la maleta—. Quiero una de esas granadas explosivas.
—Me temo que no es posible —repuso el policía en tono terminante, molesto por las maneras del otro. Había una forma correcta de hacer esas cosas—. Son para uso exclusivo en barrios francos, donde ningún inocente puede resultar herido. Pero no en un edificio de apartamentos. Sin embargo, podrá elegir entre todas esas armas de corto alcance.
Mortimer entrelazó los dedos y permaneció con la cabeza inclinada, casi en actitud de oración, mientras examinaba el contenido: revólveres, granadas, automáticas, cuchillos, nudillos de metal, ampollas de ácido, látigos, navajas, cristales rotos, dardos envenenados, manguales, mazas, bombas de gas y bolígrafos de gas lacrimógeno.
—¿Existe algún límite? —preguntó.
—Coja lo que crea que necesitará. Simplemente recuerde que todo deberá declararse y está sujeto a devolución.
—Quiero el revólver Reisling con cinco cargadores de veinte y el cuchillo de comandos con las púas en el guardamanos, y la pluma estilográfica de gas lacrimógeno.
El alguacil estaba rellenando rápidamente las casillas correspondientes en el impreso mimeografiado de la tablilla sujetapapeles mientras Mortimer hablaba.
—¿Eso es todo? —preguntó.
Mortimer asintió con la cabeza, cogió el impreso que le extendió el agente y garabateó su nombre al final de la página sin detenerse a leerla. A continuación se apresuró a llenarse los bolsillos con las armas y la munición.
—Veinticuatro horas —advirtió el alguacil, mientras miraba su reloj y rellenaba una última casilla en el impreso—. Dispone hasta las 17.45 de mañana.
—Apártate de la puerta, Ben, por favor —le rogó María.
—Silencio —susurró Benedict, apretando la oreja contra la pared—. Quiero oír lo que están diciendo. —Frunció el rostro al tratar de entender las voces sordas—. Esto no tiene buena pinta —dijo retirándose—. No alcanzo a distinguir lo que dicen. No es que vaya a cambiar nada. Sé lo que está pasando.
—Un hombre viene a matarte —dijo María con su voz infantil. El bebé comenzó a gimotear y ella lo apretó contra su pecho.
—Por favor, María, regresa al cuarto de baño, como habíamos acordado. Tienes la cama allí. Y la comida. Y no hay ventanas. Con tal de que te quedes en la pared alejada de la puerta, nada malo podrá ocurrirte. Hazlo por mí, cariño. Así yo no tendré que preocuparme por vosotros.
—Pero, entonces, te quedarás solo aquí afuera.
Benedict cuadró sus estrechos hombros y agarró con firmeza el revólver.
—Ése es el lugar que me corresponde, defendiendo a mi familia. Esto es tan viejo como la propia historia del hombre.
—Familia... —dijo ella mirando con preocupación a su alrededor—. ¿Qué pasa con Mathew y Agnes?
—Estarán bien con tu madre. Prometió que los cuidaría hasta que volviéramos a ponernos en contacto con ella. Aún podrías irte con ellos. Me gustaría que lo hicieras.
—No, no podría. No podría soportar estar en ninguna otra parte ahora. Y tampoco podría dejar el bebé allí. Tendría hambre. —María bajó la mirada hasta el bebé, que todavía estaba lloriqueando, y empezó a desabotonarse la parte superior del vestido.
—Por favor, cariño —dijo Benedict, retirándose de la puerta. Quiero que vayas al cuarto de baño con el bebé y te quedes allí. Debes hacerlo. Podría llegar en cualquier momento.
Ella lo obedeció con reticencia y él esperó hasta que la puerta se cerró y oyó pasar el pestillo. Entonces trató de apartar de la mente la imagen de ellos porque sólo era una distracción que podía interferir en lo que debía hacer. Había preparado los detalles de su plan de defensa desde mucho tiempo atrás, y recorrió con parsimonia el apartamento para asegurarse de que todo estaba en su sitio. Primero, la puerta de entrada, la única puerta del apartamento. Estaba cerrada con llave y tenía puesto el pasador. Todo lo que faltaba era empujar el gran armario ropero contra ella. El asesino no podría entrar sin una ruidosa acometida y si lo intentaba, allí estaría Benedict, aguardando con el arma. Eso sería suficiente respecto a la puerta. Ni en la cocina ni el cuarto de baño había ventanas, de modo que podía olvidarse de esas dos estancias. El dormitorio era una posibilidad, ya que la ventana daba a la escalera de incendios, pero también para eso tenía un plan. La ventana estaba cerrada y la única manera de abrirla desde el exterior era rompiendo el cristal. Benedict lo oiría y tendría tiempo de empujar el sofá de la entrada contra la puerta de la habitación. No quería hacerlo de momento por si tenía que refugiarse en el dormitorio.
Sólo quedaba una habitación, el salón, y allí era donde iba a montar guardia. Tenía dos ventanas. Por la más apartada se podía entrar desde la salida para incendios, como ocurría con el dormitorio; el asesino podría aparecer por ahí. La otra ventana no podía alcanzarse desde la escalera de incendios, pero se podía disparar hacia ella desde el otro lado del patio. Sin embargo, la esquina estaba fuera de alcance y ése era el sitio donde se apostaría. Había empujado el sillón grande contra la pared y, después de confirmar una vez más que ambas ventanas estaban bien cerradas, se dejó caer en él.
Tenía el arma apoyada en su regazo, apuntando hacia la ventana más lejana, la de la salida de incendios. Dispararía si alguien intentaba entrar. La otra ventana estaba cerca, pero ninguna acción podría proceder de ahí a menos que él estuviera frente a ella. Las finas cortinas estaban descorridas y, cuando se hiciera de noche, podría ver a través de ellas sin ser visto. Si desplazaba sólo unos grados el arma, podía cubrir la puerta del vestíbulo. Si se producía el ataque desde la puerta principal, podía llegar allí en unos pasos. Había hecho todo lo que estaba en su mano. Se instaló cómodamente en el sillón.
Cuando la luz se fue apagando y la habitación quedó casi a oscuras, podía ver bastante bien todavía debido a la claridad del cielo de la ciudad, que se filtraba en el interior a través de las cortinas descorridas. Todo estaba tan tranquilo que, al más mínimo cambio de posición, podían oírse los muelles del sillón en el que estaba sentado. A las pocas horas advirtió un ligero punto flaco en su plan. Tenía sed.
Al principio no hizo caso, pero hacia las nueve tenía la boca seca como el algodón. Sabía que no podría aguantar toda la noche así. Le impediría concentrarse. Debería haberse traído una cantimplora. Lo más prudente sería ir y coger una en cuanto pudiese, pero no quería dejar de proteger la esquina. Todavía no había oído ningún ruido del asesino y eso le hacía sentirse más preocupado por su presencia invisible.
En ese momento oyó que María lo estaba llamando. Muy bajito al principio y luego más y más fuerte. Estaba inquieta. ¿Estaba bien Benedict? No se atrevió a contestar, no desde allí. Lo único que podía hacer era ir hasta ella y susurrarle a través de la puerta que todo iba bien y que debía tranquilizarse. Quizá entonces ella se dormiría y él podría ir a la cocina a por agua.
Tan silenciosamente como pudo, se levantó y estiró las piernas entumecidas, sin apartar los ojos de la escuadra gris de la segunda ventana. Apoyó el dedo gordo de un pie contra el talón del otro y consiguió quitarse los zapatos. De esa manera, atravesó de puntillas la habitación. María lo estaba llamando a gritos y golpeando la puerta del cuarto de baño. Tenía que hacerla callar. ¿Es que no se daba cuenta del peligro en que lo ponía?
Cuando pasó por la puerta, ésta se abrió y la luz se encendió.
—¿Qué estás haciendo? —le gritó a María, que estaba junto al interruptor, parpadeando por el resplandor repentino.
—Estaba tan preocupada...
El estrépito de vidrios rotos procedente del salón fue interrumpido por la estruendosa detonación de una pistola. Dardos de dolor atravesaron a Benedict y se maldijo a sí mismo mientras se lanzaba al suelo en dirección al vestíbulo.
—¡Al cuarto de baño! —gritó, y disparó su propio revólver hacia el oscuro pasillo.
Tan sólo era medio consciente de los chillidos amortiguados de María cuando ella cerró de un portazo y, por un instante, olvidó el dolor de las heridas. Había un olor metálico a pólvora quemada y una neblina azul en el aire. Se oyeron arañazos en el salón y él volvió a disparar a la oscuridad. Se estremeció de dolor cuando la respuesta le devolvió estruendo y llamas y las balas agujerearon la escayola del vestíbulo al que daba la puerta de entrada.
El fuego cesó, pero él mantuvo el arma apuntada al darse cuenta de que los disparos del asesino no podían alcanzarlo donde estaba echado, contra la pared, lejos del pasillo abierto. El hombre tendría que entrar en el recibidor para poder dispararle y, si lo hacía, sería Benedict quien abriera fuego primero y acabara con él. La pared recibió más disparos, pero él no se molestó en contestarlos. Cuando el silencio se prolongó durante más de un minuto, se arriesgó y, calladamente, abrió el revólver, sacó los cartuchos vacíos y puso un cargador lleno en su lugar. Bajo su pierna había un charco de sangre.
Mantuvo el revólver apuntando hacia la entrada mientras se arremangaba torpemente los pantalones con la mano izquierda y echaba un vistazo rápido. Había más sangre fluyéndole hasta el tobillo y empapándole el calcetín. Una bala le había desgarrado el músculo de la pantorrilla y le había dejado dos oscuros y redondos agujeros de los que manaba espesa sangre. Mirarlo le causo mareos, pero entonces recordó su pistola y volvió a dirigirla atrás hacia la entrada con mano temblorosa. La sala de estar estaba en silencio. El costado también le dolía, pero cuando se sacó la camisa de los pantalones y miró la herida se dio cuenta de que, aunque era dolorosa, no era tan seria como la de la pierna. Una segunda bala le había perforado el lado rebotándole en las costillas y dejándole una herida poco profunda. La hemorragia no era muy preocupante, pero había que hacer algo con la pierna.
—Has sido rápido, Benedict, debo felicitarte.
El dedo de Benedict se contrajo por el susto y envió dos balas hacia el cuarto, en dirección a la voz del individuo. Éste se rio.
—Nervios, Benedict, nervios. Sólo porque vaya a matarte no significa que no podamos charlar un rato, ¿verdad?
—¡Eres una rata de alcantarilla, un loco, una bestia inmunda! —Benedict escupió las palabras, a las que siguieron una sarta de obscenidades, expresiones que nunca había usado o ni siquiera oído desde sus días de escuela. Se detuvo súbitamente cuando se dio cuenta de que María podía oírlo. Nunca había maldecido en su presencia.
—¿Nervioso, Benedict? —Oyó la risa cáustica—. Insultarme no va a cambiar la situación.
—¿Por qué no lo dejas y te largas? No intentaré alcanzarte —dijo Benedict mientras sacaba lentamente el brazo izquierdo de la camisa—. Ni quiero verte ni conocerte. ¿Por qué no te largas?
—Me temo que no es tan fácil, Ben. Tú has provocado esta situación. De alguna manera me has llamado. Como un hechicero que convoca al espíritu del mal. Es un bonito símil, ¿no crees? Me presentaré. Me llamo Mortimer.
—No quiero saber tu nombre, saco de inmundicia —farfulló Benedict, concentrado en quitarse silenciosamente la camisa. La tenía colgando de la muñeca derecha. Se pasó el arma a la mano izquierda por un instante mientras se la quitaba. La pierna le produjo un dolor punzante cuando se puso la camisa sobre la herida de la pantorrilla. Emitió un grito ahogado y habló con rapidez para disfrazar su gemido—. Has venido aquí por tu propia voluntad y acabaré contigo por eso.
—Muy bien, Benedict. Eso ya se acerca más al temple que esperaba de ti. Después de todo, eres lo más parecido que podemos encontrar a un fuera de la ley en los tiempos que corren. Un individualista antisocial que se queda solo y que perpetúa la tradición de los Dillinger y los hermanos James. Aunque ellos traían la muerte y tú has traído la vida, y tu arma es bastante más modesta que sus rifles... —Una risa sarcástica remató esas palabras.
—Tienes una mente perversa, Mortimer, ni más ni menos que lo que se espera de un hombre que acepta una licencia para matar. Estás enfermo.
Benedict quería que el otro continuara hablando, por lo menos unos minutos más hasta que pudiera vendarse la pierna. La camisa estaba pegajosa debido a la sangre y Benedict no podía atársela con la mano izquierda.
—Debes de estar enfermo para venir aquí —añadió—. ¿Qué otra razón podrías tener? —Dejó el arma en el suelo con sumo cuidado y, a tientas y con apuro, trató de vendarse la herida.
—La enfermedad es relativa —replicó la voz en la oscuridad—, como lo es el crimen. El hombre crea sociedades y las reglas de las sociedades que crea determinan los crímenes. ¡O témpora, o mores! Los homosexuales de la Grecia de Pericles eran hombres a los que se honraba y respetaba por su inclinación amorosa. Los homosexuales de la Inglaterra industrial eran rechazados y enjuiciados por conducta criminal. ¿Quién comete el crimen, la sociedad o el hombre? ¿Quién de los dos es el criminal? Puedes intentar apelar a una autoridad más alta que el hombre, pero eso derivaría hacia el terreno de las abstracciones y lo que aquí se dirime es la realidad. La ley establece que eres un criminal y yo estoy aquí para hacer respetar tal ley. —El estrépito de su pistola puso la puntuación a sus palabras y las esquirlas de madera salieron disparadas del marco de la puerta. Benedict se anudó firmemente la camisa y agarró la pistola de nuevo.
—Yo apelo a una autoridad más alta —dijo—. La ley natural, la santidad de la vida, la inviolabilidad del matrimonio. Bajo esa autoridad me he casado y expreso mi amor, y los hijos que hemos tenido son las bendiciones de esta unión.
—Tus bendiciones, las bendiciones del resto de la humanidad, son agotar este mundo como si fuéramos una plaga de langostas —respondió Mortimer—. Aunque esto es un comentario. Ante todo debo rebatir tus argumentos.
»Primero: la única ley natural está escrita en las rocas sedimentarias y en los espectros de los astros. Lo que llamas ley natural es la ley hecha por el hombre y varía con las diversas religiones. Argumento inválido.
»Segundo: la vida es prolífica y las actuales generaciones deben morir para que las del futuro puedan vivir. Todas las religiones muestran los rostros de Jano. Tuercen el gesto ante la muerte, pero al mismo tiempo sonríen a la guerra y a la pena capital. Argumento inválido.
»Último: las formas de unión entre el varón y la hembra son tan variadas como las sociedades que las albergan. Argumento inválido. Tu autoridad más alta no tiene relevancia en nuestro mundo de hechos y leyes. Si lo deseas y te proporciona satisfacción, cree en ella. Pero no la invoques para condonar tus actos criminales.
—¡Criminal! —gritó Benedict y disparó dos veces hacia el pasillo. A continuación hubo de encogerse tras la tormenta de balas que obtuvo por respuesta. Débilmente y tras la puerta del cuarto de baño, oyó llorar a su bebé, que se había despertado por el ruido. Vació el cargador y volvió a rellenarlo con nueva munición que se sacó del bolsillo—. Tú eres el criminal que estás tratando de asesinarme —dijo—.Tú eres la herramienta de los criminales que invaden mi casa con sus leyes nefastas y me prohíben tener más niños. No tenéis derecho a dictar órdenes como ésa.
—Qué loco estás... —Mortimer suspiró—. Eres un animal social y no dudas en aceptar las ventajas de tu sociedad. Aceptas la medicina y, así, tus hijos viven ahora, cuando en el pasado habrían muerto. Aceptas tu ración de alimentos para sustentarlos y ni siquiera tienes que trabajar por eso. Como eso te interesa, lo aceptas. Pero no aceptas planificar tu familia, rechazas esa idea. Eso no es posible. O lo aceptas todo o lo rechazas todo. O abandonas la sociedad en la que vives o acatas sus normas. Coges la comida, ¿no? Pues paga su precio.
—No pido más comida. El bebé tiene la leche de su madre y nosotros compartiremos nuestra ración de alimentos...
—No seas necio. Tú y los irresponsables como tú habéis llenado este mundo hasta reventar con vuestra progenie y todavía no paráis. Se ha razonado con vosotros, se os ha recriminado, persuadido, se os ha sobornado y se os ha amenazado. Todo ha sido en vano. Ahora debéis parar. Habéis rechazado toda ayuda para impedir traer una boca más a este mundo hambriento y, ya que eso es lo que habéis hecho, seréis considerados responsables de cerrar otra boca y retirarla de este mundo. La ley es humana, brota de nuestra historia de individualismo y espíritu pionero de los hombres de la frontera y te concede una oportunidad para defender tus ideales con un arma. Y tu vida.
—La ley no es humana —dijo Benedict—. ¿Cómo es posible que estés diciendo eso? Es dura, cruel y no tiene sentido.
—Es al revés. El sistema tiene mucho sentido. Detente e intenta salir de ti mismo un solo momento, olvida tus prejuicios y observa el problema al que se enfrenta nuestra raza. El universo es cruel, pero no es despiadado. La conservación de la especie es una de sus leyes inapelables más despiadadas. Hemos cometido una locura al ignorarla durante tanto tiempo y es la cordura la que nos empuja ahora a limitar la masa ingente de carne humana en el globo. Los llamamientos a la razón nunca han tenido éxito para ralentizar el crecimiento de la población; por ello, con una gran reticencia, se han aprobado una serie de leyes. El amor, el matrimonio y la familia no se ven afectados hasta un número razonable de hijos. Después de eso, un hombre renuncia voluntariamente a la protección de la sociedad y debe aceptar las consecuencias de sus propios actos. Si es un loco egoísta, su muerte beneficiará a la sociedad, liberándonos de su presencia. Si no ha perdido el juicio y tiene determinación y las suficientes agallas para vencer... Pues bien, él es el tipo de hombre que la sociedad necesita, y representa una noble contribución al patrimonio genético. Los ciudadanos honestos y respetuosos con la ley no se verán amenazados por estas leyes.
—¿Cómo te atreves? —gritó Benedict—. ¿Es una criminal la pobre madre indefensa de un niño no autorizado?
—No, sólo si rechaza toda ayuda. Se le permite incluso engendrar un hijo sin ponerse ella en peligro. Si persiste en su locura, debe pagar por sus actos. Existen innumerables mujeres frustradas que arden en deseos de ofrecerse voluntarias para compensar estas desigualdades. Ellas, como yo mismo, están de parte de la ley y están deseosas de hacerla respetar. De manera que ciérrame la boca si es que puedes, Benedict, porque espero sentir el placer de cerrar la tuya, que es tan increíblemente egoísta.
—¡Estás loco! —dijo Benedict entre dientes y los sintió rechinar con la misma intensidad que su pasión—. Escoria de la sociedad. Esa ley obscena representa la inmundicia de la humanidad y le proporciona armas y licencia para matar.
—Lo hace, sí. Y es un útil recurso, ya lo creo. Los inadaptados quedan así al descubierto y pueden ser observados. Es preferible eso a que el ejecutor llegue pública y orgullosamente a cazar y liquidar a tu hijo en el parque. Ahora, él arriesga su vida y si muere presta servicio a la humanidad con su muerte.
—¿De manera que reconoces que eres un loco con licencia Para matar? —Benedict empezó a ponerse en pie, pero el pasillo parecía dar vueltas vertiginosamente a su alrededor y a oscurecerse más y más. Se desplomó de espaldas como un fardo.
—No lo soy —dijo Mortimer en un tono apagado—. Soy un hombre que desea ayudar a la ley y exterminar a los de tu calaña.
—Eres un perturbado que odia el amor entre un hombre y una mujer.
La única respuesta fue una risa fría que sacó de quicio a Benedict.
—¡Sádico! —gritó—. O demente. O estéril, incapaz de engendrar tus propios hijos. Por eso odias a los que pueden.
—¡Ya basta! Ya he hablado bastante. Ahora te mataré.
Benedict pudo detectar la cólera por vez primera en la voz del otro y supo que había dado en el blanco. Estaba en silencio, enfermo y débil. La sangre continuaba filtrándose por su tosco vendaje, haciendo el charco cada vez más grande. Tenía que conservar las pocas fuerzas que le quedaban para apuntar y disparar cuando el asesino penetrara en el pasillo. Detrás de él pudo oír la puerta del cuarto de baño abriéndose casi en completo silencio y el susurro de unas pisadas. Observó con impotencia el rostro bañado en lágrimas de María.
—¿Quién hay ahí contigo? —gritó Mortimer en cuclillas detrás del sillón—. Te he oído cuchichear. Si está tu esposa contigo, Benedict, dile que se marche. No seré responsable de su seguridad. Tú mismo lo has provocado todo y ha llegado el momento de que pagues el precio de tus equivocaciones. Yo seré el instrumento del pago. —Se puso en pie y vació el resto del cargador disparando hacia la puerta. Entonces apretó el botón que expulsaba el cargador, lo lanzó hacia donde había disparado y en su lugar puso uno nuevo con movimientos rápidos y diestros. A continuación se agachó, listo para el ataque.
Así iba a ser todo. No necesitaría el cuchillo. Avanzaría algunos pasos, dispararía hacia el pasillo y entonces arrojaría el bolígrafo lacrimógeno. Eso lo cegaría o anularía su puntería. Luego se adelantaría sin dejar de apretar el gatillo. Las balas surtirían como de una manguera, sin cesar, y Benedict moriría. Mortimer aspiró profundamente con un estremecimiento. Entonces se detuvo y dio un grito ahogado de asombro al ver la mano de Benedict arrastrarse por la entrada y subir a tientas por la pared. Fue tan inesperado que al principio no disparó y, cuando lo hizo, erró el tiro. Una mano es un blanco difícil para un arma automática. La mano golpeó bruscamente el interruptor de la luz y desapareció cuando se encendieron las luces del techo.
Mortimer maldijo y disparó a la mano y a la pared y hacia la entrada, sin dar en nada, tan sólo en la desnuda escayola, mientras se sentía terriblemente expuesto bajo el resplandor de la luz.
El estruendo de su arma no le dejó oír el primer disparo de la de Benedict, y no advirtió que se encontraba a tiro hasta que la segunda bala rebotó en el suelo cerca de su pie. Mortimer dejó de disparar, miró a su alrededor y se quedó con la boca abierta.
En la escalera de incendios, fuera de la ventana rota, había una mujer. Era delgada y tenía los ojos como platos, llenos de desprecio, y temblaba por la emoción que la sacudía. Lo estaba apuntando con el revólver sujeto con ambas manos, luego apretó convulsamente el gatillo. Las balas le pasaron rozando, pero ninguna le alcanzó y, presa del pánico, levantó el arma lanzando los proyectiles hacia la ventana.
—¡Alto! ¡No quiero herirte! —gritaba mientras disparaba.
La última bala dio en la pared y el arma hizo un ruido seco; se había quedado sin munición. Lanzó el inútil cargador lejos y trató de colocar uno nuevo. La pistola volvió a hacer fuego y la bala lo alcanzó en el costado haciéndolo rodar. Al caer él, cayó también la pistola de su mano. Benedict, que se había estado arrastrando lenta y penosamente, llegó hasta él en ese mismo momento y lo agarró por la garganta con dedos ansiosos...
—No... —graznó Mortimer mientras se retorcía. Nunca aprendió a luchar y en aquel momento ya no podía hacer nada.
—Por favor, Benedict, no —dijo María saltando por la ventana y corriendo hacia ellos—. Lo estás matando.
—No —dijo él entrecortadamente—. No tengo fuerza. Mis manos están demasiado débiles.
Miró hacia arriba y vio la pistola de ella cerca de su cabeza. Se estiró y se la arrancó de la mano.
—¡Una boca menos! —gritó apretando el cañón ardiente contra el pecho de Mortimer, donde quedó sepultado sordamente el proyectil. El individuo dio una violenta sacudida y murió.
—Cariño, ¿estás bien? —María gimió, arrodillándose y aferrándose a su marido.
—Sí... estoy bien. Débil, pero es por la pérdida de sangre, supongo. La hemorragia ya ha cesado. Todo ha terminado. Hemos vencido. Obtendremos la ración de comida, ellos no nos molestarán más y todos estarán satisfechos.
—Estoy tan contenta —dijo ella y trató de sonreír entre lágrimas—. No quise decírtelo antes, no te quería molestar con todos esos problemas. El caso es que vamos a tener... —Bajó la mirada.
—¿Qué? —preguntó con incredulidad—. No es posible que tú...
—Lo cierto es que sí. —Ella se dio unas palmaditas en el redondo abultamiento de su vientre—. ¿No somos afortunados?
Todo lo que él pudo hacer fue contemplarla. Tenía la boca abierta como los indefensos peces varados en la orilla.