País Relato - Autores

harry harrison

tras la tormenta

La marea estaba descendiendo, dejando una franja de arena firme que parecía invitar a correr por ella. El sol, justo por encima del horizonte, ya calentaba mi rostro. Finalmente, la tormenta de la última noche se había desvanecido, aunque las grandes olas del Atlántico, que todavía batían con fuerza contra la playa, eran una reminiscencia de ella. Iba a hacer calor, pero la arena bajo mis pies desnudos aún estaba fresca mientras yo corría agradablemente, con el último ímpetu de las olas pereciendo en mis tobillos. Me sentía completamente en paz con el mundo. Éste era un buen momento del día.
Un poco más adelante, algo oscuro, en contraste con la blanca espuma, reclamó mi atención. Madera, qué bien, serviría para hacer un estupendo fuego en invierno. Era un gran tablón con algo adherido sobre él. Cuando me acerqué, sentí cómo un escalofrío, un temor súbito, me recorría el espinazo.
Era un cuerpo, el cuerpo empapado de un hombre.
No quise mirarlo de cerca. Vacilé y me detuve mientras las olas me batían en las piernas, sin estar seguro de lo que debía hacer. ¿Telefonear a la policía? Pero si lo hacía y me marchaba de ahí, el mar podría llevárselo otra vez. Tenía que sacarlo de la orilla..., pero no quería acercarme a él. Una ola se levantó y pasó por encima del cuerpo. Hebras de algas se enredaban en sus largos cabellos. La cabeza se alzó y cayó hacia atrás.
Estaba todavía vivo.
Pero frío como la muerte. Sentí su frialdad al agarrarlo por las manos y arrastré el peso muerto hasta la playa por aquellas aguas poco profundas. Lo puse boca abajo con su antebrazo bajo la boca y la nariz, para impedir que se metiera arena por ellas y, entonces, presioné con fuerza sobre su espalda. Y otra vez..., hasta que finalmente tosió y respiró entrecortadamente; después vació su estómago de agua de mar. Gimió cuando le di la vuelta sobre la espalda y sus párpados se movieron y se abrieron. Sus ojos eran de un azul transparente pálido y mostraba dificultades para fijar la mirada.
—Está bien —le dije—. En tierra y a salvo.
Frunció el ceño al oírme y me pregunté si podía entenderme.
—¿Habla usted inglés?
—Sí... —Tosió y se restregó los labios—. ¿Podría decirme el nombre de este lugar?
—Manhasset, orilla norte de Long Island.
—Uno de los estados de Estados Unidos, ¿verdad?
—¿Es irlandés?
—Sí. Y estoy terriblemente lejos de casa.
Luchó por ponerse en pie, tambaleándose, y se habría caído si no lo hubiera cogido.
—Apóyese en mí —le dije—. Mi casa no está lejos. Le daré ropa seca y algo caliente para beber.
Cuando llegamos al patio se dejó caer sobre el banco con un suspiro.
—Ahora me vendría bien esa taza de té —dijo.
—No tengo té... ¿Qué tal un café?
—Está bien, amigo. Me da igual.
—¿Crema de leche y azúcar? —pregunté mientras tecleaba el pedido en el panel de la pared. Él asintió y sus cejas se alzaron cuando recogí la taza humeante de la bandeja. La bebió con cautela primero y después de un trago. Apuró la taza antes de volver a hablar.
—Ese trasto que tiene ahí es milagroso. ¿Podría hacerlo funcionar otra vez?
Me pregunté de dónde venía, ya que nunca había visto un suministrador automático corriente. Puse su taza vacía en el reciclador y le serví otra llena.
—De Irlanda —dijo contestando mi pregunta no formulada—. Hacía cinco semanas que no pisábamos Arklow cuando nos pilló la tormenta. Llevaba un cargamento de pieles curtidas para los canadienses. Perdidas ya, como el resto de la tripulación, que en paz descanse. Me llamo Byrne, Cormac Byrne, señor.
—Yo soy Bil Cohn-Greavy. ¿No le gustaría quitarse esas ropas húmedas?
—Estoy bien por ahora, señor Greavy, sentado al sol aquí...
—Es Cohn-Greavy. Matronímico, patronímico. Es la ley desde hace... ¿cuánto?, al menos cien años. Supongo que en esa parte suya del océano, sólo usan el apellido paterno, ¿verdad?
—Sí, solamente. Así de despacio cambian las cosas en Irlanda. Pero ¿está usted diciendo que según las leyes de aquí deben usar tanto el apellido paterno como el materno?
Asentí y me pregunté cómo era posible que un marinero ordinario entendiera un poco de latín.
—La plataforma feminista lo aprobó en el Congreso, en 2030, cuando Mary Wheeler alcanzó la presidencia. Escuche, he de hacer una llamada de teléfono. Quédese aquí y descanse. Estaré de vuelta en un momento.
Es una responsabilidad que no puede eludirse. Si tienes una propiedad costera y has prestado juramento como guardia costero auxiliar, hay que informar de cualquier cosa que llegue a la orilla. Incluso contaba con una escopeta para disuadir a cualquiera que tratara de llegar a la orilla. La inmigración es estrictamente ilegal en Estados Unidos. Pensé que eso incluía a los marineros que habían naufragado.
—Emergencia de guardacostas —dije, y la pantalla se iluminó al instante. El canoso jefe de servicio comprobó mi identificación, que había aparecido automáticamente en su pantalla.
—Adelante con su informe, Cohn-Greavy.
—Tengo un hombre aquí, un náufrago arrastrado hasta la orilla, señor. Nacionalidad extranjera.
—Está bien. Deténgalo. La patrulla está de camino.
Por supuesto, ésa era mi obligación. Existían serias razones para la política de inmigración de este país. La puerta de vidrio se abrió cuando me acercaba y pude escuchar una voz que me era familiar.
—¿Eres tú, Kriket? —la llamé.
—¿Quién si no?
Había venido por la playa, a juzgar por sus piernas llenas de arena y la parte inferior del bikini. Como la mayoría de las chicas en verano, no llevaba puesta la parte superior del bikini y tenía los pechos tan bronceados como el resto de la piel. Era tan hermosa como su madre. Entonces me di cuenta de que Byrne se había puesto de pie, estaba mirando hacia el mar y su nuca estaba enrojeciendo. Me sentí desconcertado por un instante..., luego sonreí.
—Kriket, éste es el señor Byrne, es de Irlanda. —Él asintió con la cabeza rápidamente, todavía sin mirarla, y yo hice una señal a Kriket para que entrara—. Si tienes un momento, hay una cosa que quería que vieras.
Me miró, desconcertada, mientras yo esperaba hasta que la puerta se cerrara para volver a hablar.
—Tengo la impresión de que nuestro huésped no está acostumbrado a ver chicas desnudas.
—Papá..., ¿qué diablos quieres decir? Estoy vestida...
—No por la parte de arriba. Anda, sé buena chica y ponte una de mis camisas. Te apuesto diez contra uno a que las chicas no hacen alarde de su torso en el lugar de donde viene.
—¡Qué horriblemente arcaico! —dijo mientras se dirigía al dormitorio.
Cuando regresé al patio, un gran helicóptero blanco acababa de tomar tierra en la playa. El irlandés se quedó boquiabierto, como si nunca antes hubiera visto uno. Quizá era así. De hecho, aquél era un día lleno de sorpresas para él. Un capitán de guardacostas y dos policías costeros descendieron y avanzaron con brío hacia la casa. El capitán se detuvo enfrente de Byrne mientras el resto permanecía de pie con las manos posadas en los revólveres. El capitán frunció el ceño al irlandés, que le pasaba un palmo, y lo increpó con brusquedad.
—Déme su nombre, lugar de nacimiento, edad, nombre de su navío, último puerto de escala, puerto de matrícula y la razón por la que ha entrado ilegalmente en nuestro país...
—Náufrago, su señoría, náufrago —contestó con voz amable y cierto tono irónico, aunque no lo suficiente para considerarlo ofensivo. Aun así, el capitán frunció más el ceño mientras pasaba sus respuestas a una terminal de mano.
—Permanezca aquí —dijo cuando hubo contestado todas sus preguntas. Entonces se volvió hacia mí—. Desearía usar su teléfono. ¿Me puede indicar dónde está?
Todos los datos que había introducido en su terminal celular ya estaban en el ordenador central, de manera que no había necesidad de emplear el teléfono. Se mantuvo en silencio hasta que estuvimos en el interior.
—Tenemos algunas razones para sospechar que se trata de algo más que de un simple caso de naufragio. En consecuencia, se ha decidido que, en lugar de poner al sospechoso bajo custodia, se quede aquí con usted, donde pueda ser sometido a observación...
—Lo siento, pero no es posible. Tengo que hacer mi trabajo.
Incluso mientras yo estaba hablando, no dejó de aporrear su terminal de mano. Por detrás de mí, mi impresora emitió un aviso acústico y una hoja cayó en la bandeja.
—Soldado Cohn-Greavy, acaba usted de ser requerido para su incorporación activa a la Guardia Costera. Acatará las órdenes que se le den, no hará preguntas; está sujeto a la Ley de Secretos Oficiales de 2085 y será conducido ante un consejo de guerra si habla de este asunto con alguien.
Cogió la hoja de papel y me la tendió.
—Aquí tiene una copia de sus instrucciones. El sospechoso permanecerá aquí. Todos los teléfonos de esta casa han sido intervenidos y todas las conversaciones quedarán grabadas. Si el sospechoso abandona las proximidades de esta casa, nos informará de ello inmediatamente.
—A la orden, mi capitán.
Pasó por alto el sarcasmo de mi tono, se dio la vuelta y salió de la casa con paso firme haciéndome señas para que lo siguiera. Traté de contener mi ira (no me quedaba otra opción) y lo seguí mansamente. Mandó a sus agentes al helicóptero y, entonces, se dirigió al irlandés.
—Aunque la inmigración está restringida, existen regulaciones con respecto a los naufragios. Hasta que se haya tomado una decisión sobre su caso, usted permanecerá aquí con el señor Cohn-Greavy. Puesto que no existen fondos públicos para costear su mantenimiento, él se ha ofrecido voluntariamente a ocuparse de usted durante su estancia. Eso es todo.
Byrne observó cómo despegaba el helicóptero antes de dirigirse a mí.
—Es usted un hombre generoso, señor Cohn-Greavy...
—Mi nombre es Bil. —Yo no quería que me agradeciera la hospitalidad que me habían obligado a ofrecerle.
—Cuenta con mi agradecimiento, Bil. Y Cormac es mi nombre de pila.
La puerta se abrió y apareció Kriket llevando una de mis camisas con los faldones anudados a su cintura.
—He oído el helicóptero. ¿Qué ocurre?
—Era la patrulla costera. Deben de haberme visto arrastrar a Cormac a la orilla. —Fue la primera de muchas mentiras. No me gustó nada—. Va a quedarse conmigo.
—Estupendo. Una nueva fiera que dará vida al vecindario.
Cormac enrojeció ante sus palabras y se estiró las ropas empapadas.
—Le pido disculpas. Estoy seguro de que parezco una auténtica fiera...
Cormac se ruborizó aún más cuando ella soltó una carcajada.
—No sea tonto. Sólo es una expresión. Una fiera es un hombre, cualquier hombre. Podría llamar fiera a papi y seguro que él no se ofendería. ¿Está casado, Cormac?
—Sí, lo estoy.
—Bien. Me gustan los hombres casados. Hace que la caza sea más excitante y sexy. Yo estoy divorciada. Dos veces.
—Nos vas a perdonar, Kriket —les interrumpí—. Voy a enseñar a Cormac dónde está la ducha y a darle alguna ropa seca. Luego desayunaremos aquí, antes de que haga demasiado calor.
—Me parece bien —convino—. Pero no tardéis demasiado o sospecharé sodomía.
Cormac tenía ya la cara roja como un tomate. Tuve la impresión de que las costumbres sociales a las que estaba habituado no incluían la falta de formalidad del discurso de mi hija. La gente joven de hoy dice cosas que para mi generación habrían sido absolutamente improcedentes. Lo llevé hasta el cuarto de baño y luego fui a buscarle algunas ropas secas.
—Bil —me llamó—. ¿Podría pedirle un favor? Esta ducha de aquí..., eh..., no tiene pomo.
Traté de no sonreír, sin estar del todo seguro aún de lo que era un pomo de ducha.
—Para girarlo sólo tiene que decirlo... Aguarde, yo lo haré por usted. —Asomé la cabeza por el habitáculo—. Treinta y cinco grados, jabón. —De pronto, todo se llenó de vapor—. Cuando se haya enjabonado, diga simplemente «enjuagado», y luego «basta» cuando haya acabado. Le dejaré ropa sobre la cama.
Estaba ya en mi segunda taza de café cuando reapareció. Le había dejado varias prendas para que escogiera y él, quizá de manera previsible, se había inclinado por unos pantalones oscuros y una camisa oscura de manga larga.
—¿Para jalar? —preguntó Kriket con los dedos preparados sobre el teclado.
—Traducción: «¿Qué le gustaría comer?» —expliqué.
—Cualquier cosa que tengan al fuego, estoy muerto de hambre.
—Me ocuparé de ello —contestó Kriket, pulsando las teclas. Yo estaba intrigado y quería saber más cosas sobre ese lugar llamado Irlanda. ¡Un fuego en la cocina! Me imaginaba una hoguera en mitad de la cocina, crepitando con el humo ensortijado por todo el techo.
Su plato apareció colmado de huevos revueltos, costillas de cerdo, patatas fritas, arroz y pasta. Era la idea que Kriket tenía de una broma. Pero muy bien no le salió, pues Cormac atacó el plato, dando la impresión de ser capaz de acabarse aquella montaña de comida.
—Cuénteme cosas sobre Irlanda —le pidió Kriket. Él sonrió y se tragó un épico bocado acompañado de un poco de café antes de hablar.
—¿Qué puede decirse, señorita? Está en el sitio en que ha estado siempre.
—A eso me refiero. Todo esto es extraño para usted. Se le salían los ojos de las órbitas con el helicóptero. ¿No había visto nunca uno?
—Por Dios que no, aunque la verdad es que he leído acerca de esas criaturas y había visto unas parecidas en los libros. Tampoco había visto nunca una estupenda comida como ésta salir de un agujero en la pared, ni había hablado con una ducha. Ustedes viven en una tierra de milagros, ¿verdad?
—¿Y usted?
Dejó el tenedor y sorbió lentamente el café antes de responder.
—Supongo que considerarían primitivo nuestro modo de vida al lado del suyo. Pero vivimos con comodidad, estamos bien alimentados y somos tan felices como cualquier otro pueda serlo en esta esfera mortal. La verde Irlanda siempre ha sido un lugar poco poblado y de base agraria. Cuando se acabó el petróleo nunca padecimos los problemas de la vieja Inglaterra. Ni disturbios ni tiroteos. Resultó un poco duro al principio, por supuesto. La gente abandonó las ciudades y regresó al campo cuando se cortó el suministro eléctrico y los automóviles dejaron de funcionar. Pero la turba ardía bien y obtenerla te hacía entrar en calor. Una carreta de burros te lleva a la mayoría de los lugares a los que quieras ir y ahora hay trenes dos veces por semana, a Dublín y a Cork. En el mar hay pescado, y reses y ovejas en las praderas. No se vive mal, ya saben.
—Suena encantador y primitivo, como volver a la Edad de Piedra y vivir en una caverna y todo eso.
—No seas ofensiva, Kriket.
—¡Papá, no lo estoy siendo! ¿Le he ofendido, Cormac?
—En absoluto.
—¿Lo ves, papá? Y, entonces, ¿qué fue lo que dijo de Inglaterra? ¿No es Irlanda una parte de ese lugar? —La geografía nunca fue su fuerte.
—No exactamente..., aunque los ingleses han pensado eso mismo de vez en cuando. Es otra isla, vecina a la nuestra. Los ingleses estaban muy industrializados, hasta el mismísimo final del siglo XX. Pero eso acabó cuando se agotó el petróleo y la economía se colapsó totalmente. Durante muchos años todo marchó bien, justo hasta la segunda guerra civil. El Norte contra el Sur, dicen ellos. En realidad son los ricos contra los pobres. La ONU se negó a intervenir de la forma en que lo hizo en Irlanda del Norte, y envió tropas suecas mientras que los británicos no tardaron en retirarse una mañana lluviosa. Ahora, Gran Bretaña se parece mucho más a Irlanda, excepto por las ruinas de las ciudades, naturalmente. En su mayor parte es agrícola, aunque todavía pervive la manufactura en las Midlands. Después de todo, ellos fueron los que ganaron la guerra. Ustedes son afortunados aquí. Las guerras rápidas nunca atravesaron el Atlántico. Aunque ustedes también pasaron lo suyo. Al menos, eso es lo que los libros de historia dicen.
—Propaganda comunista —dijo Kriket con tono firme, del mismo modo que uno amonesta a un niño—. Nosotros sabemos todo eso. Envidia de los demás mientras el mundo se venía abajo y América se mantenía fuerte y segura.
—Lo siento, pero soy de la opinión de que sus libros lo explican equivocadamente —dijo él en un tono demasiado anodino—. A nosotros siempre nos enseñaron que Estados Unidos cerró sus fronteras herméticamente. Un muro blindado...
—No tuvimos otra alternativa. Era la única manera de protegernos contra el hambriento Tercer Mundo.
—¿No contribuyeron ligeramente a que el Tercer Mundo se encontrara en esas condiciones?
Eso era terreno peligroso y todo estaba siendo grabado. No había nada que yo pudiera decir, pero confiaba en que Cormac fuera más discreto.
—Eso son tonterías, estupideces criminales. Yo me especialicé en historia y tengo conocimientos. Naturalmente, hubo algunos inmigrantes ilegales y tuvieron que ser expulsados.
—¿Y qué me dice de las deportaciones de los suburbios de las zonas urbanas? ¿De los trasbordos de Detroit y Harlem?
Kriket se había enfadado, su discurso se había afilado.
—No sé qué tipo de propaganda comunista les meten allí en su ridícula isla llena de mierda de vaca, pero...
—Kriket, Cormac es nuestro huésped y los sucesos que él ha mencionado ocurrieron. —Tenía que vigilar mis palabras o yo mismo me vería metido en problemas—. Bastante antes de que tú nacieras; yo enseñé historia en Harvard. Por supuesto, eso fue antes de que la cerraran y la informatizaran. Puedes encontrar todas las investigaciones parlamentarias en el registro. Aquéllas fueron épocas duras, de hambre, y se cometieron excesos. El general Schultz, lo recordarás, murió en prisión por su responsabilidad en las deportaciones de Harlem. Se cometieron excesos y fueron castigados. No sólo se hizo justicia, sino que se veló para que se hiciera justicia. —Ahí quedó eso para la grabación y, luego, para volver a terrenos menos resbaladizos—. Irlanda tiene una de las más antiguas y prestigiosas universidades de todo el mundo, el Trinity College. ¿Aún está abierta?
—¿El Trinity College de Dublín? ¿Quién se atrevería a cerrarla? Yo mismo fui a Bellfield, pasé un año estudiando derecho. Entonces, un hermano mío se embarcó en el Flying Cloud, el dinero se acabó y regresé al astillero y luego al mar como los demás. Pero usted dijo «cerrada», ¿Harvard «cerrada»? No puedo creerlo... En Irlanda hemos oído hablar de Harvard. ¿Fue un incendio o algún desastre parecido?
Sus palabras me hicieron sonreír y sacudí la cabeza.
—En realidad no se cerró, Cormac. Yo dije «informatizada». Mire, le mostraré. Regresé al interior de la casa y accedí a mis archivos, cogí el disco negro de su compartimento y volví. Se lo tendí a Cormac.
—Aquí está todo Harvard.
Le dio varias vueltas en las manos, frotó los terminales dorados con los dedos y, luego, levantó la vista.
—Ya, pero me temo que no lo entiendo.
—Almacenamiento masivo. Cuando la memoria de ordenador evolucionó hasta un nivel molecular no pasó mucho tiempo antes de que se pudieran almacenar diez a la sexagésima potencia de bites en un disco de este tamaño. Es una cifra considerable. —Cormac agitó la cabeza en un gesto de incredulidad.
—La capacidad de memoria de un cerebro humano —dijo Kriket con petulancia—. Ese disco multiplica eso por el infinito.
—Contiene la Universidad Harvard —dije—. Todas las bibliotecas, los profesores, los conferenciantes, las conferencias y los laboratorios. Todo el mundo asiste ahora a la universidad..., todos los que se puedan permitir los veinticinco dólares que una universidad cuesta. Yo estoy ahí. Me enorgullece decirlo. Todas mis mejores conferencias y lecciones tutoriales. Estoy incluso en un SR sobre el comercio de esclavos en el siglo XIX. Hice el doctorado sobre ese tema.
—¿Un SR?
—Simulación de respuestas. Todas las respuestas están indexadas en función de palabras clave y relaciones. Las respuestas se simulan también en su forma hablada. Para que me entienda, quiero decir que usted se sienta y habla conmigo en la pantalla y yo respondo sus preguntas. Con gran detalle.
—¡Dios bendito! —exclamó mirando con los ojos como platos el disco de la Universidad Harvard. Luego me lo devolvió rápidamente, como si le estuviera quemando en las manos.
—¿Qué fue lo que dijo sobre construcción de barcos? —preguntó Kriket, dejando afortunadamente de lado la política.
—En eso trabajaba yo, en los astilleros de Arklow. Es un bosque de roble de primera calidad que rodea todas las colinas de Wicklow. Construyen muy buenos barcos allí, ya lo creo.
—¿Quieres decir barcos de madera? —preguntó Kriket riéndose. Cormac no era un hombre propenso a la ira, al revés. Asintió con la cabeza y sonrió—. ¿De verdad? Parece sacado de la prehistoria. Papá, ¿puedo usar tu terminal un momento?
—Hazlo. ¿Recuerdas el código de acceso?
—¿Lo has olvidado? Lo robé cuando tenía quince años y se acumularon todas aquellas espantosas facturas. Volveré en seguida.
—Perdone la pregunta —dijo Cormac. Sus ojos nunca se movían cuando Kriket pasaba por delante de él, toda piel bronceada, y mujer. Una reacción extraña. Cualquier americano varón no habría dejado de observarla, a manera de cumplido—. Con la universidad cerrada, ¿dónde enseña ahora?
—No enseño. El aprendizaje de nuevas ocupaciones es una obligación en nuestros días. Se hace dos o tres veces en toda la vida, según se van eliminando unos oficios y otros nuevos ocupan su lugar. En estos momentos soy un comerciante de metal.
Lo sorprendí mirando alrededor y dejó de hacerlo, azorado.
—Un buen negocio. ¿Lo tiene en la parte trasera de la casa?
Todavía se avergonzó más cuando me reí. No podía evitarlo. De pronto me imaginé viajando por carreteras en un camión destartalado con una montaña de cachivaches para el desguace.
—Hago todo el trabajo desde la terminal. He diseñado mis propios programas. Estoy al tanto de los movimientos de todos los importadores, fundidores y desguaces del país. Mi ordenador se conecta con los suyos todos los días a la hora de cierre y copia sus inventarios. Sé dónde está cada gramo de metal precioso en cualquier momento. Los fabricantes me telefonean con pedidos y yo me encargo de hacer los envíos, de facturarles y de hacer los pagos, quedándome una comisión. Lo tengo todo tan automatizado que yo casi no hago falta para nada. La mayoría de los negocios funcionan de este modo. Hace que la vida sea más fácil.
—No se podría hacer eso en Irlanda. Tan sólo tenemos dos teléfonos en Arklow y uno de ellos está en los cuarteles Gardai. Pero, aun así, no es posible construir barcos o cultivar la tierra por teléfono.
—Sí, ya lo creo que se puede. Nuestros campos están totalmente automatizados, de forma que menos del dos por ciento de la población son agricultores. En cuanto a los barcos... Se lo enseñaré.
—Encendí la pantalla, abrí el menú de la biblioteca y encontré una película sobre construcción naval. Cormac se quedó boquiabierto al contemplar la cadena de montaje (no aparecía un solo operario) y ver cómo unas grandes planchas se movían y se colocaban en su sitio y luego eran soldadas.
—No se parece mucho a nuestro sistema —acertó a decir finalmente. Kriket salió de la casa en ese momento y lo oyó.
—¿Conoces bien tu trabajo? —preguntó.
—Bastante bien. He construido bastantes barcos.
—Espero que sí, porque te acabo de conseguir un contrato. Yo trabajo en el departamento de programación para una cadena de televisión. He podido comprobar nuestros archivos y no tenemos nada sobre construcción artesanal de embarcaciones de madera. Nosotros facilitamos las herramientas y la madera, pagamos un adelanto y ofrecemos una comisión sobre los derechos de redifusión...
—Kriket..., no tengo ni la más ligera idea de lo que está diciendo.
Yo tercié antes de que pudiera volver a hablar.
—Le acaban de ofrecer un trabajo, Cormac. Si construye una pequeña embarcación partiendo de cero, ellos harán una película y le pagarán mucho dinero. ¿Qué le parece?
—Me parece una locura... ¡Pero lo haré! Y así yo podré pagarle por su hospitalidad, que es mayor de la que pueda recibir de su gobierno. ¿Es cierto que no tienen fondos para alimentar a un marinero naufragado?
—Ésta es una economía de «pagar y llevar”. Tienes aquello por lo que puedes pagar. Ahora ya puedes pagar, así que no hay problema.
No para él, sino para mí y los micrófonos escondidos. Por hoy, las cintas ya tenían bastante en lo que respecta a economía.
La cadena de televisión de Kriket no perdía el tiempo. Al día siguiente, un globo aerostático hizo descender un estudio prefabricado detrás de la casa, completamente equipado según las especificaciones de Cormac. Las cámaras automáticas, controladas desde el estudio, siguieron sus movimientos cuando ajustó la primera pieza de madera en el torno.
—Va a ser construida en madera de pino klinki, con el mástil delante, y tendrá diez pies —explicó Cormac a un micrófono que tenía suspendido por encima de su cabeza.
—¿Qué es eso de «diez pies»? —preguntó el director. Su voz provenía de un altavoz situado en el techo.
—Tendrá diez pies de eslora. Un pie es una medida de longitud.
—¿Cuántos pies hay en un metro?
El busca de mi reloj emitió un zumbido y acudí al teléfono más cercano. La pantalla estaba oscura, lo que significaba que era algo de carácter muy oficial, ya que tan sólo el gobierno puede dejar legalmente una pantalla en blanco.
—Este teléfono no es seguro. Vaya a uno del interior de la casa —ordenó la voz. Fui a mi estudio, cerré la puerta y activé allí el teléfono. El funcionario era grueso y adusto, tan oficial como su voz.
—Mi nombre es Gregory, soy el oficial asignado a su caso. He estado examinando las cintas de ayer y el sospechoso es muy subversivo.
—¿De verdad? Creía que todo lo que dijo eran asuntos de conocimiento público.
—No, no es así. Se hicieron declaraciones de naturaleza subversiva sobre Inglaterra. Esta noche dirigirá usted la conversación hacia otros Estados europeos. En especial, Bohemia, Nápoles y Georgia. ¿Lo ha entendido?
—¿Debo entender también que me he convertido en un informante de la policía sin sueldo?
Me miró con un frío silencio y tuve la impresión de que había ido demasiado lejos.
—No —dijo finalmente—. No es un informante no retribuido. Usted presta un servicio activo a la Guardia Costera y recibirá su salario además de su salario habitual. ¿Hará lo que le he dicho o deberé hacer una grabación permanente de su observación sobre un informante policial?
Sabía que me estaban dando una segunda oportunidad. La grabación permanente ya estaba hecha, pero no se la presentaría a nadie si yo cooperaba.
—Deberá perdonarme, he hablado apresuradamente sin pensar lo que decía. Por supuesto, colaboraré con las autoridades.
La pantalla se oscureció. Vi que había cuatro pedidos aguardándome. Me puse a trabajar en ellos, contento de quitarme todo ese asunto de la cabeza por un rato.
Durante las semanas siguientes, Kriket se convirtió en una visitante más asidua hasta que llegó un momento en que venía a cenar casi todos los días. Y no era debido a una recién descubierta responsabilidad filial. Nunca pudo resistirse a un hombre que le planteara un desafío de verdad, y Cormac resultó ser un auténtico reto para todos. El verano estaba siendo largo y caluroso y ellos dos se iban a nadar todas las tardes cuando él acababa de trabajar. Yo los observaba, recibía una llamada de Gregory todos los días, sacaba a colación durante la cena temas en los que yo no tenía ningún interés... y que, por lo general, hacían que me sintiera mal conmigo mismo. Demoré el momento tanto como me fue posible, hasta que advertí que Kriket estaba otra vez nadando en topless. Había llegado el momento de intervenir. Yo también me puse el bañador.
—Hola a los dos —dije, dando grandes zancadas entre la espuma de las olas en dirección a ellos—. Un día infernal, ¿no? ¿Os importa si me uno al baño?
Cormac se apartó de ella un poco cuando yo aparecí.
—Pero si tú odias el agua, papá —dijo ella, desconcertada.
—No en un día como éste. Y apuesto a que aún puedo dejaros atrás. Ida y vuelta hasta la boya. ¿Qué os parece?
Me toqué los labios con los dedos cuando me quité el busca de pulsera. Luego alcancé el collar de Kriket con el colgante en forma de delfín que disimulaba su busca y lo desabroché. Los mantuve bajo la superficie del agua y los agité antes de hablar.
—La mayoría de la gente parece no darse cuenta de que estos cacharros son de doble sentido: también pueden escucharte por ellos. Quiero que esta conversación sea privada.
—Papá, te estás convirtiendo en un paranoico...
—Al contrario. Todo lo que se dice en casa se está grabando por razones de seguridad. Piensan que Cormac es alguna clase de espía. Podría haber guardado silencio excepto por el hecho de que no quiero que salgas perjudicada.
No pensaba que pudiera hacerlo, pero me pareció que Cormac estaba poniéndose rojo por debajo de su nuevo bronceado. Kriket se rio.
—¡Qué dulce y medieval, papi!, pero puedo cuidarme yo sólita.
—Espero que sí..., aunque dos divorcios no son un historial muy brillante. En circunstancias normales te diría que es tu vida y te dejaría en paz. Sin embargo, Cormac es de nacionalidad extranjera, está ilegalmente en nuestro país y es sospechoso de un crimen grave.
—¡No me creo ni una palabra de todo eso! Cormac, mi dulce bestezuela, dile a papá que le han sorbido el tarro, que no eres un espía.
—Tu padre tiene razón, Kriket. Según vuestras leyes, estoy aquí ilegalmente y me encerrarán tan pronto les venga en gana. Voy a dar unas brazadas.
Se zambulló salpicando por todas partes. Me di cuenta de que no había negado los cargos de espía.
—Piensa en ello —le dije a Kriket mientras le devolvía su collar y también yo me zambullía.
En septiembre, la primera tormenta del otoño acabó de golpe con el calor. Estábamos viendo la grabación del último capítulo de la serie con una entrevista en directo. Aunque los truenos retumbaban en el exterior, los filtros acústicos registrarían el sonido y lo anularían.
—Un antiguo oficio o, por decirlo mejor, un arte que aún es practicado por aborígenes en los confines del planeta —decía el periodista—. Han podido contemplar con sus propios ojos todo el proceso de ejecución y estoy seguro de que ustedes, como yo, se han quedado extasiados al ver estas habilidades perdidas, exhumadas de las penumbras de la historia y mostradas para que todos puedan admirarlas. Ya está, corta y fin.
—¿Habéis acabado, entonces? —preguntó Cormac.
—A la lata y mañana desmontamos el decorado —dijo Kriket.
—¿Sabéis que habéis estado diciendo una sarta de estupideces?
—Por supuesto, y a ti te pagan por ello, artista. No olvides eso. Con la edad mental de los telespectadores oscilando entre los doce y los doce y medio, nadie va a entender nada de todas maneras.
—¿Y el barco?
—Ahora es propiedad de la cadena de televisión, artista. Échale un vistazo al contrato. Mañana se lo llevarán con todo lo demás.
Cormac apoyó su mano sobre la madera lisa acariciándola suavemente.
—Tratadlo bien. Disfrutaréis navegando con él.
—Se venderá por dinero, artista. Hay muchas ofertas.
—Ya entiendo... —Cormac le dio la espalda a la embarcación olvidándose ya de ella—. Si a usted le apeteciese, Bil, a mí me vendría pero que muy bien un poco de su bourbon, que, aunque no sea whisky irlandés, servirá hasta que llegue la próxima botella de Jamie.
La lluvia todavía caía y corrimos los pocos metros que nos separaban de la casa.
Kriket fue a secarse el pelo y yo preparé dos generosas copas.
—Ésta es por usted —dijo levantando la suya—. «Que los caminos se alcen ante ti y que llegues al cielo un año antes de que el diablo sepa que te has marchado.»
—¿Se está despidiendo?
—Así es. Un tipo con piernas torcidas y un carácter repugnante, de nombre Gregory, estuvo hablando hoy conmigo. Me hizo un montón de preguntas políticas..., incluso más que usted. Va a venir a por mí en unos minutos, pero quería despedirme antes.
—¿Tan pronto? Respecto a esas preguntas, lo siento. Tan sólo hice lo que me ordenaron.
—Nadie podía haber hecho más. Le agradezco su hospitalidad..., yo también habría hecho lo mismo. Le he transferido a su cuenta todo el dinero que he ganado. Al lugar al que voy no podría usarlo.
—Eso no es justo.
—Lo es y no podría hacer otra cosa.
Levantó la cabeza y yo también oí el sonido casi ahogado por la lluvia del helicóptero. Se puso en pie.
—Me gustaría marcharme antes de que vuelva su hija. Despídase de ella por mí. Es una muchacha estupenda. Cogeré mi gabardina. No me llevaré nada más.
Entonces se marchó y yo sentí que había cosas que debería haber dicho y ahora se quedarían sin pronunciar. La puerta del patio se abrió y entró Gregory, chorreando sobre la alfombra. En relación con su cuerpo, las piernas eran demasiado cortas además de arqueadas. Resultaba mucho más impresionante al teléfono.
—He venido por Byrne.
—Me lo ha dicho. Ha ido a coger su gabardina. ¿No es todo esto un poco precipitado?
—No, justo a tiempo. Finalmente presionamos a la policía inglesa. Les enviamos las huellas de Byrne tomadas en uno de sus vasos. Él no es lo que parece.
—Parece ser un marinero, un pescador, un constructor de botes o comoquiera que se llamen.
—Quizá. —Su sonrisa carecía de sentido del humor—. También es un coronel del ejército irlandés.
—Y yo también soy un soldado de la Guardia Costera. ¿Es eso un crimen?
—No he venido a hablar con usted. Vaya a por él.
—No me gusta recibir órdenes en mi propia casa.
Mi protesta perdió fuerza cuando hice lo que se me pidió. La puerta del baño estaba abierta y Kriket todavía se estaba secando el pelo.
—Voy con vosotros en seguida —me dijo entre el zumbido de la máquina.
Fui hasta la habitación de Cormac y miré en su interior. Cerré la puerta y volví al salón. Me senté y bebí un trago de mi copa antes de hablar.
—No está.
—¿Dónde está?
—¿Cómo puedo saberlo?
Su silla se cayó cuando salió de la habitación a todo correr.
—Vaya prisas, ¿no? —dijo Kriket el entrar—. ¿Me pones una copa? Bourbon con hielo, por supuesto.
Me acerqué a ella y toqué su pelo. Aún estaba húmedo.
—Cormac se ha ido —le expliqué mientras le servía la copa.
—Sí, ya lo he oído. Pero no podrá llegar lejos.
Ella sonrió mientras dijo eso e hizo un gesto muy grosero en dirección a la puerta. Luego bebió con recato cuando volvió a entrar Gregory, presa de furia y empapado de agua.
—¡Se ha largado...! Y su maldito barco tampoco está. Ustedes estaban al corriente de esto.
—Todo lo que aquí se diga está siendo grabado, Gregory —dije con fría rabia en la voz—. Así es que mida sus acusaciones o lo llevaré a los tribunales. He cooperado con ustedes al milímetro. Mi hija y yo estábamos justo aquí cuando Cormac se marchó. Si ha de existir algún culpable, deberá culparse a sí mismo.
—¡Lo atraparé!
—Lo dudo. El mar lo arrastró hasta aquí..., y ahora se lo llevará para informar de todos los secretos oficiales de los que se ha enterado. —No pude evitar sonreír.
—¿Se está mofando de mí?
—Sí, de usted y los de su clase. Éste es un país libre y me gustaría verlo más libre. Hemos sobrevivido a las crisis del siglo XX que han sembrado la ruina en todas las partes del mundo. Pero nosotros pagamos, aún estamos pagándolo, un precio muy alto por ello. Ha llegado el momento de que abramos nuestras fronteras de nuevo y volvamos a unirnos al resto de la humanidad.
—Yo sé lo que Cormac estaba haciendo aquí —dijo Kriket de repente, y los dos dirigimos la mirada hacia ella—. De acuerdo, él era un espía, un espía de Europa llegado para investigarnos. Y también conozco sus razones. Lo que él quería saber es si nosotros somos aceptables para el resto del género humano.
Gregory dio un resoplido de asco y salió dando pesadas zancadas de rabia. Por mi parte... no estaba tan seguro. Quizá Kriket estuviera en lo cierto.