El juez ofrecía una estampa imponente. De la perfección cromada de su cráneo emanaba un halo de omnisciencia y su voz reverberaba como si estuviese en el día del Juicio Final, densa y penetrante:
—Cari Tritt, este tribunal lo considera culpable de los cargos que se le imputan. El 2182423, usted robó fraudulenta y deliberadamente la nómina de la compañía Marcrix, una suma que ascendía a 318.000 créditos, de los cuales trató de apropiarse. La sentencia es de veinte años.
El mazo negro cayó con la precisión de un martinete y el sonido rebotó una y otra vez dentro de la cabeza de Cari. Veinte años. Se sujetó con dedos laxos al banquillo y escrutó la mirada electrónica del juez. Quizá hubiera en sus ojos un destello de piedad, pero en absoluto de clemencia. La sentencia estaba ya dictada y registrada en la Memoria Central. No era posible apelar.
Se abrió un panel frente al estrado del juez y apareció la prueba A, empujada por una biela silenciosa. Eran 318.000 créditos, todavía en sus sobres de paga originales. El juez los señaló mientras Cari los recogía lentamente.
—Aquí está el dinero que robó... Asegúrese de que sus dueños legítimos lo recuperen.
Cari salió de la sala arrastrando los pies y con el paquete aferrado débilmente contra el pecho. Se sentía hundido en una decaída desesperación. Ya en el exterior, no pudo apreciar la calle bañada por la dorada luz del sol, pues su tristeza la ensombrecía con la más profunda de las penumbras.
Tenía dolor de garganta y los ojos le escocían. Si no hubiese sido un hombre y un ciudadano adulto de veinticinco años de edad, quizá se habría puesto a llorar. Pero los hombres de veinticinco años no lloran. Lo que sí hizo fue tragar saliva con dificultad varias veces.
Una sentencia de veinte años... Era increíble. «¿Por qué tenía que tocarme a mí?» ¿Por qué tenía que ser él quien cargara con una sentencia tan dura, entre todos los habitantes del mundo? Al instante, su bien entrenada conciencia le respondió como un resorte: «Porque robaste dinero». Rehuyó ese desagradable pensamiento y continuó a trompicones.
Las lágrimas contenidas le anegaban los ojos y se deslizaban de regreso a la garganta por la nariz. Se atragantó un poco y luego escupió con fuerza, olvidándose en su miseria de dónde se encontraba.
En el mismo momento en que el proyectil de saliva se estrelló contra la impecable acera, una papelera situada a unos seis metros de distancia cobró vida. Giró sobre unas ruedas ocultas y avanzó silenciosamente hacia él. Horrorizado, Cari se tapó la boca con el dorso de la mano. Demasiado tarde para detener lo que ya estaba hecho.
Apareció un brazo flexible que limpió la acera rápidamente. A continuación, la papelera se puso en cuclillas como un Buda mecánico y empezó a oírse cómo un altavoz ponía en marcha con aspereza sus intestinos metálicos. Una voz de hojalata se dirigió a Cari.
—Cari Tritt, ha violado usted la ordenanza local número 14-668 al expectorar en una acera pública. La sentencia es de dos días. Su sentencia total ahora es de veinte años y dos días.
Otros dos peatones se habían detenido detrás de Cari y permanecían escuchando boquiabiertos cómo se dictaba la sentencia. Cari casi pudo oír lo que estaban pensando: «¡Un hombre condenado. Date cuenta. Más de veinte años de condena!».
Lo miraron con ojos desorbitados y una mezcla de fascinación y repulsión.
Cari se marchó corriendo, agarrando con firmeza el paquete contra el pecho y enrojeciendo de vergüenza. Los condenados siempre le habían parecido tan graciosos en vídeo... Cómo se derrumbaban y mostraban perplejidad cuando una puerta no se abría para ellos.
Pero ahora ya no parecía tan divertido.
El resto del día transcurrió en un mar de abatimiento. Conservaba un vago recuerdo de su visita a la compañía Marcrix para devolver el dinero robado. Habían sido amables y comprensivos y él se había marchado con prisa y vergüenza. Ni toda la amabilidad del mundo podría conmutar su pena.
Después estuvo deambulando sin rumbo por las calles hasta sentirse exhausto. Entonces vio el bar. Luces brillantes con una nube de humo en el interior, que transmitían una sensación de optimismo y calidez. Cari empujó la puerta y volvió a intentarlo, mientras la gente de dentro dejaba de hablar y se volvía a observarlo a través del cristal. Entonces se acordó de su sentencia y comprendió que la puerta no se abriría para él. La gente del bar había empezado a reírse y Cari se marchó corriendo. Tuvo suerte de irse de allí sin aumentar su condena.
Cuando al fin llegó a su apartamento lo hizo entre sollozos de fatiga y pesar. La puerta se abrió después del reconocimiento digital y se cerró tras él. Un refugio por fin.
Hasta que vio su equipaje, aguardándolo.
El vídeo de Cari se activó. Hasta ese momento no había sabido que podía manejarse desde la Central. La pantalla permaneció oscura pero la voz familiar del Control de Condenas le anunció:
—Se ha efectuado una selección de ropa y artículos diversos apropiada para un reo. Encontrará su nueva dirección en sus bolsas. Diríjase allí sin demora.
Eso ya era demasiado. Sin necesidad de comprobarlo, Cari sabía que no encontraría allí su cámara, sus libros, sus maquetas de cohetes y el centenar de pequeñas cosas que realmente tenían un significado para él. Corrió hacia la cocina, abriendo por la fuerza la puerta que se le resistía. La voz sonó desde un altavoz oculto encima de la cocina.
—Lo que está usted haciendo es una violación de la ley. Si se detiene inmediatamente, no se le incrementará la pena.
Las palabras ya no tenían significado para él, no quería escucharlas. Con dedos desesperados abrió el armario y agarró la botella de whisky que había en la parte trasera. La botella desapareció por una trampilla de la que nunca se había percatado, no sin antes rozar tentadoramente sus dedos mientras caía.
Corrió hacia la entrada y la voz bramó tras él. Cinco días más de condena por intento de obtener bebidas alcohólicas. A Cari no le hubiera podido importar menos.
Los taxis y los autobuses no se pararían a recogerlo y la moneda que introdujo en la ranura del acceso giratorio al metro le fue escupida de vuelta como si fuera algo desagradable. Finalmente, recorrió tambaleándose las largas calles hasta su nuevo domicilio, ubicado en un lugar de la ciudad que ni siquiera sabía que existiera. El edificio donde debía vivir ofrecía una calculada sordidez. Las aceras estaban deliberadamente agrietadas y la iluminación era tenue. Las polvorientas telas de araña que colgaban de cada rincón tenían un aspecto decididamente artificial. Tuvo que subir dos tramos de escalera para llegar a su habitación y cada escalón chirriaba con una nota distinta. Dejó caer las bolsas sin encender la luz y entró a tropezones. Sus espinillas se toparon con una cama metálica y se desplomó sobre ella con gratitud. Afortunadamente, su extenuación hizo que se quedara dormido. Cuando se despertó por la mañana no quería abrir los ojos. Todo había sido una pesadilla, se dijo tratando de convencerse de que ya se había acabado. Sin embargo, el aire frío de la habitación y la luz grisácea que se filtraba a través de sus párpados se empeñaban en llevarle la contraria. Dejó de lado sus fantasías con un suspiro y echó un vistazo a su nuevo hogar.
Era limpio... y eso era todo lo que podía decirse. Tenía una cama, una silla y una cómoda empotrada por todo mobiliario. Una única bombilla sin pantalla pendía del techo. En la pared que tenía enfrente había un gran calendario metálico. Allí podía leerse 20 años, 5 días, 17 horas, 25 minutos. Mientras lo estaba contemplando oyó un clic y el último número se transformó en un 4. Cari se encontraba demasiado exhausto por las emociones del día anterior para darle importancia. La magnitud del cambio aún lo desbordaba. Se recostó en la cama, todavía un poco en las nubes, y entonces le sobresaltó una voz atronadora procedente de la pared:
—En estos momentos se está procediendo a servir el desayuno en el comedor público del piso superior. Dispone de diez minutos.
La voz, que ya le resultaba familiar, provenía esta vez de un gigantesco altavoz que tenía al menos un metro y medio de diámetro y que había perdido completamente los matices metálicos. Cari obedeció sin pensarlo dos veces. La comida era insípida pero saciaba el hambre. Había otros hombres y mujeres en el comedor que parecían estar muy interesados en la comida. Súbitamente cayó en la cuenta de que también eran condenados. Después de esa revelación no apartó la vista del plato y regresó rápidamente a su habitación.
La cámara de vídeo lo enfocaba desde arriba del altavoz. Seguía todos sus pasos por la habitación, apuntándolo como un arma de fuego desde que traspasó el umbral de la puerta. Al igual que el altavoz, era la mayor cámara que jamás había visto: un cañón cromado giratorio con un ojo de vidrio en un extremo tan grande como su puño. Un hombre sentenciado está solo y, sin embargo, nunca tiene intimidad.
El altavoz retumbó sin ningún tipo de advertencia y Cari dio un respingo.
—Su nuevo empleo comienza hoy a las 18.00 horas. Ésta es la dirección. —Una tarjeta salió disparada por debajo del calendario y cayó al suelo. Cari tuvo que inclinarse y utilizar las uñas para agarrarla por el borde. La dirección no le decía nada.
Disponía de algunas horas antes de acudir allí y no tenía nada que hacer. La cama estaba cerca y resultaba seductora. Se dejó caer cansinamente sobre ella.
¿Por qué había robado aquellas malditas nóminas? Conocía la respuesta. Porque quería cosas que nunca se podría permitir con el salario de un técnico de teléfonos. El asunto le había parecido muy tentador y el plan, infalible. Maldijo el azar que lo había conducido al delito. El recuerdo aún lo torturaba.
Todo empezó con una ampliación rutinaria de líneas telefónicas en uno de los grandes edificios de oficinas.
La primera vez que visitó el lugar fue solo; no necesitaba a los robots hasta que el estudio preliminar se llevara a cabo. Los circuitos telefónicos estaban en un pasillo de servicios que daba al vestíbulo principal. Su llave maestra le permitió atravesar la discreta puerta y encendió la luz. Una maraña de cableado y cajas de conexiones cubría una pared, de la que partían más cables que se perdían de vista por el pasillo. Cari desplegó los planos de las instalaciones eléctricas y comenzó a seguir las guías. La pared trasera parecía ser un lugar ideal para instalar las nuevas cajas, así que la golpeó ligeramente para cerciorarse de que podría resistir pernos gruesos. Estaba hueca.
La primera reacción de Cari fue de contrariedad. El trabajo doblaría su dificultad si tenía que alargar los cables. Luego sintió cierta curiosidad por saber por qué estaba allí aquella pared. Una inspección más minuciosa le reveló que se trataba de un simple panel de secciones troqueladas. Con la ayuda del destornillador desmontó una de las secciones y vio lo que parecía ser una rejilla de acero que sostenía planchas metálicas. No tenía ni idea de cuál podía ser su función y en realidad no le preocupó ya que su débil curiosidad estaba satisfecha. Después de devolver el panel a su lugar original prosiguió con su trabajo. Unas horas después miró el reloj y dejó las herramientas para irse a comer.
Lo primero que vio cuando estuvo en el vestíbulo fue la carretilla del banco. Dado lo cerca que estaba, era imposible que no se diera cuenta de los dos guardias que estaban sacando gruesos sobres de la carretilla y metiéndolos en una hilera de consignas situadas en la pared. Un sobre en cada consigna y luego un portazo para cerrarla de golpe. Cari no reaccionó de ningún modo, más allá de una repentina punzada a la vista de todo aquel dinero.
Tan sólo al regresar de comer se detuvo bruscamente cuando le asaltó una idea. Vaciló una fracción de segundo y luego continuó. Nadie había reparado en él. Al entrar de nuevo en el pasillo miró furtivamente al ordenanza que estaba abriendo una de las consignas. Supo que sus conjeturas eran correctas cuando Cari cerró la puerta tras él y comprobó con la mirada la posición relativa de la pared.
Lo que pensó que era una rejilla metálica con planchas era, en realidad, la parte trasera de las consignas y su estructura interna. Las consignas de la entrada, cerradas a conciencia, tenían una parte trasera sin protección que daba al pasillo de mantenimiento.
En seguida comprendió que no debía hacer nada en ese momento, nada que pudiera levantar la más mínima sospecha. No obstante, se cercioró de que los robots de servicio entraran por el otro extremo del pasillo, que daba a un vestíbulo vacío en la parte trasera del edificio, y que él se preocupó de estudiar a conciencia. Cari se impuso, incluso, olvidar las consignas durante más de seis meses.
Luego comenzó con los preparativos. La observación ocasional en horarios no habituales le facilitó todos los datos que necesitaba. Las consignas contenían los sobres con las nóminas de diversas grandes compañías del edificio. Los guardias del banco depositaban el dinero todos los viernes al mediodía. Ningún sobre se recogía antes de la una de la tarde. Cari detectó el que parecía ser el más grueso de los sobres y planeó su estrategia teniéndolo presente.
Todo funcionó con precisión milimétrica. Cuando faltaban diez minutos para las doce del viernes, acabó la faena que estaba haciendo y se marchó. Llevaba con él la caja de herramientas. Exactamente diez minutos más tarde entró por la puerta trasera del pasillo sin ser visto. Llevaba puestos unos guantes transparentes y prácticamente invisibles. Hacia las doce y diez ya había quitado el panel. Apretó el extremo metálico de un gran destornillador contra la parte trasera de la consigna escogida mientras tenía el mango presionado contra el hueso detrás de su oreja. No se oía ninguna consigna cerrarse, de manera que tuvo la certeza de que los hombres del banco habían terminado su trabajo y se habían marchado.
La fina llama de su soplete fundió el panel de acero como si fuera mantequilla. Seccionó un limpio círculo de metal y lo separó. Apagó una pequeña llama que había prendido en el sobre. Extrajo el dinero de su interior y lo introdujo en otro sobre que había sacado de la caja de herramientas. Éste ya lo tenía franqueado y dirigido a sí mismo. Un minuto después de abandonar el edificio, echaría el sobre al correo y sería un hombre rico.
Puso todos sus utensilios y el sobre en la caja de herramientas comprobándolo todo cuidadosamente, y se marchó a grandes zancadas. Exactamente a las 12.35, Cari atravesó la puerta del pasillo trasero y la cerró tras él. El corredor estaba aún vacío, de modo que se tomó algunos segundos más en forzar la puerta con una palanqueta que se sacó del bolsillo. Muchas personas tenían llaves de esa puerta, pero no estaba de más dejar alguna pista falsa.
Cuando salió a la calle se puso a silbar de puro contento.
En ese momento, el agente de policía lo cogió por el brazo.
—Queda usted arrestado por robo —dijo el oficial con voz serena.
El sobresalto le hizo pararse en seco y estuvo a punto de desear que su corazón hubiera actuado del mismo modo. No tenía previsto ser detenido y nunca calibró las consecuencias. El miedo y la vergüenza le hicieron temblar cuando el policía lo condujo al coche que lo aguardaba. La multitud observaba la escena con asombro y fascinación.
Cari descubrió, un poco tarde, cuál había sido su error cuando las pruebas se presentaron en el juicio. Debido al cableado y los circuitos del pasillo, éste estaba equipado con termopares infrarrojos. El calor de su soplete había activado la alarma y un observador de la Central de Incendios había estado inspeccionando a través de una de las cámaras de vídeo del túnel. El técnico confiaba en descubrir un cortocircuito y se quedó pasmado cuando vio a Cari robando el dinero. Una sorpresa que no le impidió notificarlo a la policía. Cari maldijo su suerte entre dientes.
La chirriante voz del altavoz truncó los malos recuerdos de Cari.
—17.30 horas. Es momento de que se dirija a su empleo.
Cari se calzó cansinamente, miró la dirección y se marchó a su nuevo trabajo. Casi le costó media hora llegar hasta allí. No se sorprendió lo más mínimo cuando el lugar resultó ser el Departamento de Recogida de Basuras.
—Aprenderá pronto, ya lo verá —le dijo el anciano y desgastado supervisor—. Léase esta lista y familiarícese con ella. Su camión llegará en un momento.
En realidad, la lista era un grueso volumen de listados con todo tipo de materiales de desecho. Según parecía, cualquier cosa de este mundo que pudiera tirarse estaba allí. Cada objeto iba seguido por un código. Los números iban del uno al trece y parecían constituir la finalidad del volumen. Mientras Cari cavilaba sobre su significado, de repente se oyó el bramido de un gran motor. Un gigantesco camión conducido por un robot subió por una rampa y se detuvo cerca de donde estaban.
—El camión de la basura —dijo tediosamente el supervisor—. Es todo suyo.
Cari siempre supo que existían los camiones de basura pero, por supuesto, él nunca había visto uno. Era un grueso y brillante tanque de más de veinte metros de longitud. Un robot conductor estaba integrado en la cabina. Otros treinta robots iban subidos en los estribos de los laterales. El supervisor se dirigió hacia la parte trasera del camión y señaló la embocadura abierta del contenedor de recepción.
—Los robots recogen la basura y los desechos y los tiran ahí —explicó—. Entonces pulsan uno de estos trece botones que distribuyen cualquier cosa que hayan tirado en cada uno de los trece depósitos del interior del camión. Son sólo sencillos robots de carga no muy dotados intelectualmente. Pero son lo bastante buenos para identificar la mayor parte de las cosas que recogen. Aunque no siempre. Ahí es donde entra usted, que irá subido ahí.
El sucio pulgar apuntaba ahora a un cubículo transparente que sobresalía de la parte posterior del camión. En el interior había un asiento acolchado enfrente de un panel con trece botones.
—Usted va sentado ahí tan cómodamente, como un maharajá, dispuesto a cumplir con su obligación cuando la situación lo requiera. Es decir, cuando uno de estos robots se tropiece con algo que no pueda reconocer de inmediato. Entonces lo depositará en la tolva del exterior de su ventana. Usted lo mira con atención. Si no está seguro, revisa la lista en busca de la categoría correspondiente, presiona el botón correcto y ya está. Puede parecerle difícil al principio, pero pronto se hará con la técnica, ya verá.
—Oh, sí, suena complicado —dijo Cari, sintiendo una sensación de vacío en las tripas mientras se encaramaba a la torreta—, pero probaré y me acostumbraré. —El peso de su cuerpo activó un dispositivo oculto en la silla y el camión rezongó hacia adelante. Cari frunció el ceño con tristeza mientras su mirada se perdía en la calzada que desaparecía lentamente entre las ruedas del camión. Iba sentado en su burbuja translúcida, en dirección a la penumbra.
Era aburrido más allá de toda previsión. El camión de la basura seguía una ruta programada que lo llevaba a través de las zonas comerciales y de transporte de la ciudad. Otros camiones hacían sus rondas a esa hora de la noche y todos eran conducidos por robots. Cari no vio ningún otro ser humano. Allí iba él, cómodo como en la gloria, como un cautivo maharajá del detritus al que le daban vueltas y vueltas por el interior de la compleja maquinaria urbana. Cada pocos minutos el camión se detenía y los robots saltaban ruidosamente y volvían poco después con sus cargas. Una vez volcados los contenedores, los robots brincaban sobre las plataformas, y vuelta a empezar.
Pasó una hora antes de que tuviera que tomar su primera decisión. Un robot se detuvo en el momento de verter el contenedor, chirriaron sus engranajes un instante y entonces arrojó un gato muerto en la tolva de Cari. El felino le devolvió la mirada con los ojos abiertos y sin vida. Tenía los labios arrugados hacia dentro, dibujando una fiera mueca. Era el primer cadáver que Cari había visto en su vida. Algo muy pesado cayó sobre la parte inferior del gato, dejándola como el papel de fumar. Tuvo que hacer un esfuerzo para apartar la vista y abrir el libro de un manotazo.
Gárgola..., garlopín..., gatos (cadáver)..., muy, muy muerto. Allí estaba el número del contenedor: siete. Siete vidas tiene el gato ¿no?, pues después de la séptima... ¡al séptimo contenedor! No encontró muy divertida la ocurrencia. Un manotazo al botón del siete y el gato desapareció para siempre de su vista con el último de sus mohines. Tuvo que reprimirse para no dirigirle una mueca de despedida.
Tras el episodio del gato, el aburrimiento se impuso con ganas. Las horas parecían arrastrarse lentamente y la tolva permanecía vacía. El camión avanzaba con gran estruendo y se detenía. Adelante y otra vez se detenía. El movimiento lo estaba adormeciendo y estaba cansado. Se inclinó hacia adelante y apoyó la cabeza suavemente sobre el listado con las variedades de basura, con los ojos cerrados.
—Está prohibido dormir en horas de trabajo. Ésta es la advertencia número uno.
La aborrecida y familiar voz tronó tras su cabeza, dándole un buen susto. No se había fijado en la cámara y el altavoz que estaban cerca de la puerta. Incluso allí, montado en un camión de la basura hasta la eternidad, la máquina lo observaba. La ira y la amargura lo mantuvieron despierto hasta acabar la ronda.
Los días transcurrieron en gris monotonía, marcados en el gran calendario de la pared. Aunque no con la rapidez deseable. Ahora indicaba 19 años, 322 días, 8 horas, 16 minutos. No lo bastante de prisa. Su vida ya no tenía ningún interés. Como hombre sentenciado, había muy pocas cosas que pudiera hacer en su tiempo libre. Todos los posibles entretenimientos le estaban vedados. Tan sólo le estaba permitida la entrada, por una puerta lateral, a cierta sección de la biblioteca. Después de una breve incursión allí, en la que hojeó relatos morales y textos edificantes, ya nunca más regresó.
Cada noche iba a trabajar. Al volver, dormía tanto como podía. Al despertarse, permanecía tendido en la cama, fumándose su mezquina ración de tabaco y escuchando pasar los segundos de su sentencia.
Cari trató de convencerse a sí mismo de que podría soportar veinte años de aquella existencia. Pero un nudo en el estómago, que cada vez era mayor, le llevaba la contraria.
Eso fue antes del accidente. El accidente lo cambió todo.
Era una noche como cualquier otra. El camión de la basura se detuvo en una zona industrial y los robots salieron disparados a por sus cargas. En las proximidades había un camión cisterna de la red nacional, repostando un líquido por medio de una manguera flexible. Cari se fijó en él con apatía porque había un conductor humano en la cabina. Eso significaba que, de alguna forma, la carga era peligrosa, pues la ley no autorizaba que ciertas cargas fuesen manejadas por robots pilotos.
Advirtió despreocupadamente que el conductor abría la puerta y se disponía a salir. Cuando el individuo estaba a medio camino, recordó algo, se volvió y alcanzó alguna cosa.
Por un instante, el conductor rozó el botón de encendido. El camión tenía puesta una marcha y avanzó a sacudidas algunos metros. El conductor se retiró con rapidez, pero ya era demasiado tarde. El movimiento había sido suficiente para tensar la manguera. Primero se estiró y luego el brazo portador se curvó hasta que se soltó del camión por la válvula de acoplamiento. La manguera dio latigazos de aquí para allá pulverizando un líquido verdoso sobre el camión y la cabina, hasta que una espita automática cerró el flujo de líquido.
Sólo había sido un instante. El conductor se volvió y observó horrorizado cómo goteaba el líquido por el chasis del camión, produciendo ligeros vapores. Con un repentino estruendo, prendió en llamas que cubrieron completamente la parte delantera del vehículo. El conductor dejó de verse tras aquella cortina de fuego.
Cari siempre había trabajado con la ayuda de robots antes de la sentencia. Sabía lo que tenía que decir y cómo para ser obedecido de manera instantánea. Saltó de su cubículo, dio una palmada a uno de los robots de la basura en su hombro metálico y le gritó una orden. El robot dejó caer el contenedor que estaba vertiendo y corrió a toda velocidad hacia el camión, metiéndose entre las llamas.
Más importante que el conductor era la válvula abierta de la parte superior del camión. Si las llamas llegaban a ella, éste saltaría por los aires inundando la calle con el líquido inflamado.
Envuelto en llamas, el robot subió por la escalerilla situada en el lateral del camión. Alargó la mano ardiente y consiguió colocar la tapa con cierre automático. El robot inició entonces el descenso entre las llamas, pero se detuvo de repente cuando el terrible calor destruyó sus controles. Durante unos segundos, tembló convulsamente, como un ser humano agonizante. Luego se desplomó, totalmente destruido.
Cari fue corriendo hacia el camión guiando a otros dos robots. Las llamas aún envolvían la cabina, colándose por la puerta, parcialmente abierta. Del interior salían débiles gritos de dolor. Siguiendo las instrucciones de Cari, un robot abrió la puerta y el otro penetró en la cabina. Protegió el cuerpo del hombre con el suyo propio y logró sacarlo. Las llamas le habían carbonizado las piernas reduciéndolas a unas masas informes y sus ropas aún estaban ardiendo. Cari sofocó las llamas con las manos mientras el robot arrastraba al conductor a un lugar seguro.
En el momento en que el fuego se había desatado, las alarmas automáticas se habían disparado. Los equipos de bomberos y de rescate acudieron velozmente al lugar del siniestro. Cari acababa de apagar las últimas llamas sobre el cuerpo del conductor inconsciente cuando llegaron. Los chorros de espuma extinguieron el fuego con rapidez. Una ambulancia frenó en seco y dos camilleros robot salieron de ella. Un doctor de carne y hueso los siguió. Echó un vistazo al cuerpo carbonizado y dio un silbido.
—¡Está bien asado!
Agarró un aerosol de uno de los camilleros y roció un producto gelatinoso sobre las piernas del conductor. Antes de que hubiera terminado, el otro robot ya había abierto un equipo médico y se lo ofrecía. El doctor hizo unos rápidos ajustes en una jeringuilla múltiple y le puso una inyección al herido. Todo fue muy rápido y eficiente.
Tan pronto como los camilleros hubieron transportado al hombre a la ambulancia, ésta salió disparada. El doctor masculló algunas indicaciones al personal del hospital por su micrófono de solapa. Sólo entonces dirigió su atención a Cari.
—Veamos esas manos —dijo.
Todo había sucedido con tal rapidez que Cari no tuvo tiempo de advertir sus quemaduras. En ese momento desvió la vista hacia su piel abrasada y experimentó un agudo dolor. Su rostro palideció y él empezó a tambalearse.
—Tranquilo —dijo el doctor ayudándole a sentarse sobre el suelo—. El aspecto es lo peor de todo. Tendrá una piel nueva en un par de días. —Sus manos no se estuvieron quietas mientras hablaba y Cari sintió de pronto el pinchazo de una aguja en el brazo. El dolor fue mitigándose.
La inyección hizo que todo resultara confuso. Cari tenía vagos recuerdos de haber sido llevado al hospital en un coche de policía. Luego vino la sensación de agradable comodidad de una cama fresca. Debieron de ponerle otra inyección porque, cuando volvió a tener conciencia, era por la mañana. La semana que pasó en el hospital fueron unas vacaciones para él. O el personal ignoraba su condición de hombre sentenciado o no les importaba. Cari recibió el mismo trato que los otros pacientes. Se relajó con el lujo de una cama blanda y una comida variada mientras los poderosos injertos cubrían sus manos y antebrazos con piel nueva. La misma medicación que mantenía a raya el dolor le hacía olvidar que tendría que regresar al mundo exterior. También se alegró al saber que el conductor quemado se recuperaría.
Al octavo día por la mañana, el dermatólogo palpó la nueva piel y sonrió satisfecho.
—Buen trabajo, Tritt —dijo—. Parece ser que va a dejarnos hoy. Haré que rellenen los formularios y le traigan la ropa.
El antiguo nudo de tensión regresó al estómago de Cari cuando pensó en lo que le aguardaba allí fuera. Resultaba mucho más duro ahora que había estado ausente algunos días. Sin embargo, no había nada que pudiera hacer. Se vistió tan lentamente como pudo, alargando así la poca libertad que le quedaba.
Una enfermera le hizo señas cuando salió al pasillo.
—Al señor Skarvy le gustaría verlo... Está ahí dentro.
Skarvy. Ése era el nombre del conductor del camión. Cari siguió a la enfermera hasta el interior de la habitación donde se hallaba el fornido conductor sentado sobre la cama. Por alguna razón, el enorme cuerpo del hombre resultaba extraño. Hasta que Cari advirtió que por debajo de la manta no había ningún bulto. No tenía piernas.
—Me las amputaron por debajo de las caderas —dijo Skarvy cuando notó la mirada de Cari. Sonrió—. No deje que le afecte. A mí no me preocupa en absoluto. Han implantado los brotes autorregenerativos y me han dicho que en menos de un año estrenaré piernas nuevas. Me viene bien. Es mejor que estar en aquel camión y freírme. —Se irguió como pudo en la cama con una intensa expresión en el rostro.
—Me han mostrado las grabaciones que el Servicio de Bomberos hizo con una de sus cámaras en el lugar del accidente. Lo vi todo. Estuve a punto de vomitar al ver el aspecto que tenía cuando usted me sacó fuera a rastras. —Le tendió su rolliza mano y dio un fuerte apretón a la de Cari—. Quiero darle las gracias por lo que hizo, por arriesgarse de esa forma.
Cari sólo pudo esbozar una sonrisa tonta.
—Quiero estrechar su mano —dijo Skarvy—, aunque sea un hombre sentenciado.
Cari se zafó de su mano y se marchó. No tuvo valor para decir nada. La última semana había sido un sueño, un sueño estúpido. Todavía era un hombre sentenciado y seguiría siéndolo durante los próximos años. Un paria, desterrado de una sociedad que nunca abandonó.
La voz a la que ya estaba demasiado acostumbrado resonó desde el altavoz cuando abrió la puerta de su triste habitación.
—Cari Tritt. Ha permanecido ausente de sus obligaciones laborales durante siete días. Además, hemos contabilizado un día incompleto, sólo parcialmente trabajado. En circunstancias ordinarias, este tiempo no sería deducido de su sentencia. Sin embargo, existen precedentes que nos permiten deducir este período y así se hará con respecto al total de su sentencia. —Los números saltaron apresuradamente en el calendario.
—Gracias por nada —dijo Cari, y se desplomó cansinamente sobre la cama. La monótona voz electrónica prosiguió, ignorando la interrupción.
—Además, le ha sido otorgado un premio. De acuerdo con las ordenanzas para las disminuciones penales, su acto de heroísmo, en el que arriesgó su propia vida para salvar la de otro, está reconocido como un acto de contribución social y así será considerado. El premio consiste en una rebaja de tres años en su sentencia.
Cari estaba de pie, contemplando con incredulidad el altavoz. ¿Habría alguna trampa? Sin embargo, mientras observaba el calendario, los engranajes internos de éste rechinaron brevemente y las cifras fueron pasando lentamente. 18... 17... 16. El chirrido se paró.
Así de sencillo. Tres años de su sentencia eliminados. No era posible. Aunque los números demostraban lo contrario.
—¡Control de Condena! —gritó—. ¡Escúchenme! ¿Qué ha pasado? Quiero decir..., ¿cómo se puede rebajar una sentencia por ese asunto de los premios? ¡Nunca había oído nada de eso!
—Las rebajas de condena no se mencionan en la vida pública —aclaró cansinamente la voz—. Podría estimular a las personas a violar la ley, ya que la amenaza de una condena es considerada como algo disuasorio. Normalmente, a una persona condenada no se le informa de la rebaja de condena hasta después de su primer año de pena. Sin embargo, sus circunstancias son excepcionales al haber obtenido como premio una reducción antes del fin de dicho año.
—¿Cómo puedo informarme mejor sobre las rebajas de condena? —preguntó Cari con ansiedad.
El altavoz zumbó por un momento y la voz bramó de nuevo.
—Su asesor penal es el señor Prisbi. Él le asesorará en lo que sea necesario. Tiene usted una cita con él a las 13.00 horas de mañana. Ésta es su dirección.
La máquina hizo un clic y escupió una tarjeta. Esta vez, Cari la estaba esperando y la agarró antes de que cayera al suelo. La sostuvo cuidadosamente, casi con mimo. Tres años menos de condena y al día siguiente averiguaría qué más podía hacer para aumentar las reducciones.
Por supuesto llegó con tiempo, casi una hora antes. El robot recepcionista lo tuvo esperando fuera del despacho hasta la hora en punto de la cita. Cuando por fin oyó abrirse la cerradura de la puerta, casi se abalanzó sobre ella de un salto. Entró en el despacho, obligándose a ir lentamente.
Prisbi, el asesor de condenas, tenía el aspecto de una especie piscícola protegida que mirase a través del culo de una botella. Era regordete, de piel pálida y mortecina y de facciones grumosas que parecían emerger desde la grasa interior. Sus ojos eran pupilas aumentadas por las lentes de sus gafas, que tenían un grosor casi igual a su superficie. Su visión era tan mala que las lentillas no eran suficientes para corregirla en un mundo donde las lentes de contacto eran la norma. En su lugar, llevaba unos anteojos de montura muy robusta colgados temerariamente sobre la nariz hinchada.
Prisbi no sonrió ni dijo una palabra cuando Cari entró en su despacho. Mantuvo sus ojos fijos en él mientras recorría toda la sala. A Cari le recordaron los escáneres de vídeo que había aprendido a odiar y sacudió la idea de su cabeza.
—Me llamo... —comenzó a decir.
—Sé cómo se llama, Tritt —graznó Prisbi. La voz era demasiado áspera para provenir de aquellos labios tan blandos—. Está bien. Siéntese en esa silla de ahí. —Prisbi arrastró bruscamente con su bolígrafo una incómoda silla metálica que había delante de su mesa.
Cari se sentó e inmediatamente comenzó a pestañear debido a los potentes focos de luz que le apuntaban al rostro. Intentó deslizar la silla hacia atrás hasta que advirtió que estaba atornillada al suelo. Se limitó a quedarse sentado y a esperar a que Prisbi empezara.
Finalmente, éste bajó la mirada y agarró un archivo lleno de documentos que estaba sobre la mesa. Estuvo hojeándolos durante un largo minuto antes de empezar a hablar.
—Un historial muy extraño, Tritt —gruñó finalmente—. No puedo decir que me guste lo más mínimo. Ni siquiera sé por qué Control le ha concedido permiso para estar aquí. Pero, ya que ha venido, dígame qué razones tiene.
Cari sonrió con esfuerzo.
—Bien, verá, me han concedido una reducción de sentencia de tres años. Es la primera vez que tengo noticia de una rebaja de este tipo. Control me envió aquí, pues me dijeron que usted me proporcionaría más información.
—Una absoluta pérdida de tiempo —dijo Prisbi, arrojando los papeles sobre la mesa—. Usted no puede aspirar a una reducción hasta que haya cumplido su primer año de sentencia. Le quedan casi diez meses para eso. Regrese entonces y ya le explicaré. Ahora puede marcharse.
Cari no se movió. Tenía los puños firmemente cerrados en su regazo mientras luchaba por no perder el control. Dirigió su mirada hacia la luz entrecerrando los ojos y vio el rostro indiferente de Prisbi.
—Pero ya ve que he obtenido una reducción de condena. Quizá sea por eso por lo que Control me dijo que viniera...
—No intente enseñarme leyes —bramó Prisbi con indolencia—. Estoy aquí para enseñárselas a usted. Está bien, voy a explicarle algunas cosas. Aunque carecen por completo de todo valor por el momento. Cuando haya usted acabado su primer año de condena, un año entero trabajando en las funciones que le hayan sido encomendadas, podrá optar a la reducción. Entonces podrá solicitar otro trabajo que le comporte un bono de tiempo. Los trabajos peligrosos como la reparación de satélites suponen una reducción de dos días de sentencia por cada día de servicio. Existen incluso ciertos puestos relacionados con la energía nuclear que comportan tres días por cada día trabajado, aunque son excepcionales. De esta forma, el individuo sentenciado se ayuda a sí mismo, aprende conciencia social y beneficia a la sociedad al mismo tiempo. Pero, por supuesto, nada de eso se le puede aplicar a usted todavía.
—¿Por qué no? —Cari se puso de pie ahora, golpeando la mesa con las manos sin mucho ímpetu—. ¿Por qué he de esperar un año realizando ese estúpido trabajo que se hace solo? Es completamente artificial, está concebido como una tortura sin ninguna utilidad. Todo el trabajo que hago cada noche podría hacerlo un robot en tres segundos cuando regresara el camión. ¿A eso le llaman conciencia social? Es un trabajo humillante, aburrido que...
—¡Siéntese Tritt! —gritó Prisbi con su vozarrón roto—. ¿No se da cuenta de dónde está?, ¿ni de quién soy yo? Le diré qué debe hacer. Usted no diga nada más allá de «sí, señor» o «no, señor». Y yo le digo que debe finalizar su primer año de trabajo y luego regresar aquí. Es una orden.
—Y yo le digo que se equivoca —gritó Cari—. ¡Saltaré por encima de su cabeza... veré a sus superiores! ¡Usted no puede decidir echar mi vida por la borda de esa forma!
Prisbi se puso también de pie, con una perversa mueca que transformó su expresión en la caricatura de una sonrisa. Vociferó a Cari.
—¡Usted no puede saltar por encima de mi cabeza ni apelar a nadie más! ¡Soy yo quien tiene la última palabra! ¿Lo ha oído? Yo digo lo que debe hacer. Le digo que trabaje y usted se marcha a trabajar. ¿Lo duda? ¿Pone usted en duda lo que yo puedo hacer? —Entre sus pálidos labios asomaba ahora una burbuja de espuma—. ¡Digo que usted me ha gritado y ha empleado un lenguaje ofensivo y me ha amenazado, y las grabaciones certificarán mis palabras! —Prisbi palpó a tientas por su mesa hasta que halló un micrófono. Lo alzó temblorosamente hasta su boca y pulsó el botón—. Soy el Consejero Penal Prisbi. Sugiero que la condena de Cari Tritt se incremente en una semana por conducta impropia del sentenciado al dirigirse a un Consejero Penal.
La respuesta fue instantánea. Por el altavoz del Control de Sentencias que había en la pared se oyó con los habituales sonidos electrónicos: «Sentencia aprobada. Cari Tritt, han sido añadidos siete días a su sentencia, haciendo así un total de dieciséis años...».
La perorata continuó, pero Cari ya no estaba escuchándola. Estaba mirando, absorto, por el candente túnel del odio. De la única cosa entre todas las del mundo de la que era consciente era del mortecino y viscoso rostro del consejero Prisbi.
—Usted... no debió haber hecho eso —consiguió decir finalmente el atragantado Cari—. Usted no debería ponerme las cosas peor cuando se supone que su misión es ayudarme. —Una repentina lucidez lo iluminó—. Pero usted no quiere ayudarme, ¿verdad? Usted disfruta jugando a ser Dios con los hombres condenados, retorciendo sus vidas con las manos...
La voz de Prisbi ahogó la de Cari, al volver a gritar al micrófono:
—Insultos deliberados... Sugiero que se incremente la sentencia de Cari Tritt en un mes...
Cari lo escuchaba pero sin importarle ya. Había puesto todo su empeño en hacerlo a su manera. Pero así ya no podía continuar. Odiaba el sistema, a los hombres que lo habían concebido, a las máquinas que lo hacían respetar. Y lo que más odiaba en aquel momento era al hombre que tenía enfrente, que era un compendio de todo aquel montón de podredumbre. Al final, como premio a todos sus esfuerzos, había acabado en las manos de un sádico metido en carnes. De ninguna manera iba aquello a ser así.
—Quítese las gafas —dijo en voz baja.
—¿Qué es esto?, ¿cómo? —balbució Prisbi. Había dejado de gritar al micrófono y estaba respirando con dificultad.
—No se moleste —dijo Cari, estirándose por encima de la mesa—. Lo haré por usted. —Le quitó las gafas al consejero y las dejó delicadamente sobre la mesa. Sólo entonces se dio cuenta Prisbi de lo que estaba ocurriendo.
—No. —Fue todo lo que pudo decir, con una brusca exhalación de aire.
El puño de Cari dio de lleno en aquellos odiosos labios, haciéndoles una brecha. Rompió también los dientes que había tras ellos y el golpe hizo que el consejero se cayera de espaldas por encima de la silla y aterrizara en el suelo. La piel nueva y tierna de la mano de Cari se desgarró y la sangre le corrió por los dedos. No se percató. Se puso de pie sobre el bulto acurrucado que gimoteaba y se rio. Entonces salió a trompicones del despacho, en medio de convulsas carcajadas.
El recepcionista robot giró el rostro de acero y vidrio sobre Cari con una fría mirada de desaprobación y dijo algo. Todavía riéndose, Cari agarró una pesada lámpara de pie y aporreó con ella la pulida cara del autómata. Sin soltar la lámpara salió al vestíbulo.
Una parte de él estaba aterrorizada ante la barbaridad de lo que había hecho, pero sólo una parte de su mente. En cambio, esa pequeña voz de la conciencia se vio arrasada por la intensa oleada de placer que lo estaba atravesando. Esta vez estaba rompiendo las normas sin excepción y se estaba escapando de la jaula que lo había tenido atrapado toda la vida.
Al subir en el ascensor desaparecieron finalmente las carcajadas y se secó el sudor del rostro. Una vocecilla le hizo cosquillas en el oído.
—Cari Tritt, ha incurrido en una violación de la sentencia y ésta se verá incrementada ahora en...
—¿Dónde están? —les vociferó—. ¡No se escondan y me vengan susurrando al oído! ¡Salgan! —Examinó con detenimiento las paredes del ascensor hasta que encontró la lente de cristal.
—¿Me ven bien ahora, a que sí? —espetó al objetivo—. ¡Pues bien, yo también los veo! —Estrelló la lámpara contra la lente. Otra descarga quebró el delgado metal y encontró el altavoz. Éste expiró con un quejido.
La gente huía de él por la calle, pero Cari no se dio cuenta. Sólo eran víctimas como él. A quien quería machacar era al enemigo. Cada cámara de vídeo que veía recibía una acometida de su maltrecha lámpara. Golpeaba y trituraba cada altavoz con el que se cruzaba hasta hacerlo enmudecer. Una estela de robots pulverizados y silentes señalaban su paso.
Era inevitable que lo atraparan. No pensó en ello ni le preocupó demasiado. Éste era el momento por el que había vivido toda su existencia. No había ninguna canción de batalla que pudiera entonar, pues no conocía ninguna. Pero había una canción ligeramente obscena que recordaba de sus días de colegio. Valdría. Voceándola hasta desgañitarse, Cari fue dejando un reguero de destrucción por toda la ciudad armoniosa y radiante.
Los altavoces no dejaron de dirigirse a Cari, que los iba haciendo callar tan pronto como los encontraba. Su sentencia se iba haciendo cada vez mayor con cada acto.
—Haciendo un total de doscientos doce años, diecinueve días y... —La voz quedó finalmente truncada cuando un circuito de control se percató de la inviabilidad de sus afirmaciones. Cari estaba ascendiendo por una rampa en movimiento hacia un piso de carga. Se puso en cuclillas y aguardó a que la voz empezara de nuevo de manera que pudiera descubrir de dónde procedía y así destruirla. Un altavoz emitió su ruido característico de fritura y Cari buscó a su alrededor.
—Cari Tritt, su sentencia ha sobrepasado los límites esperables de su vida y, en consecuencia, carece de sentido...
—¡Nunca tuvo sentido! —respondió a gritos—. Ahora lo sé. ¿Dónde están? ¡Voy a por ustedes! —La máquina prosiguió como una salmodia.
—En tal caso queda pendiente de juicio. Los agentes de paz se han puesto ya en marcha para apresarlo. Se le ordena que los acompañe pacíficamente o... grrrll.... —Hizo añicos el altavoz con la base de la lámpara.
—¡Envíenlos! —berreó Cari a la maraña de alambre y metal—. También me ocuparé de ellos.
El desenlace estaba anunciado. Cari no podía estar huyendo siempre, seguido por la mirada ubicua de la Central. La brigada de policía lo acorraló en un nivel inferior y lo cercó. Dos de ellos recibieron dos mamporros que los dejaron inconscientes antes de que consiguieran reducir a Cari con la hipodérmica.
La misma sala y el mismo juez. La única diferencia parecía ser dos musculosos guardias de carne y hueso que vigilaban a Cari. Aparentemente no necesitaba ninguna vigilancia, desplomado como estaba frente al peso de la justicia. Llevaba vendas blancas que le cubrían los golpes y las heridas. El juez robot emitió un zumbido al cobrar vida.
—Orden en la sala —dijo golpeando con el mazo una vez y devolviéndolo a su lugar—. Cari Tritt, este tribunal lo considera culpable...
—¿Qué, otra vez? ¿No están cansados ya de toda esta historia? —preguntó Cari.
—Silencio mientras la sentencia está siendo dictada —dijo en voz alta el juez y golpeó otra vez con el mazo—. Es usted culpable de crímenes tan numerosos que su expiación no es posible con una sentencia. En consecuencia, es usted condenado a Muerte de Identidad. La cirugía sicológica extirpará todos los indicios de personalidad de su cuerpo, hasta que esa personalidad esté muerta, muerta, muerta...
—¡No, eso no...! —gimió Cari inclinándose hacia adelante y estirando los brazos hacia el juez en actitud de súplica—. Cualquier cosa menos eso. —Antes de que uno de los guardias pudiera reaccionar, los gemidos de Cari se transformaron en una sonora risotada cuando se hizo con el mazo del juez sobre el estrado. Se dio la vuelta y atacó con él a los atónitos guardias. Uno de ellos se derrumbó al instante cuando un martillazo lo alcanzó detrás del oído y el otro, al intentar desenfundar el arma, cayó desplomado sobre el cuerpo flácido de su compañero,
—Ahora, juez —gritó Cari con felicidad—, yo tengo el mazo, ¡veamos lo que hago! —Cari rodeó el extremo de la tribuna y martilleó la pulcra cabeza metálica del juez hasta dejarla hecha una ruina. El juez, un simple apéndice de la maquinaria del Control Central, no hizo ningún amago de defenderse.
Se oyó ruido de pies que corrían por el pasillo y alguien empujó la puerta. Cari no tenía ningún plan. Todo lo que quería hacer era permanecer en libertad y causar tanto daño como pudiera mientras el fuego de la rebelión le ardiera en el interior. Sólo había una puerta en la sala. Cari echó un vistazo alrededor y su ojo de técnico advirtió la cubierta de acceso detrás del juez. Corrió el pestillo y la abrió de una patada.
Una cámara de vídeo lo estaba observando desde lo alto de una esquina de la sala. No podía llegar ahí. La máquina podía seguirlo adondequiera que fuera. Todo lo que podía hacer era intentar permanecer por delante de sus perseguidores. Cari estaba tratando de meterse por la puerta de acceso cuando dos robots irrumpieron en la sala.
—Cari Tritt, ríndase en seguida. Se ha efectuado un nuevo cambio..., un nuevo cambio... Cari...
Mientras oía las voces a través de la delgada puerta de metal, Cari se preguntó qué había ocurrido. Se arriesgó a mirar. Los robots se habían detenido con un gran chirrido de frenos y estaban describiendo movimientos sin sentido. Sus altavoces emitían chasquidos pero no voces articuladas. Tras unos instantes, los movimientos arbitrarios se detuvieron. Giraron al mismo tiempo, recogieron a los dos agentes inconscientes y se marcharon. La puerta se cerró tras ellos. A Cari le pareció todo muy desconcertante. Se mantuvo en guardia algunos minutos más hasta que la puerta se abrió de nuevo. Esta vez era un robot mecánico cubierto de herramientas que entró pesadamente. Se dirigió hacia el siniestrado juez y comenzó a desarmarlo.
Cerrando la puerta sigilosamente, Cari se apoyó contra su frío metal y trató de entender lo sucedido. Con la amenaza de la persecución inmediata en suspenso, disponía de tiempo para pensar.
¿Por qué no lo habían perseguido? ¿Por qué Control Central había actuado como si ignorara su paradero? Esa máquina omnipotente contaba con cámaras de vídeo en cada centímetro cuadrado de la ciudad; él mismo lo había descubierto. Y todas estaban conectadas con las máquinas del resto de las ciudades del mundo. No había ningún lugar que escapara a su control. O mejor dicho: había un solo lugar.
La idea le golpeó tan repentinamente que se quedó boquiabierto. Entonces miró a su alrededor. Por delante de él, se extendía un túnel de relés y controles, débilmente iluminados por placas brillantes. Podía ser..., claro que podía ser. Tenía que serlo. Era posible que existiera un solo lugar en el mundo entero que el Control Central no pudiera vigilar: el interior de sus propios mecanismos centrales. Sus circuitos internos y de memoria. Ninguna máquina con capacidad de decisión independiente podía reparar sus propios circuitos de pensamiento. Eso permitiría que las reacciones negativas y destructivas pudieran fortalecerse a sí mismas. Un circuito dañado sólo podía dañarse más, no podría repararse a sí mismo.
Cari se encontraba dentro de los circuitos cerebrales del Control Central. De modo que en lo que respectaba a esa máquina que abarcaba toda la ciudad, él había dejado de existir. Existía mientras la máquina pudiera verlo. La máquina podía verlo todo. Así pues, él no existía. En esos momentos, toda la memoria sobre él habría sido probablemente borrada.
Primero lentamente y después cada vez con mayor rapidez, fue recorriendo el pasillo.
—¡Libre! —gritó—. ¡Libre de verdad..., por vez primera en mi vida! ¡Libre para hacer lo que quiera, libre para observar el mundo entero y reírme de todos!
Una sensación de energía y felicidad fluyó a través de él. Abrió una puerta tras otra, exultante en su nuevo reino.
Hablaba en voz alta, desbordante de alegría. «Puedo hacer que los robots de reparaciones que trabajan en los circuitos me traigan comida. Muebles, ropa..., lo que yo quiera. Aquí puedo vivir como me dé la gana..., hacer lo que se me antoje.» La idea le resultaba desenfrenadamente estimulante. Abrió otra puerta y se quedó de piedra.
La sala que tenía delante estaba amueblada con buen gusto, tal como él lo habría hecho. Libros, cuadros en las paredes, música suave procedente de un reproductor oculto. Cari miraba todo boquiabierto. Hasta que se oyó una voz tras él.
—Por supuesto que sería maravilloso vivir aquí —dijo la voz—. Ser el señor de la ciudad, tener cualquier cosa que quieras al alcance de la mano. Pero ¿qué te hace pensar, pobre desgraciado, que eres el primero en darte cuenta de esto y en llegar aquí? El caso es que sólo hay sitio para uno, ¿sabes?
Cari se dio la vuelta despacio, muy despacio, midiendo la distancia entre él y el hombre que estaba de pie detrás de él en la entrada, sopesando las posibilidades de atacarlo con el mazo al que aún seguía aferrado... antes de que el otro pudiera disparar el arma que tenía empuñada.