Marte era un infierno glacial y polvoriento, terriblemente árido y rojo como la sangre. Marchaban penosamente en fila india a través de la arena que les llegaba hasta los tobillos y, en forma de monótono dueto, iban maldiciendo al ingeniero anónimo que había diseñado las cámaras de reacondicionado de sus trajes presurizados. El problema con los nuevos trajes no había aparecido durante las pruebas. Solamente surgió después de utilizarlos constantemente durante algunas semanas. Los absorbentes de agua se sobrecargaron y se rompieron. La atmósfera marciana se encontraba a sesenta frígidos grados bajo cero. En el interior de los trajes, no dejaban de parpadear para tratar de quitarse el sudor de los ojos, mientras se estaban cociendo lentamente con la elevada humedad.
Morley agitó la cabeza con rabia para desembarazarse de una gotita que le hacía cosquillas en la nariz. En ese mismo instante algo peludo y de color marrón rojizo apareció repentinamente en su camino. Era el primer indicio de vida marciana con el que se habían encontrado. En lugar de curiosidad científica sólo experimentó ira. De una violenta patada, lanzó al animal volando por los aires.
La brusquedad del movimiento le hizo perder el equilibrio. Cayó de costado poco a poco, arrastrando su traje de caucho por un fragmento de afilada obsidiana que sobresalía de la superficie. Tony Bannerman oyó el grito ronco de su compañero por los auriculares y se dio la vuelta. Morley estaba en el suelo, retorciéndose sobre la arena y apretándose con las manos el desgarrón que se había hecho en el traje, en la parte de la pierna. El aire cargado de humedad estaba escapando en forma de surtidor de vapor que se transformaba al instante en cristales de hielo centelleantes. Tony saltó sobre él tratando de cerrar el desgarrón con sus propios e inútiles guantes. Con los visores muy próximos, pudo ver la expresión de terror sobre el rostro de Morley, así como el color azulado de la cianosis.
—¡Ayúdame..., ayúdame!
Gritaba con tal desesperación que sus palabras hacían zumbar los diminutos auriculares del casco. Pero no había forma de ayudarlo. No habían cogido los parches de emergencia. Los tenían todos en la nave, al menos a cuarenta metros de distancia. Antes de que pudiera llegar allí y regresar, Morley ya estaría muerto. Tony se enderezó lentamente y suspiró. Sólo estaban ellos dos en esa expedición; no había nadie más en Marte que pudiera ayudarles. Morley entendió la expresión que tenían los ojos de su compañero y dejó de luchar.
—No hay ninguna esperanza... estoy muerto.
—Tan pronto como se escape todo el oxígeno, treinta segundos a lo sumo. No hay nada que pueda hacer.
Morley masculló el taco más soez y lacónico que conocía y apretó el botón rojo de emergencia situado en el guante por encima de la muñeca. En aquel preciso instante, la tierra se abrió junto a ellos, cayendo la arena por los bordes de la abertura. Tony se echó atrás cuando dos hombres envueltos en trajes blancos presurizados emergieron del agujero. Tenían cruces rojas en la parte frontal de los cascos y llevaban una camilla. Colocaron a Morley encima y desaparecieron por la abertura en un abrir y cerrar de ojos.
Tony se quedó aguardando y contemplando amargamente el agujero durante un minuto hasta que volvió a aparecer el traje de Morley por la abertura. Luego, la trampilla cubierta de arena se cerró y todo el paisaje desértico volvió a quedar como antes, de una pieza.
El maniquí del traje pesaba tanto como Morley y sus facciones de plástico incluso guardaban cierto parecido con su compañero. Algún bromista le había pintado equis negras sobre los ojos. «Muy divertido», pensó Tony mientras luchaba por cargarse aquella desgarbada cosa sobre las espaldas. De regreso a la nave, vio al animal marciano que estaba tendido y permanecía inmóvil. Lo apartó de un puntapié y se convirtió en un fino aluvión de muelles y engranajes.
El sol, muy pequeño, estaba alcanzando los picos de las dentadas y rojas montañas de Marte. Era ya demasiado tarde para un entierro..., tendría que esperar a mañana. Dejó esa cosa en la cámara estanca, cerró la cabina y se sacó el traje empapado.
Por entonces ya había oscurecido y las cosas que ellos llamaban aves nocturnas empezaron a repiquetear y arañar el casco de la nave. Nunca habían conseguido obtener una imagen de esas aves, lo que hacía doblemente irritantes aquellos ruidos. Tony montó un buen escándalo con los utensilios de cocina para ahogar el ruido mientras preparaba el plato caliente de la noche. Después de acabarse la comida y fregar los platos, empezó a sentir la soledad por primera vez. Ni siquiera mascar tabaco lo reconfortó. Lo único que hacía era recordarle el humidificador con sus frescos habanos aguardándole en la Tierra.
Una patada bastó para desequilibrar la fina pata de la mesa de comer y hacer saltar por los aires platos metálicos, cacerolas y cubiertos en todas direcciones. El ruido lo satisfizo, pero aún obtuvo un placer mayor al dejar aquel desorden tal como estaba y marcharse a dormir.
Habían estado tan cerca esta vez. ¡Si Morley hubiera estado un poco más atento! Se obligó a apartar esos pensamientos de la mente y se durmió.
Por la mañana enterró a Morley. Luego, triste y prudentemente, dejó transcurrir los dos días que le quedaban hasta el momento del despegue. Ya tenía la mayor parte de las muestras geológicas y atmosféricas, y los registros de radiación procedían de manera completamente automática.
El último día retiró las cintas de grabación de los instrumentos y los llevó a un lugar apartado de la nave, donde no les alcanzase la onda expansiva del despegue. Cerca del instrumental, apiló todos los suministros extra, la maquinaria y el equipamiento innecesario. Mientras caminaba torpemente sobre la arena rojiza por última vez, envió un saludo irónico a la tumba de Morley al pasar por ella.
No había nada que hacer en la nave y no tenía ni siquiera un folleto para leer. Tony pasó en su litera las dos horas que le quedaban contando los remaches del techo.
El silencio se quebró con un seco clic del reloj de control y, tras el grueso tabique pudo oír cómo los motores iniciaban el ciclo de precalentamiento. Simultáneamente, los brazos acolchados de su litera se plegaron para inmovilizarlo por seguridad. Observó cómo se abría un panel en la pared que tenía al costado y surgía el brazo metálico con la hipodérmica, moviéndose erráticamente como una serpiente mientras sus dedos metálicos lo buscaban. Por fin, palparon su tobillo y el diente narcótico de acero se hincó. Lo último que vio fue cómo la aguja penetraba en su vena; luego, la droga lo dejó inconsciente.
Tan pronto como perdió el conocimiento, se abrió una trampilla en la parte trasera y entraron dos celadores con una camilla. No llevaban ni trajes astronáuticos ni mascarillas, y detrás de ellos podía verse el azul celeste de la Tierra.
Su regreso a la conciencia fue como siempre había sido. El suave hormigueo de los estimulantes que lo despertaban y la primera visión de la blancura del techo de la sala de operaciones en la Tierra.
Pero, ahora, no podía ver el techo, sino el colorado rostro del coronel Stregham. Tony intentó recordar si debía hacer el saludo reglamentario.
—¡Maldita sea, Bannerman! —gruñó el coronel—. Bienvenido a la Tierra. ¿Por qué se molestó en regresar? Con Morley muerto, la expedición será considerada un fracaso..., lo que significa que, hasta el momento, ninguna expedición ha tenido éxito.
—¿Y el equipo con el número dos, señor? ¿Qué tal les fue a ellos? —Tony trató de ofrecer una actitud alentadora.
—Fue terrible. Todavía peor que a ustedes. Los dos muertos el segundo día después del aterrizaje. Su depósito de oxígeno sufrió el impacto de un meteorito mientras ellos estaban demasiado ocupados descubriendo un nuevo espécimen de flora para molestarse en mirar los medidores. En fin, no es por eso por lo que estoy aquí. Vístase y acompáñeme a mi despacho. —Salió dando un portazo y Tony se puso en pie olvidándose de la sensación de mareo del narcótico... Cuando los coroneles abren la boca, los tenientes se aprestan a obedecer.
El coronel Stregham lo miró con el ceño fruncido desde la ventana cuando Tony entró en su despacho. Le devolvió el saludo y le demostró que aún le quedaba algo de humanidad en su alma militar al ofrecer a Tony uno de sus habanos. Cuando ya los tenían encendidos, el coronel llamó su atención hacia el terreno que se extendía más allá de la ventana.
—¿Ve eso? ¿Sabe lo que es?
—Sí, señor; es el cohete de Marte.
—Será el cohete que vaya a Marte; en estos momentos es sólo un casco a medio terminar. Los motores y los instrumentos se están construyendo en fábricas por todo el país. Las mejores estimaciones lo dan por concluido de aquí a seis meses, trabajando con un régimen intensivo. La nave estará lista... pero no vamos a conseguir llevar a ningún hombre dentro. Si seguimos este ritmo de desastres, no quedará ni un solo hombre con las aptitudes adecuadas. Ni siquiera usted.
Tony se revolvió, en su asiento, incómodo bajo la mirada del coronel mientras éste continuaba.
—Este programa de entrenamiento siempre fue la niña de mis ojos. Yo lo creé y estuve dándole la paliza al Pentágono hasta que lo aprobaron. Sabíamos que podíamos construir una nave que fuera hasta Marte y regresara, pilotada con sistemas automáticos que la harían volar bajo cualquier condición gravitatoria o de caída libre. Sin embargo, necesitábamos hombres que caminaran sobre la superficie del planeta... o todo este asunto no merecería la pena. La nave y el piloto automático podrían ponerse a prueba bajo condiciones de vuelo simuladas y los problemas que surgieran podrían solventarse. Yo mismo hice una sugerencia, que fue aceptada, para que también se sometieran a una prueba de simulación los hombres que iban a ir en la nave. Se construyeron dos cámaras de presurización, dos simuladores de entrenamiento que reproducían el escenario marciano con todo detalle. Hasta hoy hemos hecho desfilar distintos equipos de dos miembros por estas cámaras, tratando de que se familiarizaran con todo y de entrenarlos para que tripularan la nave auténtica que está ahí fuera.
»No le diré con cuántos hombres empezamos ni cuántos de ellos han sido dados de baja debido al obligado realismo de las cámaras. Sin embargo, le confesaré que no hemos llevado a cabo con éxito ni una sola expedición simulada en todo este tiempo. Y cada hombre que se ha venido abajo o ha muerto, como su compañero, Morley, ha sido descartado.
»Sólo nos quedan cuatro candidatos posibles, usted incluido. Si de ustedes cuatro no conseguimos sacar un equipo de dos miembros que supere todas las pruebas, todo el proyecto se irá al traste.
Tony estaba clavado en el asiento, con el cigarro apagado entre los dedos. Sabía que la presión había ido en aumento desde hacía algunos meses, sabía que el coronel Stregham había estado gruñendo por aquí y por allá como una fiera malherida. La voz del coronel segó sus pensamientos.
—El Departamento de Psicología ha estado buscándome las cosquillas por lo que ellos creen que es un punto flaco fundamental en el programa. Piensan que, al ser éste un programa de entrenamiento, ustedes siempre tienen metido en el cuarto trastero de sus cabecitas que eso no es real. Tienen la certeza de que siempre se les puede sacar de un apuro, tal como pasó con Morley en el último momento. Vistos los resultados que hemos obtenido, estoy empezando a pensar que tienen razón.
»Quedan cuatro hombres, y voy a someter a una prueba más a cada grupo de dos. Esta prueba final será un simulacro minucioso…y jugaremos con las cartas al descubierto.
—No le entiendo, coronel...
—Es muy sencillo. —Stregham remarcó sus palabras con un puñetazo sobre la mesa—. No vamos a ayudar a nadie ni a sacarlo de la cámara por mucho que lo necesite. Será un entrenamiento de batalla con munición auténtica. Vamos a ponerles todas las dificultades que se nos ocurran y ustedes solitos tendrán que vérselas con ellas. Si se desgarran el traje, morirán en el vacío marciano, a tan sólo unos metros de distancia de todo el oxígeno del mundo.
El tono de su voz se aplacó un poco al despedirse de Tony.
—Me gustaría que hubiera otro modo de hacerlo, pero no tenemos otra elección. Necesitamos una tripulación para esa nave el mes que viene y ésta es la única forma de no equivocarnos.
A Tony le dieron un permiso de tres días. El primero se emborrachó, la resaca lo tumbó el segundo y la furia lo estuvo corroyendo durante todo el tercer día. Todos los miembros del proyecto eran voluntarios, pero subrayar el realismo hasta la muerte... eso era llevar las cosas un poco demasiado lejos. Podía tirar la toalla en cualquier momento, pero sabía lo que le esperaría después. Sólo podía hacer una cosa: seguir adelante con aquella locura. Haría lo que ellos quisieran y pasaría el examen. Y aguardaría a terminar para darle un puñetazo al coronel en la punta de aquella enormidad de nariz suya.
Se encontró con su nuevo compañero, Hal Mendoza, cuando acudió a la revisión médica. Habían coincidido casualmente en las conferencias preparatorias, antes de que diesen inicio los simulacros. Se estrecharon las manos, con cierta reserva, observándose mutuamente, haciendo especulaciones sobre situaciones posibles. Eran necesarios dos hombres para formar un equipo y cualquiera de ellos podía causar la muerte del otro. Mendoza era prácticamente la antítesis física de Tony; alto y larguirucho, mientras que Tony era compacto y recio como un toro. El temperamento relajado y casi despreocupado de Tony chocaba con la disposición aparentemente nerviosa del otro. Hal era un fumador empedernido y no podía mantener la mirada fija en un punto.
A Tony le costó desembarazarse de sus preocupaciones incluso por un momento. Hal debía de ser bueno para haber llegado tan lejos en el proyecto. Probablemente se serenaría al empezar el ejercicio.
El médico llamó a Tony e inició su minucioso examen.
—¿Qué es esto? —le preguntó el oficial médico mientras hurgaba con un algodoncillo en su mejilla.
—¡Ay! —exclamó Tony—, me he cortado al afeitarme; se me fue la mano.
El médico gruñó y le aplicó un antiséptico, luego le cubrió la herida con una gasa.
—Vigile todos los cortes en la piel. Constituyen accesos perfectos para las bacterias. Nadie sabe con qué se pueden encontrar en Marte.
Tony empezó a protestar, pero dejó que sus reparos se ahogasen en la garganta. ¿Valía la pena explicarle que si el verdadero viaje se llevaba a cabo, duraría 260 días? Cualquier corte sanaría fácilmente en todo ese tiempo, aunque estuviera en estado de hibernación.
Como siempre después del reconocimiento médico, se enfundaron en los trajes de vuelo y se encaminaron hacia las instalaciones de entrenamiento. De camino, Tony se detuvo en los barracones y desempolvó su juego de ajedrez y una baraja bien sobada. La puerta de acceso, situada en la gruesa pared del Edificio 2, estaba abierta. Entraron en la reproducción de la nave que los conduciría a Marte. Después de sujetarlos con correas a las literas, los médicos les administraron las inyecciones que simularían un estado de hibernación.
El despertar estuvo acompañado de las náuseas y la debilidad de rigor. Ningún detalle realista se les pasó por alto. Presa de un impulso repentino, Tony fue tambaleándose al espejo de la letrina y pestañeó, examinando en la imagen que le devolvía los ojos enrojecidos y el apurado de su afeitado. Se quitó la gasa de la mejilla y se tocó el corte abierto con una gota de sangre aún congelada en la parte inferior. Dio un suspiro de alivio. Sufría una pesadilla recurrente que consistía en que algún día uno de esos simulacros de vuelo fueran el vuelo real a Marte. La lógica le decía que el Ejército nunca se privaría del placer y la publicidad de una ceremonia de despedida. Sin embargo, la duda, como todas las dudas ilógicas, persistía. Al inicio de cada vuelo de entrenamiento se veía obligado a suprimirla.
Volvió a sentir náuseas en una caída en picado, pero consiguió contenerlas. Ése era un ejercicio en el que no podía permitirse perder tiempo. Había que hacer una revisión de la nave. Hal se estaba sentando sobre la litera mientras agitaba débilmente la mano. Tony le correspondió con el mismo gesto.
En ese momento, el altavoz de emergencia empezó a funcionar con el típico crujido eléctrico.
—Teniente Bannerman..., ¿ya se ha despertado?
Tony buscó a tientas el micrófono en su pinza e informó.
—Sí, aquí estoy, señor.
—Un segundo, Tony —dijo el oficial. Murmuró algo a alguien situado cerca y luego continuó—: Hay algún problema con una de las válvulas de purga de la cámara. La presión está por encima del estándar en Marte. Suspendan el ejercicio hasta que logremos hacerla descender.
—Sí, señor —contestó Tony, y apagó el micrófono para que él y Hal pudieran despacharse a gusto sobre la cacareada eficiencia de la brigada de entrenamiento.
Sólo pasaron algunos minutos hasta que el altavoz empezó a bramar de nuevo.
—De acuerdo. La presión está ajustada en su punto. Continúen donde se quedaron.
Tony hizo un gesto obsceno al hombre que se escondía tras aquella voz y se dirigió hacia el único ojo de buey. Asió la manivela que retiraba el escudo protector.
—Bien, al menos este decorado es silencioso —dijo cuando penetró la luz rojiza. Hal se acercó y miró por encima del hombro de Tony.
—Alabado sea Stregham por ello —declaró—. La última vez, cuando perdí a mi compañero, sopló el viento en todo momento. Por la forma de aquellas dunas parece que la atmósfera no las revuelva lo más mínimo. —Miraron con desánimo y durante un prolongado momento el familiar escenario rojizo con su cielo oscuro. Luego Tony regresó a los mandos mientras Hal sacaba los trajes atmosféricos.
—¡Aquí..., venga rápido!
Tony no tuvo que repetirlo. Hal se plantó en el panel de control de un salto. Miró lo que le indicaba el dedo de Tony.
—El testigo del agua... indica que el depósito sólo está lleno a medias.
Quitaron la placa que permitía el acceso al compartimento del depósito. Cuando la pusieron a un lado, vieron cómo un hilillo de agua herrumbrosa corría por el suelo a sus pies. Tony se arrastró hacia el interior con una linterna y examinó de arriba abajo los depósitos tubulares. Su voz amortiguada reverberó dentro del pequeño compartimento.
—¡Malditos sean Stregham y todas sus trampas! Otro desperfecto-por-impacto-al-tomar-tierra. La tubería de empalme se ha partido y el agua que ha perdido ha empapado la capa aislante. No podremos sacarla sin desmontar toda la nave. Alcánceme la masilla. Cerraré el escape hasta que podamos repararlo.
—Va a ser un mes terriblemente seco —masculló Hal mientras comprobaba el resto de los controles.
Los primeros días fueron como los de cualquier otro viaje. Plantaron la bandera y descargaron el equipo. Todo el instrumental de observación y grabación quedó instalado al tercer día, así que bajaron el teodolito y empezaron su tarea cartográfica. El cuarto día ya estaban listos para empezar la colección de muestras.
Fue justo en ese momento cuando de verdad fueron conscientes del asunto del polvo.
Tony estaba masticando un bocado acartonado, como de costumbre, y maldiciendo entre dientes porque sólo disponía de un trago de agua para hacerlo bajar. Lo ingirió con dificultad y luego echó una ojeada en la cámara de control.
—¿Se ha dado cuenta de lo polvoriento que está todo? —preguntó.
—¿Cómo no iba a darme cuenta? Tengo tanto polvo dentro de la ropa que me siento como si estuviera viviendo en un hormiguero.
Hal dejó de rascarse el tiempo justo para poder dar otro mordisco.
Ambos miraron a su alrededor y por vez primera se sorprendieron de la cantidad de polvo que había en el interior de la nave. Una capa rojiza lo cubría todo, incluidos la comida y el pelo. Y el rechinar de la arenilla bajo los pies era constante.
—Debemos de traerlo en nuestros trajes —dijo Tony—. Tendremos que limpiarlos mejor antes de entrar.
Era una buena idea... El único problema fue que no sirvió para nada. El polvo rojo era tan fino como los polvos de talco y, por mucho que se lo sacudiesen, era imposible desprenderse de él. Flotaba alrededor como una fina neblina. Trataron de olvidar el asunto, considerándolo simplemente una molestia más que se les había ocurrido a los técnicos de Stregham. Eso funcionó durante un tiempo hasta que, al octavo día, no pudieron cerrar la puerta exterior de la cámara estanca. Acababan de volver de una salida a recoger muestras. En la cámara estanca apenas había espacio para ellos dos y sus bolsas con las rocas de muestra. Por turnos se sacudieron el polvo lo mejor que pudieron y después Hal apretó el interruptor cíclico. La puerta exterior comenzó a cerrarse, pero, entonces, se detuvo. Pudieron sentir el zumbido creciente de los motores de la compuerta debajo de sus pies. De repente dejaron de funcionar, y la luz roja que anunciaba problemas empezó a parpadear.
—¡El polvo! —gritó Tony—. Ese maldito polvo rojo se ha metido dentro del mecanismo.
La placa de inspección salió sin problemas y observaron el tren de engranajes que quedaba a la vista. El polvo rojo se había mezclado con la grasa hasta formar un barro destructivo. Encontrar el problema resultó más fácil que solucionarlo. Tan sólo contaban con unas herramientas básicas en las bolsas de sus trajes. La caja grande de herramientas y todo el disolvente que hubieran facilitado considerablemente las cosas estaban en el interior de la nave. Y no podían cogerlos hasta conseguir reparar la compuerta. Y la compuerta no podía repararse sin las herramientas. Era una situación contradictoria que no les parecía divertida en absoluto.
Tan sólo tardaron un minuto en advertir el aprieto en el que se encontraban... y casi dos horas en limpiar los engranajes lo mejor que pudieron para forzar el cierre de la compuerta. Cuando finalmente la puerta interior se abrió, sus tanques de oxígeno marcaban «vacío». Estaban consumiendo las reservas de emergencia.
Tan pronto como Hal se quitó el casco, se derrumbó en su litera. Tony pensó que estaba inconsciente hasta que vio que los ojos de su compañero estaban abiertos con la mirada perdida en el techo. Abrió la única botella de brandy, destinada a usos medicinales, obligó a Hal a echar un trago, luego él se sirvió uno doble e intentó pasar por alto el hecho de que a su compañero le temblaran las manos de forma convulsa. Se entretuvo apurando la reparación de la compuerta. Cuando terminó, Hal ya se había levantado y estaba empezando a preparar la comida nocturna.
Aparte de lo del polvo, todo era ejercicio rutinario... al principio. Las inspecciones y la recogida de muestras de rigor ocupaban la mayor parte del día, luego disponían de varias horas de tiempo libre antes de irse a dormir. Hal era un buen compañero y el mejor contrincante de ajedrez que había tenido hasta la fecha. Pronto descubrió que lo que había tomado por nerviosismo era energía sin canalizar. Hal sólo se sentía satisfecho cuando estaba ocupado. Se lanzaba al trabajo diario y le quedaba suficiente energía y entusiasmo para aplastar a Tony, que no dejaba de bostezar, en el tablero. Eran dos caracteres bastante opuestos, pero se complementaban muy bien como equipo.
Todo parecía marchar bien... de no ser por el polvo. Estaba en todas partes y poco a poco se iba incrustando dentro de todo. Molestaba a Tony, pero trataba estoicamente de que no le llegara a irritar demasiado. Hal lo llevaba peor. Le producía picores constantes, poniendo a prueba su temple. Empezó a tener problemas para dormir. Ese polvo omnipresente se estaba abriendo camino lentamente hasta el interior de todas las piezas del equipo. La maquinaria estaba empezando a desgastarse tanto como sus nervios. La permanente presencia del polvo irritante, además de la extrema escasez de agua, era para enloquecer. Estaban sedientos a todas horas y tenían la mínima cantidad de agua necesaria hasta el día del despegue. Con un racionamiento apropiado, podría llegar a ser suficiente.
Al decimotercer día riñeron por el agua y estuvieron a punto de llegar a las manos. Durante los dos días siguientes no se dirigieron la palabra. Tony advirtió que Hal siempre llevaba en el bolsillo uno de los martillos que empleaban para obtener muestras; él, a su vez, se acostumbró a llevar siempre un cuchillo de mesa.
Algo tenía que explotar y, al final, fue Hal quien encendió la mecha.
Posiblemente fue debido a la falta de sueño, que acabó por desbordarlo. Nunca había dormido muy bien, pero ahora la tensión y el polvo eran demasiado. Tony podía oírlo rascarse y dar vueltas por la noche mientras él mismo intentaba conciliar el sueño. Tampoco él estaba durmiendo muy bien, pero al menos conseguía descansar algo. A juzgar por las ojeras oscuras y los ojos enrojecidos, Hal no parecía estar descansando nada.
Al decimoctavo día estalló. Se estaban poniendo los trajes cuando le vinieron los temblores. No sólo le temblaban las manos sino todo el cuerpo. Se quedó quieto, entre convulsiones, hasta que Tony lo cogió, lo llevó a la litera y le hizo beber lo que quedaba de brandy. Cuando se le pasó el ataque, Hal se negó a salir al exterior.
—No saldré... ¡No puedo! —gritaba—. Los trajes no aguantarán mucho más, fallarán cuando estemos fuera..., y yo tampoco voy a aguantar más... Tenemos que regresar...
Tony trató de razonar con él.
—No podemos hacer eso. Sabes que éste es un simulacro a «escala natural». No podemos abandonar hasta que hayan pasado veintiocho días, y tan sólo faltan diez. Puedes aguantar hasta entonces. Es el período mínimo que el Ejército calculó para una estancia en el planeta rojo... y todas las máquinas están programadas y todos los planes de acción concebidos en función de ello. Puedes alegrarte de que no tengamos que esperar un año marciano entero hasta que vuelvan a estar los planetas en conjunción. Gracias a la hibernación y la propulsión atómica, no tendremos que hacer frente a ese problema.
—¡Deja de hablar y de intentar engatusarme! —le gritó Hal—. Me importa un carajo lo que le ocurra a esta maldita expedición. Me retiro; el simulacro final puede continuar perfectamente sin mí. No voy a volverme loco por falta de sueño porque a algún mandarrias se le haya ocurrido que el hiperrealismo es la solución. Si se niegan a parar el simulacro cuando lo pida, será un asesinato.
Antes de que Tony pudiera decir nada ya estaba fuera de la litera y tocando el panel de mandos. El botón de emergencia estaba donde siempre, aunque no sabían si esta vez estaba o no desconectado. Ni siquiera si habría alguien para contestar en el caso de estar conectado. Hal lo apretó sin soltarlo. Los dos se quedaron mirando el altavoz, reteniendo la respiración.
—Serán cerdos..., no van a contestar —dijo Hal, prácticamente musitando las palabras.
Entonces el altavoz empezó a emitir sus crujidos de costumbre y la voz adusta del coronel inundó todos los rincones de la diminuta sala.
—Ya conocen las condiciones de este simulacro, de manera que será mejor que tengan buenas razones para llamar. Está bien, adelante.
Hal agarró el micrófono, medio protestando, medio suplicando..., dejando brotar las palabras como un torrente. En el mismo momento en que empezó, Tony sabía que aquello no les iba a hacer ningún bien. Conocía de antemano cuál iba a ser la reacción de Stregham ante las quejas. Mientras Hal todavía estaba rogando, la voz del altavoz lo cortó.
—Ya basta. Sus argumentos no justifican ningún cambio en los planes originales. Cuentan con sus propios medios y así van a continuar. Voy a cortar permanentemente esta conexión. No intenten restablecer el contacto hasta que el ejercicio haya finalizado.
El sonido seco del circuito al apagarse fue tan tajante como la muerte.
Hal se sentó; estaba aturdido y las lágrimas le corrían por las mejillas. Hasta que se levantó, Tony no se dio cuenta de que eran lágrimas de cólera. Hal arrancó el micro de un tirón y lo lanzó contra el altavoz.
—Espere hasta que esto acabe, coronel, y tenga su seboso cuello entre mis manos. —Se giró hacia Tony—. Saca el botiquín. Voy a enseñar a ese idiota que no es el único que puede jugar a soldaditos en estos condenados simulacros.
Había cuatro autoinyectables de morfina en el botiquín. Sacó uno, lo desprecintó y se lo clavó en el brazo. Tony no intentó impedírselo; en realidad estaba totalmente de acuerdo con él. En unos minutos, Hal se había desplomado sobre la mesa y estaba roncando sonoramente. Tony lo cogió y lo llevó a su litera.
Estuvo durmiendo casi veinte horas y, al despertarse, se habían mitigado la locura y el agotamiento de sus ojos. Ninguno volvió a comentar lo ocurrido. Hal marcó los días que quedaban en su tabique divisorio y racionó cuidadosamente la morfina que quedaba. Con ella conseguía descansar una de cada tres noches, lo que parecía serle suficiente.
Quedaban cuatro días para el despegue cuando Tony encontró el primer indicio de vida marciana. Era algo del tamaño de un gato que estaba agazapado al abrigo de la nave. Llamó a Hal, que acudió para observarlo.
—Toda una belleza —dijo—, pero no le llega ni a la suela del zapato al que nos encontramos en nuestro segundo simulacro. Me topé con una cosa en forma de soga que supuraba una especie de gelatina. Contravine las normas, francamente, me reconcomía la curiosidad, y diseccioné aquella cosa. Era una maravilla de ruedas, resortes y engranajes. Los técnicos de Stregham conocen bien su oficio. Me cayó una buena por abrirle las tripas. ¿Por qué no dejamos a éste en paz?
Por un momento, Tony estuvo a punto de secundarlo, pero luego cambió de idea.
—Eso es probablemente lo que ellos quieren..., de modo que acabemos el juego a su manera. Yo lo vigilo mientras tú vas a por una bandeja vacía de comida. —Hal lo aceptó con reticencia y subió a la nave. La compuerta exterior se abrió lentamente y se empotró en su lugar. Asustada por la vibración, la cosa se lanzó hacia Tony. Éste dio un grito ahogado y retrocedió un paso antes de caer en la cuenta de que se trataba solamente de un robot.
—Estos técnicos tienen una imaginación realmente portentosa —masculló.
La cosa empezó a corretear a su alrededor y Tony decidió poner la pierna sobre algunas de sus patas para que no se le escapara. Tenía muchas patas; era como una araña con un cuerpo pequeño rodeado de miles de patas inarticuladas. Se movía describiendo ondas sinuosas como un ciempiés y arrastraba el cuerpo deforme por la arena. La bota de Tony aplastó las patas, quebrando algunas de ellas. El resto aguantó.
Teniendo mucho cuidado de mantener apartada la mano de las patas que se arremolinaban, se agachó y cogió uno de los miembros cercenados. Era dura y estaba cubierta de espinas por la parte inferior. Un líquido lechoso goteaba por el extremo arrancado.
«¡Qué realismo! —se dijo—. Por mi madre que estos técnicos son unos verdaderos devotos del realismo.»
Y entonces una idea lo sacudió. Una idea horrible e imposible que le congeló la respiración en la garganta. Le dio vueltas y vueltas y supo que era falsa por lo increíble que resultaba. Sin embargo, tenía que descubrirlo, aunque para eso tuviese que echar a perder el juguete mecánico.
Manteniendo con cuidado el pie sobre las patas de aquella cosa, se sacó el afilado cuchillo de cocina de la bolsa y se lo clavó en el cuerpo.
—Pero ¿qué demonios estás haciendo? —le preguntó Hal, acercándose a él por detrás. Tony no pudo contestarle ni moverse. Hal avanzó y observó la cosa en el suelo.
Tardó un segundo en comprenderlo y luego dio un alarido.
—¡Está viva! ¡Está sangrando y no tiene engranajes en su interior! ¡No puede estar vivo y si lo está... no estamos en la Tierra!... ¡Estamos en Marte! —Empezó a correr y después se cayó al suelo, gritando.
Tony reflexionó y actuó al mismo tiempo. Sabía que sólo tenía una oportunidad. Si fracasaba, ambos morirían. Hal acabaría matándolos a los dos en su arrebato de locura. Le dio un puñetazo a su compañero con toda la fuerza de que fue capaz por debajo del pecho, justo en la boca del estómago. Allí, el tejido del traje era delgado y el lugar era justo donde se localizaba el gran ganglio nervioso del plexo solar. Se hizo daño en la mano, pero el resultado fue que Hal perdió poco a poco el conocimiento. Lo cogió por las axilas y lo arrastró al interior de la nave.
Hal empezó a recobrar el sentido, una vez lo hubo desvestido y acostado en la litera. Resultaba imposible mantenerlo quieto con una mano y con la otra activar el ciclo de hibernación al mismo tiempo. Se concentró en inmovilizar una de las piernas de su compañero, quien, enloquecido, golpeó a Tony en tres ocasiones antes de que la aguja acertara en el blanco. Cayó hacia atrás con un suspiro y Tony se irguió, aturdido. La palanca de activación manual de hibernación se habla diseñado en previsión de cualquier emergencia médica, de manera que el paciente pudiera sobrevivir hasta que los médicos se encargaran de él en la base. Había demostrado ser una medida excelente.
Y, en ese momento, el mismo terror irracional lo sacudió.
Si la criatura era real... también Marte lo era.
Aquél no era un «ejercicio de simulación»..., era la expedición real. El cielo del exterior no era una atmósfera de cartón piedra, se trataba del auténtico firmamento marciano.
Estaba solo como ningún otro ser humano lo había estado antes sobre un planeta, a millones de kilómetros de distancia de su propio mundo.
Chilló mientras cerraba la compuerta exterior, con el aullido de un animal perdido. Apenas le quedaba el suficiente autocontrol para llegar a su litera y apretar el interruptor que tenía encima. La aguja hipodérmica estaba hecha de buen acero, de modo que atravesó sin problemas el tejido de su traje presurizado. Estaba extendiendo el brazo para quitarse la jeringuilla cuando se sumió en las tinieblas.
Esta vez abrió los ojos poco a poco. Temía volver a ver el casco remachado de la nave por encima de su cabeza. No obstante, lo que vio fue el blanco techo del hospital, y dejó de contener la respiración. Al girar la cabeza vio al coronel Stregham sentado en la cama.
—¿Lo logramos? —preguntó Tony. Era más una aseveración que una pregunta.
—Lo lograron, Tony; ustedes dos. Hal está despierto ahí, en la otra cama.
Había algo distinto en el tono del coronel, y Tony tardó un poco en comprender que era la primera vez que el coronel hablaba llevado de otra emoción que no fuera la furia.
—El primer viaje a Marte. Ya pueden imaginarse lo que dicen los periódicos sobre el tema. Y, lo más importante, el Departamento de Tecnología dice que los especímenes y los registros que efectuaron son de un valor inestimable. ¿Cuándo se dieron cuenta de que no se trataba de un simulacro?
—El vigésimo cuarto día. Encontramos una especie de criatura marciana. Supongo que fuimos bastante estúpidos para no darnos cuenta antes. —La voz de Tony tenía un matiz de amargura.
—No lo crea. Todas las partes de su entrenamiento fueron diseñadas para que no pudieran descubrirlo. Nunca tuvimos la certidumbre de si íbamos a tener que enviar a la tripulación sin que lo supiera, pero siempre existió esa posibilidad. El Departamento de Psicología estaba convencido de que la orientación y el alejamiento de la Tierra les provocaría una crisis nerviosa. Yo nunca estuve de acuerdo con ellos.
—Pues tenían razón —dijo Tony, tratando de borrar los ecos del miedo en su voz.
—Ahora sabemos que estaban en lo cierto, aunque en aquel momento yo les llevé la contraria. Psicología ganó la partida y programamos todo el viaje según sus indicaciones. Dudo que nos lo agradezcan, pero trabajamos lo indecible para convencerles de que aún estaban en el programa de entrenamiento.
—Lamento haberles ocasionado tantos problemas —dijo Hal. El coronel enrojeció un poco, no por esas palabras, sino por la laxa amargura que se escondía tras ellas. Continuó como si no las hubiera oído.
—Las dos conversaciones que mantuvieron a través del teléfono de emergencia eran, evidentemente, dos grabaciones ocultas en la nave. Psicología las ideó para que se ajustaran a cualquier eventualidad. Por lo que parece, funcionaron. Se suponía que la segunda sería la pincelada maestra de realismo, en el caso de que empezaran a sospechar. También usamos una variación del estado de hibernación que deja en suspenso un noventa y nueve por ciento de todos los procesos orgánicos; todavía no ha sido revelada o anunciada públicamente. Eso, junto a los anticoagulantes que le aplicamos al corte que se hizo Tony en la barbilla mientras se afeitaba, logró disimular el mucho tiempo que había pasado.
—¿Y qué me dice de la nave? —preguntó Hal—. Nosotros la vimos…tan sólo estaba a medio construir.
—Era una maqueta —respondió el coronel— para ofrecerla al interés del público y de los servicios de inteligencia extranjeros. La auténtica ya había sido acabada y sometida a prueba semanas antes. Lo verdaderamente difícil fue encontrar la tripulación adecuada. Cuando le dije que ningún equipo había conseguido culminar con éxito alguno de los ejercicios de entrenamiento, no estaba mintiendo. Ustedes dos tenían los mejores historiales y constituían los candidatos más firmes.
»Pero nunca más tendremos que repetir todo esto. Psicología dice que los próximos equipos no tendrán ese problema; se sentirán reafirmados psicológicamente por el hecho de que alguien haya estado antes allí. No se estarán enfrentando a lo desconocido por completo.
El coronel se sentó, se mordió el labio por un instante y luego sacó afuera las palabras que había querido pronunciar desde que Tony y Hal habían recuperado el conocimiento.
—Quiero que comprendan... los dos... que hubiera preferido ir yo mismo antes que montarles toda esta película. Sé cómo deben sentirse, como si hubieran sido objeto...
—De una práctica broma interplanetaria —dijo Tony, y no sonrió al decirlo.
—Sí, algo así —se apresuró a continuar el coronel—. Supongo que fue una treta asquerosa... pero lo entienden, ¿verdad? ¿Comprenden que teníamos que hacerlo? Ustedes dos eran los únicos que quedaban, el resto había sido eliminado. Tenían que ser ustedes dos y teníamos que hacerlo de la manera más segura.
«Solamente yo y otras tres personas están al corriente de lo que aquí ha ocurrido. Nadie más lo sabrá nunca; se lo puedo garantizar.
La voz de Hal era serena, pero segó el ambiente en la habitación, como si fuese un cuchillo afilado:
—Usted también puede estar seguro de que nosotros tampoco se lo diremos a nadie.
Cuando se marchó, el coronel Stregham bajó la cabeza porque no había sido capaz de mirar a los ojos a los dos primeros exploradores de Marte.