País Relato - Autores

harry harrison

siempre hago lo que dice teddy

El chico dormía en su cama. El efecto de luz lunar del ventanal, contemplado a través del dispositivo de vídeo, derramaba un pálido brillo sobre sus apacibles rasgos. Con un brazo rodeaba con firmeza su osito de peluche, atrayendo su cara redonda con los dos botones por ojos cerca de la suya. Su padre y el hombre alto de barba negra atravesaron de puntillas, silenciosamente, la habitación infantil hasta llegar al lado de la cama.
—Quítaselo —dijo el hombre alto— y se lo cambias por el otro.
—No, se despertaría y lloraría —respondió el padre de David. Deja que me ocupe de esto, sé lo que hay que hacer.
Depositó el otro osito con delicadeza cerca del niño, al otro lado de su cabeza, de forma que su rostro de angelito durmiente quedó flanqueado por las caras de los peluches con ojos como platos. Entonces, cuidadosamente, levantó el brazo del niño que rodeaba el osito original y cogió el muñeco. Eso no despertó a Davy, pero sí le molestó; hizo que le rechinaran los dientes, se diera la vuelta y estrechara al osito sustituto contra su mejilla. Al cabo de unos momentos, su suave respiración volvió a ser regular y profunda. El padre del muchacho se acercó el dedo índice a los labios y el otro hombre hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Se marcharon de la habitación sin hacer ruido y, con sumo cuidado, cerraron la puerta tras ellos.
—Y, ahora, empecemos —dijo Torrence, extendiendo su mano para coger el peluche. El rojo de sus labios pequeños refulgía en medio de la barba negra. El osito trató de zafarse de sus garras y los dos botones negros que tenía por ojos iban de un lado a otro.
—Llevadme con Davy —suplicó con voz débil y fina.
—Déjamelo coger a mí —dijo el padre del muchacho—. Él me conoce y no se quejará.
Se llamaba Numen y, como Torrence, era doctor de la Administración Pública. Ambos eran doctores de ésta y estaban en paro con el gobierno en el poder, a pesar de su capacidad y rango. Entre ellos no guardaban ningún parecido físico. Aunque pequeño, Torrence era un oso, un oso negro americano. El vello le salía profusamente entre los nudillos, le brotaba ensortijado por los puños blancos y le cubría las orejas. La barba era amplia, espesa y le subía por los pómulos y le bajaba por el pecho.
Donde Torrence era oscuro, Numen era blanco; el uno era bajo, el otro era alto, uno grueso, el otro delgado... Numen tenía el encorvamiento característico de los estudiosos y, aunque ya se estaba quedando calvo, su pelo todavía era rubio y muy similar a los tirabuzones dorados del niño dormido de arriba. Cogió el animal de juguete y se lo llevó hacia la habitación blindada al fondo de la casa, donde Eigg estaba esperando.
—¡Traedlo aquí..., aquí! —dijo Eigg con brusquedad cuando entraron. Eigg alargó la mano para coger el juguete. Eigg era así: ansioso y hosco. Era cuadrado y recio, con grandes mandíbulas, y llevaba una inmaculada bata blanca de laboratorio.
—No necesitas... —dijo Numen, pero Eigg ya se lo había quitado—. No le va gustar, lo sé...
—¡Dejadme marchar..., dejadme marchar...! —gritaba con desesperación el osito de peluche.
—Sólo es una máquina —dijo fríamente Eigg, poniéndolo boca abajo sobre la mesa y alcanzando un escalpelo—. Ya eres un adulto, deberías ser más racional, controlar más tus emociones. Tus propios recuerdos de infancia te están dictando lo que dices, te están haciendo ver tu propio peluche de la infancia, que era tu amigo y tu compañero. Se trata sólo de una máquina.
Con un rápido movimiento, cortó el tejido por la costura y lo tocó: la piel sintética de la espalda se abrió como una boca.
—Dejadme marchar..., dejadme marchar... —gemía el osito de peluche mientras agitaba los brazos y piernas gordezuelos de un lado a otro. Los dos espectadores se pusieron pálidos.
—¿Debemos...?
—Emociones. Controladlas —dijo Eigg con frialdad e introdujo un destornillador. Se escuchó un clic y el juguete quedó exangüe. Empezó a destornillar una placa del mecanismo.
Numen se dio la vuelta y se vio en la necesidad de llevarse un pañuelo al rostro. Eigg tenía razón. Se estaba dejando arrastrar por las emociones, aquello era tan sólo una máquina. ¿Cómo era posible que se emocionara por ella? Y, sobre todo, teniendo en cuenta lo que ellos tenían pensado hacer.
—¿Cuánto tiempo tardarás? —Miró su reloj. Eran un poco más de las 21.00—. Ya hemos pasado por esto antes y hablar sobre ello otra vez no cambiará ninguno de los factores. —La voz de Eigg sonó distante cuando retiró la diminuta placa y comenzó a examinar el interior de la máquina con una sonda de aumento—. He hecho experimentos con dos cintas de peluches robados, cronometrándome minuciosamente en cada paso. Sin contar la retirada ni la restitución de la cinta, sólo son algunos minutos cada paso. El rastreo y alteración de la cinta me costó, en ambos casos, menos de diez horas. Mi mejor y mi peor tiempo difirieron en menos de quince minutos, lo que no es relevante. En consecuencia, podemos afirmar sin temor a equivocarnos... Ah... —Permaneció en silencio por un instante, mientras retiraba las cápsulas de las bobinas de memoria—. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que ésta es una operación de unas diez horas.
—Eso es demasiado tiempo. El niño se despierta habitualmente a las siete, para entonces debemos haberle devuelto ya su osito. No debe sospechar nunca que se ha separado de él.
—Existe un pequeño riesgo de que eso ocurra. Deberéis inventaros alguna excusa por el retraso. No voy a precipitarme y estropear el trabajo. Y ahora quedaos callados.
Los dos especialistas estatales tan sólo podían recostarse en sus asientos y observar mientras Eigg insertaba la cápsula en la voluminosa máquina que había construido en la habitación. Ésta no era la especialidad de ellos.
—Dejad que me vaya... —decía la fina voz por el altavoz de pared, y entonces se interrumpió debido a una ráfaga de electricidad estática—. Dejad que me vaya..., bzzzzzt... No, no, Davy, a mami no le va a gustar que hagas eso..., el cuchillo con la izquierda..., bzzzzzzt..., si haces eso, tendrás que limpiarte... Buen chico, buen chico, buen chico...
La voz gritaba, cuchicheaba y continuaba y las horas del reloj pasaban una a una. Numen trajo café más de once veces y, hacia el amanecer, Torrence se quedó dormido sentado en la silla, despertándose sólo con un sobresalto culpable. De los tres, sólo Eigg no presentó tensión o fatiga y estuvo trabajando en los controles con una regularidad de metrónomo. La vocecilla aflautada de la cápsula emitía débiles chillidos durante la noche que parecían la memoria de un fantasma.
—Ya está —dijo Eigg, cosiendo el tejido con puntos quirúrgicos.
—Ha sido tu tiempo más rápido hasta el momento —suspiró Numen con alivio. Echó un vistazo al monitor de circuito cerrado conectado a la habitación del niño, por el que vio a su hijo, aún dormido, con la claridad despiadada de la áspera luz infrarroja.
—Y el chico está dormido. Después de todo, no va a haber ningún problema para devolverle la cinta. Pero ¿es ésa la cinta...?
—Todo está bien, perfecto, lo habéis oído. Tú hiciste las preguntas y escuchaste las respuestas. He ocultado todas las posibles pistas de una alteración y, a menos que supieras lo que buscas, nunca encontrarías los cambios. En cualquier otro aspecto, la memoria e instrucciones son como en los otros. Tan sólo se ha efectuado este único cambio.
—Ruego a Dios que nunca tengamos que emplearlo.
—No sabía que fueras religioso —dijo Eigg, volviéndose a mirarlo sin ninguna expresión en el rostro. La lente de aumento, que aún llevaba en el ojo, escrutó a un enorme y perspicaz interlocutor, cuyo tamaño se había multiplicado por cinco.
—No, no lo soy —dijo Numen, ruborizándose.
—Debemos devolverle el osito —interrumpió Torrence—. El chico se ha movido.
Davy era un buen chico y, cuando se hizo mayor, fue un buen estudiante. Incluso después de empezar las clases, siempre tenía cerca de él al osito y le hablaba mientras hacía los deberes.
—¿Cuántos son siete más cinco, Teddy?
El osito peludo hacía girar los ojos y aplaudía con las zarpas.
—Davy lo sabe... No deberías preguntar a Teddy lo que Davy sabe.
—Claro que lo sé, Teddy —le informó al peluche—, tan sólo quería ver si tú también lo sabías. La respuesta es trece.
—Davy..., la respuesta es doce... Sería mejor que te aplicaras más, Davy..., eso es lo que Teddy te dice...
—¡Te engañé! —se rio Davy—. ¡Te he hecho decirme la respuesta! —Davy estaba descubriendo estrategias para engatusar a los controles del robot, diseñados permanentemente para responder la pregunta de un niño más pequeño. Los peluches tenían el vocabulario y la actitud de los muy jóvenes, porque su tarea debía llevarse a cabo durante los años de formación. Los teddy enseñaban dicción, historia del ciclo vital, ética, trabajo en equipo, vocabulario y gramática y todas las demás cosas que permitían a los hombres convivir como animales sociales. El trabajo de un oso de peluche se realiza en los estadios más maleables de la vida de un niño y, debido a la misma naturaleza de su trabajo, su conversación debe ser simple y limitada. Pero eficaz. Cuando los teddy son desechados como juguetes infantiles, el trabajo ya está hecho.
Cuando el pequeño Davy se convirtió en David y cumplió dieciocho años, Teddy ya llevaba mucho tiempo retirado en un estante bien alto. Él era un viejo amigo que ya había dejado de serle útil, pero no podía deshacerse de él. Su habitación infantil era ya su estudio, su cuna había dejado paso a una cama y, pasado su cumpleaños, David hizo su equipaje para irse a la universidad. Estaba cerrando la bolsa cuando el teléfono emitió un zumbido y vio la diminuta imagen de su padre en la pantalla.
—David...
—¿Qué quieres, padre?
—¿Te importaría bajar ahora a la biblioteca? Hay algo bastante importante...
David lanzó una inquisitiva mirada a la pantalla y advirtió por vez primera que su padre tenía una expresión afligida y enferma. Su corazón dio un brusco salto.
—¡Bajo ahora mismo!
El doctor Eigg estaba allí, sentado y con los brazos cruzados, casi en posición de firmes. De la misma manera estaba Torrence, el amigo más antiguo de su padre, a quien David siempre había llamado tío Torrence, a pesar de no existir ninguna relación. Y su padre se encontraba visiblemente incómodo por alguna cosa. David entró discretamente, consciente de tener todas las miradas sobre él mientras atravesaba la habitación, y cogió una silla. Se parecía mucho a su padre, la misma complexión y la misma altura; un muchacho tranquilo, con un carácter transparente y muy pocos problemas en la vida.
—¿Te encuentras mal?
—No, no. Yo no, Davy —contestó su padre. «Debe de estar disgustado, hace años que no me llama así», pensó David—. El que quizá se encuentre mal es el mundo en el que vivimos. Y es así desde hace tiempo.
—Ya, los pansistencialistas —dijo David, y se relajó un poco. Había estado oyendo hablar de los males del pansistencialismo desde que era capaz de recordar. De modo que sólo se trataba de política; había pensado que era algo personal lo que iba mal.
—Así es, Davy. Supongo que, a estas alturas, ya lo sabes todo sobre ellos. Cuando nos separamos tu madre y yo, le prometí educarte lo mejor que pudiera y creo que lo he hecho. Pero yo he sido gobernador y todos mis amigos han trabajado para el gobierno, de manera que estoy seguro de que has oído un montón de conversaciones políticas en esta casa. Conoces nuestras opiniones y me parece que las compartes.
—Es cierto...Y creo que también lo haría sin importar dónde hubiera crecido. El pansistencialismo es una filosofía opresiva que se perpetúa a sí misma en el poder.
—Exactamente, y un hombre, Barre, es su alma máter. Está apoltronado en el poder y no renunciará a él y, con los tratamientos de rejuvenecimiento, aún puede estar allí cien años más.
—¡Barre debe marcharse! —exclamó Eigg—. Durante veintitrés años ha gobernado y ha prohibido el desarrollo de mis experimentos. Joven amigo, él ha impedido mi trabajo durante más años de los que tú tienes de vida, ¿te das cuenta de eso?
David asintió, pero se abstuvo de comentar nada. Lo poco que había leído sobre los proyectos de investigación del doctor Eigg en el área de la embriología humana conductual le había repelido y, secretamente, aprobaba que Barre hubiera desautorizado los trabajos. Pero sólo en esta cuestión; por lo demás, estaba sinceramente de acuerdo con su padre. El pansistencialismo era una alternativa opresiva y obsoleta en el ámbito de la política..., así como en el resto de las cosas de este mundo.
—No habla sólo por él —dijo Numen con el rostro pálido y tenso—, sino por todo el mundo y el sistema que está contra Barre y sus filosofías. Yo no he ocupado un puesto en el gobierno durante más de veinte años, como tampoco lo ha hecho Torrence, aquí presente, pero creo que estará de acuerdo en que esto no tiene mucha importancia. Si esto fuera un servicio al pueblo, con gusto nos hubiéramos sacrificado. Si el acoso al que nos somete Barre fuera la única consecuencia de sus malvadas acciones, yo no haría nada para detenerlo.
—Estoy de acuerdo —suscribió Torrence—. El destino de dos hombres no tiene ninguna importancia en comparación con el destino de la humanidad. Y tampoco el de un hombre.
—¡Exacto! —Numen se puso en pie de un salto y empezó a caminar nerviosamente por la habitación de un lado a otro—. Si esto no fuera cierto, si no fuera el corazón del problema, nunca hubiera considerado el involucrarme. No existiría ningún problema si Barre sufriera un ataque al corazón y cayera muerto mañana.
Los tres adultos se quedaron ahora observando a David, aunque él ignoraba la razón. No obstante, el joven tenía la impresión de que estaban aguardando a que dijera alguna cosa.
—Sí, sí..., estoy de acuerdo. Creo que una pequeña embolia en estos momentos sería lo mejor que le podría ocurrir al mundo. Muerto, Barre prestaría un servicio mucho mayor a la humanidad que el que ha prestado en vida.
Se prolongó el silencio, llegó a hacerse embarazoso y fue Eigg quien lo rompió con su entonación adusta y monocorde.
—En consecuencia, todos estamos de acuerdo en que la muerte de Barre supondría un inmenso beneficio. Y, en ese caso, David, debes convenir con nosotros asimismo que también estaría bien si... alguien acabara con él.
—No es una mala idea —dijo David, preguntándose hacia dónde llevaba esa charla—, aunque se trata de una imposibilidad física. Debe de hacer siglos desde que el último..., ¿cuál es la palabra?, asesinato tuvo lugar. El trabajo de la psicología del desarrollo se ocupó de ello hace ya mucho tiempo. Evitar que se tuerza la rama joven y ese tipo de cosas. ¿No se supone que fue ése el descubrimiento que separó al hombre de los órdenes inferiores?, ¿la prueba de que nosotros podíamos alimentar el pensamiento de matar y hablar sobre ello, aspecto éste que aún ha de ser sometido a reeducación en nuestra temprana infancia para que no nos sintamos capaces de llevarlo a cabo? Con bastante certeza, si crees en los libros de texto, la raza humana ha progresado desde que fue extirpada la lacra del asesinato. Pero, bueno..., ¿os importa si os pregunto a qué se debe todo esto?
—Barre puede ser asesinado —dijo Eigg con una voz casi inaudible—. Existe un hombre en el mundo que puede matarlo.
—¿QUIÉN? —preguntó David pero, de alguna manera, conocía la respuesta antes de que brotara de los labios trémulos de su padre.
—Tú, David..., tú...
David se sentó inmóvil y sus pensamientos retrocedieron a través de los años y entonces comprendió una serie de cosas que lo habían estado molestando. Sus actitudes, tan sutilmente diferentes de las de sus amigos, y aquella vez, en el avión, cuando uno de los rotores había matado a una ardilla. Pequeños episodios desconcertantes, y algunas veces preocupantes, que le habían mantenido despierto cuando el resto de la casa estaba dormido. Era verdad, lo sabía sin ningún asomo de duda y se preguntaba por qué nunca se había dado cuenta. Sin embargo, como una espantosa estatua, sepultada en tierra, bajo los pies de uno, siempre había estado allí, aunque nunca hubiera sido visible hasta que él había escarbado hasta llegar a ella. Pero ya estaba a la vista, con todo su vil rostro al descubierto, limpio ya de impurezas y con todas las facciones del mal nítidamente reveladas.
—¿Queréis que mate a Barre? —preguntó.
—Eres el único que puede hacerlo, y debe hacerse. Durante todos estos años he albergado esperanzas, contra todo pronóstico, de que esto no sería necesario, que la capacidad que tienes no tendría que usarse. Pero Barre vive. Él debe morir por nosotros.
—Sólo hay una cosa que no entiendo —dijo David, levantándose y mirando por la ventana hacia la familiar vista de los árboles y la lejana carretera de pavimento acristalado.
—¿Cómo se hizo este cambio? ¿Cómo se me pudo pasar por alto este condicionante de mi educación y que yo pensé que formaba parte normal y obligada de la existencia de este mundo?
—Fue tu osito de peluche, Teddy —le explicó Eigg—. Aún no es público, pero la reacción de oposición al asesinato queda establecida a muy temprana edad mediante las cintas de la máquina que tienen todos los niños. La educación posterior sólo es una consolidación, inútil sin el adoctrinamiento previo.
—¿Entonces, mi peluche...?
—Yo alteré las cintas de forma que esa parte de tu educación quedara eliminada. No se cambió nada más.
—Fue suficiente con eso, doctor. —Había un tono de frialdad en su voz que nunca antes había existido—. ¿Cómo se supone que hay que matar a Barre?
—Con esto —Eigg extrajo un paquete del cajón de la mesa y lo abrió—. Es un arma que hemos sacado de un museo. La he reparado y la he cargado con los proyectiles que se denominan cartuchos. —Cogió esa cosa brillante, fea y negra con la mano—. Su funcionamiento es completamente automático. Al pulsar el gatillo de este artilugio, una reacción química impulsa una carga de cobre y plomo denominada bala, que sale despedida por el orificio frontal. La trayectoria de la bala discurre por una línea imaginaria que se extiende desde el centro de esta hendidura en el extremo del artefacto. La bala, por supuesto, cae por la gravedad pero, a una mínima distancia, pongamos un metro, la caída es insignificante. —La dejó sobre la mesa—. Se llama pistola.
David extendió el brazo lentamente y la cogió. Qué bien se le ajustaba a la mano y con qué equilibrio tan preciso quedaba encajada allí. La alzó lentamente, miró por la hendidura y apretó el gatillo. Se disparó con un enorme estruendo y saltó de su mano. La bala penetró en el pecho de Eigg, justo por encima de su corazón, con un impacto tan grande que su cuerpo y la silla en la que estaba sentado salieron despedidos hacia atrás hasta caer al suelo. La bala había abierto un gran boquete en la carne; la garganta de Eigg se obstruyó con sangre y murió.
—¡David! ¿Qué estás haciendo? —restalló la voz de su padre con atónito horror.
David se apartó del bulto en el suelo, sin que pareciera conmovido por lo que acababa de hacer.
—¿No lo entiendes, padre? Barre y sus pansistencialistas son una terrible carga y son muchos los que sufren y la libertad esta atenazada y todo lo demás que nosotros sabemos que está mal y no debería ser de ese modo. Pero ¿no ves la diferencia? Tú mismo dijiste que las cosas cambiarán después de la muerte de Barre. El mundo seguirá adelante. Pero ¿cuál es la diferencia que hay entre su crimen y el crimen de hacer renacer este malvado instinto?
David disparó a su padre antes de que éste pudiera darse cuenta de la trascendencia de esas palabras y sufrir al saber lo que se le avecinaba. Torrence gritó y corrió hacia la puerta, buscando la cerradura a tientas con los dedos paralizados de terror. David también le disparó, aunque no estuvo muy acertado ya que estaba muy lejos y la bala que le impactó sólo lo hizo caer. David se acercó a Torrence y, haciendo caso omiso de los gritos y las palabras que tartamudeaba, apuntó con cuidado sobre la cabeza, que estaba girando, y le reventó los sesos.
Ahora el arma resultaba pesada y David se sintió muy cansado. Se fue a su habitación con el ascensor y tuvo que encaramarse a una silla para bajar a Teddy, que estaba detrás de los libros en la última estantería. El peludo animalito se sentó en medio de la gran cama y meneó sus brazos gordezuelos.
—Teddy —dijo—, voy a arrancar flores del parterre.
—No, Davy..., arrancar flores está mal... No arranques flores —chilló la vocéenla y los brazos se agitaron.
—Teddy, voy a romper una ventana.
—No, Davy..., romper ventanas está mal..., no rompas ninguna.
—Teddy, voy a matar a un hombre.
Silencio, sólo hubo silencio. Incluso los ojos y los brazos estaban quietos. El estruendo del arma quebró el silencio e hizo saltar por los aires un amasijo de engranajes, cables y metal retorcido por la espalda del destrozado osito de peluche.
—Teddy..., oh Teddy..., deberías habérmelo dicho —dijo David mientras dejaba caer el arma y al fin lloraba.