La tensión en el interior de la nave iba en aumento a medida que se incrementaba la presión exterior... y al mismo ritmo. Quizá era porque Nissim y Aldo no tenían absolutamente nada que hacer. Tenían demasiado tiempo para pensar. Echarían una ojeada a los indicadores de presión y se apartarían con rapidez, repitiendo con reticencia esa acción una y otra vez. Aldo se entrelazaba los dedos con fuerza y era incómodamente consciente de la fría humedad de su piel mientras que Nissim encadenaba un cigarrillo con otro. Solamente Stan Brandon, el que cargaba con la responsabilidad, permanecía en calma y alerta. Mientras examinaba sus instrumentos parecía estar completamente relajado y, cuando hacía un ajuste en los controles, se podía apreciar un cierto brío en sus movimientos. Eso enfurecía a los demás por alguna razón, aunque nadie lo admitiría nunca.
—¡El manómetro no funciona! —gritó Nissim, inclinándose hacia adelante forzando el cinturón de seguridad—. Marca cero.
—Mi señor profesor, se supone que fue diseñado para que indicara eso mismo —dijo Stan con una sonrisa. Se acercó y pulsó un interruptor. La aguja brincó cuando la lectura escalar cambió—. Es la única forma de medir ese tipo de presiones. Trozos de metal y cristal en el casco exterior, compresibilidades diferentes y la presión acaba destruyéndolos. Por eso tenemos que cambiar a la siguiente.
—Sí, sí, ya sé todo eso.
Nissim controló su rabia y dio una profunda calada a su cigarrillo. Por supuesto que había sido informado sobre los manómetros a lo largo de los preparativos. Durante un instante, su mente se quedó sencillamente en blanco. La aguja volvía a moverse con un ritmo regularmente ascendente sobre la escala. Nissim la miró y se apartó a continuación para interrogarse sobre qué había fuera de aquella esfera metálica sin ventanilla alguna y toda de una pieza. Luego, a pesar de su voluntad, volvió a mirar el cuadrante y sintió húmedas las palmas de las manos. Nissim Ben-Haim, destacado físico de la Universidad de Tel Aviv, tenía demasiada imaginación.
Lo mismo le ocurría a Aldo Gabrielli y él lo sabía. Deseaba tener algo que hacer además de observar y aguardar. De cabello oscuro, tez morena y magnífica nariz, tenía el típico aspecto de un italiano, cuando era, en cambio, americano de undécima generación. Sus opiniones en materia de ingeniería electrónica eran, si no superiores, tan sólidas como las de Nissim en física. Se le consideraba un genio, cuyo trabajo con el amplificador Scantron había revolucionado la mecánica transmisora de materia. Estaba asustado.
El C. Huygens cayó a través de la densa atmósfera de Saturno. Ése era el nombre oficial de la nave, aunque los hombres que la habían construido en Saturno Uno la llamaban simplemente La Bola. En esencia eso era precisamente: una sólida esfera de metal con paredes de diez metros de grosor, que encerraban en su centro un espacio relativamente minúsculo. Las inmensas secciones, con forma de cuña, habían sido fundidas en el cinturón del asteroide y enviadas a la estación satélite del Saturno Uno para su ensamblaje. Allí, en órbita alta, sumergidos en la increíble belleza de los anillos y con la gran mole del planeta pendiendo sobre sus cabezas, La Bola había recibido su forma. Las secciones habían sido unidas mediante soldadura molecular formando un todo perfecto y, justo antes de instalar la cuña final, se dispuso cuidadosamente en su interior la estación TM. Cuando la última pieza se unió al resto, el único acceso que quedó en el centro de La Bola fue a través del teletransportador de materia (el TM). Una vez terminaron su trabajo los soldadores, con su destructora radiación, el montaje final pudo iniciarse. La gran estación TM, especialmente diseñada, había sido construida debajo del suelo, sobre el cual pronto fueron fijados los suministros, el equipamiento atmosférico y todos los aparatos que hicieron que La Bola fuese habitable para los seres humanos. A continuación se instalaron los controles, así como los depósitos externos y reactores que la transformaron en una nave espacial propulsada por energía atómica: ésa era la nave que los haría descender hasta la superficie de Saturno.
Ochenta años atrás, el C. Huygens no se podría haber construido, dado que las aleaciones compactadas por presión no se habían desarrollado todavía. Cuarenta y dos años antes no podría haber sido ensamblada, puesto que la soldadura molecular aún no se había inventado. Hacía diez años, el casco sin perforación alguna no podría haber sido usado, ya que eso fue posible cuando la diferenciación atómica había tenido aplicación práctica por primera vez. Nada guiado por alambre u ondas debilitaba la solidez del casco metálico de La Bola. En su lugar, zonas de diferenciación atravesaban la aleación, química y físicamente idénticas al metal que las envolvía, aunque capaces de transportar impulsos eléctricos separados. Considerada en su totalidad, La Bola constituía un tributo a la expansión de los conocimientos de la humanidad. La Bola: una celda sellada que llevaría a tres hombres al fondo de la atmósfera de Saturno, a 32.000 kilómetros de profundidad.
Todos ellos habían sido entrenados contra la claustrofobia, pero aún podían sentirla.
—Adelante, control, ¿me reciben? —dijo Stan dirigiéndose a su micrófono. A continuación, con un rápido gesto de mandíbula, cambió el interruptor para recibir la respuesta. Se produjo una espera de algunos segundos hasta que la cinta con la grabación hizo su ajuste en la estación TM y la cinta de respuesta se puso en marcha en su receptor.
—Uno y tres —farfulló con sonidos sibilantes el altavoz.
—Es el principio del efecto Sigma —dijo Aldo, con sus manos tranquilas por primera vez. Miró pausadamente el manómetro—. Ciento treinta y cinco mil atmósferas es la profundidad habitual para los primeros síntomas.
—Quisiera echar un vistazo a la cinta que se recibió —pidió Nissim, aplastando la colilla de su cigarro. Se dispuso a liberarse del cinturón.
—No haga eso, profe —le dijo Stan, alzando la mano en señal de advertencia—. Hasta ahora hemos tenido un descenso suave, pero puede estar seguro de que pronto vendrán los baches. Y ya se imagina cómo deben de ser los vientos en esta atmósfera. Por el momento, nos hemos desplazado lateralmente con algún tipo de corriente. Pero esto no va a durar siempre. Haré que le envíen otra cinta a través de su repetidor.
—Sólo será un momento —repuso Nissim, pero su mano vaciló al ir a desabrocharse.
—Puede romperse el cráneo en menos tiempo del que tarde en quitarse el cinturón —dijo Stan y, como en una confirmación de sus palabras, la inmensa mole de La Bola dio unas violentas sacudidas a ambos lados, en señal de brusca advertencia. Los dos científicos se recostaron sobre sus sillones mientras el piloto enderezaba la nave.
—Es usted un certero profeta para los desastres —dijo Aldo—. ¿También pronostica buenos augurios?
—Tan sólo los martes, profe —respondió Stan sin inmutarse, mientras dejaba de manejar el manómetro otra vez y pasaba al siguiente transmisor—. Velocidad de caída estable.
—Esto está durando lo que un infierno —se quejó Nissim mientras se encendía un cigarrillo.
—Treinta y dos mil kilómetros hasta el fondo, profe, y no queremos golpear demasiado fuerte.
—Conozco bien la densidad de la atmósfera de Saturno —dijo Nissim, enfurecido— y ¿podría dejar de llamarme profe? Aunque sólo sea porque se dirige al doctor Gabrielli de la misma manera y se deriva de ello cierta confusión.
—No le falta razón, profe. —El piloto se volvió y sonrió al oír la protesta airada del físico—. Sólo es una broma. Estamos en el mismo barco, de modo que todos podemos ser amigos exactamente igual que en casa. Llámeme Stan y yo le llamaré Nissim. ¿Y qué tal si a usted le llamo Aldo?
Aldo Gabrielli fingió no haberle oído. El piloto era un individuo exasperante.
—¿Qué es eso? —preguntó cuándo una vibración continua y ligera empezó a agitar La Bola.
—Es difícil saberlo —contestó el piloto, pulsando interruptores con rapidez. A continuación, examinó los resultados en sus monitores—. Hay algo allí fuera, nubes quizá, por donde estamos pasando. Impactos variables sobre el casco.
—Cristalización —dijo Nissim mirando el manómetro—. La capa superior de la atmósfera tiene una temperatura de 99° C bajo cero, pero más arriba la baja presión del vapor impide la congelación. La presión es mucho mayor ahora. Debemos de estar atravesando nubes de cristales de metano y amoníaco en nuestra caída.
—Acabo de perder mi último radar —declaró Stan—. Ha desaparecido.
—Deberíamos haber colocado cámaras de televisión. Tendríamos una imagen de lo que hay allí fuera —dijo Nissim.
—¿Para ver qué? —preguntó Aldo—. ¿Nubes de hidrógeno con cristales congelados? Las cámaras se habrían destruido como el resto del instrumental. El radioaltímetro es el único instrumento esencial.
—Y está funcionado bien —apuntó Stan congratulándose.
—Todavía estamos a demasiada altura para arrojar una lectura, pero está en la zona verde. Debería funcionar correctamente: es una parte integral del casco.
Nissim sorbió del tubo de agua que tenía al costado de su asiento. La boca de Aldo se resecó repentinamente cuando lo vio y también bebió. La interminable caída continuó su curso.
—¿Cuánto tiempo he estado durmiendo? —preguntó Nissim, sorprendido de haberse quedado dormido de verdad a pesar de la tensión.
—Sólo unas horas —le respondió Stan—. Parecía estar muy a gusto. Roncaba como una vaca marina.
—Mi mujer siempre dice que me parezco más a un camello. —Miró su reloj—. Han estado despiertos más de setenta y dos horas. ¿No lo notan?
—No, ya recuperaré el sueño más tarde. Tengo pastillas aquí y no es la primera vez que estoy en vela mucho tiempo.
Nissim se recostó sobre su asiento y advirtió que Aldo estaba mascullando cifras en voz baja mientras resolvía un problema con su calculadora de bolsillo. «No existe sensación alguna que pueda ser experimentada indefinidamente», pensó, «ni siquiera el miedo. Los dos estábamos condenadamente aterrorizados allí arriba, pero esto no puede durar siempre».
Tembló de emoción ligeramente cuando miró el manómetro, pero la sensación desapareció tan pronto como había venido.
—La lectura que da es que es sólido —dijo Stan—, pero la altura se mantiene oscilante. —Debajo de los ojos tenía manchas oscuras, como arcos de hollín, y había estado tomando estimulantes las últimas treinta horas.
—Debe de ser metano y amoníaco líquidos —repitió Nissim—. O semilíquidos, alterando su estado de gas a líquido continuamente. Dios sabe que cualquier cosa es posible con las presiones de ahí afuera. Poco menos que un millón de atmósferas. Increíble.
—Yo lo creo —le dijo Aldo—. ¿Podemos desplazarnos lateralmente y hallar, quizá, algo sólido debajo de nosotros?
—He estado haciendo precisamente eso durante la última hora. O nos hundimos en esta sopa o damos un brinco para iniciar una nueva caída. No voy a tratar de equilibrar la nave con nuestros reactores con toda esa presión que tenemos esperándonos afuera.
—¿Tenemos combustible para un salto?
—Sí, pero quiero reservarlo. Estamos por debajo de un treinta por ciento de nuestra capacidad.
—Yo voto por arriesgarnos —dijo Nissim—. Si es líquido lo que hay allí abajo, probablemente cubra la totalidad de la superficie. Con estas presiones y el viento, estoy seguro de que la erosión habrá ocasionado que cualquier tipo de irregularidad se allane en un tiempo geológico relativamente corto.
—No estoy de acuerdo —dijo Aldo—, pero habrá alguien que investigue eso. Estoy por bajar y dejar al margen la cuestión del combustible.
—Así pues, tres contra cero, caballeros. Hacia abajo vamos.
El descenso constante continuó. El piloto aminoró el peso inmenso de La Bola a medida que se acercaban al punto de contacto cambiante, pero no se produjo ninguna sacudida inusual al penetrar en el líquido, debido a que el cambio se efectuó de manera muy gradual.
—Tengo datos de lectura —dijo Stan, nervioso por vez primera—. Se mantiene constante a quince kilómetros. Después de todo, puede que exista un fondo en todo esto.
Los otros dos hombres no hablaron mientras continuó el descenso, temiendo distraer al piloto. Sin embargo, ésa fue la parte más fácil del viaje. Cuanto más se hundían, menos alteraciones se producían. Durante un kilómetro no hubo el más ligero embate o movimiento a ambos lados. Descendían lentamente a medida que se aproximaba el fondo. A los quinientos metros, Stan activó el tren de aterrizaje desde el ordenador y, con la mano a punto, permaneció en guardia para tomar el mando si se presentaban dificultades. Los motores retumbaron ligeramente, se pararon y, con un único y sordo chirrido, dejaron de funcionar del todo. Stan anuló los mecanismos automáticos y apagó los motores.
—Ya está —dijo, estirándose completamente—. Acabamos de aterrizar en Saturno. Y esto merece un trago. —Farfulló una queja al darse cuenta de que tenía que emplear toda su fuerza para levantarse de la silla.
—Dos punto seis-cuatro de gravedad —dijo Nissim, observando el delicado resorte equilibrador de cuarzo de su consola. No será fácil trabajar con toda esta gravedad.
—Lo que tenemos que hacer no nos llevará mucho tiempo —apuntó Aldo—. Vamos a echar ese trago. Luego Stan podrá echarse un sueño mientras nosotros entramos en faena con el teletransportador de materia.
—Me parece estupendo. Yo ya he hecho mi trabajo y ahora soy sólo un espectador hasta que me lleven de vuelta a casa, muchachos. ¡Por nosotros! —Levantaron todos sus vasos con esfuerzo y bebieron.
La carga de una gravedad que duplicaba aquella a la que estaban acostumbrados ya había sido prevista. Aldo y el piloto cambiaron los sillones de aceleración para que el ingeniero pudiera mirar frontalmente los paneles de instrumentos y la estación TM. Cuando se quitaron los seguros de contención, el asiento de Nissim también quedó inclinado de manera que pudiera llegar hasta la estación. Antes de que finalizaran todos esos arreglos, Stan había reclinado totalmente su sillón y estaba sonoramente dormido. Los otros dos ni se percataron; estaban demasiado absortos en empezar, por fin, su parte en la misión. Aldo, en su calidad de especialista en la TM, efectuó las pruebas preparatorias mientras Nissim observaba el proceso sin perderse un detalle.
—Todos los dispositivos con control remoto que enviamos abajo desarrollaron el efecto Sigma antes de penetrar una quinta parte de la atmósfera —dijo Aldo, conectando los instrumentos de prueba—. Cuando el efecto fue lo suficientemente poderoso, perdimos todo el control y nunca llegamos a tener un seguimiento preciso pasada la señal a mitad de camino. Acabamos de perder el contacto con ellos. —Comprobó todos los datos por segunda vez y dejó la forma de onda en la estación del telescopio cuando se recostó hundiéndose en el respaldo para que descansaran su espalda y sus brazos fatigados.
—La onda parece correcta —dijo Nissim.
—Y lo es. Como todo lo demás. Lo que significa que, al menos la mitad de su teoría, es correcta.
—¡Fantástico! —exclamó Nissim, sonriendo por vez primera desde que iniciaron el vuelo. Apretó los puños cuando pensó en la paliza verbal que propinaría a los otros físicos que habían sido suficientemente imprudentes para discrepar de él—. ¿De modo que el error no estaba en el transmisor?
—De ninguna forma.
—Entonces, transmitamos y veamos si la señal llega. El receptor está sintonizado y a la espera.
—C. Huygens llamando a Saturno Uno, adelante. ¿Me reciben? —Los dos observaron cómo se desvanecía la cinta transcrita en la estación; a continuación, Aldo conectó el teletransportador en su modo de recepción. No ocurrió nada. Esperó sesenta segundos y envió el mensaje otra vez con los mismos resultados.
—Y ahí está la prueba —dijo con orgullo Nissim—. El transmisor, perfecto; el receptor, perfecto. Podemos confiar en ello. Pero ninguna señal consigue pasar. En consecuencia, mi factor de distorsión espacial ha de estar presente. Cuando lo hayamos corregido, el contacto se restablecerá.
—Espero que sea pronto —repuso Aldo, ligeramente abatido y contemplando las paredes curvas de su celda—. Porque hasta que se efectúe la corrección, permaneceremos aquí encerrados en el corazón de esta pelota mastodóntica. Y, aunque tuviera una salida, no tendríamos ningún sitio adonde ir.
Stan estaba todavía extenuado cuando se despertó; dormir con esos niveles de gravedad era algo que no resultaba muy gratificante. Bostezó y cambió de posición, pero desperezarse le produjo más cansancio que alivio. Cuando se volvió hacia los otros, vio a Nissim abstraído plenamente en su trabajo frente al ordenador, mientras Aldo sujetaba un pañuelo de bolsillo manchado de sangre por debajo de su nariz.
—¿Hemorragia gravitatoria? —inquirió Stan—. Yo en su lugar me pondría un poco de adrenalina.
—No es por la gravedad —contestó Aldo tapándose la boca con el pañuelo—. Ese cabrón me golpeó.
—Justo en plena napia —apostilló Nissim sin levantar la vista del ordenador—. Era una diana demasiado tentadora para perdérsela.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Stan, mirando del uno al otro rápidamente—. ¿No funciona la TM?
—No, no funciona —dijo Aldo suavemente—. Y aquí el amigo me echa a mí las culpas y...
—La teoría es correcta, pero su aplicación práctica es errónea.
—Cuando sugerí —interrumpió— que podría existir un error o dos en sus ecuaciones se abalanzó sobre mí en un ataque de rabieta infantil.
Stan tomó la delantera para frenar la incipiente bronca y empleó la taladradora de su voz para aplastar totalmente a los otros dos.
—Déjenlo un momento, ¿de acuerdo? No hablen al mismo tiempo porque no entiendo nada. ¿Me hará alguien el favor de explicarme la situación y decirme exactamente qué está pasando?
—Por supuesto —dijo Nissim y entonces aguardó con impaciencia a que acabaran las protestas de Aldo—. ¿Cuál es su grado de conocimientos sobre la teoría del teletransporte de materia?
—La respuesta es muy sencilla... Grado cero. Soy un jinete espacial y a mi oficio me ciño. Unos construyen las naves, otros las reparan, yo las piloto. ¿Tendría la bondad de simplificar?
—Trataré de hacerlo. —Nissim frunció los labios en señal de reflexión—. Lo primero de lo que debe ser consciente es de que una TM no escanea y transmite como un emisor de televisión. No se envía ninguna señal, al menos como solemos entender las señales. Lo que hace es que el plano de la estación del transmisor se coloca en un estado de materia que no es parte del espacio, como normalmente lo conocemos. La estación receptora se sitúa en el mismo estado y la sintonización se consigue cuando las dos se acoplan en la misma frecuencia. En cierto sentido, se transforman la una en parte de la otra y el espacio que media entre ambas pierde su relevancia. Si entra en una, saldrá por la otra sin haber percibido separación alguna de carácter espacial o temporal. Me estoy explicando muy mal.
—De ninguna forma. Lo está haciendo muy bien, Nissim. ¿Qué más?
—El hecho es que la distancia espacial entre el emisor y el receptor no importa, pero la naturaleza de ese espacio, sí.
—Estoy empezando a perderme.
—Voy a darle un ejemplo que guarda alguna relación. Los rayos de luz viajan en línea recta a través del espacio, de no ser por alguna interferencia de tipo físico: refracción, reflexión, etcétera. Pero estos rayos también pueden desviarse al atravesar un intenso campo gravitacional como el del sol. Hemos advertido el mismo tipo de efecto en la TM y las correcciones se llevan a cabo en función de la masa de la Tierra u otro cuerpo planetario. Otro aspecto que afecta al espacio aparece de lleno en la sopa glacial que este planeta llama una atmósfera. Las increíbles presiones afectan a la misma energía de electrovalencia de los átomos, y producen tensiones. Éstas interfieren con las relaciones TM. Antes de que podamos desplazar un objeto desde una estación TM a otra de aquí abajo, debemos realizar ciertos ajustes y cambios para estas nuevas interferencias. Yo he calculado las correcciones; ahora debemos aplicarlas.
—Lo ha simplificado mucho —apuntó Aldo con tono despectivo, aplicándose suavemente un pañuelo en la nariz y examinando los resultados—, pero no es así en la práctica. No consigue pasar ninguna señal. Y nuestro amigo no estará de acuerdo conmigo en que tendremos que aumentar nuestra potencia si es que vamos a perforar toda esa porquería presurizada de ahí afuera.
—¡Se trata de calidad y no de cantidad! —gritó Nissim, y Stan volvió a tomar cartas en el asunto.
—¿Quiere decir con eso que vamos a tener que desmontar toda la estructura del monstruo de la TM por debajo del suelo?
—Exactamente. Ésa es la razón por la que fue construida en primer lugar con componentes ajustables y no unidades compactas y selladas.
—¡Tardaremos un mes en moverlo todo y probablemente moriremos en el intento! —gritó Nissim.
—No será tanto, espero... —repuso Stan levantándose de su asiento y tratando de no gemir por el esfuerzo—, y el ejercicio será saludable para nuestros músculos.
Tardaron cuatro días en despejarlo todo y en levantar el revestimiento del piso. Traspasaron el límite de la extenuación antes de haber acabado. Habían llevado a cabo preparativos mecánicos considerando esa posibilidad. Instalaron pernos de argolla para mantener el material en suspensión y cabrestantes para alzarlo; sin embargo, todavía era necesario cierto esfuerzo físico. Al final, casi la totalidad de la superficie del suelo había sido levantada, dejando una especie de cornisa alrededor del muro, sobre la que quedaba exclusivamente el equipo de comprobación y los asientos. El resto del suelo era la estación de la TM. Los tres la observaban desde la penosa comodidad de sus asientos.
—Un monstruo —dijo Stan—. Podrías dejar caer una barcaza de desembarco por ella.
—Demasiado grande —dijo Aldo, luchando por respirar. En los oídos podía sentir su pulso en forma de martillazos y estaba seguro de que su corazón había sufrido con la tensión—. Todo el sistema de circuitos ha sido reforzado con circuitos de repuesto y dotado con la capacidad de admitir potencia cien veces superior a la necesaria en cualquier otra parte.
—¿Cómo se meterá en sus tripas para hacer los ajustes? Yo no puedo ver nada salvo la estación.
—Ya está pensado. —Aldo señaló el agujero de rosca en el blindaje del que habían desatornillado un tapón de treinta centímetros de grosor—. Nuestros controles están ahí. Antes de irnos volveremos a poner el tapón y cerrará herméticamente. Para hacer los ajustes debemos elevar las secciones de la estación.
—¿Estoy más torpe o es la gravedad? No lo entiendo.
Aldo se armó de paciencia.
—Esta estación TM es el único motivo de esta expedición. Lograr que el teletransportador de materia funcione aquí abajo es ahora crucial para nosotros, pero sólo secundario para los propósitos iniciales. Cuando nos vayamos nosotros, llegarán los técnicos y volverán a instalar todo el sistema de circuitos con unidades y componentes indivisibles y sellados; después se irán por donde vinieron. La sección superior del interior del casco se debilitará progresivamente por brechas que irán apareciendo irreversiblemente. Esta estación se sintonizará en otra TM en el espacio por encima de la eclíptica. Al final, La Bola, debilitada, se desintegrará, implosionando desde arriba contra la parte superior de la estación. Ésta no sufrirá ningún daño porque enviará los restos hacia el espacio. A continuación, el ajuste de fase se hará paulatinamente hasta que se detenga la transmisión. En ese preciso instante tendremos acceso al fondo del mar de Saturno. Los criogenetistas y los muchachos de la alta presión están deseando que llegue este momento.
Stan asintió con la cabeza pero Nissim miraba la cúpula atestada de trastos por encima de su cabeza, casi con la boca abierta, pensando en esa masa de metal implosionando, con la presión de ese mar emponzoñado por detrás...
—Empecemos ya —dijo con rapidez y alzándose penosamente—. Levantemos la estación y procedamos con los cambios. Ya va siendo hora de volver a casa.
Los otros ayudaron a elevar los segmentos de estación, aunque únicamente Aldo podía hacer los ajustes necesarios. Aldo trabajó intensamente, maldiciendo sin energía las unidades que el anterior operario había instalado antes. Cuando se sintió muy fatigado, se detuvo y cerró los ojos para evitar las miradas de preocupación de Nissim, que iban de la cúpula hasta él.
Stan les sirvió comida y distribuyó los fármacos y estimulantes G con una actitud jovial. Habló sobre las diversas experiencias de los vuelos espaciales en un monólogo que, al menos a él, sí lo entretuvo.
La faena tocaba a su fin, las pruebas concluyeron y el último segmento de la estación se volvió a poner en su sitio. Aldo alargó el brazo hasta el panel de control y oprimió un interruptor. La oscura superficie dejó paso al familiar resplandor de la actividad de la TM.
—Transmitiendo —dijo él.
—Esto valdrá —declaró Stan, garabateando «¿Nos reciben?» en un trozo de papel. Lo arrojó con fuerza hacia el centro de la estación y desapareció de la vista. Entonces varió al modo de recepción.
Aldo movió de posición el interruptor y la superficie de la estación cambió. No ocurrió nada más. Por un instante, inmóviles y conteniendo la respiración, clavaron la mirada en la superficie sin vida de la TM.
Entonces, suave y sinuosamente, surgió a la vida una sección de cinta y, curvada por su propio peso, se dobló y empezó a apilarse. Nissim era el que estaba más cerca, la agarró y la enrolló hasta que apareció el extremo final cortado.
—¡Funciona! —gritó Stan.
—Parcialmente —precisó Nissim con displicencia—. La calidad de la transmisión seguramente será mala y habrá que hacer ajustes más precisos, pero el receptor extremo es capaz de efectuar análisis y, de esta manera, podrán enviarnos instrucciones concretas.
Insertó la cinta en el aparato y pulsó el interruptor. Una especie de graznido atronador retumbó en las paredes metálicas de La Bola. Sólo con gran esfuerzo se podía pensar que aquello había salido de una garganta humana.
—Ajustes más precisos —repitió Nissim con una ligera sonrisa. La sonrisa se desvaneció al instante cuando La Bola se balanceó hacia un lado. Después, lentamente, recuperó su posición vertical.
—Algo nos ha empujado —dijo entrecortadamente.
—Las corrientes, tal vez —repuso Aldo agarrándose a su asiento, mientras la vibración se amortiguaba lentamente—, o témpanos de hielo. No hay manera de saberlo. Ya va siendo hora de que nos larguemos de aquí.
Todos estaban luchando contra la interminable fatiga, pero trataban de no prestarle atención. El final estaba ya muy cerca y la seguridad de la estación Saturno Uno a sólo un paso. Nissim calculó los ajustes necesarios mientras los otros dos elevaban las secciones de la estación nuevamente y volvían a poner los componentes en su sitio. Era la peor clase de trabajo que podía llevarse a cabo con aquella gravedad más que duplicada. Pero no transcurrió un día solar y ya habían recibido cintas de audio con el sonido perfecto y las muestras de los materiales que les enviaron eran exactas hasta el quinto decimal. Las esporádicas sacudidas de La Bola continuaron, pero se esforzaron todo lo que pudieron en hacer caso omiso.
—Ya estamos en condiciones de realizar una prueba con un organismo vivo —dijo Nissim al micrófono. Aldo observó cómo desaparecía la cinta con estas palabras grabadas en la estación y resistió un poderoso impulso de arrojarse él mismo. Era necesario esperar. Ya faltaba poco. Cambió al modo de recepción.
—No creo que nunca haya estado en ningún lugar tanto tiempo —dijo Nissim, clavando la mirada, como los demás, en la estación—. Incluso, cuando asistía a la universidad en Islandia, regresaba todas las noches a mi casa en Israel.
—Nos hemos acostumbrado totalmente a las estaciones TM —declaró Aldo—. Durante todo el tiempo que estuvimos trabajando en el Satélite Uno en este proyecto, yo volvía cada día a Nueva York. Lo consideramos lo más normal del mundo hasta que ocurre algo como esto. Para usted es más fácil, Stan.
—¿Para mí? —El piloto miró hacia arriba, arqueando las cejas—. Yo no soy una excepción. Yo voy a Nueva Zelanda siempre que puedo. —Sus ojos se volvieron al instante hacia la estación vacía.
—No es eso lo que quiero decir. Me refiero a que usted está habituado a estar solo en una nave, pilotando, durante largos períodos. Quizá ése sea un buen entrenamiento. No parece tan..., bueno..., tan contrariado como nosotros por todo esto.
Nissim asintió en silencio con la cabeza y Stan soltó una risa corta y áspera como un ladrido.
—Déjense de bobadas. Cuando ustedes sudan, yo sudo. Tan sólo he recibido una formación distinta. Si hago mi trabajo con pánico, se pueden dar por muertos. Si ustedes hacen su trabajo con pánico, tan sólo significa poner a enfriar algunas bebidas más antes de la cena. Nunca han tenido la necesidad de imponerse control, de manera que nunca se han molestado en aprender a hacerlo.
—Eso no es cierto —replicó Nissim—. No somos animales, somos hombres civilizados con fuerza de voluntad.
—¿Y dónde estaba esa fuerza de voluntad cuando le dio a Aldo en los morros?
Nissim torció el gesto.
—De acuerdo, apúntese un tanto. Acepto que puedo dejarme llevar por las emociones... pero eso forma parte inherente de la condición humana, aunque usted personalmente tenga, ¿cómo podría decirlo?, el tipo de naturaleza que no es fácilmente alterable.
—Hágame un corte, verá cómo sangro. Es un entrenamiento que te evita pulsar el botón del pánico. Todos los pilotos han sido así desde el principio de los tiempos. Supongo que tienen personalidades propensas a la serenidad, pero sólo es la constante práctica la que hace que ese control sea automático. ¿Han oído alguna vez las grabaciones de la serie «Voces del Espacio»?
Los otros negaron con la cabeza, mirando la estación todavía vacía.
—Deberían. No podrían adivinar la fecha de ninguna grabación en un margen de unos cincuenta años. El adiestramiento para el control y la lucidez en situaciones extremas siempre ha sido el mismo. El mejor ejemplo es el primero, el del primer hombre que viajó al espacio, Yuri Gagarin. Se conservan abundantes muestras de su voz, incluso de su último viaje. Volaba en una nave atmosférica y se le presentaron problemas. Pudo haber hecho uso de su asiento eyectable y escapar así de la tragedia, pero se encontraba sobre una zona poblada, de manera que continuó pilotando su nave hasta matarse. El sonido de su voz, incluso al límite del final, era sencillamente como el de todas sus grabaciones.
—Es un comportamiento forzado —alegó Nissim—. Él debió de ser una clase de persona muy diferente a nosotros.
—Veo que no entiende nada.
—¡Miren! —exclamó Aldo. Detuvieron la discusión cuando un conejillo de Indias atravesó la estación y se quedó acurrucado sobre su superficie. Stan lo recogió.
—Tiene muy buen aspecto —dijo—. Buen pelaje, estupendos bigotes. Y está muerto. —Miró los rostros aterrorizados y abatidos por el cansancio de sus compañeros y sonrió—. No os preocupéis. Aún no tenemos que atravesar esta máquina asesina. ¿Más ajustes? ¿Desean examinar el cadáver o lo vuelvo a mandar para que lo analicen?
Nissim se apartó.
—Deshágase de él y consiga un informe. Una vez más y ya debería funcionar correctamente.
Los fisiólogos fueron rápidos: la causa de la muerte fue la incapacidad funcional en las sinapsis del axón neural. Un percance común en las primeras TM, para el cual existía una conocida solución. Se llevó a cabo la maniobra, aunque Aldo se desmayó en su transcurso y tuvieron que reanimarlo con fármacos. El sobreesfuerzo estaba pasando factura a todos ellos.
—No sé si podría levantar esas piezas otra vez, francamente —dijo Aldo, casi susurrando, y oprimió el interruptor para recibir señal.
Apareció un conejillo de Indias en la estación, inmóvil. Entonces meneó la nariz y empezó a buscar cobijo moviéndose con torpeza. El ánimo estaba por los suelos, pero, a fin de cuentas, aún lo tenían en algún sitio.
—Adiós, Saturno —dijo Nissim—. Ya he tenido bastante.
—Puede decirlo bien alto —secundó Aldo y preparó la TM para enviar señal.
—Veamos primero lo que los doctores dicen sobre el animal —dijo Stan y devolvió el conejillo a la estación. Todos observaron cómo desaparecía.
—Sí, por supuesto —repuso Nissim con reticencia—. Una última prueba.
El tiempo se hizo largo e insatisfactorio. Escucharon la cinta por segunda vez:
«...Y éstos son los informes médicos, caballeros. En resumidas cuentas, lo que parece que se produce es una ralentización microscópica de la velocidad de transmisión nerviosa y de algunos reflejos del animal. Lo cierto es que no podemos estar seguros de que se haya dado alguna alteración hasta que se lleven a cabo más pruebas y controles. No podemos hacer ninguna recomendación. Cualquier medida que adopten será bajo su responsabilidad. Hay unanimidad respecto a que existe alguna evidencia de trastorno, que no parece presentar un efecto manifiesto en el animal, pero nadie de aquí intentará pronosticar su naturaleza hasta que se hayan efectuado pruebas más precisas. Éstas requerirán al menos cuarenta y cinco horas.»
—No creo que pueda soportar con vida cuarenta y cinco horas más —dijo Nissim—. Mi corazón...
Aldo clavó la mirada en la estación.
—Yo creo que sí podré resistir, pero ¿qué conseguiremos con ello? Sé que no soy capaz de levantar esas piezas otra vez. Éste es el final. Sólo nos queda una posibilidad.
—¿Por la estación? —preguntó Stan—. Todavía no. Deberíamos esperar los resultados de las pruebas tanto como podamos.
—Si esperamos los resultados, somos hombres muertos —insistió Nissim—. Aldo tiene razón. Incluso aunque nos indiquen los ajustes que hemos de realizar, no podemos volver a empezar desde el principio. Las cosas son así.
—No, no lo creo —dijo Stan, pero se calló al darse cuenta de que nadie le estaba ya escuchando. Se encontraba tan cerca del derrumbe total como los otros—. Votemos pues, que decida la mayoría.
Fue un rápido dos contra uno.
—Lo que deja tan sólo una cuestión pendiente —dijo Stan, contemplando sus rostros extenuados y apergaminados, fieles reflejos del suyo—: ¿quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién es el primero? —Se produjo un largo silencio.
Nissim tosió.
—Sólo hay una cosa clara. Aldo ha de quedarse porque es el único que puede efectuar los ajustes en caso de que sean necesarios. No es que físicamente sea capaz, pero, aun así, debería ser el último en partir.
Stan asintió con la cabeza y la bajó.
—Estoy de acuerdo en eso; él no puede ser nuestro conejillo de Indias y también usted está fuera de las apuestas, doctor Ben-Haim, pues, según tengo entendido, es la brillante esperanza de la física en la actualidad. Ellos le necesitan. Sin embargo, hay un montón de jinetes espaciales por todas partes. Sea donde sea que vayamos, yo iré primero.
Nissim abrió la boca para protestar, pero no se le ocurrió nada que decir.
—Bien. Yo seré el primer conejillo de Indias. Pero... ¿cuándo? ¿Hemos hecho todo lo posible con estos cachivaches? ¿Están seguros de que no podrían aguantar más en caso de que fuera necesario hacer más ajustes?
—Está fuera de toda duda —dijo Aldo con la voz quebrada—. Estoy acabado.
—Unas horas, quizá un día... pero ¿cómo podríamos trabajar después? Ésta es nuestra última oportunidad.
—Debemos estar completamente seguros —dijo Stan, dirigiendo la mirada del uno al otro—. Yo no soy científico y no estoy cualificado para evaluar la ingeniería implicada en la situación. De manera que, cuando me aseguran que han hecho absolutamente todo lo posible con la TM, he de creer en su palabra. Pero sí sé algunas cosas sobre la fatiga. Podemos resistir mucho más de lo que ustedes creen.
—¡No! —dijo Nissim.
—Escúchenme. Podemos hacer que nos envíen más aparatos de levantamiento. Podemos descansar un par de días antes de recurrir de nuevo a los fármacos. Podemos pedir que nos manden unidades modificadas. Así, Aldo no tendrá que hacer todo el trabajo. Hay muchas cosas que nos podrían ayudar.
—Ninguna de ellas puede ayudar a los muertos —dijo Aldo, mirándose las arterias hinchadas de las muñecas, luchando penosamente por distribuir la sangre con la presión necesaria por todo el cuerpo bajo la gravedad multiplicada—. El corazón humano no puede funcionar siempre bajo este tipo de condiciones. Se producen tensiones, lesiones y, luego..., el fin.
—Se sorprendería de los fuertes que pueden llegar a ser el corazón y todo el organismo del ser humano.
—Los suyos, quizá —dijo Nissim—. Usted está preparado y en forma, y nosotros, reconozcámoslo, tenemos muchos kilos y no precisamente de musculatura. Nunca habíamos estado tan cerca de la muerte. Sé que ya no puedo aguantar más y si usted no va... iré yo.
—¿Qué dice usted, Aldo? —preguntó Stan.
—Nissim también está hablando por mí. Si se trata de una elección, asumiré mis riesgos en la estación antes de enfrentarme a la imposibilidad de sobrevivir aquí. Creo que las probabilidades en la estación son mucho mayores.
—Está bien, pues —dijo Stan levantándose trabajosamente del asiento—. Parece que no queda mucho más que decir. Muchachos, los veo de regreso en la estación. Ha sido un placer trabajar con ustedes y seguro que todos nos llevaremos de aquí interesantes historias que contar a nuestros hijos.
Aldo pulsó el interruptor para la transmisión. Stan se arrastró hasta el borde de la estación. Sonrió y dijo adiós con la mano. Prácticamente se cayó sobre la superficie de la estación y desapareció.
La cinta surgió unos instantes después y las manos de Aldo temblaron al insertarla en el reproductor.
«¡... Sí, aquí está él...! ¡Ustedes dos, ayúdenlo! Hola, C. Huygens, el comandante Brandon ha llegado y tiene un aspecto terrible, pero supongo que ya están al corriente de eso... Lo que quiero decir es que todo parece estar como debiera. Los médicos están con él ahora, hablando con él... Un momento...»
La voz se fue apagando hasta que sólo se oyó un lejano murmullo. El interlocutor cubrió el micrófono con la mano y se produjo una larga espera antes de que volviera a hablar. Cuando lo hizo, el tono de su voz había cambiado.
«Quiero decirles... resulta un poco difícil. Quizá convendría que les pasara con el doctor Kreer.» Entonces se escuchó un ruido y habló una voz distinta. «Soy el doctor Kreer. Hemos estado examinando a su piloto. Parece incapaz de hablar o reconocer a nadie, aunque aparentemente está ileso, sin ningún tipo de trauma físico. No sé muy bien cómo decirlo... pero parece que le ha ocurrido algo grave. Si está relacionado con los reflejos retardados del conejillo de Indias, es posible que tenga que ver con funciones cerebrales más altas. Los reflejos primarios analizados son excelentes considerando el margen de fatiga. Sin embargo, las funciones primarias, el habla, la inteligencia, parecen haberse... hum... perdido. En consecuencia, les ordeno a ambos no usar la estación hasta que se hayan efectuado análisis completos. Y me temo que es mi obligación advertirles que tendrán que permanecer allí un período más largo y llevar a cabo más ajustes...»
Un ruido marcó el final de la cinta y el reproductor se apagó automáticamente. Los dos científicos, horrorizados, se volvieron para mirarse y entonces se rehuyeron las miradas cuando se cruzaron.
—Está muerto —dijo Nissim—. Peor que muerto. Qué terrible accidente. Sin embargo, parecía tan sereno y dueño de la situación...
—Como Gagarin, pilotando su nave hasta estrellarla en el suelo para que no se perdieran más vidas. ¿Qué más podía hacer? ¿Deberíamos haber esperado a que el pánico cundiera en él... como en nosotros? Lo que hicimos fue pedirle que se suicidara.
—¡No puede acusarnos de eso, Aldo!
—Sí puedo. Convinimos en que él fuera el primero. Y también le aseguramos que no éramos capaces de llevar a cabo los ajustes oportunos en la máquina en nuestras condiciones físicas actuales.
—Sí..., es cierto.
—¿De verdad? —Nissim escrutó los ojos de Aldo por primera vez—. Y ahora vamos a reemprender el trabajo. ¿O no es cierto? No utilizaremos el teletransportador tal como está. De modo que trabajaremos en él hasta que podamos hacerlo... vivos.
Aldo le devolvió la mirada sin pestañear.
—Supongo que podemos hacerlo. Y si es así, ¿estábamos siendo francos cuando dijimos hace un momento que estaríamos dispuestos a marcharnos en primer lugar?
—Es una pregunta muy difícil de contestar.
—No lo crea. Lo que resultará difícil es vivir con la verdadera respuesta a partir de ahora. Creo que si somos sinceros, podremos afirmar que hemos matado a Stan Brandon.
—¡No ha sido deliberado!
—No. Lo cual es peor, probablemente. Nosotros le asesinamos por nuestra incapacidad para superar el tipo de situación al que nunca antes nos habíamos enfrentado. Él estaba en lo cierto. Él era el profesional y deberíamos haberle escuchado.
—Las reflexiones a tono pasado siempre están muy bien, pero deberíamos haber reflexionado también con anterioridad.
Aldo aprobó con la cabeza.
—No puedo soportar la idea de que muriera por nada.
—Hubo una razón y quizá él la conociera en su momento: devolvernos a casa a salvo. Él hizo todo lo que estuvo en su mano para que regresáramos sin ningún daño. Pero a nosotros no nos convencieron las palabras. Incluso si él se hubiera quedado, nosotros no habríamos hecho nada, excepto resentirnos con él. No creo que ninguno de los dos hubiéramos tenido agallas para partir en primer lugar. Nos hubiéramos echado aquí, habríamos tirado la toalla y habríamos muerto.
—Ahora ya no lo haremos —dijo Aldo luchando por ponerse en pie—, ahora seguiremos adelante hasta que la TM esté perfecta y podamos salir de aquí. Al menos, le debemos eso. Para que su muerte tenga algún sentido, habremos de volver a salvo.
—Sí, podemos hacerlo —aprobó Nissim, empujando las palabras a través de sus labios tensos y cerrados—. Ahora podemos.
El trabajo empezó.