País Relato - Autores

harry harrison

por fanatismo o por la recompensa

¡Maravilloso! Muy claro. La mira electrónica era un añadido. Había empleado la mira telescópica normal cuando disparó en las pruebas, pero la nueva mira no le supondría ningún problema. La ancha entrada cruzando la calle era precisa y clara, a pesar de la noche tan lluviosa. Tenía apoyados los codos cómodamente sobre las cajas de embalaje, delante de la ranura que él mismo había abierto en la pared exterior del edificio.
—Cinco de ellos se están acercando. El tuyo es el más alto. —El auricular que llevaba en la oreja le susurró las palabras.
Los hombres aparecieron al otro lado de la calle. Uno era visiblemente más alto que los demás. Estaba hablando, sonriendo, y Jagen enfocó el telescopio sobre su blanca dentadura, luego hizo girar la lente de aumento hasta que los dientes, la boca y la lengua ocuparon todo el campo de visión. Entonces, una amplia sonrisa, dientes juntos, y Jagen apretó la mano, la culata y el gatillo por igual y la escopeta se disparó, retrocediendo bruscamente contra su hombro.
Ahora, rápidamente; había cinco cartuchos más en el cargador. Vuelve a poner la lente de aumento en su posición original. Se está desplomando. Fuego. Se convulsiona. Fuego. En el cráneo. Otra vez. Fuego. Alguien se pone en medio. Disparo a través de él. Fuego. Se ha ido. En el pecho, al corazón. Fuego.
—Se acabó la munición —le dijo al micrófono que tenía sobre el labio—. Cinco blancos, uno posible.
—Márchate. —Fue todo lo que el auricular le musitó.
«Ya me voy», pensó para sí. «No hay necesidad de decírmelo. La policía del Gran Déspota es eficaz.»
La única luz que había en la habitación era el débil resplandor anaranjado del indicador luminoso de estado de espera del teletransportador de materia. Había marcado personalmente el código del receptor. Atravesó la habitación vacía y polvorienta en tres pasos y le dio a la biela de puesta en marcha. Se sumergió sin demora en la pantalla del teletransmaterializador.
Unos destellos brillantes le molestaron en los ojos y los entrecerró para protegerse. Encima tenía una bombilla desnuda, muros de piedra, humedad por todas partes y una puerta metálica recubierta por una pátina de óxido. Se encontraba bajo tierra, en algún sitio, quizá en un planeta al otro extremo de la galaxia; no importaba. Allí, aquí. Visto y no visto. Todo quedaba a un paso con un transmisor de materia. Se hizo a un lado de la estación con rapidez.
Salieron gases de ella, emanados silenciosamente, luego se interrumpió el funcionamiento. Vale. El teletransportador había sido destruido, había volado. Sin duda, la policía sería capaz de seguirle la pista a partir del siniestro, pero eso les llevaría tiempo. Un tiempo que le permitiría borrar sus huellas y esfumarse.
Aparte del teletransportador, el único objeto que había en la celda de piedra era una gran vasija de cerámica. Miró la culata de su fusil, donde había pegado las órdenes. Al lado del número de esa ubicación estaba escrito: «destruir fusil». Jagen despegó las órdenes y se las guardó en la bolsa del cinturón. Cogió la tapa de la vasija y se volvió, tosiendo, cuando ascendieron los gases. Aquel mejunje efervescente del demonio disolvería cualquier cosa. Con movimientos bien ensayados, soltó la culata de plástico del fusil y luego la arrojó al recipiente. Tuvo que echarse atrás cuando el líquido burbujeó furiosamente y se levantaron gases más densos.
Tenía una sierra que funcionaba con pilas en la bolsa. Era del tamaño de su mano y con un filo serrado de diamante. Zumbó al encenderla y chirrió estridentemente cuando la presionó contra el cañón del fusil. Había tomado las medidas cuidadosamente días atrás y había hecho una ligera muesca. Cortó el fusil por la marca y, en unos segundos, cayó ruidosamente al suelo la mitad del cañón. Esta siguió a la culata en el baño disolvente junto con el cargador que contenía las balas. En la bolsa tenía otro cargador, que colocó en el fusil. Con un rápido tirón del dedo índice sobre la guía metió el primer cartucho en la cámara y verificó que estaba puesto el seguro. Sólo entonces deslizó el arma truncada por el interior de su ancha manga, de manera que el rugoso extremo del cañón quedara apoyado contra la mano.
Estaba acortado y su precisión había mermado, pero seguía siendo un arma y muy mortífera en distancias cortas.
Sólo cuando hubo tomado esas precauciones, consultó la tarjeta y marcó su siguiente destino. Las únicas palabras que acompañaban a las coordenadas fueron «cambio a». Entró en la estación.
Ruido, sonidos y olores fuertes. El océano estaba cerca, algún océano; podía oír cómo rompían las olas y sentir una poderosa humedad salina en la nariz. Estaba en un centro público de comunicaciones, rodeado de estaciones teletransportadoras, y había alguien saliendo de la que él acababa de usar, pisándole los talones. Oyó palabras masculladas en un idioma extraño cuando el hombre se marchó corriendo. La multitud se apelotonaba y el sol rojizo, bien arriba, era potente. Jagen resistió la tentación de usar uno de los teletransportadores cercanos y atravesó la plaza rápidamente. Se detuvo y esperó a la primera persona que pasara por su lado para ir tras ella. Así seguiría un rumbo al azar, no influido por sus propios deseos. Una muchacha pasó cerca de él y la siguió. Llevaba una falda corta y era ostensiblemente patizamba, de manera que siguió sus sinuosidades por una calle lateral. Sólo después de haber pasado por el lado de una cabina teletransportadora, eligió su propio camino. Sus huellas ya estaban suficientemente embrolladas; el siguiente transmaterializador serviría.
Había allí el familiar logotipo con estrellas verdes, por encima se levantaba un imponente edificio y su corazón latió más de prisa ante la visión de la jefatura de policía del Gran Déspota. Entonces sonrió ligeramente; ¿por qué no? El edificio era público y tenía multitud de servicios. No había nada que temer.
Sin embargo, lo que sí que había era miedo, y dominarlo era una parte importante del juego. Subió la escalera y pasó al lado de los guardias ocultos. Había una gran rotonda con una mesa en el medio y varios puestos y servicios contra la pared. Y, allí, una hilera de estaciones teletransportadoras. Caminando con ritmo regular, se dirigió a una de las estaciones que había en el centro y marcó el código siguiente de su lista.
La atmósfera era enrarecida y fría, casi imposible de respirar, y se le humedecieron los ojos con el frío repentino. Se disponía a volverse rápidamente hacia la estación para introducir el siguiente número cuando vio a un hombre que se dirigía corriendo hacia él.
—¡No se vaya! —le gritó el individuo en idioma intergaláctico.
Tenía una máscara respiratoria prendida en la nariz y sostenía en la mano otra que le ofrecía a Jagen, que se la puso sin perder un instante. El aire caldeado y más puro detuvo su huida, como también lo hizo la presencia del hombre, que, obviamente, lo había estado esperando. Jagen advirtió entonces que se encontraba sobre el puente de una nave espacial abandonada de épocas antiguas. Los mandos habían sido arrancados y las pantallas estaban en blanco. La humedad se condensaba en las paredes metálicas y formaba charcos sobre el suelo. El hombre percibió su curiosidad.
—Esta nave está en órbita. Lleva siglos así. Instalaron a bordo una planta atmosférica y gravitatoria mientras este teletransportador se hallaba operativo. Cuando nos marchemos de aquí, una explosión atómica lo destruirá todo. Si le siguen la pista hasta este lugar, aquí se acaban sus huellas.
—Entonces, el resto de mis órdenes...
—No serán necesarias. No era seguro que esta nave estuviera preparada a tiempo, pero lo está.
Jagen tiró al suelo la tarjeta (una prueba) junto con el auricular. Desaparecería con todo lo demás. El individuo tecleó un número con rapidez.
—Si tiene la bondad de proceder... —dijo—, yo le seguiré. Jagen asintió, tiró su máscara respiratoria a un lado y entró en la estación teletransportadora.
Se encontraban en una habitación de hotel bastante corriente, del tipo que puede encontrarse en diez mil planetas. Dos hombres, completamente vestidos de negro y sentados en dos butacas, miraban a Jagen a través de sus gafas oscuras. El que le había conducido hasta allí asintió silenciosamente, presionó una nueva combinación en el teletransportador y se marchó.
—¿Ya está hecho? —preguntó uno de los hombres. Además de la ropa negra y ancha, llevaban guantes y capuchas negras y distorsionadores de voz delante de la boca. El sonido surgía plano, monótono e imposible de identificar.
—El pago —dijo Jagen, arrimando la espalda a la pared.
—Ahora te pagaremos, hombre; no seas idiota. Simplemente cuéntanos cómo salió todo. Hemos invertido mucho en esto. —La voz del segundo hombre parecía serena dado el efecto mecánico, pero él se agarraba y soltaba los dedos continuamente mientras hablaba.
—El pago. —Jagen intentó mantener el tono tan impasible como el de las voces transformadas electrónicamente.
—Ahí, Cazador. Ahora cuéntanos —dijo el primero, cogiendo una caja de la mesa lateral y tirándola al otro extremo de la habitación. Quedó abierta de golpe a los pies de Jagen.
—Los seis tiros fueron disparados al blanco indicado —dijo bajando la mirada hacia los billetes dorados que caían sobre el suelo. Era la cantidad que le habían prometido—. Le metí cuatro tiros en la cabeza y uno en el corazón. Otro fue para el tipo que se puso en medio, pero que también podría haberle dado a él. Fue como dijeron. La pantalla protectora resultó inútil ante los proyectiles de goma propulsados mecánicamente.
—La paragrántica es nuestra —terció el segundo individuo impávidamente, aunque no por otra cosa que por el filtro de la máquina, pues su excitación era patente por la manera en que golpeaba la silla con el brazo y el suelo con los pies.
Jagen se inclinó para recoger los billetes, aparentemente sin mirar a otro sitio que al suelo.
El primer hombre de negro levantó una pistola de energía que tenía oculta en sus ropas y disparó sobre Jagen.
Jagen, que como cazador siempre tenía presente que también podía convertirse en presa, rodó de lado y agarró el cañón de su arma recortada. La otra mano palpó el gatillo a través de la manga y lo apretó. Fue un disparo a quemarropa, imposible de errar para alguien con su experiencia.
La bala alcanzó al primer tipo en el estómago y lo abatió. Dijo «¡yahhhhh...!» de forma aburrida y sosa. La pistola cayó de sus dedos al suelo, obviamente estaba muerto.
—Balas de aleación blanda —dijo Jagen—. Me guardé un cargador. Son mucho mejores, de lejos, que esos trastos de goma que me suministraron. Entran pequeñas y luego se abren como champiñones. También conservé el fusil o, al menos, lo suficiente para disparar. Tenían razón; debería destruirlo para eliminar las pruebas, pero no hasta después del encuentro. Y no aparece en las pantallas de detección energética. Por eso pensaron que iba desarmado. Su amigo descubrió la verdad de una cruda manera. ¿Y usted? —Hablaba con rapidez mientras trataba de recuperar el arma que el retroceso le había hecho soltar, enredándosele en los pliegues de la manga. Por fin se hizo con ella de nuevo.
—No me mate —dijo el otro hombre. Su voz era plana, aunque se encogió retrocediendo y agitó las manos delante del rostro—. Fue idea suya. Yo no tengo nada que ver. Él temía que pudieran seguirnos la pista si usted era capturado. —Miró la figura arrugada de su compañero y se apartó con rapidez al darse cuenta de la cantidad de sangre que manaba de él—. No tengo arma. Yo no quiero hacerle daño. No me mate. Le daré más dinero. —Suplicaba por su vida pero sus palabras surgían tan insulsas como la lista de la compra.
Jagen levantó el arma y el tipo se retorció y se arrastró.
—¿Tiene el dinero con usted?
—Algo. No mucho. Unos miles. Le conseguiré más.
—Me temo que no puedo esperar. Saque lo que tenga, despacito, y échelo aquí.
Era una suma considerable. Debía de ser muy rico para llevar aquella cantidad encima. Jagen apuntó el arma para matarlo, pero en el último instante cambió de idea. No conseguiría nada. Y, en ese momento, estaba bastante cansado de matar. En lugar de eso, avanzó hacia el tipo y le arrancó la máscara. Resultó decepcionante. Era gordo, viejo, con su buena papada, y estaba llorando tanto que no podía verle los ojos. Jagen lo arrojó al suelo del asco que sintió y le dio una fuerte patada en la cara. Luego se marchó. Se mantuvo entre el llorón y las teclas con recelo para que no existiera la más mínima posibilidad de que distinguiera el número marcado. Jagen se introdujo en la estación.
La máquina apareció en la pantalla de la oficina del agente de policía de máxima graduación, a muchos años luz de distancia y casi en el mismo instante, en el planeta donde el asesinato había tenido lugar.
—¿Es usted Seguidor? —preguntó el oficial.
—Así es —dijo la máquina.
Era una máquina con un buen aspecto y tenía la forma de un ser humano. Pero de un hombre grande, de unos buenos dos metros. Podría haber tenido cualquier forma, pero ésta era práctica para viajar entre hombres. La tosca forma de humanoide era la única concesión que se hacía. Aparte de tener un torso, cuatro extremidades y una cabeza, era estrictamente funcional. Sus líneas eran suaves y fluidas y su estructura metálica estaba recubierta con una de las nuevas y muy resistentes aleaciones tintadas en dorado. El ovoide que era su cabeza carecía completamente de rasgos, con la excepción de una rendija en forma de T al frente. Supuestamente, tras la estrecha abertura, se escondían aparatos de visión y escucha, así como un mecanismo de habla que imitaba la voz humana con el máximo detalle fónico.
—¿Debo entender, Seguidor, que es usted el único que queda de su clase? —El oficial de policía había envejecido; tenía arrugas y el pelo gris debido al ejercicio de su profesión, pero no había perdido la curiosidad.
—Su nivel de seguridad me permite informarle de que hay otros Seguidores que están movilizados, pero no puedo revelar el número exacto.
—Muy prudente. ¿Qué es lo que espera hacer?
—Debo seguir. Dispongo de aparatos de detección mucho más sensibles que cualesquiera otros que hayan sido usados antes en campaña. Ésa es la razón de que mi masa física sea tan grande. Tengo el núcleo de memoria de la mayor biblioteca y medios para incrementarla constantemente. Perseguiré al asesino.
—Puede resultar difícil. Él, o ella, destruyeron el teletransportador después del asesinato.
—Dispongo de medios para determinar su sintonización a partir de los restos del siniestro.
—El rastro habrá sido ocultado de muchas formas.
—Ninguna de ellas servirá de nada. Soy Seguidor.
—Entonces le deseo buena suerte..., si es que se le puede desear suerte a una máquina. Ha sido un sucio asunto.
—Gracias por su cortesía. No tengo emociones humanas, aunque soy capaz de comprenderlas. Sus sentimientos quedan entendidos y en su historial está siendo registrada una señal de crédito, aunque la intención del comentario no fuera ésa. Me gustaría consultar toda la documentación del asesinato y luego acudiré al lugar desde el que el asesino escapó.
Veinte años de vida fácil no habían cambiado mucho a Jagen: los surcos alrededor de los ojos y el toque grisáceo en las sienes mejoraban sus marcados rasgos en lugar de perjudicarlos. Ya no tenía necesidad de ganarse la vida como cazador profesional, de modo que podía cazar por propio placer, lo que hacía con mucha frecuencia. Durante muchos años siempre estuvo constantemente de un lado para otro, tapando su rastro, cambiando de nombre y de identidad una docena de veces. Entonces dio con aquel planeta subdesarrollado, totalmente por casualidad, y decidió quedarse. Las junglas eran primitivas y la caza, tremenda. Disfrutaba todo el tiempo. El dinero que le habían pagado, invertido sabiamente, le suministró unos amplios ingresos que cubrían todas sus necesidades y le permitían uno o dos vicios a los que todavía era adicto.
Ahora estaba contemplando uno de ellos. Había permanecido en la jungla durante más de una semana y la cacería había sido buena. En aquel momento, lavado, fresco y descansado se recreaba en la idea de algo diferente. Había una sala de placer que conocía, cara por supuesto, pero donde podía encontrar exactamente todo lo que necesitaba. Con una bata dorada, los pies levantados y una copa en la mano, se recostó y contempló la puesta de sol tras la jungla a través de la pared transparente de su apartamento. Nunca tuvo mucha sensibilidad artística, pero sólo un ciego sería capaz de pasar por alto aquella explosión de verdes por debajo y morados y violetas por encima. El universo era un lugar muy hermoso. Entonces, la campana de alineamiento sonó muy discretamente indicando que otro teletransportador había sido sintonizado con el suyo. Se balanceó sobre su asiento para ver cómo Seguidor entraba en la habitación.
—He venido a por ti, asesino —dijo la máquina.
La copa se cayó de los dedos de Jagen y dejó un húmedo reguero por el suelo con incrustaciones de madera. Siempre iba armado, pero la prudencia le sugirió que la pistola de energía que guardaba en el bolsillo de su bata tendría un efecto escaso sobre aquella máquina tan reciamente construida.
—No tengo ni idea de qué me estás hablando —dijo levantándose—. Voy a llamar a la policía.
Jagen avanzó hacia el comunicador y entonces se metió en la habitación que había a continuación. Seguidor empezó a correr tras él, pero se detuvo cuando Jagen salió un instante después. Llevaba un rifle de gran calibre sin retroceso con proyectiles explosivos que solía usar para detener a los anfibios de varias toneladas de los pantanos. El arma contenía diez proyectiles casi del tamaño de un obús, y Jagen vació el cargador, a quemarropa, sobre la máquina.
La habitación quedó toda patas arriba, con las paredes, el suelo y el techo hechos pedazos por los fragmentos explosivos. Se había hecho una herida leve en el cuello y otra en la pierna. La máquina permaneció de pie, impasible al bombardeo y sin sufrir ningún arañazo en su aleación dorada.
—Siéntate —le ordenó Seguidor—. Tu corazón se está acelerando en exceso y puedes estar en peligro.
—¡Peligro! —exclamó Jagen. Se rio extrañamente y apretó los dientes con fuerza contra los labios. El arma cayó de sus dedos cuando avanzó torpemente en busca de una silla que había quedado sana. Se desplomó sobre ella—. ¿Vas a decirme que debo preocuparme por la salud de mi corazón teniéndote a ti delante... Ejecutor?
—Yo soy Seguidor. No soy un ejecutor.
—Me entregarás a ellos. Pero antes, dime, ¿cómo me has encontrado? ¿O es materia reservada?
—Los detalles sí lo son. Simplemente empleé las mejores técnicas de localización y los registros transmateriales para seguirte. Cuento con una memoria perfecta y muchos datos para analizar. Además, siendo una máquina no me afecta la ansiedad.
Aún pensaba en la posibilidad de escapar, ya que todavía estaba vivo. No podía causar daño a la máquina, pero quizá podía huir de ella una vez más. Tenía que conseguir que siguiera hablando.
—¿Qué vas a hacer conmigo?
—Deseo hacerte algunas preguntas.
Jagen sonrió para sus adentros aunque su expresión permaneció inalterada. Sabía perfectamente que el Gran Déspota tenía reservado algo más que preguntas para un asesino al que había seguido la pista durante veinte años.
—No faltaba más.
—¿Conoces la identidad del hombre al que disparaste?
—No voy a admitir que disparase a nadie.
—Lo admitiste cuando intentaste atacarme.
—De acuerdo. Te seguiré el juego. —«Mantén esa cosa hablando. Di lo primero que se te ocurra, admite lo que sea. Los torturadores te lo van a sonsacar de todas maneras», pensaba.
»Nunca supe quién era. En realidad, no estoy completamente seguro de qué mundo era. Era un lugar lluvioso. No puedo decirte mucho más.
—¿Quién te contrató?
—No dijeron ningún nombre. Una suma de dinero y un trabajo a cambio: eso fue todo.
—Puedo creer lo que dices. También puedo decirte que tu pulso y ritmo cardíacos están aproximándose a un nivel de normalidad, de modo que ahora puedo informarte de que te has herido levemente en el cuello.
Jagen sonrió y tocó el hilillo de sangre con el dedo.
—Te quedo reconocido por esta inesperada consideración. No ha sido nada.
—Preferiría ver la herida limpia y vendada. ¿Me das tu permiso para hacerlo?
—Y cualquier cosa que desees. Hay material médico en la otra habitación. —«¡Si esa cosa abandonara la habitación, podría llegar hasta el teletransportador!»
—Primero debo examinar la herida. —La figura de Seguidor se le acercó, imponente. No se había dado cuenta antes de lo enorme que era esa mole de máquina. Un dedo metálico tocó la piel de su nuca. En el preciso instante del contacto, se sintió completamente paralizado. El corazón le latía uniformemente, respiraba con facilidad y sus ojos miraban al frente. Sin embargo, era incapaz de moverse ni de hablar y sólo podía lanzar mudos alaridos interiores, en el silencio de su cerebro—. Te he engañado ya que me era necesario disponer de tu cuerpo en un estado relajado antes de la operación. Comprobarás que ésta es completamente indolora.
La máquina salió de su estático ángulo de visión y él oyó cómo abandonaba la habitación. ¿Operación?, ¿qué operación? ¿Qué venganza inefable había tramado el Gran Déspota? ¿Tan importante era el hombre que había matado? El horror y el terror desbordaban sus reflexiones, pero eso no afectaba a su cuerpo. Con ritmo regular, su respiración fluía hacia dentro y fuera de los pulmones, mientras que el corazón latía con un compás solemne. Su conciencia estaba prisionera en la porción más pequeña de su cerebro, impotente, histérica.
Por el ruido, supo que la máquina estaba tras él. Entonces fue sometido a un giro y empujado de un lado al otro. ¿Qué estaba haciendo? Algo oscuro se deslizó por una esquina de su campo de visión y golpeó el suelo. ¿Qué? ¿QUÉ?
Hubo más de eso y esta vez salpicó en el suelo delante de él: era espuma, oscura, veteada. Tardó largos segundos en descubrir el significado de lo que vio y se sintió traspasado por el terror.
Era un trozo de espuma depilatoria, moteada y llena de hebras disueltas de su cabello. La máquina la debía de haber pulverizado sobre su cabeza y ahora le estaba quitando todo el pelo. Pero ¿por qué? El pánico disminuyó ligeramente.
Seguidor se dio la vuelta y se puso delante de él. Entonces se inclinó y se limpió las manos metálicas en la bata de Jagen.
—Te he rasurado el cráneo. —«¡Lo sé, ya lo sé! Pero ¿por qué?»—. Ésta es una parte necesaria de la operación y no causa lesiones permanentes. Ni tampoco la operación.
Mientras estaba hablando, se estaba produciendo un cambio en el torso de Seguidor. La aleación dorada, tan inmune a los explosivos, se estaba abriendo hacia los lados. Jagen sólo podía observar, horrorizado, incapaz de apartar la mirada. Una concavidad plateada quedó al descubierto, rodeada de aparatos de naturaleza desconocida.
—No te causará dolor —le dijo Seguidor, inclinándose hacia adelante y agarrando la cabeza de Jagen con ambas manos. Con lenta precisión, la máquina empujó su cabeza hasta introducirla en la concavidad metálica. Entonces, gracias a Dios, le llegó la inconsciencia.
Jagen no sintió las delgadas y afiladas agujas que emergieron por unos agujeros en el cuenco de metal. Éstas le penetraron la piel, atravesaron el hueso del cráneo y se hundieron en su cerebro. Pero él era consciente de sus pensamientos, de manera clara y precisa. Recuerdos despertados y analizados, más tarde descartados. Su infancia, un olor, sonidos que había olvidado hacía tiempo, una habitación, hierba bajo sus pies, un hombre joven que se mira a sí mismo en un espejo.
Esa riada de recuerdos continuó durante largo rato, orientada y controlada por el mecanismo interior de Seguidor. Todo lo que la máquina necesitaba saber estaba allí y, poco a poco, lo destapó todo. Cuando acabó, las agujas se retrajeron en sus vainas y la cabeza de Jagen quedó liberada. Volvía a estar sentado en posición vertical en la silla, y la parálisis se desvaneció tan rápidamente como había empezado. Agarró la silla con una mano y se pasó la otra por la lisa superficie del cráneo.
—¿Qué me has hecho? ¿Qué operación ha sido ésta?
—He explorado tu memoria. Ahora conozco la identidad de los que te encargaron el asesinato.
La máquina dio media vuelta después de esas palabras y se encaminó en dirección al teletransportador. Ya había marcado un código cuando Jagen lo increpó abruptamente.
—¡Detente! ¿Adónde vas? ¿Qué vas a hacer conmigo?
Seguidor se dio la vuelta.
—¿Qué es lo que quieres que haga contigo? ¿Tienes sentimientos de culpa que necesitas suprimir?
—No juegues conmigo, máquina. Yo soy humano y tú eres sólo una cosa de metal. ¿Perteneces a la policía del Gran Déspota?
—Sí.
—¿Entonces me estás arrestando?
—No, te dejo aquí. La policía local puede arrestarte, aunque he sido informado de que no les interesa tu caso. No obstante, me he apropiado de todos tus fondos como pago parcial por los costes de seguirte el rastro. —La máquina se volvió una vez más para marcharse.
—¡Párate! —Jagen se puso en pie de un salto—. Me has cogido el dinero, me lo creo. Pero no puedes jugar conmigo. No has estado persiguiéndome durante veinte años sólo para darte media vuelta y largarte. Soy un asesino..., ¿recuerdas?
—Me doy perfecta cuenta. Ésa es la razón por la que te he seguido hasta aquí. También me di cuenta de la opinión que tienes de ti mismo. Está equivocada. Tú no eres único ni tienes un talento especial, ni siquiera eres interesante. Cualquier hombre es capaz de matar si se le presenta la motivación adecuada. Después de todo, sois animales. En época de guerra, unos buenos muchachos arrojan bombas sobre gente que no conocen pulsando interruptores y ese crimen no les altera lo más mínimo. Los hombres matan para proteger a sus familias y por ello se les elogia. Tú, un cazador profesional de animales, mataste a otro animal, que resultó ser un hombre, cuando se te ofreció el suficiente dinero. No hay nada noble, valeroso, ni siquiera interesante en ello. Ese hombre está muerto y matarte a ti no va a devolverle la vida. ¿Puedo marcharme ya?
—¡No! Si no me quieres, ¿por qué has dedicado todos estos años a buscarme? No habrá sido tan sólo por unos retales de información...
La máquina permaneció erguida, en toda su altura, resplandeciendo con una dignidad mecánica muy especial que quizá era reflejo de la de sus creadores.
—Exacto, información. Tú no eres nada. Y los hombres que te contrataron tampoco son nada. Pero por qué ellos lo hicieron y cómo fueron capaces de hacerlo lo es todo. Un hombre, diez hombres, incluso un millón no significan nada para el Gran Déspota, que cuenta los planetas bajo su reinado por cientos de miles. El Gran Déspota se ocupa de las sociedades. Ahora se llevará a cabo un examen de tu sociedad y, en especial, de la sociedad de los hombres que te contrataron. ¿Qué les llevó a creer que la violencia soluciona algo? ¿Cuáles fueron las circunstancias, en las que el asesinato era condonado, ignorado o aceptado, que modelaron sus vidas de forma que desarrollaron esa idea? Es la sociedad la que mata, no el individuo. Tú no eres nada —añadió Seguidor, ¿con un toque de malicia, quizá?, mientras se introducía en la estación teletransportadora y desaparecía.