-¡Pero si esa guerra se acabó años antes de que yo naciera! ¿Qué interés puede tener todavía un robot torpedo que fue disparado hace tanto tiempo?
Dalí el Joven era perseverante en extremo... y lo cierto es que también su suerte fue extremada al tener el comandante Lian Stane una reserva inmensa de paciencia, debido a su temperamento y a su experiencia.
—Ya han pasado cincuenta años desde que fue derrotada la Gran Esclavocracia... pero eso no significa que fuera eliminada —dijo el comandante Stane. Miró por la portilla de la nave, contemplando como un alma en pena el perfil de un imperio que, durante tanto tiempo, habían luchado por destruir—. La Esclavocracia se expandió sin freno durante más de un millar de años. Su derrota militar no acabó con ella, sólo hizo que sus mundos separados nos resultaran accesibles. Todavía nos encontramos en mitad de su reconstrucción, guiándolos para que superen y se aparten de sus economías esclavistas.
—Todo eso ya lo sé —le interrumpió Dalí el Joven con un suspiro de aburrimiento—. He estado trabajando en esos planetas desde que estoy en las filas del cuerpo. Pero ¿qué tiene que ver todo eso con el torpedo Mosaico al que estamos siguiendo la pista? Tuvieron que fabricarse y dispararse mil millones de ellos durante la guerra. ¿Cuál es el interés que tiene uno en particular, después de todo este tiempo?
—Si se hubiera leído los informes técnicos —dijo Stane, señalando la carpeta de un dedo de grosor que estaba sobre la mesa de planos—, lo sabría todo sobre el tema. —Esa recomendación era lo más parecido a un reproche que jamás hizo el comandante.
Dalí el Joven tuvo la cortesía de enrojecerse ligeramente y escuchar con más atención.
»El torpedo Mosaico es un arma de la guerra espacial. En realidad, se trata de una nave espacial, controlada por un robot. Una vez establecido su rumbo, busca su objetivo, se defiende si es necesario y luego se destruye a sí mismo y a la nave contra la que va dirigido desatando un ciclo incontrolable de colapso de las energías nucleares de enlace.
—Nunca me fijé en que estuvieran manejados por un robot —dijo Dalí—. Creía que los robots poseían una arraigada resistencia a matar personas.
—Es más preciso hablar de programación que de arraigo —dijo Stane diplomáticamente—. Los cerebros robóticos no son más que máquinas altamente desarrolladas sin ningún sentido moral inherente. Eso es algo que se les añade después. Ha pasado mucho tiempo desde que construíamos robots con forma humana provistos de cerebros humanoides. Ésta es la época de los especialistas, y los robots son capaces de especializarse mucho mejor de lo que podrían hacerlo los humanos. Los cerebros del torpedo Mosaico no tienen un sentido moral. En todo caso, son psicóticos llevados por un instinto asesino. Aunque, por supuesto, existen controles sobre su capacidad de matar. Todos los torpedos que han usado ambas partes contendientes poseían detectores de masa que los desactivaban si se aproximaban a un objeto de masa planetaria, ya que la reacción desencadenada por un torpedo podía destruir tan fácilmente todo un planeta como una nave. Podrá entender nuestro interés al saber que, en los últimos meses de la guerra, recuperamos un torpedo activado exclusivamente para la destrucción de un planeta. Todos los datos de su cerebro fueron archivados e interpretados recientemente. El torpedo estaba dirigido al cuarto planeta de la estrella a la que estamos aproximándonos.
—¿Hay algo sobre ese planeta en los archivos?
—Nada, es un sistema sin explorar... al menos en lo que atañe a nuestra documentación. Pero la Gran Esclavocracia sabía suficientes cosas de ese planeta para querer destruirlo. Hemos venido hasta aquí para descubrir las razones.
Dalí el Joven frunció el ceño, rumiando la idea.
—¿Es ésa la única razón? —preguntó finalmente—. Ya que les impedimos acabar con el planeta, eso debería haber supuesto el fin del asunto, me parece a mí.
—Esa reflexión muestra la razón por la que es usted el oficial de menor graduación de la nave —dijo con brusquedad el artillero Arnild cuando entró. Arnild se las había arreglado para hacerse viejo en un servicio con una expectativa corta de permanencia, perdiendo su paciencia en el proceso por todo lo que no fueran ordenadores y armas—. ¿Puedo sugerir algunas posibilidades que incluso a mí se me han ocurrido? En primer lugar... cualquier enemigo de la Esclavocracia podría ser un amigo nuestro. O, por el contrario, puede que ahí se esconda un enemigo que amenace a todo el género humano y quizá lo que deberíamos hacer es lanzarles un Mosaico para acabar el trabajo que iniciaron los esclavistas. Otra posibilidad es que los esclavistas tuvieran allí alguna cosa escondida, como un centro de investigaciones, por ejemplo, que prefirieran destruir antes de que nosotros lo descubriéramos. ¿Se atrevería a afirmar que ninguna de estas posibilidades hace que merezca la pena investigar?
—Entraremos en la atmósfera dentro de veinte horas —dijo Dalí cuando desapareció por la escotilla inferior—. He de comprobar que estén bien engrasados los engranajes de transmisión.
—Es demasiado blando con el chico —dijo el artillero Arnild, contemplando con recelo la estrella que se aproximaba, atenuado ya su resplandor por los filtros de proa.
—Y usted demasiado duro —le replicó Stane—. Así se compensan las cosas. Olvida que él nunca luchó contra los esclavistas.
La nave se lanzó a través de la extensión exacta de una órbita helicoidal, rozando los límites exteriores de la atmósfera del cuarto planeta. Luego se puso a salvo, en el espacio, mientras el cerebro robot de la nave compendiaba y hacía copias de los datos obtenidos por la cámara y los instrumentos de detección. Los duplicados se almacenaron en un torpedo mensajero y, sólo cuando éste hubo emprendido el regreso a la base, el comandante Stane se molestó personalmente en examinar los resultados de la inspección.
—Ahora somos prescindibles —dijo relajándose—, de modo que lo mejor que podemos hacer es descender y ver dónde podemos fisgar. —Arnild emitió un gruñido de asentimiento mientras, inconscientemente, sus dedos índice apretaban gatillos invisibles. Se inclinaron sobre los gráficos y fotografías esparcidos sobre la mesa. Dalí escudriñó entre sus hombros y hojeó las fotografías que iban descartando. Fue el primero en tomar la palabra.
—No hay gran cosa, en realidad. Agua abundante, un gran continente aislado... y poco más.
—No hay nada más detectable —añadió Stane mientras iba toqueteando y desechando los gráficos uno por uno. No hay radiación detectable, ni tampoco grandes masas de metal por encima o debajo de la superficie, ni energía almacenada. No hay razón para que estemos aquí.
—El caso es que estamos —bufó Arnild con tozudez—. Así que aterricemos y veámoslo todo con nuestros propios ojos. Éste es un buen sitio. —Golpeó una fotografía y la puso en la ampliadora. Podría ser un primitivo poblado de cabañas, con personas caminando por ahí, humo...
—Y ésos de ahí podrían ser rebaños pastando —lo interrumpió ansiosamente Dalí—. Y, esto, botes varados sobre la orilla. Descubriremos algo ahí.
—Estoy convencido. Abróchense los cinturones para el aterrizaje.
La nave descendió del cielo con suavidad y en silencio, describiendo un moderado arco que finalizó en los límites de un bosquecillo de altos árboles, sobre una colina que dominaba la ciudad. Los motores rechinaron hasta detenerse y la nave quedó en completo silencio.
—Informe positivo sobre la atmósfera —dijo Dalí confirmando los cuadrantes del analizador.
—Quédese detrás de los cañones, Arnild —le dijo el comandante Stane—. Cúbranos pero no dispare a menos que así se lo indique.
—O que esté muerto —continuó Arnild con una falta absoluta de emoción en sus palabras.
—O que yo esté muerto —remató Stane con el mismo tono de voz neutro—. En cuyo caso, será usted quien asuma el mando.
Dalí y él se abrocharon los equipos planetarios, pasaron por la esclusa y cerraron la compuerta tras ellos. El aire era suave y agradablemente cálido, impregnado del frescor de las plantas en estado natural.
—Lo cierto es que huele bien, acostumbrados a esa mezcla enlatada —dijo Dalí.
—Tiene una notable capacidad de señalar lo que es obvio. —La voz de Arnild tenía un sonido más áspero a través del sistema de telefonía por transmisión ósea. ¿Pueden ver lo que pasa en la aldea?
Dalí se sacó a tientas los prismáticos. El comandante Stane había estado usando los suyos desde que salieron de la nave.
—No se mueve nada. Envíe un Ojo allá abajo.
El Ojo se alejó de la nave con un zumbido y ellos pudieron seguir su elegante balanceo sobre el poblado por encima de la aldea. Había unas cien cabañas, simples construcciones hechas con un poste y una techumbre de paja. El Ojo las inspeccionó una a una.
—No hay nadie ahí —dijo Arnild cuando observó la pantalla del monitor—. Los animales que vimos en la fotografía aérea también se han marchado.
—La gente no puede haberse evaporado —dijo Dalí—. El terreno es llano en todas las direcciones, sin ningún tipo de refugio. Y puedo ver el humo de las hogueras.
—El humo está allí y las personas no —declaró Arnild irritado—. Vaya y mire por sí mismo.
El Ojo se elevó de la aldea y voló de regreso a la nave. Revoloteó por encima de los árboles y se detuvo repentinamente en pleno vuelo.
—¡Alto! —La voz de Arnild sonó en sus oídos como un trallazo—. Las cabañas están vacías, pero hay alguien en el árbol que está cerca de ustedes. ¡A unos diez metros sobre sus cabezas!
Los dos dominaron el instinto natural de mirar hacia arriba. Se apartaron un poco para quedar a salvo de cualquier cosa lanzada desde lo alto.
—Ahí ya están a salvo —dijo Arnild—. Voy a desplazar el Ojo para obtener un ángulo mejor.
Pudieron escuchar el tenue zumbido de los motores del artilugio mientras cambiaba de posición.
—Es una muchacha. Está cubierta con pieles. No distingo ninguna arma, pero lleva una especie de bolsa colgando de la cintura. Se está aferrando al árbol con los ojos cerrados. Parece que tenga miedo de caerse.
Los hombres, abajo en el suelo, pudieron entreverla ahora; era una forma acurrucada contra el rotundo tronco.
—No acerque más el Ojo —dijo el comandante Stane—, pero conecte el altavoz y deme paso en el circuito.
—Ya puede escucharlo.
—Somos amigos... Baja... no vamos a hacerte daño. —Las palabras retumbaron desde el altavoz flotante sobre sus cabezas.
—Lo ha oído, pero es posible que no entienda el esperanto —dijo Arnild—. Lo único que ha hecho ha sido apretarse al árbol con más fuerza mientras usted hablaba.
El comandante, que había alcanzado un buen dominio de la lengua esclavista durante la guerra, tanteó en su memoria buscando las palabras y haciendo una rápida traducción. Repitió la frase, pero esta vez en el idioma de sus viejos enemigos derrotados.
—Ha tenido algún efecto, comandante —le informó Arnild—. Se ha sobresaltado tanto que ha estado a punto de caerse. Luego ha subido precipitadamente un par de ramas más arriba y se ha agarrado de nuevo.
—Déjeme bajarla, señor —solicitó Dalí—. Cogeré una cuerda y subiré a por ella. Es la única manera. Como bajar a un gato de un árbol.
Stane le dio vueltas a la idea.
—Parece la mejor solución —dijo finalmente—. Coja la cuerda ligera de doscientos metros y los garfios de trepar, que encontrará en la nave. No se demore, va a oscurecer pronto.
Los garfios quedaron clavados en la madera y Dalí escaló hasta las ramas inferiores poniendo todo el cuidado. La muchacha se agitó por encima de él y Dalí acertó a ver fugazmente parte de su rostro blanco cuando ella miró hacia abajo. Dalí volvió a trepar hasta que la voz de Arnild lo frenó bruscamente.
—¡Alto! Está subiendo más arriba. No está dispuesta a dejar que se acerque.
—¿Qué hago, comandante? —le preguntó Dalí, colocándose sobre la horqueta de una de las ramas grandes. Se sentía estimulado por la escalada, y el sudor le cosquilleaba en la piel. Se desabrochó el cuello y aspiró profundamente.
—Siga. Ella no puede subir más allá de la copa del árbol.
Ahora el ascenso resultaba más fácil, con las ramas más pequeñas y apiñadas. Subía despacio para que la muchacha no se asustara y diera un paso en falso. El suelo no se veía, quedaba muy lejos. Los dos estaban solos en su propio mundo de hojas y ramas que se mecían. El Ojo electrónico en suspensión era la única reminiscencia de los observadores de la nave. Dalí se detuvo para hacer un lazo en el extremo de la cuerda; lo hizo escrupulosamente con el fin de que el nudo resistiera. Por primera vez desde que habían partido para esa misión sintió que era el protagonista. Los dos veteranos de guerra no eran malos compañeros de viaje, pero conseguían aplastarlo con todos sus años de experiencia. Sin embargo, esto era algo que podía hacer mejor que ellos, y la idea le hizo silbar entre dientes dulcemente.
La muchacha habría podido seguir subiendo, pues las ramas hubieran aguantado su peso. Pero, por alguna razón, fue apartándose del tronco por una rama. Otra que había cerca de ella hizo de perfecto asidero y pasó a ella lentamente.
—No hay razón para tener miedo —dijo alegremente y con una sonrisa—. Tan sólo quiero devolverte sana y salva a tus amigos. ¿Qué tal si te agarras a esta cuerda?
La muchacha se estremeció y se echó hacia atrás. Era joven y de bonita estampa; vestía tan sólo una falda corta de piel. Su cabello era largo pero había sido peinado y recogido en su nuca con una correa. Lo único extraño en ella era su miedo. Cuando se acercó más, pudo comprobar que estaba realmente aterrorizada. Sus manos y sus piernas estaban temblando con una vibración constante. Tenía los dientes hincados en sus pálidos labios y un delgado hilillo de sangre le corría por la barbilla. Él no había pensado nunca que los ojos humanos pudieran desorbitarse hasta tal punto ni estar inyectados con tanta desesperación.
—No tienes por qué tener miedo —le repitió, deteniéndose fuera de su alcance. La rama era delgada y elástica. Si trataba de agarrarla, era posible que los dos salieran disparados. No quería que ocurriera ningún accidente. Poco a poco fue desenrollando más cuerda y se la ató a la cintura, luego pasó una lazada por la rama más cercana. Por el rabillo del ojo, vio cómo la muchacha se agitaba y miraba frenéticamente a su alrededor.
—¡Amigos! —dijo tratando de apaciguarla. Lo trasladó al esclavista, idioma que antes pareció que había entendido—. Noi’r venn!
Su boca se abrió completamente y sus piernas se contrajeron. El alarido fue terrible, más propio de un animal torturado que de una garganta humana. Lo dejó confundido e hizo un intento desesperado por engancharla. Fue demasiado tarde.
Ella no se cayó. Se arrojó con todas sus fuerzas desde la rama saltando hacia la muerte segura, que prefirió al encuentro. Por un instante pareció quedar suspendida, contorsionada y enloquecida de terror, en lo alto del salto, antes de que la gravedad se hiciera con ella y la lanzara, estrellándola contra el suelo a través de las hojas. Y entonces Dalí también se cayó tratando de agarrarse a inexistentes asideros.
La cuerda de seguridad que había dispuesto aguantó el tirón. Medio aturdido, regresó al tronco y a tientas soltó los nudos. Con temblorosa precisión descendió hasta el suelo. Le llevó un largo tiempo y, antes de que llegara, una manta cubría ya la deformada figura sobre la hierba. No tuvo que preguntar si estaba muerta.
—Traté de pararla. Lo hice lo mejor que supe. —Su voz tenía un tono levemente agudo.
—Por supuesto —le dijo el comandante Stane, mientras esparcía el contenido de la bolsa que llevaba a la cintura la muchacha—. Estábamos observándolos con el Ojo. No hubo forma de detenerla cuando decidió dar el salto.
—Ni tampoco había necesidad de hablarle en esclavista —dijo Arnild mientras salía de la nave. Iba a añadir algo, pero su mirada se cruzó con la del comandante Stane y cerró la boca. Dalí también lo vio.
—¡Lo olvidé! —dijo el joven mirando a las dos caras inexpresivas—. Simplemente recordé que había entendido el esclavista. No creí que la aterrorizara. Quizá fue un error, ¡pero todo el mundo puede cometer errores! No quería que muriese...
Cerró su trémula mandíbula con esfuerzo, dio media vuelta y se marchó.
—Mejor será que prepare algo de comida —le dijo el comandante Stane. En el instante en que se cerró la compuerta, señaló el cuerpo de la muchacha—. Entiérrela bajo los árboles. Yo le ayudaré.
Fue una comida frugal, ya que ninguno de ellos tenía mucho apetito. Stane se sentó luego frente a la mesa de planos, moviendo por ella una fruta verde y dura con el dedo índice.
—Esto es lo que estaba haciendo en el árbol, por lo que no pudo desaparecer como los demás: recoger fruta. No llevaba nada más en la bolsa. Aterrizar cerca del árbol y atraparla fue pura casualidad. —Miró hacia Dalí y luego apartó la mirada rápidamente.
—Ya está demasiado oscuro para ver, ¿esperamos a mañana? —preguntó Arnild. Tenía una pistola desmontada sobre la mesa y estaba engrasando y poniendo a punto las piezas.
El comandante Stane asintió.
—No nos vendrá mal... y es mejor que ir por ahí, dando tumbos en la oscuridad. Dejen un Ojo con un dispositivo de infrarrojos sobre él y que haga una grabación. Quizá podamos descubrir dónde se han ido todos.
—Me quedaré vigilando los mandos del Ojo —dijo súbitamente Dalí—. No tengo... sueño. Es posible que descubra alguna cosa.
El comandante dudó un momento y luego asintió.
—Despiérteme si ve alguna cosa. En caso contrario, hágalo al amanecer.
La noche era silenciosa y no se veía moverse nada en el poblado de cabañas. Con las primeras luces, el comandante Stane y Dalí descendieron por la colina con un Ojo flotando por encima de ellos para cubrirlos. Arnild se quedó atrás, en la nave cerrada, a cargo de los controles.
—Por aquí, señor —dijo Dalí—. Descubrí algo por la noche, mientras estaba haciendo barridos con el Ojo.
Los bordes de la fosa habían sido redondeados y desgastados por el tiempo y había árboles altos que crecían por las pendientes. Al fondo, sobresaliendo de un charco de agua, había restos oxidados de maquinaria.
—Creo que se trata de máquinas excavadoras —dijo Dalí—. Aunque por el tiempo que deben de llevar allí, no es fácil asegurarlo.
El Ojo descendió hasta el fondo de la fosa y estuvo husmeando entre los restos. Se sumergió en el agua y salió goteando al cabo de un minuto.
—En efecto, son máquinas de excavar —informó Arnild desde la nave—. Algunas están boca abajo y medio enterradas, como si hubieran caído en la fosa. Y todas son de fabricación esclavista.
El comandante Stane miró atentamente.
—¿Está seguro?
—Sí, tan seguro como que puedo leer correctamente una placa identificativa.
—Acerquémonos a la aldea —sugirió el comandante mordisqueándose pensativamente la parte interna de la mejilla.
Dalí el Joven descubrió dónde se habían marchado los nativos. En realidad, no era un secreto. Lo averiguaron en la primera cabaña adonde entraron. El suelo era de tierra batida, con un círculo de piedras en forma de hogar. El resto de las cosas que había era de lo más primitivo y burdo: pesados cacharros de barro sin cocer, pieles sin curtir, algunos utensilios de comer toscamente labrados en dura madera. Dalí estaba fisgoneando entre un montón de esteras tejidas que había detrás del hogar, cuando encontró el agujero.
—¡Por aquí, señor! —gritó.
La abertura tenía casi un metro de diámetro y se hundía en la superficie en un ángulo de fácil acceso. El suelo del túnel era de tierra batida, como el de la cabaña.
—Deben de estar escondidos allí dentro —dijo el comandante Stane.
—Encienda una linterna y compruebe su profundidad.
No había manera de saberlo. En realidad, el agujero era un túnel de paredes lisas que giraba en un ángulo cerrado a cinco metros de la entrada. El Ojo descendió y se quedó suspendido y zumbando por encima de la abertura.
—He echado un vistazo a otras cabañas —dijo Arnild desde la nave—. El Ojo ha encontrado un agujero como éste en cada una. ¿Quiere que eche un vistazo dentro?
—Sí, pero hágalo despacio —le dijo el comandante Stane—. Si hay gente escondida ahí abajo, no queremos asustarlos más. Baje y retroceda si encuentra alguna cosa.
El zumbido desapareció cuando el Ojo penetró en el túnel y se perdió de vista.
—Se junta con otro túnel —dijo Arnild—. Y ahora hay otro empalme. Me estoy desorientando, no sé si voy a saber hacerlo volver por el mismo camino.
—Podemos prescindir del Ojo —dijo el comandante—. Prosiga.
—Las paredes deben de ser de roca sólida... la señal se está debilitando y me cuesta mantener el control. Una especie de gruta más grande... ¡Un momento! ¡Hay alguien allí! He visto a un hombre desapareciendo por uno de los túneles laterales.
—¡Sígalo! —dijo Stane.
—No es fácil —dijo Arnild después de un momento de silencio—. Parece que no tiene salida. Hay una roca de alguna clase bloqueando el túnel. Debe haberla hecho rodar para obstruir el acceso después de haber entrado él. Voy a retroceder. ¡Mierda!
—¿Qué pasa?
—Hay otra roca detrás del Ojo... Lo han aprisionado en este segmento de túnel. Ahora tengo la pantalla en blanco y todo lo que recibo es una señal de inactividad. —Arnild parecía exasperado y furioso.
—Muy hábiles —dijo el comandante Stane—. Lo atrajeron hasta allí y lo atraparon y, posiblemente, incluso hayan derrumbado el techo del túnel. Esa gente desconfía enormemente de los extraños y parecen tener una cierta eficiencia para desembarazarse de ellos.
—Pero ¿por qué? —preguntó Dalí. Miró alrededor de la tosca construcción de la cabaña—. ¿Qué es lo que podía tener esta gente que los esclavistas quisieran a toda costa? Esas máquinas que encontramos... Es obvio que los esclavistas invirtieron mucho tiempo y esfuerzo intentando excavar allí abajo. Pero ¿encontraron lo que estaban buscando? ¿Trataron de destruir este planeta porque lo habían encontrado?, ¿o porque no lo habían encontrado?
—Me gustaría saberlo —dijo el comandante Stane con tristeza—. Facilitaría bastante mi trabajo. Vamos a enviar un informe completo al cuartel general. Quizá ellos nos den alguna idea.
De regreso a la nave vieron tierra removida en el bosquecillo de árboles. Había un agujero vacío en donde habían enterrado a la muchacha. La tierra había sido removida y arrojada en todas direcciones. Había cortes en los troncos de los árboles, hechos con cuchillas afiladas... o enormes garras. Algo o alguien había venido a rescatar a la muchacha, había desenterrado el cuerpo y dado rienda suelta a su violenta cólera sobre la tierra y los árboles. Un sendero aplastado conducía a una abertura entre las raíces de uno de los árboles. Se inclinaba por un lado y se extendía hacia abajo. Su boca oscura era tan enigmática y misteriosa como los otros túneles.
Antes de retirarse esa noche, el comandante Stane comprobó dos veces que las compuertas estuviesen cerradas y activados todos los circuitos de alarma. Se fue a la cama, pero no durmió. La respuesta al problema parecía ser obvia y estar justo fuera de su alcance. Pero no acababa de dar con ella. Parecían existir suficientes elementos para poder extraer una conclusión. Pero ¿cuál? Se hundió en un sueño intermitente sin hallar la respuesta.
Cuando se despertó, su camarote aún estaba a oscuras y tuvo la sensación de que algo terrible estaba ocurriendo. ¿Qué había sido lo que lo despertó? Hurgó a tientas en sus recuerdos adormilados. Un suspiro, una corriente de aire. Podía haber sido la cámara estanca. Reprimiendo el súbito miedo, encendió las luces de golpe y cogió la pistola de su estante de noche. Arnild apareció bostezando y parpadeando detrás del hueco de la puerta.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Llama a Dalí. Creo que alguien ha entrado en la nave.
—Diga mejor que alguien ha salido —precisó despectivamente Arnild—. Dalí no está en su litera.
—¡Qué!
Corrió hacia la sala de mandos. El circuito de alarma había sido desconectado. Había un trozo de papel en la consola de control. El comandante lo cogió y leyó la única palabra que había escrita. Se quedó boquiabierto cuando la comprensión le llegó en forma de mazazo, luego estrujó el papel en el puño convulso.
—¡El muy idiota! —gritó—. ¡Maldito crío estúpido! Saca un Ojo. No, ¡que sean dos! Me pondré a los mandos auxiliares.
—Pero ¿qué es lo que ha pasado? —preguntó, confundido, Arnild—. ¿Qué ha hecho el jovencito?
—Se ha ido allá abajo, a los túneles. ¡Tenemos que detenerlo!
No se veía a Dalí por ninguna parte, pero el borde del túnel bajo los árboles estaba recién hollado.
—Meteré un Ojo por allí abajo —dijo el comandante Stane—.
Usted introdúzcase con otro por la entrada más cercana. Emplee el altavoz, dígales en lengua esclavista que somos amigos.
—Pero... ya vio la reacción de la muchacha cuando... —Arnild estaba desconcertado, perplejo.
—Ya sé lo que ocurrió —lo cortó Stane—, pero ¿qué otra alternativa tenemos? Y, ahora, manos a la obra.
Arnild se disponía a hacer otra pregunta, pero cambió de idea al observar lo abstraído que estaba el comandante frente a los controles. Lanzó su propio Ojo como un cohete hacia la aldea.
Si la gente que estaba escondida en aquel laberinto de galerías oyó el mensaje, no lo creyeron. Uno de los Ojos quedó atrapado en un túnel sin salida cuando la abertura por la que acababa de entrar quedó bloqueada con tierra. El comandante Stane intentó que el artilugio se abriera paso a través de ésta, pero estaba lo suficientemente compacta y resistió. Pudo oír golpes y otros ruidos a medida que se iba apilando más tierra.
El Ojo de Arnild halló una gran cámara subterránea, llena de ovejas apretujadas y asustadas. Allí no había ningún nativo. De regreso a la superficie, el Ojo se quedó atrapado bajo un desprendimiento de rocas.
Al final, el comandante Stane admitió su derrota.
—Ahora depende de ellos. No podemos hacer nada ni en un sentido ni en otro.
—Algo se está moviendo en la arboleda, comandante —dijo Arnild de repente—. Lo ha captado el detector, pero ya se ha esfumado.
Vacilantes, se dirigieron a la zona, apuntando con las armas bajo el cielo rojizo del amanecer. Fueron hacia allá, casi con la certeza de lo que iban a encontrarse, aunque sin atreverse a confesárselo en voz alta, mientras aún existiera alguna esperanza.
Por supuesto, no había ninguna esperanza. El cuerpo de Dal el Joven yacía cerca de la embocadura del túnel, donde lo habían arrojado. El rojizo amanecer emitía destellos en la sangre roja Había tenido una muerte horrible.
—¡Son unos demonios! ¡Animales! —gritó Arnild—. Hacerle esto a un hombre que sólo quería ayudarlos. Le han roto los brazos y las piernas y le han arrancado casi toda la piel. Su rostro...no queda nada...—El viejo artillero se atragantó con un ruido a medio camino entre el hipo y el sollozo—. ¡Deberíamos bombardearlos, hacerlos saltar por los aires! Terminar lo que empezaron los esclavistas... —Sus ojos se toparon con la mirada ardiente de comandante, y se quedó callado.
—Ésa es probablemente la reacción que tuvieron los esclavistas —dijo Stane—. ¿No entiende qué es lo que ha ocurrido aquí?
Arnild negó con la cabeza.
—Dalí vislumbró la verdad. Su error fue pensar que estaba en su mano cambiar las cosas. Pero, al menos, supo cuál era el peligro. Vino porque se sentía culpable por la muerte de la muchacha. Por eso dejó la nota con la palabra «esclavo» en ella, por si no volvía.
—¿Qué quiere decir...?
—Es bastante sencillo en realidad —dijo cansado, apoyándose contra un árbol—. Lo que pasó fue que nosotros íbamos detrás de algo más complejo y técnico. Lo cierto es que nos enfrentábamos a un problema de naturaleza no física, sino social. Éste fue un planeta esclavo, fundado y organizado por los esclavistas para satisfacer sus necesidades particulares.
—¿Qué? —preguntó Arnild, todavía confuso.
—Esclavos. Estaban en permanente expansión y ya sabe que sus estrategias bélicas eran costosas en términos de vidas humanas. Necesitaban recursos permanentes de abastecimiento, así que tuvieron que producirlos. Este planeta fue una vía. De alguna manera estaba hecho a pedir de boca. Un único continente con escasas masas boscosas, con pocos lugares donde esconderse cuando llegaran las naves esclavistas. Debieron de crear asentamientos, proporcionaron a la gente recursos suficientes para alimentarse y ni la más mínima tecnología. Entonces se marcharon para que se reprodujeran. Regresarían cada pocos años y cogerían tantos esclavos como necesitaran y dejarían al resto para que repusieran las existencias. Pero no tuvieron en cuenta una cosa.
La perplejidad de Arnild ya estaba desapareciendo. Ahora lo estaba entendiendo.
—La capacidad de adaptación del ser humano.
—Por supuesto. La capacidad, con el suficiente tiempo, de adaptarse a casi todos los entornos extremos. Éste es un ejemplo perfecto. Una población aislada, sin historia, sin lengua escrita... tan sólo el deseo de supervivencia. Cada tantos años, unos seres atroces descienden del cielo para secuestrar a sus hijos. Intentan huir pero no existe ningún lugar adonde ir. Construyen botes, pero no existe ningún sitio al que puedan ir navegando. Nada funciona.
—Hasta que, un buen día, un muchacho brillante cava un hoyo, lo tapa y esconde a su familia en él. Y descubre que funciona.
—Es el principio —asintió el comandante Stane—. La idea se propaga, los túneles se hacen más profundos y más elaborados. Los esclavistas debieron de intentar sacarlos de allí y, entonces, los nativos empezaron a levantar defensas. Y esa situación se prolongó hasta que, finalmente, vencieron los esclavos.
»Este planeta bien pudo haber sido el primero en rebelarse con éxito contra la Gran Esclavocracia. No pudieron desenterrarlos. Los gases tóxicos sólo hubieran conseguido matarlos y, una vez muertos, ya no tenían ninguna utilidad. Las máquinas que enviaban en su busca quedaban atrapadas como nuestros Ojos. Y los hombres que fueron lo suficientemente estúpidos para bajar... —No pudo acabar la frase; el cadáver de Dalí resultaba mucho más expresivo de lo que podrían ser sus palabras.
—Pero ¿y el odio? —preguntó Arnild—. La manera en que la muchacha se mató antes que dejarse atrapar.
—Los túneles se convirtieron en una religión —explicó Stane—. Tenía que ser así, para que se mantuviesen en funcionamiento y fueran reparados durante los largos períodos que mediaban entre las visitas de los esclavistas. Había que enseñar a los niños que los demonios bajaban de los cielos y que la salvación se encontraba bajo la superficie. Al revés que las viejas religiones de la Tierra. El odio y el miedo fueron inculcados profundamente, de manera que todos, no importa lo jóvenes que fueran, supieran qué había que hacer si aparecía una nave. Debe haber entradas por todas partes. Segundos después de divisar una nave, la población entera puede desaparecer tragada por la tierra. Pensaron que éramos esclavistas, porque sólo los demonios pueden venir del cielo.
»Dall debió de haber intuido parte de todo esto. Sólo que pensó que podía razonar con ellos, explicarles que los esclavistas habían desaparecido y que ellos ya no tenían por qué esconderse más. Que las buenas personas también podían venir del cielo. Pero eso es una herejía y, con algo así, ya era suficiente para que lo mataran. Si es que se molestaron en escucharlo.
Transportaron con delicadeza el cuerpo de Dalí el Joven a la nave.
—No va a ser nada fácil convencer a esta gente de la verdad —dijo Arnild cuando se detuvieron un momento para descansar—. Aunque sigo sin entender todavía por qué los esclavistas quisieron volar el planeta entero.
—También para eso estábamos buscando una explicación más compleja —dijo el comandante Stane—. ¿Por qué un ejército victorioso vuela edificios y destruye monumentos cuando se ve obligado a retirarse? Tan sólo por frustración y rabia, viejas emociones humanas. Si no va a ser mío, tampoco será tuyo. Este planeta debió de irritar a los esclavistas durante años. Una rebelión triunfante que no pudieron sofocar. Continuarían tratando de capturar a los rebeldes, ya que fueron incapaces de admitir su derrota a manos de unos esclavos. Cuando advirtieron que su causa estaba perdida, la destrucción del planeta fue una válvula de escape para sus frustraciones. Advertí esa misma reacción en usted al ver el cadáver de Dalí. Es algo humano.
Ambos eran viejos soldados, de modo que no permitieron que sus emociones afloraran demasiado cuando depositaron el cuerpo de Dalí en una cámara especial y prepararon la nave para el despegue.
Pero también eran personas viejas, y mucho más desde su llegada a ese planeta. Ambos se movían ahora con la rigidez de los ancianos.