País Relato - Autores

harry harrison

operación rescate

—¡Tiren!, ¡no dejen de tirar!… —gritó Dragomir, aferrado a las sogas alquitranadas de la red. Junto a él, en la calurosa oscuridad, Pribislav Polasek gruñó mientras tiraba de las cuerdas húmedas. La red era invisible en el agua negra, pero la luz azul atrapada en la red se elevaba, acercándose cada vez más a la superficie.
—Resbala… —Gruñó Pribislav, y se aferró al borde del botecito. Por un instante vio la luz azul en el casco, la protección para la cara y el cuerpo con traje de hombre rana que se esfumaba en la oscuridad… luego se liberó de la red. Sólo llegó a ver una sombra oscura antes de que desapareciera.
—¿Lo viste? —preguntó—. Justo antes de caer saludó con la mano.
—¿Cómo puedo saber?… la mano se movió… puede haber sido la red, ¿o quizá todavía está vivo? —Dragomir había inclinado la cara casi hasta la superficie vidriosa del agua, pero no se veía nada más—. Podría estar vivo.
Los dos pescadores volvieron a sentarse en el bote y se miraron bajo la cruda luz de la siseante lámpara de acetileno de la proa. Eran hombres muy distintos, y sin embargo muy parecidos con sus anchos pantalones llenos de manchas y sus camisas de algodón desteñidas. Tenían profundas arrugas en las manos y callos de una vida entera de trabajo duro; y las ideas tardas por el ritmo del trabajo y los años.
—No podemos izarlo con la red —dijo Dragomir, hablando primero, como siempre.
—Entonces necesitaremos ayuda —agregó Pribislav—. Hemos anclado la boya aquí, podemos volver a encontrar el lugar.
—Sí, necesitamos ayuda. —Dragomir abría y cerraba sus grandes manos, luego se agachó para subir el resto de la red al bote—. El hombre rana, el que está con la viuda Korenc, él sabrá qué hacer. Se llama Kukovic y Petar dijo que es doctor en ciencias de la universidad de Ljubljana.
Se inclinaron sobre sus remos e impulsaron firmemente el bote por las aguas cristalinas del Adriático. Antes de que llegaran a la costa el cielo aclaró y cuando amarraron en el malecón en Brbinj el sol estaba por encima del horizonte.
Joze Kukovic miró el disco solar en ascenso, que ya ardía en su piel, bostezó y se estiró. La viuda salió arrastrando las zapatillas, mientras llevaba el café, murmuró unos buenos días y lo dejó sobre la barandilla de piedra del porche. Joze empujó a un lado la bandeja y se sentó junto a ella, luego vació la cafetera de mango largo en la taza. El espeso café a la turca lo despertaría, a pesar de la hora imposible. Desde la barandilla tenía una vista de la polvorienta calle sin pavimentar que llevaba al puerto, y que ya mostraba cierto movimiento. Dos mujeres, con el agua de la mañana en recipientes de bronce sobre la cabeza, se detuvieron a hablar. Los campesinos llevaban sus productos para el mercado de la mañana, cestas de repollos y papas y bandejas de tomates, atados a asnos pequeñitos. Uno de ellos rebuznó, con un ruido áspero que aserró la quietud de la mañana, despertando ecos en los edificios amarillentos. Ya hacía calor. Brbinj era un pueblo en el límite con no se sabía qué, encerrado entre el oceáno vacío y las colinas yermas, dormido durante siglos y muriendo poco a poco. Allí no había atracciones… excepto el mar. Pero bajo la calma chata y azul del agua había otro mundo que Joze amaba.
Sombras frescas, valles profundos, más vivos que todas las costas bañadas por el sol que los rodeaban. Entusiasmo, también: precisamente el día anterior, demasiado tarde como para explorarla, había encontrado una falúa romana medio enterrada en la arena. Ese día entraría en la embarcación, y sería el primer ser humano que lo haría en dos mil años, y sólo el cielo sabría lo que encontraría allí. En la arena alrededor del barco había hallado fragmentos de ánforas rotas, tal vez había otras enteras dentro del casco.
Mientras sorbía placenteramente su café vio cómo amarraban el botecito en el puerto, y se preguntó por qué estarían tan apurados los dos pescadores. Casi corrían, y en ese lugar nadie corría en verano. Deteniéndose bajo su porche, uno de ellos lo llamó.
—Doctor, ¿podemos subir? Es por algo urgente.
—Sí, por supuesto. —Sorprendido, se preguntó si no lo tomarían por médico.
Dragomir llegó arrastrando los pies y no sabía cómo empezar. Señaló hacia el océano.
—Cayó, allá, anoche, nosotros lo vimos, ¡un sputnik, sin ninguna duda!
—¿Un viajero? —Joze Kukovic frunció el entrecejo, pensando que no había oído bien. Cuando los lugareños se excitaban era difícil entender su dialecto. A pesar de ser un país tan pequeño, Yugoslavia tenía la maldición de estar llena de dialectos.
—No, no era un putnik, era un sputnik, una nave espacial rusa.
—O norteamericana. —Pribislav hablaba por primera vez, pero lo ignoraron.
Joze sonrió y sorbió el café.
—¿Estás seguro de que no fue un meteorito lo que viste? Siempre hay una fuerte lluvia de meteoros en esta época del año.
—Un sputnik —insistió obcecadamente Dragomir—. La nave cayó en el Jadransko More y desapareció, nosotros la vimos. Pero el piloto espacial cayó casi sobre nosotros, al agua…
—¿Qué? —gritó Joze, poniéndose de pie de un salto y echando al suelo la bandeja—. ¿Había un hombre en esa cosa, y se salvó?
Los dos pescadores hicieron gestos afirmativos y Dragomir continuó.
—Vimos caer esa luz del sputnik cuando pasó por arriba y cayó al agua. No pudimos ver qué era, sólo una luz, y remamos hasta allí lo más rápido que pudimos. Todavía se estaba hundiendo y nosotros echamos una red y conseguimos atraparlo…
—¿Tienen al piloto?
—No, pero una vez nos acercamos lo bastante como para ver que llevaba un traje pesado, con una ventanita como las de los trajes de hombre-rana, y algo a la espalda como los tanques de ustedes allá.
—Saludó con la mano —insistió Pribislav.
—A lo mejor saludó con la mano, no estamos del todo seguros. Volvimos a buscar ayuda.
El silencio se alargó y Joze comprendió que él era la ayuda que ellos buscaban, y que le habían transferido la responsabilidad. ¿Qué hacer primero? El astronauta podía tener su propio tanque de oxígeno, Joze no tenía idea de las precauciones que se tomaban para los descensos en el agua, pero si había oxígeno el hombre todavía podía estar vivo.
Joze se paseaba mientras pensaba; era un hombre bajo, fornido, con shorts y sandalias color caqui. No era apuesto, porque tenía nariz demasiado grande y dientes demasiado salientes, pero transmitía la convicción del poder. Se volvió y señaló a Pribislav.
—Vamos a sacarlo. ¿Puedes volver a encontrar el lugar?
—Una boya.
—Bien. Y tal vez necesitamos un médico. Ustedes no tienen ninguno aquí, pero ¿hay alguno en Osor?
—El doctor Bratos, pero es muy viejo…
—Si todavía vive, tenemos que ir a buscarlo. ¿En este pueblo hay alguien que sepa manejar?
Los pescadores miraron el techo mientras se concentraban, y Joze trataba de disimular su impaciencia.
—Sí, así creo —dijo finalmente Dragomir—. Petar era guerrillero…
—Cierto —el otro pescador completó la idea—. Contó muchas veces que robaban camiones a los alemanes y él manejaba…
—Bien, entonces uno de ustedes va a buscar a este Petar y le da las llaves de mi auto para que pueda arreglarse. Díganle que traiga al médico de inmediato.
Dragomir tomó las llaves, pero se las entregó a Pribislav, quien salió corriendo.
—Ahora veamos si podemos subir al hombre —dijo Joze, tomando su equipo de bucear y echando a andar hacia el bote.
Remaron juntos, aunque los fuertes golpes de remo de Dragomir hacían la mayor parte del trabajo.
—¿Qué profundidad tiene el agua aquí? —preguntó Joze. Ya chorreaba transpiración bajo el sol.
—El Kvarnerik es más profundo en Rab, pero nosotros estuvimos pescando en Trstenik y allí el fondo sólo está a cuatro brazas. Estamos llegando a la boya.
—Siete metros, no debe de ser demasiado difícil encontrarlo.
Joze se arrodilló en el fondo del bote y se puso las correas del equipo de bucear. Lo ajustó bien, controló las válvulas, luego se volvió hacia el pescador antes de colocarse la boquilla. —Que el bote quede cerca de la boya; yo lo usaré como guía mientras busco. Si necesito una cuerda o alguna ayuda, saldré a la superficie sobre el astronauta, entonces tú puedes traerme el bote.
Luego miró la placa y vio que el ser que estaba dentro del traje no era humano.
Joze tosió un poco y dejó escapar un montón de burbujas: había estado conteniendo el aliento sin darse cuenta. Se quedó flotando allí, moviendo apenas las manos para seguir en la misma posición, mirando la cara dentro del casco.
Estaba tan inmóvil como una figura de cera, cera verde con superficie rugosa, estrechas fosas nasales, una boca como una ranura y grandes globos oculares que no se veían pero abultaban bajo los párpados cerrados. La disposición de los rasgos faciales era aproximadamente humana, pero ningún ser humano tuvo jamás piel de ese color ni una cresta carnosa, parcialmente visible a través del visor de la cara, que empezaba por encima de los párpados cerrados. Joze observó atentamente el traje hecho de algún material desconocido, y el aparato de regeneración de atmósfera compacto en la espalda del ser extraño. ¿Qué clase de atmósfera? Volvió a mirar la cara del ser extraño y vio que los ojos estaban abiertos y esa cosa lo observaba.
Su primera reacción fue de miedo, se echó hacia atrás en el agua como un pez asustado; luego, enojado consigo mismo, avanzó otra vez. El ser extraño levantó lentamente un brazo, luego lo dejó caer, laxo. Joze miró por el visor y vio que los ojos volvían a cerrarse. El ser extraño estaba vivo, pero no podía moverse, tal vez estaba herido y sufría. Los destrozos de su nave demostraban que había sucedido algo al descender. Con la mayor delicadeza posible pasó un brazo bajo el cuerpo de la criatura para alzarlo, tratando de ignorar una sensación de repugnancia cuando el material frío del traje tocó sus brazos desnudos. No era más que metal o plástico, en eso tenía que ser científico. Al alzarlo el ser extraño siguió con los ojos cerrados, y Joze llevó la forma exánime y casi sin peso a la superficie.
—Estúpido, campesino bruto, ayúdame —gritó, escupiendo el tubo del oxígeno y llenando el bote de agua, pero Dragomir sólo atinó a retroceder, aterrorizado, hasta el extremo de la proa, haciendo un gesto negativo con la cabeza, cuando vio lo que Joze traía de abajo.
—¡Es un ser del otro mundo y no puede dañarte! —insistió Joze, pero el pescador se negaba a acercarse.
Joze echó una maldición y con gran dificultad logró meter al ser extraño en el bote, y luego trepó tras él. Aunque era el doble de grande que Joze, las amenazas de violencia llevaron a Dragomir a los remos, pero usó el par de toletes más alejados, aunque remar con ellos resultaba mucho más difícil. Joze dejó caer su equipo de hombre rana en el fondo del bote y miró más de cerca el material del traje del extraterrestre, que se estaba secando. Su miedo a lo desconocido era superado por su creciente entusiasmo. Era físico nuclear, pero recordaba bastante lo que había estudiado de química y mecánica como para saber que ese material era completamente imposible… según las pautas de la Tierra.
De color verde claro, cubría los miembros del ser extraño con la dureza del acero, pero era blando y se doblaba fácilmente en las articulaciones, como lo comprobó levantando y dejando caer el brazo inerte. Sus ojos recorrieron la diminuta figura del extraterrestre: tenía una gruesa correa aproximadamente donde estaría la cintura de un ser humano, y de la correa colgaba una abultada faltriquera, como los bolsos de cuero de los escoceses, pero mucho más grande. El traje continuaba en una aparente costura… ¡pero la pierna derecha! Estaba encogida y aplastada como si hubiera sido atrapada por unas pinzas gigantes. Tal vez eso explicaba la falta de movimiento del extraterrestre. ¿Estaría herido? ¿Sufriría?
Había vuelto a abrir los ojos y Joze observó, con repentino horror, que el casco estaba lleno de agua. Seguramente había entrado por alguna abertura, y esa cosa se estaba ahogando. Tomó el casco, tratando de destornillarlo, tirando del él, aterrado, mientras los grandes ojos se alzaban hacia él.
Entonces se obligó a pensar, y soltó el casco con manos temblorosas. El extraterrestre seguía inmóvil, con los ojos abiertos, y no se veían salir burbujas de los labios ni de la nariz. ¿Respiraba? ¿Había entrado agua… o siempre había estado allí? ¿Era agua? Quién sabía qué atmósfera extraterrestre respiraría, metano, cloro, dióxido de sulfuro… ¿por qué no agua? El líquido estaba adentro, sin ninguna duda, el traje no tenía agujeros y la criatura no parecía haber sufrido cambios.
Abrió el oxígeno y se deslizó por el costado del bote, el agua fresca subía por su cuerpo mientras se sumergía. Con un poderoso puntapié se impulsó hacia el fondo, siguiendo la cuerda colgante de la boya. Casi de inmediato vio al hombre, tendido de espaldas sobre la arena blanca del fondo.
Joze nadó hacia abajo, obligándose a dar brazadas suaves a pesar de su creciente excitación. Veía con más claridad los detalles a medida que descendía. No había señales de identificación en el traje de presión, podía ser ruso o norteamericano. Era un traje rígido, de metal o de plástico reforzado, y pintado de verde, con una sola placa chata en la cara.
Como la distancia y el tamaño son tan engañosos bajo el agua, Joze se encontró en la arena junto a la figura antes de advertir que sólo medía menos de un metro veinte. Lanzó una exclamación y estuvo a punto de soltar la boquilla.
Joze levantó la mirada y vio que los enloquecidos golpes de remo de Dragomi los habían llevado a la costa, y que allí los esperaba una multitud.
El bote casi se dio vuelta cuando Dragomir saltó al malecón, dando un puntapié al bote en medio de su pánico. Flotaron a la deriva y Joze tomó la cuerda de amarrar de las tablas del piso y la enrolló entre sus manos.
—¡Eh! —gritó—. ¡Toma! Átalo al aro, allí.
Nadie lo oyó, o si lo oyeron, no quisieron admitirlo. Miraban a la figura enfundada de verde tendida en la proa y corrió una ola de murmullos entre ellos como el viento entre las ramas de los pinos. Las mujeres apretaron las manos contra sus pechos, haciendo la señal de la cruz.
—¡Agarren esto! —gritó Joze con los dientes apretados, obligándose a mantener la calma.
Arrojó la soga a las piedras y lo demás se apartaron de ella. Un muchacho la tomó y la enrolló lentamente en el oxidado aro, con las manos temblorosas, la cabeza ladeada y la boca abierta, como siempre. Era un débil mental, demasiado tonto como para entender lo que sucedía. Simplemente obedecía a una orden que alguien gritaba.
—Ayúdenme a llevar esto a la costa —gritó Joze, y aun antes de que las palabras salieran de su boca se dio cuenta de la futilidad del pedido.
Los campesinos retrocedieron arrastrando los pies, una multitud con rostros inexpresivos que compartía el mismo miedo a lo desconocido, las mujeres como enormes muñecas de ojos fijos con sus faldas flotantes hasta la rodilla, medias negras y zapatos de fieltro de taco alto. Tendría que hacerlo solo. Haciendo equilibrio en el bote que se balanceaba tomó al extraterrestre en sus brazos y lo alzó cuidadosamente hasta las piedras ásperas del malecón. El círculo de los que miraban retrocedió todavía más, algunas de las mujeres ahogaron gritos y corrieron hasta sus casas, mientras los hombres murmuraban en voz más alta: Joze los ignoró.
Estas personas no lo ayudarían… y podrían causarle problemas. Su propia habitación sería el lugar más seguro. No creía que fueran a molestarlo allí. Acababa de recoger el extraterrestre cuando un recién venido se abrió camino entre los que miraban.
—Bien… ¿qué es eso? ¡Un vrag! —El viejo sacerdote señaló con horror al extraterrestre en brazos de Joze y retrocedió, buscando su crucifijo.
—¡Basta de supersticiones! —saltó Joze—. Éste no es un demonio, es una criatura que viene de otro planeta, un viajero. Ahora apártate de mi camino.
Avanzó y los demás huyeron al acercarse él. Joze se movía lo más rápidamente que podía sin dar impresión de que tenía prisa, dejando atrás a la multitud. Hubo ruido de pasos rápidos y miró sobre su hombro; era el sacerdote, el padre Perc. Su sotana manchada ondeaba con el viento y su respiración silbaba por el esfuerzo desacostumbrado.
—Dígame, ¿qué hacer… doctor Kukovic? ¿Qué es esta… cosa? Dígame…
—Ya se lo dije. Un viajero. Dos de los pescadores vieron algo que venía del cielo y caía al agua. Éste… extraterrestre salió de ese objeto. —Joze hablaba con la mayor calma posible. Tal vez habría problemas con la gente, pero no si el sacerdote estaba vigilado—. Es un ser de otro mundo, un animal que respira agua, y está herido. Debemos ayudarlo.
El padre Pere avanzaba dificultosamente a su lado mientras miraba con obvio disgusto al extraterrestre inmóvil.
—Está mal —murmuró—, esto es algo muy sucio, Zao Duh…
—No es un demonio ni nada malo, ¿no puede entenderlo? La Iglesia reconoce la posibilidad de que haya seres en otro planeta, los jesuítas incluso lo han discutido, entonces, ¿por qué no puede entenderlo usted? Hasta el Papa cree que hay vida en otros mundos.
—¿De veras? ¿De veras? —preguntó el viejo, parpadeando con los ojos irritados.
Joze se le adelantó y subió por la escalera de la casa de la viuda Korenc. No la vio por ninguna parte mientras iba a su habitación y dejaba delicadamente a esa forma todavía inconsciente en su cama. El sacerdote se detuvo en la puerta, con los temblorosos dedos en el rosario, vacilante. Joze estaba junto a la cama, abriendo y cerrando las manos, como si no supiera qué hacer. ¿Qué podía hacer? El extraterrestre estaba herido, tal vez se estaba muriendo, había que hacer algo. Pero ¿qué?
El zumbido distante del motor de un auto llegó a la calurosa habitación y Joze casi suspiró de alivio. Era su auto, reconoció el sonido, y traería al médico. El auto se detuvo afuera y las puertas se cerraron de un golpe, pero no apareció nadie. Joze esperó, tenso, comprendiendo que la gente del pueblo debía de estar hablando con el médico, contándole lo que había sucedido. Pasó un minuto y Joze salió de la habitación, pero se detuvo antes de pasar junto al sacerdote, que seguía parado en la puerta. ¿Por qué tardaban? Su ventana daba a una callejuela y no llegaba a ver la calle frente al edificio. Luego se abrió la puerta de la calle y oyó la voz de la viuda que susurraba:
—Allí, sigan derecho.
Había dos hombres, los dos con polvo del camino. Obviamente uno era el médico, un hombre lento y regordete con un gastado maletín de cuero, la cabeza calva cubierta de gotas de sudor. Junto a él había un joven, bronceado y curtido por el viento, vestido como los otros pescadores; ése debía de ser Petar el ex guerrillero.
Fue Petar quien se acercó primero a la cama, el médico no soltaba su maletín y miraba parpadeando a su alrededor.
—¿Qué es esto? —preguntó Petar, luego se inclinó, con las manos en las rodillas, para mirar a través del visor—. Sea lo que fuere, realmente es feo.
—No lo sé. Viene de otro planeta. Eso es lo único que sé. Ahora apártense para que el médico pueda mirar. —Joze hizo una señal al médico, que avanzó de mala gana—. Usted debe de ser el doctor Bratos. Yo soy Kukovic, profesor de física nuclear en la Universidad de Ljubljana. —Tal vez si demostraba tener cierto prestigio ese hombre se decidiría a colaborar.
—Sí, mucho gusto. Encantado de conocerlo, profesor, es un honor, se lo aseguro. Pero ¿qué quiere que yo haga? No comprendo… —Se estremecía ligeramente al hablar y Joze observó que el hombre era muy viejo, que tendría por lo menos ochenta y cinco años, o más. Tendría que ser paciente.
—Este extraterrestre… sea lo que fuere… está herido e inconsciente. Debemos hacer lo que podamos para salvar su vida.
—Pero ¿qué puedo hacer yo? Esa cosa está encerrada en una indumentaria de metal… mire, está llena de agua… yo soy médico, pero no de animales, no de seres como éste.
—Yo tampoco, doctor… no hay nadie en la Tierra que lo sea. Pero debemos hacer lo mejor que podamos. Debemos quitarle el traje al extraterrestre y luego descubrir lo que podemos hacer para ayudarlo.
—¡Es imposible! Ese fluido que hay adentro se derramará.
—Obviamente, de manera que tendremos que tomar precauciones. Tendremos que determinar qué líquido es, luego conseguir más y llenar la bañera en la habitación de al lado. He estado mirando el traje, y esto parece ser una pieza aparte abrochada de alguna manera en su lugar. Si aflojamos los broches, seguramente podremos obtener una muestra.
Durante algunos preciosos segundos el doctor Bratos permaneció allí, mordiéndose el labio, antes de hablar.
—Sí, podríamos hacer eso, supongo que podríamos, pero ¿en qué tomaríamos la muestra? Esto es muy difícil e irregular.
—No tiene importancia lo que usemos para tomar la muestra —saltó Joze, a punto de perder su cuidadoso control por la frustración. Se volvió hacia Petar que permanecía en silencio junto a ellos, fumando un cigarrillo, que sostenía entre el pulgar y el índice.
—¿Quiere ayudar? Traiga un plato sopero, cualquier cosa de la cocina.
Petar se limitó a hacer un gesto de asentimiento y salió. Se oyeron quejas en voz baja de la viuda, pero volvió rápidamente con su mejor cacerola.
—Muy bien —dijo Joze, alzándole la cabeza al extraterrestre—, ahora, deslícenla bajo la cabeza. —Una vez que el recipiente estuvo en posición adecuada movió uno de los broches; se abrió con un chasquido pero no sucedió nada más. En la junta se veía una abertura del grosor de un cabello, que permaneció seca. Pero cuando Joze abrió el segundo broche saltó un repentino chorro de líquido claro, y antes de lograr cerrar nuevamente el broche el recipiente se había llenado hasta la mitad. Volvió a alzar al extraterrestre sin que nadie se lo indicara; Petar retiró el recipiente y lo puso en la mesa junto a la ventana.
—Está caliente —dijo.
Joze tocó la parte externa del recipiente.
—No, está tibio, no está caliente, alrededor de los cuarenta grados, diría yo. Un océano caliente en un planeta caliente.
—Pero… ¿es agua? —preguntó el doctor Bratos tartamudeando.
—Supongo que sí… pero ¿no es usted quien debe averiguarlo? ¿Es agua dulce o agua de mar?
—No soy químico… cómo puedo saberlo… es muy complicado.
Petar rió y tomó el vaso que Joze tenía sobre la mesa de luz.
—No es tan difícil de averiguar —dijo, y lo sumergió en el recipiente. Lo sacó a medio llenar, lo olió, luego tomó un sorbo y frunció los labios—. Para mí el sabor es del agua de mar común, pero hay otro sabor, un poco amargo.
Joze le quitó el vaso.
—Podría ser peligroso —protestó el doctor, pero ellos lo ignoraron. Sí, agua salada, agua salada caliente, con una mezcla de sabor más fuerte—. El sabor es como si tuviera un poco de yodo. ¿Puede comprobar la presencia de yodo, doctor?
—Aquí… no, es muy complicado. En el laboratorio, con el equipo adecuado… —Su voz descendía de tono mientras abría el maletín en la mesa y buscaba algo en él. Retiró la mano vacía.
—En el laboratorio.
—No tenemos laboratorio ni ninguna otra asistencia, doctor. Tendremos que contentarnos con la que tenemos aquí, acudir al agua de mar común.
—Iré a buscar un balde y llenaré la bañera —dijo Petar.
—Bien. Pero no llenes la bañera todavía. Trae el agua a la cocina y la calentaremos. Luego la echarás en la bañera.
—Bien. —Petar pasó rápidamente junto a la figura silenciosa y atenta del sacerdote y desapareció. Joze miró al padre Perc y pensó en la gente del pueblo.
—Quédese aquí, doctor —dijo—. Este extraterrestre es su paciente y no creo que ninguna otra persona deba acercarse. Quédese junto a él.
—Sí, por supuesto, eso es lo correcto —dijo el doctor Bratos aliviado, acercando una silla y sentándose.
El fuego del desayuno todavía ardía en la gran cocina y lanzaba llamas cuando Joze echaba más leña. En la pared colgaba un gran recipiente de cobre, lo colocó sobre la cocina con ruido metálico. A sus espaldas se abrió la puerta del dormitorio de la viuda, pero se cerró de golpe cuando él se volvió. Petar entró con un balde de agua y la volcó en el recipiente.
—¿Qué hace la gente? —preguntó Joze.
—Se pasean y se molestan entre ellos. No habrá problemas. Si se preocupan, puedo ir hasta Osor y traer a la policía, o llamar por teléfono a alguien.
—No, eso debía haberlo pensado antes. Ahora te necesito aquí. Eres el único que no está viejo ni es ignorante.
Petar sonrió.
La bañera era pequeña y el recipiente de cobre grande. Con el agua caliente se llenó hasta la mitad, lo suficiente como para cubrir al pequeño extraterrestre. La bañera tenía rejillas pero no canillas; generalmente se la llenaba con una manguera desde la pileta. Joze levantó al extraterrestre, transportándolo como a un niño en sus brazos, y lo llevó a la bañera. Tenía los ojos abiertos nuevamente, y seguía todos sus movimientos, pero sin protesta. Colocó suavemente al ser en el agua, luego se incorporó un momento y respiró profundamente.
—El casco primero, luego trataremos de ver cómo se abre el traje. —Se inclinó y movió lentamente los broches.
Una vez que los cuatro broches estuvieron abiertos, el casco se movió libremente. Joze abrió una amplia brecha, preparándose para cerrarla rápidamente si había señales de problemas. El agua de mar estaría entrando ahora, mezclándose con el agua del extraterrestre, pero el ser extraño no manifestaba protesta. Un minuto después Joze retiró lentamente el casco, sosteniendo la cabeza del extraterrestre con una mano, para que no se golpeara con el borde de la bañera.
Una vez retirado el casco la cresta pulposa que había sobre los ojos del extraterrestre se elevó como el pelo de un chiquillo, llegando hasta lo alto de la cabeza verde. Había un cable que iba desde el casco hasta un pedacito de metal a un costado del cráneo. Allí había una hendidura y Joze retiró lentamente un artefacto de metal, tal vez un audífono, de cierto tipo. El extraterrestre abría y cerraba la boca, mostrando bordes óseos amarillos adentro, y se oía un zumbido muy bajo.
Petar apretó su oído contra la parte externa del tubo de metal.
—La cosa está hablando o algo así, la oigo.
—Permítame su estetoscopio, doctor —dijo Joze, pero como el médico no se movió él mismo lo sacó del maletín. Sí… al apretarlo contra el metal oía un gemido que subía y bajaba, una especie de lenguaje.
—No podemos entenderlo… todavía no —dijo, devolviendo el estetoscopio al médico que lo tomó automáticamente—. Será mejor que tratemos de quitarle el traje.
No había costuras ni aberturas visibles, Joze no pudo encontrar nada al pasar sus dedos sobre la superficie lisa.
El extraterrestre seguramente comprendía lo que le estaban haciendo porque levantó una mano convulsivamente y trató de tocar el anillo de sello de metal que tenía en el cuello. Con un movimiento líquido el traje se abrió por el frente, la abertura se bifurcó y siguió por cada una de las piernas. Hubo un repentino flujo de líquido azul de la pierna herida.
Joze miró rápidamente la carne verde, los órganos extraños, luego giró sobre sí mismo.
—Rápido, doctor… su maletín. Este ser está herido, ese fluido podría ser sangre, tenemos que ayudarlo.
—¿Qué puedo hacer? —dijo el doctor Bratos, sin moverse—. Drogas, antisépticos, podría matarlo… no sabemos nada de la química de su cuerpo.
—Entonces no busque nada de eso. Ésta es una herida traumática, tal vez pueda vendarla, detener la hemorragia, ¿verdad?
—Claro, claro —dijo el viejo y finalmente sus manos encontraron algo conocido para hacer, sacar vendas y gasa esterilizada de su maletín, cinta adhesiva y tijera.
Joze metió la mano en el agua tibia y en ese momento turbia e hizo el esfuerzo de ponerla bajo la pierna y tocar la carne verde y caliente… era extraño… pero no terrible. Levantó el miembro libre del agua y vieron un tajo del que manaba un espeso fluido azul. Petar se apartó, pero el doctor puso una gasa sobre la herida y la vendó. El extraterrestre trataba de tocar el traje que habían dejado junto a él en la bañera, torciendo la pierna que Joze le aferraba. Bajó la mirada y lo vio tomar algo de la cantimplora. La boca se movía otra vez, y se oía el débil zumbido de su voz.
—¿Qué? ¿Qué quieres? —preguntó Joze.
Apretaba el objeto contra su pecho con las dos manos, parecía ser un libro de alguna clase. Podría ser un libro, podría ser cualquier cosa.
Pero estaba cubierto con una sustancia brillosa con marcas oscuras, y en el borde se veía que estaba hecho de muchas láminas. Podría ser un libro. En ese momento la pierna se retorcía bajo el contacto de Joze y la boca del extraterrestre se abría cada vez más, como si gritara.
—La venda se mojará si la ponemos en el agua —dijo el médico.
—¿No puede cubrirla con cinta adhesiva, sellarla? —En el maletín… necesitaré más.
Mientras hablaban el extraterrestre comenzó a balancearse hacia atrás y hacia adelante, salpicando agua de la bañera, y apartando su pierna del contacto de Joze. Seguía sosteniendo el libro en su única mano delgada con muchos dedos, pero con la otra comenzó a tratar de quitarse las vendas de la pierna.
—Se está lastimando, deténganlo. Esto es terrible —dijo el médico, apartándose de la bañera.
Joze tomó un pedazo de papel de envolver que había en el suelo.
—¡Tonto! ¡Imbécil! —gritó—. Estas compresas que usaron… están impregnadas de sulfanilamida.
—Siempre las uso, son las mejores, norteamericanas, evitan las infecciones de las heridas.
Joze lo apartó de un empujón y hundió los brazos en la bañera para arrancar los vendajes, pero el extraterrestre se apartó sentándose por encima del agua, con la boca muy abierta. Sus ojos estaban abiertos y lo miraban fijamente y Joze retrocedió al ver el chorro de agua que surgía de la boca del extraterrestre. Se oyó un ruido de gárgaras a medida que el agua dejaba de fluir y luego, cuando el aire tocó las cuerdas vocales, un aullido de dolor cada vez más intenso. Hizo eco en el cielo raso de yeso como una agonía inhumana mientras la criatura abría ampliamente los brazos, y luego caía al agua con la cara hacia abajo. No volvió a moverse, y sin examinarlo, Joze supo que estaba muerto.
Un brazo estaba torcido hacia atrás, fuera de la bañera, todavía sosteniendo el libro. Lentamente los dedos se aflojaron y mientras Joze lo miraba, paralizado, incapaz de moverse, el libro, cayó al suelo de golpe.
—Ayúdenme —dijo Petar, y Joze se volvió y descubrió que el médico se había caído y Petar se inclinaba sobre él—. Se desmayó, o tiene un ataque al corazón. ¿Qué podemos hacer?
Había olvidado su enojo mientras se arrodillaba. El médico parecía respirar regularmente y su rostro no estaba arrebatado, de manera que tal vez era sólo un desvanecimiento. Los párpados aletearon. El sacerdote se acercó y miró por encima del hombro de Joze.
El doctor Bratos abrió los ojos, y paseó su mirada por los rostros inclinados sobre él.
—Lo siento —dijo con voz pastosa, luego sus ojos volvieron a cerrarse como para escapar a la vista de ellos.
Joze se puso de pie, y descubrió que estaba temblando. El sacerdote se había ido. ¿Todo había terminado? Tal vez nunca tendrían que haber salvado al extraterrestre, pero les podría haber ido mejor. Luego vio la zona mojada en el suelo y se dio cuenta de que el libro había desaparecido.
—¡Padre Perc! —gritó, como un insulto. ¡El hombre se había apoderado del libro, de ese libro inapreciable!
Joze salió corriendo al vestíbulo y vio al sacerdote que venía de la cocina. Traía las manos vacías. Con repentino temor Joze supo lo que el viejo había hecho y pasó corriendo junto a él a la cocina hasta el horno, que abrió bruscamente.
Allí, entre los leños ardientes, estaba el libro. Echaba vapor, casi echaba humo mientras se secaba, abierto. Era obviamente un libro, había marcas de cierto tipo en las páginas. Se volvió para tomar la pala y a sus espaldas el fuego hizo una explosión, lanzando una llama blanca en la habitación. Casi le dio en la cara, pero eso no le preocupó. En el suelo había trozos de madera encendida, y dentro del horno sólo quedaban los restos del fuego original. Cualquiera fuese la sustancia de que estaba hecho el libro era altamente inflamable una vez que se secaba.
—Era malo —dijo el sacerdote desde la puerta—. Era un Zao duh, una abominación con un libro del mal. Se nos ha advertido que estas cosas han sucedido antes en la Tierra, y siempre los fieles deben luchar contra…
Petar se metió en la cocina, ayudó a Joze a sentarse en una silla, sacudiendo las astillas calientes de su piel desnuda. Joze no había sentido la quemadura, sólo percibía un inmenso cansancio.
—¿Por qué aquí? —dijo—. De todos los lugares del mundo donde podía haber caído, ¿por qué aquí? Unos grados más al oeste y el extraterrestre habría caído cerca de Trieste, donde hay cirujanos, hospitales, hombres, equipos, O, si hubiera seguido en su curso un poco más de tiempo, hubiera visto las luces, y hubiera aterrizado en Rijika. Se podría haber hecho algo. Pero ¿por qué aquí? —Se puso de pie, dio un puñetazo al aire… furioso con todo.
»¡Sí, en esta cloaca del mundo, llena de supersticiones, de imbéciles! ¿Qué mundo es éste donde vivimos, con un acelerador electrónico de cinco millones de voltios a sólo ciento cincuenta kilómetros de la más primitiva estupidez? Que este ser haya llegado de tan lejos, se haya acercado tanto… ¿por qué, por qué?
¿Por qué?
Volvió a desplomarse en la silla sintiéndose más viejo de lo que jamás se había sentido antes y desmesuradamente cansado. ¿De qué cosas podían haberse enterado con ese libro?
Suspiró, y el suspiro venía de una zona tan profunda de su ser que todo su cuerpo tembló como sacudido por una intensa fiebre.