Eso es, compañero, acércate un taburete. Venga, ése mismo. Echa al viejo Phrnnx al suelo para que la duerma bien. Ya sabes que los krddls no aguantan la bebida y mucho menos si beben flnnx rematado con unas caladas de krmml, esa infernal mala hierba. Venga, déjame que te sirva una jarra de flnnx. Ahí va, lo siento por tu manga. Cuando se seque lo puedes rascar con un cuchillo. A tu salud, y que tus propulsores no te fallen cuando las hordas kpnnz te vayan pisando los talones.
No, lo siento, nunca había oído hablar de ti. Demasiados hombres honrados van y vienen, y los buenos mueren de prisa. En fin... ¿Yo? Tú tampoco habías oído hablar de mí. Llámame simplemente viejo sargento, es un nombre tan bueno como otro cualquiera. Sí..., hombres buenos, como te decía..., y el mejor de ellos fue..., bueno, lo llamaremos el caballero Jax. Tenía otro nombre, pero hay una jovencita esperando en un planeta, cuyo nombre podría decirte, una niña que está esperando y contemplando las brillantes estelas de las naves que llegan del espacio profundo, y espera a un hombre. Así que en consideración a ella le llamaremos el caballero Jax. A él le habría gustado. Y también a ella si se enterase, aunque tienen que estar saliéndole ya canas, o estará medio calva y artrítica de tanto sentarse a esperar, pero ¡carajo!, ésa es otra historia, y, por Orión, que no es asunto mío el contarla. Eso es, sírvete tú mismo, una bien grande. Sí, los vapores verdes son normales en un buen flnnx, pero mejor será que cierres los ojos cuando bebas o en una semana estarás ciego de verdad, ¡ja, ja, ja! ¡Por el sagrado nombre del profeta Mrddl!
Sí, ya sé lo que se te está pasando por la cabeza. Estás pensando qué demonios hace una vieja rata del espacio como yo en un antro como éste, aquí en el culo de la galaxia, donde las estrellas más apartadas no son más que un destello y los fotones caminan cansados y lentos. Te lo voy a decir: emborracharme más que un pfrdffl planiciano, eso es lo que hago. Dicen que la bebida puede borrar los recuerdos y, por Cygnus, que tengo recuerdos que borrar. Veo que miras las cicatrices de mis manos. Cada una tiene su historia, compañero, sí señor, y las de mi espalda también, y las de mi... Bueno, eso es otra historia. Sí, te contaré una historia, una de verdad, por el sagrado nombre de Mrddl, aunque puede que cambie algún nombre que otro, por esa niña que está aguardando, ya sabes.
¿Has oído hablar del CCC? Ya veo por cómo se dilatan tus pupilas y palidece tu piel bronceada por el espacio que sí. Bueno, pues aquí, tu seguro servidor, este viejo sargento, fue una de las primeras Ratas Espaciales del CCC y mi compañero de entonces era el hombre al que llaman el caballero Jax. Que el gran Kramddl maldiga su nombre y ennegrezca el recuerdo del primer día en que mis ojos lo vieron...
—Clase de cadetes... ¡Aten... ción!
La estentórea voz del sargento restalló como un latigazo, azotando los oídos de los cadetes, que, expectantes, se alineaban con precisión matemática. Con el golpe seco de aquellas palabras aciagas, ciento tres tacones de ciento tres botas increíblemente relucientes chocaron al unísono y los ochenta y siete cadetes de la clase se colocaron inmediatamente en posición de atención, rígidos como el acero. (Sería conveniente explicar, llegados a este punto, que algunos de ellos eran extraterrestres, no todos con el mismo número de piernas.) No se oía respirar a nadie, ni un párpado pestañeaba una milésima de milímetro, cuando el coronel Von Thorax se adelantó un paso, clavando en ellos su ojo de cristal parapetado tras el monóculo. Su pelo era cano e hirsuto como alambre de púas, el uniforme, negro, entallado a la perfección, sin arrugas. Sostenía un cigarrillo de hierba krmml entre los dedos de acero de su brazo izquierdo ortopédico. La mano derecha, ortopédica también y enfundada en un guante negro, se alzaba hasta el ala de la gorra en perfecto saludo marcial. Mientras, los motores de sus pulmones ortopédicos ronroneaban débilmente para producir aquel estruendo brobdingnagiano de sus órdenes.
—¡Descansen! Y escúchenme. Han sido personalmente elegidos de entre todos los hombres (y cosas también, por supuesto) de los mundos civilizados de la galaxia. Seis millones cuarenta y tres cadetes empezaron el primer año de entrenamiento y la mayoría ha ido quedándose en la cuneta de una manera u otra. Algunos no dieron la talla, a otros se les expulsó y se les ejecutó por sodomía. Otros creyeron a esos mentirosos, comunistas, liberales y llorones que sostenían que la guerra y la matanza continuas no eran necesarias y también fueron expulsados y ejecutados. A lo largo de los años se ha ido eliminando uno por uno a todos los blandos. Lo que hoy queda en pie es el núcleo duro del cuerpo..., ¡ustedes! ¡Hombres del cuerpo de la primera promoción de cadetes de la CCC! ¡Prepárense para extender los beneficios de la civilización a las estrellas! ¡Prepárense por fin para conocer el significado de las iniciales CCC!
Un inmenso clamor se elevó desde toda aquella multitud de gargantas, un vítor de ronco entusiasmo masculino, que se multiplicó en sonoras reverberaciones en los muros del estadio. A una señal de Von Thorax, un interruptor fue pulsado y un gran escudo de imperviomita se deslizó sobre ellos a modo de bóveda hermética, protegiendo el estadio de ojos y oídos fisgones y de rayos espía. Las voces siguieron rugiendo con entusiasmo (¡más de un tímpano se reventó ese día!), pero enmudecieron instantáneamente en cuanto el coronel levantó la mano.
—Hombres del cuerpo, no estarán solos cuando extiendan las fronteras de la civilización más allá de las estrellas bárbaras. ¡Por supuesto que no! Cada uno de ustedes tendrá a su lado a un fiel acompañante. ¡Primer hombre, primera fila, dé un paso adelante para conocer a su fiel acompañante!
El cadete a quien habían llamado dio un brioso paso al frente y se cuadró con un seco taconazo, a lo que siguió, como el eco, el golpe de una puerta que se abría bruscamente de par en par. Sin intención consciente, todas las miradas del estadio se dirigieron hacia el oscuro umbral, de donde salió...
¿Cómo describirlo? ¿Cómo describir el torbellino que te zarandea, la tormenta que te engulle, el vórtice espacial que te desfigura? ¡Era tan imposible de describir como una fuerza de la naturaleza!
La altura de aquel ser era de tres metros hasta los hombros, cuatro metros hasta la fea y babeante cabeza, donde los dientes entrechocaban unos contra otros. Aquello era una tormenta huracanada que avanzaba sobre cuatro patas como émbolos. Sus uñas eran enormes garras que se hundían dejando surcos sobre la superficie indestructible del estadio, hecho de impervitio. Era un monstruo nacido de la locura y de la pesadilla, que se alzó ante ellos y lanzó un rugido capaz de romper el alma.
—¡Ahí lo tienen! —El coronel Von Thorax bramó también, mientras la saliva entreverada con sangre salpicaba sus labios—. Ahí tienen a su fiel acompañante, el mutacamello, la mutación de esa noble bestia de la Vieja Tierra, símbolo y orgullo del CCC: ¡el Cuerpo de Camellos de Combate! ¡Soldado, le presento a su camello!
El soldado escogido dio un paso al frente y levantó el brazo para saludar a la noble bestia que, inmediatamente, se lo arrancó de un mordisco. Sus agudos chillidos se mezclaron con los murmullos, apenas contenidos, de sus compañeros, que observaron, con un interés más que casual, cómo los domadores de camellos salían corriendo, echaban sobre la bestia un arnés de cuero con hebillas de latón y, a golpes de estaca, la obligaban a volver por donde había venido mientras un médico aplicaba un torniquete al muñón del hombre herido y se llevaba a rastras de allí su cuerpo inerte.
—Ésta es su primera lección de combate a camello —gritó el coronel con voz ronca—. Nunca alcen los brazos hacia él. Estoy seguro de que su compañero, con el brazo cosido, nunca olvidará, ja, ja, ja, esta pequeña lección. ¡Siguiente hombre, siguiente camello!
De nuevo se oyó el retumbar de las patas al galope y el bufido agudo y gutural, el alarido desaforado del camello de combate en plena embestida. Esta vez el oficial del cuerpo se abstuvo prudentemente de levantar el brazo al camello y éste le arrancó la cabeza de un mordisco.
—Me temo que las cabezas no se pueden volver a coser. —El coronel les lanzó una mirada con cierta ironía—. Un momento de silencio por nuestro compañero caído, que ha acudido a encontrarse con el gran cohete del reposo celestial. Es suficiente. ¡Aten... ción! Ahora se dirigirán al área de entrenamiento de camellos, donde aprenderán a convivir con sus fieles acompañantes. No olviden nunca que cada uno de ellos tiene una dentadura completa de imperviomita, además de uñas del mismo material, afiladas como cuchillas. ¡Rompan filas!
El cuartel de los estudiantes del CCC era famoso por su falta de coquetería o, para decirlo mejor, de florituras. La misma reputación tenía la comodidad. Justa. Las camas eran placas de impervitio (¡nada de colchones blandos que dañaran las vértebras!), y las sábanas de una delgada arpillera. No había mantas, por supuesto, ya que el ambiente se mantenía a la sana temperatura de cuatro grados centígrados. El resto de las cosas estaba al mismo nivel, así que los graduados se sorprendieron enormemente al encontrar, a su regreso de la ceremonia y del entrenamiento, nuevas e inesperadas comodidades. Todas las bombillas de lectura, antes desnudas, tenían una pantalla y, sobre cada cama, se hallaba una suave almohada de unos buenos dos centímetros de espesor. Ya estaban empezando a recoger la cosecha de tantos años de trabajo.
Ahora bien, entre todos los estudiantes, el mejor, con gran ventaja sobre los demás, se llamaba M. Hay secretos que nunca se deben contar, nombres que son importantes para seres queridos y vecinos. Por lo tanto correré un tupido velo sobre la verdadera identidad del hombre al que llamaban M. Nos bastará con llamarlo Acero, pues ése era el apodo de quien mejor lo conocía. Acero tenía por esta época un compañero de habitación llamado L. Mucho, mucho más tarde, ciertas personas le llamarían caballero Jax, así que para esta narración lo llamaremos, quizá, simplemente Jax. Si Acero era el primero, Jax era el segundo de su promoción en cuanto a logros académicos y deportivos, y los dos eran excelentes amigos. Habían compartido habitación durante un año y ahora se hallaban de nuevo en ella, con los pies en alto, disfrutando del inesperado lujo de sus nuevas comodidades, sorbiendo café descafeinado, al que llamaban kafé, y aspirando profundamente el humo de los cigarrillos desnicotinizados que fabricaba la misma academia y que ésta denominaba denikcigs, aunque los estudiantes los llamaban humorísticamente «rompe-pulmones» o «jadeadores».
—Pásame un jadeador, anda, Jax —le pidió Acero, meciéndose sobre la cama con las manos por detrás de la cabeza, soñando con lo que tenía por delante ahora que iba a tener su propio camello—. ¡Ay! —se quejó riéndose cuando el paquete de jadeadores le dio en el ojo. Sacó uno de los delgados cilindros blancos y lo golpeó ligeramente sobre la pared para encenderlo, después se llenó los pulmones con una bocanada de humo refrescante—. Todavía no me lo puedo creer... —dijo haciendo aros con el humo.
—Pues es cierto, por Mrddl. —Jax sonrió—. Ya nos hemos graduado. Ahora vuélveme a pasar la cajetilla de rompepulmones para que yo también pueda echar unas bocanadas.
Acero quiso complacerle, pero lo hizo con tanto entusiasmo que el paquete se estrelló contra la pared e instantáneamente todos los cigarrillos se prendieron, haciendo estallar en llamas la caja entera. Un vaso de agua apagó el incendio, pero mientras todavía se estaba extinguiendo, una luz roja se encendió intermitentemente en la pantalla de comunicación.
—Un mensaje de alta prioridad. —Acero aporreó el botón de establecimiento de conexión. Ambos jóvenes se colocaron rígidamente en posición de atención mientras el férreo rostro del coronel Von Thorax cubría la superficie entera de la pantalla.
—M, L, a mi despacho en triple comandita. —Las palabras cayeron de sus labios como plomo. ¿Qué querrían decir?
—¿Qué querrá decir eso? —preguntó Jax mientras se arrojaban por un túnel de bajada a una velocidad próxima a la de la gravedad.
—Lo averiguaremos muy pronto —le aclaró Acero con brusquedad, mientras llegaban a la puerta del viejo y activaban el botón anunciador.
Gracias a algún resorte escondido, la puerta se abrió de par en par y entraron no sin cierta inquietud. Pero ¿qué era aquello? ¿Aquello? El coronel los estaba mirando y les sonreía. Sonreía, una expresión que nunca antes se le había conocido a su adusto semblante.
—Poneos cómodos, muchachos —les dijo señalando unas mullidas butacas que se levantaron del suelo nada más apretar un botón—. Encontraréis jadeadores en los brazos de esos servosillones y también vino valumiano y cerveza snaggiana.
—¿Y no hay kafé? —protestó Jax asombrado, y los tres se echaron a reír.
—Me parece que no lo vas a necesitar —susurró el coronel a través de su laringe artificial, en tono misterioso—. Bebed, muchachos, ahora sois Ratas Espaciales del CCC y habéis dejado atrás vuestra juventud. Mirad esto.
«Esto» era una imagen tridimensional que se materializó en el aire delante de ellos con sólo tocar un botón, la imagen de una nave que no habían visto nunca. Era esbelta como un pez espada, con alas finas como las de un pájaro, sólida como una ballena y tan armada como un caimán.
—¡Kolon bendito! —exclamó Acero abriendo la boca por la impresión—. ¡Eso es lo que yo llamo un pedazo de cohete!
—Algunos de nosotros preferimos llamarla la Indefectible —dijo el coronel, con cierto toque de humor.
—¿Es ésa? Habíamos oído hablar algo...
—Habéis oído muy poco, porque hemos mantenido a esta pequeña oculta y bien oculta desde sus primeras fases. Tiene los motores más grandes que nunca se han construido, nuevos y mejorados MacPherson del más avanzado diseño, transmisión Kelly tan mejorada que no la reconoceríais para nada, además de propulsores Fitzroy de doble potencia que hacen que los de la generación anterior parezcan pistolitas de juguete. Y lo mejor lo he dejado para el final.
—Nada puede ser mejor que lo que ya nos ha dicho —interrumpió Acero.
—¡Eso es lo que tú te crees! —El coronel se rio, no sin bondad, pero con un timbre de voz como el acero que se quiebra—. La mejor noticia es que M, tú vas a ser el capitán de este superacorazado espacial, mientras que el afortunado L será su jefe de máquinas.
—El afortunado L estaría más contento si fuera el capitán en lugar del rey del cuarto de calderas —murmuró, y los otros dos se rieron de lo que tomaron por una ocurrencia.
—Todo está completamente automatizado —continuó el coronel—, de manera que una tripulación de dos miembros es suficiente. Pero tengo que advertiros que lleva a bordo un montón de equipamiento experimental, así que el que quiera manejarlo tiene que presentarse voluntario.
—¡Me presento voluntario! —gritó Acero.
—Tengo que ir al baño —dijo Jax levantándose, aunque se volvió a sentar inmediatamente cuando el feo desintegrador brincó automáticamente desde su funda a la mano del coronel—. Ja, ja. Era sólo una broma. Claro que me presento voluntario.
—Ya sabía que podía contar con vosotros, muchachos. El CCC forma hombres. Y camellos también, por supuesto. Así que esto es lo que tenéis que hacer. Mañana a las 304.00 horas, los dos, montados en la Indefectible, saldréis echando chispas por el éter hacia Cygnus. En dirección a un planeta determinado.
—Déjeme que lo adivine, si me permite, claro está —dijo Acero severamente, apretando los dientes—. ¿No querrá usted enviarnos al planeta Biru-2, atestado de larshniks?, ¿verdad que no?
—Pues sí. Es la sede principal de los larshniks, la base de operaciones desde donde organizan el juego y el tráfico de drogas, y donde descargan a los tratantes de blancas, imprimen la moneda falsa, se encuentra la sede de las destilerías de flnnx y la guarida de las hordas piratas.
—¡Si quieres acción, ahí la tienes! —dijo Acero con una mueca.
—Bueno, no se trata de una misión en la que uno vaya a dedicarse sólo a silbar mirando el paisaje —precisó el coronel—. Si yo fuera más joven y tuviera menos recambios en el cuerpo, ése es el tipo de oportunidad al que me tiraría de cabeza...
—Si quiere puede ir como jefe de máquinas —sugirió Jax.
—Cierra la boca —sugirió el coronel—. Buena suerte, caballeros, el honor del CCC está en sus manos.
—¿Y no en las de los camellos? —preguntó Acero.
—Quizá la próxima vez les acompañen. Tenemos unos ligeros problemas de, bueno, llamémoslo «ajuste». Desde que comenzamos esta conversación hemos perdido a otros cuatro soldados. Quizá hasta tengamos que cambiar de animal y llamarnos el CPC.
—¿Con perros de combate? —preguntó Jax.
—O con asnos. O con vacas marinas, ya puestos. Pero eso es asunto mío, no vuestro. Lo único que tenéis que hacer vosotros es salir ahí afuera y aplastar Biru-2. Sé que podéis hacerlo.
Si los dos oficiales con sus adustas expresiones, tenían alguna duda, se la guardaron para sus adentros, pues así se hacía en el cuerpo. Cumplirían con su deber. A la mañana siguiente, exactamente a las 304.00 horas, la enorme y poderosa masa de la Indefectible se lanzó al espacio. Los motores MacPherson rugieron volcando quintillones de ergios de energía en la transmisión del reactor, hasta que se encontraron totalmente fuera del campo de gravedad de la madre Tierra. Jax trabajó con las máquinas, echando paladas de transvestita radioactiva en la voraz boca del horno, hasta que Acero indicó desde el puente de mando que era la hora del «cambio». Entonces pusieron la marcha Kelly, devoradora del espacio. Acero pulsó con fuerza el botón que la activaba y la enorme aeronave saltó hacia las estrellas a siete veces la velocidad de la luz. Como la propulsión estaba completamente automatizada, Jax aprovechó para refrescarse un poco, mientras su ropa se lavaba automáticamente en la lavadora. Luego se dirigió hacia el puente.
—Vaya, vaya —dijo Acero, con las cejas arqueadas como dos puentes en la frente—. No sabía que usaras calzoncillos a topos.
—Era lo único que me quedaba limpio. Tengo en la lavadora el resto de mis ropas.
—No te preocupes. ¡Son los larshniks de Biru-2 los que tienen que inquietarse! Llegaremos a su atmósfera en diecisiete minutos exactamente, y he estado pensando en lo que tenemos que hacer a partir de ese momento.
—¡Bien, tranquiliza saber que alguien ha estado pensando! Yo no he tenido tiempo ni de respirar hondo y mucho menos de pensar.
—No te preocupes, viejo amigo, nos hemos metido en esto los dos juntos. Tal como yo veo el asunto, tenemos dos alternativas: podemos abalanzarnos sobre ellos con los cañones a todo trapo o podemos intentar colarnos sin que nos vean.
—Ah, ¿de verdad has estado pensando?
—Voy a ignorar ese comentario porque veo que estás cansado. Por mucha fuerza que tengamos, los batallones de tierra tienen más. Sugiero la segunda opción: infiltrarnos sin que lo adviertan.
—¿No es un poco difícil con una nave espacial de treinta toneladas?
—En circunstancias normales sí. Pero ¿ves este botón de aquí, donde pone «Invisibilidad»? Me lo explicaron mientras estabas cargando el combustible. Es un nuevo invento que nunca se ha usado en combate hasta ahora y que nos hará invisibles. Será imposible que nos descubran con sus instrumentos de detección.
—Así me gusta más. Quedan quince minutos, tenemos que estar acercándonos ya. Aprieto el botón de la invisibili...
—¡No!
—Ya está hecho, ¿qué ocurre?
—Nada en realidad. Excepto que se supone que este dispositivo experimental de invisibilidad no funciona más allá de trece minutos antes de consumir su poder completamente.
Lamentablemente, eso fue lo que pasó. A una altura de un kilómetro y medio sobre la inhóspita y estéril superficie de Biru-2, nuestra querida Indefectible volvió a hacer acto de presencia.
En la más pequeña fracción de milisegundo, el poderoso radar espacial y el supersónar habían detectado la nave invasora, y emitido pequeñas señales luminosas en código secreto a las que la nave tenía que responder correctamente, para que pudieran verificar que el intruso era uno de los suyos.
—Les mandaré una señal; los despistaremos. Estos larshniks no son muy espabilados. —Acero se rio. Agarró el micrófono, sintonizó la frecuencia de emergencia interestelar y escupió las palabras con un tono sucio y carraspeante—. Aquí el agente X-9 a la base principal. He tenido una escaramuza con la patrulla, he perdido mis manuales de código, pero me he cargado a todos esos hijos de puta, ja, ja. Vuelvo a casita con un cargamento de ochocientas mil toneladas de la infernal hierba krmml.
La respuesta larshnik fue instantánea. Las bocas abiertas de miles de descomunales cañones desintegradores vomitaron rayos de energía, que rasgaron hasta la propia consistencia del espacio. Su fuerza corrosiva estalló contra las pantallas defensivas de nuestra amiga la Indefectible (que, lamentablemente, no estaba destinada a perseverar en amistad alguna) e, instantáneamente, perforó el casco de la nave haciéndola trizas desde su mismo interior. La simple materia no podía resistir tales fuerzas desatadas en las propias entrañas del planeta, de modo que las paredes metálicas de impervialita impenetrable se vaporizaron instantáneamente, convirtiéndose en un fino gas, que, a su vez, se descompuso en los mismos electrones y protones, y neutrones también, que la formaban.
La carne y la sangre no podían resistir tampoco tal ímpetu Pero, en los pocos segundos que aquella furia tardó en volatilizar las placas de fuerza, el casco, el gas vaporizado y los protones, los dos bravos oficiales del cuerpo consiguieron meterse de cabeza en sus armaduras espaciales, saliendo eyectados al espacio. ¡Y justo a tiempo! Los restos de lo que una vez fuera una gran nave espacial golpearon la atmósfera y segundos más tarde se estrellaron contra el suelo venenoso de Biru-2.
Un observador accidental hubiera pensado que eso era el fin. La reina de las autopistas espaciales, antaño tan poderosa, nunca más podría volver a volar, pues ahora no era más que doscientas libras de chatarra humeante. Los reptadores de superficie surgieron por una escotilla secreta como una erupción y se arrastraron hacia los trágicos restos hirvientes, con sus detectores operando a la máxima potencia. No descubrieron señal alguna de vida.
—¡Informe! —ululó la radio.
—¡No hay señal de vida ni a quince decimales! —contestó el cabecilla de los reptiles, maldiciendo, antes de dar la orden de regreso a la base. Sus patitas repiquetearon metálica y furiosamente contra el suelo estéril y desaparecieron. Lo único que quedó allí fueron las ruinas de metal que silbaban al enfriarse, a modo de canto desesperanzado, mientras la lluvia venenosa se vertía como un llanto sobre el metal candente.
¿Acaso nuestros buenos amigos estaban muertos? Creía que nunca me lo ibas a preguntar. Una milésima de segundo antes de que la aeronave se estrellase, dos armaduras espaciales prácticamente indestructibles salieron disparadas hacia el horizonte, impulsadas por muelles de acerita, y así llegaron hasta un promontorio rocoso. Allí, por pura casualidad, se hallaba escondida la escotilla por la que habían emergido los reptiles de superficie con sus equipos de detección, para llevar a cabo su infructuosa búsqueda. Y allí regresaban ahora, siguiendo las órdenes de su operario, que, maldiciendo y colocado otra vez con aquella hierba krmml del demonio, no se percató del rápido movimiento de las agujas detectoras cuando los reptiles regresaron a su guarida subterránea, llevando consigo un cargamento extra con el que no habían salido a la superficie. El portón de la escotilla se cerró con un gran golpe a sus espaldas.
—¡Lo hemos conseguido! Hemos atravesado su línea de defensa —exclamó entusiasmado Acero—. Y no gracias a ti, precisamente, que has apretado aquel maldito botón de invisibilidad.
—Bueno, y ¿cómo lo iba a saber? —replicó Jax—. En cualquier caso, ya no contamos con la aeronave, pero sí que tenemos el elemento sorpresa. ¡Ellos no saben que estamos aquí, pero nosotros sí que sabemos dónde están ellos!
—Muy bien pensado... Chsss —le siseó—. Agáchate, estamos llegando a algo.
Los reptiles rastreadores penetraron con su característico castañeteo metálico en una cámara inmensa, excavada en la roca viva y repleta de mortífera maquinaria bélica. El único humano allí, si así se le podía llamar, era el operario larshnik, cuyos sucios dedos se abalanzaron sobre los mandos de artillería en cuanto vio a los intrusos, pero fue en vano. Los rayos de dos desintegradores, apuntados con gran precisión, hicieron blanco en él y, en un milisegundo, no quedó del operario más que un pedazo de carne chamuscada. Eso sí, sentada sobre su silla. Por fin la justicia del cuerpo se hacía sentir en la guarida de los larshnik.
Era justicia, impersonal y final, imparcial y asesina, puesto que en aquella guarida del mal no había «inocentes». Las fuerzas vengadoras de la civilización destruyeron todo lo que les fue saliendo al paso, a medida que los dos camaradas se lanzaban a un combate mortífero por los pasillos de la infamia.
—Aquí está el pez gordo —dijo Acero con una mueca cuando llegaron a una inmensa puerta de impervialita revestida de oro, ante la cual un escuadrón suicida se inmoló bajo el fuego sin tregua de los dos camaradas. Hubo otro pequeño brote de resistencia, que fue sofocado entre humo, fogonazos y ruido, hasta que esa última barrera se vino abajo y entraron triunfantes en el área central de mando, donde sólo había una figura junto al panel principal. Superlarsh en persona, el caudillo secreto de un imperio criminal interestelar.
—Tu destino ha venido a verte —sentenció Acero amenazadoramente, con el arma apuntando fijamente a la figura envuelta en ropajes negros y con un opaco casco espacial—. Quítate ese casco o morirás al instante.
Su única respuesta fue un babeante gruñido de rabia contenida. Durante unos largos segundos, las manos, enguantadas de negro, temblaron sobre los mandos de la artillería. Entonces, lentamente, esas mismas manos se elevaron hacia el casco, lo agarraron, lo giraron, lo alzaron poco a poco...
—¡Por el sagrado nombre del profeta Mrddl! —Los dos oficiales del cuerpo lanzaron un grito ahogado al unísono y se quedaron mudos ante lo que veían sus ojos.
—Sí, ahora ya lo sabéis —dijo Superlarsh apretando los dientes furiosamente—. Pero, ja, ja, ja, apuesto a que nunca lo sospechasteis.
—¡Usted! —consiguió gritar Acero, rompiendo el helado silencio en el que se habían quedado suspendidos momentáneamente—. ¡Usted! ¡¡Usted!! ¡¡USTED!!
—Sí, yo, el coronel Von Thorax, comandante del CCC. Nunca sospechasteis de mí y ¡ah...!, ¡cómo me he estado riendo de vosotros todo este tiempo!
—Pero... —balbuceó Jax—. ¿Por qué?
—¿Por qué? La respuesta es obvia para cualquiera que no sea un democrático cerdo interestelar como vosotros. Lo único que los larshniks de la galaxia podían temer era algo como el CCC, una poderosa organización que no se humillase ante un soborno exterior, ni por una sedición interna, y que siempre fuera noblemente en pos de las causas justas. Los tipos como vosotros podíais habernos causado quebraderos de cabeza. Así que fundamos el CCC y, durante mucho tiempo, he encabezado ambas organizaciones. Recluíamos lo mejor de los planetas civilizados y yo me encargo de que la mayoría de ellos se embrutezca, de que su moral sea aniquilada, sus cuerpos devastados y sus espíritus machacados. Así dejan de ser un peligro. Por supuesto, algunos degenerados como vosotros siempre acaban el curso por muy repugnante que sea (todas las generaciones tienen su porcentaje de supermasoquistas). No obstante, yo me encargo de ellos con bastante rapidez.
—¿Por ejemplo mandándolos a misiones suicidas? —preguntó Acero con sarcasmo.
—Ésa es una buena estrategia.
—Como esta misión que nos asignó... ¡Pero no le salió bien! ¡Rece sus oraciones, cochino larshnik, pues está a punto de encontrarse con el Creador!
—¿Creador?, ¿oraciones? ¿Estáis majaras? Los larshniks somos ateos de remate.
Y así acabó, en una abrasadora nubecilla de vapor, muerto con esas viles palabras en los labios. No merecía otra cosa.
—¿Y ahora qué? —preguntó Acero.
—Ahora esto —respondió Jax, haciendo saltar el arma de su compañero y tomándolo prisionero con un rayo que lo dejó totalmente paralizado—. Ya no seré el segundo de a bordo, en la sala de máquinas, mientras tú estás en el puente de mando. A partir de ahora, yo llevo la voz cantante.
—¿Estás loco? —murmuró Acero a través de sus labios casi paralizados.
—Cuerdo por primera vez en mi vida. El Superlarsh ha muerto, viva el Superlarsh. Es mía, la galaxia entera es mía.
—¿Y yo qué?
—Debería matarte, pero eso sería demasiado fácil. Al fin y al cabo compartiste tus tabletas de chocolate conmigo. A ti te echarán toda la culpa de este inmenso fregado..., la muerte del coronel Von Thorax y este desastre en la base principal de los larshniks. Todos los hombres se volverán en tu contra y te convertirás en un paria que, para salvar la vida, siempre tendrá que estar huyendo a los rincones más remotos de la galaxia, donde vivirás bajo el terror.
—¡Acuérdate de las chocolatinas!
—Ya lo creo que me acuerdo. Solamente me dabas las que estaban pasadas. Ahora..., ¡LÁRGATE!
¿Quieres saber mi nombre? Viejo sargento es suficiente. ¿Mi historia? Demasiado para tus tiernos oídos, muchachito. Llena otra vez las jarras y ya está, así es, y acompáñame en este brindis. Haz al menos eso por este viejo que tanto ha visto en su larga vida. Un brindis por la mala suerte, por la maldita mala suerte: ¡que el gran Kramddl maldiga para siempre al hombre al que llaman caballero Jax! ¿Que si tengo hambre? No, yo no... ¡No! ¡Una tableta de chocolate, no!