-Tened cuidado con ese bote, idiotas —susurró con hosquedad el almirante—. Es el último que tenemos.
Contempló ansiosamente a los sudorosos marineros mientras hacían bajar el bote desde la cubierta del submarino hasta el agua. No había luna, pero las estrellas del claro Mediterráneo resplandecían como diminutas bombillas.
—¿Es eso la orilla, almirante? —preguntó el pasajero. Le castañeteaban los dientes al hablar, probablemente por el miedo, pues la noche era cálida.
—Capitán —dijo el almirante—. Soy el capitán de este submarino, de modo que llámeme capitán. Y no, eso es un banco de niebla. La orilla está allí. ¿Está listo?
Giulio empezó a hablar y, entonces, notando el temblor en la mandíbula, optó por asentir con la cabeza. Se sintió tan desaliñado como declaraba su mismo aspecto, con la vieja boina, los deteriorados pantalones de pana y la chaqueta desgastada. Se sintió más andrajoso todavía al lado de la figura esmeradamente uniformada del almirante (en la oscuridad, los parches y los zurcidos de su uniforme no eran visibles). Giulio asintió de nuevo cuando se dio cuenta de que el almirante no había advertido su primer gesto.
—Está bien. Entonces, ¿ya conoce las órdenes?
—Por supuesto que no conozco las órdenes —dijo Giulio con petulante irritación, tratando de no tartamudear—. Lo único que sé es que tengo un trozo de papel en el bolsillo con algunas instrucciones, que tengo que leerlo y que después he de comérmelo. Al amanecer.
—Ésas son las órdenes de las que le estoy hablando, idiota –el almirante retumbó como un volcán, sintiéndose insultado en su autoridad.
—¡No puede hablarme así! —chilló Giulio. Se dio cuenta de que había gritado y bajó la voz—. ¿Sabe usted quién soy yo...?
Se atragantó en silencio. No, el almirante no sabía quién era y si él se lo decía, la CÍA los mataría a ambos; se lo habían prometido. Nadie tenía que saber nada.
—Sé que es usted un maldito pasajero y un maldito incordio y cuanto antes se largue de esta nave, mejor. Tengo cosas mucho más importantes que hacer.
—¿Qué? —Giulio intentó con éxito que su voz adoptara un matiz despectivo—. ¿Hacer navegar un despacho? ¿Qué está haciendo un almirante a cargo de un horrible submarino? Demasiados mandamases, ¡eso es lo que está pasando!
—No. No hay suficientes barcos. Éste es el último submarino. —Una pequeña lágrima de autocompasión se formó en el ojo del almirante; le había estado dando al vodka a conciencia—. Mi último mando. Después, la playa. Debería considerarme afortunado incluso por esto... —Dio un trago y, sacudiendo la cabeza, apartó el tema que le obsesionaba día y noche—. Aquí tiene su equipaje. Le deseo buena suerte en su misión, cualquiera que sea. Éste es un recibo... Firme aquí.
Giulio garabateó su nombre tan bien como fue capaz en aquella oscuridad, agarró la abollada maleta, que era extremadamente grande y pesada, y fue cargada hasta el bote que se columpiaba sobre las olas. Tan pronto como estuvo a bordo, soltaron amarras y los cuatro marineros empezaron a remar frenéticamente. Un oficial se puso en cuclillas en la proa con una brújula y farfulló órdenes en crípticos términos náuticos. Las alubias y el pescado en salazón que una hora antes había engullido con avidez se disputaban encarnizadamente el viaje de regreso a su garganta. El bote se balanceaba, abriéndose paso como podía entre las olas. Giulio se quejó en voz alta y poco le faltó para caerse por la borda cuando la embarcación se detuvo bruscamente. Unas manos encallecidas lo agarraron sin mediar palabra y lo dejaron en la orilla, donde el agua fría le llegaba casi hasta las rodillas. Los marineros volvieron a coger los remos y se largaron a toda prisa.
—Buena suerte, tío —le susurró el oficial cuando desapareció en la oscuridad. Una ola muy fría le golpeó la entrepierna. La impresión lo dejó sin respiración. Se dio la vuelta y se dirigió tambaleante a la playa de arena, abrazándose a la descomunal maleta como si fuera un viejo amigo. Cuando salió del agua, arrojó la maleta y se sentó encima tratando de no gruñir muy fuerte. Nunca se había sentido tan solo y desvalido. Ni sabía siquiera dónde estaba ni parecía que la situación fuera a cambiar pronto. Avanzó a tientas por la arena arrastrando la maleta hacia una oscura estructura cercana.
No se oía nada, aparte del susurro de las olas en la playa a sus espaldas. La estructura negra resultó ser una hilera de casetas de baño, sin cerrar con llave, como descubrió al sacudir la puerta de la que estaba más cerca. Perfecto para sus propósitos. Tiró la maleta en su interior y cerró la puerta tras él, sonriendo siniestramente en la oscuridad. Desenrolló las órdenes. En ese momento quiso saber dónde estaba y qué iba ocurrir después. Un débil coletazo de libertad personal. Ésa era la razón por la que había robado la caja de cerillas, desafiando toda lógica e instrucciones. Las sacó junto con el trozo de papel y, torpemente, trató de encender una en la penumbra. Prendió de repente y él miró el papel, las palabras, con los ojos entornados, tratando de entender qué era lo que decía. Estaba al revés. Le dio la vuelta y leyó «trébol», luego se sacudió la mano al quemarse los dedos, abstraído en los recuerdos que se le agolparon. El fósforo se consumió. Se sopló la mano y casi pronunció en voz alta las palabras que fueron desenterradas de su memoria, ocultas allí por sugestión hipnótica hasta que leyó la palabra que había desencadenado su liberación.
Está en la playa de Marina Piccola en la isla de Capri. Ahora ya está clareando y usted caminará por la carretera hasta la ciudad de Capri. En la piazzetta se dirigirá a la farmacia que está a la derecha. Un hombre con barba gris le responderá «Bocca» cuando le diga la contraseña «Stuzzicadenti». Cómase este papel.
Estuvo masticando tanto el papel como lo que decía. Capri, la isla de la alegría en el golfo de Nápoles o eso era, al menos, lo que se decía. Nunca había estado en ella, ni en ninguna parte de Italia, a decir verdad. La tierra de sus padres. Se preguntó cómo sería y, por primera vez, se olvidó del miedo. Iba a descubrirlo bastante pronto. Y el mensaje estaba equivocado respecto a que clareaba. Eso le hizo sentir un pequeño triunfo. Un diminuto golpe contra el sistema. Y tampoco iba a quedarse allí, esperando hasta el amanecer. Cuanto más se adentrara antes de ser visto, menos posibilidades había que sospecharan que había desembarcado en la playa. La lógica era dudosa, pero aun así la siguió.
Después de andar un buen rato dando tropezones contra objetos invisibles, encontró unos peldaños de piedra por los que se subía hasta un muro. La carretera estaba en la otra parte, flanqueada por casas. Todas las ventanas estaban cerradas a cal y canto contra los peligros perniciosos del aire balsámico de la noche; pasó de puntillas, sin hacer ruido. La maleta era pesada como el plomo y tenía que ir cambiándosela de mano. Sólo al girar la segunda curva de la escabrosa carretera, sin casas a la vista, arrojó al suelo aquella cosa y se sentó encima. Estaba jadeando y chorreando sudor y se preguntaba cuánto faltaría para llegar a la ciudad.
Giulio aún estaba subiendo penosamente por la carretera cuando empezó a distinguirse la claridad por el este. El cielo se incendiaba por detrás de las montañas, al otro lado del golfo, y, de repente, el amanecer estaba allí. Se sintió vulnerable bajo el cielo abierto y se apresuró, aunque el acelerón duró poco y tuvo que pararse entre jadeos y dejar la maleta en el suelo otra vez. En el instante en que hizo eso, un hombre que llevaba un gran fardo de paja sobre la cabeza tomaba una curva en la carretera. Echó una ojeada a Giulio con mirada muy desconfiada, subrayada por su estrabismo, como pudo comprobar cuando pasó a su lado.
—Buon giorno —dijo Giulio, forzando una sonrisa.
El individuo emitió un gruñido, un profundo sonido porcino, y el estómago de Giulio se revolvió. ¿De verdad estaba en Italia, en Capri? Entonces, cuando ya hubo pasado sobradamente, el tipo soltó un reticente «Buon gio».
El primer encuentro fue el peor. Pasaron más campesinos, algunos en silencio y otros con «buenos días» incluido, y Giulio empezó a sentir cierta confianza. Él mismo parecía un campesino, santo Dios, sus padres habían sido campesinos e incluso hablaba italiano. Todavía podían salir bien las cosas.
Ascendió el último tramo del estrecho camino hasta la abertura de la piazzetta tambaleándose por la fatiga. La mayor parte de los comercios estaban abiertos aunque fuese temprano. En el extremo opuesto había un destacado cartel sobre la fachada de la tienda en el que se leía «Farmacia». Por debajo sólo se veían persianas metálicas bajadas.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Giulio cuando se dio cuenta de por qué debería haber esperado hasta el amanecer para leer la nota. Había llegado demasiado pronto y sintió que podía levantar sospechas. ¿No le estaba mirando ese policía mientras mordía un palillo de dientes y se preguntaba quién era?
El miedo le hizo castañetear los dientes y lo envió, dando traspiés, a la entrada de la calle más cercana. Era angosta y oscura y había unos escalones por los que casi se cayó. Dio la vuelta a la primera esquina y se adentró por un callejón más estrecho. ¿Eran pisadas lo que oía detrás de él? Se encontró con la fachada oscura de una tienda y cruzó el umbral a tientas, parpadeando en la oscuridad.
—¿Si? —retumbó una voz, casi en su oído. Un hombre moreno con barba de dos días permanecía allí de pie mirándolo socarronamente.
—Aspirinas —dijo Giulio—. Necesito aspirinas.
—Pazzo —gruñó el individuo con un aliento agrio de vino peleón—. Márchese de aquí.
Giulio escrutó la penumbra cavernosa y vio una caja con algunas patatas viejas y un cajón con tomates cerca de él.
—Pensé que esto era la farmacia —dijo de modo tan poco convincente que ni él mismo se lo creía—. ¿A qué hora abren la farmacia?
—¡Fuera! —le gritó el propietario, e hizo un gesto insultante y desdeñoso con los dedos de la mano derecha. Giulio salió y volvió sobre sus pasos hacia la piazzetta. No había rastro del policía, pero eso no mitigó su miedo.
Cuando salió de nuevo a la luz del día vio a un hombre con una barra grande que enrollaba las persianas de la farmacia. El corazón de Giulio latía con rapidez mientras arrastraba su pesada maleta por los adoquines hacia la seguridad de la entrada.
—Stuzzicadenti —dijo cuando el hombre se volvió hacia él.
Era joven, estaba bien afeitado y tenía la misma mirada suspicaz que el verdulero. No se dignó a contestarle y agitó el dedo pulgar en dirección a la verdulería tras él.
—¿Aspirina? —preguntó expectante Giulio, intentando sonreír sin conseguirlo. El joven lo recorrió de arriba abajo con una mirada circunspecta, indagando sobre las posibilidades económicas del extranjero. En principio, Giulio parecía poder permitirse al menos una aspirina o dos. El tipo joven se echó al hombro la barra y tomó la delantera hacia el interior de la tienda.
Un hombre entrado en carnes y con la barba gris estaba tras el mostrador de mármol abriendo un paquete. Echó un vistazo cuando Giulio entró, luego volvió a concentrarse en desenredar la gruesa cuerda. El temor dejó paso a la alegría en el corazón de Giulio. Corrió hacia el hombre, se inclinó y le susurró al oído «Stuzzicadenti».
—Marco, ¿lo ha visto entrar alguien? —preguntó el hombre, hablando por encima de la cabeza de Giulio.
—Tan sólo la mitad de la ciudad —respondió el joven.
—¿Stuzzicadenti? —preguntó Giulio, esperanzadamente.
—Siempre hacen lo mismo; envían a gente que no sabe nada.
—Stuzzicadenti... —repitió con un quejido lastimero.
—¿Mondadientes? —preguntó Barbagrís, mirando a Giulio por primera vez—. Ah sí, la tontería esa de la contraseña. ¿Madera? ¿Nariz? ¿Diente? No. ¡Sí! Boca. ¡Bocca!
—Le ha costado lo suyo —farfulló Giulio, molesto por el recibimiento.
—Cállese y sígame. Quédese bien atrás de mí y compórtese como si no me estuviera siguiendo. Cuando vengan a buscarlo quiero que todo el mundo sepa que usted se marchó de mi tienda.
Se puso una elegante chaqueta de rayas finas, agarró un bastón de malaquita de la esquina y, con grandes pasos, salió de la tienda y cruzó la piazzetta. Giulio se disponía a seguirlo cuando el poderoso brazo del joven lo detuvo.
—No tan cerca. Observe a donde se dirige.
Sólo después de que Barbagrís desapareciera por un callejón estrecho, liberó a Giulio, que salió corriendo tras él, mientras trataba de no hacerlo y jadeando por el peso de la maleta. Continuó manteniendo las distancias y, después de varios giros, fue recompensado con la visión de su presa entrando en un edificio. Entonces aminoró la marcha, se detuvo y volvió la vista atrás. Nadie a la vista. Se adentró por un oscuro pasillo y oyó la puerta cerrarse con un ruido sordo tras él. Se abrió otra puerta y siguió a Barbagrís hasta una agradable habitación donde había dobles ventanas abiertas de par en par que mostraban una vista impresionante del golfo de Nápoles. Barbagrís le indicó una silla cerca de la ventana y exhibió una sonrisa chapada en oro a través de la jungla barbada. Después cogió una botella de vino del aparador.
—Bienvenido a Italia, Giulio. Puedes llamarme Pepino. ¿Cómo ha ido el viaje? Tienes que probar este vino, el vino autóctono de esta isla, te va a encantar.
—¿Cómo sabe mi nombre?
La sonrisa se esfumó por un momento y luego volvió a aparecer con sus tonos áureos.
—Por favor. Yo he sido quien lo ha dispuesto todo. Aquí tengo tu pasaporte y tus papeles con tu foto en ellos. También los billetes. He hecho todo esto y puedo decirte que no ha sido barato. —Echó una mirada a la maleta y su sonrisa se hizo más amplia—. De modo que me alegra ver que has traído contigo el pago. ¿Me permites la maleta?
Giulio la aferró con fuerza.
—Me dijeron que la entregara sólo al escuchar una palabra determinada.
—¡Tus amigos de la CÍA han visto demasiadas películas de espías! Quién sino yo... —El temperamento de Pepino cambiaba con mucha frecuencia y ahora volvía a estar sonriendo—. Pero, por supuesto, eso no es culpa tuya. La palabra es... merda... Hay tantas palabras estúpidas que recordar. Ésta de ahora es... ¡shamarocka! Ahí la tienes, a la primera.
Sin más ceremonia, Barbagrís recogió la maleta y se la acercó, la puso plana sobre el suelo y tiró de los seguros. Estaba cerrada. Masculló entre dientes alguna obscenidad y sacó, con bastante rapidez para un hombre tan gordo, pensó Giulio, una navaja que emitió un sonido muy desagradable al abrirse. Algunas vueltas con ella y los pasadores quedaron abiertos de golpe; la navaja desapareció tan de prisa como había visto la luz. La abrió y Giulio se inclinó hacia delante para fisgar, pues no tenía ni idea de qué era aquello con lo que había estado cargando. La maleta estaba repleta a conciencia de paquetes de medias. Riéndose de placer, Pepino abrió un paquete y agitó en el aire el diáfano nailon—. Soy rico, soy rico —musitaba para sí—. Esto es más valioso que el oro.
Giulio asintió a sus palabras con un «amén». Había una fortuna en la maleta. Años atrás, cuando el petróleo había empezado a agotarse, no sólo significó la muerte del automóvil y las industrias afines, sino que también pasó factura a la industria petroquímica. Los pocos suministros que quedaban se reservaban para la elaboración de productos químicos esenciales farmacéuticos e industriales y poco o nada para la producción de plásticos. De ser el material más corriente, el plástico se había convertido en el menos común, y el nailon no industrial, en el más raro de todos. Por supuesto existía el mercado negro, que lo único que hacía era contribuir a subir el precio de productos no esenciales como las medias.
—Esto es para ti —dijo Pepino, pasándole una cartera ajada que había sido colocada entre las medias. Giulio la abrió y miró los apretados fajos de billetes. Cogió uno y lo observó detenidamente. Desde él, un individuo achaparrado, tapado hasta las orejas, le sostenía la mirada. La impresión estaba hecha en una lengua y un alfabeto extraños y podía leerse algo como «nota au thairgthe auig phunt».
—Guárdalos —le ordenó Pepino—. Para los gastos y los sobornos cuando llegues allí. —Vació el contenido de la maleta en un guardarropa. De un cajón, en la parte inferior del mismo armario, sacó ropa interior, calcetines y camisas, todo ello viejo, desteñido y con parches y lo puso en la maleta. En lugar de intentar poner los cierres rotos, la amarró con un trozo de soga alrededor y después se la tendió a Giulio.
—Es hora de marcharse —le anunció—. En la parte norte de la piazzetta hay unos escalones por los que se va a Marina Grande. Baja por ellos, ni muy despacio ni muy de prisa, y en el puerto encontrarás aguardando el ferry para Nápoles. Aquí está el billete. Haz el favor de ponértelo en un bolsillo exterior. En este sobre está tu pasaporte y todos los demás papeles que necesitarás. Te será bastante fácil encontrar el barco. Puedes subir a bordo a cualquier hora del día de hoy, y te sugiero que lo hagas tan pronto como puedas. Sólo te verás metido en apuros si permaneces en la ciudad. Buena suerte. Eso es todo. Acábate el vino y buena suerte con tu misión, cualquiera que sea. Si consigues regresar vivo, le comentas a tu CÍA el trabajo tan estupendo que he hecho. Son unos de mis mejores clientes.
Impelido por esas palabras estimulantes y una firme palmada en los riñones, Giulio llevó la maleta, ahora más liviana, por los escalones, que parecían no tener final, hasta el puerto. Tuvo una nítida vista del ferry amarrado al malecón y advirtió que estaban izando las velas. ¡No podía perderlo! Echó a correr, tan de prisa como pudo, y llegó al puerto muy apurado, pero al ver que los pasajeros estaban aún embarcando, frenó hasta caminar tambaleándose, resbalándole el sudor. Aunque no le sobró mucho tiempo, pues tan pronto como se dejó caer cansinamente sobre cubierta soltaron amarras en medio de un considerable griterío y el ferry empezó a navegar por la bahía. El viento venía de popa, afortunadamente, ya que su estómago no disfrutó del viaje lo más mínimo, y pronto estuvieron deslizándose por las aguas de Nápoles.
Naturalmente, el puerto estaba vacío con la excepción de algunos botes de pesca y mercantes costeros. El mundo no podía cambiar con rapidez de los motores a las velas. El ferry pasó al lado de la mole oxidada del Ark Royal, con la cubierta de aterrizaje escorada en ángulo cerrado y reposando sobre el fondo. Los rumores afirmaban que se había hundido debido a un sabotaje, aunque lo más probable es que se debiera a las perforaciones hechas por el óxido. En medio de toda aquella ruina herrumbrosa, la masa descomunal del Saint Columba se erguía imponente.
Se extendía interminablemente, con todo su reluciente metal y pulida pintura, como si hubiese sido sacado de un libro de historia. En la popa ondeaba una bandera naranja, blanca y verde, mientras que de la chimenea ascendía una serpentina acre de humo marrón. En un mundo que se desmoronaba, era un monumento al poder del hombre y, de repente, Giulio se sintió muy feliz. Iba a subir a bordo, viajar en él, ver en acción su poderosa maquinaria. Giulio era hijo de esa época, de un mundo en declive, así que sólo había visto aviones en tierra, esqueletos de automóviles, máquinas mudas. A pesar de los peligros de su misión, no podía evitar esperar con ansiedad las sorpresas.
Eso era con lo que siempre había soñado y más. La única formalidad era el embarque inminente en la nave. Soldados con ojos de lince y armas a punto protegían el muelle contra los visitantes inoportunos. Un oficial uniformado examinó sus papeles, los selló, se quedó algunos y le indicó con la mano que pasara. Le siguió una inspección rápida a la maleta y ya estaba a bordo. Fue como atravesar las puertas del paraíso.
Un sobrecargo rubicundo y sonriente comprobó su nombre en una lista y le asignó una litera. El tipo sabía algunas palabras de italiano básico y tenía un gran catálogo de gestos. Giulio se esforzó en no entender el inglés.
—Ahí tienes chaval, cabina número 144. Uno quattro quattro. ¿Lo pillas? No entiendes, ¿eh? Dormir, hijo, siesta, allí abajo, puñetero sotto, ya sabes. ¿Lo coges ahora? Eso es magnífico. Cabecear, dejar descansar el cerebro. Y ¿qué son unas libras al lado de tu salario mensual? Soldi. ¿Entiendes eso? No se puede dejar que un hombre pase sed. Está bien, ponte en marcha, anda, avanti, gilipollas. Limítate a seguir la música de la juerga y podrás tomarte algunos tragos con tus colegas antes de partir a la tierra prometida. Siguiente.
El clamor de voces y risas masculinas creció más y más a medida que Giulio iba bajando por el pasillo hasta que abrió de un empujón las puertas de vaivén y se le vino encima toda la algarabía y una nube de humo de tabaco y vocerío en italiano. Hombres de rostro enrojecido con camisa y corbata estaban despachando enormes jarras de algún tipo de bebida oscura y espumosa a otros de piel oscura y pelo negro que la bebían a ritmo feroz. Había vasos más pequeños de un líquido ámbar, que se mezclaba con el agua de una jarrita. Cuando Giulio se abrió camino hasta la barra pudo oír comentarios en tono elogioso que afirmaban que si bien no se trataba ni de un excelente vino ni de una embriagadora grappa, en justicia bien merecía la pena probarlos. El barco se balanceaba. Giulio pasó al lado de una mesa sobre la que había un billete, aunque de menor valor que los que le habían entregado a él y que llevaba en fajos en su bolsillo interior. Los italianos tenían razón. Las bebidas eran diferentes pero muy agradables.
Lo mismo pasaba con la comida. Dio cuenta de la primera con cierta perplejidad, pero le recordó felizmente un trozo de carne lo suficientemente grande como para alimentar a una familia de diez en su casa, en Hoboken; patatas harinosas, doradas bandejas de mantequilla, pan negro. Todo un sueño... que no era un sueño. Pero todo en el viaje pasó demasiado de prisa. Engordó algún kilo durante el trayecto, tuvo resacas brutales e, indudablemente, le infligió a su hígado un daño igualmente brutal.
Los pasajeros italianos tenían muy poco contacto con la tripulación del buque. Eso no parecía deberse a la normativa, sino a que se trataba de un barco de trabajo, un buque de carga en su mayor parte, y los marineros estaban bastante ocupados. Eso y las barreras lingüísticas los mantenían al margen. Sin embargo, cuando lo pidieron, Giulio se ofreció voluntario para formar parte de un equipo de trabajo. ¡Quién sabía los secretos técnicos que se escondían en las tripas de aquel buque! Descubrió poco más que el Saint Columba estaba accionado por vapor, caldeado con turba y construido en Cork. Todo eso ya lo sabía la CÍA, estaba convencido. A cambio de esa información, Giulio empleó una agotadora tarde echando palas de turba a una correa transportadora rota en la carbonera. Le resultó de escaso consuelo que también los otros sufrieran y volvieran a sus dependencias quejándose amargamente y comparando los callos de las manos.
Entonces el viaje llegó a su fin. Delante de él aparecieron suaves laderas y una costa sinuosa. El Saint Columba se desplazaba lentamente en el interior del puerto, entre los brazos de granito extendidos de los dos grandes rompeolas. «Dun Laoghaire», rezaba un gran cartel en el edificio al lado del muelle, sin ninguna pista de cómo debía pronunciarse. Fueron desembarcados del buque con sus exiguas pertenencias y se les hizo subir con escasa ceremonia a los autobuses de dos pisos que estaban aguardando. An Lar era el destino que indicaban los paneles. Todo el pasaje estaba cotorreando, excitado ante la emoción de subir a un vehículo motorizado. Los autobuses eran silenciosos (obviamente accionados por energía eléctrica) y se pusieron en marcha en un pesado convoy a través de calles estrechas y durante un corto viaje. Había frondosos árboles y casas pequeñas, jardines con flores y parques con césped suave y tupido. El trayecto finalizó frente a un muro alto y una enorme verja de imponente aspecto, que se abrió para dejar paso a la flota. Los hombres descargaron en un gran patio rodeado por edificios de curioso aspecto. Giulio intentó retener en la memoria todos los detalles, según había sido entrenado. Tan pronto como los autobuses partieron, con un alegre gesto del último conductor, las puertas se volvieron a cerrar, un hombre se encaramó a una plataforma y sopló a un micrófono. Su aliento amplificado reverberó como el eco sobre los muros y el silencio se hizo entre los italianos, que se volvieron a mirarlo. Llevaba un traje oscuro con un chaleco a juego y una gruesa cadena de oro colgaba de él. Fumaba una pipa de cazoleta ancha, con la que les apuntaba para enfatizar algún punto importante. Ahora les estaba apuntando.
—Me llamo señor O’Leary —dijo— y estoy a cargo de este establecimiento. Algunos de ustedes ya saben hablar inglés; los demás lo aprenderán si tienen la intención de quedarse. Gino, aquí presente, es el traductor y va a traducir mis palabras. Pero hay clases de inglés todas las tardes y se confía en que asistan a ellas. Diles eso, Gino.
O’Leary sacó un mechero y procedió a encenderse la pipa mientras se realizaba la traducción. Entonces asintió, no estaba claro si debido a la traducción o al tabaco, y prosiguió.
—Ustedes, caballeros, son trabajadores invitados de Irlanda. Hay valiosos puestos de trabajo de mucha responsabilidad en este lugar y sé que lo van a pasar bien llevándolos a cabo. El trabajo no es duro, serán bien alimentados, dispondrán de abundante tiempo de ocio y se les permitirá enviar su salario a casa si así lo desean. Los que quieran acudir a una iglesia, podrán hacerlo, naturalmente a la Iglesia Católica romana. Cuando descubramos sus títulos y aptitudes, se les asignará una tarea que se les adapte mejor. Algunos se convertirán en barrenderos, para que podamos enorgullecemos de la limpieza de nuestras ciudades y otros tendrán el placer de ser basureros y subir a los grandes y poderosos vehículos que realizan esta función esencial para la comunidad. Existen oportunidades de sobra. —Apretó el tabaco humeante con el dedo pulgar y pareció no oír el murmullo que se levantó de la audiencia—. Sí, ya sé que presentaron la solicitud para trabajos especializados, albañiles, carpinteros y cosas parecidas. Pero si mi experiencia con remesas anteriores es válida, aquí no hay ni un solo trabajador honesto. —Su voz resonaba ahora con tonos de acero y su mirada expresaba una dureza inédita—. No tienen un solo callo en sus delicadas manos. Pero no pasa nada. Sabemos que todos ustedes son ricos o conocen a alguien lo suficientemente rico que les ha permitido costearse los sobornos y los documentos falsificados que les trajeron hasta aquí. No se les va a tener en cuenta. Confiamos en que trabajen duramente y sepan estar a la altura de las circunstancias. De no ser así, serán enviados a casa inmediatamente. Pero ajústense a los términos de su contrato y nosotros lo haremos a los nuestros. Disfrutarán de su estancia en nuestras costas. Recuerden, se les permitirá enviar paquetes con comida y artículos manufacturados a sus familias. Les sentará bien la saludable dieta de esta tierra. Beberán Guinness y se fortalecerán. Se reunirán aquí a las siete y media mañana por la mañana y empezarán a transportar ladrillos para la construcción de la nueva planta energética.
Al decir eso, O’Leary se apartó (¿era posible que hubiera un destello en su mirada?) y, antes de que finalizara la traducción, se marchó, de modo que el gruñido con el que remató sus últimas palabras lo acompañó a través de una pequeña puerta. Un tanto alicaída, su audiencia se retiró a sus dependencias.
Pero Giulio no. ¿Triste? ¡Nunca! ¡Una planta energética! ¡Eso sí que era la suerte más grande del mundo!
A la mañana siguiente lloviznó y, en grupos de diez, con humedad y frío, allí estaban ellos, en el patio, cada grupo estaba al lado de una gran pila de ladrillos de aspecto singularmente sólido. Un individuo recio y compacto con grandes manos enrojecidas se dirigió a Giulio y a sus compañeros y les mostró un objeto: tenía un largo mango de madera que sostenía dos tablas, borde con borde, formando una v.
—Esto —dijo él—, esto, mis muchachos, es un capacho. ¿Entienden? Capacho, capacho. Permítanme escuchar cómo lo dicen. ¿Capacho?
«Capacho» dijo uno, y luego los demás, «capacho», «capacho».
—Muy bien. Sois realmente listos. Estoy seguro de que aprenderéis de prisa. Ahora bien, éste es un capacho chiquitín, como cualquiera que sepa de estos cacharros os podría decir, pero eso es debido a que los ladrillos de aquí no son normales, endebles y que se acaban disgregando, como los que soléis emplear en vuestras tierras extranjeras.
Los hombres escuchaban, desconcertados, y Giulio intentó simular la misma perplejidad que los demás. El simple hecho de que no hubiese nadie que entendiera sus instrucciones no pareció molestarle ni interrumpir el flujo de su discurso.
—Hubo un tiempo en que tenías que llevar un gran capacho colmado de ladrillos, pero ahora sólo se transportan tres ladrillos por carga. Por qué, os preguntaréis. Bien, me alegrará explicároslo. Sólo llevamos tres porque son condenadamente pesados, ésa es la razón. Este que veis aquí es el ladrillo oficial irlandés, construido de sólido granito y resistente al paso de los siglos. Cojan uno... si es que pueden. Eh, tú, espagueti, chaval, deja de sonreír, que esto no es un saco de pasta. Eso es. La vieja hernia se despertará si no aprendes a levantarlos mejor...
—Paddy —gritó una voz—. Necesito un par de muchachotes musculosos para descargar un camión. ¿Tienes alguno de sobra?
—Son sólo un montón de raquíticos. Puedes quedarte con todos. Llévate los que quieras, porque yo no tengo esperanzas de hacer un buen capachero de ninguno de ellos.
El recién llegado se plantó delante de ellos y apuntó al tipo que tenía más cerca.
—Tú, espagueti, vente conmigo, ¿entiendes? Y tú también, espagueti. —Señaló a Giulio y le hizo un gesto para que lo siguiera. Éste le respondió con una pantomima: se señaló el pecho y asintió, después lo siguió mansamente, excitado.
Pasaron por una pequeña verja y luego otra. Fueron hacia un edificio sin ventanas que dominaba sobre los de alrededor. Desde lo alto del muro, por encima de unos descomunales separadores blancos, se extendían grandes cables eléctricos hasta una torre eléctrica e incluso más allá. ¡Allí estaba!
—Estupenda visión, ¿verdad, espagueti? No hay nada igual en vuestro país, ¿eh?, en la tierra de la pasta. Venga, a trabajar pues. Las cajas fuera del camión y al carretón. Y, maldito listillo, si no te importa, hazlo así. ¿Lo pillas?
No les llevó mucho tiempo. El camión arrancó y dos hombres empujaron el carretón.
—Más camión, ¿entendéis? —les gritó el guía, haciendo gestos y señalando con la mano la tierra al mismo tiempo—. Echaos una siestecita y en seguida estamos de vuelta.
Había dejado de lloviznar y brillaba el sol. El compañero de Giulio se acurrucó contra el muro y se durmió al instante. Giulio arrancó una brizna de hierba que salía de una grieta del pavimento y la mordisqueó mirando a su alrededor. No había nadie a la vista, todo estaba muy tranquilo, pero los irlandeses siempre eran así. Era su punto flaco y él había sido entrenado para aprovecharse de eso. Miró a su alrededor y caminó en dirección al alto muro que tenía cerca, hasta una pequeña puerta con un cartel que decía: «No SE ACERQUEN. ACCESO RESTRINGIDO AL PERSONAL DE LA PLANTA ENERGÉTICA».
¿Se atrevería? Por qué no, para eso había ido hasta allí, más pronto o más tarde tendría que intentarlo. La puerta estaba cerrada con llave, pero reconoció la marca del cierre; contaba con una buena formación al respecto. Llevaba oculta la ganzúa tras la hebilla del cinturón y, con un rápido movimiento, la tuvo preparada entre los dedos. Seguía sin haber nadie a la vista. Dentro, hacia arriba, presión... y giro.
La puerta se abrió. En un segundo, Giulio se metió y la cerró. Un pasillo brillantemente iluminado se extendía ante él. El corazón le latía en el pecho con golpes de martillo. Tenía que continuar; no podía hacer otra cosa. Recorrer todo el pasillo. Puertas, todas cerradas, numeradas. Podía significar cualquier cosa. Luego otra. Se quedó petrificado ante el cartel que había en una de ellas, «ALMACÉN DE MANUALES TÉCNICOS», rezaba.
¡Lo había conseguido! El mismo tipo de cerradura; un giro y abierta. La oscuridad por delante, una visión fugaz de estanterías antes de cerrar la puerta a sus espaldas. Buscó a tientas el interruptor, allí estaba, lo encendió...
—Entre, Giulio, adelante —dijo un individuo—. Siéntese aquí, enfrente de mi mesa. ¿Un cigarrillo? No, lo olvidaba; no fuma, ¿verdad?
Pasmado y sin creer lo que veía, Giulio se deslizó sobre la silla e intentó no quedarse con la boca abierta ante el hombre sonriente que estaba al otro lado de la mesa. El tipo llevaba un uniforme de alguna clase, con tres estrellas en las hombreras, e hizo un gesto con la cabeza de la forma más afable posible detrás de unos dedos estirados como estacas.
—Supongo que es de la CÍA, aunque no profesional, espero. ¿Podría decirme su nombre auténtico?
—Giulio —acertó a decir finalmente—. Scusi, signore, no capi...
—Por favor, Giulio, no perdamos el tiempo. Verá, encontramos esto en su bolsillo. Hacemos registros, ya sabe. —Levantó una caja de cerillas azul con caracteres blancos: «Marina de Estados Unidos».
Giulio respiró entrecortadamente, su columna vertebral se arqueó y luego se dobló incluso más.
—¿No quiere cooperar? Oh, mi querido amigo, nos lo está poniendo difícil. Me llamo Power, capitán Power. ¿Y, usted, cómo se llama? Está bien, si no queda más remedio...
El capitán rodeó la mesa y con un movimiento rápido como el rayo inmovilizó a Giulio con una llave infalible. Incluso se las arregló para disponer de una mano con la que presionó los dedos de Giulio sobre una tarjeta blanca que estaba sobre la mesa. Sus huellas dactilares aparecieron un instante más tarde. Power liberó a Giulio, cogió la tarjeta por el borde y miró las huellas con ojo crítico, cabeceó y luego la introdujo en una ranura que había en la mesa.
—Debería valer. Mientras esperamos los resultados, echaremos un vistazo a la planta energética. No se quede con la boca abierta, al fin y al cabo para eso ha venido, ¿no? Para ver el orgullo y la gloria de Irlanda, la envidia de todo el orbe. —Le abrió la puerta, le indicó que saliera y continuó hablando mientras caminaban por el pasillo—. En un mundo con recursos en declive y reservas energéticas en descenso, nos hallamos felizmente en esta provechosa isla nuestra. Las cosechas y el ganado son los mejores y siempre hemos cultivado y criado más que suficiente para satisfacer nuestras propias necesidades y algo más. Y turba, aquí tenemos toda la que pueda hacernos falta; hemos estado produciendo electricidad con ella durante años y ahora la empleamos en nuestros buques. La potencia, ése es nuestro secreto, y por eso ha venido. Y también contamos con una suficiente provisión de acero. Prosperamos en un mundo desventurado y ayudamos a los demás en la medida que nos es posible, pero, después de todo, somos una nación pequeña. Por aquí, si me hace el favor. —Abrió una puerta descomunal—. Ahora le pregunto yo a usted: ¿no es ésta una imagen gloriosa?
Realmente, aquello no podía dejar indiferente a nadie. Los dos se apostaron en un balcón en lo alto de la pared de una cámara inmensa. El sonido, el calor y el movimiento, apenas le dejaron comprender al principio lo que estaba ocurriendo. El vapor silbaba y ascendía formando volutas desde el suelo, donde había unas grandes turbinas girando. Una cinta transportadora trasladaba una fila sin fin de ladrillos de piedra desde una abertura en una pared hasta desaparecer por otra en otro muro. Giulio pestañeó tratando de extraerle un sentido a todo aquello. El capitán Power se lo explicó.
—Cuando los bloques de granito son arrojados a la cámara de vapor, prácticamente se funden a una temperatura de miles de grados, tengo entendido. Al principio tuvimos muchos problemas, pues se rompían, explotaban como bombas y ese tipo de cosas. Naturalmente, ahora ya están todos solventados. Tras dejar de estar sometidos al vapor y enfriarse un poco, se tiran al agua y generan más vapor, y así una y otra vez. Y el vapor hace funcionar los generadores. Eso es todo.
—Pero... no, eso es imposible —tartamudeó Giulio, aturdido—. ¿De dónde provienen los ladrillos?
—Pensé que nunca lo preguntaría. Si va por ahí, se encontrará con uno de los responsables.
El paseo fue corto, y la sala en la que entraron, más grande que la primera y toda repleta de antigua maquinaria. Un individuo alto con una calva reluciente, orlada con restos de pelo rojo, estaba sentado sobre un sofá leyendo unos datos de ordenador, que había impreso.
—Giulio —dijo Power—. Quiero que conozca a Sean Raftery.
—Es un placer —dijo Sean, levantándose y cogiendo la mano de Giulio para darle un caluroso apretón—. Ha demostrado tener mucho valor al venir tan lejos y también cuenta con una buena formación, según he leído. Giulio —dijo desviando la vista hacia el documento—, Giulio Balietti. Nacido en Hoboken, New Jersey, qué nombre tan poco corriente para una ciudad. Instituto... universidad. .. Ah, un doctorado en física, física nuclear. Y bastante joven, además.
—Física atómica —matizó el capitán Power—. Todavía persisten en ese camino. Bien, peor para ellos. Son cabezotas como ellos solos.
—Entonces... saben... —dijo Giulio.
—Por supuesto. Nos enorgullecemos de nuestros archivos. No es el primero, ya lo sabe. Solíamos tratar de mantenerlos alejados, pero luego nos dimos cuenta de que era mucho más fácil dejarlos entrar y ocuparnos después de ellos.
—¡Van a matarme!
—No diga estupideces..., al fin y al cabo, nosotros no somos la CÍA. Éste es un país civilizado. Vamos a enseñarle el gran secreto de Irlanda y después extraeremos, con un procedimiento indoloro, la memoria del día de hoy. Además, hemos descubierto que, tras el proceso de extracción de memoria, el agente se siente mucho más relajado, sabiendo al fin lo que deseaba averiguar. En algún rincón del subconsciente existe una sensación de éxito y eso es lo más importante. Sean, si haces el favor.
—Por supuesto. Nuestro secreto, Giulio, es el aprovechamiento de una fuerza inmensa de la personalidad y el carácter irlandeses que siempre ha existido, siempre se ha percibido, pero nunca se ha canalizado en la dirección adecuada. Los poetas y los escritores han bebido de esa poderosa corriente y han cosechado grandes resultados. Alguien dijo una vez acerca de un escritor irlandés, con intención cruel, pero, no obstante, con un ápice de verdad, que cualquiera podía escribir de esa forma con tal de dejar fluir sus pensamientos. Quizá sea así, pero sólo los irlandeses podemos hacerlo casi sin proponérnoslo.
Giulio observaba, con los ojos saliéndosele de las órbitas, al capitán Power llevarle un traje negro, una especie de armadura medieval, a Sean Raftery. Era feo como ese instrumento de tortura conocido como Dama de Hierro, pero no parecía inspirar ningún temor en Sean, quien, voluntariamente, colocó los brazos en las extensiones de esa cosa. Incluso sonrió al cerrársele alrededor del cuerpo.
—El flujo de ingenio y humor irlandés es famoso. Nuestros actores son conocidos en todo el mundo, su capacidad para expresarse es proverbial. —Las virtudes de Sean en materia de fluidez verbal parecieron obstruirse. Se empezó a atrancar con las palabras y empezó a repetirse—. Perdone..., discúlpeme, se lo ruego. Como ve, esto es un traje de privación sensorial. No puedo sentir nada con el cuerpo o las manos, no puedo usarlas... Pero, alabado sea Dios, aún puedo hablar...
Los ojos de Sean se abrieron más y sus palabras quedaron aplastadas en el silencio cuando el capitán Power le colocó una blanda pero potente mordaza sobre la boca. El capitán continuó con las explicaciones.
—Ahí lo tiene, la completa privación sensorial, de manera que el sujeto no puede gesticular, señalar con los dedos ni andar. La comunicación y el flujo lingüístico han quedado bloqueados totalmente por la mordaza. De manera que ¿qué es lo que aquí tenemos?, se preguntará. Tenemos, yo le responderé, un poderoso torrente de expresión pugnando por una salida al exterior. Tenemos al genio de la comunicación sin una válvula de escape. Pero... aguarde, aún nos queda una válvula: ¡el cerebro! Sin ningún otro medio para expresar la presión de los pensamientos que se arremolinan en la poderosa sesera irlandesa..., la poderosa sesera irlandesa se expresa a sí misma por el contacto directo con el mundo exterior. Ese vaso sobre la mesa..., ¿me harías el favor, Sean?
De repente el vaso se elevó y quedó suspendido en el aire, hizo un descenso en picado como un ave de presa y luego aterrizó sobre la mesa con suavidad.
—Manipulación directa de la materia por la mente. Pero mucho más serio que trucos de magia como éste que acaba de ver. Sean y otros de su equipo llegan a adentrarse en las profundidades del núcleo fundido de la tierra con la mente, a muchas millas de profundidad, y abren un orificio hasta la superficie. El magma, la roca liquida, es expelida hacia fuera, y una barra sólida de lava es expulsada con enorme fuerza a ese tanque que ve ahí. O más bien sería un río sólido si la abertura no se abriera y cerrara regularmente para cortar la barra en los ladrillos que ya ha visto. En otras ocasiones, si descienden a más profundidad, llegan a sacar provecho del corazón de hierro fundido de nuestro planeta y traen el hierro de mayor pureza a nuestras plantas de laminación. Es una verdadera maravilla.
Sonrió a Giulio e hizo una señal a Sean.
—Ahora, con suavidad, palpa sus recuerdos y extirpa el día de hoy.
Giulio se puso en pie y trató de echar a correr, de huir, pero la oscuridad se desplomó sobre él.
—Chi é lei? —preguntó Giulio al oficial que había a la mesa del escritorio, quien estaba examinando con atención unos datos impresos de ordenador.
—Déjese de juegos, hay mucho trabajo en esta oficina —le dijo el capitán Power—. Tenemos su historial completo. Usted es el doctor Giulio Balietti, un físico atómico. Fue enviado aquí por la CÍA para descubrir nuestros secretos técnicos. Esto es espionaje y podría ser ejecutado por ello... Ahí, tome asiento; está usted muy pálido. ¿Un vaso de agua?, ¿no? Así está mejor. Sin embargo, somos un pueblo amable y le vamos a dar una oportunidad. Se puede marchar a casa y decirles a sus amigos de la CÍA que nos dejen en paz. O puede quedarse aquí, siempre y cuando se abstenga de espiar más. Hay una vacante de profesor universitario de física atómica en el Trinity College. Me temo que sólo se trata de una plaza a tiempo parcial; no le ocuparía más de unas horas a la semana. Hasta que haya disponible un puesto mejor, tendrá que realizar también otro trabajo. Hemos descubierto que los académicos se lo pasan muy bien en la turbera. Es una ocupación muy saludable, al aire libre, y muy relajante cuando ya estás familiarizado con ella. A muchos de nuestros mayores les gusta tener turba cortada a mano en sus chimeneas y no creo que sea demasiado esfuerzo darles ese gusto. ¿Qué le parece?
¿Qué decía él? Un recuerdo de Hoboken, la pobreza gris e inacabable, él plancton y los alimentos a base de soja, una sosa existencia. Se quedaría, por qué no, no le estaban pidiendo que les diera su palabra. Todavía podía mantener los ojos abiertos, buscar el secreto irlandés, llevárselo consigo a Estados Unidos. Su deber era quedarse.
—Trinity y la turbera —dijo con firmeza.
—Bien. Por aquí. Quiero que conozca a Herr Professor Doktor Schmidt. También físico...
—Nein, se confunde, mi capitán. Es Iván quien es el Physiker. Yo soy un simple químico. Venga, ¿ha dicho que se llama Giulio? Vamos a tener una buena charla y le enseñaré a usar la pala para la turba. Es una herramienta que se disfruta mucho.
Los dos se marcharon afuera, del brazo, hacia la lluvia que caía.