País Relato - Autores

harry harrison

juguetería

El coronel Biff Hawton pudo ver la exhibición con todo detalle debido a su metro ochenta y dos de altura y a los pocos adultos que había entre la multitud. Los niños, y la mayoría de los padres, tenían los ojos como platos y estaban boquiabiertos de asombro. Biff Hawton tenía demasiado mundo a sus espaldas como para sorprenderse. Se quedó porque quería descubrir cuál era el truco que hacía funcionar el artilugio.
—Todo está explicado aquí, en el libro de instrucciones —explicó el responsable de la exhibición, sosteniendo un folleto de tonos chillones abierto por una página con un diagrama a cuatro colores—. Todos ustedes saben cómo los imanes atraen las cosas y estoy seguro de que incluso saben que la tierra misma es un gran imán. Ésa es la razón por la que las brújulas siempre señalan al norte. Bien..., la Maravilla Atómica del Transmisor de Ondas Espaciales se aferra a tales ondas espaciales. Las ondas magnéticas de la Tierra son invisibles para todos nosotros, incluso pasan a través de nosotros. La Maravilla Atómica cabalga sobre esas ondas al igual que un barco navega por las olas del océano. Y, ahora, observen...
Todos los ojos estaban puestos en él cuando colocó sobre la mesa la burda maqueta de un cohete y retrocedió. Estaba hecho de metal troquelado y parecía tan incapaz de volar como una lata de atún, a la que se parecía mucho. No tenía ni alas ni hélices ni reactores que quebraran la uniformidad de su superficie pintada. Estaba apoyado en tres ruedas de plástico y, por su parte inferior, salía un doble filamento de cable aislante. Ese cable blanco pasaba por la mesa negra y terminaba en una caja de mandos que el individuo sostenía en la mano. Una luz indicadora, un interruptor y una ruedecilla parecían ser los únicos controles.
—Pulso el interruptor y un impulso de corriente es enviado a los receptores de ondas —dijo. El interruptor hizo clic y la luz parpadeó a un ritmo regular. Entonces el individuo empezó a girar la ruedecilla lentamente—. Es necesario manipular delicadamente el generador de ondas, ya que estamos trabajando con las energías del mundo entero.
Un «¡ahhhhhh...!» simultáneo recorrió la multitud cuando el Transmisor de Ondas Espaciales tembló un poco y luego se elevó lentamente en el aire. El individuo dio un paso hacia atrás y el juguete se levantó más y más, meciéndose suavemente sobre las ondas invisibles de fuerza magnética que lo sujetaban. Redujo la potencia muy lentamente y el cacharro volvió a depositarse sobre la mesa.
—Sólo son diecisiete dólares y noventa y cinco céntimos —dijo el hombre joven poniendo un gran cartel con el precio sobre la mesa—. Por el equipo completo de la Maravilla Atómica, la caja de mandos del Transmisor Espacial, las pilas y el manual de instrucciones.
Ante la aparición del cartel con el precio, la multitud se disolvió alborotadamente y los niños se marcharon corriendo hacia las maquetas de trenes en funcionamiento. Las palabras del vendedor se disiparon con su paso ruidoso y, tras un momento, se hundió en un melancólico silencio. Dejó la caja de mandos, bostezó y se sentó en el borde de la mesa. El coronel Hawton fue el único que se quedó después de que el gentío se dispersara.
— Juguetería
El coronel Biff Hawton pudo ver la exhibición con todo detalle debido a su metro ochenta y dos de altura y a los pocos adultos que había entre la multitud. Los niños, y la mayoría de los padres, tenían los ojos como platos y estaban boquiabiertos de asombro. Biff Hawton tenía demasiado mundo a sus espaldas como para sorprenderse. Se quedó porque quería descubrir cuál era el truco que hacía funcionar el artilugio.
—Todo está explicado aquí, en el libro de instrucciones —explicó el responsable de la exhibición, sosteniendo un folleto de tonos chillones abierto por una página con un diagrama a cuatro colores—. Todos ustedes saben cómo los imanes atraen las cosas y estoy seguro de que incluso saben que la tierra misma es un gran imán. Ésa es la razón por la que las brújulas siempre señalan al norte. Bien..., la Maravilla Atómica del Transmisor de Ondas Espaciales se aferra a tales ondas espaciales. Las ondas magnéticas de la Tierra son invisibles para todos nosotros, incluso pasan a través de nosotros. La Maravilla Atómica cabalga sobre esas ondas al igual que un barco navega por las olas del océano. Y, ahora, observen...
Todos los ojos estaban puestos en él cuando colocó sobre la mesa la burda maqueta de un cohete y retrocedió. Estaba hecho de metal troquelado y parecía tan incapaz de volar como una lata de atún, a la que se parecía mucho. No tenía ni alas ni hélices ni reactores que quebraran la uniformidad de su superficie pintada. Estaba apoyado en tres ruedas de plástico y, por su parte inferior, salía un doble filamento de cable aislante. Ese cable blanco pasaba por la mesa negra y terminaba en una caja de mandos que el individuo sostenía en la mano. Una luz indicadora, un interruptor y una ruedecilla parecían ser los únicos controles.
—Pulso el interruptor y un impulso de corriente es enviado a los receptores de ondas —dijo. El interruptor hizo clic y la luz parpadeó a un ritmo regular. Entonces el individuo empezó a girar la ruedecilla lentamente—. Es necesario manipular delicadamente el generador de ondas, ya que estamos trabajando con las energías del mundo entero.
Un «¡ahhhhhh...!» simultáneo recorrió la multitud cuando el Transmisor de Ondas Espaciales tembló un poco y luego se elevó lentamente en el aire. El individuo dio un paso hacia atrás y el juguete se levantó más y más, meciéndose suavemente sobre las ondas invisibles de fuerza magnética que lo sujetaban. Redujo la potencia muy lentamente y el cacharro volvió a depositarse sobre la mesa.
—Sólo son diecisiete dólares y noventa y cinco céntimos —dijo el hombre joven poniendo un gran cartel con el precio sobre la mesa—. Por el equipo completo de la Maravilla Atómica, la caja de mandos del Transmisor Espacial, las pilas y el manual de instrucciones.
Ante la aparición del cartel con el precio, la multitud se disolvió alborotadamente y los niños se marcharon corriendo hacia las maquetas de trenes en funcionamiento. Las palabras del vendedor se disiparon con su paso ruidoso y, tras un momento, se hundió en un melancólico silencio. Dejó la caja de mandos, bostezó y se sentó en el borde de la mesa. El coronel Hawton fue el único que se quedó después de que el gentío se dispersara.
—¿Podría decirme cómo funciona este cacharro? —preguntó el coronel, adelantándose. Al individuo se le levantó el ánimo y agarró uno de los juguetes.
—Bien, si tiene la amabilidad de mirar aquí, señor... —dijo abriendo la parte superior, provista de bisagras—, podrá ver las bobinas de ondas espaciales en cada extremo de la nave. —Con un lápiz señaló las extrañas formas de plástico de dos centímetros aproximadamente de diámetro que habían sido enrolladas, aparentemente al azar, con algunas vueltas de alambre de cobre. El interior de la maqueta estaba vacío con la excepción de esas bobinas. Éstas estaban conectadas entre sí y había otros alambres que llegaban, a través del agujero, hasta la caja de mandos. Biff Hawton lanzó una mirada socarrona al artilugio y al buhonero, que obvió totalmente ese signo de escepticismo.
—En el interior de la caja de mandos está la pila —dijo el joven—. La corriente va a través del interruptor y la luz indicadora al generador de ondas...
—Lo que usted quiere decir... —le interrumpió Biff— es que el combustible de esta pila de quince céntimos atraviesa este barato reóstato y llega a esas insignificantes bobinas en la maqueta y no ocurre absolutamente nada. Y ahora dígame qué es lo que hace de verdad que la cosa esta vuele. Si voy a tirar dieciocho pavos por esta lata de seis centavos, quiero saber lo que me voy a llevar.
Al vendedor se le subieron los colores.
—Lo siento, señor —tartamudeó—. No he tratado de ocultar nada. Como cualquier truco de magia, éste no puede desvelarse completamente hasta que haya sido comprado. —Se inclinó al frente y le susurró confidencialmente—. Sin embargo, le diré lo que voy a hacer, el precio de este cacharro está un poco hinchado y hace tiempo que no se ha alterado. El jefe me dijo que si encontraba compradores, podía dejarlo en tres dólares. Si se lo quiere llevar por ese precio...
—¡Vendido, buen hombre! —dijo el coronel, tirando con ímpetu los tres dólares sobre la mesa—. Te daré ese dinero, no me importa cómo funcione. Los chicos del taller van a pasar un buen rato con él. —Se apretó contra el pecho el cohete golpeándolo ligeramente—. Y, ahora, ¿qué es lo que lo mantiene en el aire?
El buhonero miró a su alrededor con seriedad y luego enfatizó la respuesta.
—¡Cuerdas! —dijo—. O, mejor dicho, un hilo negro. Va desde el extremo de la maqueta, pasa por una diminuta lazada en el techo y llega hasta mi mano, donde está atado a este anillo que llevo en el dedo. Al retroceder, la maqueta se eleva. Es así de sencillo.
—Todos los buenos trucos son sencillos —gruñó el coronel, siguiendo el hilo negro con la mirada—. Con tal de distraer al espectador con un poco de teatro.
—Si no tiene una mesa negra, servirá un mantel negro —le dijo el joven—. Y el arco de un pasillo es un buen sitio, tan sólo asegúrese de que la habitación de atrás esté a oscuras.
—Envuélvamelo, amigo, no vine ayer a este mundo. Soy un veterano en este tipo de asuntos.
Biff Hawton se lo llevó a la timba de póquer del siguiente jueves por la noche. El grupo estaba compuesto por gente relacionada con el mundo de los cohetes. Todos vitorearon al coronel y se mofaron de él cuando se dispuso a interpretar el numerito.
—Deja que me haga un esquema, Biff. ¡Podría usar algunas de esas ondas magnéticas en nuestro nuevo pájaro!
—Esas pilas de linterna son más baratas que el oxígeno líquido. ¡Éste es el combustible del futuro!
Sólo Teddy Kaner advirtió la artimaña cuando empezó el vuelo. Era un mago aficionado y descubrió el truco en seguida. Guardó silencio con cortesía profesional y sonrió irónicamente cuando el resto del grupo se fueron callando uno a uno. El coronel era un buen showman y había preparado bien el decorado. Casi les había hecho creer en el Transmisor de Ondas Espaciales antes de haber acabado. Cuando la maqueta aterrizó y apagó el interruptor, no pudo evitar que se apiñaran alrededor de la mesa.
—¡Un hilo! —gritó uno de los ingenieros casi con alivio, y todos rieron con él.
—¡Qué pena! —dijo el principal físico del proyecto—. Yo estaba esperando que unas cuantas ondas espaciales de ésas pudieran sernos de utilidad. Déjame hacer un vuelo.
—Teddy Kaner primero —anunció Biff—. Él lo descubrió mientras todos vosotros estabais embobados viendo las lucecitas intermitentes. Sólo que no dijo nada.
Kaner se puso el anillo con el hilo negro en el dedo y empezó a retroceder.
—Primero tienes que darle al interruptor —le indicó Biff.
—Claro. —Sonrió Kaner—. Pero eso forma parte de la ilusión, el rollo y la estrategia para desviar la atención. Primero voy a intentarlo a pelo, así me concentraré en hacerlo ascender y descender con suavidad, y después lo haré con toda la parafernalia.
Kaner movió hacia atrás su mano con suavidad, de forma tan profesional que no llamó la atención. La maqueta se elevó de la mesa y luego cayó estrepitosamente.
—El hilo se rompió —dijo Kaner.
—Lo has tensado hasta romperlo, en lugar de tirar de él con delicadeza —repuso Biff y ató el hilo con un nudo—. Y, ahora, déjame que te enseñe cómo hay que hacerlo.
El hilo volvió a romperse cuando Biff lo intentó, lo que originó una buena carcajada, que sulfuró un poco al coronel. Alguien mencionó la partida de póquer.
Ésa fue la única ocasión en que se mencionó el póquer e incluso que alguien se acordó de él en toda la noche. Porque, poco después, descubrieron que el hilo elevaba la maqueta solamente cuando el interruptor estaba encendido y dos voltios y medio pasaban a través de las bobinas de broma. Si se interrumpía la corriente, la maqueta era demasiado pesada para elevarse. El hilo se rompía siempre.
*
—Aún sigo pensando que es una idea disparatada —dijo el joven—. He estado una semana volviéndome los pies planos haciendo exhibiciones con esas naves de juguete a cada mocoso que he visto en un radio de dos kilómetros. Después he vendido esos trastos por tres dólares cuando la fabricación debe de haber costado por los menos cien dólares cada uno.
—Pero ¿te aseguraste de vender los diez que teníamos a personas realmente interesadas? —le preguntó el hombre mayor.
—Creo que sí. Pesqué a algunos oficiales de las Fuerzas Aéreas y a un coronel de misiles un día. Después picó un oficial que recordé que era de la Oficina de Medidas. Afortunadamente no me identificó. Y luego aquellos dos profesores universitarios que tú reconociste.
—Así pues, la cuestión ya no está en nuestras manos, sino en las suyas. Todo lo que tenemos que hacer es sentarnos y esperar los resultados.
—¿Qué resultados? Esas personas no se mostraron interesadas cuando llamamos una y otra vez a sus puertas con la prueba. Hemos patentado las bobinas y podemos demostrar a cualquiera que existe una reducción en el peso alrededor de ellas cuando están en funcionamiento.
—Pero se trata de una pequeña reducción. Y nosotros no sabemos lo que la produce. Nadie puede estar interesado en una cosa como ésa..., una disminución fraccionaria de peso en una torpe maqueta y de ninguna manera suficiente para elevar el peso del generador. Nadie enfrascado en el consumo masivo de combustible, en toneladas que levantar y cosas así va a tomarse la molestia de preocuparse por un chiflado que cree haber encontrado un error menor en las leyes de Newton.
—¿Crees que se interesarán ahora? —preguntó el joven haciendo crujir los nudillos con impaciencia.
—Sé que lo harán. La resistencia de ese hilo está ajustada correctamente al peso de la maqueta. El hilo se romperá si tratas de levantar la maqueta con él. Sin embargo, es posible levantar la maqueta después de haber eliminado una pequeña cantidad de su peso mediante las bobinas. Eso les va a volver locos. Nadie les va pedir que solucionen el problema o que se preocupen por él. Pero eso no dejará de atormentarlos, porque saben que ese efecto no es posible. Verán en seguida que la teoría de ondas magnéticas es una tontería. ¿O quizá verdadera? No lo sabemos. Pero todos estarán pensando y preocupándose por ello. Alguien hará experimentos en su sótano, sólo como hobby, por supuesto, para encontrar la causa del error. ¡Y esa persona o alguna otra descubrirán lo que hace funcionar esas bobinas o, quizá, un sistema para mejorar su rendimiento!
—Y nosotros tenemos las patentes...
—Exacto. Ellos harán las investigaciones que les llevarán del asunto de la propulsión de pesos masivos al terreno de la luz del espacio puro.
—Y, cuando hagan eso, nos estarán haciendo ricos al mismo tiempo..., cuando llegue el momento de la fabricación —apuntó el joven cínicamente.
—Vamos a ser ricos, hijo —dijo el individuo mayor dándole un golpecito en el hombro—. Créeme, no vas a reconocer este viejo mundo dentro de diez años.