El viento soplaba sobre la cima de la colina y se precipitaba pendiente abajo en forma de torrente helado. Desgarró el traje de lona de Pete y lo acribilló con partículas de hielo, duras como el acero. Con la cabeza gacha, luchaba contra aquella furia natural en su camino de ascensión hacia el crestón de granito.
Estaba helándose hasta la muerte. Nunca hay ropa suficiente para aguantar con vida a cincuenta grados bajo cero. Pete podía sentir cómo se le iban durmiendo cada vez más los dedos. No experimentó ninguna sensación cuando fue a quitarse el vaho congelado del bigote. Tenía la piel blanca y brillante en las zonas expuestas al aire de Alaska.
—Todo en un día. —Sus labios agrietados se transformaron dolorosamente en el espectro de una sonrisa—. Si alguno de aquellos usurpadores soplagaitas me ha seguido hasta aquí va a sentir el frío en su alma antes de que consiga regresar.
El crestón le sirvió de refugio mientras buscaba a tientas el interruptor que tenía en el costado. Se oyó un silbido chirriante cada vez más fuerte que procedía de la caja de acero que llevaba colgando del cinturón. El silbido repentino del oxígeno que se escapaba dejó de oírse al cerrar la mirilla del casco. Pete trepó por el afloramiento de granito que se levantaba desde el terreno helado.
Se puso de pie contra el viento. No sentía su presión y los fantasmales copos de nieve se arremolinaban a su alrededor. Continuando por el granito, penetró lentamente en el suelo. Por un momento, el extremo superior del casco se meneó de arriba abajo como una botella en el agua; luego se hundió por debajo de la superficie de la nieve.
Allí abajo hacía más calor, el viento y el frío quedaban atrás Pete se detuvo y se sacudió la nieve del traje. Cuidadosamente descolgó la ultralinterna de su mochila y la encendió. El rayo de luz, polarizado en función de su propia frecuencia de penetración en masa, se proyectó a través de las capas de tierra circundante como si ésta fuera gelatina turbia.
Aunque Pete llevaba once años siendo un hombre-topo, la visión de aquel increíble paisaje nunca había dejado de sobrecogerlo. Como si fuera lo más natural del mundo, cogió el milagro de su penetrador vibratorio, el verdadero «machete» franquea-sólidos del hombre-topo. Sólo era un artilugio, un buen artilugio, algo que podía desmontar y arreglar si se veía obligado a hacerlo. Lo importante era lo que era capaz de hacer con el mundo que tenía a su alrededor.
La cresta de granito empezaba a sus pies y se hundía en un mar turbio de niebla roja. Era una niebla compuesta por la piedra caliza y otras rocas más ligeras, que se extendían en capas congeladas. Aparentemente suspendidas en el aire, había rocas también de granito y piedras de todos los tamaños, atrapadas en estratos de minerales más ligeros.
Si sus sondeos preliminares eran correctos, ese saliente rocoso debería conducirle al lugar del filón perdido. Había estado siguiendo vetas y morrenas desde hacía más de un año y se acercaba a lo que esperaba que fuera el nacimiento de las vetas menores.
Descendió con dificultad, inclinándose hacia adelante a medida que iba abriéndose camino a través de la gelatinosa piedra caliza. Esta fluía con fuerza traspasándolo y pasando a su alrededor como una poderosa corriente de agua. Cada día era más difícil avanzar a través de aquella sustancia. El piezocristal de su franquea-sólidos se estaba alejando progresivamente de su frecuencia óptima. Le costó un gran esfuerzo hacer penetrar sus propios átomos en los de la materia que lo rodeaba. Sacudió ligeramente la cabeza y parpadeó para conseguir leer la pantalla del osciloscopio de cinco centímetros, instalado en el interior del casco. La pequeña esfera verde, formada por los perfiles irregulares de brillantes oscilaciones, como dos hileras de dientes rotos, le estaba sonriendo. La boca se cerraba con las variaciones entre la lectura y el verdadero patrón registrado sobre la superficie del tubo. Si se estropeaba el cristal, el circuito entero dejaría de funcionar y la muerte por congelación aguardaría serenamente en la atmósfera por encima de él el día en que no pudiera bajar. O, quizá, podría ocurrir también que ya se encontrara abajo cuando el cristal dejara de funcionar. También ahí le llegaría la muerte, una muerte mucho más rápida y mucho más espectacular que lo dejaría inmovilizado para siempre como una mosca en ámbar. Una mosca que ya forma parte del ámbar. Pensó en lo que le pasó a Bobo y se estremeció ligeramente.
Bobo Samuels había sido uno del antiguo grupo, la curtida cuadrilla de hombres-topo que habían sido los primeros en descubrir las riquezas minerales bajo las nieves eternas de Alaska. Bobo resbaló por una cresta doscientos metros abajo hasta darse literalmente de bruces con la veta madre del fabuloso Búho Blanco. Ése fue el descubrimiento que desencadenó la fiebre del 63. Él se marchó de paseo al sur con una fortuna en los bolsillos cuando las hordas hambrientas de dinero se precipitaron hacia el norte, hasta Dawson. Volvió tres años más tarde. Había tenido lo justo para el billete de avión y no le quedaba más que una desconfianza infinita hacia el ser humano.
Se volvió a unir al viejo grupo alrededor de la panzuda estufa, contento sólo por sentarse entre sus viejos camaradas. No dijo nada sobre su viaje al mundo exterior y nadie le hizo ninguna pregunta. El único signo que revelaba que había estado fuera era la forma de agarrar el puro cuando un extraño entraba en la habitación. La industria minera norteamericana le otorgó en préstamo un nuevo equipo y volvió a patearse las inmensidades subterráneas.
Un día se hundió bajo la superficie y ya no volvió a salir. «Se quedó atascado», mascullaban. Pero no sabían dónde hasta que Pete lo atravesó en el 71.
Pete lo recuerda, lo recuerda demasiado bien. Estaba hecho polvo y muerto de sueño cuando franqueó aquel saliente de roca que no era exactamente roca. Bobo estaba allí... aguardando la eternidad en la piedra. Su expresión era la del horror y estaba medio inclinado, con la mano sobre el interruptor. Durante un instante terrible, Bobo debió de saber que algo no iba bien con su franquea-sólidos..., y entonces la roca ya se lo había comido. Había permanecido allí durante siete años en la misma posición en la que se quedaría durante toda la eternidad, con los átomos de su cuerpo mezclados inextricablemente con los de la piedra circundante.
Pete maldijo entre dientes. Si no tenía un golpe de suerte lo bastante pronto para comprarse un cristal nuevo, entraría a formar parte de la galería eterna de buscadores perdidos. Su equipo motor estaba en un estado deplorable y su bombona de oxígeno goteaba. Su andrajoso Miller, el sobretodo impermeable, debería estar en un museo, no de servicio activo. Tenía parches como la vieja cámara de un neumático y, aun así, no retenía el aire como debiera. Todo lo que necesitaba era un golpe de suerte, un pequeño golpe de suerte.
La luz de su casco hizo que surgieran destellos azules de algunos cristales incrustados en la pared del barranco. Podría ser Itt. Abandonó de un salto la vía geológica que estaba siguiendo y se hundió lentamente entre la roca más ligera. Enchufando su neutralizador de mano en la toma de su cinturón, extrajo una sección de roca de un palmo de grosor. La barra brillante del neutralizador ajustó el nivel de vibración de la muestra a su misma frecuencia. Pete apoyó la abertura con forma de boca de su analizador de espectro sobre aquélla y apretó el disparador. La breve llama atómica, poderosamente demoledora, ardió contra la dura superficie, vaporizándola al instante.
La transparencia salió del analizador y Pete estudió atentamente los perfiles espectrográficos. Equivocado otra vez. Ningún indicio de las familiares líneas de la itriotantalita. Con un gesto de irritación, guardó el instrumental de análisis en su mochila y empezó a abrir surcos en la roca viscosa.
La itriotantalita era el mineral y el tantalio era el metal que se extraía de él. Este raro metal era el principal componente de los cristales piezoeléctricos que hacían posible los penetradores vibratorios de masa. El itrio hacía posible el tantalio; con el tantalio se hacían cristales piezoeléctricos y, con los cristales, funcionaban los franquea-sólidos que él empleaba para encontrar más Itt para hacer... Era la pescadilla que se muerde la cola y Pete sentía como el abatimiento le mordía por todas partes.
Pete giró cuidadosamente la rueda del reóstato del franquea-sólidos, aumentando así una insignificancia la potencia del circuito. Sería pedirle mucho al cristal, pero Pete necesitaba hacerlo para poder atravesar la tierra.
Sus pensamientos continuaron girando alrededor de aquel pequeño cristal del que dependía su vida. Era una gruesa lámina que parecía vidrio sucio, afilado y pulido hasta el máximo nivel de tolerancia. Cuando era sometido a una corriente casi microscópica, vibraba exactamente a la frecuencia correcta que permitía a una masa deslizarse entre las moléculas de otra. Por su parte, esa débil señal controlaba el circuito mucho más potente que hacía posible que él y su equipo se desplazaran a través de la tierra. Si el cristal dejaba de funcionar, los átomos de su cuerpo regresarían al nivel vibratorio del mundo normal y se alearían con los átomos de la tierra a través de la cual se estaba desplazando... Pete sacudió la cabeza como si quisiera alejar estas «insidiosas» reflexiones y aceleró su marcha cuesta abajo.
Durante tres horas había estado abriéndose paso a través de la resistente roca y sintió los músculos de las piernas ardiendo como atizadores para el fuego. En unos minutos debería regresar si quería permanecer dentro de un margen de seguridad. Pero había estado encontrando trazas de Itt durante una hora y parecían hacerse más abundantes a medida que avanzaba por el probable curso de la morrena. La veta madre tenía que ser una de las buenas... ¡si pudiera encontrarla!
Había llegado el momento de iniciar el largo regreso cuesta arriba. Pete agarró con rabia una piedra para hacer un último test. Señalaría el lugar y al día siguiente retomaría la búsqueda. La lámpara del medidor se encendió y cogió la transparencia para examinarla.
Su cuerpo se tensó y su corazón empezó a latir con fuerza. Pestañeó y volvió a mirar... ¡allí estaba! Las líneas del tantalio brillaban con fuerza entre otras trazas. Le temblaba la mano cuando abrió el bolsillo a la altura de la rodilla. Tenía una transparencia de referencia de la concesión de Búho Blanco, la más rica de la zona. No había ni la más mínima duda... ¡su mineral era aún más rico!
Sacó los semicristales que guardaba en su bolsa acolchada y cuidadosamente depositó el cristal B en el agujero que había hecho al extraer la piedra de muestra. Nadie más podría hallar ese lugar sin la ayuda de la otra mitad del mismo cristal, pulido con precisión hasta la frecuencia de onda ultracorta. Si se usara la mitad A para ajustar la frecuencia de un generador de señales, la parte B devolvería de rebote un eco de la misma longitud de onda que un sensible receptor podría captar. De esta manera, el cristal marcaba el señalizador y, a la vez, permitiría a Pete encontrar el camino para regresar de nuevo a él.
Puso con cuidado el cristal A en su compartimiento acolchado e inició la larga caminata de regreso hasta la superficie. Andar era casi imposible; el viejo cristal de su franquea-sólidos se estaba desviando tanto que Pete apenas podía pasar a través de la pegajosa tierra. Podía sentir la inconmensurable masa de 800 metros de roca por encima de su cabeza, esperando apresarlo para la eternidad. El único camino hacia la superficie era seguir el largo pliegue granítico hasta salir al exterior.
El cristal había estado en continuo uso durante cinco horas. Si pudiera apagarlo un rato solamente, toda la unidad podría enfriarse. La mano le tembló cuando intentó torpemente desabrocharse las correas de la mochila... Entonces se forzó a ir más despacio y hacer el trabajo cabalmente.
Giró el neutralizador manual hasta la máxima potencia y sostuvo la barra brillante con el brazo extendido. De repente, una roca de piedra caliza de cinco metros y medio se materializó, surgiendo de la nube de polvo, ajustada ahora a su propia frecuencia de penetración. La gravedad atraía con fuerza la gigantesca roca y la hundía lentamente. Apagó el neutralizador cuando hubo rebasado el nivel del saliente granítico. Se produjo un fuerte crujido cuando las moléculas de la roca se soldaron firmemente a las del terreno circundante. Pete entró en la burbuja artificial que había creado en la roca y apagó el franquea-sólidos.
Con una velocidad que nunca dejaba de asombrarle, su entorno neblinoso se transformó en sólidos muros de roca. La linterna de su casco iluminó un poco los lados de la pequeña cámara, una burbuja sin salida, a 800 metros por debajo de las inmensidades heladas de Alaska.
Pete se desembarazó de su pesada mochila con un gruñido de alivio y estiró los músculos doloridos. No podía permitirse malgastar el oxígeno; ésa era la razón por la que había escogido ese lugar concreto. Su gruta artificial estaba practicada en una veta de RbO, óxido de rubidio. Era un mineral barato y abundante. Su explotación no merecía la pena en una zona tan alejada hacia el norte, pero era el mejor amigo del hombre-topo.
Pete hurgó en la mochila buscando el productor de aire y acopló su transformador al cinturón. Puso en marcha la unidad y hundió los puntos de contacto en la veta de RbO. La silenciosa luz que alumbraba la cámara producía destellos sobre la blanca nieve que empezaban a caer. Los cristales de oxígeno liberados por el productor de aire se derretían antes de llegar al suelo. La sala subterránea estaba adquiriendo una atmósfera habitable propia. Con el aire que tenía alrededor, podría abrir la mirilla de su casco y comer alguna cosa.
Se quitó la válvula del casco con precaución y respiró. El aire era bueno, aunque la presión era baja, alrededor de cinco kilos. La concentración de oxígeno era un poco excesiva. Pete se rio tonta y felizmente, un tanto embriagado por el oxígeno; tarareó de forma no muy melodiosa al rasgar el envoltorio de cartón de su bandeja de comida.
Hizo pasar la insípida y dura galleta con un poco de agua fresca de su cantimplora, pero, con una sonrisa en los labios, pensó en un solomillo grande y jugoso. El señalizador sería examinado y los ojos de los propietarios de la mina se saldrían de sus órbitas al leer el informe. Entonces, individuos elegantes y decentes acudirían a él, con los contratos en sus finas manos pasadas por la manicura. Él vendería todo el señalizador al mejor postor. Dejaría que otro lo arreglara todo a cambio de algún dinero. Allanarían la cresta de granito y camiones de alta presión se abrirían camino a través del terreno, llevando y trayendo mineros de las excavaciones subterráneas. Se relajó apoyándose, sonriendo, contra la pared combada de la burbuja. Podía verse a sí mismo, bañado, afeitado y con las manos luciendo una bonita manicura entrando en el Reposo del Minero...
Su fantasía se desvaneció cuando dos hombres, con sus abultados sobretodos, atravesaron la pared de roca. Sus figuras eran transparentes y sus pies se hundían en la tierra a cada paso. De repente, ya estaban los dos dentro. Cuando estuvieron en el centro de la cámara apagaron sus franquea-sólidos. Sus figuras adquirieron solidez y se posaron pesadamente en el suelo. Abrieron las mirillas de los cascos y olisquearon el aire.
El más bajo de ellos sonrió.
—Huele bien aquí dentro, ¿verdad, Mo?
Mo estaba pasando apuros para quitarse el casco; su voz retumbó desde los pliegues de su indumentaria.
—Verdad, Algie. —El casco quedó suelto con un chasquido.
A Pete se le pusieron los ojos como platos y Algie esbozó una mueca forzada.
—No es que Mo sea una belleza, pero podrías aprender a apreciarlo.
Mo era un gigante que medía más de dos metros desde las botas hasta la coronilla de la cabeza con forma de bala, rasurada y brillante por el sudor. Debió de nacer así de feo y los años no se habían molestado en mejorarlo. Tenía la nariz aplastada, una de las orejas era poco más que un trapo arrugado y un considerable bulto de tejido blanco cicatrizado le subía hasta el labio superior. Dos dientes amarillos brillaban anclados en las encías.
Pete cerró la cantimplora y la guardó en la mochila. Esos hombres-topo podían ser honestos, pero su aspecto lo desmentía.
—¿Puedo ayudaros en algo, tíos?
—No, gracias compadre —dijo el más bajo—. Pasábamos por aquí cuando vimos la luz de tu productor de aire. Pensamos que quizá fueras uno de nuestros compañeros y nos acercamos a ver si era así. Esto de bucear en las rocas se está convirtiendo en un asunto de mierda, ¿no te parece? —Mientras hablaba, sus ojos hicieron una despreocupada inspección por la cámara, sin perder detalle. Mo se sentó apoyándose en la pared con un resuello.
—Tienes razón —dijo Pete con cautela—. No he tenido un golpe de suerte en meses. ¿Acabáis de llegar a la zona? Me parece que no os he visto por el campamento.
Algie no respondió. Tenía los ojos clavados en la abultada bolsa de muestras de Pete. De repente abrió una gran navaja.
—¿Qué llevas en la bolsa de muestras, colega?
—Sólo algún mineral pobre que he recogido. Voy a hacerlo analizar, aunque dudo que merezca la pena cargar con él siquiera. Os lo enseñaré.
Pete se levantó y fue a por la bolsa. Cuando pasó enfrente de Algie, se inclinó velozmente agarrándole la mano que empuñaba la navaja y encajándole un brutal rodillazo en el estómago. Cuando se encogió, Pete le asestó un tremendo golpe en la nuca con el canto de la mano abierta. Pete no quiso esperar a verlo caer y se abalanzó sobre la mochila.
Cogió su 45 del ejército con una mano y sacó el cristal señalizador con la otra, levantando su bota con refuerzos de acero para reducirlo a polvo.
El tacón nunca llegó a descender. Un puño gigantesco atenazó su tobillo deteniendo en el aire toda la masa de Pete. Éste hizo un movimiento con la mano armada, pero otra mano tan grande como un jamón lo agarró por la muñeca. Pete dio alaridos de dolor cuando sus huesos se frotaron entre sí. Sus dedos, flácidos, dejaron caer la automática.
Se quedó con la cabeza gacha durante cinco minutos mientras Mo le suplicaba al inconsciente Algie que le dijera lo que tenía que hacer. Algie recuperó la conciencia y se sentó maldiciendo y frotándose la nuca. Dio instrucciones a Mo y se sentó allí, sonriendo hasta que Pete perdió el conocimiento.
¡Plaf, plaf, plaf! ¡Plaf, plaf, plaf! La cabeza le iba de un lado a otro al compás de los golpes. No podía detenerlos. Los dos le golpeaban la cabeza, le estaban sacudiendo por todo el cuerpo. Como si procediera de un lugar muy lejano, Pete oyó la voz de Algie.
—Déjalo ya, Mo, es suficiente. Ya está volviendo en sí. Pete se apoyó contra el muro con dolor y se limpió la sangre de los ojos. La imagen del hombre más bajo empezó a dar vueltas en su campo de visión.
—Amigo, nos estás causando muchos problemas. Vamos a llevarnos tu cristal y encontraremos tu filón y, si es tan bueno como las muestras que tienes aquí, me voy a poner muy contento y lo celebraré acabando contigo poco a poco. Si no lo encontramos, morirás aún más lentamente. Tú eliges. Nadie golpea a Algie, ¿no sabes eso?
Encendieron el franquea-sólidos de Pete y se lo llevaron medio a rastras a través del muro. A unos seis metros de distancia, emergieron en otra burbuja artificial, mucho más grande que la que Pete había creado. Casi todo el espacio estaba ocupado por la masa metálica de un tractor atómico.
Mo lo tiró al suelo y pateó su franquea-sólidos hasta convertirlo en un trasto inútil. El gigante pasó por encima del cuerpo de Pete, pisándolo, y atravesó torpemente el lugar. Algie encendió la gran unidad franquea-sólidos cuando se subió al tractor. Pete vio cómo la boca de Algie se abría con una carcajada silenciosa mientras la máquina fantasmagórica daba sacudidas hacia el frente y penetraba en el interior del muro.
Pete se dio la vuelta y hurgó entre los restos aplastados de su franquea-sólidos. Completamente inservible. Habían hecho un trabajo a conciencia y no había nada que él pudiera hacer y que sirviera de algo en aquella tumba con forma de globo. Su radio subterránea estaba en su propia burbuja; con ella, podría ponerse en contacto con el destacamento del ejército y en veinte minutos estarían allí. Pero había un pequeño inconveniente: seis metros de roca entre la radio y él.
Inspeccionó el muro con su luz. Aquella veta de RbO debía de ser la misma que pasaba por su propia cámara.
Cogió su cinturón. ¡El productor de aire todavía estaba allí! Hizo presión en los puntos sobre el muro y observó cómo se esparcían los copos de nieve plateados. Al hacerlo, algunas esquirlas de piedra se desprendieron describiendo círculos. Si el equipo motor aguantara y ellos no regresaran demasiado pronto... Una placa de piedra de dos centímetros de grosor se desmenuzaba a cada pasada del productor de aire. Los acumuladores tardaban 3,7 segundos en recargarse. Tras ese lapso, el productor de aire ya estaba listo para efectuar un fogonazo que haría saltar más escombros. Trabajó frenéticamente con la mano izquierda para hacer pedazos la roca.
Disparó con la mano derecha, empujó con la izquierda, disparó con la derecha..., disparó y empujó, disparó y empujó. Reía y sollozaba al mismo tiempo, las lágrimas le corrían por las mejillas. Se había olvidado de las tremendas cantidades de oxígeno que estaba liberando. Las paredes se tambaleaban a su alrededor como si estuviera borracho.
Se paró sólo para ponerse el casco hermético y regresó al muro de su túnel improvisado. Disparaba y luchaba con la resistente roca tratando de olvidarse de sus dolores punzantes de cabeza. Se apoyó en un lado, retirando las piedras hacia atrás y volviendo a solidificarlas con los pies.
Ya había dejado atrás la gran burbuja y permanecía enclaustrado en su propia cámara diminuta muy por debajo de la superficie. Podía sentir el peso de 800 metros de roca haciendo presión sobre él, aplastando la respiración de sus pulmones. Si el productor de aire le fallaba en esos momentos, ¡se quedaría allí pudriéndose en aquella tumba tallada a mano! Pete trató de apartar esos pensamientos y concentrarse sólo en abrirse camino volando la roca que tenía en medio.
El tiempo parecía que no pasaba mientras él continuaba su lucha a través de una eternidad de esfuerzo. Sus brazos trabajaban como pistones mientras los dedos sangrantes escarbaban la roca corroída. Dejó caer los brazos unos instantes mientras sus pulmones enfurecidos bombeaban aire. La piedra que tenía enfrente acabó de desmenuzarse y se desmoronó con un sonido explosivo. El aire silbó a través de la abertura irregular. La presión de las dos burbujas se estaba compensando... ¡Había conseguido hacer un agujero a través de las dos cámaras!
Estaba agrandando el boquete con el sobrecargado productor de aire cuando unas piernas se acercaron hasta él. La cara de Algie se abría paso a través del bajo techo de roca, una cara con la ferocidad impresa en todos los rasgos. No había espacio para la materialización; todo lo que el impotente Algie podía hacer era agitar su puño enfrente, y a través, de Pete.
Se produjo un monstruoso crujido procedente de los escombros que se habían desprendido a sus espaldas. La roca se estaba viniendo abajo y Mo estaba aproximándose traspasándola. Pete no podía darse la vuelta para luchar, pero encajó una buena patada en la informe nariz del gigante antes de que las manos del monstruo hicieran presa en sus tobillos.
Pete fue arrastrado por esa madriguera rocosa como un niño, transportado de regreso a la cámara mayor. Cuando Mo lo soltó, Pete se desplomó sobre el suelo y allí se quedó tendido, respirando entrecortadamente. Había estado tan cerca. Algie se inclinó sobre él.
—Eres demasiado listo, colega. Voy a dispararte ahora para que no me des más problemas.
Sacó de su bolsillo la 45 de Pete y la cargó.
—A propósito, encontramos el filón. Vamos a acabar podridos de pasta. ¿Contento, colega?
Algie apretó el gatillo y el muslo de Pete recibió un mazazo. El hombrecillo se quedó mirando a Pete, sonriendo.
Voy a vaciarte el cargador entero, pero sin matarte..., al menos, no en seguida. Preparado para la próxima, ¿colega?
Pete se irguió apoyándose en un codo y taponó con la mano la boca del arma. La sonrisa de Algie cobró más amplitud.
—Muy bien, ¡pararás la bala con tu mano! Apretó el gatillo, pero el arma no escupió el proyectil y el rostro de Algie se cubrió con una ridícula expresión de asombro. Pete se levantó y apretó el productor de aire contra el visor del casco de Algie. Aún tenía la misma expresión cuando su cabeza explotó en mil pedazos congelados.
Pete se lanzó a por el arma, la cargó desbloqueándola y se volvió. Algie había sido listo, pero no lo suficiente para saber que la embocadura de una 45 reglamentaria tiene un dispositivo de seguridad. Cuando ejerces presión contra ella, el cañón retrocede hasta una posición de bloqueo y no puede dispararse hasta que mueves la guía como si fueras a recargarla.
Mo llegó dando tropezones, con la boca abierta de asombro. Moviéndose sobre su pierna sana, Pete lo apuntó con el arma.
—Quédate ahí, Mo. Me vas a ayudar a regresar al poblado. El gigante no lo escuchaba; en su cabeza sólo había lugar para un pensamiento.
—¡Has matado a Algie..., has matado a Algie! Pete vació medio cargador antes de que aquella enormidad se viniese abajo. Se apartó del moribundo con un estremecimiento. Había sido en defensa propia, pero eso no le quitó las ganas de vomitar. Se hizo un torniquete en la pierna con el cinturón para detener la hemorragia y se aplicó un vendaje estéril que encontró en el botiquín del tractor.
El tractor lo llevaría de regreso; dejaría que el ejército se ocupara de todo aquel caos. Se subió al asiento del conductor y puso en marcha el motor. El sistema franquea-sólidos del tractor funcionó a la perfección. La máquina trepó sin parar hasta la superficie. Pete apoyó la pierna herida sobre la cubierta delantera y dejó que la tierra fluyera por él y a través de él.
Todavía nevaba cuando el tractor salió a la superficie.