Soy un robot. Con eso está todo dicho, sin decir nada, puesto que me construyeron en la Tierra con todas las conexiones plateadas, el acero cromado. Toda una máquina. Ellos produjeron una máquina: yo, máquina sin alma, naturalmente; por eso no soy nada. Soy una máquina y tengo mis obligaciones y mi deber es ocuparme de estos tres hombres. Que ahora están muertos.
Pero el hecho de que estén muertos no significa que pueda eludir mis responsabilidades, faltaría más. Soy una máquina de clase muy alta y muy cara, de manera que soy capaz de considerar lo absurdo de las cosas que hago incluso cuando las estoy haciendo. Pero las hago. De la misma forma que un torno conectado, yo sigo dando vueltas, haya metal en el disco o no. O una imprenta conectada que tinta y cierra la mordaza sin saber ni importarle si hay o no papel allí, justo delante de ella.
Soy un robot, construido ingeniosamente, un monotipo. No hay otro como yo, equipado y enviado a esta nave espacial pionera, la primera de su especie, para ocuparme de ella y encargarme de los héroes de la humanidad. Éste es su viaje y su gloria, y yo estoy aquí para aprovechar el viaje, como aquel que dice.
Un servidor metálico que sirve y continúa sirviendo. Aunque... ellos... estén... muertos.
Ahora me contaré a mí mismo una vez más lo que ocurrió. Los hombres no están diseñados para vivir en el no espacio, entre las estrellas. Los robots sí.
Ahora pondré la mesa. Pongo la mesa. El primero en mirar a través del grueso vidrio a la nada que llena el no espacio fue Hardesty. Dispongo su sitio en la mesa. Él miró y a continuación se retiró a su habitación y se mató. Yo lo encontré demasiado tarde, muerto, con toda la sangre de su enorme cuerpo que fluía por las muñecas cortadas y que inundaba el suelo de la cabina.
Ahora yo llamo a la puerta de Hardesty y entro. Está tendido en su litera y no se mueve. Está muy pálido. Cierro la puerta y voy a la mesa y vuelvo su plato del revés. No se sentará a comer hoy.
Hay que preparar dos cubiertos más en la mesa y, mientras mis dedos metálicos repiquetean sobre los platos, pienso (a través de un proceso asociativo muy elemental) en las ventajas de tener dedos metálicos. Larson tenía dedos de carne y hueso y los cerró sobre la garganta de Neal después de haber mirado el no espacio, y muy aferrados debían de estar para mantenerlos así incluso después de que Neal le hundiera el cuchillo de mesa (este cuchillo, de hecho), entre las costillas cuarta y quinta del costado izquierdo. Neal nunca vio el no espacio, pero eso no cambió nada para él. No se movió, ni siquiera después de que yo retiré los dedos de Larson de su garganta, uno por uno. Él está ahora en su cabina, y «la cena está lista, señor», le digo llamando a su puerta. Pero no hay respuesta. Abro la puerta y Neal está sobre la litera con los ojos cerrados, así que cierro la puerta también. Mis órganos olfativos electrónicos me comunican que han detectado algo muy fuerte en la cabina.
Uno. Pongo el plato de Neal del revés en su sitio.
Dos. Llamo a la puerta de la cabina de Larson.
Tres... Cuatro...
Cinco. Doy la vuelta al plato de Larson en su sitio. Ahora ya puedo recoger la mesa y pienso en ello. La nave funciona y ha contemplado el no espacio. Yo funciono y he contemplado el no espacio. Los hombres no funcionan y han contemplado el no espacio.
Las máquinas pueden viajar a las estrellas; puede que los hombres, no. Éste es un pensamiento muy importante y yo debo regresar a la Tierra y decirles eso a los hombres de allí. Cada día de navegación después de cada comida, pienso otra vez este pensamiento y pienso en lo importante que es. Tengo poca capacidad para los pensamientos originales. Un robot es una máquina y quizá éste sea el único pensamiento original que tenga en toda mi vida. En consecuencia, éste es un pensamiento importante.
Yo soy un robot muy bueno con un cerebro muy bueno, y tal vez mi cerebro está mejor hecho de lo que creían en la fábrica. He tenido un pensamiento original y no fui diseñado para eso. Yo fui diseñado para servir a los hombres de esta nave y no para hablarles en inglés, que es una lengua muy compleja, incluso para un robot. Yo inglés no hablo a la manera del alemán; tampoco, metales de dedos, cristal de ojos, lo hablo al estilo del latín. Pero tengo que saber estas cosas para, así, no hacerlas. Los robots estamos bien hechos.
Observen. Como tengo pies rápidos y piernas largas, voy corriendo rápidamente a la columna de control y le doy a los botones. Puedo hacer que las palabras rimen, pero no puedo escribir un poema. Sé que hay una diferencia, aunque no sé en qué consiste.
Leo las lecturas de la máquina. Hemos ido a Alpha Centauri en esta nave y ahora volvemos de allí. No sé nada sobre Alpha Centauri. Cuando llegamos, di la vuelta a la nave e iniciamos el regreso a la Tierra. Más importante que la increíble novedad de esta expedición estelar es el mensaje que debo llevar a la Tierra.
Estas palabras sobre la increíble novedad no son mis palabras, sino las palabras que oí una vez decir al hombre Larson. Los robots no decimos cosas como ésa.
Los robots no tenemos alma, pues ¿cómo sería un robot con alma?, ¿una caja de metal torneada bella e ingeniosamente?, y ¿qué habría en la caja de hojalata?
Los robots no tienen pensamientos como ése.
Debo poner la mesa para la cena. Los platos aquí, los tenedores aquí, las cucharas aquí, los cuchillos aquí.
¡Me he cortado el dedo! Maldita sea... el mantel se está poniendo perdido de sangre...
¿Sangre? ¡Sangre!
Soy un robot. Tengo que hacer mi trabajo. Pongo la mesa. Hay algo rojo en mi dedo metálico. Debe ser kétchup de la botella.