País Relato - Autores

harry harrison

encuentro final

I
Hautamaki había hecho tomar tierra a la nave sobre un socavón de piedra cubierto de escombros, una lengua de lava estriada y antigua sobre el revés del glaciar. Aunque se reservó la reflexión, Tjond pensó que podrían haber aterrizado más cerca, pero Hautamaki era el capitán de la nave y quien tomaba las decisiones. Ella bien podría haberse quedado en la base. Nadie la obligaba a sumarse a aquella horrible escalada por el hielo agrietado. Pero, por supuesto, estaba fuera de toda consideración quedarse atrás.
Había una radiobaliza de alguna clase por allá..., en aquel planeta deshabitado, que enviaba chirridos y chasquidos por una docena de frecuencias. Ella tenía que estar allí cuando la encontraran.
Gulyas la ayudó a atravesar una zona dificultosa y recibió un beso de recompensa en la mejilla quemada por el viento.
Estaba más allá de toda esperanza que aquella baliza pudiera ser otra cosa que humana, aunque se suponía que su nave estaba cubriendo un área virgen. Sin embargo, existía una remota posibilidad de que otros hubiesen construido la baliza. La idea de no estar presente en el momento de un descubrimiento como aquél le resultaba insoportable. ¿Cuánto tiempo había estado explorando la humanidad?, ¿durante cuántos siglos olvidados en la noche de los tiempos?
Tjond tenía que descansar, no estaba acostumbrada a ese tipo de esfuerzo físico. Iba atada con una soga entre los dos hombres y, cuando ella se detuvo, todos pararon. Hautamaki la miro cuando sintió los tirones vacilantes en la cuerda, la miró fijamente y no dijo nada. Su cuerpo lo decía todo en su nombre, arrogante, alto, de poderosa musculatura, bronceado y desnudo bajo el traje atmosférico transparente. Respiraba ligera, normalmente y en ningún momento su expresión se alteró cuando vio que ella lo hacía con desesperados esfuerzos. ¡Hautamaki! ¿Qué clase de hombre eres, Hautamaki, para despreciar a una mujer con esa mirada implacable?
Para Hautamaki, esa situación era la más dura que había vivido. Se había sentido violado en su intimidad cuando los dos extranjeros llegaron a la lengua extendida de la rampa de embarque de la nave.
Aquélla era su nave, suya y de Kiiskinen. Pero Kiiskinen estaba muerto y el niño que habían querido tener también. Muerto antes de nacer. Muerto antes de la concepción. Muerto porque Kiiskinen ya no estaba y Hautamaki ya nunca más querría tener un niño. Sin embargo, todavía quedaba el trabajo por hacer. Apenas habían completado la mitad de su arco de inspección cuando ocurrió el accidente. Volver a la base de investigación habría requerido un prodigioso derroche de combustible y tiempo, de manera que solicitó instrucciones... y éste había sido el resultado. Un nuevo equipo de investigación: novatos sin curtir.
Estaban aguardando el primer encargo... lo que quería decir que ellos, al menos, tenían la formación ya que no la experiencia. Físicamente, harían el trabajo que era necesario hacer. No había que preocuparse por ello. Formaban un equipo y él era sólo la mitad de ese equipo. Y la soledad puede ser algo terrible.
Él los habría acogido con amabilidad si Kiiskinen hubiera estado allí. En cambio, ahora los aborrecía.
El hombre llegó primero, alargando la mano.
—Me llamo Gulyas, como ya sabe, y ésta es mi esposa, Tjond. —Hizo un gesto con la cabeza y sonrió con la mano todavía extendida.
—Bienvenidos a mi nave —dijo Hautamaki y se apretó las manos por detrás de la espalda. Si aquel idiota desconocía las costumbres sociales de los Hombres, no sería él quien se las enseñara.
—Lo siento. He olvidado que usted no estrecha la mano de ningún extraño ni acepta ningún contacto con él. —Todavía sonriendo, Gulyas se apartó para hacer sitio a su mujer y que ésta pudiera entrar en la nave.
—¿Cómo está usted, capitán? —dijo Tjond. Y, entonces, los ojos de ella se abrieron más, sonrojándose al advertir por primera vez que Hautamaki estaba totalmente desnudo.
—Les mostraré sus habitaciones —dijo Hautamaki, volviéndose y alejándose, sabiendo que le seguirían. ¡Una mujer! Las había visto antes en diversos planetas, incluso había hablado con ellas pero nunca pensó que llegaría el día en que una entrara en su nave. ¡Qué feas eran, con aquellos cuerpos hinchados! No era de extrañar que en los otros mundos llevaran ropas para ocultar esas cosas fofas y bamboleantes y el exceso de grasa que había debajo.
—¿Por qué...? ¡No llevaba ni siquiera zapatos! —exclamó indignada Tjond al cerrar la puerta. Gulyas se rio.
—¿Desde cuándo te molesta la desnudez? No parecía importarte durante nuestras vacaciones en Hie. Además, conocías las costumbres de los Hombres.
—Eso era diferente. Todos estaban vestidos, o desvestidos, sin excepción. ¡Pero esto es casi indecente!
—La indecencia de un hombre es la decencia de otro.
—Apuesto a que no eres capaz de decir eso rápidamente tres veces seguidas.
—Sin embargo, es cierto. Si te paras a pensarlo, Hautamaki probablemente cree que nosotros estamos socialmente equivocados mientras que tú piensas que el que está fuera de las normas es él.
—No lo pienso... ¡Lo sé! —replicó ella, poniéndose de puntillas para alcanzar la oreja de Gulyas y mordisquearla con sus diminutos dientes, tan blancos y perfectamente moldeados como granos de arroz—. ¿Cuánto tiempo llevamos casados?
—Seis días, diecinueve horas oficiales y algunos minutos ridículos.
—Ridículos sólo porque no me has besado durante esos minutos terriblemente largos.
Gulyas sonrió mirando la figura encantadora y diminuta de su mujer, recorrió con la mano la cálida firmeza de su cráneo sin pelo y su cuerpo liso, acariciando los respingones brotes de sus pechos, casi un vestigio de ellos.
—Eres preciosa —dijo él, y la besó.
II
La marcha por la dura nieve se hizo más fácil después de atravesar el glaciar. En el plazo de una hora habían llegado a la base de la cúspide rocosa. Se extendía por encima de ellos, negra y agrietada contra el cielo teñido de verde. Tjond dejó que sus ojos la recorrieran a lo largo y le entraron deseos de llorar.
—¡Es demasiado alto! Imposible de escalar. Podríamos subir con el aeromóvil.
—Ya hemos discutido eso antes —dijo Hautamaki, mirando a Gulyas como siempre lo hacía al dirigirse a Tjond—. No acercaré fuentes de radiación a ese aparato hasta que no hayamos determinado qué es. Nada puede deducirse de nuestra fotografía aérea, excepto que parece ser alguna clase de máquina abandonada. Yo escalaré primero. Ustedes pueden seguirme. No es difícil sobre esta clase de piedra.
No fue difícil..., sino absolutamente imposible. Ella luchó y se cayó y no pudo cubrir ni la longitud de un cuerpo hacia la cúspide. Al final, ella misma se desató la soga. Tan pronto como los dos hombres la sobrepasaron en la escalada, se llevó las manos al rostro, sollozando desesperadamente. Gulyas debió de oírla o sabía cómo se sentía ella al haberla dejado atrás, porque la llamó.
—Te arrojaré un cabo con una lazada en cuanto lleguemos a la cima. Pasa tus brazos por ella y yo tiraré de ti hasta izarte.
Tjond estaba convencida de que él no sería capaz de hacerlo, pero aun así debía intentarlo. La baliza... ¡podría no ser humana!
La cuerda le oprimía el cuerpo, pero sorprendentemente Gulyas consiguió subirla hasta la cima. Ella hizo todo lo que pudo para evitar enrollarse con la cuerda y golpearse contra las rocas. En aquel momento Gulyas fue descendiendo para ayudarla. Hautamaki sujetaba la cuerda..., y entonces Tjond se dio cuenta de que había sido la fuerza de aquellos brazos estriados la que la había izado con tanta rapidez y no la de su marido.
—Hautamaki, gracias por...
—Examinaremos el aparato ahora —la interrumpió él, mirando a Gulyas mientras hablaba—. Ustedes dos se quedarán aquí con mi mochila. No se acerquen a menos que se lo ordene.
Se dio media vuelta y, con resueltas zancadas, se dirigió hacia el afloramiento donde estaba emplazada la máquina. Se dejó caer sobre una rodilla a no más de un paso del artilugio. Su cuerpo apenas dejaba ver la máquina y Hautamaki se mantuvo encogido en esa posición durante largos minutos.
—¿Qué está haciendo? —susurró Tjond, abrazándose con fuerza al brazo de Gulyas—. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que ve?
—¡Vengan aquí! —gritó Hautamaki, poniéndose en pie. Había un halo de emoción en su voz que nunca antes le habían oído.
Corrieron hacia allí, resbalando en la roca cubierta de hielo y deteniéndose al llegar al brazo extendido de Hautamaki, que hacía de barrera.
—¿Qué les parece? —preguntó Hautamaki, sin apartar en ningún momento la vista del artefacto achaparrado que había ante ellos.
Consistía en una estructura central, una semiesfera de metal amarillento que estaba firmemente sujeta a la roca y cuya base inferior se adaptaba a las irregularidades de la piedra. Desde la semiesfera arrancaban brazos pequeños y gruesos del mismo material, dispuestos alrededor de la circunferencia, próxima a la base. Sobre cada brazo había un trozo de metal más corto. Cada uno tenía una forma diferente, pero todos apuntaban hacia el cielo como dedos indagadores. Un cable del grosor de un brazo emergía del lado de la semiesfera y se arrastraba hasta un saliente rocoso más alto. Allí se erguía súbitamente, alzándose en el aire, por encima de sus cabezas. Gulyas lo señaló.
—No tengo ni idea de la función de las otras partes, pero apuesto a que eso es la antena que ha estado enviando las señales que hemos captado al penetrar en este sistema.
—Podría ser —admitió Hautamaki—. Pero ¿qué me dicen del resto?
—Una de esas cosas que están apuntando hacia el cielo parece un pequeño telescopio —dijo Tjond—. Sí, creo que se trata de eso.
Hautamaki profirió un grito de cólera y trató de agarrarla cuando Tjond se arrodilló sobre el suelo, pero llegó demasiado tarde. Ella había acercado un ojo a la parte inferior del tubo y entrecerrado el otro para intentar ver.
—¿Qué pasa? Sí, es un telescopio. —Abrió el ojo y escrutó el firmamento—. Puedo apreciar el perfil de aquellas nubes con mucha nitidez.
Gulyas la apartó, pero no había peligro. Se trataba de un telescopio, como ella había dicho, nada más. Se turnaron para mirar por él. Fue Hautamaki quien se percató de que se estaba moviendo lentamente.
—En ese caso, todos los demás deben de estar haciendo lo mismo, ya que son paralelos —dijo Gulyas señalando los artefactos metálicos que tenía cada brazo. Uno de ellos tenía un ocular, no distinto del de un telescopio, pero cuando miró por él solo pudo ver oscuridad—. No puedo ver nada.
—Quizá la intención sea ésa —declaró Hautamaki, frotándose la mandíbula mientras contemplaba fijamente la extraña máquina. Luego se volvió a hurgar en su mochila. Sacó un detector de multirradiaciones de su estuche acolchado y lo sostuvo delante del ocular por el que Gulyas había intentado mirar—. Sólo hay radiación de infrarrojos. No se detectan otras fuentes.
Otro de los cacharros fusiformes emitía rayos ultravioleta, mientras un enrejado abierto de placas metálicas concentraba las ondas de radio. Fue Tjond la que puso en palabras lo que todos estaban pensando.
—Si por donde yo he mirado era un telescopio..., ¡quizá todas las demás cosas sean también telescopios!, sólo que diseñados para ojos alienígenas, como si las criaturas que los construyeron no supieran quién o qué acabaría por venir hasta aquí y por eso instalaron toda clase de telescopios de todas las longitudes de onda posibles. ¡La investigación ha concluido! Nosotros..., el género humano..., después de todo no estamos solos en el universo.
—No debemos sacar conclusiones precipitadas —dijo Hautamaki, aunque su tono de voz contradecía el sentido de sus palabras.
—¿Y por qué no? —exclamó Gulyas, estrechando a su mujer contra él en un arrebato de emoción—. ¿Por qué no podríamos ser nosotros los que halláramos a los alienígenas? ¡Si existen, en algún momento tendríamos que cruzarnos con ellos! La galaxia es inmensa... pero finita. Busca y encontrarás. ¿No es eso lo que dice el cartel sobre la puerta de entrada de la academia?
—Aún no contamos con pruebas sólidas —objetó Hautamaki, intentando no mostrar su propio y creciente entusiasmo. Él era el jefe, de manera que su papel era el de abogado del diablo—. Este aparato podría haber sido construido por el hombre.
—Punto uno —dijo Gulyas, empezando a enumerar con el dedo—, no se parece a nada de lo que nosotros hayamos visto antes. En segundo lugar, está hecho de una fuerte aleación desconocida. Y, en tercer lugar, se encuentra en una sección del espacio que, por lo que nosotros sabemos, nadie antes había visitado. Estamos a siglos luz del sistema habitado más cercano, y las naves que pueden hacer este tipo de travesía y volver son de creación relativamente reciente...
—Y aquí hay una prueba..., ¡más allá de toda duda! —gritó Tjond, y los dos corrieron hacia ella.
Ella había seguido el pesado cable que se transformaba en la antena. En la base, donde era más grueso y estaba fijado a la roca, había un conjunto de caracteres grabados. Debía de haber cientos de ellos, subiendo desde el nivel del suelo hasta más arriba de sus cabezas, todos nítidos y distintos.
—Estos signos no son humanos —dijo Tjond triunfante—. No guardan el más mínimo parecido con los caracteres escritos de ninguna lengua conocida por el hombre. ¡Son nuevos!
—¿Cómo puede estar tan segura? —dijo Hautamaki, olvidando las maneras y dirigiéndose a ella directamente.
—Lo sé, capitán, porque ésa es mi especialidad. Yo me he formado en filología comparada y me he especializado en alfabetología, es decir, el estudio de la historia de los alfabetos. Probablemente representamos la única ciencia que permanece en contacto con la Tierra.
—¡Eso es imposible!
—No, sólo que todo va muy despacio. La distancia a la que está la Tierra debe de ser la mitad del perímetro de la galaxia en la que nos encontramos. Si recuerdo bien, un viaje de ida y vuelta tardaría unos cuatrocientos años. La alfabetología es un estudio que sólo puede desarrollarse en los límites exteriores. Trabajamos con un núcleo de hechos inalterables. Los antiguos alfabetos de la Tierra forman parte de la historia y no se pueden cambiar. Los he estudiado todos, cada carácter y cada detalle, y he observado sus mutaciones a lo largo de la historia. Es posible apreciar que, sean cuales sean las modificaciones o los cambios que sufran los alfabetos, siempre conservarán elementos de sus antecesores. Ésta, por ejemplo, es la letra ele, tal como ha sido adaptada para introducirla en los ordenadores. —Tjond la grabó en la piedra con la punta de su cuchillo, luego buriló un signo ondulante a su lado—. Y ésta es la letra lamedh hebrea, en la que se puede apreciar la misma forma básica. El hebreo es un protoalfabeto increíblemente antiguo. Sin embargo, ya posee el mismo ángulo recto. Pero estos caracteres..., no hay nada en ellos que yo haya visto antes.
El silencio se prolongó mientras Hautamaki la miraba, estudiándola como si la verdad o la falsedad de sus palabras pudieran estar escritas de alguna forma sobre su rostro. Entonces sonrió.
—Confiaré en su palabra. Estoy seguro de que conoce muy bien su disciplina. —Tomó de nuevo la mochila y comenzó a sacar más aparatos de medición.
—¿Has visto eso? —le susurró Tjond a su marido al oído—. Me ha sonreído.
—Tonterías. Probablemente se trataba del primer rictus propio del estado de congelación avanzada.
Hautamaki había colgado un peso del cañón del telescopio y estaba midiendo su movimiento sobre el suelo.
—Gulyas —lo llamó—, ¿recuerda el período de rotación de este planeta?
—Aproximadamente dieciocho horas oficiales. Los cálculos no eran exactos. ¿Por qué?
—Se acerca bastante. Nos encontramos a ochenta y cinco grados norte de latitud, lo cual se ajusta al ángulo de esos tubos rígidos, mientras que el movimiento de este telescopio...
—Contrarresta la rotación del planeta, desplazándose a la misma velocidad en dirección opuesta. ¡Por supuesto! Debería haberme dado cuenta.
—¿De qué están hablando? —preguntó Tjond.
—Todos están apuntando en todo momento al mismo lugar en el cielo —dijo Gulyas—. A una estrella.
—Podría ser otro planeta de este sistema —precisó Hautamaki y luego negó con la cabeza—. No, no hay motivo para ello. Es algo del exterior. Lo sabremos cuando oscurezca.
Se sentían cómodos en sus trajes atmosféricos y disponían de agua y comida suficiente. Fotografiaron y examinaron la máquina desde todos los ángulos y especularon sobre su posible fuente de alimentación. A pesar de eso, las horas parecieron arrastrarse hasta que anocheció. Había algunas nubes, pero desaparecieron antes de que el sol se pusiera. Cuando apareció la primera estrella en el firmamento cada vez más oscuro, Hautamaki se inclinó para mirar por el ocular del telescopio.
—Tan sólo cielo. Aún queda demasiada luz. Pero hay una especie de rejilla brillante en el campo de visión, cinco líneas finas que irradian hacia dentro desde la circunferencia; sin embargo, en lugar de ir de parte a parte, se desvanecen cuando llegan al centro.
—¿No será, quizá, que señalan cualquier estrella que aparezca en el centro sin ocultarla lo más mínimo?
—Sí. Ya están apareciendo las estrellas.
Era un astro de séptima magnitud, aislado cerca de los límites de la galaxia. Parecía completamente normal en todos los sentidos, excepto por su ubicación, sin vecinos en las proximidades, incluso hablando en términos estelares. Se turnaron para observarlo, marcando sus coordenadas para que no pudieran confundirlo con ningún otro.
—¿Vamos allí? —preguntó Tjond, aunque era más una afirmación que una pregunta.
—Por supuesto —dijo Hautamaki.
III
Tan pronto como la nave abandonó la atmósfera, Hautamaki envió un mensaje a la estación repetidora más cercana. Mientras esperaban respuesta, analizaron el material con que contaban.
Su entusiasmo aumentaba con cada resultado que obtenían El metal no era más duro que otras aleaciones que ellos empleaban, pero su composición era totalmente diferente y se habían seguido algunos procedimientos de fabricación que habían compactado las moléculas de la superficie hasta alcanzar una mayor densidad. Los caracteres no guardaban similitud con ningún alfabeto humano. Y el astro hacia el que sus instrumentos señalaban se encontraba fuera de los límites de la exploración galáctica.
Cuando llegó el mensaje y la señal fue registrada, la nave salió disparada hacia la ruta minuciosamente calculada que les esperaba. Sus instrucciones eran investigar cualquier cosa, informar de todo. Eso era lo que estaban haciendo. Con el trayecto fijado, ellos quedaron desocupados. ¡Iban a establecer el primer contacto con una raza alienígena...! Ya habían entrado en contacto con uno de sus artefactos. No importaba lo que ahora ocurriera, el honor era suyo de manera irrevocable. La siguiente comida se transformó de forma natural en una celebración, y Hautamaki se relajó lo suficiente para permitir el consumo de bebidas alcohólicas además de vino. Los resultados estuvieron cerca del desastre.
—¡Propongo un brindis! —gritó Tjond, poniéndose en pie y tambaleándose un poco—. ¡Por la Tierra y la humanidad..., que ya no estarán solos más tiempo!
—¡Ya no estarán solos más tiempo! —repitieron, y el rostro de Hautamaki perdió parte del regocijo festivo en que se había sumergido con reticencia.
—Les pido que se unan a mí en un brindis —dijo—, por alguien que nunca conocieron y que debería estar aquí para compartirlo con nosotros.
—Por Kiiskinen —dijo Gulyas, que había leído los informes y estaba al corriente de la tragedia, que aún estaba en carne viva en el pensamiento de Hautamaki.
—Gracias. Por Kiiskinen. —Todos bebieron.
—Nos hubiera gustado conocerlo —dijo Tjond, movida por un cosquilleo de curiosidad femenina.
—Un hombre estupendo —dijo Hautamaki, que parecía estar ansioso por hablar, ahora que el tema había salido por vez primera desde el accidente—. Uno entre los mejores. Estuvimos doce años en esta nave.
—¿Tuvieron niños? —preguntó Tjond.
—Tu curiosidad no es oportuna —advirtió Gulyas a su esposa con brusquedad—. Creo que sería preferible que dejáramos...
Hautamaki levantó la mano.
—Por favor, no. Entiendo su natural interés. Nosotros, los Hombres, hemos colonizado más o menos una docena de planetas e imagino que sienten curiosidad por nuestras costumbres. Aún estamos en minoría. Pero si alguien siente vergüenza, son ustedes, no yo. ¿Se sienten avergonzados por ser bisexuales? ¿Besaría usted a su mujer en público?
—Sería un placer —dijo Gulyas, y así lo hizo.
—Entonces entenderán lo que quiero decirles. Nosotros sentimos de la misma forma y en ocasiones actuamos de la misma manera, aunque nuestra sociedad sea monosexual. Fue un resultado natural de la ectogénesis.
—Natural no —repuso Tjond, con un asomo de rubor en las mejillas—. La ectogénesis necesita un óvulo fértil. Las hembras producen los óvulos; una sociedad ectogenética debería ser, lógicamente, una sociedad de hembras. Por lo tanto, una exclusivamente masculina no es natural.
—Todo lo que hacemos es innatural —le contestó Hautamaki sin aparente enfado—. El hombre es un animal que cambia de entorno. Cada persona que vive lejos de la Tierra está viviendo en un medio ambiente innatural. La ectogénesis, en estos términos, no es más innatural que vivir, como estamos haciendo ahora, en un casco de metal en una manifestación irreal del espacio tiempo. El hecho de que esta ectogénesis combine plasma germinal de dos células masculinas y no un óvulo y un espermatozoide no tiene más relevancia que sus pechos vestigiales.
—Me está ofendiendo —dijo ella enrojeciendo.
—En absoluto. Han perdido su función; en consecuencia, son degenerativos. Ustedes, los bisexuales son exactamente igual de naturales o «innaturales» que nosotros los Hombres. Ya nada es «viable» sin el entorno «innatural» que hemos creado.
Aún estaban poseídos por la excitación de su reciente descubrimiento y quizá los estimulantes y la euforia habían conseguido que Tjond relajara su control.
—¿Por qué... cómo se atreve a llamarme innatural... usted...?
—¡Está perdiendo el control, mujer! —estalló Hautamaki, ahogando su última palabra y poniéndose en pie de un salto—. Quería husmear en los detalles íntimos de mi vida y se siente insultada cuando yo menciono algunos de sus tabúes. ¡Los Hombres estamos mejor sin los de su clase! —Respiró honda y convulsamente se dio media vuelta y abandonó la habitación.
Tjond permaneció en su habitación durante casi una semana oficial después de aquella velada. Estuvo trabajando en el análisis de los caracteres alienígenas y Gulyas le llevaba la comida. Hautamaki no mencionó los acontecimientos y cortó a Gulyas cuando éste trató de disculpar a su esposa. Pero no protestó cuando ella apareció de nuevo en la sección de control, aunque recuperó su original costumbre de hablarle sólo a Gulyas, sin dirigirse nunca a ella directamente.
—¿Él quería realmente que yo también concurriera? —preguntó Tjond, cerrando sus pinzas sobre un único y diminuto pelo que menoscababa la tersura marfileña de su frente y su cráneo. Se lo quitó y se tocó la frente—. ¿Te has dado cuenta de que tiene cejas de verdad? Justo aquí, unas cosas grandes y raídas, como un atavismo. Incluso tiene pelo alrededor de la base del cráneo. Repugnante. Apuesto a que los Hombres seleccionan los genes del hirsutismo; no puede ser un accidente. Pero no me has respondido... ¿Te pidió él que asistiera?
—No me has dado oportunidad de responderte —le dijo Gulyas con una sonrisa que atenuaba su reproche—. No se refirió a ti por tu nombre. Eso sería esperar demasiado. Pero dijo que celebraríamos una reunión con el equipo al completo a las diecinueve horas.
Ella se puso un toque de maquillaje rosa en los lóbulos de las orejas y bajo los orificios nasales; después cerró de un golpe la caja de cosméticos.
—Estoy lista. Cuando tú quieras. ¿Qué te parece si vamos a ver qué quiere el capitán?
—En veinte horas saldremos del hiperespacio —les anuncio Hautamaki cuando se reunieron en la sección de control—. Existe una alta probabilidad de que encontremos a las personas, los alienígenas, que construyeron la baliza. Hasta que tengamos evidencia de lo contrario, deberemos suponer que se trata de un pueblo pacífico. ¿Sí, Gulyas?
—Capitán, ha habido mucha polémica sobre las intenciones de cualquier hipotética raza con la que podríamos encontrarnos—No existe un verdadero acuerdo...
—No importa. Yo soy el capitán. Hasta el momento, los indicios con que contamos apuntan a una raza que busca el contacto y no la conquista. Lo entiendo de esta forma. Tenemos una cultura rica y muy antigua, de manera que mientras hemos estado buscando otra forma de vida inteligente, hemos llevado a cabo exploraciones y recogido informes en naves como ésta. Una cultura más pobre podría tener limitaciones en cuanto al número de naves que destinaran a esa clase de misión. Ésa podría ser la razón de las balizas. Una sola nave podría instalar muchas de ellas en una gran área. Sin duda ha de haber más. Su utilidad es llamar la atención sobre una estrella, un punto de encuentro de algún tipo.
—Eso no demuestra intenciones pacíficas. Podría ser una trampa.
—Lo dudo. Existen formas más eficaces de satisfacer las tendencias belicosas que la de instalar trampas elaboradas como ésta. Creo que sus intenciones son pacíficas, y ése es el único factor que importa. Hasta que finalmente nos encontremos con ellos, cualquier acción que emprendamos estará basada en suposiciones. En consecuencia, ya me he deshecho del armamento que había en la nave...
—¿Que usted qué?
—Y les pido que entreguen todas las armas personales que pudieran tener ustedes consigo.
—Está arriesgando nuestras vidas... sin consultarnos siquiera —protestó Tjond, irritada.
—En absoluto —contestó él sin mirarla—. Usted arriesgó su propia vida cuando entró en el servicio y prestó juramento. Obedecerán mis órdenes. Quiero todas las armas aquí dentro de una hora. Quiero la nave limpia antes de penetrar en su territorio. Nos encontraremos con los extranjeros armados tan solo con nuestra humanidad. Ustedes pueden pensar que los Hombres vamos desnudos por razones perversas, pero tal hipótesis es errónea. Hemos rechazado la ropa por ser perjudicial para la integración total en nuestro entorno, una medida práctica y simbólica a un tiempo.
—¿No estará sugiriendo que también nosotros nos desprendamos de la ropa, como usted? —preguntó Tjond, aún enfadada.
—En absoluto, hagan lo que les plazca. Estoy tratando de explicarles mis razones para que tengamos alguna unanimidad de acción cuando nos encontremos a las criaturas inteligentes que construyeron la baliza. El Departamento de Reconocimiento sabe nuestra posición. Si no regresamos, un equipo de contacto posterior vendrá armado con el arsenal mortífero más completo de la humanidad. De manera que nosotros daremos a nuestros alienígenas todas las oportunidades de matarnos..., si es que es eso lo que planean hacer. Ya les llegará su castigo. Si no tienen tendencias belicosas, llevaremos a cabo un contacto pacífico Esto, por sí mismo, es razón suficiente para arriesgar la vida de una persona cien veces. No tengo que explicarles la importancia histórica de este contacto.
La tensión crecía a medida que se iba aproximando el momento de entrar en territorio extranjero. El maletín con los revólveres, las cargas explosivas, los venenos del laboratorio e, incluso, los cuchillos grandes de cocina ya habían sido «arrojados por la borda» hacía tiempo. Estaban todos en la zona de control cuando el timbre sonó suavemente y penetraron de nuevo en el espacio normal. Ahí, en el límite galáctico, la mayoría de los astros estaban concentrados en un lado. Por delante tenían un foso de sombras con una única estrella brillando.
—Ahí está —dijo Gulyas, poniendo en funcionamiento el analizador espectral—, pero aún no estamos lo suficientemente cerca para una observación nítida. ¿Daremos otro salto hiperespacial?
—No —dijo Hautamaki—. Primero quiero una medición altimétrica. —La pantalla de perfiles altimétricos empezó a resplandecer en cuanto la presión disminuyó y se oscureció lentamente. Su superficie mostraba ráfagas lumínicas ocasionales debidas a los impactos de moléculas de aire aleatorias. Después, dejaron de verse. La pantalla siguiente acentuó la oscuridad del espacio exterior y en su centro apareció la imagen del astro.
—¡Es imposible! —exclamó Tjond desde el asiento de observador que estaba detrás de ellos.
—No es imposible —dijo Hautamaki—. Sólo imposible con un origen natural. Su existencia prueba que lo que nosotros podemos ver puede ser construido. Y así debe de haber sido. Vamos a continuar.
La imagen del astro brillaba de manera irreal. El astro, en su núcleo, era bastante normal..., pero ¿cómo explicar los tres anillos entrelazados que lo circundaban? Tenían las dimensiones de una órbita planetaria. Aunque su consistencia fuera tan débil como la de la cola de un cometa, su construcción representaba una increíble conquista. ¿Y cuál podrá ser el significado de las luces de colores que tenían los anillos, aparentemente orbitando a los primarios como si fuesen electrones enloquecidos?
La pantalla centelleó y la imagen se desvaneció.
—Sólo puede ser una baliza —dijo Hautamaki, quitándose el casco—. Está allí para llamar la atención, como lo estaba la radiobaliza que nos atrajo en el anterior planeta. ¿Qué raza con la curiosidad necesaria para construir naves espaciales sería capaz de sustraerse a la atracción de una cosa como ésa?
Gulyas estaba introduciendo las correcciones de la trayectoria en el ordenador.
—Todavía resulta desconcertante —dijo—. Disponiendo de la capacidad material de construir eso, ¿por qué no han creado una flota de exploración para salir al espacio y establecer contactos... en lugar de intentar atraerlos hacia ellos?
—Espero que descubramos la respuesta pronto. Aunque es probable que resida en la idiosincrasia misma de su psicología alienígena. Según su forma de pensar, ésa podría ser la manera obvia de establecer contacto. Y lo cierto es que deberán admitir que ha dado resultado.
IV
En esta ocasión, cuando hicieron la transición desde el hiperespacio, los anillos radiantes de luz anegaron las compuertas frontales. Los receptores de radio estaban encendidos y automáticamente escaneaban las longitudes de onda.
De repente empezaron a emitir en muchas frecuencias simultáneamente. Gulyas bajó el volumen.
—Es la misma clase de emisión que recibimos desde la baliza —declaró—. Muy direccional. Todas las transmisiones provienen de ese planetoide dorado o lo que sea. Es grande, pero no parece tener un diámetro de dimensión planetaria.
—Estamos de camino —les dijo Hautamaki—. Tomaré los controles. Traten de obtener alguna imagen en los circuitos de vídeo.
—Sólo capto interferencias. Pero estoy enviando una señal, una imagen de esta cabina. Si allí disponen de los equipos adecuados, deberían ser capaces de analizar nuestra señal y sintonizarla... ¡Miren, la pantalla está cambiando! ¡Qué rápido trabajan!
La pantalla sólo mostraba manchas y ondulaciones de colores. Entonces apareció una imagen, primero borrosa, luego se estabilizó. Tjond enfocó y súbitamente cobró vida. Los dos hombres miraron, atónitos. Detrás de ellos, Tjond estaba boquiabierta.
—Por lo menos, no se trata de serpientes o insectos, ¡bendita sea nuestra suerte! —El ser de la pantalla los observaba con la misma intensidad. No había manera de calcular su tamaño relativo, pero seguramente era humanoide. Tenía tres largos dedos fuertemente palmeados y con un pulgar en el lado opuesto. Solamente era visible la parte superior de su figura y ésta estaba vestida, de forma que no podían apreciarse los detalles físicos Pero el rostro de ese ser destacaba claramente en la pantalla: su color era dorado, carecía de vello y poseía ojos grandes, casi circulares. De haber sido humana su nariz, podría pensarse que estaba rota; se extendía sobre el rostro y tenía unas fosas nasales ensanchadas. Eso y el labio superior partido le otorgaban un aspecto repulsivo a los ojos humanos.
Sin embargo, ese criterio no era aplicable, pues, según los parámetros alienígenas, podría ser hermoso.
—S'bb'thik —dijo la criatura. Las radiobalizas habían transmitido la señal sonora sintonizada. La voz era aguda y chirriante.
—Yo también les saludo —dijo Hautamaki—. Nosotros conocemos diversas lenguas y aprenderemos a entendernos los unos con los otros. Venimos en son de paz.
—Quizá nosotros sí, pero no puedo decir lo mismo de estos alienígenas —interrumpió Gulyas—. Mire la pantalla tres.
Ésta mostraba una vista ampliada, tomada desde una de las cámaras delanteras y que encuadraba el planetoide al que se estaban aproximando. Un grupo de construcciones oscuras sobresalían de la superficie dorada, coronadas por un bosque de antenas. Rodeando esas construcciones, había estructuras circulares elevadas sobre dispositivos tubulares aplastados, que recordaban armamento pesado. El parecido aumentó por el hecho de que los numerosos emplazamientos habían rotado. Los orificios abiertos estaban siguiendo el curso de la nave que se acercaba.
—Estoy disminuyendo nuestra velocidad de aproximación —dijo Hautamaki, golpeando los botones de control con veloz secuencia—. Coloque una placa repetidora aquí y obtenga una imagen ampliada de esas armas. Averiguaremos sus intenciones ahora mismo.
Cuando el movimiento relativo con respecto al planeta dorado se hubo detenido, Hautamaki se volvió y señaló la pantalla repetidora golpeando levemente la imagen de las armas. Luego se golpeó a sí mismo en el pecho y alzó las manos con los dedos separados, sin nada en ellos. El alienígena había estado observando esa escena mudo, con ojos dorados y refulgentes. Sacudió la cabeza de un lado a otro y repitió el gesto de Hautamaki, golpeándose en el pecho con su largo dedo central; después señaló la pantalla.
—Lo ha entendido en seguida —dijo Gulyas—. Las armas..., las están retirando, las están apartando de la vista.
—Continuaremos nuestra aproximación. ¿Están grabando esto?
—Imagen, sonido, lecturas completas de todos los instrumentos. Hemos estado grabando desde el primer momento en que vimos el astro y hemos guardado las cintas en la cámara blindada, de acuerdo con sus órdenes. Me pregunto cuál será el siguiente paso.
—Ellos ya lo han dado... Miren.
La imagen del alienígena salió de cuadro y apareció con lo que parecía ser una esfera metálica que sostenía levemente en una mano. Desde la esfera se extendía un conducto metálico con una palanca en el centro. Cuando el alienígena presionó la palanca, oyeron un silbido.
—Un depósito de gas —dijo Gulyas—. Me pregunto qué se supone que significa. No..., no es gas, debe de ser una bomba neumática. Mire, el tubo está absorbiendo aquellos granos derramados sobre la mesa. —El alienígena mantuvo apretada la palanca hasta que dejó de oírse el silbido.
—Ingenioso —observó Hautamaki—. Ahora sabemos que en el interior del depósito hay una muestra de su atmósfera.
Sin que interviniera ningún tipo de propulsión mecánica visible, la esfera subió en vertical hasta la nave, donde giró en órbita sobre el planetoide dorado. La esfera se detuvo, justo en el exterior de la nave, donde era claramente visible desde las portillas, describiendo un pequeño arco con su movimiento.
—Algún tipo de energía por ondas electromagnéticas —dijo Hautamaki—, aunque los instrumentos del casco no registran nada. Eso es algo que espero que aprendamos a hacer nosotros. Voy a abrir la puerta exterior de la compuerta principal.
Tan pronto como se abrió la puerta, la esfera descendió rápidamente, desapareciendo de la vista. A través del dispositivo de vídeo interior de la cámara estanca vieron cómo se posaba suavemente sobre el suelo. Hautamaki cerró la puerta e hizo una indicación a Gulyas.
—Coja unos guantes aislantes y lleve la esfera al laboratorio. Someta sus contenidos a los procedimientos ordinarios de análisis atmosférico que empleamos para examinar la atmósfera planetaria. En cuanto haya extraído la muestra, vacíe el depósito, llénelo con nuestro propio aire y, luego, colóquelo en la cámara estanca.
Los analizadores trabajaron sobre la muestra de atmósfera alienígena mientras, presumiblemente, los alienígenas hacían lo mismo con el depósito lleno de la atmósfera de la nave. Los análisis fueron rutinarios y rápidos y los resultados aparecieron de forma codificada en el panel de control.
—Irrespirable —dijo Gulyas—, al menos para nosotros. Parece haber oxígeno, más del suficiente, pero cualquiera de esos componentes sulfurizados nos corroería los pulmones. Deben de tener metabolismos resistentes para inhalar una sustancia como ésa. Una cosa es segura: nunca rivalizaremos por los mismos mundos...
—¡Miren! La imagen está cambiando —dijo Tjond, llamando la atención sobre la pantalla.
El alienígena se había esfumado y la imagen que ofrecía la pantalla parecía ser la del espacio por encima de la superficie del planetoide. Un bulto transparente llenaba el cuadro y mientras estaban observando, el alienígena irrumpió en él desde abajo. La escena volvió a cambiar y entonces lo que vieron fue al alienígena en el interior de la cámara de paredes transparentes. Se dirigió hacia el dispositivo de vídeo, pero antes de llegar a él se detuvo y se inclinó sobre lo que parecía ser aire enrarecido.
—Hay un muro transparente que divide la cúpula en dos —dijo Gulyas—. Estoy empezando a captar la idea.
El aparato de vídeo se apartó del alienígena, hizo un barrido a su alrededor en la dirección opuesta, donde había una entrada practicada en la estructura transparente. La puerta se abrió al espacio.
—Es bastante obvio —explicó Hautamaki, poniéndose de pie—. Ese muro central debe de ser hermético, de manera que puede usarse para mantener una entrevista en la cámara. Voy a ir. Grábelo todo.
—Parece una trampa —dijo Tjond, moviendo los dedos, nerviosa, mientras miraba la incitante puerta en la pantalla—. Será un riesgo...
Hautamaki se rio mientras se enfundaba rápidamente en su traje presurizado. Era la primera vez que lo oían reír.
—¡Una trampa! ¿De verdad cree que ellos han organizado todo esto para tenderme una trampa? Ese ego es ridículo. Y si así fuera..., ¿creen que podemos escapar de aquí?
Salió de la nave. Su figura se fue alejando, flotando en el espacio y haciéndose cada vez más pequeña.
Gulyas y Tjond observaron el encuentro en la pantalla en silencio y acercándose el uno al otro sin darse cuenta. Vieron cómo Hautamaki era atraído delicadamente y penetraba a través de la compuerta de entrada hasta que sus pies se posaron en el suelo. Se volvió para mirar cómo se cerraba la puerta, mientras Tjond y Gulyas oían un silbido por radio, muy débil al principio y luego más y más fuerte.
—Suena como si estuvieran presurizando la estancia —dijo Gulyas. Hautamaki asintió.
—Sí, puedo oírlo ahora y el manómetro da señales de estar midiendo la presión exterior. Tan pronto como alcance la normalidad atmosférica, me quitaré el casco.
Tjond empezó a protestar, pero se contuvo cuando su marido levantó la mano en señal de advertencia. Ésa era la decisión que había tomado Hautamaki.
—Por el olor se diría que es perfectamente respirable —dijo Hautamaki—, aunque es un olor metálico.
Dejó a un lado el casco y se desprendió del traje. El alienígena estaba de pie en su parte y Hautamaki avanzó hasta que estuvieron frente a frente. Tenían casi la misma altura. El alienígena apoyó la palma de la mano contra la pared transparente y el humano puso la suya en el mismo lugar. Se reunieron, tan cerca como les fue posible y separados tan sólo por un centímetro de sustancia. Sus miradas se enlazaron y así se quedaron durante un largo tiempo, escrutándose el uno al otro, intentando descifrar las intenciones del contrario, intentando comunicarse. El alienígena se apartó primero y se dirigió a una mesa en la que había varios objetos esparcidos. Cogió el que tenía más cerca y se lo mostró a Hautamaki.
—Kilt —dijo. Parecía un trozo de piedra.
Hautamaki, por vez primera se dio cuenta de que en su lado había una mesa. Sobre ella parecía haber objetos idénticos a los de la mesa de la otra parte y el más próximo era un pedazo de piedra ordinaria. Hautamaki lo cogió.
—Piedra —dijo, luego miró a la cámara de vídeo y a los invisibles espectadores de la nave—. Parece que lo primero va a ser una clase de lengua extranjera. Es obvio. Asegúrense de que esto se grabe por separado, así podremos introducir en el ordenador los datos para que actúe como traductor electrónico, si es que ellos no lo están haciendo ya.
La clase de lengua avanzó poco a poco cuando la colección de palabras simples con referentes físicos se agotó. Vieron películas, obviamente preparadas desde hacía tiempo, que mostraban acciones sencillas. Así fueron intercambiándose verbos y combinaciones verbales poco a poco. El alienígena no hizo intento alguno de aprender la lengua; su trabajo se limitaba a cerciorarse de la exactitud en la identidad de las palabras. Ellos también lo estaban grabando todo. Mientras la clase de lengua progresaba, Gulyas frunció el ceño y empezó a tomar notas. Luego confeccionó una lista en la que fue haciendo marcas. Finalmente interrumpió la lección.
—Hautamaki..., esto es importante. Averigüe si simplemente están acumulando vocabulario o están suministrando datos a una TE.
La respuesta provino del alienígena mismo. Giró la cabeza hacia un lado como si estuviera escuchando una voz lejana y luego le habló a un aparato con forma de taza que pendía de un cable. Al cabo de un momento, la voz de Hautamaki se oyó desprovista de entonación, pues cada palabra había sido grabada aisladamente.
—Hablo... a través de una máquina...Yo hablo mi habla..., una máquina habla tu habla a ti... Soy Liem..., necesitamos más palabras en máquina antes hablar bien.
—Esto no puede esperar —indicó Gulyas—. Dígale que necesitamos alguna muestra de sus células corporales, las que sean. Ya sé que es complicado pero trate de hacerse entender.
Los alienígenas fueron complacientes. No solicitaron un espécimen a cambio, pero lo aceptaron. Un contenedor sellado portaba un fragmento de lo que parecía ser tejido muscular. Gulyas se lo llevó al laboratorio.
—Hazte cargo de las grabaciones —le dijo a su mujer—. No creo que me lleve mucho tiempo.
V
Y así fue. Antes de una hora ya había regresado. Tan silenciosamente que Tjond, concentrada en las lecciones de lengua, no se dio cuenta de que su marido había llegado hasta que estuvo junto a ella.
—Esa cara... —dijo—. ¿Algo va mal? ¿Qué has descubierto? —Gulyas sonrió secamente a su mujer.
—Nada espantoso, te lo aseguro. Pero las cosas son muy distintas de lo que habíamos imaginado.
—¿Qué pasa? —preguntó Hautamaki desde la pantalla. Les había oído hablar y se dirigió al dispositivo de vídeo.
—¿Cómo va el tema de la lengua? —preguntó Gulyas—. ¿Puede usted entenderme, Liem?
—Sí —dijo el alienígena—. Casi todas las palabras están claras ahora. Pero la máquina tiene sólo almacenados unos pocos miles palabras, de modo que vuestro discurso ha de ser sencillo.
—Entiendo. Lo que he de decir es muy sencillo. Antes que nada, una pregunta: ¿procede su pueblo de un planeta que órbita un astro próximo?
—No, hemos recorrido un largo camino hasta este astro, explorando. Mi mundo de origen está allí, entre aquellas estrellas de allí.
—¿Vive su pueblo en ese mundo?
—No, vivimos en muchos mundos, pero nosotros somos los hijos de los hijos de los hijos de las personas que vivieron en un solo mundo hace mucho tiempo.
—Nuestro pueblo también se ha asentado en muchos mundos, pero todos procedemos de un único mundo —explicó Gulyas y, entonces, miró el papel que tenía en las manos. Sonrió al alienígena que tenía enfrente de él. Pero su sonrisa tenía un matiz muy triste—. Nosotros provenimos originalmente de un planeta llamado Tierra. De ahí es de donde también procede su pueblo. Somos hermanos, Liem.
—¡Qué locura es ésta! —le gritó Hautamaki con el rostro hinchado de rabia—. ¡Liem es un humanoide, no es humano! ¡No puede respirar nuestro aire!
—Él no puede respirar nuestro aire o quizá ella no puede respirar nuestro aire —respondió Gulyas con serenidad. Nosotros no empleamos la manipulación genética, pero sabemos que es posible. Estoy seguro de que acabaremos descubriendo cómo el pueblo de Liem sufrió las alteraciones que le permiten vivir en esas condiciones físicas. Podría haberse debido a la selección natural y a la mutación normal, pero parece un cambio demasiado drástico para ser explicado de esta manera. Pero eso no es importante. Esto sí que lo es. —Gulyas alzó las hojas con notas y fotografías—. Usted mismo puede verlo. Ésta es la secuencia de ADN extraída del núcleo de una de mis propias células. Y ésta es la de Liem. Son idénticas. Su pueblo es tan humano como lo somos nosotros.
—¡No es posible! —Tjond sacudió la cabeza, en señal de absoluto desconcierto—. Sólo tienes que mirarlo. Es tan diferente..., y su alfabeto..., ¿qué me dices de eso? No puedo estar equivocada con respecto a eso.
—Hay una posibilidad que tú no has tenido en cuenta, un alfabeto totalmente independiente. Tú misma nos explicaste que no existe la más ligera semejanza entre los ideogramas chinos y las letras occidentales. Si el pueblo de Liem sufrió un desastre cultural que los obligó a reinventar totalmente la escritura, ya tendrías tu alfabeto alienígena. En cuanto a su aspecto..., sólo has de considerar los miles de siglos que han transcurrido desde que la humanidad abandonó la Tierra y entenderás que sus diferencias físicas son de poca importancia. Algunas son naturales y otras pueden haber sido un resultado artificial, pero el plasma germinal no miente. Todos somos hijos del hombre.
—Es posible —repuso Liem, tomando la palabra por vez primera. Me han informado de que nuestros biólogos están de acuerdo con ustedes. Los elementos que nos diferencian son secundarios si los comparamos con nuestros elementos de semejanza. ¿Dónde está esa Tierra de la que vienen?
Hautamaki señaló la bóveda del firmamento por encima de ellos y la descomunal prolongación de la vía Láctea repleta de masas de estrellas titilantes.
—Por allá lejos, al otro lado del núcleo, a medio camino entre los lentes gravitacionales de la galaxia.
—El núcleo explica parcialmente lo que debe de haber ocurrido —dijo Gulyas—. Su diámetro mide miles de años luz y su temperatura es de más de diez mil grados. Sólo hemos explorado su periferia. Ninguna nave puede penetrar en su interior y ni siquiera aproximarse demasiado, debido a las nubes de polvo que lo rodean. De forma que nos hemos expandido hacia afuera, describiendo círculos lentamente alrededor del borde de nuestra galaxia, apartándonos de la Tierra. Si nos hubiéramos parado a pensarlo, nos habríamos dado cuenta de que la humanidad también se estaba desplazando en el otro sentido, en el sentido opuesto alrededor de la rueda.
—Y en algún momento teníamos que encontrarnos —dijo Liem—. Ahora yo les doy la bienvenida, hermanos. Y estoy triste, porque sé lo que eso significa.
—Estamos solos —declaró Hautamaki, mirando la masa de billones de estrellas—. Hemos cerrado el círculo y sólo nos hemos encontrado a nosotros mismos. La galaxia es nuestra, pero estamos solos. —Se dio la vuelta, sin advertir que Liem, el alienígena, el hombre dorado, se había vuelto al mismo tiempo y de la misma forma.
Miraban hacia el exterior, contemplando la profundidad y la oscuridad infinitas del espacio intergaláctico, vacío de estrellas. Había algunas zonas con luz, débil, distante, concentraciones borrosas y microscópicas frente a la oscuridad. No había astros, sino universos aislados, como aquél en cuyo perímetro se encontraban.
Aquellos dos seres eran diferentes en muchos aspectos: en el aire que respiraban, en el color de la piel, en los gestos y en cultura. Eran diferentes como lo son el día y la noche. El flexible material del que está hecho el género humano se había distorsionado a lo largo de incontables siglos hasta que ya no pudieron reconocerse el uno al otro. Sin embargo, el tiempo, la distancia y la mutación no pudieron cambiar una cosa: aquellos seres seguían siendo hombres, eran todavía humanos.
—Entonces es cierto —dijo Hautamaki—. Estamos solos en la galaxia. Solos en esta galaxia. —Se miraron el uno al otro y luego apartaron la vista. En ese momento, ambos midieron su humanidad con la misma regla y los dos fueron iguales.
Liem y Hautamaki se volvieron y escrutaron el espacio intergaláctico, mirando una luz infinitamente remota que no era sino otra galaxia aislada.
—Será difícil llegar allí —dijo alguien.
Habían perdido una batalla. No había habido ninguna derrota.