Ése era el problema que teníamos con Archivador 13B-445-K: siempre estaba deseoso de aprender cosas que no eran de su incumbencia. Cosas en las que un robot no debería estar interesado... y mucho menos investigar. Pero Archivador resultó ser un robot muy diferente.
El altercado que tuvo con la rubia de la estantería 22 debería haberle servido de advertencia. Había salido con su zumbido característico del almacén con un cargamento de libros y acortó camino por la estantería 22 cuando la vio inclinándose sobre un volumen en la repisa inferior.
Al pasar detrás de ella, disminuyó la marcha y se detuvo algunos metros más allá. La observó atentamente con un extraño destello en los ojos metálicos.
Al inclinarse hacia adelante, la minifalda de la muchacha se levantaba, revelando un asombroso tramo de pierna enfundada en nailon. El hecho de que fuera una pierna singularmente atractiva no tendría que haberle importado al robot... como sucedió. Permaneció allí, mirando, hasta que la rubia se volvió de pronto y advirtió su evidente interés.
—Si fueras humano, Buster —dijo ella—, te abofetearía. Pero, como eres un robot, me gustaría saber qué es lo que encuentran tan interesantes tus ojos repletos de fotones.
Sin un milisegundo de vacilación, Archivador respondió:
—Lleva las medias torcidas. —Entonces se volvió y se largó con su ruido zumbón.
La rubia sacudió la cabeza con asombro, se ajustó la media díscola y apuntó un tanto más a favor de la honorable electrónica.
Ella se habría sentido muy desconcertada de saber lo que el robot había estado contemplando. Había estado admirando su pierna. Por supuesto, él no había mentido al contestarle, puesto que era incapaz de no decir la verdad, pero lo cierto es que su interés desbordaba con mucho la media torcida. Archivador se estaba enfrentando a un problema que nunca antes se le había presentado a otro robot.
El amor, el romanticismo y el sexo estaban reclamando poderosamente su atención.
Ni que decir tiene que ese interés era puramente académico, pero aun así era interés. Fue la propia naturaleza de su trabajo lo que había desencadenado su curiosidad por los dominios de Venus.
Un archivador es un robot de inteligencia extraordinaria. No se han fabricado muchos. Sólo se encuentran en las bibliotecas principales, ocupándose sólo de las colecciones más grandes y complejas. Denominarlos simplemente bibliotecarios supone rebajar la condición de bibliotecario al tiempo que se considera sencilla su tarea. Naturalmente, no es necesaria mucha inteligencia para cambiar los libros de estante o estampar tarjetas, pero, desde hace ya mucho tiempo, este tipo de trabajo sólo lo llevan a cabo robots que son poco más que máquinas IBM con ruedas. La catalogación de la información humana siempre ha sido una tarea increíblemente compleja. Los robots archivadores fueron los únicos que, finalmente, heredaron ese trabajo. Sus hombros metálicos eran, con mucho, más apropiados que lo que nunca lo fueron las sufridas espaldas humanas.
Además de una memoria completa, Archivador tenía otros atributos que suelen estar asociados al cerebro humano. Por ejemplo, la capacidad de hacer abstracciones. Si le pedían libros sobre un tema específico, él podía pensar en libros de otras materias que guardaran alguna relación con la demanda original. Podía procesar una sugerencia, categorizarla de forma piramidal y, a continuación, producir resultados notorios en forma de una montaña de libros.
Esos rasgos normalmente son exclusivos del homo sapiens. Son las cosas que le hicieron dar el largo y definitivo salto que lo alejaría de sus parientes animales. Al fin y al cabo, si Archivador era más humano que otros robots, sólo podía culparse de ello a sus constructores.
No le echaba las culpas a nadie... tan sólo sentía interés. Todos los archivadores sienten interés; han sido diseñados para eso. Otro archivador, 9B-367-0, bibliotecario en la universidad de Tashkent, había orientado sus intereses hacia el lenguaje, debido a la inmensa cantidad de material que tenía a su disposición. Hablaba miles de lenguas y dialectos, todos aquellos sobre los que podía encontrar textos, y gozaba de una excelente reputación en los círculos lingüísticos. La razón estaba en su biblioteca. Archivador 13B, el que había mostrado interés en las piernas femeninas, trabajaba en los pasillos llenos de polvo de New Washington. Además de los flamantes y nuevos microarchivos, tenía acceso a toneladas de antiguos libros impresos en papel que se remontaban a varios siglos atrás.
Esas novelas de antaño consiguieron atraer el interés de Archivador.
Al principio, experimentó cierta confusión por todas las referencias al amor y al romanticismo, así como a los padecimientos mentales y físicos que parecían acarrear. Le resultó imposible hallar una definición satisfactoria o precisa de esos términos y se sintió intrigado. La intriga le estimuló el interés y, más tarde, la plena dedicación. Se convirtió en toda una autoridad en el amor, algo ya completamente desconocido en todo el mundo.
En los primeros estadios de su nueva inclinación, Archivador se percató de que ésa era la más delicada de las costumbres humanas. En consecuencia, mantuvo en secreto todas sus investigaciones, y toda la información que registró la almacenó en sus circuitos cerebrales, que tenían una capacidad enorme. Más o menos simultáneamente descubrió que podía efectuar investigaciones de campo como complemento a la información que los libros le suministraban. Eso ocurrió cuando halló a una pareja fundida en un cálido abrazo en la sección de zoología.
Retrocedió con rapidez hasta ocultarse en la penumbra. Allí, Archivador aumentó la sensibilidad de sus micrófonos. El diálogo que escuchó fue bastante aburrido, por decirlo diplomáticamente. Una pálida y sobada sombra de la lírica amorosa que él había aprendido en los libros. La comparación fue interesante y reveladora.
Después de eso, Archivador escuchó conversaciones entre macho y hembra cada vez que se le presentaba una oportunidad. También trató de observar a las mujeres desde el punto de vista de los hombres y viceversa. Eso fue lo que le llevó a la contemplación de las extremidades inferiores en la estantería 22.
También lo llevó a su estupidez final.
Algunas semanas más tarde, un investigador le solicitó ayuda mientras manipulaba con torpeza una abultada pila de notas de referencia. Una tarjeta se deslizó entre las notas y cayó al suelo inadvertidamente. Archivador la recogió y se la devolvió al individuo, quien se la guardó, mascullando las gracias. Después de proveerse los libros que necesitaba, el tipo se marchó y Archivador volvió a leer la tarjeta. Tan sólo la había visto durante una fracción de segundo, y boca abajo además, pero eso le bastó. La imagen de la tarjeta quedó registrada para siempre en su cerebro.
Archivador pensó en ella y el germen de una idea lo asaltó.
La tarjeta era una invitación para un baile de disfraces. Él estaba oportunamente al corriente de ese tipo de diversiones, que constituían, precisamente, la escena central de sus novelas polvorientas. La gente acudía a ellas, disfrazada de diversos personajes románticos.
¿Por qué no podría asistir un robot disfrazado de persona?
Cuando la idea hubo tomado cuerpo en su cabeza, ya no pudo quitársela de encima. No era una idea de naturaleza robótica y mucho menos lo era llevarla a la práctica. Por primera vez, Archivador experimentó la vaga sensación de que estaba echando abajo la barrera que lo separaba de los misterios del corazón. El único efecto que tuvo eso fue avivar los deseos de acudir a la fiesta. Cosa que, por supuesto, hizo.
No se atrevió a comprarse un disfraz, pero no tuvo ningún problema para hacerse con algunas viejas cortinas de uno de los almacenes. En un manual de costura aprendió las técnicas y la ilustración de otro libro le proporcionó la inspiración para el modelo. Estaba escrito que iría de caballero.
Con una plumilla muy fina reprodujo un duplicado exacto de la invitación sobre cartulina gruesa. Su máscara era mitad rostro y mitad antifaz, y no suponía ningún problema para su talento o capacidad técnica. Mucho antes de la fecha del evento ya lo tenía todo preparado. Los últimos días los pasó hojeando historias sobre otros bailes de disfraces y aprendiendo los últimos pasos de baile.
Tan entusiasmado estaba con la idea que nunca se paró a valorar lo extraño que resultaba lo que estaba haciendo. Tan sólo era un científico que estudiaba una especie animal: el hombre. O más bien: la mujer.
Finalmente llegó la noche y se marchó tarde de la biblioteca con lo que parecía ser un paquete de libros, pero que, naturalmente, no lo era. Nadie advirtió cómo penetraba en la pequeña arboleda enfrente de la biblioteca. Y si alguien lo hubiera hecho, jamás lo habría relacionado con el elegante caballero que salió por el otro extremo un momento más tarde. Tan sólo los restos del papel de envolver mostraban una muda evidencia de la transformación.
Los modales de Archivador en su nueva personalidad eran los que podían esperarse en un robot superior que hubiera estudiado su papel hasta la perfección. Subió de tres en tres que conducían al salón y extendió la invitación con una floritura. Una vez dentro, se dirigió al bar sin vacilación y se echó al gollete tres copas de champán que fluyeron por un tubo de plástico hasta llegar a un depósito habilitado en su tórax. Sólo entonces dejó que sus ojos revolotearan sobre esa reunión de bellezas. Era una velada para el amor.
Y de todas las mujeres de la sala, sólo había una que lo cautivó plenamente. Archivador pudo comprobar instantáneamente que se trataba de la más hermosa de todas y sólo quiso acercarse a ella. ¿Había alguna otra cosa que él pudiera hacer con toda su memoria ocupada por cincuenta mil héroes de tantos libros olvidados?
Carol Ann van Damm estaba aburrida, como era habitual. Llevaba el rostro oculto, pero ninguna máscara podía esconder las generosas turgencias de su busto y caderas. Todos sus moscones de costumbre estaban allí, pendientes de ella tras sus disfraces, codiciando su lozanía y el dinero de su padre. Todo era tan familiar que a ella le costaba reprimir los bostezos.
Hasta que aquella jauría fue apartada cortés pero irrevocablemente por los poderosos hombros del extraño. La imagen que ofrecía al dirigirse a ella era la de un león que se abría camino entre lobos.
—Éste es nuestro baile —dijo él con voz profunda y tono elocuente. Casi automáticamente, ella aceptó la mano que se le brindaba, incapaz de resistirse a aquel hombre con ese extraño fulgor en los ojos. Sus músculos eran como el acero; aunque era ligero y elegante como un dios. Al momento estaban bailando un vals, sintiéndose ella transportada al cielo.
—¿Quién es usted? —susurró.
—Vuestro príncipe, que ha venido para llevaros lejos de todo esto —le murmuró al oído.
—Habla como en un cuento de hadas —dijo ella y se rio.
—Es un cuento de hadas y vos sois la heroína.
Sus palabras desataron la pasión y ella se estremeció como si una corriente eléctrica la hubiera atravesado. Y así fue, aquello había sido una ligera descarga eléctrica. Mientras sus labios murmuraban las palabras que ella había deseado oír durante toda la vida, sus prodigiosos pies la condujeron a través de las grandes puertas hasta el balcón. Una vez allí, a las palabras se sumó el paso a la acción y unos labios ardientes abrasaron los de ella: 39 °C, para ser exactos, que era la temperatura a la que estaba fijado el termostato.
—Por favor —suspiró ella, debilitada con esa nueva pasión—. Debo sentarme. —Él lo hizo al lado de ella, asiéndole la mano con una presión suave, pero firme. Se dijeron las frases que sólo los amantes son capaces de decirse hasta que una ráfaga de música reclamó su atención.
—Es medianoche. —Ella suspiró—. Ha llegado la hora de quitarse las máscaras, amor mío. —Carol Ann se soltó la suya pero, naturalmente, él no hizo nada—. Venga, vamos —insistió—, tú también debes quitarte la máscara.
Eso era una orden y, por supuesto, él tenía que obedecerla en su condición de robot. Con una floritura, se desprendió de la máscara.
Primero, Carol Ann dio un alarido, y luego hirvió de ira.
—Pero ¿qué clase de broma es ésta, hojalata motorizada? ¡Contesta!
—Fue el amor, querida. El amor me trajo aquí esta noche y me arrojó en vuestros brazos. —La respuesta se ajustaba bastante a la realidad, aunque Archivador la expresó de acuerdo con su disfraz.
Cuando las suaves palabras de su enamorado brotaron por la fría rejilla del altavoz electrónico, Carol Ann volvió a gritar. Supo que se habían burlado de ella.
—¿Quién te ha enviado aquí? ¡Contesta! ¿Qué significa este disfraz? Contesta... ¡contesta! ¡Contesta de una vez, saco de tornillos y palancas!
Archivador intentó ordenar todas las preguntas para contestarlas una por una, pero ella no le dio tiempo a abrir la boca.
—Es la broma más sucia de todos los tiempos, enviarte aquí disfrazado de hombre. Eres un robot. No eres nada. Eres una máquina IBM con dos patas y un gramófono acoplado. Hacerte pasar por un hombre cuando no eres más que un robot...
De repente, Archivador se puso en pie y las palabras chisporrotearon a través de su altavoz.
—Soy un robot.
La dulce voz del amor se había desvanecido y había sido sustituida por otra con un tono de desesperación mecánica. Las ideas se perseguían unas a otras a través de los arremolinados circuitos electrónicos de su cerebro hasta fundirse en un solo pensamiento.
—Soy un robot, un robot. Debo de haber olvidado que era un robot. ¿Qué puede estar haciendo un robot aquí, con una mujer? Un robot no puede besar a una mujer... una mujer no puede amar a un robot, aunque ella dijo que me amaba... Sin embargo soy un robot... un robot...
Con un estremecimiento mecánico, le dio la espalda a la muchacha y se marchó traqueteando. A cada paso, los dedos de acero iban arrancándose las ropas y la piel de plástico hasta quedar hechas fragmentos y jirones. Restos de tejido iban marcando su paso alejándose de la mujer y, en menos de un centenar de zancadas, ya mostraba totalmente su desnudez de acero, como el día en que lo pusieron en el mundo. Atravesó el jardín y bajó a la calle, mientras los pensamientos describían círculos cada vez menores.
Fue una respuesta descontrolada y pronto su cuerpo siguió a su cerebro. Sus piernas aceleraron la marcha, sus motores se sobrerrevolucionaron y la bomba central de lubricación, situada en el tórax, se comportó de forma enloquecida.
Entonces, con un solo chirrido metálico, levantó ambas manos y se desplomó hacia adelante. Se golpeó la cabeza en la esquina de una escalera y la arista de granito se clavó en el delgado revestimiento. El metal rechinó contra el metal y, al instante, todos los circuitos complejos que constituían su cabeza se descargaron.
Robot Archivador 13B-445-K estaba prácticamente muerto.
Eso fue lo que decía el informe que el mecánico remitió al día siguiente. No totalmente muerto, pero sí dañado para siempre y propenso a las averías. No obstante, y aunque parezca extraño, eso no fue lo que ese mismo hombre dijo cuando examinó el cadáver metálico.
Un segundo mecánico le había ayudado en el examen. Fue éste quien había soltado los tornillos y extraído la bomba de lubricación averiada.
—Aquí está el problema —anunció—. Mal funcionamiento de la bomba. El pistón se rompió, las rodillas se bloquearon por falta de aceite... entonces el robot se derrumbó y se produjo un cortocircuito en su cerebro.
El primer mecánico se limpió la grasa de las manos y examinó la bomba dañada. A continuación desvió la mirada hacia el agujero abierto en el pecho del robot.
—Casi podría decirse que murió porque se le partió el corazón.
Los dos se rieron y el primer mecánico arrojó la bomba a un rincón, donde estaba acumulada toda la maquinaria averiada, sucia, rota y desechada.