País Relato - Autores

harry harrison

el mecánico

El Viejo tenía aquella expresión de intenso regocijo que anunciaba que alguien iba a pasarlo muy mal. El caso era que estábamos solos él y yo; de manera que no era necesaria una inteligencia prodigiosa para imaginarse que yo iba a ser el afortunado. Tomé la delantera, por lo de que un buen ataque es siempre la mejor defensa.
—Me largo. Ni se moleste en decirme qué trabajo sucio está maquinando, porque ya me he dado de baja y seguro que no quiere revelar los secretos de la compañía a una persona ajena a ella.
Su sonrisa burlona se había hecho aún más intensa y, de hecho, llegó a reírse al apretar un botón de su consola con el pulgar. Un grueso documento legal apareció por la ranura de entregas y se deslizó sobre su mesa.
—Éste es su contrato —me dijo—. Aquí indica cómo y cuándo trabajará usted aquí. Es un contrato encuadernado en acero y vanadio, que no podría romper ni con un desintegrador molecular.
Me incliné rápidamente, lo cogí y lo lancé al aire con un solo movimiento. Antes de que pudiera caer, ya había desenfundado mi Solar y, con un bonito disparo de amplio espectro, reduje el contrato a cenizas.
El Viejo presionó de nuevo el botón y otro contrato apareció sobre su mesa. Su sonrisa era ahora, si cabe, incluso más amplia.
—Tendría que haber dicho «un duplicado de su contrato», como este otro. —Anotó algo rápidamente en su agenda—. He deducido trece créditos de su salario por el coste del duplicado, así como también cien créditos en concepto de multa por disparar un Solar en el interior de un edificio.
Me desplomé, vencido, esperando que asestara el golpe definitivo. El Viejo acarició el contrato.
—Según este documento no puede usted renunciar. Nunca. Así que tengo un pequeño trabajo que sé que será de su agrado. Se trata de algo que hay que reparar. La baliza luminosa de Centauro se ha apagado. Es una baliza Mark III...
—¿Qué tipo de baliza? —le pregunté. Yo había reparado balizas hiperespaciales de un extremo a otro de la galaxia y estaba seguro de haber trabajado en todos los modelos y tipos fabricados. Pero nunca había oído hablar de ésa.
—Mark III —repitió el Viejo con socarronería—. Yo tampoco lo había oído hasta que el Departamento de Archivos desenterró las especificaciones. Las encontraron sepultadas en la parte trasera de su almacén más antiguo. Fue uno de los primeros tipos de baliza que se construyó, nada menos que en la Tierra. Y, considerando su ubicación en uno de los planetas de Próxima Centauri, bien podría ser la primera baliza espacial que se construyó.
Miré los planos que me tendió y sentí cómo se me llenaba la mirada de horror.
—¡Es una monstruosidad! Se parece más a una destilería que a una baliza... Por lo menos tendrá varios centenares de metros de altura. Soy un mecánico, no un arqueólogo. Ese montón de basura tiene más de dos mil años. Sería mejor olvidarnos de ella y construir una nueva.
El Viejo se inclinó por encima de la mesa, echándome el aliento en la cara.
—Nos llevaría un año instalar una baliza nueva. Eso sin contar lo excesivamente caro que sería, y esta reliquia está en una de las rutas principales. Actualmente tenemos naves dando rodeos de quince años luz.
Se recostó, se limpió las manos con un pañuelo y empezó a pronunciar la monserga cuarenta y cuatro sobre la misión de la Compañía y mis responsabilidades contraídas. Una bonita pieza de ensayo.
—Este departamento recibe el nombre oficial de Mantenimiento y Reparaciones, cuando en realidad tendría que llamarse Resolución de Problemas. Las balizas hiperespaciales se fabrican para que duren eternamente... o poco menos. Cuando una se estropea, nunca es un asunto trivial, y repararla no consiste sólo en incorporar un componente nuevo.
Y me lo estaba diciendo a mí, al tipo que se ensuciaba las manos mientras él estaba sentado cómodamente en una oficina con aire acondicionado y su abultada nómina en el bolsillo.
Empezó a divagar.
—¡Ojalá fuera así! Tendría una flota de naves de repuestos y mecánicos subalternos para instalarlos. Pero no es así para nada. Tengo una flota de costosas naves equipadas para hacerlo casi todo... y tripuladas por un hatajo de irresponsables como usted.
Asentí con mal humor frente a su índice acusador.
—¡Cómo me gustaría poderlos despedir a todos! Vaya sarta de jinetes del espacio, mecánicos, ingenieros, soldados, convictos y demás ralea que está metida en este asunto de las reparaciones. Tengo que intimidar, sobornar, chantajear y avasallar a matones como ustedes para hacer un simple trabajo. Si cree que está asqueado, piense en cómo me siento yo. ¡Pero las naves han de seguir su curso! ¡Y las balizas han de estar operativas!
Identifiqué esas consignas con vocación de cánticos inmortales como una despedida, de modo que me puse en pie. El Viejo me tiró el dossier del Mark III y volvió a garabatear en sus papeles. Cuando llegué a la puerta, levantó la vista y me atravesó de nuevo con su índice.
—Y que no se le ocurran ideas extravagantes sobre la rescisión de su contrato. Podemos embargar esa cuenta corriente que tiene en Algol II mucho antes de que usted pueda sacar su dinero.
Sonreí, un tanto débilmente, me temo, como si nunca hubiera querido mantener en secreto aquella cuenta. Lo cierto era que sus agentes resultaban cada día más eficientes. Mientras bajaba al vestíbulo traté de maquinar una fórmula para hacer una transferencia sin que él se diera cuenta... sabiendo al mismo tiempo que él estaba urdiendo otra para echar por tierra la mía.
Todo era muy deprimente, de manera que me detuve a echar un trago antes de poner rumbo a la estación de lanzamiento.
Cuando la nave estuvo lista, se me entregó una ruta ya trazada. La baliza más cercana a la averiada de Próxima Centauri se hallaba en uno de los planetas de Beta Circinus y allí me dirigí primero, un corto viaje de tan sólo unos nueve días en el hiperespacio.
Para comprender la importancia de las balizas, es necesario entender el hiperespacio. No hay muchas personas que lo entiendan, aunque resulta bastante fácil de comprender que en el no-espacio no valen las normas ordinarias. La velocidad y las medidas son relativas, y no son valores estables como los del universo fijo.
Las primeras naves que penetraron en el hiperespacio no tenían lugar alguno al que dirigirse, y ni siquiera había forma de saber si se habían desplazado o no de lugar. Las balizas solucionaron aquel problema y abrieron la totalidad del universo. Se construyen sobre planetas y generan cantidades inmensas de energía. Esta energía se transforma en radiación, que se proyecta en el hiperespacio. Cada baliza dispone de señales codificadas como parte de su radiación y representan una referencia mensurable en el hiperespacio. La triangulación y la cuadratura de las balizas sólo son útiles en la navegación si se siguen sus propias reglas. Las reglas son complejas y variables, pero al fin y al cabo son pautas a las que un navegante puede atenerse.
Para efectuar un salto hiperespacial se precisan por lo menos cuatro balizas para establecer la posición con exactitud. Si se trata de una travesía larga, los navegantes emplean siete u ocho. De modo que todas son importantes y cada una de ellas ha de mantenerse operativa. Y ahí es donde entramos el resto de los mecánicos y yo.
Viajamos en naves muy bien equipadas que llevan un poco de todo. Un solo hombre por nave; no se necesita más para poner en marcha la maquinaria de reparación, tan extremadamente eficiente. Debido a la misma naturaleza de nuestro trabajo, pasamos la mayor parte de nuestro tiempo volando por el espacio ordinario. Después de todo, cuando una baliza se avería, ¿cómo la encuentras?
No a través del hiperespacio. Cuanto puedes hacer es aproximarte al máximo por medio de otras balizas y, después, finalizar el trayecto por el espacio normal. Es posible que la operación lleve meses enteros, como ocurre con frecuencia.
En realidad este trabajo acabó no siendo tan malo. Puse rumbo a la baliza de Beta Circinus y planteé un complicado problema al navegador con ocho coordenadas; usando todas las balizas a mi disposición podría conseguir una localización precisa. El ordenador me facilitó un trayecto con un punto aproximado de llegada, así como un coeficiente de seguridad inherente que nunca podía suprimirse.
Con mucho, hubiera preferido asumir el riesgo de jugarme el tipo saliendo cerca de alguna estrella que pasar el tiempo lanzado como un bólido por el espacio ordinario. Aunque, en principio, la madre tecnología venía en mi auxilio. Habían introducido en el ordenador unos márgenes de riesgo aceptables (el coeficiente de seguridad), de manera que no podías acabar estrellado contra un sol por mucho que lo intentaras. Estoy seguro de que habían adoptado esta medida no por razones humanitarias, sino, simplemente, porque no estaban dispuestos a perder sus naves.
Después de un salto de veinticuatro horas, según el cómputo horario de la nave, llegué al centro de ninguna parte. El robot analizador estuvo moviendo sus tripas y escaneó todas las estrellas, comparándolas con el espectro de Próxima Centauri. Al final, emitió un sonido como el de un timbre e hizo parpadear una luz. Eché un vistazo por el ocular.
Una última lectura con la fotocélula me proporcionó la magnitud aparente y una comparación con su magnitud absoluta señaló la distancia. No era tan malo como había imaginado... un paseo de seis semanas, día más, día menos. Tras introducir una cinta con la trayectoria en el piloto automático, me coloqué los cinturones en el tanque de aceleración y me dispuse a dormir.
El tiempo pasó de prisa. Monté mi cámara por enésima vez y estuve a punto de acabar un curso de física nuclear por correspondencia. La mayoría de los mecánicos siguen estos cursos. Tienen valor en sí mismos, porque uno nunca sabe qué información insólita le va a resultar útil. Y no sólo eso: la compañía establece tu salario de acuerdo con los conocimientos que poseas. De modo que todo eso, algo de pintura al óleo y unos ejercicios de caída libre en el gimnasio, me ayudaron a pasar el tiempo. Estaba dormido cuando sonó la alarma que anunciaba distancia planetaria.
El planeta Dos, donde la baliza estaba situada de acuerdo con la antigua cartografía, era una especie de globo húmedo de aspecto blando. Trabajé duramente para interpretar las antiguas instrucciones y, al fin, localicé la zona correcta. Permanecí fuera de su atmósfera y envié un Ojo Volador (una cámara voladora autónoma) a echar una mirada a vista de pájaro. En este negocio, se aprende pronto cuándo y dónde arriesgar tu propia piel. El Ojo sería lo bastante útil para una indagación preliminar.
Los antiguos instaladores habían tenido suficientes dedos de frente a la hora de elegir un emplazamiento fácilmente localizable para la baliza, equidistante en un trazado entre dos de los picos montañosos más altos. Localicé pronto los picos y envié al Ojo desde uno de ellos hasta el otro describiendo una línea recta. El Ojo disponía de un radar frontal y otro de cola, e introduje sus señales en el osciloscopio como una curva de amplitud. Cuando coincidieron los dos picos, hice girar los controles del Ojo y me zambullí en aquella cosa.
Desconecté el radar, puse en marcha el orticonoscopio de detalle y me senté para observar cómo aparecía la baliza en la pantalla.
La imagen parpadeó, se enfocó... y una gran pirámide apareció en la pantalla. Maldiciendo, hice girar el Ojo en círculos, escaneando el territorio circundante. Era una tierra llana y pantanosa, sin irregularidad alguna. Lo único que sobresalía en un radio de dieciséis kilómetros era aquella pirámide, que, decididamente, no era mi baliza.
¿O sí lo era?
Hice descender el Ojo un poco más. La pirámide era una tosca pieza de piedra sin ningún tipo de talla o decoración. Había un ligero brillo en la cima. La examiné más de cerca. En la cúspide de la pirámide había una cavidad llena de agua. Cuando vi eso, algo se disparó en mi mente.
Dejé al Ojo describiendo órbitas circulares alrededor de aquello y empecé a hurgar entre los planos del Mark III. Allí estaba. La baliza tenía un plano de sedimentación y una cuenca en su extremo superior para contener agua, usada para enfriar el reactor que daba energía a aquel dinosaurio. Si el agua estaba allí, la baliza todavía estaba en el interior de la pirámide. Los indígenas, quienes por supuesto no eran ni siquiera mencionados por los idiotas que idearon aquella cosa, habían construido una bonita y sólida pirámide de piedra debajo de la baliza.
Eché otro vistazo a la pantalla y me percaté de que había bloqueado al Ojo en una órbita circular de unos veinte pies por encima de la pirámide. La cima de la masa de piedra estaba ahora repleta de una especie de lagartos, en apariencia la forma de vida del lugar. Disponían de algo parecido a piedras para lanzar y ballestas, y trataban de derribar al Ojo. Las piedras y las flechas empezaron a volar en todas direcciones.
Aparté de allí el Ojo, lo subí e introduje en el panel de control la orden que lo devolvería automáticamente a la nave.
A continuación, me dirigí a la cocina para echar un buen trago, uno muy largo y de alto octanaje. Mi baliza no sólo estaba encerrada en el interior de una montaña rocosa hecha a mano, sino que mi llegada había logrado irritar a los engendros que habían construido la pirámide. Era obvio que todo eso podía hacer que un hombre más fuerte que yo rindiera devoción a la botella.
Normalmente, un mecánico se mantiene al margen de las civilizaciones indígenas. Son puro veneno. Quizá a los antropólogos no les importe ser diseccionados en nombre de su ciencia, pero un mecánico no está dispuesto a hacer sacrificios de ninguna clase por su trabajo. Ésta es la razón por la que la mayor parte de las balizas se construyen en planetas deshabitados. Si es necesario instalar una baliza en un planeta habitado, se suele construir en algún lugar inaccesible.
Por el momento, no había conseguido esclarecer la razón de por qué esta baliza se había construido al alcance de los zarpazos locales. Ya lo averiguaría con el tiempo. Lo primero que había que hacer era establecer un primer contacto y, para ello, hacía falta conocer el idioma local.
Hacía ya muchos años que había ideado un método infalible con este fin.
Yo mismo había construido un Ojo Espía. Ofrecía el aspecto de un trozo de piedra de unos treinta centímetros de longitud. Una vez en el suelo, pasaba totalmente desapercibido, aunque resultaba un tanto desconcertante verlo moverse por ahí. Localicé una ciudad de lagartos a unos mil kilómetros de la pirámide y allí dejé caer el Ojo Espía. Cortó el aire produciendo un silbido y aterrizó de noche a orillas del revolcadero de fango local. Era un lugar muy frecuentado, al que los indígenas acudían en multitud durante el día. Cuando llegaron los primeros a darse su baño de lodo por la mañana, puse en marcha la grabadora.
Tras unos cinco días locales, disponía de una cantidad ingente de conversación indígena en la memoria de mi traductor electrónico y ya había identificado algunas expresiones. Eso resulta bastante fácil si cuentas con una máquina como ésta. Uno de los lagartos le gargarizó algo a otro y éste se dio la vuelta. Catalogué la expresión como «¡eh, George!», y aguardé mi oportunidad para ponerla a prueba. Más avanzado ese mismo día, sorprendí a uno de ellos, que iba solo, y le grité «¡eh, George!». La frase se reconvirtió y guturalizó en la lengua local y él se dio la vuelta.
Cuando almacenas suficientes frases de referencia en la memoria del aparato, el cerebro de la TE (traductora electrónica) continúa la tarea y va rellenando los huecos que quedan. Tan pronto como la TE fue capaz de hacer una traducción simultánea de cualquier conversación que oyera, pensé que era hora de establecer contacto.
Encontré con quién con bastante facilidad. Se trataba de la versión centáurica de un cabrero y pastoreaba una forma de vida local especialmente repugnante en los pantanos de las afueras de la ciudad. Hice que uno de los ojos cavara un hueco en el crestón de una roca y lo esperé.
Cuando pasó al día siguiente, susurré al micrófono: «Me alegro de volver a verte, ¡oh!, mi nieto cabrero. Soy el espíritu de tu abuelo que te está hablando desde el paraíso». Eso resultaba coherente con lo que había deducido de la religión del lugar.
El cabrero se detuvo como si hubiera recibido un disparo. Antes de que pudiera moverse, pulsé un botón y un puñado de dinero local, conchas cilíndricas del tipo de las usadas para hacer cuentas, salió rodando de la concavidad y acabó en sus pies.
—Ahí tienes algún dinero que te envío desde el paraíso porque has sido un buen muchacho. —En realidad no era exactamente del paraíso, la noche anterior lo había birlado de la Administración de Hacienda local—. Regresa mañana y continuaremos hablando. —Guardé silencio después de que el cabrero saliera disparado y me quedé satisfecho tras observar que había cogido el dinero antes de largarse volando.
Después de todo eso, el abuelo del paraíso mantuvo muchas charlas íntimas con su nieto, quien no podía resistirse a su botín celestial. El abuelo no había estado en contacto con el mundo desde su muerte y su nieto cabrero lo puso oportunamente al corriente.
Aprendí todo lo que necesitaba saber sobre su historia reciente y lejana, y he de decir que no era precisamente un cuento de hadas.
Me informé acerca de la pirámide que había sido construida alrededor de la baliza y me enteré de que en torno a ella se había desencadenado una bonita guerra religiosa.
Todo empezó con el istmo. Parece ser que los lagartos locales estaban viviendo en los lejanos pantanos cuando se construyó la baliza, pero los constructores no los habían tenido en gran consideración. Eran una especie inferior que estaba confinada a un lejano continente. La posibilidad de que la especie se desarrollara y llegara a este continente nunca se les pasó por la cabeza a los ingenieros implicados en la construcción de la baliza. Y, como es obvio, eso fue precisamente lo que ocurrió.
Un pequeño desplazamiento geológico, un puente de tierra cenagoso formado en el lugar adecuado, y los lagartos empezaron a corretear por valle Baliza. Y fundaron una religión. Se encontraron con un brillante templo metálico del que manaba una corriente constante de agua mágica, es decir, el agua de refrigeración del reactor, que el condensador atmosférico bombeaba desde la cima de la pirámide. La radioactividad del agua no afectó a los nativos. Originó algunas mutaciones que surgirían con el tiempo.
Alrededor del templo se construyó una ciudad y, con el transcurso de los siglos, se levantó una pirámide en torno a la baliza. Una casta especial de sacerdotes servían en el templo. Todo marchaba bien hasta que uno de los sacerdotes violó el templo y destruyó las aguas sagradas. Desde entonces, se habían desatado revueltas, refriegas, asesinatos y destrucciones. Pero las aguas sagradas continuaron sin fluir. Ahora, grupos armados libraban luchas alrededor del templo cada día y una banda nueva de sacerdotes custodiaba la fuente sagrada.
Y lo que yo tenía que hacer era meterme en medio de todo aquel sarao y reparar aquella cosa. El asunto se habría resuelto con bastante facilidad si se nos hubiera dado libertad para actuar... Podría haber hecho una fritada de lagartos, haber arreglado la baliza y largarme. Sólo que «las formas de vida indígena» estaban muy bien protegidas. En mi nave había células espía, que no había localizado en su totalidad, y que me delatarían alegremente a mi regreso.
Se imponía la diplomacia. Suspiré y saqué el maletín de maquillaje plástico.
Tomando como modelo unas fotos tridimensionales del nieto cabrero, modelé una aceptable cabeza de reptil sobre mis propias facciones. Era algo escasa de quijada, pues yo no disponía de sus mandíbulas, pero eso era todo. No tenía que ser exactamente como ellos, sólo debía resultarles familiar para atenuar su extrañeza. Es lógico. Si yo fuera un aborigen ignorante de la Tierra y me tropezara con un espicano, que parece un pegote de laca seca de setenta centímetros de longitud, haría mutis por el foro inmediatamente. Sin embargo, si el espicano llevara una máscara plástica que le proporcionara un aspecto ligeramente humanoide, por lo menos me quedaría y escucharía lo que tuviera que decirme. Y eso era lo que tenía intención de hacer con los habitantes de Próxima Centauri.
Cuando acabé la cabeza, la despegué del molde y la uní a un bonito traje de plástico verde, con cola incluida. Estaba encantado de que tuvieran colas. Los lagartos iban desnudos y yo quería llevar conmigo un montón de equipamiento electrónico. Construí la cola sobre una estructura metálica y la aseguré a mi cintura. A continuación, introduje en ella todo lo que iba a necesitar y comencé a montar el traje sobre alambre.
Cuando acabé, me lo probé frente a un gran espejo. Era horrible, pero daba el pego. La cola tiraba de mí por detrás y me confería andares de pato, pero eso me daba un parecido mayor.
Aquella misma noche conduje la nave hacia las colinas próximas a la pirámide y la hice tomar tierra en un enclave firme y apartado, donde a los anfibios indígenas no se les ocurriría acercarse. Un poco antes del amanecer, el Ojo me enganchó por los hombros y emprendimos el vuelo. Mantuve el vuelo por encima del templo, sobre unos dos mil metros, hasta que empezó a clarear y entonces descendí. Debió de ser un gran espectáculo. El Ojo estaba camuflado de tal manera que parecía un lagarto volador, una especie de pterodáctilo de cartón piedra. El lento batir de sus alas no tenía nada que ver obviamente con el vuelo. Pero resultó bastante impresionante para los indígenas. El primero en verme dio un alarido y se cayó de espaldas. Los otros llegaron corriendo. Se arremolinaron hasta amontonarse unos encima de otros y, cuando acabé de aterrizar en la plaza que había enfrente del templo, llegaron los sacerdotes. Crucé los brazos en actitud regia.
—Saludos, oh, nobles siervos del Gran Dios —declaré. Por supuesto no lo dije en voz alta. Lo susurré de manera que el micrófono que llevaba oculto pudiera captar mis palabras, que fueron transmitidas a la TE, y, así, la traducción pudo oírse por un altavoz oculto en mis mandíbulas.
Los indígenas comenzaron a murmurar y agitarse, y la traducción surgió casi al instante. Tenía el volumen muy alto y mis palabras resonaron en toda la plaza.
Algunos de los indígenas más crédulos se postraron y otros huyeron gritando. Uno de los escépticos elevó una lanza, pero nadie más repitió el gesto después de que el Ojo pterodáctilo lo levantó y lo dejó caer en el pantano. Pero, aun así, los sacerdotes eran perros viejos y no estaban dispuestos a que les dieran gato por lagarto. Se limitaron a permanecer de pie y a mascullar. Necesitaba recuperar de nuevo la ofensiva.
—¡Retírate, oh, fiel corcel! —le ordené al Ojo mientras presionaba el mando en la palma de mi mano.
Se elevó un poco más de lo que yo hubiera querido y pequeños restos de la goma que había usado para mi disfraz cayeron en forma de lluvia. Me encaminé hacia las puertas del templo ante una multitud atónita por el ascenso del Ojo.
—Quisiera hablar con vosotros, oh, nobles sacerdotes —les anuncié.
Antes de que se les hubiera ocurrido una buena respuesta, yo ya estaba dentro. El templo era un pequeño edificio construido sobre la base de la pirámide. Confiaba en no estar rompiendo demasiados tabúes al entrar en él. Nadie me detuvo, de manera que todo parecía ir bien. El templo estaba formado por una sola estancia con una especie de pileta opaca en un extremo. En ella estaba chapoteando un viejo reptil, que, claramente, era uno de los líderes. Me acerqué a él caminando como un pato y él me miró con un ojo frío y suspicaz. A continuación, farfulló algo.
La TE me susurró al oído.
—¿Quién eres tú y qué haces aquí, en el nombre de los Trece Pecados?
Erguí mi cuerpo escamoso adoptando una actitud solemne y señalé hacia el cielo.
—Vengo de parte de vuestros antepasados para ayudaros. Estoy aquí para restituiros las Aguas Sagradas.
Eso desencadenó muchos murmullos a mis espaldas, pero el jefe pareció no inmutarse. Se sumergió lentamente en las aguas hasta mostrar sólo los ojos. Casi podía oír los engranajes de su cerebro ponerse en marcha detrás de aquella frente musgosa. Entonces emergió repentinamente y me señaló con un dedo chorreante.
—¡Eres un mentiroso! ¡No eres un ancestro nuestro! ¡Te vamos a...!
—¡Alto! —rugí, antes de que fuera más lejos en su discurso y ya no pudiera dar marcha atrás—. Te he dicho que vuestros ancestros me enviaron aquí como emisario suyo y no que yo fuera uno de vuestros antepasados. No intentes hacerme daño o la cólera de aquellos que ya están al Otro Lado se volverá contra ti.
Cuando dije esto, me volví a los otros sacerdotes enseñando mis garras y aprovechando el movimiento para disimular el rápido lanzamiento de una pequeña granada contra ellos. La bomba hizo un bonito agujero en la puerta con gran despliegue de ruido y humo.
El Primer Lagarto se dio cuenta entonces de que no me andaba con tonterías y convocó a los chamanes para un consejo. Naturalmente, éste se celebró en la bañera pública y allí tuve que meterme con ellos también. Entre parloteos y gargarismos varios pasó una hora hasta que quedaron establecidos todos los aspectos principales. Descubrí que todos ellos eran nuevos sacerdotes; sus predecesores habían sido cocidos por dejar que las Aguas Sagradas se perdieran.
Les expliqué que la razón de mi presencia era únicamente ayudarlos a restablecer el flujo de las aguas. Se lo tragaron, aunque con alguna reticencia, y entonces todos, con esfuerzo, salimos de la pileta, dejando caer regueros de lodo en el suelo. Había una puerta cerrada y vigilada que conducía al interior de la pirámide. Mientras la abrían, el Primer Lagarto se dirigió a mí.
—Sin duda conoces la regla —dijo—. Debido a que los antiguos sacerdotes actuaron como unos entrometidos y metieron las narices donde no debían, quedó establecido que, en lo sucesivo, sólo los ciegos entrarían en el sanctasanctórum.
Hubiera jurado que se estaba riendo, si es que treinta dientes asomándose por lo que parecía una grieta en una vieja maleta puede denominarse una sonrisa.
Hizo indicaciones a un sacerdote que llevaba un brasero de carbón lleno de hierros al rojo. Todo lo que pude hacer fue permanecer de pie observándolo remover el carbón, sacar uno de los hierros más candentes y volverse hacia mí. Estaba a punto de dejar caer una gota sobre mi ojo derecho cuando mi cerebro volvió a ponerse en marcha.
—Naturalmente —dije—, la ceguera es justa. Pero, en mi caso, tendréis que quitarme la vista antes de que abandone el recinto sagrado, no ahora. Necesito los ojos para ver y reparar la Fuente de las Aguas Sagradas. Una vez fluyan de nuevo las aguas, estaré encantado de aplicarme yo mismo el hierro al rojo.
Le llevó treinta eternos segundos pensar en mi propuesta, que finalmente se vio obligado a aceptar. El verdugo local gimoteó un poco y echó al fuego un poco más de carbón. El portón se abrió con estrépito y penetré majestuosamente en el interior de la pirámide. A continuación se cerró de un portazo detrás de mí y me quedé solo en la oscuridad.
Aunque no por mucho tiempo. Oí un ruido cerca de mí y me arriesgué encendiendo la linterna. Tres sacerdotes avanzaban a tientas hacia mí con sus cuencas oculares convertidas en rojas fosas de carne abrasada. Sabían lo que yo quería y, sin mediar palabra, me mostraron el camino.
Una escalera de piedra agrietada y medio desmoronada nos condujo hasta una sólida puerta de metal con un cartel que rezaba en letra arcaica «Baliza Mark III: Acceso restringido sólo a personal autorizado». Los constructores de la baliza habían confiado plenamente en la eficacia disuasoria del lenguaje, pues no existía señal alguna de cerradura en la puerta. Bastó con que un lagarto girara simplemente el picaporte para que nos encontráramos en el interior de la baliza.
Bajé la cremallera frontal de mi disfraz y saqué los planos. Con los sacerdotes ciegos tropezando detrás de mí, descubrí que aún quedaba una carga residual en las baterías de emergencia, la justa para producir una tenue luz. Los contadores e indicadores parecían encontrarse en buen estado o, al menos, inesperadamente brillantes, por una limpieza constante. Revisé las lecturas y confirmé lo que ya había sospechado.
Uno de aquellos ansiosos lagartos había tratado de abrir la caja de circuitos y había limpiado los interruptores interiores. Al hacerlo, había alterado la posición de uno de ellos y ése era el problema.
O, mejor dicho, eso fue lo que inició el problema. No iba a poder solucionarse devolviendo a su posición original el interruptor de la válvula hidráulica. Tan sólo estaba previsto usar esa válvula en caso de reparaciones, después de haber enfriado el reactor nuclear. Cuando se interrumpió el suministro de agua mientras estaba funcionando el reactor, se había iniciado el sobrecalentamiento y los dispositivos automáticos de seguridad vertieron la carga en la fosa.
Yo podía restablecer el circuito del agua con bastante facilidad, pero el problema era que no quedaba combustible en el reactor.
No se me iba a pasar por la cabeza enfangarme en el asunto del combustible. Sería mucho más fácil instalar un generador nuevo. Tenía uno en la nave, cuyo tamaño era una décima parte de aquel viejo armatoste. Antes de hacérmelo traer, revisé el resto de la baliza. En dos mil años, debería haberse producido algún tipo de desgaste.
Los viejos ingenieros habían hecho bien su trabajo, he de reconocerlo, el noventa por ciento de la maquinaria no tenía piezas desajustadas y no había sufrido ningún desgaste. Había partes reforzadas, en previsión de su posible aunque lento deterioro. Por ejemplo, ése era el caso del conducto alimentador del agua instalado en el techo. Las paredes del conducto tenían al menos tres metros de grosor y su abertura no era más grande que mi cabeza. De todas maneras, había algunas cosas que yo podía hacer, y empecé a hacer una lista de las piezas que necesitaba.
Las partes, la nueva planta energética y algunos otros trastos viejos fueron amontonados pulcramente en la plataforma de lanzamiento de la nave. Confirmé desde el monitor que estuvieran todas las piezas antes de ser embaladas en una pequeña caja metálica. En la hora más oscura antes del amanecer, el potente Ojo descargó la caja en el exterior del templo y desapareció sin que nadie lo viera.
Yo observaba a los sacerdotes con mi Ojo Espía mientras ellos trataban de abrir la caja. Cuando cejaron en su empeño, les lancé órdenes con voz atronadora, a través de un altavoz instalado en la caja. Se pasaron la mayor parte del día arrastrando la pesada caja por la estrecha escalera del templo y así pude echarme un sueño reparador. Cuando desperté, ya habían depositado la caja en el interior de la baliza.
La reparación no me llevó mucho tiempo, aunque los sacerdotes ciegos protestaron lo suyo cuando me oyeron taladrar un boquete en el muro para alcanzar los cables de la corriente. Incluso coloqué un aparato en los conductos para que sus Aguas Sagradas tuvieran la habitual y refrescante radioactividad cuando se restableciera su flujo. Cuando todo estuvo terminado, hice lo que tanto estaban aguardando.
Pulsé el interruptor que reestablecía el paso del agua. Transcurrieron algunos minutos hasta que ésta empezó a gorgotear por el seco conducto. Entonces se produjo un estruendo en el exterior de la pirámide que debió de haber hecho temblar sus muros. Me estreché las manos por encima de la cabeza y bajé a tomar parte en la ceremonia de quemar los ojos.
Los lagartos ciegos me estaban esperando junto a la puerta y ofrecían un aspecto más angustiado de lo habitual. Cuando traté de abrir la puerta, descubrí la razón de aquella actitud: la habían cerrado y asegurado con barrotes desde el otro lado.
—Está decidido —dijo uno de ellos—. Permanecerás aquí para siempre y te ocuparás de las Aguas Sagradas. Nosotros nos quedaremos contigo y atenderemos todas tus necesidades.
Era una perspectiva deliciosa: toda una eternidad en una baliza precintada y en compañía de tres lagartos ciegos. A pesar de tamaña hospitalidad, no podía aceptar.
—¿Qué? ¿Os atrevéis a ponerle obstáculos al mensajero de vuestros antepasados? —Había puesto el altavoz a todo volumen y la vibración casi me arranca la cabeza.
Los lagartos se postraron y yo configuré mi Solar para que disparara un fino rayo, que dirigí alrededor de la jamba de la puerta. Los cachivaches apilados contra el portón produjeron un terrible estruendo y finalmente la puerta quedó libre. Entonces la abrí. Antes de que pudieran protestar yo ya había echado fuera a los sacerdotes.
El resto del clan apareció al pie de la escalera y armó un buen jaleo mientras yo acababa de soldar la puerta para volver a dejarla cerrada. Atravesando la multitud, corrí a enfrentarme al Primer Lagarto, que se encontraba en su pileta. Se sumergió lentamente bajo el agua.
—¡Qué falta de cortesía! —grité, mientras él hacía algunas burbujas en el agua—. Los antepasados se han irritado y han decidido prohibir la entrada al Templo Interior para siempre; sin embargo, en prueba de su magnanimidad, consentirán que fluyan de nuevo las aguas. Y ahora debo regresar. ¡Que empiece la ceremonia de la ceguera!
El maestro en las artes de la tortura se encontraba tan aterrorizado para moverse que yo mismo le arranqué el hierro candente. Una ligera presión en un lado de mi cara bastó para que unos discos de acero se deslizaran sobre mis ojos, por debajo de mi máscara de plástico. A continuación metí el hierro al rojo en mis falsas cuencas, haciendo que el plástico despidiera un olor terrible. De la multitud se alzó un alarido cuando yo arrojé el hierro y empecé a tambalearme en círculos. He de admitir que todo salió bastante bien.
Antes de que se les ocurrieran más ideas brillantes, pulsé el interruptor y mi pterodáctilo de plástico entró volando.
Por supuesto, no pude verlo, pero supe que había llegado cuando los garfios de sus garras quedaron enganchados a las placas metálicas de mis hombros. Yo había girado tras la quemadura de los ojos y mi criatura voladora me atrapó al revés. Me hubiera gustado emprender el vuelo de forma más épica, con los ojos ciegos clavados en el crepúsculo. En cambio, lo que hice fue clavar la expresión en la multitud mientras me elevaba por los aires. Saqué el mejor partido de una mala situación y les lancé un rápido saludo militar. Ya estaba fuera de su alcance, lejos y respirando el aire fresco.
Cuando me quité las placas metálicas de los ojos y conseguí abrir dos agujeros en el plástico achicharrado, pude ver cómo la pirámide se iba haciendo cada vez más pequeña detrás de mí y el agua salía a borbotones hasta la base, mientras una multitud de reptiles eufóricos practicaban deportes acuáticos en su torrente radioactivo. Era el momento de volver sobre mis pasos para ver si me había olvidado alguna cosa.
Uno: la baliza estaba reparada.
Dos: la puerta estaba sellada, de modo que no debería producirse otro sabotaje, ya fuera deliberado o accidental.
Tres: los sacerdotes tenían motivos para estar satisfechos. El agua fluía de nuevo, mis ojos habían sido debidamente cegados y ellos ya estaban otra vez metidos en faena. A todo esto había que añadir...
Cuatro: el hecho de que en el caso de que se produjera otra avería en la baliza, los anfibios probablemente permitirían la entrada a otro mecánico bajo las mismas circunstancias. Por lo menos, yo no había hecho nada, como masacrar a algunos de ellos, que pudiera despertarles el odio hacia futuros mensajeros ancestrales.
Me despojé de mi traje de lagarto hecho jirones y pensé que, de todas maneras, lo cierto era que no me importaría que en tal caso le asignaran el trabajo a otro mecánico.