País Relato - Autores

harry harrison

el hombre de la pig

1
-¡Éste va a ser el fin de todos nuestros problemas, gobernador, estoy seguro! —le dijo el granjero. El paleto que estaba cerca de él asintió con la cabeza y la idea le conmovió hasta el punto de sacarse el sombrero, gritar «¡yupi...!!» una vez y volver a calárselo después.
—Bueno, todavía no puedo prometer nada de manera concluyente —dijo el gobernador Haydin; sin embargo, había más que un asomo de entusiasmo en sus palabras y se retorcía el bigote con extraordinaria euforia—. No sé más que usted de este asunto. Solicitamos ayuda por radio y la patrulla dijo que harían algo...
—Y ahora un crucero espacial está en órbita allá arriba y su transbordador está de camino hacia aquí —interrumpió el granjero, acabando la frase del gobernador—. A mí me suena bastante bien. ¡La ayuda está en camino!
El cielo retumbó a modo de respuesta y una refulgente llama en forma de espiga incendió la capa baja de nubes por encima del campo, mientras las formas chaparras de la nave auxiliar se mostraban a la vista. El gentío concentrado en toda la orilla, casi toda la población de Trowbri City, prorrumpió en ovaciones enloquecedoras. Se contuvieron cuando la nave alcanzó el cenagoso terreno con su chorro a propulsión, levantando una nube de gas; pero tan pronto como los reactores se apagaron, avanzaron todos en tropel para rodearla.
—¿Qué hay allí dentro, gobernador? —preguntó alguien—. ¿Una compañía de comandos espaciales o algo por el estilo?
—El mensaje no lo decía..., únicamente solicitaba un lugar despejado para tomar tierra.
Se hizo un silencio calmo cuando la pasarela chirrió al salir por la ranura debajo de la compuerta y el extremo golpeó en el barro. La escotilla exterior se abrió con el zumbido ensordecedor de un motor eléctrico y un individuo apareció por la abertura y dirigió la mirada sobre la multitud.
—Hola —dijo. Entonces se volvió e hizo una indicación con la mano hacia el interior—. Vamos, salgan todos —exclamó, y poniéndose los dedos en los labios, silbó estridentemente.
Sus palabras suscitaron todo un coro de chillidos y alaridos agudos que procedían del interior del transbordador. En ese momento, una rugiente horda de animales salió por la compuerta y se abalanzó por la pasarela. Sus lomos (rosa, blanco y negro, y gris) se meneaban espasmódicamente y sus pezuñas producían una estruendosa y martilleante algarabía sobre el metal perforado.
—¡Cerdos! —gritó el gobernador, elevando su furiosa voz sobre el coro de alaridos porcinos—. ¿No hay otra cosa aparte de cerdos en esta nave?
—Estoy yo, señor —dijo un hombre plantándose enfrente del gobernador—. Me llamo Wurber, Bron Wurber, y éstos de aquí son mis animales. Tengo muchísimo gusto en conocerlo.
Los ojos del gobernador Haydin dejaron una estela de fuego en su recorrido desde el suelo, incinerando lentamente cada centímetro del individuo que tenía delante. Reparó en las altas botas de goma, en el burdo material de sus pantalones arrugados, en los gruesos pliegues llenos de manchas de una chaqueta que en su día fue roja, en el rostro ancho y sonriente y en los ojos azul claro del porquero. El gobernador se estremeció cuando advirtió algunas briznas de paja en su pelo. No hizo ningún caso cuando el granjero le tendió la mano.
—¿Qué está haciendo aquí? —le requirió Haydin.
—Vengo a ocupar mi concesión de tierras. Pienso montar una granja de gorrinos. Será el único rancho de cerdos en más de cincuenta años luz a la redonda y, sin querer dármelas de nada, eso es decir mucho. —Se limpió la mano derecha en la chaqueta y volvió a extendérsela—. Mi nombre...,Wurber. Casi todos mis amigos me llaman Bron porque ése es mi nombre de pila. Me temo que no he pillado el suyo...
—Haydin —dijo el gobernador, estrechándole la mano con reticencia—. Soy el gobernador de este lugar. —Echó una mirada abstraída a las formas redondeadas que estaban pululando por allí y se arremolinaban a su alrededor.
—Vaya, la verdad es que estoy encantado de conocerlo, gobernador. Consiguió un buen trabajo aquí, ¿eh? —dijo Bron, agitando con entusiasmo la mano del otro arriba y abajo.
El resto de los espectadores ya se estaba marchando y cuando uno de los animales, una puerca grande y rechoncha, se les acercó demasiado, un hombre se volvió y la pateó con una bota con refuerzos de hierro. Sus estridentes alaridos rebanaron el ambiente como una sierra eléctrica sin control mientras la marrana iniciaba una espantada.
—Aquí, quieta. ¡Nada de eso! —gritó Bron por encima de los lomos de la piara.
El individuo encolerizado agitó el puño amenazante y se marchó con el resto de la multitud.
—Despejen la zona —bramó una voz amplificada desde el transbordador—. Despegue en un minuto. Repito, sesenta segundos para el despegue.
Bron volvió a silbar y señaló una arboleda en el borde del campo. Los cerdos chillaron como respuesta y empezaron a moverse en esa dirección. Los coches y camiones estaban arrancando y cuando la excitada piara, con Bron y el gobernador en el centro, llegó al límite del campo, sólo quedaba el coche del gobernador. Bron empezó a decir algo pero los cohetes del transbordador, así como los ensordecedores gruñidos y chillidos de miedo que siguieron, ahogaron sus palabras. Cuando el ruido se fue apagando, volvió a tomar la palabra.
—Si va al centro, señor, me pregunto si me dejaría ir con usted. Tengo que registrar mi concesión y todo el papeleo.
—¿No querrá hacer eso? —dijo el gobernador, tratando de pergeñar una excusa para desembarazarse del palurdo simplón—. Esta piara es una propiedad valiosa. No querrá dejar a todos estos cerdos aquí solos.
—¿Quiere decir que hay criminales y ladrones en su ciudad?
—Yo no he dicho eso —aclaró Haydin con brusquedad—. La gente de aquí es tan decente y tan respetuosa con la ley como en cualquier otro lugar. Es sólo que, bueno, nosotros andamos un poco cortos de animales de carne y, ante la visión de todos esos cerdos lozanos, vivitos y coleando...
—Vaya, esa idea es completamente criminal, gobernador, éste es el mejor ganado de cría que se puede comprar con dinero y ninguna de estas cabezas está destinada a la matanza. ¿Es consciente de que cualquiera de estas criaturas será finalmente el ancestro de piaras enteras...?
—Por favor, ahórreme la conferencia sobre la cría de animales. Me esperan en la ciudad.
—Pues no puede dejar a unos buenos chicos esperando —dijo Bron con una amplia y franca sonrisa—. Iré con usted y ya me las apañaré para volver. Estoy seguro de que los gorrinos estarán bastante seguros aquí. Podrán hozar a sus anchas por ese bosquecillo de árboles y cuidarse solitos durante un rato.
—Está bien, con su pan se lo coma, usted y ellos —masculló Haydin entre dientes, mientras se subía al coche eléctrico y cerraba la puerta tras él. Una súbita idea le cruzó por la cabeza cuando vio a Bron subirse al coche por el otro lado—. Dígame..., ¿dónde está su equipaje?, ¿se lo ha dejado olvidado en la nave?
—Bueno, es todo un detalle por su parte preocuparse por mí de esa manera. —Bron señaló a la manada, que se había desperdigado un poco ahora que los gorrinos hozaban felizmente sobre el humus del bosque. Un gran verraco portaba dos cajas amarradas a su lomo y un cerdo más pequeño llevaba un maletín abollado atado a él en un precario ángulo.
—Las personas no saben apreciar todo el valor que tienen los marranos. En la Tierra fueron bestias de carga durante tropecientos miles de años, ya lo creo que sí. Porque no hay nada tan versátil como un cerdo. Los antiguos egipcios los usaban para plantar semillas. Imagíneselos, con sus pezuñitas afiladas, enterrando esas semillas justo a la profundidad adecuada en el blando suelo.
El gobernador Haydin subió al máximo el reóstato y condujo el vehículo hasta la ciudad, en estado de atontamiento, sometido a una bucólica perorata sobre marranología que le reverberaba en la cabeza.
2
—¿Es ése su edificio municipal? —preguntó Bron—. ¡Qué bonito!
El gobernador frenó el coche, que se detuvo enfrente de la estructura, y el polvo de la calle sin pavimentar ascendió arremolinándose en forma de nube alrededor de ellos. Miró a Bron con recelo.
—No está en situación de hacerse el gracioso —dijo con brusquedad—. Sucede que éste es uno de los primeros edificios que construimos y cumple con su función incluso aunque esté..., bueno..., envejeciendo.
Era algo más que viejo; se dio cuenta al mirarlo de verdad por primera vez en años. Era absolutamente horripilante. Los muros exteriores estaban hechos de paneles de madera triturada y comprimida. Habían sido sometidos a un proceso de plastificación para endurecerlos antes de vulcanizarlos. Pero la vulcanización no siempre se hacía bien en esos tiempos. El plástico de la superficie se había desconchado y virutas de madera marrón se encrespaban hacia el exterior.
—No me estaba riendo de su edificio —dijo Bron bajando del vehículo—. He visto muchos peores que éste en otros planetas fronterizos. Ustedes plantaron aquí un buen edificio resistente. Ha durado un montón de años y aún va a durar un montón más. —Le dio unas palmaditas al muro de una manera amistosa y después se miró la palma de la mano—. Aunque no le vendría mal un afeitado o un corte de pelo.
El gobernador Haydin entró pisando fuerte y gruñendo para sí mismo; Bron lo siguió, sonriendo con ingenua satisfacción. El pasillo atravesaba todo el edificio (Bron pudo ver la entrada trasera en el otro extremo) y había puertas abiertas a ambos lados. El gobernador empujó una puerta con el cartel de «Prohibida la entrada» y Bron lo siguió de cerca.
—Por aquí no, idiota —protestó en voz alta el gobernador Haydin—. Ésta es mi oficina privada. La siguiente puerta, ésa es la que buscas.
—Bueno, lo siento mucho, créame —dijo Bron, retrocediendo bajo la firme presión de la mano en su pecho. La oficina era un lugar pobremente amueblado, con dependencias visibles a través de la puerta de la pared opuesta. Lo único que ofrecía verdadero interés era la muchacha, que estaba desplomada en una butaca. Tenía el cabello rojo cobrizo, era delgada y parecía joven. No se podía decir mucho más, pues tenía la cara enterrada en un pañuelo y parecía estar llorando. La puerta se cerró en las narices de Bron.
La siguiente entrada lo condujo a una oficina más grande con un mostrador que, a la altura de la cintura, la dividía por la mitad. Apoyó todo el peso sobre la madera sin pintar y leyó con cierto interés las inscripciones garabateadas hasta que se abrió una puerta por la otra parte y entró una muchacha. Era joven y delgada, tenía el cabello rojo cobrizo y unos ojos más rojos incluso. No había duda de que era la muchacha que había visto en la oficina del gobernador.
—Siento mucho verla llorando, señorita —dijo—. ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarla?
—No estoy llorando —replicó con seguridad y trató de contener el llanto—. Sólo es una alergia, nada más.
—Debería ir al doctor para que le pusiera alguna inyección...
—Por favor, sea tan amable de decirme qué es lo que desea. Hoy tengo un día muy ocupado.
—Bueno, no quiero molestarla para nada, tan ocupada y con lo de la alergia... ¿Hay alguien más a quien pueda ver?
—No, nadie. Yo y esa hilera de ordenadores somos la plantilla gubernamental al completo. ¿Qué es lo que desea?
—Me gustaría registrar una concesión de tierras y me llamo Bron Wurber.
Le estrechó fugazmente la mano que él le tendía, luego la apartó, como si estuviera al rojo vivo y agarró un montón de papeles.
—Me llamo Lea Davies. Rellene estos impresos y no deje ningún espacio en blanco. Si tiene alguna duda, pregúnteme antes de continuar. Sabe escribir, ¿verdad? —le preguntó cuando advirtió su ceño fruncido y adusto de concentración al examinar los papeles.
—Tengo una letra muy bonita, señorita, así que no se preocupe. —Cogió un resto de lápiz muy mordisqueado del bolsillo de su camisa. Añadió algunas mellas más y se puso a trabajar.
Cuando hubo terminado, ella revisó todos los documentos, hizo algunas correcciones y le entregó un fajo de mapas.
—Éstos muestran los terrenos más próximos que se encuentran disponibles para concesiones; están marcados en rojo. La tierra más apropiada será aquella, obviamente, que mejor se ajuste a la naturaleza de los cultivos que piense desarrollar.
—Cerdos —dijo él, sonriendo con entusiasmo, aunque no obtuvo ninguna sonrisa como contestación—. Daré una vuelta por allí y veré estas parcelas, luego volveré y le diré algo cuando dé con la adecuada. Mi agradecimiento, señorita Davies.
Bron plegó los papeles y los dejó reducidos a un grueso taco, que metió en el bolsillo trasero de su pantalón cuando se marchó. Para llegar a donde estaba su piara, esperándole cerca del puerto espacial, tuvo que atravesar el centro de Trowbri City, que sólo tenía de ciudad el nombre. Las fuertes pisadas de Bron, torpe con sus aparatosas botas, a través de la única calle de la ciudad, hacían que brotaran del suelo chorros de polvo. Todos los edificios ofrecían un aspecto «permanentemente temporal». Habían sido construidos con rapidez, ya que había una constante demanda de nuevas estructuras debido a la expansión urbana. Los nuevos edificios prefabricados y barracones de tejido presurizado se intercalaban con estructuras de armazón de madera y otras construcciones de tierra apisonada. De estas últimas había muchas; estaban hechas simplemente volcando tierra arcillosa entre formas de madera y apisonando el conjunto con fuerza. Cuando las formas se retiraban, las planchas resultantes eran pintadas con plástico líquido para evitar que se disolvieran con la lluvia. A pesar de eso, muchas tenían un aspecto achaparrado y redondeado, como si estuvieran hundiéndose lentamente en la tierra de la que habían surgido. Bron pasó por varias tiendas pequeñas y un garaje. Las fábricas se hallaban en el extrarradio de la ciudad y más allá estaban las zonas agrícolas. Un poco más adelante había una barbería, anunciada por el símbolo universal del cilindro con franjas blancas y rojas. Un puñado de hombres parecía no tener otra ocupación que la de estar apoyados contra su pared para que no se cayera.
—¡Eh, porquero! —dijo uno de ellos en voz alta cuando pasó Bron por su lado—. Te ofrezco un buen baño caliente a cambio de un buen par de chuletas de cerdo. —El resto de los holgazanes se carcajeó con ganas por la aparente ingeniosidad.
Bron se detuvo y dio media vuelta.
—¿Es a mí? Esta ciudad debe ser muy próspera si puede permitirse tener tantos tíos jóvenes sin dar golpe.
Se produjeron murmullos de irritación por la observación y el autodesignado portavoz de la camarilla dio un paso al frente y gritó:
—¿Te crees muy listo o qué?
Bron no contestó. Se limitó a sonreír fríamente y golpeó el puño cerrado contra la palma de la mano. Eso produjo un fuerte ruido amenazador; quedó claro que se trataba de un puño grande y fuerte. Los tipos se recostaron contra la pared y empezaron a hablar entre ellos, sin hacerle caso.
—Es un alborotador, muchachos, y deberíais darle una lección —clamó una voz desde el interior de la barbería. Bron se irguió y miró a través de la puerta abierta. El individuo que había dado una patada a uno de sus cerdos en el puerto espacial estaba allí, sentado en la silla, con el barbero robot zumbando alegremente por detrás de él.
—Bueno, no debería decir eso, amigo, ya que no sabe nada de mí.
—No, y no trato de saber nada —dijo el hombre, enfadado—. Puedes coger tus cerdos y...
Bron, todavía sonriendo, se inclinó y presionó el botón de «toalla caliente» y una humeante toalla amortiguó el resto de las palabras del tipo. El robot cortó una tira de toalla antes de que su luz de emergencia parpadeara y se detuviera con una sacudida, zumbando sonoramente. Bron se marchó y nadie le bloqueó el paso.
«No es una ciudad muy hospitalaria», se dijo para sus adentros. «Pero ¿por qué no habría de serlo?» Vio un cartel que decía «Comidas» y entró en un pequeño café.
—Hay de todo menos filete —le anunció el tipo de la barra.
—Café, sólo quiero café —le dijo Bron, sentándose en uno de los taburetes—. Bonita ciudad tenéis —comentó cuando le trajeron el café.
El hombre farfulló algo inaudible y cogió el dinero de Bron. Éste lo intentó de nuevo.
—Quiero decir que tenéis una buena tierra para el cultivo y el ganado, y llena de minas y minerales. La Comisión Espacial para la Colonización financia mi concesión. Debe haber financiado a todos los que hay aquí. Es un bonito planeta.
—Señor —dijo el dependiente—, yo no le hablo a usted; de modo que no me hable usted a mí. ¿De acuerdo? —Se marchó sin aguardar una réplica y empezó a sacar brillo a los mandos del chef automático.
—Y amistoso —se dijo Bron al dirigirse a la carretera—. Lo tienen todo aquí, todo lo que podrían necesitar..., pero no hay nadie que parezca estar muy contento por ello. Y aquella muchacha estaba llorando. ¿Qué es lo que va mal en este planeta? —Con las manos en los bolsillos y silbando suavemente entre los dientes, se dio un paseo, mirando a su alrededor mientras caminaba. El puerto espacial no estaba demasiado lejos; estaba emplazado un poco más allá de la ciudad y no era más que una zona despejada y una torre de control.
Cuando estuvo cerca del bosquecillo donde había dejado a sus animales, oyó un chillido agudo de enfado. Aceleró el paso y luego echó a correr devorando la distancia cuando otros gritos se unieron al primero. Algunos de los cerdos aún estaban hozando despreocupadamente, pero la mayor parte se había reunido alrededor de un gran árbol con enredaderas enroscadas en su tronco y repleto de pequeñas ramas. Un verraco levantó la cabeza por encima del remolino de gorrinos y golpeó el árbol, arrancándole una tira de corteza de un metro de longitud. Desde lo alto del árbol una voz ronca pedía auxilio.
Bron silbó órdenes, tiró de algunas colas y empujó algunos lomos y, al final, consiguió que los marranos se cambiaran de sitio. Tan pronto como empezaron a hozar y a despojar de bayas los arbustos, gritó hacia la parte superior del árbol.
—Quienquiera que esté allá arriba, ya puede bajar. Es seguro. El árbol se balanceó y cayó una lluvia de esquirlas de madera, y un hombre alto y delgado bajó dejándose ver poco a poco. Se detuvo por encima de la cabeza de Bron, sujetándose firmemente al tronco del árbol. Tenía los pantalones rotos y había perdido el tacón de una bota.
—¿Quién es usted? —preguntó Bron.
—¿Son suyas estas bestias? —preguntó el otro, furioso—. Deberían dispararles a todas. Me atacaron ferozmente; me habrían matado de no haberme subido a este árbol.
—¿Quién es usted? —le repitió Bron.
—Feroces e incontroladas —continuó—, si no se encarga de ellas, lo haré yo. Aquí en Trowbri tenemos leyes.
—Si no se calla de una vez y me dice quién es, señor, puede quedarse en lo alto del árbol hasta pudrirse —dijo serenamente Bron. Señaló a un gran verraco que estaba tendido a unos tres metros del árbol, que lo miraba desde sus diminutos ojos rojos—. No tengo nada que hacer y estos marranos se ocuparán de usted solitos. Lo llevan en la sangre. Los pécaris, en México, arrinconarían a un hombre y luego se turnarían haciendo guardia hasta que se muriera o se derrumbara. Estos animales que ve no atacan a nadie sin una razón. Y yo le digo que la razón es que usted vino por aquí y trató de agarrar a uno de los lechales, porque de repente a usted le entró ansia de carne fresca de cerdo. ¿Quién es usted?
—¿Me está llamando mentiroso? —gritó el hombre.
—Sí. ¿Quién es usted?
El verraco se acercó, embistió el árbol y emitió un profundo gruñido de protesta. El hombre se agarró al árbol con las dos manos y se quedó petrificado.
—Me llamo Reymon, soy el radiotelegrafista del lugar. Estaba en la torre, haciendo aterrizar el transbordador. Cuando se marchó, cogí mi bicicleta y me fui de regreso a la ciudad. Vi estos cerdos aquí y me paré, sólo para echar un vistazo, y entonces fui atacado. Sin motivo...
—Claro, claro —dijo Bron. Hundió la puntera de la bota en un costado del verraco y se la frotó de arriba a abajo por sus poderosas costillas. El marrano meneó las orejas y emitió un gruñido de placer—. ¿Le gusta estar ahí arriba, señor Reymon?
—De acuerdo, está bien. Me fijé en uno de sus bichos asquerosos y quise tocarlo... no me pregunte por qué. Entonces fui atacado.
—Eso ya me suena más realista, y no le voy a molestar con preguntas tontas como por qué tuvo usted la súbita urgencia de manosear a un asqueroso cerdo. Puede bajar ya, meterse en ese trasto rojo y marcharse.
El verraco se dio la vuelta con un coletazo y luego desapareció en la maleza. Reymon se dejó caer al suelo temblorosamente y se sacudió las ropas. Era un tipo misteriosamente apuesto, cuyas facciones quedaban arruinadas por la tirantez furiosa de su boca.
—Esto no acabará aquí —le dijo por encima del hombro cuando se marchó a trompicones.
—Lo dudo —repuso Bron, que se fue a la carretera y esperó allí hasta que la electrobicicleta pasó zumbando en dirección a la ciudad. Sólo entonces regresó y reunió silbando a toda su piara.
3
Bron percibió un sonido metálico en el interior de los oídos, que se iba haciendo más y más fuerte si intentaba ignorarlo. Bostezando, cogió y se quitó la alarma-pendiente del lóbulo de la oreja, la desconectó con la uña y se la guardó en la riñonera. Sintió el aire frío de la noche en la mano al restregarse el sueño de los ojos. Por encima de él, las extrañas constelaciones de estrellas titilaban nítidamente en la clara atmósfera. Aún faltaban algunas horas para el amanecer y el bosque estaba oscuro y en silencio, con algún que otro silbido ocasional o algún resoplido amortiguado de un cerdo que dormía.
Casi completamente vestido, Bron abrió el saco de dormir y se calzó las botas, que había dejado cuidadosamente en posición vertical para mantenerlas secas. Se apoyó en Queeny para hacerlo. La cerda de 360 kilos, una figura borrosa y descomunal como una montaña en la oscuridad, levantó la cabeza y gruñó una pregunta. Bron se inclinó sobre ella y le levantó el pabellón de la oreja para poder susurrarle al oído.
—Me marcho, pero volveré al amanecer. Me llevo a Jasmine conmigo. Tú estate al tanto de todo.
Queeny gruñó con un sonido de aquiescencia muy humano y se tumbó. Bron silbó con suavidad y en seguida pudo oírse el ruido de las afiladas pezuñas de Jasmine trotando.
—Sígueme —le dijo. Pisándole los talones, la marrana marchó tras él alejándose del campamento, en silencio los dos, como dos espectros.
Era una noche sin luna, y Trowbri City estaba dormida y sin iluminación. Nadie advirtió las sombras que se movieron por la ciudad y se deslizaron hasta la parte trasera del edificio municipal, y nadie oyó tampoco cómo se abría quedamente una ventana, por la que las sombras desaparecieron de vista.
El gobernador Haydin se irguió súbitamente hasta sentarse cuando se encendieron las luces de su dormitorio. Lo primero que vio fue un pequeño cerdo rosado sentado en la alfombra a los pies de la cama. Éste giró la cabeza para mirarlo directamente a los ojos... y entonces le guiñó un ojo. Tenía unas encantadoras y largas pestañas blancas.
—Lamento molestarlo a estas horas —le dijo Bron desde la ventana, después de asegurarse de que las cortinas estuvieran corridas—, pero no quería que nadie nos viera juntos.
—¡Salga de aquí, loco porquero, antes de que lo eche a la calle! —bramó Haydin.
—Baje la voz, señor —le advirtió Bron—. Podrían oírle. Ésta es mi identificación. —Y le extendió una pieza de plástico rectangular.
—Ya sé quién es usted, ¿qué pasa ahora...?
—Eche un vistazo a mi identificación. Solicitó a la patrulla que le ayudaran en este planeta, ¿no es cierto?
—¿Qué es lo que sabe sobre eso? —Los ojos del gobernador se abrieron ante esa idea—. ¿Me está queriendo decir que tiene alguna relación con ellos?
—Mi identificación —dijo Bron, cuadrándose y entregándole de nuevo la tarjeta al gobernador.
El gobernador Haydin la agarró con las dos manos. «PIG», leyó.
—¿Qué es eso? —Y entonces respondió a su propia pregunta con un tono ronco cuando leyó la línea siguiente—. ¡Patrulla Inter Galaxias! ¿Qué clase de broma es ésta?
—No es ninguna broma, gobernador. Hace poco tiempo que la Patrulla ha sido organizada y puesta en funcionamiento. Hasta este momento el conocimiento de sus actividades se había limitado exclusivamente a los mandos, entre quienes sus estrategias operacionales son materia de alto secreto.
—De repente ha dejado de hablar como un porquero.
—Soy un porquero, gobernador, pero poseo un título en cría de animales, un doctorado en política galáctica, y soy cinturón negro en judo. El granjero de cerdos es una tapadera de campaña.
—¿Así que usted es la respuesta a mi señal de socorro a la Patrulla?
—Eso es. No puedo proporcionarle detalles clasificados, pero seguramente usted debe conocer la escasa cobertura de la Patrulla en nuestros días..., y así seguirá siendo durante años venideros. Cuando se pone en marcha un nuevo planeta, éste extiende la esfera terrestre de influencia en una dirección lineal..., pero el volumen espacial que ha de ser puesto bajo control es el cubo de esa distancia.
—Seguro que no le importará traducirme eso a un lenguaje inteligible, ¿verdad que no?
—Con mucho gusto. —Bron miró a su alrededor y señaló un cuenco de fruta sobre la mesa. Cogió dos piezas de fruta rojas y redondas y las alzó—. Esta pieza de fruta es una esfera de influencia. Si la Tierra está en el centro de esta fruta, las naves espaciales pueden navegar por cualquier dirección hasta la piel de la fruta, y la Tierra deberá vigilar la totalidad de la fruta que se encierra en el interior de esta esfera. Muy bien, digamos que entra en funcionamiento otro planeta. La nave vuela en línea recta desde la Tierra hasta ese punto. —Bron levantó los dedos para mostrar una distancia equivalente al diámetro de una de las piezas de fruta—. Ésta es una distancia lineal, sobre una recta; sin embargo, la Patrulla no sólo ejerce en línea recta. —Colocó la segunda fruta cerca de la primera, de manera que se tocaran—. Ahora, la Patrulla ha de hacerse responsable de la zona entera dentro de la segunda fruta, una distancia tridimensional, porque las naves no siempre siguen las mismas rutas y tienen diferentes destinos. El trabajo es de cuidado y cada vez mayor.
—Ya veo lo que quiere decir —declaró el gobernador, estudiando la fruta por un instante; después, la devolvió al cuenco.
—Ése es el núcleo de nuestro problema. La Patrulla debe estar activa entre todos los planetas y el volumen de espacio que eso abarca está más allá de lo imaginable. Se espera que algún día existan suficientes naves patrulla para cubrir todo ese volumen, de modo que un crucero pueda responder a cualquier llamada de auxilio. Pero, tal como están las cosas ahora, deben encontrarse otras estrategias de ayuda. Son varios los proyectos que están siendo promovidos y la PIG es uno de los primeros que han entrado en servicio. Usted ya ha visto mi unidad. Podemos viajar en cualquier medio de transporte comercial, de forma que podemos trabajar sin recurrir a la asistencia de la Patrulla. Llevamos víveres, en caso de que tengamos que ser autosuficientes. Estamos equipados para hacer frente a cualquier problema táctico.
Haydin trataba de entender sus palabras, pero todavía era demasiado para él.
—Escucho lo que está diciendo. Sin embargo —balbuceó—, sin embargo, de todo cuanto dispone es de una piara de cerdos.
Bron trató con todas sus fuerzas de no perder los estribos, lo que hizo que sus ojos se estrecharan hasta el punto de convertirse en dos finas hendiduras.
—¿Se habría sentido mejor si yo hubiera aterrizado con una manada de lobos?, ¿le habría proporcionado una mayor sensación de seguridad?
—Bueno, he de admitir que la puesta en escena hubiera sido muy diferente. Podría llegar a verle algún sentido a la cosa.
—¿De verdad? ¿A pesar del hecho de que un lobo, o lobos, en su estado natural, saldría huyendo de un jabalí completamente desarrollado sin que el ataque se le pasara por la cabeza? Y yo tengo un jabalí mutado allí fuera, que se encargaría de seis lobos cualesquiera hasta reducirlos a seis pellejos arrugados en otros tantos minutos. ¿Lo pone usted en duda?
—No es un asunto de duda. Pero ha de admitir que..., hay algo..., no sé..., que hay algo ridículo, quizá, en una piara de cerdos.
—No creo que sea usted el único en pensar eso —matizó Bron con un tono neutro de voz—. De hecho, ésa es la razón por la que me he traído a la piara entera en lugar de sólo los verracos y por qué hago el papel de porquero bobo. La gente no sospecha nada y eso favorece mi investigación. Por eso también he venido a verlo por la noche de esta forma. No quiero quitarme el disfraz hasta que tenga que hacerlo.
—Eso es algo de lo que no tendrá que preocuparse. Los colonos no están implicados en nuestros problemas.
—¿Cuál es exactamente su problema? Su mensaje no era muy claro en ese punto.
El gobernador Haydin parecía incómodo. Se retorció un poco y examinó de nuevo la identificación. —He de comprobar esto antes de poder decirle algo.
—Adelante, por favor.
Había un fluoroscopio en la mesa del fondo y Haydin llevó a cabo un concienzudo trabajo verificando el patrón, invisible en circunstancias normales, con el libro de códigos que sacó de su caja fuerte. Finalmente, casi con reticencia, le devolvió la tarjeta.
—Es auténtica —concluyó.
Bron volvió a guardarse la tarjeta en el bolsillo.
—Y ahora, dígame ¿cuál es el problema?
Haydin miró al cerdito, que estaba repantigado sobre la alfombra, roncando felizmente.
—Fantasmas —dijo con una voz apenas audible.
—¿Y usted se ríe de los cerdos?
—No es necesario ser ofensivo —respondió acaloradamente el gobernador—. Ya sé que suena extraño, pero así es. Nosotros los llamamos, a ellos o al fenómeno, «fantasmas» porque no sabemos nada sobre ello. Si es o no una cosa sobrenatural, vaya usted a saber, pero que se trata de algo no físico, eso es seguro. —Se volvió hacia el mapa que tenía en la pared y dio algunos golpecitos sobre una zona amarillenta, que destacaba entre toda la masa verde que la rodeaba—. Justo aquí, en la meseta Fantasma..., ahí es donde está el problema.
—¿Qué tipo de problema?
—No es fácil decirlo..., básicamente es una sensación. Desde el mismo momento en que este planeta fue colonizado (y ya va para quince años), la gente siempre ha evitado acercarse a la meseta, a pesar de que está en las inmediaciones de la ciudad. De alguna manera, uno no se siente bien allá arriba. Incluso los animales permanecen alejados. Hay personas que han desaparecido allí y nunca se ha encontrado el menor rastro de ellas.
Bron miró el mapa, siguiendo el perfil de la pendiente con el dedo.
—¿No ha sido explorada? —inquirió.
—Sí, naturalmente, en la primera expedición. Y los helicópteros continúan sobrevolando la zona y nunca se ha detectado nada. Pero sólo a la luz del día. Nadie ha sobrevolado, conducido o caminado por la meseta Fantasma en la noche, y de vivir allí, ya ni le cuento. Ni siquiera se ha encontrado un cadáver.
La voz del gobernador adoptó un tono grave y angustiado. No cabía duda de que sentía lo que estaba contando.
—¿Se ha adoptado alguna medida? —preguntó Bron.
—Sí, hemos aprendido a permanecer apartados. Esto no es la Tierra, señor Wurber, no importa en cuántos aspectos lo parezca. Es un planeta alienígena, con formas de vida alienígenas sobre él. Y este asentamiento humano es sólo un alfilerazo sobre la piel del planeta. ¿Quién sabe... qué criaturas hay allá fuera por la noche? Somos colonos, no aventureros. Hemos aprendido a evitar la meseta, al menos por la noche y no hemos tenido nunca un problema de esa clase en ningún otro sitio.
—Entonces, ¿por qué han llamado a la Patrulla?
—Porque cometimos un error. Los veteranos no hablan mucho en nuestros días sobre la meseta y la mayoría de los recién llegados creen que las historias son sólo... historias. Algunos de nosotros hemos empezado a dudar incluso de nuestros propios recuerdos. En cualquier caso, un equipo de prospección quería explorar algunas zonas mineras y la única zona intacta cerca de la ciudad está en la meseta. El equipo partió, pese a nuestros recelos, dirigidos por un ingeniero llamado Huw Davies.
—¿Tiene alguna relación con su ayudante?
—Es su hermano.
—Eso explica su inquietud. ¿Qué es lo que ocurrió?
Los ojos de Haydin se desenfocaron cuando evocó los recuerdos de lo que le producía tanto temor.
—Fue terrible —dijo—. Adoptamos todas las precauciones, naturalmente. Los seguíamos durante el día y observábamos su campamento. Se dotó con equipos de iluminación a los helicópteros. Nos mantuvimos en estado de alerta toda la noche. La expedición contaba con tres radios y todas estaban en funcionamiento, de modo que no podía haber un colapso en las comunicaciones. Aguardamos toda la noche y no tuvimos ningún problema. Entonces, justo antes de que amaneciera, sin ninguna alarma o aviso, se cortó la comunicación por radio. Llegamos allí en cuestión de minutos, pero ya era demasiado tarde.
»Lo que nos encontramos es demasiado espantoso para describirlo. Todo, el equipo, tiendas, suministros, había sido aplastado y destrozado. Había sangre por todas partes, salpicando los árboles quebrados y el terreno, pero los hombres no estaban, se habían esfumado. No había rastro de animales, hombres o máquinas por la zona, nada. La sangre fue analizada; se trataba de sangre humana. Y los restos de carne eran... humanos también.
—Tuvo que quedar alguno —insistió Bron—. Algunas marcas identificativas, algunas pistas, quizá el olor que dejaran los explosivos o algo sobre sus radares, ya que la meseta está cerca.
—No somos estúpidos. Tenemos técnicos y científicos. No había pistas, olores, nada sobre el radar. Se lo repito: nada.
—Y entonces fue cuando usted decidió acudir a la Patrulla.
—Sí, esto resultaba demasiado grande para que nosotros lo manejáramos.
—Y tenía toda la razón, gobernador. A partir de ahora me ocuparé yo. De hecho, ya tengo una idea bastante buena de lo que ocurrió.
Haydin se puso en pie de un brinco.
—¡No es posible! ¿Qué idea?
—Me temo que es un poco demasiado pronto para decir nada. Subiré a la meseta por la mañana para observar la zona donde tuvo lugar la masacre. ¿Podrá facilitarme las coordenadas cartográficas? Y, por favor, no mencione este encuentro a nadie.
—Hay pocas posibilidades de que eso ocurra —dijo Haydin mirando al cerdito. Éste se levantó y se estiró. A continuación olisqueó sonoramente hacia el cuenco de fruta de la mesa.
—A Jasmine le apetecería una fruta —dijo Bron—. ¿No le importa, verdad?
—Por favor, sírvanse ustedes mismos —dijo el gobernador con resignación. Luego le anotó en un papel las coordenadas y las indicaciones mientras las mandíbulas de Jasmine trabajaban ruidosamente.
4
Tuvieron que apresurarse para estar fuera de la ciudad antes de que amaneciera. Cuando llegaron al campamento, el cielo estaba gris por el este y los animales estaban levantados y moviéndose.
—Creo que nos quedaremos aquí al menos otro día —dijo Bron mientras abría una caja de raciones vitamínicas—. Queeny, la cerda chino-polaca de 360 kilos, gruñó felizmente con el anuncio y arrancó un manojo de hierbas, que lanzó al aire con entusiasmo.
—Buen forraje, no lo dudo, sobre todo después de pasar tanto tiempo en la nave. Voy a hacer una pequeña excursión, Queeny; estaré de vuelta cuando oscurezca. Cuida de todo hasta entonces. —Levantó la voz—: ¡Curly! ¡Moe!
A esas palabras le siguió un fragor en el bosque y, un momento más tarde, dos formas de color negro oscuro surgieron entre la maleza: una tonelada de músculos y huesos sobre pezuñas. Había una rama de medio palmo en su camino y Curly no se molestó siquiera en desviarse o en aflojar la marcha. Se produjo un violento chasquido y el marrano derrapó hasta Bron con la rama rota a su espalda. Éste tiró la rama a un lado y observó sus tropas de asalto.
Eran verracos, gemelos de la misma carnada y cada uno pesaba casi media tonelada. Un jabalí común podría llegar a pesar 350 kilos; era la bestia más rápida, peligrosa y con peor carácter jamás conocida. Curly y Moe eran mutantes, un tercio más pesados que sus antepasados salvajes y, en muchas ocasiones, tan inteligentes como ellos. Pero nada más había cambiado: seguían siendo tan rápidos, peligrosos y de tan mal temple. Sus colmillos de veinticinco centímetros estaban rematados con acero inoxidable para evitar que se agrietaran.
—Moe, quiero que te quedes aquí con Queeny. Ella se quedará al mando.
Moe chilló, quejándose con enfado y echó la cabeza hacia atrás en señal de desdén. Bron agarró un puñado de piel y gruesas cerdas entre los omóplatos de Moe (donde más le gustaba que le rascaran) y se lo retorció y lo golpeó. Moe le expresó su agradecimiento con un gruñido. Moe era un genio de cerdo, lo que lo convertía, a nivel humano, en una especie de tarado..., sin ser humano. Entendía órdenes sencillas y las obedecía dentro de los límites de su capacidad.
—Quédate y vigila, Moe, quédate y vigila; ella sabe lo que hay que hacer. Vigila, no mates. Hay un montón de cosas buenas para comer por aquí. Curly se viene conmigo y habrá caramelos para todos cuando volvamos. —Se oyeron gruñidos de felicidad por todas partes y Queeny restregó su gordo costado contra la pierna de Bron.
—Tú también vendrás, Jasmine —dijo Bron—. Un buen paseo te mantendrá alejada de los problemas. Ve a por Maisie Pie de mula; el ejercicio también le sentará bien a ella.
Jasmine era su niña difícil. Aunque parecía sólo un cochinillo en época de crecimiento, era toda una Pitman-Moore en miniatura; pertenecía a una variedad desarrollada para su experimentación en laboratorios. Los habían criado por su inteligencia y Jasmine poseía el CI más alto que había salido nunca del laboratorio. Pero tenía un ligero problema: a la inteligencia la acompañaba un factor de inestabilidad, una histeria casi humana, como si su mente se estuviera balanceando sobre un borde afilado. Si ella se quedaba con los otros cerdos, los provocaría, los atormentaría y causaría problemas, por eso Bron se aseguraba de que ella lo acompañara si tenía que separarse de la piara durante un tiempo.
Maisie era un caso totalmente diferente, era una típica puerca bien oronda, una Pie de mula, una raza para uso general. Su inteligencia era baja, la de un cerdo ordinario, y alta su fecundidad. Algunas personas crueles dirían que sólo era buena para dar tocino. Pero tenía una personalidad agradable y era una buena madre; de hecho, acababa de destetar a su primera carnada. Bron se la llevó con él para aliviarla un poco de su progenie destetada y también para que quemara algo de grasa, ya que había engordado extraordinariamente durante el confinamiento de su viaje espacial.
Bron examinó los mapas y halló lo que parecía ser un viejo sendero maderero que iba en la dirección que quería seguir y llegaba casi hasta la meseta. Los cerdos y él podían ir con bastante facilidad campo a través, pero podrían ganar algo de tiempo si seguían el camino. Alineó su brújula giroscópica de bolsillo con las flechas de la veleta de la torre de control y calculó un rumbo que les conduciría al camino que llevaba hasta la meseta Fantasma. Apuntó con el brazo en la dirección correcta y Curly salió disparado por la maleza. Hubo chasquidos y crujidos mientras se abría paso rompiendo y desgarrando todo lo que se le pusiera en medio... Era el perfecto explorador, siempre abriendo camino donde no lo había.
Fue un paseo fácil mientras la vereda cubierta de hierba serpenteaba entre las colinas. El camino maderero debía de estar cerrado desde hacía mucho tiempo, pues no había surcos de ruedas. Los puercos resoplaban por la tupida hierba, dando algún mordisco ocasional a algún manjar demasiado tentador para resistirse, aunque Maisie protestaba con sus jadeos por el ejercicio al que no estaba acostumbrada. Había algunos árboles a lo largo del camino, pero, en su mayor parte, el terreno estaba despejado y sembrado con cultivos. Curly se detuvo, se volvió de costado, señaló una espesa masa boscosa y lanzó un gruñido inquisitivo. Jasmine y Maisie se detuvieron cerca de él, mirando en la misma dirección, con las cabezas levantadas y escuchando.
—¿Qué era aquello? ¿Qué había allí? —preguntó Bron. No era nada peligroso, eso estaba claro, ya que de haberse tratado de una amenaza, Curly habría iniciado una carga. Con su oído más agudo, los cerdos escucharon algo que él no podía oír, algo que les despertaba la curiosidad, pero que no los atemorizaba.
—Vamos —dijo Bron—. Queda mucho camino por delante.
Empujó a Curly por el costado, pero consiguió lo mismo que si hubiera empujado un muro de piedra. Curly, inmóvil, arañó el suelo con su pezuña delantera y sacudió la cabeza en dirección a los árboles.
—De acuerdo, si insistes. Nunca discuto con verracos de media tonelada. Vamos a ver qué es lo que hay allí. —Agarró un puñado de gruesas cerdas y piel y Curly inició el camino hacia los árboles.
Antes de que hubieran recorrido cincuenta metros, Bron pudo oír por sí mismo el sonido... Era un pájaro o un pequeño animal de alguna clase que estaba llamando estridentemente. Pero ¿por qué les inquietaría eso a los cerdos? Entonces, de repente, se dio cuenta de lo que era.
—Es un niño... ¡llorando! ¡Vamos, Curly!
Curly se dirigió trotando hacia delante, abriéndose camino a través de la maleza con tanta velocidad que Bron apenas podía seguirlo. Llegaron a un terraplén abrupto y embarrado con una laguna oscura en su parte baja. Los gemidos eran ahora un llanto amargo y enérgico. Una niñita de no más de dos años, estaba allí, erguida en el agua, que le llegaba hasta la cintura. Estaba empapada y angustiada.
—Aguanta. Te sacaré de ahí en un segundo —dijo Bron, y el llanto se convirtió en un lamento estridente. Curly se quedó en el borde de la resbaladiza ladera llena de barro y Bron empleó su tobillo robusto e inmóvil para colgarse y llegar hasta abajo con el cuerpo. La niña luchaba por llegar hasta él y Bron la agarró con su mano libre y la puso a salvo. Estaba mojada y abatida pero dejó de llorar tan pronto estuvo bajo su brazo.
—¿Y ahora qué vamos a hacer contigo? —preguntó Bron cuando se puso en pie de nuevo. Esta vez oyó la respuesta al mismo tiempo que los cerdos: el continuo y distante sonido de una campana. Bron indicó a los marranos la dirección correcta y luego siguió detrás de ellos por el surco que iba dejando Curly a través de la maleza.
El bosque terminaba en una abierta pradera. Encima de la colina había una casa roja de labranza, en la que una mujer agitaba una gran campana de mano. En cuanto Bron surgió del bosque, ella lo vio en seguida y corrió hacia él.
—¡Amy! —gritó—. ¡Estás bien! —La mujer abrazó a la pequeña, sin hacer caso de las manchas de barro sobre su mandil blanco.
—La encontré allá atrás, en la laguna, señora. Se quedó inmovilizada en el barro y no podía salir. Yo diría que está más asustada que otra cosa.
—No sé cómo agradecérselo. Pensé que estaba dormida cuando fui a ordeñar las vacas. Debe haber estado dando vueltas por ahí...
—No me lo agradezca a mí, señora, agradézcaselo a mis cerdos. Ellos la oyeron llorar y yo me limité a seguirlos.
Por primera vez, la mujer fue consciente de la presencia de los animales.
—¡Qué bonita Pie de mula! —dijo admirando las formas curvilíneas de Maisie—. Solíamos criar cerdos en casa, pero cuando emigramos sólo compramos vacas para montar una granja lechera. Ahora lo lamento. Déjeme ofrecerle un poco de leche fresca... A ti también. Es lo menos que puedo hacer.
—Le agradezco su amabilidad, pero tenemos que seguir el viaje. Busco un lugar para establecer mi concesión y quiero llegar hasta la meseta y regresar antes de que oscurezca.
—¡Allí no! —gritó sobresaltada la mujer, estrechando a la niña contra ella—. ¡No puede ir allá arriba!
—¿Hay alguna razón por la que no deba ir? Sobre el mapa parece un buen terreno.
—No puede..., eso es todo... Hay cosas. No hablamos mucho sobre ellas. Cosas que no se pueden ver. Sé que existen. Solíamos llevar a pastar algunas vacas por la cuesta, de camino hacia la meseta Fantasma. ¿Sabe por qué ya no lo hacemos? Las vacas que iban allí producían menos de la mitad de leche que las otras y, además, se cortaba. Hay algo allí muy malo..., muy malo. Vaya a echar un vistazo si es que tiene que hacerlo, pero márchese antes de que oscurezca. Sabrá lo que le quiero decir bastante pronto.
—Gracias por decírmelo. Se lo agradezco. Ahora debo seguir, ya que veo que la muchachita está completamente bien.
Bron silbó a los cerdos para que acudieran a su lado, se despidió de la granjera y regresó al sendero. Poco a poco, la meseta se iba haciendo más enigmática. Mantuvo a los gorrinos moviéndose a paso regular, a pesar de la respiración dificultosa y miradas de descontento de Maisie y, en menos de una hora, ya habían dejado atrás el campamento maderero desierto (¿había sido abandonado debido a los extraños sucesos de la meseta?), y estaban ascendiendo entre los árboles. Ése era el límite de la meseta.
Cruzaron un arroyo y Bron dejó que sus cerdos se saciaran mientras que él cortaba una vara para el camino. Maisie, acalorada por el esfuerzo, se dejó caer de cuerpo entero, salpicándolo todo, y se quedó en remojo. Jasmine, un animal muy maniático, chilló con furia y se marchó precipitadamente a revolcarse por la hierba y a restregarse las salpicaduras. Curly, con mucha alegría y gruñidos, como una locomotora satisfecha, metió su hocico bajo un tronco podrido, que debió de haber pesado cerca de una tonelada, lo apartó haciéndolo rodar y dio feliz cuenta de todos los insectos y la vida animal que encontró debajo. Luego se pusieron en marcha.
No fue una larga escalada hasta la meseta y, una vez rebasaron el borde, el terreno se niveló transformándose en una llanura ligeramente boscosa. Bron consultó la brújula otra vez y le indicó a Curly la dirección a tomar. Curly bufó y horadó un surco en la tierra con una pezuña delantera antes de salir. Jasmine se apretó contra la pierna de Bron y chilló.
Bron también pudo sentirlo y tuvo que reprimir un escalofrío involuntario. Había algo, ¿cómo se podría describir?, algo extraño en aquel lugar. No tenía ni idea de por qué lo intuía, pero así era. Y los cerdos parecían notarlo también. Otra cosa era extraña: no había un solo pájaro a la vista, aunque las colinas que acababan de dejar atrás estaban llenas de ellos. Y tampoco había rastros de otros animales. Los cerdos le habrían llamado la atención seguramente sobre cualquier otro ser vivo que a él se le hubiera pasado por alto.
Bron reprimió esa extraña sensación y siguió los cuartos traseros en movimiento de Curly mientras los otros dos cerdos, todavía protestando, trotaban a sus espaldas, permaneciendo tan cerca de sus piernas como les era posible. Era obvio que también acusaban el presentimiento de peligro que a todos inquietaba. Todos excepto Curly, ya que cualquier emoción o sensación extrañas se daban de bruces con su temperamento de verraco, así que fue él quien fue abriendo un surco por delante, farfullando con irritación.
Cuando llegaron al claro no hubo duda de que se trataba de ése. Había ramas por todas partes, dobladas y retorcidas y algunos árboles pequeños habían sido derribados; las tiendas desgarradas y el equipo retorcido estaban esparcidos por toda la zona. Bron cogió un transmisor y observó que la caja metálica había sido estrujada y aplastada, como si hubiera sido prensada por la mano de un gigante.
Y, durante todo el tiempo que estuvo explorando por la zona, fue consciente de la tensión y la presión.
—Aquí Jasmine —dijo—, olfatea esto. Sé que le ha llovido encima y le ha dado el sol durante semanas, pero puede que todavía quede algún rastro. Anda, huele.
Jasmine tembló y sacudió la cabeza, negándose y apretándose contra las piernas de Bron; podía sentir su cuerpo estremecerse. Estaba atravesando por uno de sus episodios en los que era completamente inservible hasta que se le pasara. Bron no se lo recriminó..., también él se sentía un poco así. Le dio a Curly la caja para que la olisqueara y el servicial marrano la olfateó, pero estaba distraído con otra cosa. Sus ojitos estaban escudriñando en todas direcciones mientras la olía y se puso a rastrear por el claro, gruñendo y bufando para echar la tierra fuera de los orificios nasales. Bron pensaba que estaba tras la pista de algo cuando empezó a escarbar la tierra con sus colmillos, pero era sólo una suculenta raíz que se había encontrado. La masticó... y, de repente, alzó la cabeza y orientó las orejas hacia el bosque, olvidándose de la raíz que le colgaba de las mandíbulas.
—¿Qué es? —preguntó Bron, porque los otros dos animales hacían lo mismo en la misma dirección. Sacudieron las orejas y todos oyeron el ruido súbito que algo grande estaba haciendo entre los arbustos.
Lo inesperado del ataque casi acabó con Bron. Todavía se estaban oyendo los ruidos a cierta distancia, cuando el brincador surgió del bosque y se precipitó casi encima del porquero, con sus amarillas garras de treinta centímetros de longitud extendidas. Bron había visto imágenes de esa especie de gigantesco marsupial, nativo del planeta, pero de nuevo la realidad era superior. Allí estaba, de pie sobre las patas traseras, con sus tres metros de alto. Saber que no era carnívoro y que usaba las garras para escarbar en los pantanos, no le consoló. También las empleaba contra sus enemigos y él parecía estar dentro de esa categoría por el momento. La criatura dio un salto y pasó por encima de él, con las garras extendidas hacia abajo.
Curly, gruñendo con furia, golpeó a la bestia por un lado. Incluso tres metros de marsupial de piel marrón no pueden resistir 450 kilos de jabalí furioso y la enorme bestia saltadora se tambaleó hacia delante y hacia atrás. Mientras se recuperaba, Curly sacudió la cabeza con un giro malvado y enganchó con un colmillo la pata del animal desgarrándosela. Como un rayo, el verraco giró cambiando de dirección y volvió al ataque.
El brincador ya había tenido bastante. Chillando con dolor y miedo se marchó en la dirección opuesta, justo cuando su compañero, el que había estado revolviendo la maleza, apareció en el claro. Curly giró sobre sí mismo y cargó. El brincador (por su tamaño debía de ser el macho) evaluó la situación al instante y no le gustó ni pizca. Su compañera huía entre grandes dolores, que, con gran alboroto, comunicaba a diestro y siniestro, y, sin lugar a dudas, esa especie de canguro, una enorme criatura de aspecto demoníaco que iba a toda velocidad, tenía sus buenas razones para ello. Sin demora, el brincador se marchó también y desapareció entre los árboles del lado opuesto.
Durante toda la escena, Jasmine había estado corriendo de un lado a otro, sin hacer mucho, aunque obviamente, al borde de una crisis nerviosa. Maisie, que nunca fue una cerda de rápidos reflejos, se quedó de pie sacudiendo las orejas y lanzando gruñidos de asombro.
Mientras Bron buscaba una píldora en su bolsillo para tranquilizar a Jasmine, una serpiente larga y verde se deslizó desde el bosque hasta casi llegar a sus pies.
Se paró, helado, con la mano a medio camino hacia el bolsillo, pues sabía que estaba mirando a la misma muerte. Era una crea-ángeles, la serpiente más venenosa de Trowbri, más mortífera que cualquier otra que haya surgido nunca de la madre naturaleza. Tenía el apetito carnívoro de una constrictor (porque era una constrictor en sus hábitos alimenticios), pero también tenía colmillos y bolsas llenas de veneno. Y se mostraba agitada, zigzagueando de un lado a otro y preparándose para el ataque.
Era obvio que la corpulenta y rosada Maisie, gorrina y madre no tenía los reflejos o el temperamento para relacionarse con los agresivos marsupiales, pero una serpiente era algo completamente distinto. Chilló y saltó hacia delante desplazando su volumen con pesada agilidad.
La crea-ángeles vio la atractiva masa de carne temblona y atacó, lanzándose sobre la nuca de la cerda y volviendo a atacar. Maisie, bufando por el esfuerzo de girar la cabeza para mirar hacia atrás sobre su lomo, chilló otra vez y se dio la vuelta para ponerse de frente a la serpiente. Ésta silbó ruidosamente y atacó otra vez, quizá preguntándose en algún oscuro rincón de su rudimentario cerebro por qué aquella seductora cena no se dejaba comer. Si la crea-ángeles hubiera contado con unos conocimientos mayores sobre cerdos, quizá hubiera actuado de forma diferente. En lugar de eso, volvió a atacar, pero, para entonces, ya casi no tenía veneno.
Si bien el Pie de mula no es una variedad grasa por naturaleza, es de raza robusta y las hembras son propensas a engordar. Maisie estaba más rellenita que la mayoría. Sus cuartos traseros, lo que algunas especies carnívoras y desaprensivas denominarían jamones, estaban recubiertos de grasa compacta, y por ella no existe circulación sanguínea. Pues bien, el veneno se había depositado allí, en la grasa, donde no causaría daño alguno, pues el torrente sanguíneo no llegaba hasta allí. Finalmente, sería neutralizado por su química orgánica y eliminado. En estos momentos, Maisie le estaba dando la vuelta a la tortilla. La crea-ángeles volvió a arremeter... con desgana pues ya no disponía de veneno. Maisie la arrojó por los aires y la segó con sus pezuñas, unas poderosas y afiladas armas. Si a las serpientes puede gustarles matar cerdos, también es cierto que los cerdos disfrutan enormemente comiéndose a las serpientes. Chillando y brincando con toda su masa, Maisie aterrizó sobre la columna de la serpiente y le amputó limpiamente la cabeza. El cuerpo aún se contorsionaba, así que la marrana volvió a arremeter, cortándolo con las pezuñas hasta reducir la serpiente a un número indeterminado de segmentos ya inmóviles. Sólo entonces paró de atacar y empezó a farfullar feliz para ella misma mientras se los comía. Era una serpiente grande y eso permitió a Curly y a Jasmine participar del festín. Bron esperó a que acabaran antes de empezar la marcha, pues el banquete los estaba apaciguando. Sólo cuando hubo desaparecido el último trozo, se dio la vuelta e inició el regreso al campamento. En ningún momento dejó de mirar hacia atrás por encima del hombro, pero al final se encontraron con lo que supuso un gran alivio para todos ellos: la ladera descendente por la que abandonarían la meseta Fantasma.
5
Cuando llegaron a donde estaba el resto de la piara, pudieron oírse gruñidos de bienvenida. Las bestias más inteligentes se acordaron de los caramelos que les había prometido y se apelotonaron para recibirlos.
Bron abrió una caja de esos manjares reforzados con vitaminas y minerales.
Mientras los distribuía, oyó el zumbido de su teléfono, muy débilmente, pues no lo había sacado aún de su estuche de viaje.
Cuando rellenó todos los impresos de la concesión, naturalmente tuvo que anotar su número de teléfono, ya que eso formaba parte de él tanto como su propio nombre. A todo el mundo se le adjudicaba un número de teléfono al nacer y era para toda la vida. Con los circuitos controlados por ordenador, cualquier persona en cualquier parte de un planeta podía ser localizada llamando a un sencillo número. Pero ¿quién podría llamarlo allí? Hasta donde él sabía, sólo Lea Davies tenía su número. Se sacó el teléfono compacto, no más grande que su mano, incluida su batería atómica para toda la vida, y desplegó la pantallita. Eso activó el teléfono y por el altavoz se oyó el crepitar de la electricidad estática mientras una imagen a color aparecía en el monitor.
—Precisamente ahora estaba pensando en usted, señorita Davies —dijo él—. ¿No es una coincidencia?
—Ya lo creo —contestó ella sin apenas mover los labios al hablar, como si vacilara al buscar las palabras. Era una hermosa muchacha, pero ahora parecía demasiado ojerosa. La muerte de su hermano la había abatido profundamente—. Tengo que verlo, señor Wurber. Lo antes posible.
—Bueno, eso es muy amistoso por su parte, señorita Lea. Estoy deseando que llegue el momento.
—Necesito su ayuda, pero no deben vernos juntos hablando. ¿Puede venir tan pronto anochezca, solo, a la entrada trasera del edificio municipal?
—Allí estaré..., puede confiar en mí —dijo y colgó.
¿Qué significaba aquello? ¿Sabía la muchacha algo que nadie más sabía? Era posible. Pero ¿por qué se lo iba a querer contar a él? A menos que el gobernador le hubiera contado algo sobre la PIG, lo que era muy posible, ya que ella era su única ayudante. En fin, lo esencial es que era muy atractiva cuando no estaba llorando. En cuanto acabó de alimentar a la piara, sacó alguna ropa limpia y su navaja de afeitar.
Bron se fue al anochecer y Queeny alzó la cabeza para observarlo marchar. Ella sería la responsable hasta que regresara (el resto de los cerdos sabían eso y lo esperaban) y ella contaba con Curly y Moe, dispuestos a solventar cualquier problema que pudiera presentarse. Curly estaba durmiendo, para reponerse de los esfuerzos del día, silbando plácidamente por su hocico, y, a su lado, también dormía la pequeña Jasmine, más cansada incluso y sedada por un gran valium. La situación estaba bajo control.
Acercarse a la parte trasera sin iluminar del edificio municipal no fue ningún problema, ya que había hecho lo mismo la noche anterior. Estaba empezando a acusar todo aquel corretear de un lado a otro y las horas de sueño perdidas e intentó reprimir un bostezo con su puño cerrado.
—Señorita Lea, ¿está usted ahí? —llamó con suavidad, abriendo la puerta que no estaba cerrada con llave. El vestíbulo que tenía enfrente estaba oscuro, y Bron vaciló.
—Sí, aquí estoy —le respondió su voz—. Por favor, pase. —Bron abrió la puerta, la franqueó y recibió un doloroso golpe en un lado de la cabeza. En pleno dolor, su abatido coraje se enarboló por un instante. Intentó decir algo pero no pudo hablar. Recibió otra sacudida en el antebrazo, que se lo dejó insensible y colgando, y el tercer leñazo lo golpeó en la nuca y lo sumió en una oscura profundidad.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó un borrón tembloroso y rosado. Sin dejar de pestañear, Bron consiguió enfocar la mirada sobre él y reconoció el rostro preocupado del gobernador Haydin.
—Usted me contará —dijo Bron con voz áspera. Entonces fue consciente del dolor en la cabeza y por poco volvió a perder el conocimiento. Algo húmedo y frío resoplaba contra su nuca. Levantó la mano para retorcerle la oreja a Jasmine.
—Creí que le había dicho que mantuviera a ese cerdo alejado de aquí —protestó alguien.
—Déjela quedarse —acertó a decir Bron—, y dígame qué es lo que ha ocurrido. Giró la cabeza con infinita cautela y vio que estaba acostado sobre el sofá del despacho del gobernador. Un caballero con aspecto de médico, de rostro adusto y un estetoscopio colgando, estaba de pie a su lado. Había varias personas más en la entrada.
—Simplemente le encontramos aquí —contestó el gobernador—. Eso es todo lo que sabemos. Yo estaba trabajando en mi despacho cuando oí unos chillidos, como los de una muchacha en medio de un dolor terrible... algo espantoso. Algunas de estas personas también lo oyeron desde la calle y vinimos todos corriendo. Lo encontramos tirado en la entrada trasera, en el frío de la calle y con la cabeza abierta, y este cerdo a su lado montando todo aquel jaleo. No sabía que un animal pudiera hacer ese tipo de ruido. No dejaba que se le acercara nadie..., todo el tiempo embistiendo y enseñando los dientes en actitud muy amenazante. Se tranquilizó un poco al ver al doctor y, finalmente, le permitió que se acercase a usted.
Bron pensó con rapidez, o al menos con toda la rapidez que podía; sentía como si tuviese una sierra mecánica intentando quitarle la parte de atrás de la cabeza.
—Entonces, sabe tanto como yo —dijo—. Vine aquí por lo de registrar la documentación de la concesión. La puerta principal estaba cerrada y pensé que quizá podría entrar por la parte trasera si es que todavía había alguien dentro. Pasé por la puerta de atrás y algo me golpeó y lo siguiente que recuerdo es a usted despertándome. Supongo que se lo puedo agradecer a Jasmine. Ella debió de seguirme y también debió de ver cómo me golpeaban. Empezaría a chillar como usted la oyó y, probablemente, a morder el tobillo de quienquiera que me hubiese atacado. Los cerdos tienen muy buenos dientes. Eso espantaría a quien fuera mi agresor. —Bron gimió de dolor. Era fácil entenderlo—. ¿Puede darme alguna cosa para mi cabeza, doctor? —le preguntó.
—Existe riesgo de conmoción cerebral —contestó el doctor.
—Asumiré ese riesgo, doctor. Mejor una pequeña conmoción cerebral que se me parta en dos la cabeza de esta manera.
Cuando el doctor acabó y se dispersó el gentío, su neuralgia había remitido hasta convertirse en un dolor punzante y Bron se estaba palpando la contusión del brazo, de la que empezaba a darse cuenta. Esperó hasta que el gobernador cerró la puerta con llave antes de empezar a hablar.
—No le conté toda la historia —dijo.
—Ni yo creí que lo hiciera. Bueno, ¿qué es todo esto?
—Fui golpeado por una o varias personas desconocidas: hasta ahí todo era cierto. Jasmine debió de despertarse y, al no encontrarme, se sentiría neuróticamente insegura. De no haber sido así, a estas horas yo estaría muerto probablemente. Fue una trampa, montada cuidadosamente, y yo me metí en ella de lleno.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que Lea Davies está implicada en el asunto. Ella me llamó, lo organizó todo para que nos encontráramos y aquí estaba sentada cuando yo llegué.
—¿Está usted tratando de decir...?
—Lo he dicho ya. Ahora traiga a la muchacha para que podamos escuchar su versión.
Cuando el gobernador se dirigió al teléfono, Bron balanceó lentamente las piernas hasta el suelo y se preguntó cómo se sentiría si se pusiera en pie. No fue agradable. Se apoyó sobre el respaldo del sofá mientras el despacho giraba en lentos círculos y el suelo viraba como un buque en el mar. Jasmine se apoyó contra su pierna y gimió compasivamente. Al cabo de un rato, cuando el danzante mobiliario y el edificio rotatorio redujeron el movimiento hasta quedarse quietos, trató de andar y se dirigió a trompicones hasta la cocina.
—¿Puedo ayudarlo en algo, señor? —dijo la cocina cuando entró—. ¿Le apetecería un pequeño resopón de medianoche?
—Café. Café solo..., café a espuertas.
—En seguida, señor. Pero los expertos en dietética afirman que el café puede resultar irritante en un estómago vacío. Quizá le tentaría un sándwich ligeramente tostado o unas costillitas al grill...
—¡Cállate! —La cabeza empezó a darle vueltas otra vez—. No me gustan las ultramodernas cocinas robotizadas con tanta réplica inteligente. Me gustan las cocinas a la vieja usanza en las que se enciende la lucecita de «listo»... y ya está. Eso es todo lo que saben decir.
—Su café, señor —dijo la cocina, con lo que seguramente era un tono dolido. Se abrió una puerta por encima de la barra y apareció una jarrita de café humeante. Bron miró alrededor—. ¿Y qué pasa con la taza? ¿O es que tengo que bebérmelo en la palma de la mano?
—Una taza, por supuesto, señor. Usted no especificó que quería una taza.
Se oyó un ruido metálico en las tripas de la máquina y una taza descascarillada tintineó al bajar por una rampa y aterrizar de lado sobre la mesa.
Justo lo que necesitaba, pensó Bron, un robot de cocina temperamental. Jasmine entró, haciendo su particular claque sobre el suelo embaldosado con sus pequeñas pezuñas. «Haría mejor en reconciliarme con esta cocina o tendré problemas con el gobernador cuando él se entere», pensó.
—Ya que lo mencionas, cocina —dijo en voz alta, con el tono de voz más amable del que fue capaz—, he oído hablar mucho de tus cualidades culinarias. Me pregunto si podrías prepararme unos huevos a la benedictina...
—En un segundo, señor —contestó la cocina con satisfacción y, tan sólo un momento después, llegó el plato humeante, con cuchillo, tenedor y servilleta.
—¡Qué maravilla! —dijo Bron poniéndole el plato en el suelo a Jasmine—. Son los mejores que he probado nunca. Los ruidosos bufidos y masticaciones llenaron la habitación.
—Vaya, es usted un voraz comensal, señor —dijo la cocina con orgullo—. Que le aproveche, que le aproveche.
Bron se llevó el café a la otra habitación y, con cuidado, volvió a sentarse en el sofá. El gobernador alzó la vista del teléfono, frunciendo el ceño con preocupación.
—No está en casa —dijo—, ni con amigos ni en ningún otro sitio que yo pueda saber. Una patrulla ha rastreado la zona y he enviado una multillamada a todos los teléfonos locales. Nadie la ha visto y no hay rastro de ella por ningún lado. Probaré en las estaciones mineras.
Al gobernador Haydin le llevó más de una hora convencerse de que Lea se había esfumado. La superficie poblada de Trowbri cubría un área limitada y todo el mundo podía ser localizado por teléfono. Nadie la había visto ni sabía dónde estaba. Se había marchado. Bron ya había asumido ese hecho antes de que el gobernador lo admitiera... y ya sabía lo que había que hacer a continuación. Bron se dejó caer sobre el respaldo del sofá, medio adormilado, sin zapatos y con los pies apoyados en el costado a Jasmine. El cerdito se había caído redondo y dormía el sueño de los justos.
—Se ha ido —dijo Haydin al acabar su última llamada—. ¿Cómo ha podido ser? No es posible que Lea haya tenido algo que ver con su ataque.
—Podría haber tenido algo que ver..., si la hubieran obligado.
—¿De qué está hablando?
—Son sólo suposiciones, pero tienen sentido. Suponga que su hermano no esté muerto.
—Pero ¿qué está diciendo?
—Déjeme acabar. Suponga que su hermano estuviera vivo, pero en peligro mortal y ella tuviera la posibilidad de salvarlo, haciendo lo que se le ordenara... por ejemplo, hacerme venir hasta aquí. Dé un margen de confianza a la muchacha. No creo que ella supiera que querían matarme. Debió de oponer resistencia..., y por eso se la llevaron también.
—¿Qué es lo que sabe, Wurber? —gritó Haydin—. Cuéntemelo todo. Soy el gobernador de aquí y tengo derecho a ser informado.
—Le aseguro que lo sabrá todo..., pero cuando yo tenga algo más que presentimientos y suposiciones que ofrecerle. Este ataque, y el secuestro, significan que a alguien le molesta mi presencia, lo que confirma que me estoy aproximando. Voy a precipitar las cosas y tratar de pillar a esos fantasmas desprevenidos.
—¿Cree que existe una relación entre todo esto y la meseta Fantasma?
—Estoy convencido de ello. Por eso quiero que por la mañana corra la voz de que voy a mudarme de inmediato a mi concesión. Asegúrese de que todos saben adónde me marcho.
—¿Y adonde se marcha?
—A la meseta Fantasma, ¿adónde si no?
—¡Eso es un suicidio!
—No tanto. Tengo varias hipótesis sobre lo que ocurrió allá arriba y también alguna protección..., espero. Y, además, cuento con mi equipo: ha demostrado sus artes dos veces en lo que va de día. Significará arriesgarse, pero voy a tener que hacerlo si queremos volver a ver con vida a Lea.
Haydin cerró los puños sobre la mesa del despacho y tomó una decisión.
—Si quiero, puedo impedírselo..., pero no lo haré si lo hace a mi manera. Conexión total por radio, agentes armados, helicópteros patrullando por la zona...
—No, señor. Muchas gracias. Recuerdo lo que le pasó al último grupo que actuó de esa manera.
—Entonces... yo mismo iré con usted. Soy responsable de Lea. O me lleva consigo o no irá usted.
Bron sonrió.
—Está bien, trato hecho, jefe. No me vendría mal una ayuda y quizá un testigo. Va a haber mucho ajetreo sobre la meseta esta noche. Pero nada de armas.
—Es un suicidio.
—Simplemente recuerde mi primera expedición y hágalo a mi manera. No me llevaré la mayor parte de mi material. Supongo que podrá disponer que un camión lo transporte a un almacén hasta nuestro regreso. Creo que descubrirá que tengo una buena razón para hacer lo que estoy haciendo.
6
Bron se las arregló para dormir más de diez horas, porque tenía la impresión de que lo iba a necesitar. Hacia el mediodía, el camión ya había llegado, se había marchado y ellos estaban de camino. El gobernador Haydin iba vestido para la ocasión, con botas de caza y ropas toscas, con las que se manejaba bastante bien. No es que el ritmo fuera muy rápido, pues iban a la velocidad del cochinillo más lento. Había mucha algarabía por todas partes y los marranos no dejaban pasar los rápidos refrigerios que iban encontrando en la cuneta. Esta vez siguieron el mismo itinerario que la expedición original, un sendero sinuoso ascendente hasta la meseta en fáciles etapas que, en su mayor parte, discurría al lado de un río de corriente rápida con aguas cenagosas. Bron apuntó hacia él.
—¿Es éste el río que atraviesa la meseta? —preguntó.
Haydin asintió con la cabeza.
—Éste es. Baja desde aquella cadena de montañas de allí atrás.
Bron asintió y corrió al rescate de un lechón que estaba chillando desde la grieta de una roca, en la que se había metido. Reemprendieron la marcha.
Hacia el atardecer, habían establecido su campamento en el claro, justo al lado del otro en el que la expedición previa había encontrado su final.
—¿Cree usted que es una buena idea? —le preguntó Haydin.
—La mejor —le dijo Bron—. Es el lugar perfecto para lo que necesitamos. —Bron miró el sol, cerca ya de la línea del horizonte. Comamos ahora; quiero que todo esté recogido cuando oscurezca.
Bron había desplegado una tienda enorme, pero pobremente amueblada, que contenía exactamente dos sillas plegables y una lámpara de pilas.
—Un poco espartano todo, ¿no? —comentó Haydin.
—No veo ninguna razón para traer material a cuarenta y cinco años luz sólo para que sea destruido. Es obvio que hemos establecido un campamento, esto es lo único que importa. Todo el material que necesito está aquí dentro. —Golpeó ligeramente una pequeña bolsa de plástico que llevaba colgando al hombro—. Y ahora..., a comer.
Su mesa era una caja de racionamiento vacía en la que había estado guardada la cena de los cerdos. Un buen oficial siempre se preocupa primero por sus tropas, de manera que los animales ya habían comido. Bron puso dos bandejas de comida autocalentables sobre la caja, rompió el precinto y le extendió un tenedor de plástico a Haydin. Cuando acabaron ya casi había oscurecido. Bron se asomó por la entrada de la tienda y llamó con un silbido a Curly y Moe. Los dos verracos acudieron a toda velocidad y hendieron surcos en la tierra al detenerse patinando cerca de donde él estaba.
—Buenos chicos —dijo mientras les rascaba los cráneos hirsutos. Los marranos gruñeron contentos y le pusieron los ojos en blanco—. Creen que soy su madre, ¿sabe? —Bron aguardó serenamente mientras Haydin lidiaba con su expresión, ruborizándose en el proceso—. Puede sonar divertido, pero es cierto. Fueron apartados de su carnada en el mismo momento del nacimiento y yo los crie, de manera que yo quedé grabado en su memoria como su madre.
—Sus padres eran cerdos. Y, para mí, usted no tiene mucho parecido con un cerdo.
—¿No ha oído hablar nunca de la «imprimación psicológica»? Todo el mundo sabe que si un gatito se cría con una carnada de cachorros de perro, el gato irá por la vida creyendo que es otro perro. Eso es algo más que una simple asociación a una edad temprana. Ahí tiene lugar un proceso físico conocido como imprimación psicológica. Consiste en que la primera criatura que un animal ve en su vida al abrir los ojos es identificada como el progenitor. Normalmente es uno de los padres, pero no siempre es así. El gatito cree que la perra es su madre. Estos dos descomunales verracos piensan que yo soy su progenitor, no importa lo imposible que a usted le parezca físicamente. Me aseguré de ello antes incluso de que considerara la posibilidad de adiestrarlos. Es la única forma de que pueda estar absolutamente a salvo entre ellos, puesto que, por muy inteligentes que sean, también son bestias mortíferas y muy irascibles. Si alguien llega a amenazarme, acabaría destripado en un segundo. Le cuento todo esto para que no intente hacer ninguna estupidez. Y, ahora, ¿le importaría pasarme amablemente esa arma que prometió no traer?
La mano de Haydin brincó hasta el bolsillo trasero del pantalón…y se detuvo con la misma rapidez con que los dos puercos volvieron la atención hacia el súbito movimiento. Bron intervino y a Moe se le hizo la boca agua con el «rascado capilar» hasta el punto de que una gota de saliva se había acumulado en la punta de uno de sus colmillos de dos palmos de longitud y acabó por caer.
—La necesito para mi propia protección. —protestó Haydin.
—Estará mejor protegido sin ella. Sáquela lentamente. —Haydin se llevó la mano al bolsillo cautelosamente y sacó una compacta pistola energética; luego se la lanzó a Bron. Éste la cogió y la colgó del gancho que había al lado de la lámpara—. Y ahora vacíe sus bolsillos —dijo—. Quiero que se deshaga de todas las cosas metálicas y las ponga en esta caja.
—¿Qué es lo que pretende?
—Ya hablaremos de eso después. Ahora no tenemos tiempo. Échelas.
Haydin echó un vistazo a los verracos y se vació los bolsillos, mientras Bron hacía lo mismo. Reunieron en la caja una buena colección de monedas, llaves, cuchillos y pequeños instrumentos.
—No podemos hacer nada con los ojales de sus botas –dijo Bron—, aunque no creo que nos causen muchos problemas. Yo tomé la precaución de ponerme botas con cierres elásticos.
Ya había oscurecido y Bron se fue a aflojar el vientre hacia el interior de la zona boscosa de las proximidades, esparciendo los excrementos bajo los árboles a sus buenos cien metros del claro. Tan sólo Queeny, la inteligente cerda, estaba detrás, descargando cuantiosamente al lado de las heces de Bron.
—Le pido una explicación —le dijo el gobernador Haydin cuando volvió.
—No me avergüence, jefe. Hasta el momento, sólo he trabajado con hipótesis. Si por la mañana no ha ocurrido nada, le daré una explicación... y le pediré disculpas. ¿No es hermosa? —añadió señalando con la cabeza a la descomunal puerca.
—Me temo que yo emplearía otro adjetivo.
—Bueno, no diga eso muy fuerte. El inglés de Queeny es bastante bueno y no quiero que se sienta herida en sus sentimientos. Sólo es falta de comprensión. La gente llama sucios a los cerdos, pero sólo porque les han hecho vivir en la inmundicia. Por naturaleza son muy limpios y exigentes. Pueden estar gordos. Tienen tendencia al sedentarismo y a la obesidad, como los seres humanos, de modo que van ganando peso si su dieta se lo consiente. De hecho, se parecen más a los seres humanos que cualquier otro animal. Sufren úlceras como nosotros y con ellos también compartimos las dolencias cardíacas. Como los hombres, no tienen mucho pelo en el cuerpo e incluso su dentadura es similar a la nuestra.
»También su temperamento. Hace siglos, un primitivo fisiólogo llamado Pavlov, que solía hacer experimentos con perros, trató de hacer lo mismo con cerdos. Pero, tan pronto como los colocaba en la mesa de trabajo, se ponían a chillar hasta el límite de su capacidad pulmonar y a revolcarse. Dijo que eran inherentemente histéricos y volvió a trabajar con perros, lo que demuestra que incluso los hombres más sabios se equivocan. Los cerdos no eran histéricos... eran sensibles, sin más; son los perros los que eran lerdos. Los cerdos reaccionaban exactamente de la misma manera en la que lo haría un hombre si intentaran atarlo para practicarle una vivisección rápida... ¿Qué pasa, Queeny?
Bron añadió esto último cuando, súbitamente, Queeny levantó la cabeza, enarboló las orejas y gruñó.
—¿Oyes algo? —preguntó Bron. La marrana volvió a gruñir, en un tono cada vez más fuerte, empinándose sobre las pezuñas—. ¿Suena a motores que se acercan? —Queeny asintió con su voluminosa cabeza en un gesto afirmativo muy humano.
—¡Intérnese en el bosque... atrás, debajo de los árboles! —gritó Bron, haciendo que Haydin se pusiera en pie de un salto—. ¡Rápido o es hombre muerto!
Corrieron a toda prisa y ya estaban entre los árboles cuando pudo oírse un rechinar que aumentaba en intensidad. Haydin empezó a preguntar algo, pero fue empujado de bruces contra el follaje cuando vieron una forma estruendosa y chirriante flotar sobre el claro, ocultando las estrellas con su negrura. No era algo fantasmagórico... pero ¿qué era? Un remolino de hojas y restos pasó por encima de ellos y Haydin sintió que algo tiraba de sus piernas, de forma que dieron un salto espontáneamente. Intentó hacer una pregunta, pero sus palabras quedaron ahogadas cuando Bron sopló por un silbato de plástico y gritó:
—¡Curly!, ¡Moe! ¡Atacad!
En ese instante, se sacó un objeto en forma de palo de la mochila y lo arrojó al claro. Hizo impacto, reventó y estalló en unas llamas o un fulgor de alguna clase que quemaba los ojos...
La forma oscura era una máquina (eso era bastante obvio) redonda, negra y ruidosa, de al menos tres metros de diámetro, que flotaba a una altura de treinta centímetros por encima de la superficie con varios discos dispuestos alrededor en el borde. Uno de ellos salió despedido hacia la tienda y se oyeron varios sonidos explosivos cuando ésta estalló y se vino abajo.
Tan sólo un instante después de eso, las formas atacantes de los verracos aparecieron por el lado opuesto del claro. Llevaban una velocidad increíble cuando, con la cabeza gacha y las patas moviéndose como hélices, se abalanzaron sobre la máquina. Uno de ellos llegó una fracción de segundo antes que el otro y se estrelló contra el flanco de la máquina. Se produjo un restallido metálico y se oyó un chirrido de maquinaria machacada al ser sacudida hacia atrás, torcida, casi volcada.
El verraco del lado más alejado se aprovechó de eso al instante, con una inteligencia tan rápida como sus reflejos, y, sin perder tiempo, se lanzó al aire sobre el costado y hasta el interior de la parte superior abierta de la máquina. Haydin observó la escena horrorizado. El artilugio ya casi estaba en tierra, como resultado de su arruinada maquinaria o bien por el peso del verraco. El primer animal, furioso, se encaramaba ahora por un lado y también desaparecía en el interior. Más fuertes que el estruendo del motor eran ahora las embestidas y los desgarrones metálicos... y unos chillidos muy agudos. Algo crujió y se rompió, y el sonido de los motores se fue apagando con un quejido descendente.
Cuando disminuyó del todo, se pudo oír una segunda máquina aproximándose.
—¡Viene otra! —gritó Bron, haciendo sonar el silbato con todas sus fuerzas y poniéndose en pie de un salto. Uno de los verracos asomó la cabeza desde la destartalada máquina y luego saltó afuera; el otro aún estaba ruidosamente concentrado en su trabajo. El primero de los marranos se catapultó hacia el sonido que se acercaba y ya estaba en posición de ataque cuando la máquina se dejó ver por el borde del claro; al instante se puso a brincar y a embestir, retorciendo los colmillos contra aquella cosa. Algo se desgarró y un gran trozo de material negro quedó colgando. La máquina dio bandazos y el piloto debió de ver los restos de la primera, porque empezó a derrapar en un círculo cerrado y desapareció por donde había venido.
Bron encendió una segunda bengala y la lanzó cuando la primera se debilitó. Las bengalas tenían una duración de dos minutos y la refriega, desde el principio hasta el final, había tenido lugar en menos de ese tiempo. Se dirigió hacia la máquina averiada y Haydin se apresuró tras él. El guarro saltó al suelo y permaneció en pie, jadeando, luego se limpió los colmillos en la tierra.
—¿Qué es eso? —preguntó Haydin.
—Un hovercraft —contestó Bron—. No se ven muchos en nuestros días..., pero tienen sus aplicaciones. Se pueden desplazar sobre cualquier terreno y en mar abierto, y no dejan rastro. Pero no pueden ir por encima del bosque o a través de él.
—Nunca he oído nada de eso.
—No tendría por qué. Desde que se generalizó el uso de la energía láser y las pilas energéticas, se han desarrollado mejores medios de transporte. Pero hubo un tiempo en que solían construir hovercrafts tan grandes como casas. Son una especie de híbrido entre transporte terrestre y aéreo. Se mantienen en suspensión, pero dependen de una superficie en que apoyarse, ya que flotan sobre una columna de aire que circula por la parte inferior.
—Usted sabía que iba a venir este cacharro..., por eso hizo que nos escondiéramos en el bosque, ¿no es cierto?
—Lo sospechaba. Y también tengo muy buenas razones para sospechar de ellos. —Señaló el interior del hovercraft siniestrado y Haydin retrocedió aterrorizado.
—Tiendo a olvidar... Supongo que todo el mundo lo hace —dijo el gobernador—. Tan sólo he visto imágenes de alienígenas, de modo que no acaban de parecerme reales. Pero estas criaturas. Sangre, sangre verde. Y parece como si todos estuvieran muertos. Piel gris, miembros como caños, sólo por las imágenes que he visto, es posible que sean...
—Sulbanos, tiene razón. Una de las tres razas inteligentes de alienígenas con las que nos hemos encontrado en nuestra expansión a través de la galaxia y las únicas que poseían un vehículo interestelar antes de aparecer nosotros en escena. Ya tenían su propia esquina de la galaxia bajo control y no les gustó en absoluto nuestra llegada. Hemos permanecido alejados de ellos y hemos tratado de convencerlos de que no tenemos ambiciones territoriales en sus planetas. Pero algunas personas son difíciles de disuadir. Algunos alienígenas incluso más. Los sulbanos son los peores. Llevan el recelo en la sangre.
»Todas las pruebas parecían apuntar a que hubiera sulbanos aquí en Trowbri, pero no podía estar absolutamente seguro hasta que me enfrentara cara a cara con ellos. El uso de armas de alta frecuencia es característico de ellos. Usted sabe que si eleva el tono de un sonido se hace inaudible para el oído humano, aunque los animales puedan oírlo. Al elevarlo más y más todavía, ni siquiera ellos podrán oírlo, pero lo perciben de la misma manera que nosotros lo percibimos. Los ultrasonidos pueden tener efectos extraños.
Dio una patada a uno de los discos doblados; no era distinto de un microondas aéreo.
—Ésta fue la primera pista. Los sulbanos cuentan con proyectores ultrasónicos en el bosque que emiten en una longitud de onda inaudible, pero que produce una sensación de tensión e incomodidad en la mayor parte de los animales. Eso era la aureola fantasmagórica que mantenía a la gente apartada de esta meseta la mayor parte del tiempo. —Silbó una señal para que se reuniera la piara—. Los animales, así como los hombres, se apartarán de la fuente. Los sulbanos usaron este mecanismo para echarnos encima algunas de las especies salvajes más terribles. Cuando esto no les funcionó y regresamos, vinieron con sus armas más destructivas. Observe sus cordones... y esta linterna.
Haydin se sobresaltó. Los ojales habían desaparecido de sus botas y de los orificios desgarrados colgaban algunos trozos de cordones hechos jirones. La linterna, como todo el equipamiento metálico de la expedición desaparecida, estaba retorcida y deformada.
—Magnetostricción —explicó Bron—. Los sulbanos estaban proyectando un campo magnético contráctil y expansivo de un número increíble de gausios. Esta técnica se utiliza en las fábricas para moldear el metal y sirve igualmente en el campo. Con estos proyectores ultrasónicos remataron la faena. Incluso un radar de barrido le producirá quemaduras si se acerca demasiado a él, y algunas longitudes de onda ultrasónicas pueden transformar el agua en vapor y hacer explosionar material orgánico. Eso fue lo que les hicieron a su gente cuando acampó aquí. Hicieron un barrido repentino y los sorprendieron en las tiendas rodeados de todo su equipamiento, que explotó y los aplastó, aniquilándolos. Y, ahora, pongámonos en marcha.
—No entiendo lo que significa eso. Yo...
—Más tarde. Tenemos que capturar al que se escapó.
Se encontraron un trozo desgarrado de plástico negro por la zona del claro donde había desaparecido la máquina.
—Es un trozo del colchón de aire del hovercraft —dijo Bron—. Encierra al aire en su interior y le proporciona impulso. Con esto podremos seguirlo. —Tendió el tejido a Queeny, Jasmine y a los otros cerdos que se apretujaban por llegar hasta él—. Como sabe, los perros rastrean por el olor suspendido en el aire y los cerdos tienen hocicos tan buenos... o mejores que ellos. De hecho, en Inglaterra se usaron cerdos de caza durante muchos años y también son entrenados para encontrar trufas por el olfato. ¡Allá van!
Entre gruñidos y chillidos, los líderes iniciaron la marcha en la oscuridad. Los dos hombres los siguieron a trompicones y el resto de los marranos a continuación. Después de algunos metros, Haydin tuvo que detenerse y atarse las botas con varias tiras de su pañuelo antes de continuar. El gobernador se cogió del cinturón de Bron y éste agarró con los dedos las gruesas cerdas que formaban una cresta sobre la columna vertebral de Curly; de esta manera se internaron en el bosque. El hovercraft había tenido que ir por terreno despejado o no hubiera podido alcanzar aquella endemoniada velocidad.
Cuando se avecinó una masa oscura de montañas, Bron silbó a la piara para que se le acercaran.
—¡Quedaos aquí! —ordenó—. Quedaos con Queeny. Curly, Moe y Jasmine..., conmigo.
Redujeron el paso hasta que la pradera se convirtió en un pedregal pelado a los pies de un precipicio casi vertical. A su izquierda podían distinguir el negro desfiladero por el que discurría el río y oír su rápida corriente por abajo.
—Me dijo que esas cosas no podían volar —observó Haydin.
—No pueden. Jasmine, sigue el rastro. La cerdita, con la cabeza hacia arriba y olfateando, se dirigió con trote seguro al peñascal y señaló la falda desnuda del acantilado.
7
—¿Es posible que haya una entrada oculta por aquí? —preguntó Haydin, explorando con las manos la textura tosca de la roca.
—Por supuesto que podría ser..., y no tenemos tiempo de ir a buscar la llave. Váyase detrás de esas rocas, en aquella dirección, mientras yo abro esta cosa.
Bron sacó de su mochila unos bloques de una sustancia parecida a la arcilla (un explosivo plástico), los presionó contra la roca y allí se quedaron fijados, en el lugar que había señalado Jasmine. Entonces, incrustó una espoleta en el explosivo, tiró del deflagrador y se fue corriendo. Se acababa de lanzar al suelo con los otros cuando las llamas desgarraron el cielo y la tierra se convulsionó debajo de ellos. Una lluvia de piedras cayó por todas partes. Se precipitaron hacia la polvareda y vieron una luz que se filtraba por una grieta alta en la piedra. Los verracos se abalanzaron sobre ella y la agrandaron. Cuando entraron por allí vieron que había una puerta metálica fijada a una sección de la roca y que podía abrirse hacia fuera. Accedieron por ella a una gran caverna. Bron se mordió el labio y examinó el túnel que avanzaba hacia el corazón de la montaña.
—¿Y ahora qué? —preguntó el gobernador Haydin.
—Eso es lo que me preocupa. Por la noche y en el exterior, en un espacio abierto, yo confío totalmente en mis cerdos en un combate contra sulbanos... o contra seres humanos, la verdad. Pero estos túneles son una trampa mortífera para ellos. Ni siquiera su velocidad los protegería de los disparos. Así que vamos a compensar las fuerzas. Todos... con las espaldas apoyadas en esta pared.
El gobernador obedeció con bastante rapidez, pero algún que otro tirón de rabo y dos patadas bien dadas fueron necesarias para hacer que los excitados marranos obedecieran. Sólo después de que todos estuvieron en posición, Bron le dio al interruptor que había en la pared de la cueva de la entrada del túnel. Una gran puerta metálica incrustada se levantó lentamente... y los rayos láser silbaron a través de la abertura cada vez mayor.
—El hangar de los hovercraft —susurró Bron—. Da la impresión de que aún queda algún sulbano ahí dentro.
Los verracos no necesitaron órdenes. Aguardaron, con energía reprimida, hasta que la abertura fue lo suficientemente grande para permitirles el acceso. Entonces atacaron de inmediato, cual dos furias gemelas.
—¡No destrocéis el arma! —gritó Bron cuando se disparó otra vez el rayo láser desenfrenadamente. Cesó poco después. Se oían mandíbulas porcinas en pleno ejercicio desde dentro.
—Ya podemos entrar —dijo Bron.
En el interior de la sala de herramientas hallaron el cuerpo de un único sulbano. Parecía que hubiera sido mecánico, ya que le habían quitado el colchón de aire desgarrado al hovercraft y había uno nuevo preparado para ser instalado en su lugar. Bron pasó por encima del cuerpo y recogió el rifle láser.
—¿Ha disparado alguna vez uno de éstos? —preguntó Haydin.
—No, pero estoy ansioso por aprender.
—En otro momento. Soy un experto tirador con esta arma en particular y me gustará mucho hacer una demostración. Quédese aquí.
—No, no voy a estarme quieto.
—Usted decide. Quédese detrás de mí entonces, quizá también pueda encontrarle una arma. Vamos a hacer las cosas rápidamente, mientras aún tengamos cierta capacidad de sorpresa.
Con precaución y flanqueado por los dos verracos, Bron continuó adelante por la caverna bien iluminada y Haydin los siguió de cerca. Los problemas llegaron en el primer cruce de túneles. Un sulbano apareció de repente con su arma preparada para disparar cuando estaban a unos veinte metros del otro túnel. Bron le descerrajó un disparo desde la cintura, sin dar la impresión de apuntar, y el alienígena se derrumbó, inmóvil, sobre el suelo del túnel.
—¡A por ellos! —les gritó, y los verracos se abalanzaron, dividiéndose en cada una de las dos entradas del cruce. Bron disparaba por encima de ellos, hacia las embocaduras de las galerías, hasta que la atmósfera se colmó de retumbos y destellos láser. Los dos hombres avanzaron corriendo, pero, al alcanzar el cruce del túnel, la batalla había terminado. Moe tenía una quemadura en un costado, que no le hizo aflojar la marcha, sino que empeoró aún más su mal genio. Husmeó, resoplando como una máquina de vapor, en la barricada provisional, mientras iba arrojando cajas y muebles por encima de su cabeza.
—Aquí tiene su arma —le dijo Bron a Haydin, recogiendo un rifle láser que no había sido destruido—. Lo pondré a su máxima potencia, con lanzamientos de disparos únicos. Sólo tiene que apuntar y apretar el gatillo. Vamos. Ahora ya saben que estamos aquí, pero afortunadamente no están preparados para un combate en su propio escondite.
Se pusieron a correr, confiando en la rapidez y la sorpresa para acabar con ellos, deteniéndose sólo si encontraban resistencia. Al pasar por una entrada de túnel oyeron unos gritos lejanos y Bron frenó con un patinazo y llamó al resto del equipo.
—Un momento. Aquí dentro. Esos sonidos parecen voces humanas. —La puerta metálica estaba incrustada en la roca maciza. El rayo láser fundió el cierre hasta convertirlo en un charco y Bron abrió la puerta.
—Estaba tan segura de que nunca nos encontrarían..., de que acabaríamos muriendo aquí —dijo Lea Davies. Salió de la celda apoyándose en un hombre alto, con el mismo cabello cobrizo.
—¿Huw Davies? —inquirió Bron.
—El mismo —contestó—, pero dejemos las presentaciones para luego. Cuando me trajeron aquí, me hice una idea bastante buena de las instalaciones. Lo más importante es la sala de control central. Todo se activa desde allí, incluso la planta energética está justo al lado. Y cuentan con equipamiento de comunicaciones.
—Eso es —dijo Bron—. Si nos hacemos con ellas, podemos cortar todo el suministro energético y obligarlos a moverse en la oscuridad. A mis gorrinos les gustará el asunto. Patrullarán por los alrededores y mantendrán todo revuelto hasta que llegue la milicia. Nos pondremos en contacto con la ciudad desde allí.
Huw Davies señaló el rifle láser que llevaba Haydin.
—Si me lo permite, gobernador, me gustaría tomárselo prestado un rato. Tengo algunas cuentas pendientes.
—Es todo suyo. Y, ahora, indíquenos el camino.
La lucha por el centro de operaciones fue breve, los verracos se encargaron de ello. La mayor parte del mobiliario acabó destrozado, pero los controles parecían seguir operativos.
—Vigile la entrada, Huw —le pidió Bron—, ya que yo leo escritura sulbana y usted probablemente no. —Masculló algo entre dientes mientras miraba los símbolos fonéticos y luego sonrió con satisfacción—. Circuito de iluminación, no puede significar otra cosa.
Golpeó un botón y todas las luces se apagaron.
—Espero que todo se haya quedado a oscuras, no sólo aquí —dijo Lea con voz débil en las negras profundidades de la sala.
—En todas partes —le confirmó Bron—. Ahora, los circuitos de iluminación de emergencia deberían entrar en funcionamiento. —Las bombillas azules, distribuidas por el techo parpadearon y quedaron encendidas.
—Estaba empezando a sentir demasiadas emociones —dijo Lea suspirando de forma audible.
Los dos verracos miraban a Bron con expectación, con un reflejo perverso en los ojos.
—Adelante, muchachos —dijo—, no os hagáis daño.
—No hay muchas probabilidades de que eso ocurra —dijo Huw, cuando las voluminosas bestias salieron disparadas por la entrada y desaparecieron en un fragor de pezuñas—. He visto cómo funcionan y me alegro de estar en este bando. —Un estrépito lejano y unos alaridos débiles hicieron eco a sus sentimientos.
El gobernador Haydin echó un vistazo a los tableros de instrumentos y mandos.
—Ahora que la excitación y el peligro inminente se han acabado por el momento —dijo—, ¿querrá alguien decirme, por favor, qué es lo que está ocurriendo aquí?, ¿de qué va todo esto?
—Una mina —dijo Huw, señalando un diagrama del túnel que había en la pared del otro extremo de la habitación—. Una mina de uranio... mantenida en secreto y que ha estado funcionando durante años. No sé cómo extraen el metal, pero lo cierto es que lo sacan y lo refinan aquí parcialmente, todo con maquinaria automática. Más tarde pulverizan la escoria y la vierten en el río de allá fuera.
—Le contaré lo que pasa entonces —dijo Bron—. Cuando tienen un cargamento, una nave espacial se la lleva de aquí. Los sulbanos traman grandes planes para mudarse de su zona y controlar una porción mayor del espacio. Pero tienen escasez de metales energéticos y la Tierra ha puesto mucho empeño en que eso siga así. Una de las razones por las que se colonizó este planeta fue que se hallaba próximo al sector sulbano y, puesto que nosotros no necesitábamos el uranio, no queríamos que cayera en manos sulbanas. La Patrulla no tenía ni idea de que su uranio lo estaban obteniendo de Trowbri, aunque sabían que de algún sitio tenía que proceder, pero era una posibilidad. Cuando el gobernador envió su petición de ayuda, la posibilidad adquirió más consistencia.
—Sigo sin entenderlo —dijo Haydin—. Habríamos detectado cualquier nave que se acercara a este planeta; nuestros radares son eficaces.
—Estoy seguro de que así es..., pero estas criaturas tienen, al menos, un cómplice humano que se encarga de ocultar los aterrizajes.
—¡Humano...! —gritó asombrado, y luego apretó los puños ante esa idea—. No es posible. Un traidor a la raza humana. ¿Quién podría ser?
—Es obvio —explicó Bron—, ahora que ha sido usted eliminado como sospechoso.
—¡Yo!
—Usted era un buen sospechoso... al ocupar una posición perfecta para encubrir hechos. Por esa razón no fui del todo franco con usted. Pero usted no sabía nada sobre el asalto del hovercraft y lo habrían matado si yo no lo hubiera tirado al suelo. De manera que es evidente quién nos queda: Reymon..., el radiotelegrafista.
—Es cierto —dijo Lea—. Él me dejó hablar con Huw por teléfono y entonces me hizo llamarlo a usted o, de lo contrario, dijo, haría que mataran a Huw. No explicó por qué quería verlo. Yo no sabía...
—No podía saberlo. —Bron sonrió—. Él no es realmente un asesino y debe haber estado obedeciendo órdenes sulbanas para desembarazarse de mí. Se ganaba su dinero por desentenderse de sus naves en el radar. Y asegurándose de que quedara cortada la comunicación por radio con el grupo de Huw cuando los sulbanos atacaron. Probablemente grabó las señales y dio a los asesinos una hora o dos para que hicieran su faena antes de que él informara del corte de comunicación. Eso habría desvelado el misterio. Y, ahora, gobernador, confío en que hará usted un informe favorable sobre esta operación de la PIG.
—El mejor, sin duda —dijo Haydin. Desvió la mirada a Jasmine, que los había seguido hasta allí y ahora estaba hecha un ovillo a sus pies, masticando una tableta de víveres sulbanos—. De hecho, estoy casi dispuesto a jurar que no volveré a comer cerdo durante el resto de mi vida.