País Relato - Autores

harry harrison

el guante de terciopelo

Jon Venex metió la llave en la puerta de la habitación del hotel. Había pedido una habitación grande, la más grande del hotel, y había pagado al recepcionista una cantidad extra por ella. Todo lo que podía hacer ahora era rezar para que no lo hubieran timado. No se atrevería a quejarse ni a reclamar que le devolvieran el dinero. Al abrir la puerta, suspiró aliviado. La habitación era más grande de lo que él esperaba: un metro de ancho por uno y medio de largo, por lo menos. Había espacio más que suficiente para trabajar. Se quitaría la pierna en menos que canta un gallo y, por la mañana, su cojera habría desaparecido.
Allí estaba el habitual gancho ajustable en la pared trasera. Lo ensartó en el anillo incrustado que tenía en la nuca, dio un pequeño salto y los pies le quedaron colgando. Sus piernas se relajaron con un castañeteo al desconectar las baterías por debajo de la cintura.
El sobrecargado motor de su pierna tendría que enfriarse antes de que pudiera ponerse a trabajar en él, de manera que le sobraba tiempo para hojear el periódico. Con la preocupación crónica del que está en paro, lo abrió con brusquedad por la sección de anuncios clasificados y deslizó la mirada hasta la columna de «Ofertas de empleo: Robot». No había nada para él bajo el epígrafe de «especialista». Incluso las ofertas no cualificadas eran escasas y poco prometedoras. Ese año, Nueva York era una mala ciudad para un robot.
Los anuncios clasificados resultaban tan deprimentes como de costumbre, pero siempre podía animarse con las tiras cómicas. Tenía incluso una favorita, algo que le costaba admitir, aun en secreto: «Robot follonero», un lerdo y zopenco androide que siempre andaba tropezándose y metiéndose en líos. Era una caricatura repelente, pero aun así podía resultar muy divertida. Jon acababa de empezar a leerla cuando la luz del techo se apagó.
Eran las 22.00 horas, toque de queda para los robots. Sin luces y encerrados hasta las 6 de la mañana, ocho horas de aburrimiento y penumbra para todos excepto para los escasos trabajadores nocturnos. Pero siempre había fórmulas de saltarse la letra de una ley que no se molestaba en especificar una definición de luz visible. Deslizando a un lado parte de la coraza de su generador atómico, Jon aumentó la potencia. Cuando empezó a calentarse un poco, surgieron ondas térmicas que eran visibles para él, como los rayos infrarrojos. Acabó de leer el periódico bajo la nítida luz de su abdomen.
Con el termopar situado en el dedo corazón de la mano izquierda, midió la temperatura de su pierna. Ya se había enfriado lo suficiente para trabajar en ella. La junta impermeabilizante se desprendió fácilmente, dejando al descubierto los cables eléctricos, los nervios metálicos y la debilitada articulación de la rodilla. Con los cables desconectados, Jon desatornilló la rodilla por arriba de la articulación y la depositó cuidadosamente en el estante que había enfrente de él. Extrajo el repuesto de la bolsa de la cadera con mimo extremo. Era el producto de mucho trabajo, comprado con los ahorros de tres meses de trabajo en una granja de cerdos de Jersey.
Cuando parpadeó el tubo fluorescente del techo, Jon estaba de pie comprobando su nueva rodilla. Eran las cinco y treinta, había acabado justo en ese momento. Un chorro de aceite en el nuevo rodamiento remató la faena. Guardó las herramientas en su sitio y abrió la puerta.
El hueco del ascensor, que no se usaba, hacía las veces de vertedero de desperdicios y, al pasar por su lado, lanzó el periódico a través de una ranura practicada en la puerta. Fue caminando con mucho cuidado por las escaleras manchadas de grasa, manteniéndose cerca de la pared. Redujo la marcha en el piso decimoséptimo cuando otros dos androides aparecieron frente a él. Eran carniceros o matarifes, obviamente; donde ambos debieran tener las manos, sobresalía un afilado cuchillo de treinta centímetros. Al aproximarse a las escaleras, se detuvieron para guardar los cuchillos en las fundas de plástico que llevaban atornilladas a las placas del pecho. Jon los siguió por la rampa hasta el vestíbulo.
La sala estaba a tope, atestada de robots de todos los tamaños, formas y colores. La altura superior de Jon Venex le permitió ver por encima de las cabezas y divisar las puertas de cristal que daban a la calle. Como había estado lloviendo por la noche, el sol naciente producía destellos rojos sobre los charcos de la acera. Tres robots, pintados de blanco inmaculado para indicar que eran trabajadores nocturnos, empujaron las puertas y entraron. Nadie salió mientras el toque de queda no finalizó del todo. Todos pululaban por la sala, hablando sosegadamente en voz baja.
El único ser humano en todo el vestíbulo era el recepcionista de noche que dormitaba detrás del mostrador. El reloj situado sobre su cabeza indicaba que faltaban cinco minutos para las seis. Jon apartó la vista del reloj y advirtió que un robusto robot negro le estaba haciendo señas con la mano para llamar su atención. Sus poderosos brazos y su constitución recia lo identificaban como perteneciente a la familia de los excavadores, uno de los grupos más numerosos. Se abrió camino a empujones a través de la multitud y le dio una palmada a Jon en la espalda, con un reverberante sonido metálico.
—Jon Venex! Supe que eras tú desde el mismo momento en que te vi destacando entre la multitud, como el vigoroso tronco de un árbol. ¡No te había visto desde los viejos tiempos de Venus!
A Jon no le hizo falta mirar el número grabado en la placa rayada del pecho del bajito. Alee Excavador había sido su único amigo íntimo durante aquellos trece aburridos años que pasó en el campamento del mar Naranja. Un buen jugador de ajedrez y un auténtico hacha en balonmano. Habían pasado juntos la mayor parte del tiempo. Se estrecharon las manos con ese característico apretón que expresa amistad.
—Alee, enano y destartalado bote de grasa, ¿qué te trae por Nueva York?
—El ardiente deseo de ver algo que no sea lluvia y jungla, si quieres saberlo. Desde que compraste tu parte del contrato, las cosas se pusieron aburridas de verdad. Empecé a trabajar dos turnos diarios en aquella inmunda mina de diamantes y luego tres durante el último mes, para conseguir suficientes créditos y poder, así, comprar mi parte del contrato también y el billete de vuelta a la Tierra. Estuve tanto tiempo bajo la superficie que la célula fotoeléctrica de mi ojo derecho se quemó cuando le volvió a dar la luz solar.
Se inclinó hacia adelante con un ronco susurro confidencial.
—Si quieres que te diga la verdad, tenía un diamante de sesenta quilates escondido detrás del cristalino del ojo. Lo vendí aquí, en la Tierra, por doscientos créditos, lo que me proporcionó seis meses de vida fácil. Ya me lo he gastado todo, así es que voy de camino a la agencia de colocación. —Su voz retumbó de nuevo—. ¿Y tú, qué me cuentas?
—La vieja rutina de siempre, una serie de trabajos esporádicos hasta que un autobús me dio un buen golpe y me fracturó los engranajes de la rodilla. El único trabajo que pude conseguir con una pierna estropeada fue dar de comer bazofia a los cerdos. Con ello gané lo suficiente para arreglarme la rodilla, y aquí estoy.
Alee señaló con el pulgar a un robot de un metro de altura del color de la herrumbre, que se había acercado sigilosamente hasta su lado.
—Si crees que tienes problemas, échale un vistazo a Dik. No tiene capa de pintura. Dik Desértico, te presento a Jon Venex, un viejo colega.
Jon se inclinó para estrechar la mano del pequeño androide. Los diafragmas de sus ojos se dilataron al percatarse de que lo que había tomado por una capa de pintura era una fina capa de óxido que cubría todo el cuerpo metálico de Dik. Alee arañó un surco que brillaba entre el óxido con la punta de un dedo. Su voz adoptó repentinamente un tono serio.
—Dik fue diseñado para trabajar en el desierto marciano. Como Marte está más seco que un hueso fosilizado, los roñosos de su compañía recortaron el presupuesto del acero inoxidable.
Cuando fueron a la bancarrota, lo vendieron a una compañía de esta ciudad. Al cabo de algún tiempo, la herrumbre empezó a comérselo y a dificultarle los movimientos, por lo que le rescindieron el contrato y lo pusieron de patitas en la calle.
El pequeño robot abrió la boca por primera vez. Su voz chirriante hacía daño a los oídos.
—Nadie me contratará en este estado, pero no puedo repararme hasta que consiga un trabajo. —Sus brazos emitían ásperos chirridos al moverse—. Hoy me acercaré otra vez a la Clínica Gratuita para Robots; me dijeron que podrían hacer algo.
La voz de Alee Excavador retumbó desde su poderoso pecho.
—No tengas mucha fe en esa gente. Vienen muy bien para que te regalen cápsulas de aceite de diez créditos o algún cablecito gratis..., pero no dejes en sus manos algo importante.
Eran ya las seis y los robots salían a empujones por la puerta para llegar a las silenciosas calles. Se unieron a la muchedumbre en movimiento y Jon redujo la zancada para que sus amigos más bajos pudieran seguirle el ritmo. Dik Desértico se desplazaba con movimientos irregulares y convulsos. Su voz era tan poco armónica como el movimiento de su cuerpo.
—Jon... Venex. No consigo identificar tu apellido. Tiene algo que ver... con Venus... quizá.
—Venus, así es: Venus Experimental. Sólo somos veintidós en la familia. Tenemos cuerpos resistentes al agua y la presión para trabajar sobre los fondos oceánicos. La idea original no estaba mal y nosotros cumplimos con nuestra parte, sólo que no había suficientes fondos en la contrata del dragado de canales para mantenernos a todos trabajando. Compré mi parte del contrato original a mitad de precio y pasé a ser un robot libre.
Dik hizo vibrar su oxidado diafragma.
—Ser libre no lo es todo. Algunas vec….es desearía que la Ley por la Igualdad de los Robots no se hubiera aprobado. Mm...e gustaría simplemente ser propiedad de una compañía boyante con un buen taller de máquinas y una... montaña de repuestos.
—No puedes estar hablando en serio, Dik. —Alee Excavador le pasó el brazo negro y pesado por los hombros—. Sabemos que hoy en día las cosas no son perfectas, pero nadie puede dudar de que son mucho mejores que en los viejos tiempos. Entonces éramos solamente un saco de maquinaria que trabajaba las veinticuatro horas del día hasta que se desgastaba y nos tiraban a la pila de la chatarra. No, gracias; me quedo con las cosas tal y como están ahora.
Jon y Alee se metieron en la agencia de empleo y se despidieron de Dik, que prosiguió su marcha lentamente por la calle. Se abrieron paso por la atestada rampa y se pusieron en la cola frente al mostrador de registro. En el tablón de anuncios junto al escritorio había unos cuantos papelitos blancos que indicaban ofertas de empleo. Un administrativo estaba colgando algunos más.
Venex hizo un rápido escaneo con los ojos y se detuvo en uno que tenía trazado un círculo rojo a su alrededor.
SE NECESITAN ROBOTS EN LAS CATEGORÍAS SIGUIENTES.
PRESÉNTENSE DE INMEDIATO EN
CHAINJET, LTD., 1219 BROADWAY
ENSAMBLADOR
PILOTO
ATOMIZADOR
OPERADOR DE CÁMARA
VENEX
Jon palmeó excitado la nuca de Alee Excavador.
—Mira ahí, un trabajo de mi especialidad... ¡Podré volver a ganar el sueldo que tenía antes! Te veré esta noche en el hotel y que tengas suerte en tu búsqueda de empleo.
Alee le dijo adiós con la mano.
—Esperemos que el trabajo sea tan bueno como crees. Nunca me fío de estas cosas hasta que tengo los créditos en la mano.
Jon se marchó de la agencia de colocación. Más que andar, volaba gracias a sus largas zancadas. El bueno de Alee, viejo zorro, nunca se creía nada que no pudiera tocar antes. Quizá hacía bien, pero ¿qué necesidad había de ser tan pesimista? El mundo no era tan malo aquella mañana... su pierna funcionaba estupendamente, tenía expectativas de conseguir un buen trabajo. No se había sentido tan entusiasmado desde el día en que fue activado.
Al girar una esquina con paso ligero se tropezó con un humano que venía en la dirección opuesta. Jon se había detenido de inmediato, pero le faltó tiempo para hacerse a un lado. El hombre gordo chocó contra él y se cayó al suelo. En un segundo había pasado de la euforia más exultante a las profundidades de la desesperación. ¡Había herido a un ser humano!
Se inclinó para ayudarlo a ponerse en pie, pero el otro rechazó su gesto. Apartó su mano amistosa y se puso a chillar en un tono muy agudo.
—¡Agente, agente...! ¡policía! ¡Socorro! ¡Un robot enloquecido me ha atacado! ¡Socorro!
Se empezó a concentrar una multitud que se mantuvo a una distancia prudente y que generaba grandes murmullos de irritación. Jon permaneció inmóvil, con la cabeza dándole vueltas ante la enormidad que acababa de hacer. Un policía se abrió paso entre la muchedumbre.
—Deténgalo, oficial, cósalo a tiros... Me golpeó... Casi me mata. —El hombre se estremecía de ira, se le agolpaban las palabras hasta formar un balbuceo incomprensible.
El policía desenfundó un revólver 75 sin retroceso y presionó el cañón contra el costado de Jon.
—Este hombre te acusa de un crimen grave, lata de grasa. Te llevaré a la comisaría... para hablar sobre el tema. —Miró a su alrededor, nervioso, y agitó el arma para abrirse camino entre el apretado gentío, que retrocedió de mala gana entre murmullos de desaprobación.
Los pensamientos de Jon giraban en círculos concéntricos.
¿Cómo había podido ocurrir semejante catástrofe? ¿Y cómo iba a acabar todo? Jon no se atrevía a decir la verdad, pues supondría llamar mentiroso a un humano. Ya habían electrocutado a seis robots en lo que iba de año. Si se atrevía a terciar en su propia defensa, lo colgarían del tendido eléctrico y la séptima chatarra carbonizada haría su ingreso en el depósito de cadáveres. Se sintió atravesado por un sentimiento de resignación. No tenía salida. Si el hombre presentaba cargos contra él, le caería un período de trabajos forzados, aunque en ese momento parecía que no iba a llegar vivo al tribunal. Los periódicos habían estado suscitando un sentimiento de animadversión hacia los robots, que podía percibirse detrás de las voces irritadas, en los ojos entrecerrados y los puños apretados. La multitud se estaba transformando poco a poco en una turba, en una masa ciega, que, en cualquier momento, estaría presta a volverse contra él.
—¿Qué está pasando aquí? —Era una voz atronadora, con un timbre que se apoderó de la atención de todos. En el bordillo había un gigantesco carguero transcontinental. El conductor bajó de la cabina de un salto y se abrió paso entre el gentío. El policía cambió la dirección en la que apuntaba el arma cuando el individuo avanzó hacia él a grandes zancadas.
—Eh, amigo. Ese que tiene ahí es mi robot; de manera que no me lo agujeree. —Se volvió hacia el hombre que había estado lanzando las acusaciones—. El gordo éste de aquí es el mayor embustero del mundo. El robot estaba aquí, quieto, esperando a que yo aparcara el camión. El gordo debe ser tan ciego como estúpido. He visto todo lo que ha ocurrido. Él solo se golpeó contra el robot y luego ha empezado a gritar llamando a la policía.
El otro tipo ya no podía más. Con el rostro rojo de ira se abalanzó contra el camionero describiendo círculos torpes con los puños. Nunca llegaron al blanco, pues el conductor del camión le estampó su rolliza mano sobre la cara y lo dejó sentado en la acera de nuevo.
Los mirones se rieron a carcajadas y se olvidaron del tendido eléctrico y del robot. La pelea era ahora entre dos hombres y ya ni siquiera se acordaban de cuál había sido el motivo desencadenante. Hasta el policía se permitió una leve sonrisa cuando enfundó el arma y avanzó para separar a los dos individuos.
El camionero se volvió hacia Jon con el ceño fruncido.
—Vuelve a subir al camión. Ya me has ocasionado bastantes problemas por hoy. ¡Vaya montón de chatarra!
La multitud se rio entre dientes cuando el conductor llevó a Jon a empujones hacia el camión y cerró la puerta tras ellos. Pulsó el arranque con el pulgar, encendiendo sus atronadores motores diésel, y se zambulló en pleno tráfico.
Jon movió la mandíbula pero no acertó a soltar palabra. ¿Por qué le había ayudado aquel completo desconocido? ¿Qué podía decirle para expresarle su agradecimiento? Sabía que no todos los humanos odiaban a los androides, incluso se rumoreaba que algunos humanos trataban a los robots como iguales y no como máquinas. El conductor debía de ser uno de esos individuos míticos; no existía otra forma de explicar su comportamiento.
Conduciendo prudentemente con una mano, alargó la otra hasta detrás del salpicadero y sacó un folleto de plástico. Se lo tendió a Jon, que rápidamente escaneó el título, Esclavos robots en la economía mundial, de Philpott Asimov II.
—Si te cogen leyendo esto te ejecutarán ipso facto. Sería mejor que lo guardaras entre el aislante y tu generador, así podrás quemarlo si te sorprenden. Léelo cuando estés solo. Explica un montón de cosas que no puedes ni imaginarte. Los robots no son inferiores a los seres humanos, de hecho son superiores en la mayoría de aspectos. Cuenta, incluso, un poco de historia para mostrar que los robots no fueron los primeros en ser tratados como ciudadanos de segunda clase. Puede que te resulte un poco difícil de creer, pero hubo un tiempo en que los humanos se trataron los unos a los otros de la misma manera que ahora tratan a los robots. Ésa es una de las razones por las que formo parte de este movimiento... algo así como el tipo que se abrasó ayudando a los otros a permanecer a salvo del fuego.
Su sonrisa era amistosa y dejaba ver una reluciente dentadura que contrastaba con su tez de ébano.
—Voy hacia U.S. 1, ¿quieres que te deje de camino?
—En el edificio Chainjet, por favor... Voy a presentarme a un empleo.
Los dos guardaron silencio el resto del trayecto. Antes de abrir la puerta, el conductor le estrechó la mano a Jon.
—Disculpa que te llamara «montón de chatarra», pero era lo que la multitud estaba esperando. —No volvió la mirada cuando se alejó conduciendo.
Jon tuvo que esperar media hora hasta que le llegó el turno, pero, finalmente, el recepcionista le indicó que podía pasar a la sala de entrevistas. Entró con rapidez y se volvió para enfrentarse a un hombre sentado detrás de un despacho de plástico, un hombrecillo alterado con arrugas permanentes de preocupación en la frente. —Removía con disgusto los papeles de su escritorio, garabateando pequeñas anotaciones en algunos márgenes. El tipo lanzó una mirada de pájaro sobre Jon.
—Sí, sí... Adelante, sea breve. ¿Qué desea?
—Han puesto ustedes un anuncio ofreciendo empleo; yo...
El hombre lo cortó con un gesto de la mano.
—Está bien, déjame ver tu placa de identificación... Date prisa. Hay otros esperando.
Jon sacó la placa de la ranura de su cintura y se la alargó al tipo por encima de la mesa. El entrevistador leyó el número de código y luego empezó a recorrer con el dedo un listado de números parecidos. Se paró repentinamente y miró de refilón a Jon con los ojos entrecerrados.
—Ha cometido usted un error. No disponemos de ninguna vacante para usted.
Jon comenzó a darle explicaciones. El anuncio solicitaba trabajadores de su especialidad, pero fue conminado con un gesto a callarse. Mientras el entrevistador le devolvía la placa, extrajo una nota de una carpeta y la sostuvo delante de los ojos de Jon. La mantuvo de esta forma sólo durante un momento, con la certeza de que la visión fotográfica y la memoria eidética del robot registrarían al instante el mensaje escrito. El hombre dejó caer en el cenicero la tarjeta, que ardió en llamas al contacto de su lápiz-encendedor.
Jon volvió a guardar su placa identificativa en la ranura y leyó el mensaje de la nota mientras descendía por las escaleras en dirección a la calle. Eran seis líneas mecanografiadas, sin firma:
Al robot Venex. Se le requiere urgentemente en un proyecto de alto secreto de esta compañía. Se sospecha de la existencia de espías en la oficina principal, por esta razón está siendo usted contratado de esta forma poco habitual. Acuda inmediatamente al 787 de la calle Washington y pregunte por el señor Coleman.
Jon sintió una inmensa sensación de alivio. Por un momento pensó que todo había sido una equivocación. En cambio, no le pareció tan poco corriente el procedimiento para contratarlo. Las grandes empresas eran inmensamente reservadas con sus descubrimientos y hacían tremendos esfuerzos para mantenerlos en secreto..., al tiempo que eran capaces de recurrir a cualquier estrategia para sonsacar información a sus rivales. Quizá todavía le dieran el puesto a él.
La corpulenta mole de un robot elevador se estaba moviendo de un lado a otro en la penumbra de un viejo almacén, donde apilaba cajas de embalaje en hileras que llegaban hasta el techo.
Jon lo llamó y el robot subió su horquilla elevadora y se acercó rodando sobre sus silenciosos neumáticos. Cuando Jon le preguntó, él le indicó una escalera situada en la pared trasera.
—La oficina del señor Coleman está abajo, en la parte de atrás. Está indicado en la puerta. El elevador acercó las puntas de los dedos a los auriculares-oídos de Jon y bajó la voz hasta convertirla en un susurro casi imperceptible. Para oídos humanos hubiera sido inaudible, pero Jon no tuvo que esforzarse en entenderlo, puesto que los sonidos se transmitían a través de la estructura metálica del otro.
—Es el hombre más mezquino con el que te habrás encontrado nunca. Odia a los robots, así que actúa tan educadamente como puedas. Si eres capaz de meter «sí, señor» cinco veces en una frase, estarás a salvo. —Jon cerró el diafragma de su cámara ocular a modo de guiño cómplice y el enorme androide hizo lo mismo cuando se marchó rodando. Jon se dio la vuelta y bajó por la polvorienta escalera. Cuando llegó a la puerta de Coleman, llamó con suavidad.
Coleman era un individuo bajo y regordete que vestía un conservador traje púrpura y amarillo. Su mirada iba de Jon al Catálogo General de Robots, verificando las especificaciones de los Venex que allí se indicaban. Aparentemente satisfecho, cerró el libro.
—Dame tu placa y ponte en esa pared para medirte.
Jon dejó la placa identificativa sobre la mesa del despacho y avanzó hacia la pared.
—Sí, señor. Ya está, señor. —Dos «señor» en una frase no estaba mal para haber sido la primera que decía. Se preguntó si sería capaz de meter cinco en tan sólo una sin que el hombre advirtiera que le estaban tomando el pelo.
Se dio cuenta del peligro demasiado tarde. La corriente recorrió el poderoso electroimán situado detrás de la escayola, aplastando su cuerpo metálico contra la pared sin que él pudiera hacer nada. Coleman casi bailaba de alegría.
—Lo atrapamos, Druce. Está más chafado que una pestilente lata contra una roca. No es capaz de mover ni un motor. Trae toda esa cacharrería aquí y preparémoslo.
Druce llevaba un mono de mecánico sobre el traje y una caja de herramientas bajo el brazo. Llevaba también una cajita negra metálica que trataba de transportar tan apartada como le era posible. Coleman le gritó con disgusto:
—La bomba no puede explotar hasta que no esté montada. Deja ya de actuar como si fueras un crío. ¡Ponía en la pierna de esa lata de grasa, y hazlo de prisa!
Refunfuñando entre dientes, Druce soldó los rebordes de la bomba sobre la pierna de Jon, ligeramente por encima de la rodilla. Coleman tiró de ella para cerciorarse de que estaba bien sujeta y, a continuación, giró un pomo a un lado y extrajo una aguja refulgente. Se oyó un chasquido seco en el interior del mecanismo al ponerse en funcionamiento.
Jon no podía hacer nada excepto observar, pues incluso su diafragma vocal había quedado bloqueado por el campo magnético. De todas formas, tenía más que una sospecha de que se encontraba involucrado en algo más peligroso que una maniobra secreta de negocios. Maldijo su propia estupidez por haber caído tan ciegamente en esa trampa.
El campo magnético desapareció e inmediatamente Jon preparó sus motores extensores para saltar hacia adelante. Coleman sacó una caja de plástico del bolsillo y puso el dedo sobre un botón situado en la parte superior.
—No hagas ningún movimiento extraño, montón de basura metálica. Este pequeño transmisor está sintonizado con la bomba que llevas en la pierna. Si aprieto el pulgar, saltarás en una nube de humo y caerás convertido en una lluvia de tuercas y tornillos. —Hizo un gesto a Druce, que abrió la puerta de un armario—. Y en caso de que quieras hacerte el héroe, párate a pensar en él.
Coleman señaló con el dedo una forma flácida que había en el suelo: un hombre vestido con mugrientos andrajos, de edad imposible de determinar y cuyo único rasgo destacable era una bomba negra atada al pecho. Trató de distinguir algo con sus ojos extraviados y enrojecidos y alzó la botella de whisky casi vacía hasta la boca. Coleman cerró la puerta de una patada.
—Sólo es un vagabundo del Bowery que arrastramos hasta aquí, pero a ti eso te da lo mismo, ¿o no? ¡Él es humano, y un robot no puede matar a nadie! Ese borracho lleva una bomba encima que está sintonizada en la misma frecuencia que la tuya, de manera que si no quieres unirte a nosotros en este juego, este tipo se va a encontrar en el pecho con un bonito boquete de más de medio metro.
Coleman estaba en lo cierto. Jon no se atrevería a dar ningún paso en falso. Tanto su entrenamiento mental de base como el circuito 92, sellado en su cerebro, le impedían dañar a cualquier ser humano. Se sintió atrapado, a merced de aquellos individuos, cuyos propósitos desconocía.
Coleman había apartado una lona para dejar al descubierto un hueco irregular en el suelo de hormigón, que se extendía profundamente. Hizo señas a Jon para que se acercara.
—El túnel se encuentra en buen estado los primeros nueve metros, luego darás con un salto. Despéjalo de piedras y tierra hasta que alcances la alcantarilla. Cuando llegues a ella, regresa. Y será mejor que vuelvas solo. Si das el chivatazo a la poli, tú y el viejo os freiréis juntos... Y, ahora, ponte en movimiento.
El pozo había sido excavado hacía poco y apuntalado con cajas de embalaje del almacén de arriba. Terminaba abruptamente en un muro recién hecho de arena y piedras. Jon comenzó a llenar a paladas la pequeña carretilla que le habían dado.
Había descargado ya cuatro veces la carretilla y se encontraba llenando la quinta cuando descubrió la mano, una mano de robot, hecha de metal verde. Subió la potencia del foco de luz que llevaba en la cabeza y examinó la mano de cerca. No cabía ninguna duda. Las juntas en las articulaciones, el diseño remachado en la base del pulgar... Esas piezas sólo querían decir una cosa: era la mano desmembrada de un robot Venex.
Rápida pero cuidadosamente, apartó con la pala los escombros tras la mano y desenterró el resto del robot. El torso estaba aplastado y los sistemas de energía cortocircuitados. El ácido de la batería le estaba goteando por un feo desgarrón en el costado. Con infinita delicadeza, Jon cortó los pocos cables que quedaban uniendo el cuello al cuerpo y depositó la cabeza verde sobre la carretilla. Lo contemplaba como si se tratase de un cráneo, con los obturadores completamente abiertos, pero sin un destello de vida en los tubos traseros.
Estaba raspando el barro del número abollado en la placa pectoral, cuando Druce descendió por el túnel y lo iluminó con el brillante haz de su linterna.
—Deja de jugar con la basura y empieza a cavar... o acabarás como ése. Este túnel tiene que estar terminado esta noche.
Jon depositó las partes desmembradas en la carretilla con la arena y las piedras y empujó toda la carga hacia fuera, mientras sus pensamientos iban dando vueltas en tristes círculos. Un robot muerto era algo terrible, y aún más si se trataba de su propia familia. Pero había una pieza que no encajaba en la historia de ese robot. El número de su placa era el 17. Sin embargo, recordaba demasiado bien el día en que un motor, cortocircuitado a causa del agua, había matado a Venex 17 en el mar Naranja.
A Jon le costó cuatro horas ampliar el túnel hasta la vieja pared de granito de la alcantarilla. Druce le dio una pequeña palanqueta y, con ella, fue apartando lo suficiente los grandes bloques para ir abriendo un agujero bastante grande para pasar por él hasta la alcantarilla.
Cuando subió a la oficina trató de no llamar la atención al dejar caer la palanqueta al suelo, junto a sus pies, y sentarse sobre el montón de escombros apilados en la esquina. Se revolvió discretamente para acomodarse y sus dedos agarraron la cabeza cercenada de Venex 17.
Coleman hizo girar la silla y miró de reojo el reloj de pared. Confirmó la hora con su reloj-alfiler de corbata y con un gruñido de satisfacción se volvió hacia Jon y lo apuntó con el dedo.
—Escúchame, montón de chatarra verde. A las 19.00 horas harás un trabajo en el que no se admiten meteduras de pata. Irás por la alcantarilla hasta el río Hudson. El desagüe se encuentra bajo la superficie, de manera que no serás visto en los muelles. Desciende hasta el fondo y camina doscientos metros en dirección norte; te hallarás debajo de un barco. Mantén los ojos bien abiertos... ¡y no enciendas ninguna luz! Hacia la mitad de la quilla del barco encontrarás una cadena colgando.
»Sube por la cadena, suelta la caja que estará amarrada al casco y tráela aquí. No te equivoques... o ya sabes lo que te ocurrirá.
Jon asintió con un gesto de la cabeza. Sus atareados dedos habían estado separando los cables del cuello amputado. Cuando los hubo enderezado y ordenado, memorizó el orden con un vistazo rápido.
Repasó el código de colores mentalmente y lo contrastó con los cables memorizados. El que hacía el número doce era el cable de suministro energético al cráneo; el sexto era el cable de masa.
Con un tacto preciso, separó esos dos del resto y miró despreocupadamente alrededor de la habitación. Druce estaba dormitando sobre una silla en la esquina opuesta. Coleman hablaba por teléfono, alzando la voz de vez en cuando con tono petulante. Sin embargo, eso no hacía que bajara la guardia respecto a Jon... y al control de radio que su mano izquierda apretaba con fuerza.
El cuerpo de Jon bloqueaba la visión de Coleman. Mientras Druce continuara durmiendo podría trabajar en la cabeza sin que lo vieran. Activó un relé que tenía en el antebrazo y se produjo un chasquido al abrirse la cubierta impermeable de un enchufe de corriente exterior. Era una toma de su batería, útil para conectar herramientas eléctricas y luces debajo del agua.
Si la cabeza de Venex 17 había sido amputada hacía menos de tres semanas, podría volver a ponerla en marcha. Todos los robots disponían de un pequeño acumulador dentro del cráneo. Si el suministro de energía del cerebro se cortaba, el acumulador le proporcionaría la energía mínima necesaria para mantener vivo el cerebro. El robot permanecería en estado de inconsciencia hasta que se restableciera el suministro de energía.
Jon conectó los cables a su toma del brazo y poco a poco fue subiendo la intensidad de la corriente hasta un nivel operativo. Se produjo un tenso momento de espera y, entonces, los obturadores oculares de 17 se cerraron súbitamente. Cuando se volvieron a abrir, los tubos de sus ojos brillaban esperanzadoramente. Hicieron un barrido ocular por la habitación y luego enfocaron a Jon.
El obturador derecho se cerró y el otro empezó a abrirse y cerrarse rápidamente. Era el código internacional..., que transmitía a la velocidad máxima a la que el solenoide podía funcionar. Jon se concentró en el mensaje.
Teléfono... Llama al operador de urgencia... Comunícale código 14, la ayuda es...
El obturador se detuvo en medio de un grupo codificado, desvaneciéndose en sus ojos la luz de la razón.
Por un instante, Jon se sintió invadido por el pánico, hasta advertir que 17 había cortado deliberadamente la energía. La voz áspera de Druce le bramó en el oído.
—¿Qué estás haciendo con eso? Ni se te ocurra algún truco sucio de robot. Conozco a los de tu clase, siempre tramando todo tipo de artimañas, cabezas de hojalata... —Su voz se fue apagando, anegándose en un torrente viscoso de obscenidades incomprensibles. Presa de un repentino rencor, lanzó de un puntapié la cabeza de 17 contra la pared.
La abollada cabeza verde rodó hasta detenerse a los pies de Jon, con el rostro hacia él, en expresión de muda agonía. La única razón que le impedía atacar a un humano era el circuito 92. Cuando sus motores se sobrerrevolucionaron para lanzarlo volando por los aires, se abrieron los relés de control. Entonces se desplomó contra los escombros y quedó paralizado al instante. Tan pronto como desapareciera su arrebato de cólera, recuperaría el control de su cuerpo.
Todos se quedaron petrificados como en un cuadro vivo: el robot, derrumbado hacia atrás; el hombre, inclinado hacia delante con el rostro deformado por una mueca de odio irracional, y la cabeza, que yacía entre ambos, como un símbolo de muerte.
La voz de Coleman segó la densa atmósfera como un cuchillo.
—¡Druce, deja ya de jugar con el bote de grasa y vete a la puerta principal para dejar entrar a Pequeño Willy y a su pandilla de chatarreros! Después podrás hacer lo que quieras con él.
El individuo, furioso, se volvió de mala gana, pero salió por la puerta ante los gruñidos irritados de Coleman. Jon se sentó apoyándose contra la pared mientras su mente iba ordenando los escasos hechos con precisión inmediata. No había espacio en sus reflexiones para Druce. Aquel hombre había pasado a ser un simple factor más de una complicada ecuación.
Llamar al operador de emergencia. Eso significaba que no se trataba de un asunto local. Había autoridades con cargos de responsabilidad involucradas en esto. Sólo el gobierno podía estar detrás de una cosa tan trascendental como aquélla. Código 14, lo que implicaba un complejo conjunto de disposiciones y fuerzas que entrarían en acción ante un aviso. No tenía ninguna pista de hacia dónde podía conducir aquello, pero lo único que podía hacer era escapar de allí y hacer la llamada de teléfono. Y de prisa. Druce estaba trayendo más gente, chatarreros o lo que quiera que fueran. Cualquier acción que emprendiera debería llevarla a cabo antes de que volvieran.
Incluso mientras seguía el curso de esa cadena lógica, Jon mantenía los dedos ocupados. Con una llave inglesa escondida en la palma de la mano estaba aflojando la principal tuerca de retención de la articulación de la cadera. Por fin quedó suelta en su mano, sólo tenía la pierna sujeta por el pasador pivote. Se puso en pie lentamente y se dirigió hacia la mesa de Coleman.
—Señor Coleman, es hora ya de bajar al barco, señor. ¿Puedo marcharme ya, señor?
Jon pronunció las palabras con lentitud mientras caminaba hacia el frente, dirigiéndose en apariencia a la puerta, pero describiendo una trayectoria que también podía conducirlo al escritorio del gordo de Coleman.
—Aún tienes veinte minutos. Ve a sentarte... ¿No me has oído?
Sus palabras se cortaron. Por muy rápidos que sean los reflejos humanos, al lado de la acción fulminante de un reflejo electrónico parecen propios de una tortuga torpe. En el mismo instante en que Coleman se percató del movimiento de Jon, el robot había acabado de dar el salto que lo dejó tumbado sobre la mesa, con la pierna desprendida ya de la cadera y sujeta en la mano.
—¡Acabará con su propia vida si aprieta el botón!
Esas palabras formaban parte de un plan premeditado. Jon se las gritó al oído del hombre estupefacto mientras le metía la pierna desmembrada por los anchos pantalones. El efecto fue el deseado. El dedo de Coleman estaba sobre el botón, pero se detuvo antes de presionarlo del todo. Contempló con ojos desencajados la cajita negra y letal que asomaba por su cintura.
Jon no se quedó a ver su reacción. Se alejó de la mesa y se paró a agarrar del suelo la palanqueta de pie de cabra. Con un potente salto de su única pierna se plantó frente al armario cerrado. Metió la barra entre la puerta y el marco e hizo fuerza.
Coleman comenzaba a luchar por sacarse la bomba cuando ya todo era imparable. Una vez abierto el armario, Jon cogió la gruesa correa con la que estaba amarrada la segunda bomba en el pecho del borracho y la rompió como si fuera un hilo. Arrojó la bomba hacia la esquina en la que estaba Coleman, dándole así otra cosa de la que preocuparse. Le había costado una pierna, pero se había librado de la amenaza de la bomba sin agredir a un humano. Ahora tenía que encontrar un teléfono y hacer la llamada.
Coleman dejó de tirar de la bomba y metió la mano en un cajón del escritorio en busca de un arma. Los tipos que tenían que volver pronto bloquearían la puerta. La única salida que quedaba en la habitación era una ventana de cristal esmerilado que daba al enorme espacio del almacén.
Jon Venex se lanzó por la ventana entre un estrépito de cristales rotos que salieron disparados en todas direcciones. De la habitación que dejaba a sus espaldas llegó el potente estruendo de un calibre 75 sin retroceso, y una gran sección de treinta centímetros del marco metálico de la ventana saltó por los aires. Otra bala le pasó silbando sobre la cabeza cuando avanzaba como podía hacia la puerta trasera del almacén. Apenas lo separaban nueve metros de ella, cuando la gigantesca puerta se cerró sobre sus silenciosas ruedas con un débil rechinar. Todas las puertas debían de haberse cerrado al mismo tiempo y el ruido de pasos a la carrera le indicaba que también estarían vigiladas. Jon saltó por encima de un tramo de cajas de embalaje y desapareció de la vista.
Miró hacia arriba y vio que todo un entramado de soportes de acero se desplegaba entrecruzándose una y otra vez hasta unirse en la plana extensión del techo. A ojos humanos, las sombras se transformaban allí en completa oscuridad, pero los infrarrojos de una red de tuberías de vapor proporcionaban a Jon la iluminación suficiente.
Esa gente empezaría pronto a registrar el suelo del almacén. La única oportunidad que tenía de evitar ser capturado o asesinado estaba allí arriba, sobre sus cabezas. Además, la pérdida de su pierna le restaba libertad de movimientos sobre el suelo; sin embargo, en las vigas del techo, podría usar los brazos para desplazarse con mayor facilidad y rapidez.
Jon se estaba encaramando a una de las vigas transversales superiores cuando a un fuerte grito desde abajo le sucedió una tormenta de balas. Atravesaron y rasgaron la delgada techumbre y un proyectil golpeó la viga de acero sobre la que estaba apoyado. Jon esperó hasta que tres de los recién llegados subieron por una escalera cercana para dirigirse silenciosamente hacia la parte trasera del edificio.
A salvo por el momento, hizo balance de su situación. Esos individuos estaban repartidos por todo el edificio. Era sólo cuestión de tiempo que lo encontraran. Las puertas estaban cerradas (había recorrido todo el edificio para confirmarlo) y no había ninguna ventana que forzar. Si pudiera llamar al operador de emergencia, los desconocidos amigos de Venex 17 podrían venir en su ayuda. Pero eso estaba descartado. El único teléfono que había en el edificio estaba en el despacho de Coleman. Había seguido el cableado para asegurarse.
Sus ojos se dirigieron automáticamente a los cables que tenía encima de la cabeza. Las paredes del edificio presentaban juntas de plástico por las que discurrían los cables eléctricos y las líneas de teléfono. ¡Eso era la línea telefónica! Era todo lo que necesitaba para hacer una llamada.
Con movimientos rápidos y precisos, cogió uno de ellos y desprendió su funda aislante. Se rio por dentro mientras sacaba un pequeño micrófono de su oído izquierdo. Ahora estaba medio sordo a la vez que cojo. Se estaba entregando en cuerpo y alma a la causa. Tendría que recordar esta situación tan cómica para contársela más tarde a Alee Excavador, si es que llegaba ese momento. Alee sentía debilidad por ese tipo de historias.
Jon hizo un puente entre el micrófono y el cable. El amperímetro le confirmó que no había nadie ocupando la línea. Esperó unos instantes para asegurarse de tener tono de marcado y, luego envió los once dígitos escrupulosamente espaciados que lo conectarían con el operador local. Se acercó el micrófono a la boca.
—Operador, oiga, óigame. No me es posible oírle, de manera que no se moleste en contestarme. Llame al operador de urgencia. Transmita código 14. Repito, código 14.
Jon continuó repitiendo el mensaje hasta que sus perseguidores comenzaron a aproximarse. Dejó el micrófono conectado. Aquellos individuos no lo descubrirían en la oscuridad y la línea abierta haría posible que determinaran la ubicación exacta de la llamada de socorro.
Con las yemas de los dedos, consiguió alcanzar discretamente el extremo opuesto del almacén por una viga. Escapar era imposible; todo lo que podía hacer era ganar tiempo.
—Señor Coleman, sabrá disculpar que huyera —dijo con el volumen a la máxima potencia y haciendo reverberar estruendosamente la voz en las paredes.
Podía ver a sus perseguidores abajo, haciendo girar sus cabezas en vano, en busca del origen de la voz.
—Si me deja regresar y no me mata, haré su trabajo. La bomba me daba miedo, pero ahora son las armas las que me lo dan. —Sonaba un poco pueril, pero estaba bastante seguro de que ninguno de los que se encontraban allí estaba muy al tanto de la inteligencia robótica—. Se lo ruego, permítame regresar..., señor. —Casi se olvidó de la última palabra, así que remató con otro «por favor, señor» para subrayarla.
Coleman necesitaba a toda costa el paquete que había bajo el barco. Sería capaz de prometer cualquier cosa para hacerse con él. Jon no albergaba ninguna duda sobre su destino final. Todo lo que podía hacer era dejar que el tiempo pasara con la esperanza de que la llamada telefónica le reportara ayuda.
—Vamos, baja. No me enfadaré contigo... si sigues las instrucciones. —Jon podía detectar la ira oculta tras la voz, el odio contenido hacia un robot que había tenido las agallas de ponerle las manos encima. El descenso no fue difícil, pero Jon lo demoró mostrando grandes aprietos. Se plantó de un salto en el centro del almacén, apoyándose en las cajas como si en verdad necesitara ayuda. Coleman y Druce estaban allí junto a un grupo de recién llegados de mirada dura. Levantaron las armas cuando se acercó, pero Coleman los frenó con un gesto.
—Es mi robot, chicos. Yo haré que esté contento.
Alzó el revólver y lo disparó contra la pierna que le quedaba a Jon. Retorciéndose por el impacto, éste cayó impotente al suelo. Miró hacia arriba y vio cómo salía el humo por el cañón del 75.
—Muy listo para venir de una lata infecta, pero no lo suficiente. Sacaremos la chatarra del barco por algún otro medio, sin necesidad de tenerte a ti enredando el asunto. —De sus ojos crispados brotaba un brillo letal.
Habían pasado menos de dos minutos desde la llamada de Jon. Los escuchas deberían haber mantenido guardias de veinticuatro horas esperando la llamada telefónica de Venex 17.
La puerta principal se derrumbó con el súbito estruendo del acero vencido. Un tanque de asalto pasó aplastando los restos y apuntó al grupo con sus múltiples cañones automáticos. Llegaban un instante tarde. Coleman apretó el gatillo.
Jon distinguió cómo el dedo del gatillo se tensaba, y se apretó con fuerza contra el suelo. Su cabeza se apartó lo suficiente pero la bala le atravesó el hombro. Coleman no dispuso de otra oportunidad para hacer un segundo disparo. Se oyó un silbido que provenía del tanque y las troneras antidisturbios liberaron un torrente de gas lacrimógeno. Los hombres afectados ni siquiera llegaron a ver a los policías provistos de máscaras antigás que penetraron desde la calle.
Jon estaba echado sobre el suelo de la comisaría de policía mientras un androide llevaba a cabo algunas reparaciones provisionales en la pierna y el hombro. Al otro lado de la habitación se encontraba Venex 17, que estaba moviendo su nuevo cuerpo con visible satisfacción.
—¡Ah, esto ya es otra cosa! Estaba convencido de que todo se había acabado para mí con el derrumbamiento. Pero quizá lo mejor sería empezar por el principio. —Atravesó la habitación y estrechó la mano aún no operativa de Jon.
—Me llamo Wil Espía-4951L3, aunque eso no te diga mucho. He utilizado tantos cuerpos que ya no me acuerdo de cuál era mi aspecto original. Pasé directamente de la fábrica escuela a una academia de policía, y ése ha sido mi trabajo desde entonces: Cuerpo de Detectives, sargento segundo, Departamento de Investigación. Paso la mayor parte del tiempo vendiendo caramelos o periódicos o poniendo copas en locales de mala muerte.
Recojo información, hago informes y vigilo a individuos para otros departamentos.
»En este último trabajo (y lamento haber tenido que hacerme pasar por un Venex; no creo que suponga un deshonor para los tuyos), me habían asignado al Departamento de Aduanas. Según parecía, una banda estaba introduciendo mierda pura (quiero decir, heroína) en el país. El FBI identificó a los que operaban aquí, pero nadie sabía cómo introducían la mercancía. Cuando Coleman, el cabecilla local, solicitó un robot submarino a las agencias de colocación, me integraron en un cuerpo nuevo y me enviaron aquí a toda prisa.
»Alerté a la patrulla tan pronto como inicié el túnel, pero se me derrumbó encima antes de que descubriera cuál era el barco que transportaba el cargamento. A partir de ahí, ya sabes lo que sucedió.
»Sin saber que yo estaba fuera de juego, la patrulla se limitó a esperar. Esos tipos vieron que medio millón en mierda se marchaba de vuelta a casa, de manera que te buscaron para sustituirme. Hiciste la llamada de teléfono y llegó la caballería en el último momento para salvar a dos robots de una tumba de herrumbre.
Jon, que había intentado en vano meter baza, vio su oportunidad cuando Wil Espía se giró para admirar su nueva imagen en una ventana.
—No deberías estar contándome todo esto sobre tus investigaciones policiales y actividades en los departamentos. ¿No se supone que es información secreta? ¡Y sobre todo para los robots!
—¡Por supuesto que lo es! —fue la respuesta airada de Wil—. El capitán Edgecombe, el jefe de mi departamento, es un experto en toda clase de chantajes. Se supone que debo contarte tantos asuntos confidenciales de la policía para que tengas que unirte a nuestro departamento o ser ejecutado como un posible soplón. —Su risa no fue secundada por Jon, que se quedó estupefacto.
«Sinceramente, Jon, te necesitamos y podrás resultarnos de gran utilidad. Los robots capaces de pensar y actuar con rapidez no son muy fáciles de encontrar. Después de oír todos los trucos que pusiste en práctica en ese almacén, el capitán me juró que me decapitaría para siempre si no conseguía que te hicieras de los nuestros. ¿Necesitas un trabajo? Muchas horas y poca paga, pero te garantizo que no vas a aburrirte nunca. —La voz de Wil adoptó súbitamente un tono serio—. Me has salvado la vida, Jon... Esos traficantes de droga me habrían dejado en ese montón de escombros hasta que el infierno se congelase. Me gustaría tenerte por compañero. Creo que podríamos llevarnos bien. —Su tono de voz volvía a ser jovial—. Y además de eso, hasta es posible que te salve la vida algún día... Detesto tener deudas pendientes.
El técnico androide había terminado. Cerró su caja de herramientas y se marchó. El hombro motorizado de Jon ya estaba reparado; se incorporó. Cuando se estrecharon las manos, lo hicieron con un firme apretón, de la forma que te hace saber que durará mucho tiempo.
Jon pasó la noche en una celda vacía. Resultaba gigantesca al lado de las habitaciones de hotel y de los barracones a las que estaba acostumbrado. Echó de menos la pierna que le faltaba para poder dar un paseo por ella. Tendría que aguardar hasta la mañana. Iban a repararlo antes de comenzar su nuevo trabajo.
Jon tenía grabada la declaración que había prestado, y los increíbles acontecimientos del día que acababan de transcurrir le daban vueltas y más vueltas en la cabeza. En otro momento reflexionaría sobre ellos. Lo que deseaba hacer en aquel preciso instante era dejar que sus sobrecargados circuitos se enfriaran. Si tuviera algo que leer, algo en lo que concentrar su atención... Entonces, con un sobresalto, se acordó del folleto. Todo había ocurrido tan de prisa que el lejano incidente con el conductor del camión se le había ido totalmente de la cabeza.
Lo extrajo con cuidado tras la coraza del generador y abrió la primera página de Esclavos robots en la economía mundial. Una tarjeta se deslizó entre las páginas y leyó el mensaje corto que había en ella.
Por favor, destruya esta nota después de haberla leído.
Si cree que algo de lo que dice este libro es cierto y le gustaría saber algo más, acuda a la habitación 8 del n.” 107 de George Street cualquier martes a las 17.00.
La tarjeta brilló por un instante y desapareció. Pero tuvo la seguridad de que no sería sólo su memoria perfecta lo que le haría recordar aquel mensaje.