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harry harrison

el factor k

-Estamos perdiendo un planeta, Neel. Me temo que no puedo... entenderlo. —La cabeza, arrugada y calva, le tembló ligeramente sobre el fino cuello, y sus ojos estaban húmedos. Abravanel era un hombre muy viejo. Al mirarlo, Neel se dio cuenta por primera vez de lo viejo que era y lo cercano a la muerte que estaba. Le resultaba una idea espeluznante.
—Perdone, señor —interrumpió Neel—, pero... ¿es eso posible? Perder un planeta, quiero decir. Si las lecturas se efectúan correctamente y se calculan las ecuaciones del factor K hasta los diez decimales, entonces tan sólo es cuestión de ajuste, de hacer las correcciones indicadas. Después de todo, sociedades es una ciencia exacta.
—¿Exacta? ¡Exacta! ¡Por supuesto que no lo es! ¿Tan poco te he enseñado que te atreves a decirme eso? —La furia excitaba al viejo, alejándolo un paso o dos de la sombra de la muerte.
Neel se quedó dudando, sintiendo cómo las manos le temblaban ligerísimamente, intentando encontrar las palabras adecuadas. Sociedades era su fe y su maestro, Abravanel, su único profeta. Ese hombre que se hallaba delante de él, conservado esmeradamente gracias a la medicación antienvejecimiento, era un ser único en toda la galaxia. Un anacronismo viviente, un refugiado de los libros de historia. Abravanel, sin la ayuda de nadie, había calculado las ecuaciones y elaborado la ciencia de las sociedades. Luego había transmitido sus fundamentos a siete generaciones de estudiantes. Oír cómo su propio fundador difamaba el artículo de fe de la sociedología produjo en Neel una reacción automática de oposición tan fuerte que las manos comenzaron a temblarle enérgicamente. Frenar esas convulsiones de respuesta casi instintiva le supuso un enorme esfuerzo.
—Las leyes que controlan sociedades, tal como fueron postuladas por... usted, son tan exactas como cualquier otra en la teoría universal del campo unificado.
—No, no lo son. Y si alguno de mis discípulos llega a creer semejante sandez, me jubilo mañana y me dejo morir al día siguiente. Mi ciencia (y realmente no es lógico denominarla ciencia) se basa en la observación, la experimentación, los grupos de control y la corrección de observaciones. Y, aunque hayamos registrado millones de observaciones, estamos manejando billones y billones de unidades, y las interacciones de esas unidades entre sí son múltiplos de esos billones. Por si fuera poco, no debemos olvidar que esas unidades son seres humanos que, cuando actúan individualmente, lo hacen de manera completamente diferente. De manera que, en honor a la verdad, no se puede decir que mis teorías sean exactas. Se corresponden, más o menos, con los hechos y producen resultados prácticos; eso está demostrado empíricamente. Hasta ahora. Pero estoy seguro de que algún día nos encontraremos con una cultura que no se ajuste a mis reglas. Entonces serán las reglas las que tengan que ser revisadas. Es posible que ahora tengamos esa situación en Himmel. Ahí se está cociendo algún problema.
—Siempre han tenido un nivel muy alto de actividad, señor —dijo Neel con un tono esperanzado.
—Alto, sí, pero siempre negativo. Hasta ahora. Actualmente es ligeramente positivo y no parece que podamos hacer nada por modificarlo. Por eso te he llamado. Quiero que hagas un nuevo reconocimiento, sin hacer caso del viejo que todavía está vigente, para volver a examinar los puntos de nuestras gráficas. Puede ser que ahí esté el problema.
Neel reflexionó antes de contestar, eligiendo escrupulosamente sus palabras.
—¿No sería eso poco... ético, señor? Después de todo, Hengly, que ahora es allí el operario, es amigo mío. No quisiera hacer nada a sus espaldas, como comprenderá.
—No, no lo comprendo —gruñó Abravanel—. Esto no es una partida de póquer, ni una competición para ver quién es el primero en publicar un artículo. ¿Acaso has olvidado qué es sociedades?
Neel recitó la respuesta de carrerilla.
—El estudio aplicado de la interacción de los individuos en una cultura, la interacción de los grupos generados por esos individuos, las ecuaciones que se derivan de ellos y la aplicación de esas ecuaciones al control de uno o varios factores de esa misma cultura.
—¿Y cuál es el factor que hemos intentado controlar para hacer posible la existencia de todos los demás factores?
—La guerra —dijo Neel con un hilillo de voz.
—Muy bien, pues. Ya sabemos de lo que estamos hablando. Ahora vas a aterrizar sigilosamente en Himmel, harás un reconocimiento lo más de prisa posible y me transmitirás la información aquí. No tienes por qué pensar que estás actuando a hurtadillas, a espaldas de Hengly, sino que lo estás ayudando a subsanar un error. ¿Entendido?
—Sí, señor —dijo esta vez con firmeza, enderezó la espalda y posó la mano derecha con ademán tranquilizador en el ordenador que estaba enganchado a su cinturón.
—Excelente. Entonces ha llegado el momento de que conozcas a tu ayudante. —Abravanel presionó un botón en su mesa de despacho.
Neel no se esperaba eso y aguardó con interés a que la puerta se abriera. Pero entonces se volvió de golpe con los ojos apretados y la cara blanca de rabia. Abravanel los presentó.
—Neel Sidorak, éste es...
—Costa. Lo conozco. Fuimos compañeros de clase durante seis meses. —En la voz de Neel no se detectaba ni el menor rastro de amistad. Abravanel lo obvió o no se percató de ello. Continuó con lo suyo como si los dos fríos y distantes jóvenes fueran los mejores amigos del mundo.
—Compañeros de clase. Muy bien... entonces sobran las presentaciones. Aunque sería mejor aclarar las competencias específicas de cada uno. Éste es tu proyecto, Neel, y Adao Costa será tu ayudante, cumplirá tus órdenes y hará lo que sea necesario para ayudarte. Ya sabes que no posee el título de sociedólogo, pero ha realizado numerosos trabajos de campo para nosotros y te puede resultar de gran ayuda. Y, por supuesto, actuará como observador para las Naciones Unidas, preparando sus propios informes al respecto.
La encendida furia de Neel era ya más que visible.
—De modo que ahora es observador de las Naciones Unidas. Me pregunto si mantiene también su antiguo trabajo. Considero justo que usted lo sepa, señor. Trabaja para la Interpol.
Los ojos cansados y viejos de Abravanel miraron a uno y otro, luego suspiró.
—Espera fuera un momento, Costa —dijo—. Neel estará contigo en seguida.
Costa salió sin decir palabra y Abravanel hizo un gesto invitando a Neel a sentarse de nuevo en su silla.
—Escúchame ahora —dijo— y deja de hacer musiquitas con ese aparato infernal. —Neel apartó la mano rápidamente del ordenador de su cinturón, como si se hubiera quemado repentinamente. Un dedo inseguro se acercó a borrar las cifras que acababa de introducir, pero se lo pensó mejor. Abravanel aspiró el humo de su viejísima pipa y miró al joven con los ojos entrecerrados.
«Escucha —dijo—. Tu vida aquí en la universidad ha sido muy fácil y, probablemente, ha sido culpa mía. No, no me mires tan furiosamente, no me refiero a las chicas. En lo que toca a ese tema, los estudiantes no han cambiado en siglos. Me refiero a los grupos de gente, a los individuos, a la política y a todas las complicaciones y juegos sucios de que se compone la vida humana. Ésa ha sido el área de especialización de tus estudios, y nuestro programa ha sido minuciosamente concebido para que puedas beneficiarte del conocimiento de otros. Lo importante es desarrollar una perspectiva abstracta, ya que cualquier prejuicio hacia los resultados puede ser desastroso. Y se ha demostrado muchas veces que si a un hombre le interesan ciertas cosas, terminará cometiendo muchos errores involuntarios para que la observación o la experimentación favorezcan ese interés. No, aquí no podemos permitirnos nada de eso.
»Aquí nos dedicamos al verdadero estudio de la humanidad y debemos hacerlo dejando a un lado todo lo personal con el fin de salvaguardar nuestra perspectiva. Cuando entiendas eso, comprenderás muchos detalles de la vida de esta universidad. Entenderás por qué sólo otorgamos becas de residencia a los más jóvenes y los motivos de nuestro emplazamiento tan alejado de todo, aquí en los Alpes dolomíticos. También entenderás la razón por la cual en la librería de nuestro campus se venden todos los libros publicados, pero nunca hay un abastecimiento suficiente de periódicos. La estrategia que hemos acordado es que todos los estudiantes tenéis que madurar con el desarrollo de una amplia perspectiva. De esta manera, confiamos en que al salir de aquí seáis inmunes a los intereses políticos a corto plazo.
»Esta política ha dado muy buenos resultados, ha formado hombres con la actitud correcta hacia su trabajo. Pero también ha creado una cierta cantidad de espantosos egocéntricos.
Neel se ruborizó.
—¿Quiere decir que yo...?
—No, no me refiero a ti. Si lo hiciera, te lo diría claramente. Tu peor defecto, si se le puede llamar defecto, ya que es precisamente lo que hemos intentado impulsar, es que tienes una actitud muy provinciana hacia el universo. Ahora es el momento de reconsiderar esas ideas. Para empezar, ¿cuál crees que es la actitud de las Naciones Unidas con respecto a sociedades?
La respuesta no era fácil, Neel podía intuir las trampas en las que se vería metido fuera lo que fuera que respondiese. Titubeó.
—En realidad, nunca me había detenido a pensarlo. Supongo que las Naciones Unidas nos apoyarán, ya que les facilitamos tanto su tarea de gobernar el mundo.
—En absoluto —dijo Abravanel, endulzando con una sonrisa la severidad de sus palabras—. Si quieres que te lo diga bien claro, nos odian a muerte. Quisieran que yo nunca hubiera formulado la sociedología, aunque, al mismo tiempo, se alegran mucho de que lo hiciera. Son igual que el hombre que agarra al tigre por la cola. El hombre disfruta viendo al tigre devorar a sus enemigos, pero, a medida que devora a cada uno de ellos, su preocupación lo consume más y más. ¿Qué ocurrirá cuando el último de ellos haya desaparecido?, ¿se dará la vuelta el tigre para devorarlo a él?
»Pues bien, nosotros somos el tigre de las Naciones Unidas. La sociedología surgió precisamente en el momento oportuno, cuando más falta hacía. La Tierra había establecido asentamientos en varios planetas bajo su gobierno. Primero, como avanzadillas, después como colonias. Las más desarrolladas muy pronto sobrepasaron la etapa colonial y empezaron a hacer sentir su fuerza y su deseo de independencia. Las Naciones Unidas no tenían ningún interés especial en mantener un imperio, pero al mismo tiempo necesitaban defender la seguridad de la Tierra. Supongo que estarían considerando todo tipo de planes, incluido el control militar directo, cuando vinieron a pedirme ayuda.
»Aun en su rudimentaria forma inicial, la sociedología les proporcionó un respiro, un tiempo precioso para recuperar fuerzas. Se encargaron de que mis investigaciones contaran con los fondos suficientes y me ayudaron, extraoficialmente por supuesto, a organizar los primeros experimentos de control en diferentes planetas. Obtuvimos resultados, algunos buenos y otros no tan malos para que la policía local no pudiera recuperar más tarde el control de la situación. Por supuesto, yo estaba contentísimo de tener la oportunidad de perfeccionar mis teorías en la práctica. Al cabo de cien años, yo ya había limado todas las imperfecciones y el proyecto estaba en marcha. Las Naciones Unidas nunca han conseguido desarrollar un plan alternativo que funcione, de manera que se han tenido que resignar a la incómoda situación de sujetar al tigre por el rabo. Se preocupan y gastan cantidades astronómicas de dinero vigilando nuestro trabajo.
—Pero ¿por qué? —interrumpió Neel.
—¿Por qué? —Abravanel sonrió brevemente—. Gracias por creerme tan buena persona. Supongo que te resultará inconcebible que yo quiera ser emperador del universo. Lo podría ser, ¿sabes? Las mismas fuerzas que contienen la presión del planeta podrían fácilmente hacerlo explotar.
Neel se quedó estupefacto ante la terrible enormidad de esa idea. Con esfuerzo, Abravanel se puso en pie tras la mesa de su despacho y se arrastró hacia él, posando un brazo, delgado y ligero como una pluma, sobre los hombros del joven.
—Así es la realidad, muchacho. Y ya que no podemos escapar de ella, tenemos que aceptarla. Costa es simplemente un hombre que hace su trabajo. Así que intenta soportarlo. Si no por ti mismo, al menos hazlo por mí.
—Por supuesto —asintió Neel rápidamente—. Tardaré un poco en acostumbrarme a todo eso pero creo que lo conseguiré. Haremos nuestro trabajo en Himmel lo mejor que podamos. No se preocupe por mí, señor.
Costa estaba esperando en la habitación de al lado, aspirando silenciosamente un largo cigarrillo. Salieron juntos, cruzando la sala en silencio. Neel miró de reojo al delgado y moreno brasileño, preguntándose qué podía decir para relajar la situación. Todavía tenía reservas sobre Costa, pero ahora se las tenía que guardar para sí. Abravanel había ordenado que reinara la paz entre ellos y su palabra era ley.
Costa fue el que habló primero.
—¿Podrías darme alguna información sobre Himmel? ¿Qué encontraremos allí y cuál se supone que es exactamente nuestro trabajo?
—Primero tenemos que hacer el reconocimiento básico, por supuesto —le dijo Neel—. Es posible que eso sea suficiente para enderezar las cosas. Desde que se completaron las ecuaciones de grado final del Postulado de Debir el año pasado, todos los puntos gráficos del sigma-110 y alfa-142 pueden no ser correctos...
—Alto ahí, un momento, rebobina y vuelve a empezar —lo interrumpió Costa—. Hace siete años hice un curso de seis meses de sociedología, para tener una idea general del tema. Desde entonces he trabajado con equipos de reconocimiento, pero sólo tengo una idea muy vaga de cómo se aplica la información obtenida. ¿Podrías hacerme un repaso básico... pero un poco más despacio?
Neel consiguió controlar su rabia y volvió a comenzar, en tono profesoral.
—Bueno, estoy seguro de que ya sabes que hacer un buen reconocimiento es tener resuelta ya la mitad del problema. Debe ser imparcial y exacto. Si se hace con exactitud, la aplicación de las ecuaciones de factor K es prácticamente una cosa automática.
—Me he vuelto a perder. Todo el mundo está siempre hablando del factor K, pero nadie ha explicado exactamente lo que es.
A Neel le empezaba a gustar el tema de conversación.
—Se trata de un término que se ha tomado prestado de la nucleónica y la mejor manera de entenderlo es precisamente desde esa disciplina. Mira, ya sabes cómo funciona una pila atómica..., básicamente es como una bomba atómica. La diferencia es solamente una cuestión de grado y de control. En ambas hallamos neutrones que van a toda velocidad de un lado a otro; algunos de ellos colisionan contra núcleos y desencadenan el movimiento de nuevos neutrones. A su vez, éstos chocan con otros y los ponen en marcha. Ese proceso continúa cada vez a mayor velocidad hasta que ¡pum!, unos pocos milisegundos más tarde tenemos una bomba atómica. Eso es lo que pasa si no intentas controlar la reacción.
»Sin embargo, si cuentas con algo como óxido de deuterio o grafito, que pueda disminuir la velocidad de los neutrones, y un elemento absorbente como el cadmio, se puede alterar la velocidad de reacción. Si hay demasiado material de absorción, se succionarán demasiados neutrones y la reacción se detendrá. Si, por el contrario, no hay suficiente, la reacción se acelerará hasta el punto de desencadenar una explosión. Ninguno de estos dos extremos es deseable en una pila atómica. Lo que se necesita es un equilibrio ideal donde los neutrones se absorben en la misma medida que se generan. Así se produce una temperatura constante dentro del reactor. En ese caso, la constante neta de reproducción de neutrones equivale a uno. El equilibrio entre la generación y la absorción de neutrones es el factor K del reactor. Idealmente, 10.000.000.
»Eso es lo ideal, aunque es imposible de conseguir en un sistema dinámico, como por ejemplo en un reactor. Lo único que hace falta son unos pocos neutrones de más, que den un factor K de 10.000.001, y vas derechito a meterte en un buen lío. Cada neutrón adicional produce dos más, y la tasa de producción aumenta geométricamente hasta que se produce una explosión. Por otra parte, un factor K de 0,999999999 es igual de desastroso. La reacción va disminuyendo en espiral pero en sentido contrario. Para controlar una pila hay que vigilar el factor K y estar ajustándolo constantemente.
—Hasta aquí llego —dijo Costa—, pero ¿qué tiene que ver con la sociedología?
—Ya llegaremos a eso tan pronto te des cuenta de que una pequeñísima variación de grado puede producir una diferencia trascendental de naturaleza. Podríamos decir que la diferencia entre una bomba atómica y una pila de isótopos de uranio que se enfría lentamente consiste en un único neutrón increíblemente minúsculo. ¿Se entiende lo que digo?
Costa asintió.
—Bien. Pues ahora intenta establecer una analogía entre una sociedad humana y una pila atómica. En un extremo tienes una cultura moribunda, decadente (los restos de una sociedad altamente mecanizada), que vive de sus reservas y está agotando los recursos que no puede renovar porque ciertas tecnologías se han perdido. Cuando la última máquina sufra una avería y el último sintetizador de alimentos deje de funcionar, la gente morirá. Ésta es la pila atómica agotada. En el otro extremo se halla la total y violenta anarquía. Cada hombre piensa sólo en sí mismo, mata y destroza todo lo que se le ponga por delante... esto es la explosión nuclear. A medio camino entre los dos está la sociedad activa, vital y productiva.
»Esto es una generalización... y así es como debes verlo. En realidad, la sociedad es infinitamente compleja, y las ramificaciones y posibilidades son innumerables. La sociedad es capaz de hacer muchas más cosas, además de quedarse parada o explotar. La presión demográfica, las formas de guerra y persecución pueden causar olas de inmigración. Especies animales y vegetales pueden extinguirse a causa de las necesidades o modas coyunturales. Acuérdate de cómo acabaron la paloma silvestre y el bisonte norteamericano.
»Todas las presiones, relaciones, hambres, necesidades, odios y deseos de la gente se reflejan en sus interrelaciones. Un hombre por sí solo no nos dice nada. Pero, en cuanto habla, nos transmite información de forma alterada o, simplemente, expresa una actitud, se convierte en un punto de referencia. Se le puede marcar, medir y representar en un gráfico. Se pueden agrupar sus acciones con las de otros hombres y se pueden medir las acciones del conjunto. El hombre y su sociedad se convierten así en un problema de sistemas, que puede introducirse en un ordenador. Hemos cortado el nudo gordiano de las tres L y vamos derechos a la solución.
—¡Alto ahí! —dijo Costa, levantando la mano—. Te seguí hasta que llegaste a eso de las tres L. ¿Qué tres L son ésas?, ¿un código privado?
—No, no es ningún código. Se trata de una abreviatura. Lenguaje Lógico Lineal, el gran escollo con el que tropezaban todos los viejos investigadores. Todos ellos, historiadores, sociólogos, analistas políticos, antropólogos ya estaban hundidos antes de empezar. Tenían que saberlo todo acerca de A y B para poder llegar a C. Para ellos, los hechos tenían que estar siempre alineados en forma de serie. Mientras que, en realidad, deberían haberlos analizado como parte de un circuito complejo formado por elementos tales como realimentación negativa y positiva, y frecuencias de transición. Y todo el conjunto en permanente movimiento, gracias a una corrección homeostática continua. No es de extrañar que les salieran tan mal las cosas.
—Eso no es del todo cierto —protestó Adao Costa—. Admito que la sociedología ha conquistado cimas muy altas. Pero muchos de los principios básicos ya habían sido descubiertos.
—Si estás postulando una progresión lineal a partir de las viejas ciencias sociales... ya puedes ir olvidándote de eso —repuso Neel—. Guardan la misma relación que la alquimia y la física. Aquellos viejos con sus entrañas de rana y sus espantosas vísceras sabían algo sobre destilación y fundición de metales. Pero en realidad sus conocimientos no estaban regidos por ningún orden, sólo eran el subproducto involuntario de una meta única, la tontería aquella de la transmutación.
Pasaron por una sala y Adao hizo un gesto invitando a Neel a seguirlo, luego se dejó caer en una silla. Rebuscó en los bolsillos intentando encontrar un cigarrillo mientras organizaba sus pensamientos.
—Todavía te sigo —dijo—. ¿Pero qué relación tiene todo esto con el factor K?
—Resulta muy sencillo —le contestó Neel—, una vez que te has deshecho de las tres L y de sus erróneas conclusiones. Recuerda que, en aquellos viejos tiempos, la política lo era todo. Nosotros éramos los ángeles y ellos los demonios. Creían en eso literalmente. En la historia de la humanidad no ha habido ni una sola guerra donde el clero oficial no haya respaldado a sus respectivos bandos. Y cada uno de ellos declaraba que Dios estaba de su parte. Lo cual deja a ya-sabes-quién como principal apoyo del enemigo. Esta teoría no es más valida que aquella otra que dice que un hombre solo puede conducir a un país a la guerra, de lo cual se deduce que un asesinato en el momento preciso puede salvar la paz.
—Eso no suena tan descabellado —dijo Costa.
—Por supuesto que no. Todas las viejas ideas suenan bien. Poseen una simplicidad mental que puede entender cualquiera. Pero eso no las convierte en verdaderas. Nada cambia por matar a un dictador belicoso. La sociedad orientada hacia la violencia, los factores que la hicieron posible, el partido militar que la representa…ninguna de esas cosas cambia. El factor K sigue siendo el mismo.
—De nuevo la dichosa palabra. ¿Me vas a dar una definición de una vez?
Neel sonrió.
—Por supuesto. El factor K es uno de los muchos factores que se interrelacionan en una sociedad. En abstracto, no es más importante que los otros miles de factores con los que trabajamos. Pero en la práctica es el único que intentamos alterar.
—El factor K es el factor guerra —afirmó Adao Costa. Todo su buen humor se había evaporado.
—Es una forma de verlo bastante ajustada —dijo Neel, aplastando su cigarrillo a medio fumar—. Si una sociedad cuenta con una factor K positivo por ligero que éste sea, tendrá guerra. Nuestros operarios planetarios tienen dos objetivos: primero, recoger e interpretar datos; segundo, mantener el factor K negativo.
Los dos se habían puesto en pie, movidos por la misma emoción.
—Y Himmel tiene un factor positivo que se mantiene positivo —dijo Costa. Neel Sidorak asintió mostrando que estaba de acuerdo—. De modo que entremos en la nave y pongámonos en marcha.
El viaje fue rápido y el aterrizaje aún más. El crucero de las Naciones Unidas paró motores y bajó en picado como una roca en caída libre. La lluvia nocturna caía sobre las compuertas y el ordenador redujo la velocidad a cero con altitud cero en el espacio de tiempo más corto posible. La deceleración les oprimió el pecho y les aplastó los huesos como si fueran de goma. Algo crujió pesadamente bajo la popa, justo en el instante en que la nave se detuvo. Costa se quitó el cinturón y salió por la puerta, mientras Neel todavía sentía las entrañas regresando estremecidas a su sitio.
La descarga se llevó a cabo a un ritmo organizado que no sentaba nada bien a Neel. Al fin se dio cuenta de que la mejor manera de ayudar era quitarse de en medio mientras la tripulación levantaba las pesadas cajas por las compuertas de carga y descarga y las depositaba en la oscuridad de los bosques azotados por la lluvia. Adao Costa supervisó la operación y lo cierto es que parecía saber lo que se traía entre manos. Un miembro de la tripulación provisto de auriculares se colocó a un lado de la esclusa y se puso a cantar números que parecían ser ajustes de registros. Por lo que parecía, había tiempo suficiente para descargar todo, pero no de sobra. Finalmente fue muy justo.
Con todo el bullicio final, Neel se vio precipitado hacia la lluvia y las dos últimas cajas se desplomaron literalmente justo detrás de él. Se arrastró por el lodo hacia el borde del claro y tuvo el tiempo justo de cubrirse la cara antes de que la llamarada de despegue estallara como un sol naciente.
—Siéntate y relájate —le dijo Costa—. De momento todo va a pedir de boca. Lo único que tenemos que hacer es esperar a que llegue el transporte.
Al menos en teoría, Adao Costa era el ayudante de Neel. En la práctica, asumió plena responsabilidad del transporte del equipo hasta la capital, Kitezh. Hombres y camiones aparecieron para ayudarlos y desaparecieron nada más acabar el trabajo. En veinte horas se habían instalado en un gran almacén y habían desembalado y enchufado toda la maquinaria. Neel se tomó una píldora contra el sueño y empezó a verificar los circuitos, contento de tener algo que hacer. Costa cerró la pesada puerta tras el último y silencioso descargador y se echó, agradecido, sobre una de las camas enrollables.
—¿En qué estado han llegado los aparatos? —preguntó.
—Estoy intentando averiguarlo en este mismo momento. Están hechos para resistir los golpes..., pero las instrucciones no dicen nada de hundirlos en dos metros de barro y cocerlos a fuego de cohete.
—Hoy en día los embalajes son muy buenos —dijo Costa sin asomo de preocupación, sorbiendo de una botella de la famosa cerveza himmeliana—. ¿Cuándo estarás listo?
—Ya lo estoy —le contestó Neel mientras sacaba una carpeta llena de papeles del archivador—. Antes de salir hice una lista de los periódicos y revistas actuales que necesitaría. Puedes empezar con ésos. Cuando hayas acabado ya tendré preparado un programa de muestreo.
Costa gruñó con voz hueca y alargó la mano hacia los papeles.
Después de ponerse en marcha el reconocimiento, éste continuó por sí solo. Los dos jóvenes comieron y durmieron todo lo que pudieron. Los ordenadores engulleron las cifras de Neel y escupieron gigabytes de respuestas, que, a su vez, exigían más datos. Costa y sus ayudantes invisibles se mantuvieron ocupados proporcionando material.
Tan sólo una cosa quebró los escrupulosos trabajos de la semana. Neel parpadeó dos veces mirando a Costa mientras su cerebro, sumido en una niebla de ecuaciones, asimilaba un factor inmediato y personal.
—¡Tienes una venda en la cabeza! —dijo—. ¡Una venda ensangrentada!
—Había un poco de jaleo en la calle. Tumultos. A propósito, esa observación es una increíble hazaña por tu parte —se maravilló Costa—. Tenía la sensación de que si entraba aquí desnudo, no te habrías dado ni cuenta.
—Yo... estaba muy metido en esto —dijo Neel. Dejó caer los papeles sobre una mesa y se frotó el pliegue de cansancio que se le había formado entre los ojos—. Estoy concentrado en los cálculos. Perdona. A veces me olvido de la gente.
—No lo sientas por mí —le contestó Costa—. Tienes razón. Estabas haciendo tu trabajo. Se supone que estoy aquí para ayudarte, no para hacer turismo. Bueno... ¿cómo va eso? ¿Va a haber guerra? La verdad es que parece que ahí fuera se esté cociendo una. He visto cómo linchaban a dos personas que sólo eran sospechosas de ser terrícolas.
—Las apariencias no cuentan —dijo Neel, abriendo dos cervezas—. Acuérdate de la analogía de la pila. Hace hervir el metal líquido y produce energía desde el infrarrojo hasta la radiación dura. Y, sin embargo, continúa generando energía a buen ritmo, tranquilamente. Pero una bomba atómica, un segundo antes de cero, aparenta ser tan inofensiva como un tronco. Lo que cuenta es el factor K, no las apariencias superficiales. Este planeta puede parecerse al sueño de gloria de un dictador, pero mientras las indicaciones sean negativas no habrá ningún problema.
—¿Y cómo va todo ahora? ¿Cómo está nuestro pequeño factor K?
—En seguida lo veremos —dijo Neel, apuntando al ordenador, que trabajaba sin descanso—. Todavía no te puedo decir nada. Nunca se sabe hasta haber concluido todos los cálculos. Sería tentador intentar averiguarlo a partir de los primeros datos, pero, en realidad, no significan nada. Es como intentar predecir quién va a ganar una carrera de caballos observando la línea de salida.
—Mucha gente cree poder hacerlo.
—Déjalos que lo crean. Ya hay pocos placeres en este mundo como para desembarazarse de todas las falsas ilusiones.
Detrás de ellos, el ordenador emitió un ruido sordo y se paró en seco.
—Aquí está —dijo Neel y tiró de la cinta. La pasó rápidamente por los dedos, hablando entre dientes. Solamente una vez se detuvo para marcar unos números en su ordenador de mano. La pantalla mostró el resultado y él se quedó mirándolo, inmóvil.
—¿Es bueno?, ¿malo? ¿Qué pasa?
—Positivo. Malo. Mucho peor que cuando salimos de la Tierra.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
Neel levantó la cabeza y su expresión parecía haber envejecido diez años.
—No lo sé a ciencia cierta. —Neel se encogió de hombros—. Puedo programarlo para obtener una idea aproximada. Pero no hay un punto determinado en la escala en el que la guerra tenga que estallar. Simplemente irá cada vez a más, hasta que llegue un momento en que...
—Ya lo sé. Se acabó —dijo Costa, cogiendo su pistola. La deslizó en el bolsillo—. Ha llegado el momento de dejar de mirar y empezar a actuar. ¿Qué hago ahora?
—¿Qué vas a hacer, matar al mariscal de guerra Lommeord? —preguntó Neel de manera despectiva—. Pensaba que estábamos de acuerdo en que el asesinato del principal dirigente no puede impedir una guerra.
—También habíamos decidido que sí que puede hacerse algo para modificar el factor K. La pistola es para mi propia protección. Mientras tú envías los resultados por radio a la Tierra y allí se inquietan por ellos, yo voy a hacer algo. Ahora, dime tú qué es lo que tengo que hacer.
Ése no era el mismo Adao Costa relajado y silenciosamente eficiente de la última semana. Tenía todos los músculos en tensión, con la energía contenida de un animal que se retrae preparándose para atacar. De repente, la pistola, lista en su bolsillo, tenía un nuevo significado. Neel apartó la vista, intentando encontrar la palabra adecuada. Todo eso le resultaba extraño y lo asustaba un poco. Una cosa era solucionar un problema de K en clase y hablar sobre la teoría de corrección, pero otra muy distinta era dirigir la operación.
—¿Y bien? —La voz de Costa cortó sus pensamientos.
—Podrías... bueno... es posible modificar una de las máximas demográficas. Aislar individuos y grupos y, entonces, efectuar cambios de condición y ubicación...
—¿Me estás diciendo que coja a un montón de tipos y los obligue a aceptar empleos en otras ciudades por medio de agencias comerciales?
Neel asintió.
—Demasiado lento. —Costa echó por tierra la idea con el tono de voz—. Está bien a largo plazo pero es inútil en una situación de emergencia. —Empezó a caminar de un lado a otro con excesiva rapidez. Era más un estado desbordante que un método de relajación—. ¿No podrías aislar algún suceso reciente y esencial que sea reversible?
—Es posible. —Neel pensó en ello rápidamente—. No sería una solución final, sino solamente una táctica dilatoria.
—Con eso bastará. Dime qué tengo que hacer.
Neel hojeó uno de sus cuadernos de notas, comprobando el nivel de los beta-13. Éstos eran los elementos de reforzamiento, los individuos y grupos que amplificaban el factor K. Era una larga lista, que redujo rápidamente tachando las adiciones de bajo incremento y los grupos múltiples. Antes incluso de tener terminada la nueva lista, Neel empezó a advertir una pauta. Era un tanto extraño... pero, definitivamente, ahí estaba. Aisló el motivador y verificó la frecuencia. Entonces se recostó en el respaldo de la silla y silbó suavemente.
—Aquí tenemos un elemento potentísimo —explicó pasando las hojas sobre la mesa—. Suprimamos esta organización de la ecuación y podríamos volver hasta el nivel negativo.
—Sociedad de Protección de los Nativos —leyó Costa—. No suena muy importante. ¿Qué es, o quiénes son?
—Son la excepción que confirma la regla. Es posible que te salga una escalera de color en un juego de cartas, pero no es muy común. Es posible que un puñado de inútiles monte una organización con un propósito determinado y que resulte ser un amplificador sobrecargado de factor K de alta potencia. Eso es lo que ha ocurrido con esa infernal SPN. Un club social cutre de patrioteros exaltados con bajo cociente intelectual. Gracias al miedo a la guerra han ganado unos cuantos puntos a su favor. Seguramente, durante años han estado contando las mismas historias acerca de la discriminación contra los nativos de este hermoso planeta, pero nadie les hizo mucho caso. Ahora tienen la oportunidad de diseminar cantidad de comunicados de prensa y fotos manipuladas. Justo en el momento en que el público está lo bastante dispuesto para escuchar esa clase de sandeces. Eliminar a ese grupo constituirá un provechoso día de trabajo.
—¿Y no habrá repercusiones? —preguntó Costa—. Si son tan importantes y se hacen notar tanto... ¿no parecerá sospechoso que se les haga callar de repente?, ¿como si fuera una maniobra obvia del enemigo?
—No, en absoluto. Eso podría pasar si, por ejemplo, hicieras volar la sede central del Partido de la Guerra. Desde luego eso se percibiría como una acción agresiva. Pero nadie conoce y a nadie le importa lo que pase con esa Sociedad de los Nativos medio tarados. Quizá hubiera una reacción o algún interés si la atención se dirigiera hacia ellos. Pero si un accidente o un acto de la naturaleza los eliminara, ahí se acabaría todo.
Costa encendía y apagaba su mechero mientras escuchaba a Neel, mirando fijamente la llama. Lo cerró, alzándolo.
—Creo en los accidentes. Creo que, incluso en nuestra era a prueba de incendios, los incendios todavía pueden ocurrir. Los edificios todavía se pueden quemar. Y si, por casualidad, se quemara un edificio ocupado por la SPN, entre otros inquilinos, y sus oficinas y papeles quedaran destruidos, a nadie le incumbiría el tema más que al cuerpo de bomberos.
—Eres un criminal nato —le dijo Neel—. Me alegro de que estemos del mismo lado. Ésa es tu área; toda tuya. Yo me quedaré aquí, escuchando los boletines informativos. Mientras tanto, tengo otra pequeña gestión que llevar a cabo.
Esas palabras frenaron a Costa, que estaba saliendo por la puerta. Se volvió con fría formalidad a mirar a Neel, que estaba metiendo unos papeles en un sobre. Sin embargo, Costa habló con naturalidad, sin dejar que su voz delatara ningún sentimiento.
—¿Adónde vas?
—A ver a Hengly, el que está de operario. Abravanel me dijo que me mantuviera alejado de él, que llevara a cabo un reconocimiento básico completamente nuevo. Bien, ya lo hemos hecho, y también hemos identificado algunas de las áreas conflictivas. Así podré dejar de sentirme culpable por robarle el terreno a otro e informarle de lo que está ocurriendo.
—No. Mantente lejos de él —le advirtió Costa—. Lo peor que podría ocurrir es que nos vieran con Hengly. Cabe la posibilidad de que él... bueno... esté comprometido.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Neel secamente—. Es amigo mío, un licenciado...
—Y también puede ser que tenga a la policía secreta encima de él. ¿Te has parado a pensar en eso?
Neel no había pensado en ello y su furia se disipó al hacerlo. Costa se lo puso todavía más claro.
—Durante más de dos siglos, la sociedología ha sido un secreto bien guardado. Puede que todavía sea un secreto... o que algunas cosas de ella hayan trascendido. E incluso si los himmelianos no saben nada de la sociedología, seguro que han oído hablar del espionaje. Saben que las Naciones Unidas tienen agentes en su planeta y quizá piensen que Hengly es uno de ellos. Por supuesto todo esto son especulaciones, pero hay una cosa de la que sí podemos estar seguros, de esa sociedad de los nativos idiotas que hemos descubierto. Nosotros no hemos tenido ningún problema en encontrarlos. Si Hengly tenía hombres de confianza sobre el terreno, también debería haber oído hablar de ellos. La única razón por la que no sabe nada es que no ha recibido la información. Y eso significa que está comprometido.
Neel buscó a tientas una silla detrás de él y se dejó caer pesadamente en ella.
—Tienes razón... ¡Por supuesto! No me había dado cuenta.
—Bien —dijo Costa—. Mañana haremos algo para ayudar a Hengly, pero lo primero es esta operación. Quédate aquí bien quieto. Descansa un poco. Y no abras la puerta a nadie excepto a mí.
Había sido un trabajo largo y pesado pero ya casi estaba acabado. Neel se permitió a sí mismo el lujo de un largo bostezo y caminó arrastrando los pies hasta la caja de raciones que habían traído. Le arrancó el sello a un paquete al que, con optimismo, habían puesto la etiqueta «cena de pollo» (sabía exactamente a las algas con las que estaba hecho) y mientras lo calentaba se preparó café.
Durante todo el tiempo que estuvo realizando esas tareas prosaicas, fue dándole vueltas y más vueltas en la cabeza a un dato que no podía acabar de digerir. No era un proceso consciente y, sin embargo, estaba ocurriendo. Los mecanismos automáticos de su cerebro lo zarandeaban de un lado a otro, como una tonadilla que apenas se dejaba oír. Neel estaba cansado, de lo contrario habría reaccionado antes. La idea finalmente cobró cuerpo. Un hecho que había dado por sentado era, obviamente, imposible.
El café se derramó sobre el suelo mientras Neel se ponía en pie de un salto.
—Tiene... ¡Tiene que ser incorrecto! —dijo en voz alta, agarrando los papeles. Cálculos y gráficos cayeron por todas partes y acabaron pisoteados en el suelo, empapados de café. Cuando por fin encontró el que buscaba, las manos le temblaban al hojear el documento. El resumen de los informes de Hengly durante los últimos cinco años. La subida y bajada gradual del factor K de mes en mes. No había ninguna ruptura repentina en las curvas ni ningún fallo en las ecuaciones que las respaldaban.
La sociedología no era una ciencia exacta. Pero era lo suficientemente exacta para advertir con ella si la información que manejaba era falsa o incompleta. Si a Hengly no se le hubiera dicho nada acerca de la SPN, también tendría que haber recibido información incorrecta sobre los otros factores. Las ecuaciones habrían mostrado una alteración del reconocimiento de esa envergadura.
Pero no lo mostraban.
El tiempo iba pasando rápidamente y Neel tenía que hacer algo. Pero ¿qué? Debía avisar a Adao Costa. Y tenían que proteger la información que habían recogido. O quizá debían destruirla. Esas máquinas y gráficos poseían un poder que no había que dejar caer en manos de los nacionalistas. Pero ¿qué podían hacer?
Entre todo el equipo y contenedores que habían traído, había una caja sólida y pesada que nunca había abierto. Pertenecía a Costa, y el agente de las Naciones Unidas nunca la había abierto ante él. Neel observó los poderosos candados y se sintió frustrado. Pero cuando tiró de la tapa, preguntándose qué hacer, se abrió. No estaba cerrada. Costa no era uno de esos hombres que hacen las cosas descuidadamente. Había esperado el momento en que Neel necesitaría del contenido de esa caja y lo había dejado todo preparado.
Dentro había precisamente lo que Neel esperaba. Granadas, rifles y unos aparatos de metal pulido que parecían poseer un aura de violencia. Mirándolos, Neel sintió una abrumadora sensación de derrota. Había dedicado su vida a la paz, al fomento de la paz. Odiaba la violencia, que parecía ser innata en el ser humano, y detestaba todas sus racionalizaciones hipócritas, como eso de que el fin justifica los medios. Y todo su entrenamiento y su inclinación personal estaban en contra de ella.
Metió la mano y sacó un arma negra y contundente.
Reconoció otra cosa en ese compacto arsenal... una bomba de relojería. En la facultad había asistido a clases sobre ese artefacto, ya que se reconocía claramente que, en algún momento, podría hacer falta destruir cierto material para evitar que cayera en manos equivocadas. Desde entonces nunca había vuelto a ver ninguna, pero había aprendido bien la lección. Neel acercó el baúl abierto a sus instrumentos y ajustó el reloj de la bomba para que estallase quince minutos más tarde. Metió el arma en su bolsillo, arrancó la espoleta y cerró bien la puerta al marcharse.
Había comenzado un viaje sin retorno. Ahora tenía que encontrar a Adao Costa.
Neel no poseía ni la experiencia ni el conocimiento para una operación como ésa. Era incapaz de pensar en un plan que pudiera hacer las cosas más fáciles o más seguras. Lo único que podía hacer era dirigirse hacia las oficinas de la Sociedad de Protección de Nativos y confiar en encontrar a Adao antes de que se metiera en un lío.
Dos manzanas antes de llegar oyó las sirenas. Intentando actuar de manera natural, como los otros peatones, se volvió para mirar justo cuando los furgones blindados y los camiones pasaban a toda velocidad por su lado. Llenos hasta rebosar de policía armada, las sirenas y las luces giratorias señalaban un camino entre las calles oscuras. Neel continuó andando, siguiendo a los vehículos.
La calle por la que quería ir estaba acordonada.
Si mostraba más interés de lo normal, él mismo se delataría. Se dejó apartar con los otros peatones y no logró echar más que un vistazo al edificio. Hombres y vehículos se apelotonaban alrededor de un portal, que, Neel estaba seguro, era el número 256, su destino. Algo no marchaba bien.
¿Acaso Costa había caído en una trampa o había disparado la alarma? Ya no importaba; el pastel se había descubierto. Neel siguió caminando lentamente, sintiéndose dolorosamente inútil para bregar en esa situación. Era el momento de la acción... pero ¿qué acción? No tenía ni la menor idea de dónde estaba Costa ni de cómo podía ayudarlo.
A media manzana divisó la oscura boca de un callejón que nadie vigilaba. Sin pensarlo un instante, Neel se metió en él. Lo llevaría más cerca del edificio. Quizá Costa estuviese aún atrapado dentro. Podría entrar, ayudarlo.
Todo estaba silencioso en la parte trasera del número 256, sin rastro de la actividad que se desarrollaba al otro lado del edificio. Neel había contado cuidadosamente y estaba seguro de que ése era el edificio que buscaba. El callejón, que no tenía iluminación, estaba totalmente oscuro, pero encontró a tientas una puerta empotrada. Seguramente estaría cerrada con llave, pero se metió en el hueco y la empujó con todo su peso, tirando del picaporte, por si acaso. No se movió nada.
Unos centímetros por detrás de su espalda, el callejón se inundó de una luz cegadora y potente. Todo quedó a la vista. Cerró los ojos con fuerza, pero se obligó a mantenerlos abiertos, parpadeando por la molestia. Había reflectores situados en los extremos del callejón, cerrándolo. Ya no podía escapar.
Un instante antes de que el miedo lo golpeara, vio las manchas de sangre en el suelo. Había tres, grandes y brillantes, de un rojo húmedo. Se extendían en línea recta lejos de él, apuntando hacia el agujero de la entrada de un sótano.
Cuando las luces se apagaron, Neel se tiró de cabeza sobre el sucio y agrietado pavimento. La oscuridad era una señal de que la policía se estaba acercando lentamente hacia él desde ambos extremos del callejón, para atraparlo en medio. No cabía la menor duda de cómo acabaría un terrícola armado, si fuese cogido allí. No le importaba. No es que su miedo hubiera desaparecido, es que no tenía tiempo de pensar en él. Su corazonada había resultado cierta y todavía había una posibilidad de sacar a Costa de la trampa donde lo había dejado caer.
Las luces le habían dejado una imagen persistente en la retina. Antes de que se desvaneciera, alargó el brazo y arrastró los dedos por el suelo polvoriento hasta que alcanzaron una zona húmeda. La frotó con la manga, absorbiendo la sangre y limpiándola con ahínco. Con la otra mano arrastró hacia la mancha un puñado de polvo y tierra y lo esparció. Cuando estuvo seguro de que la sangre quedaba oculta, se arrastró hacia adelante, buscando a tientas la segunda mancha delatora.
El tiempo era su enemigo y no tenía ninguna manera de medirlo. No sabía cuánto tiempo había estado echado en los escombros de aquel callejón, si una hora o un segundo. Tenía que hacer lo necesario en seguida y sin ningún ruido. Unos hombres silenciosos y mortíferos se dirigían hacia él en la oscuridad.
Cuando la segunda mancha quedó tapada se produjo un largo momento lleno de terror, durante el cual no pudo encontrar la tercera y última. Por fin, sus dedos toparon con ella, mucho más lejos de lo que esperaba. El tiempo se había agotado. Sin embargo, se obligó a hacer el trabajo tan bien como en las dos ocasiones anteriores. Tan sólo cuando estuvo seca y cubierta se permitió a sí mismo deslizarse hacia adelante y meterse en la boca del sótano.
Todo estaba sucediendo demasiado de prisa. Sólo tuvo tiempo de respirar profundamente una vez antes de que el sonido estridente de un silbato lo paralizara de nuevo. Oyó fuertes pasos que se dirigían hacia él, y uno de los reflectores lo cegó. Los pasos se apresuraron y el hombre pasó corriendo a su lado, tan cerca que Neel habría podido tocarlo si hubiera estirado el brazo hacia él. Sus ropas eran todo jirones y tenía la cabeza y la cara cubiertas de espeso pelo. Eso fue todo lo que Neel pudo ver antes de que el ruido atronador de las armas acabara con la vida de aquel individuo que huía.
Algún vagabundo que dormía en el callejón había pagado con su vida el estar en el sitio equivocado en el momento equivocado. Pero su muerte proporcionó a Neel un poco más de tiempo. Se volvió y su mirada se topó con el cañón de una pistola.
Tantos sobresaltos habían destruido su capacidad para sentir miedo. Ya no había nada que pudiera alterarlo, ni siquiera su propia muerte. En silencio, miró tontamente la boca del arma. Con una lenta determinación, su mente se puso en marcha y se dio cuenta de que esta vez no había nada que temer.
—Adao, soy yo —susurró—. Estás a salvo.
—Ah..., eres tú. —La voz salía quedamente de la oscuridad. El cañón de la pistola se movió y desapareció en las tinieblas—. Levántame para que pueda alcanzar la puerta. Me parece que no puedo mantenerme muy bien en pie.
Neel se agachó, encontró los hombros de Costa y poco a poco lo puso en pie. Sus ojos se estaban acostumbrando al resplandor que venía de arriba y pudo entrever el destello de la luz reflejada en el metal que sujetaban los dedos de Costa. La otra mano del agente de las Naciones Unidas se apretaba fuertemente la cintura. La pistola había desaparecido. El objeto metálico no era una llave, pero Costa lo usaba como si lo fuera. Lo hizo girar en la cerradura y la puerta se abrió bajo el peso de ambos. Neel arrastró y cargó a medias el peso muerto de su compañero hasta el otro lado de la puerta, y lo dejó caer en el interior. Antes de cerrarla se agachó para tocar el suelo y notó un charco de sangre fuera.
No quedaba tiempo para un trabajo meticuloso. Las firmes pisadas se aproximaban; tan sólo estaban a unos pocos metros de distancia. Secó la sangre con las mangas y luego cubrió la mancha con escombros. Se volvió a meter dentro y la puerta se cerró con un ligerísimo chasquido.
—No sé cómo lo has conseguido, pero me alegro de que me hayas encontrado —dijo Costa. Su débil susurro revelaba su fragilidad.
—Te he encontrado sólo por casualidad —explicó Neel amargamente—. Pero ha sido mi estupidez criminal la que te ha hecho caer en esta trampa.
—No te preocupes, yo ya sabía en dónde me estaba metiendo. Pero tenía que hacerlo. Tenía que hacer que las cosas se disparasen para cerciorarme de si se trataba, realmente, de una trampa.
—Entonces sospechabas que Hengly era... —Neel no pudo terminar la frase. Sabía lo que quería decir, pero la idea era demasiado horrible para poder expresarla. Costa no tenía esos reparos.
—Sí. Nuestro querido Hengly, licenciado de la universidad y practicante de sociedología. Un traidor. Un terrorista peor que cualquiera de sus predecesores porque él sabía exactamente qué vender y cómo venderlo. Esto no había sucedido nunca... pero siempre cabía la posibilidad... El peso de la responsabilidad era demasiado grande... se dio por vencido... —La voz de Costa se fue apagando hasta convertirse en un bisbiseo. De repente, levantó el tono de nuevo. No más fuerte de lo normal, pero en ese sótano escondido sonó como un grito.
—¡Neel!
—No pasa nada. Tranquilízate.
—Sí que pasa. ¿O es que no te das cuenta de que he estado enviando mis informes a las Naciones Unidas y tus colegas sociedólogos sabrán cómo solucionar este lío? Pero Hengly puede desbaratarlo todo y podría incluso desencadenar la guerra antes de que lleguen aquí. Yo ya estoy fuera de combate pero puedo decirte con quién contactar, gente que te podrá ayudar. Reducir el factor K...
—No servirá de nada —dijo Neel tranquilamente—. Ahora ya es demasiado tarde para remiendos. Y además hice volar todo el equipo. Mi información, tu...
—¡Eres un necio! —Por primera vez se percibió el dolor en la voz de Costa.
—No. Lo era antes, pero ya no lo soy. Pensaba que se trataba de un problema normal y, durante todo ese tiempo, me llevaron ventaja. Hay que entender las ramificaciones de la sociedología. Para un buen operario no hay interrelación imposible de descubrir. Hengly se habría asegurado de mantener los ojos bien abiertos por si se llevaba a cabo otro reconocimiento. Nuestro tipo de trabajo es muy fácil de detectar si se sabe dónde y cómo buscar. El acto de obtener información implica contacto de algún tipo y ese contacto se puede detectar. Él tenía marcado nuestro lugar exacto y ha estado aguardando, ganando tiempo. Pero nuestro tiempo se acabó cuando tú les mostraste que estabas dispuesto a luchar. Por eso destruí nuestra operación, para que perdieran la pista.
—Pero... ¡entonces estamos indefensos! ¿Qué podemos hacer?
Neel sabía la respuesta, pero dudó en decirla. Sería el final. De repente se dio cuenta de que se había olvidado por completo de la herida de Costa.
—Lo siento... Se me olvidaba que estás herido. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?
—Nada —dijo Costa abruptamente—. Me he puesto una venda provisional, eso bastará. Contesta a mi pregunta. ¿Qué queda por hacer? ¿Qué podemos hacer ahora?
—Tendré que matar a Hengly. Eso mejorará las cosas hasta que lleguen los demás.
—Pero ¿de qué servirá eso? —preguntó Costa, tratando de distinguir a su compañero en la oscuridad del sótano—. Tú mismo dijiste que el asesinato no evita las guerras. Ningún individuo tiene tanta importancia.
—Sólo en situaciones normales —explicó Neel—. La guerra interplanetaria es como un juego celestial de ajedrez. Tiene sus propias reglas. Cuando antes hablé de individuos me refería a las piezas de un tablero. Lo que propongo ahora es un poco más drástico. Voy a ganar la partida de ajedrez con un método poco ortodoxo. Voy a matar al otro jugador.
Durante un largo momento reinó el silencio, roto sólo cuando los dos respiraban quedamente. Entonces Costa se movió y se oyó el sonido del metal golpeando el suelo.
—En realidad, ése es mi trabajo —dijo Costa—, pero no estoy en condiciones de llevarlo a cabo. Tienes razón, tendrás que ir tú.
Pero yo te puedo ayudar, planearlo para que puedas llegar hasta Hengly. Incluso puede que tengas más suerte que yo al no ser un profesional del asunto. Y ahora escucha, porque no nos queda mucho tiempo.
Neel no se opuso. Sabía lo que se tenía que hacer, pero Costa le podía decir la mejor manera de hacerlo. Las instrucciones eran fáciles de recordar y se guardó las armas, tal como le indicó.
—Una vez que te hayas largado de este edificio, tienes que lavarte —dijo Costa—. Pero no te detengas para ninguna otra cosa. Llega hasta Hengly mientras todavía esté nervioso, píllalo desprevenido si puedes. Luego, cuando hayas acabado con él, escóndete. Métete en algún sitio por lo menos tres días, antes de intentar contactar con alguien. Para entonces, las cosas ya se habrán calmado un poco.
—No me gusta dejarte aquí —dijo Neel.
—Es la mejor manera y, además, es la única. Estaré a salvo. Tengo un bonito boquete, pero dispongo de las suficientes medicinas para resistir.
—Si me tengo que esconder, me esconderé aquí. Volveré a cuidar de ti.
Costa no le respondió. No quedaba nada más que decir. Se estrecharon las manos en la oscuridad y Neel salió a rastras.
Encontrar la puerta principal del edificio no le supuso ninguna dificultad, pero Neel vaciló antes de abrirla. Costa estaba seguro de que Neel podría escapar sin ser visto, pero no las tenía todas consigo en lo que respectaba a él mismo. La verdad es que la zona estaba atestada de policías, incluso allí. Sólo cuando empezó a abrir la puerta comprendió por qué Costa había mostrado tanta confianza.
Se oyeron detonaciones de armas de fuego por detrás de donde él estaba; también se oyeron disparos de respuesta. Costa debía haberse quedado con otra pistola. Él lo había planeado así y lo mejor que Neel podía hacer en aquellos momentos era no pensar en nada y seguir con el plan. Un coche pasó como una bala por su lado. Cuando desapareció, Neel salió y cruzó la calle vacía hasta llegar a la boca de metro más próxima. La mayoría de las estaciones tenía lavanderías automáticas.
Menos de una hora más tarde llegó al piso de Hengly. Lavado, afeitado y con la ropa limpia, Neel había recobrado la confianza en sí mismo. Nadie le había dado el alto. Ni tan siquiera se habían fijado en él. La entrada estaba vacía y el ascensor lo dejó en el piso correcto cuando pronunció el nombre de Hengly.
Ahora, de cara a aquella puerta anodina, sintió el miedo como un cuchillo. Era demasiado fácil. Estiró el brazo lentamente e intentó girar el pomo. La puerta no estaba cerrada con llave. Respiró profundamente, la abrió y se coló dentro.
Era una habitación grande pero sin iluminación. Podía apreciarse un poco de luz a través de una puerta abierta al final. Neel dio unos primeros pasos en esa dirección, pero un dolor le estalló en la cabeza, haciéndole caer de bruces al suelo.
No perdió del todo la conciencia, pero sólo era capaz de recordar los detalles más vagos. Cuando volvió completamente en sí, se dio cuenta de que las luces de la habitación estaban encendidas. Estaba tumbado sobre la espalda, mirando hacia arriba. Junto a él había dos hombres de pie, que lo contemplaban desde una perspectiva cenital. Uno blandía una corta barra de metal que golpeaba repetidamente sobre la palma de la mano.
El otro era Hengly.
—No es muy amistoso por tu parte para ser un viejo compañero de promoción —dijo, sujetando la pistola de Neel—. Entra, quiero hablar contigo.
Neel rodó sobre sí mismo dolorosamente y consiguió ponerse en pie. Tenía un punzante dolor de cabeza, pero trató de ignorarlo. Cuando se levantó se rozó el tobillo con la mano. El diminuto revólver que Costa le había dado seguía escondido en el zapato. Quizá Hengly no era tan listo como parecía.
—Yo me encargaré de él —dijo Hengly al hombre de la barra de metal—. Es el único que queda, así que ya puedes irte a dormir. Pero vuelve por la mañana temprano. —El otro individuo asintió con la cabeza y se marchó.
Echado en la silla, Neel esperaba con cierto placer el momento de matar a Hengly. Costa estaba muerto y ese hombre era el responsable. No sería como matar a un amigo. Hengly era muy distinto de la persona que había conocido tiempo atrás. Había engordado mucho y se había dejado crecer una barba espesa y un largo bigote. Tenía un aire un tanto jovial y paternalista, hasta que uno lo miraba a los ojos. Neel se echó hacia adelante, agotado, dejando que sus dedos cayeran con naturalidad sobre el revólver escondido en el zapato. Hengly no podía verle la mano; la mesa le tapaba la vista. Lo único que Neel tenía que hacer era sacar el arma y disparar.
—Puedes sacar la pistola —dijo Hengly con una sonrisa—, pero no se te ocurra dispararla. —Tenía ahora su propia pistola, apuntando directamente a Neel. Inclinándose hacia adelante observó cómo Neel sacaba la diminuta pistola del zapato y la arrojaba al otro lado de la habitación—. Así está mejor —dijo colocando su propia pistola sobre la mesa, en un lugar donde podía alcanzarla fácilmente—. Ahora ya podemos hablar.
—No tengo nada que decirte, Hengly. —Neel se reclinó en la silla, exhausto—. ¡Eres un traidor!
Hengly aporreó la mesa en un arranque de furia y gritó:
—¡No me hables de traición, mi hombrecillo pacifista! Colándote con una pistola para matar a un amigo. ¿Ésa es la paz? ¿Dónde has enterrado tu ética humanista? ¡Le tenías mucho apego cuando estábamos en la universidad!
Neel no quería escuchar sus palabras, en su lugar pensó en cuánta razón había tenido Costa. Estaba muerto, pero ésta todavía era su operación. Se estaba desarrollando de acuerdo con su plan.
«Entra directamente», le había dicho Costa. «No te matará. No al principio, por lo menos. Es el hombre más solitario del universo porque ha renunciado a un mundo sin haber llegado a ganarse otro todavía. No tendrá a nadie en quien confiar. Sabrá que has venido a matarlo, pero no podrá resistir la tentación de ponerse a hablar contigo. Sobre todo si le allanas el terreno. No se lo pongas demasiado fácil; debe pensar que va por delante de ti. Tendrás una pistola que te pueda quitar, pero será demasiado obvio. Esconde este pequeño revólver; cuando lo encuentre, se sentirá tranquilo y levantará la guardia. No mucho, pero será suficiente para que lo mates. No esperes. Hazlo a la primera oportunidad.»
Por el rabillo del ojo, Neel acertó a ver el radioteléfono prendido en su chaqueta. Estaba un poco sucio, como cualquiera de los miles y miles que se usaban a diario, casi una copia del que el mismo Hengly llevaba. Un símbolo universal de la época, como las llaves y la calderilla que llevaba en los bolsillos.
Un pequeño detalle: El radioteléfono de Neel era un arma letal. Un producto de la investigación sobre la muerte súbita, de la que nunca había sabido nada. Lo único que tenía que hacer era acercárselo a Hengly; el dispositivo estaba cargado desde que Neel lo llevaba puesto. Tenía un radio de acción de sesenta centímetros. En cuanto se hallara a esa distancia de Hengly, se activaría.
—¿Puedo hacerte una pregunta, Hengly? —Sus palabras interrumpieron bruscamente el discurso del otro.
Hengly frunció el ceño ante la interrupción y le dio permiso moviendo levemente la cabeza.
—Adelante —dijo—. ¿Qué quieres saber?
—Lo obvio. ¿Por qué lo hiciste? Quiero decir... cambiar de bando. ¿Renunciar a un trabajo positivo por esta... corrupción tan negativa?
—¡Así es como ves tú las cosas! —Hengly estaba ahora gritando—. Positivo, negativo. Guerra, paz. Son simplemente palabras y me costó muchos años darme cuenta. ¿Qué puede ser más positivo que hacer algo con mi vida... y al mismo tiempo con este planeta? Está en mi poder hacerlo, y lo he hecho.
—Poder, quizá ésa sea la palabra clave —dijo Neel, sintiéndose de repente muy cansado—. Ahora poseemos las estrellas, pero nos hemos traído con nosotros nuestros deseos y emociones personales. No hay nada de malo en eso, supongo, siempre que no pasen de ser personales. El problema surge cuando se los imponemos a los demás. En fin, ya se ha acabado todo. Al menos por esta vez.
Con un único y fácil movimiento, desenganchó el radioteléfono y lo echó por encima de la mesa, hacia Hengly.
—Adiós —dijo.
El pequeño aparato repiqueteó sobre la mesa y Hengly saltó hacia atrás, con un alarido. Sacó su pistola e intentó apuntar al radioteléfono y a Neel a la vez. El aparato emitió un breve zumbido.
Neel se sacudió involuntariamente en la silla. Notó como si le hubiera atravesado una ligera descarga eléctrica. Sólo había sentido un porcentaje microscópico de la radiación.
Hengly la recibió toda. El campo activo del dispositivo escaneó su sistema nervioso, midiéndolo y verificándolo minuciosamente. Entonces se ajustó a la microfrecuencia exacta con que los mensajes se transmitían por su sistema nervioso eferente. Una vez hecho el ajuste, los condensadores de carga habían liberado toda su explosión energética a esa frecuencia.
Los resultados fueron horriblemente dramáticos. Cada neurona eferente de su sistema transportó el mensaje a toda potencia. Cada músculo de su cuerpo respondió con una contracción de máxima intensidad.
Neel cerró los ojos, se los tapó y se giró con la respiración entrecortada. Eso no podía ser mirado. Un epiléptico en un ataque puede romperse los huesos de un brazo o de una pierna al contraer simultáneamente sus músculos opuestos. Cuando todos los músculos del cuerpo de Hengly, enfrentados entre sí, así lo hicieron, el espeluznante resultado fue más allá de todo lo que se podía imaginar.
Cuando Neel recobró un poco la calma, se hallaba en la calle, corriendo. Aminoró la marcha y echó un vistazo a su alrededor. Empezaba a amanecer y las calles estaban vacías. Frente a él se divisaba un acceso iluminado del monorraíl y se dirigió a él. El peligro había desaparecido, siempre y cuando siguiera manteniendo alta la guardia.
Se detuvo en el escalón superior, respirando el aire fresco de la nueva mañana. Dejó escapar un suspiro cuando uno de los primeros trenes matinales llegaba a la estación. El cielo, iluminado por la aurora, parecía teñido del color púrpura de la sangre.
—Sangre —dijo en voz alta—. ¿Tenemos que seguir matando? ¿Acaso no hay otra forma de hacer las cosas?
Se sobresaltó y se asustó al oír su propia voz, cuyo eco resonó en la calle vacía, pero nadie lo había oído.
Bajó corriendo los escalones de dos en dos.