País Relato - Autores

harry harrison

el día después del fin del mundo

No es que fuera un trozo muy grande del mundo, pero era todo lo que había quedado. A su alrededor, en el espacio, flotaban otros fragmentos del planeta destrozado, sólo esquirlas de roca y tierra y trozos de detritos. Sin embargo, la pieza más grande tenía lo mejor de una alquería, con un árbol enfrente y una parcela de césped con una oveja helada sobre él. La oveja tenía la mirada petrificada. Eso era todo lo que había. Los bordes caían en picado por todos sus lados, sólo tierra al desnudo con trozos de raíces que sobresalían. El hombre se sentó en el límite del mundo, con las piernas colgando y lanzó una ramita. Cayó velozmente desapareciendo de la vista. Se llamaba Frank, y a la muchacha que había en el columpio que pendía de la rama del árbol la llamaban Gwenn.
—No es que yo tratara de forzarte o algo así —dijo Frank, con aspecto muy apesadumbrado—. Ya sabes..., o fuera a comportarme como un asqueroso. Estaba alterado, deberías entenderlo, con el fin del mundo y todo lo demás... Me sentía muy solo. Pensé que quizá, ya sabes, un besito me ayudaría a olvidar. Nos ayudaría a los dos a olvidar.
—Claro Frank —dijo Gwenn, y se balanceó un poco, empujándose con los pies.
—De modo que no tenías motivo para darme un bofetón. Después de todo somos camaradas de a bordo.
—Ya te dije que sentía haberte pegado, Frank. También yo estoy un poco alterada. ¿Puedes darme un empujoncito?
—No es que esté enfadado —dijo poniéndose de pie y quitándose las briznas de hierba helada que tenía en la pernera del uniforme—. Dolido quizá; triste en realidad. Golpeado por la mujer que amo. —Le dio al columpio un empellón indiferente.
—Por favor, no me vengas con ese rollo otra vez, Frank. No hay nada más que hablar. Sólo dices eso porque quieres hacer ya-sabes-qué conmigo. Y sabes también que quiero a otro.
—Gwenn, querida, enfréntate a los hechos. No vas a volver a ver a Robert nunca...
—No puedes estar seguro.
—Créeme. Estoy seguro. El mundo entero ha explotado, sin avisar, y toda la gente con él. Si nuestra nave no hubiera estado en la otra cara de la Luna, también habríamos saltado por el espacio. Pero Robert sí que lo ha hecho. Estaba en Minneapolis y Minneapolis ya no existe.
—No lo sabemos.
—Sí lo sabemos. No creo que Minneapolis tenga una exención especial. Todo lo que encontramos con el radar de avistamiento es este fragmento del mundo. Es el trozo más grande que queda.
Gwenn frunció el ceño ante esa idea y estiró las piernas para que el columpio subiera más. También podría quedar un trozo de Minneapolis...
—Y si Robert está en él, estará tan congelado como esa oveja.
—Eres tan cruel..., ¡sólo quieres lastimarme!
—No, por favor. —La cogió por los hombros delicadamente, permaneciendo a sus espaldas—. Eso es lo último que quiero. Es sólo que debes enfrentarte a la verdad. Ahora sólo existimos tú y yo. Y te quiero. Y te lo digo con el corazón en la mano.
Mientras hablaba, sus manos acariciaban suavemente los hombros de la muchacha y descendieron por los brazos hasta alcanzar la dulce turgencia de sus senos. Pero Gwenn sacudió los hombros para zafarse de su abrazo, se puso en pie de un salto y se apartó rápidamente de su lado. Gwenn miró a la oveja inmóvil.
—Me pregunto si siente algo.
—¿Quién..., Robert o la oveja?
—¡Ah, eres cruel de verdad!
Ella dio una patada al suelo con furia... y alzó la mano cuando él trató de volver a acercarse a ella. Frank masculló entre dientes algo indescifrable y se dejó caer en el columpio.
—Seamos realistas —dijo—. Vamos a olvidar todo lo que ocurrió en la nave. Olvídate de que me insinué, olvida que traté de meterte en el saco. Olvídalo. Empecemos de cero. Enfréntate a la situación en la que nos encontramos. Nosotros dos solos. Yo soy Adán y tú eres Eva...
—Gwenn.
—Ya sé que te llamas Gwenn. Quiero decir que somos como Adán y Eva y depende de nosotros que el género humano siga adelante. ¿Lo entiendes?
—Sí, todavía estás tratando de seducirme.
—¡Maldita sea, no importa lo que creas! Es nuestra obligación. Es posible que haya sido la Divina Providencia la que nos haya salvado...
—Me dijiste que eras ateo.
—Y tú me dijiste que ibas a misa. Lo estoy considerando desde tu punto de vista.
—Y yo lo considero desde el tuyo. Eres un obseso sexual.
—Puedes estar contenta de que lo sea. Podemos ser productivos. Se lo debemos al género humano.
Gwenn, absorta en sus pensamientos, le dio una palmadita al borrego en la cabeza.
—No sé —dijo ella finalmente—. Quizá sería mejor acabarlo todo aquí. Nosotros hicimos estallar el mundo, ¿verdad? Eso es lo que se podría llamar una contaminación a escala impresionante.
—No puedes decir eso. No sabemos lo que ocurrió. Pudo haber sido un accidente...
—Un accidente.
—Bien, ya sabes... —Frank saltó del columpio y se acercó a ella—. Olvídate entonces del género humano —le suplicó—. Piensa en ti y en mí. Nosotros dos. La calidez del contacto, el fin de la soledad, el estremecimiento del beso, la caricia de la carne...
—¡Si te acercas más, chillaré!
—¡Pues chilla! —gritó Frank, cabreado y resentido, agarrándola y acercándola a él—¿Quién va a oírte? Te amo..., te quiero..., te necesito.
Ella lo empujó con desesperación, girando la cara de un lado a otro, apartándola de la de él, aunque él era mucho más fuerte. Él la besó en el cuello, en la mejilla..., y ella dejó de forcejear.
—¿Eres un violador o algo parecido? —preguntó en voz muy baja, mirándolo directamente a los ojos. Durante algunos instantes él continuó apretándola entre sus brazos, luego los dejó caer y retrocedió.
—No. No soy un violador. Sólo soy un buen muchacho de clase media con un fuerte apetito sexual y un enorme sentimiento de culpa.
—Eso está mucho mejor.
—No está mucho mejor..., ¡está mucho peor! Quiero decir, qué estoy haciendo: ¡el último hombre sobre la faz de la Tierra sintiéndose culpable! Mi mundo burgués ha desaparecido, pero todavía lo arrastro conmigo. ¿Qué crees que te ocurriría si fuera un verdadero cerdo machista y simplemente te agarrara y satisficiera contigo mis deseos?
—No digas guarradas.
—No estoy diciendo guarradas. Tan sólo estoy tratando de despertar algo de sentido común en esa boba cabeza rubia. Quedamos tú y yo, ¿lo entiendes? Sólo nosotros dos. Hemos encontrado este pedazo de mundo y he anclado nuestra nave bajo él para que nos proporcione gravedad y atmósfera respirable y la pila atómica lo mantendrá así durante mil años. El sintetizador de alimentos nos proporcionará toda la comida que necesitemos. Así es que ya está todo listo, por decirlo de algún modo.
—¿Para qué está todo listo?
—Eso es lo que te estoy preguntando. ¿Vamos a hacernos viejos con dignidad y por separado, siendo buenos colegas, tú haciendo punto y yo viendo vídeos...? ¿Es eso lo que quieres?
—No es que me haya gustado mucho esa observación tuya de la rubia tonta. No creo que tengas razón.
—No cambies de tema. ¿Es así como lo quieres?
—No he pensado en...
—Pues piensa. Estamos aquí. Solos para el resto de nuestras vidas.
—Requiere reflexión. —Ladeó la cabeza y lo miró, como si fuera la primera vez—. Puedes besarme si quieres —le dijo.
—¡Eso ya me gusta más!
—Pero que no haya gato encerrado. Sólo eso. Podríamos considerarlo un experimento.
Frank se aproximó casi con timidez. Gwenn tenía los ojos cerrados y sintió un estremecimiento cuando él la rodeó con los brazos. La atrajo hacia sí, la estrechó, bajó los labios y la besó en los ojos. Ella volvió a temblar pero no se apartó. Tampoco lo hizo cuando los labios de Frank encontraron su boca y la besaron larga y amorosamente. Cuando él dejó caer los brazos y se retiró, ella abrió los ojos lentamente. Él le sonrió con ternura.
—Robert besaba mejor —dijo.
En un arrebato de cólera, Frank dio una patada a la oveja y luego empezó a saltar sujetándose un pie y gimiendo de dolor, pues la oveja congelada estaba tan dura como una piedra.
—Y supongo que también era bueno en la cama —dijo con amargura.
—Era maravilloso —admitió Gwenn—. Sencillamente maravilloso. Por eso me resulta tan duro mirar a otro hombre siquiera. Dentro llevo a su bebé y eso lo hace incluso más difícil.
—¿Llevas qué...?
—Sí, estoy embarazada. Esas cosas ocurren, ya sabes. Aún no se lo había dicho a Robert.
—No lo sabrá nunca.
—No seas cruel.
—Lo siento. Esto es maravilloso, la mejor noticia de la historia. Acabamos de incrementar el patrimonio genético del género humano en un cincuenta por ciento. El hijo de Robert podrá casarse con nuestra hija o viceversa.
—¡Eso es incesto!
—No había incesto en la Biblia, ¿verdad? No cuando estás empezando el mundo, ésa es la regla. Sólo mucho más adelante es incesto.
Gwenn se fue hacia el columpio y volvió a sentarse en él, reflexionando en profundidad. Entonces suspiró.
—No funcionará —dijo ella—. Va contra todo. Primero, quieres que hagamos el amor sin estar casados, y eso es pecado.
—¡Pero lo hiciste con Robert!
—Sí, pero pensábamos casarnos algún día. Y ahora no podemos. Ni tampoco tú y yo podemos casarnos porque no hay nadie que nos case. También quieres tener niños y que entre ellos cometan incesto..., es demasiado horrible. Ésa no es forma de empezar un mundo.
—¿Tienes alguna idea mejor?
—No, la verdad es que no. Pero no me gusta la tuya.
Frank se dejó caer pesadamente en el suelo y sacudió la cabeza con estupefacción.
—No puedo creer que esto esté ocurriendo —dijo sobre todo para sí mismo—. El último hombre vivo y la última mujer viva y estamos discutiendo de teología. —De un salto se puso en pie con una repentina furia...
—¡No! No voy a discutir más, ni voy a hablar del tema. —Tiró de su camisa, luchando por quitársela—. Todo empieza otra vez, aquí mismo, ahora. El mundo empieza de nuevo. Nadie me va a endilgar un código moral que está tan desintegrado como el planeta que lo sufrió. Yo lo soy todo. La lengua que hablo será la lengua de todas las generaciones que vengan. Si digo «gurla» en lugar de «agua», todo el mundo dirá «gurla» y nadie se lo cuestionará. ¡Tengo el poder de un Dios!
—¡Estás loco! —La muchacha se apartó cuando él avanzó.
—Soy lo que quiera ser. Soy todo. Te violaré y te golpearé y tú me amarás por eso. Si no lo haces, te daré unos cuantos golpes más. Y ahora, ¿por qué no chillas? —Echó la camisa al suelo y avanzó hacia ella—. Soy el único que oirá el chillido y no me puede importar menos.
Se desabrochó la bragueta y ella profirió un grito sordo. Él sólo se rio.
—¡Elige! —exclamó—. Puedes disfrutarlo o aborrecerlo. A mí me da igual. Soy divino, portador de esperma y todopoderoso. De mis entrañas surgirá una nueva raza...
Se detuvo súbitamente cuando los dos se bambolearon.
—¿Has notado eso? —preguntó Frank. Gwenn asintió con la cabeza.
—El suelo se ha movido, como si algo hubiera chocado contra nosotros.
—¡Otra nave! —dijo rápidamente, abrochándose la bragueta. Agarró la camisa y se apresuró a ponérsela. Gwenn se atusó el cabello con la mano y deseó tener un espejo cerca—. Alguien viene —dijo Frank, apuntando con el dedo—. Allí. —Los dos se acercaron inconscientemente al oír los arañazos debajo de su mundo. Les llegó el ruido de una respiración trabajosa. Era la de un hombre que estaba escalando el borde a duras penas. Llevaba puesto un mono, que dejaba expuestas sólo la cabeza y las manos.
Eran verdes.
—Es... verde —dijo Gwenn. Frank no tenía a punto ninguna réplica.
Tras la escalada, el hombre se puso en pie, se sacudió la tierra de las manos y se inclinó ligeramente en la dirección donde estaban ellos.
—Confío en no resultar inoportuno —dijo él.
—No, está bien —contestó Gwenn—. Entre.
—¿Por qué es verde? —le preguntó Frank.
—Podría muy bien preguntarles a ustedes por qué son rosados.
—Déjese de bromas —replicó Frank cerrando el puño—. O va a enterarse.
—Lo siento mucho —dijo el hombre levantando las manos verdes y retrocediendo un paso—. Les ruego que me perdonen. Todo esto es terrible, como también lo estará siendo para ustedes. Soy verde porque no soy humano. Provengo de otro mundo.
—¡Un hombrecillo verde! —gritó Gwenn.
—No soy tan pequeño —protestó el tipo con un mohín.
—Yo me llamo Frank y ésta es Gwenn.
—Encantado de conocerles. Mi nombre les resultaría demasiado difícil de pronunciar, de modo que les sugiero que me llamen Robert.
—¡Robert no! —gimió Gwenn—. Está muerto.
—Le ruego que me perdone. Cualquier cosa entonces. ¿Podría servir Horace?
—Horace, díganos, ¿qué está haciendo aquí?
—Bien, es un poco complicado. Si pudiera empezar desde el principio...
—¿Cómo es que habla tan bien nuestro idioma? —preguntó Gwenn.
—Ya llegaremos a eso más tarde, si tienen un poco de paciencia. —Paseaba de un lado a otro, enumerando las partes de su relato con los dedos—. En primer lugar, vengo de un lejano planeta que órbita alrededor de un sol que queda a una buena cantidad de parsecs de aquí. Estamos llevando a cabo un estudio y a mí me asignaron esta sección de la galaxia. Cuando vi el mundo de ustedes por primera vez me quedé impresionado. El verde, como bien pueden imaginar, es uno de nuestros colores favoritos. Activé todos los registradores e hice una grabación tan completa como pude en un tiempo limitado. Lo que sería un poco más de doscientos años suyos.
—No parece tan viejo —dijo Gwenn.
—Diferentes esperanzas de vida, ya sabe. No pondré a prueba su credibilidad confesándole mi verdadera edad.
—Yo tengo veintidós años —apuntó ella.
—Qué bonito. Y, ahora, si me permiten continuar... Lo registré todo, tal como he sido instruido para hacer, aprendí algunas de sus lenguas. Me enorgullezco de poseer buenas aptitudes lingüísticas. Y, poco a poco, llegué a una conclusión singularmente monstruosa. El género humano es, debería decir era, una auténtica porquería.
—Pues usted tampoco parece tener demasiado encanto, don Guisante —le replicó Frank. Horace optó por no hacer caso de ese arrebato.
—Lo que quiero decir con ello es que su especie fue de las que más prosperaron: eran fuertes, inteligentes, fértiles, lo tenían todo, la verdad. Fue la forma en que alcanzaron esa conquista, lo que hace todo tan aterrador. Ustedes son asesinos.
—Supervivencia —contestó Frank con firmeza—. No tuvimos otra elección. Comer o ser comido, matar o ser matado, supervivencia de los más aptos de la especie.
—No voy a discutir sobre eso. Naturalmente, cada especie sólo tiene una forma de sobrevivir y tengo en cuenta su argumento. Lo que a mí me interesa es lo que la especie en cuestión hace una vez que ha asumido el dominio de un mundo. La nuestra se convirtió en la especie dominante de nuestro planeta hace muchos eones. Desde entonces, hemos preservado las otras especies y el reinado de la paz y la justicia ha prevalecido. Mientras que el pueblo de ustedes, no satisfecho con exterminar a otras especies, acabó matándose entre sí, los unos a los otros. Lo encuentro muy triste.
—Nadie le ha pedido su opinión —repuso Frank.
—Naturalmente, pero aun así sé bien lo que pude observar, y no sólo me dejó abatido sino también preocupado. Mi planeta no está tan lejos, hablando en términos astronómicos, y era razonable pensar que algún día acabarían encontrándonos. Y si así hubiera sido, lo más probable es que hubieran intentado matarnos a nosotros también.
—No creo que haya ninguna posibilidad, a estas alturas —dijo Gwenn, dejándose caer sobre el columpio y mostrando un aspecto melancólico una vez más.
—Sí, ahora sólo es una hipótesis, que, no obstante, debe ser sometida a consideración. De manera que allí estaba yo, un individuo inteligente y pacífico, un vegetariano al que nunca se le ocurriría hacer daño a una mosca. Allí estaba yo, preocupado por la posible destrucción de mi mundo. Se trataba de un dilema moral, como puede ver.
—No, no puedo verlo —dijo Frank, que sacudió la cabeza y le indicó que se dejara de divagaciones—. Dígame, ¿tiene usted algo que ver con lo que le ocurrió a nuestro mundo?
—Llegaré allí en un momento.
—Bastará un sencillo sí o no.
—Nada es tan sencillo nunca. Por favor, escúchenme. Fue algo muy drástico, como saben; allí estaba yo, entre la espada y la pared. Y no había nadie que me ayudara a tomar una decisión. El regreso a casa era bastante largo. Si me volvía y consultaba a mis superiores, para cuando éstos se hubieran decidido su pueblo bien podría haber construido ya sus naves espaciales y estar en camino para hacernos una visita. No, yo tenía que tomar mi propia decisión allá mismo y en aquel momento. Si me quedaba de brazos cruzados, ustedes construirían sus naves y vendrían a destruirnos. Allí estaba yo, una criatura pacífica, pensando lo impensable.
—¡Así que fue usted quien voló el mundo! —exclamó Frank, dando unas zancadas al frente.
—¡Por favor! ¡Nada de violencia! —dijo Horace, levantando las manos y retirándose, asustado—. No puedo soportar la violencia. —Frank se detuvo, ya que quería escuchar el resto, pero aún tenía los puños cerrados—. Gracias, Frank. Como iba diciendo, yo me hallaba pensando lo impensable. No podía recurrir a la violencia para imponer la paz... ¿o sí podía? Si no hacía nada, mi pueblo sería destruido. De manera que todo se reducía a una elección entre cuál era la especie que debía sobrevivir. La suya o la mía. De modo que si se expresaba en estos términos, la respuesta era clara: el mío. Ya que nosotros tenemos más antigüedad y somos más inteligentes y, por regla general, más interesantes y atractivos que ustedes. Y pacíficos.
—Así que hizo estallar nuestro planeta —dijo Frank en voz baja.
—Eso no fue muy pacífico —puntualizó Gwenn.
—No, supongo que no lo fue. Pero tan sólo ha sido un caso aislado, de verdad. Después de muchos siglos de paz en el pasado y, naturalmente, muchos más que quedan por venir.
—¿Por qué ha venido aquí? —preguntó Frank—. ¿Por qué nos está contando todo esto?
—¿Por qué...? Para disculparme, por supuesto. Siento mucho que todo fuera así.
—No lo siente ni la mitad que nosotros, guisante hijo de puta.
—Pero de haber sabido que no iban a comportarse de manera caballerosa respecto al tema, no habría venido.
Frank se disponía a embestirlo pero Gwenn se interpuso entre los dos y lo detuvo.
—Frank, por favor —le rogó—. No puedo soportar la idea de más violencia. Gritaré. ¿Y lo hizo todo usted solo, señor Horace?
—Horace es un nombre de pila, si me hace el favor. Sí, así es. Yo asumo toda la responsabilidad.
—¿Y qué me dice de su tripulación? —preguntó ella.
—Estoy solo. Todo está muy automatizado, ya saben. Me llevó un buen rato descubrir la fórmula. No creo que nunca haya habido una bomba de capacidad destructora planetaria, pero al final la conseguí. No fue fácil, pero lo logré. Todo sea por la paz.
—Eso me suena —dijo Frank.
—Estoy citando a uno de sus generales en una guerra de hace algunos años: «Los he matado con el fin de salvarlos». Pero no soy tan hipócrita. Acabé con su planeta con el fin de salvar el mío. Y jugando con las reglas de ustedes, como pueden ver.
—Ya veo —dijo Frank muy sosegadamente—. Pero dijo que estaba solo. ¿Y qué me dice de esos otros hombrecillos verdes que están a sus espaldas trepando por la cornisa?
—Eso es imposible, se lo aseguro.
Cuando se volvió para mirar, Frank avanzó al frente y le asestó un poderoso puñetazo en la mandíbula. El alienígena se desplomó y Frank se sentó sobre él y lo estranguló hasta que su cuerpo quedó totalmente inmóvil. Gwenn contempló la escena y asintió con un gesto de aprobación.
—Lo cogeré por los pies —dijo Frank.
Sin añadir nada más, llevaron el cuerpo hasta el borde del precipicio y lo arrojaron por él, después observaron cómo caracoleaba entre el resto de los detritus espaciales.
—Hemos de encontrar su nave —dijo Frank.
—No, bésame primero, con pasión.
—Hummm... —dijo Frank algunos instantes más tarde cuando resurgió del abrazo sin aire y feliz—. Eso ha estado bastante bien. ¿Puedo preguntar qué es lo que lo ha causado?
—Quiero acostumbrarme a tus abrazos, a tus besos. Tenemos que formar una gran familia si nuestra intención es repoblar el mundo entero.
—No podría estar más de acuerdo. ¿Puedo preguntarte qué es lo que te ha hecho cambiar de idea?
—Él, esa criatura, no puede salirse con la suya.
—¡Tienes toda la razón! ¡Venganza! Levantar una familia, enseñarles a volar, a construir bombas, salir ahí afuera y encontrar a esos bastardos alienígenas y borrarlos del espacio. Demostrar que él tenía razón después de todo. Tendremos nuestra venganza.
—Así lo espero. No puede matar a mi Robert y luego largarse tan tranquilo.
—¡Robert! ¿Estás haciendo esto por él? ¿Y qué pasa con los demás? ¿Los miles de millones, el resto del mundo?
—Yo no conocía a nadie más en Minneapolis. Si Horace hubiera conocido a Robert, me juego lo que sea a que se lo habría pensado dos veces antes de hacer explotar el mundo.
—Bien, pues no lo hizo y ése fue su error. ¿Qué te parece si nos vamos ya?
—¿Quieres llevarte la oveja?
Gwenn la miró y frunció el ceño mientras lo pensaba.
—No —dijo finalmente—. Queda muy bien aquí. Y además así tendremos una excusa para volver a casa.
—De acuerdo. Vamos a vengarnos. Hacer planes, construir bombas, criar niños para la venganza. Destrucción.
—No suena tan bonito cuando lo expresas de esta manera.
Frank se frotó la mandíbula.
—Pues ahora que lo dices, tienes razón. Pero no nos queda otra alternativa.
—¿De verdad? Sólo porque ese horrible hombrecillo verde hizo estallar todo un mundo, no significa que nosotros tengamos que actuar de la misma manera.
—Por supuesto que no. ¡Pero la justicia existe! Ojo por ojo..., tú conoces ese tipo de cosas.
—Sí. Estoy muy instruida en el Antiguo Testamento. Pero sólo porque eso se hacía y nosotros aprendimos a hacerlo, no quiere decir que esté bien, ¿verdad que no?
—Me resulta difícil seguir tu lógica, aunque tus reflexiones me parecen simples. Lo que estás tratando de decir es que nuestro mundo ha desaparecido. No podemos restablecerlo haciendo explotar otro mundo. Si los alienígenas son tan pacíficos como Horace dijo, sería un crimen destruirlos. Después de todo, no fueron ellos los que hicieron estallar nuestro mundo.
—Hace que te pares a pensar.
—Sin duda que sí..., y lamento haber empezado a hacerlo. Había algo hermoso y bien definido en lo de hacer estallar su planeta por haber hecho explotar el nuestro.
—Lo sé. Pero aun así. Es un mal hábito al que acabas acostumbrándote.
—Tienes razón. Se empieza haciendo saltar planetas por los aires y nunca se sabe dónde se acabará. Así que disponemos de una oportunidad para no seguir con el asunto ése de ojo por ojo y diente por diente. Si construimos nuestro propio mundo, solos tú y yo y nuestros niños, por una vez vamos a construirlo sobre otra cosa que no sea la venganza.
Gwenn se dejó caer pesadamente sobre el columpio.
—Me asusta un poco cuando hablas así —dijo ella—. Es una responsabilidad bastante grande eso de fundar un mundo entero, pero fundar un nuevo sistema moral es incluso más importante. No a los asesinatos, no a la violencia...
—Paz y amor en la Tierra a todos los hombres. Ese tipo de cosas que decía la Iglesia mientras bendecía a las tropas. Sólo que, esta vez, lo decimos de verdad. Vamos a poner la otra mejilla en un sentido amplio de verdad. Olvidemos el hecho de que ellos hicieron estallar nuestro mundo. Demostremos que Horace estaba equivocado. Entonces, cuando algún día los encontremos, deberían disculparse en su nombre.
—Nos disculpamos por él ahora mismo —dijo el hombre verde que estaba trepando por la cornisa del mundo.
Gwenn dio un alarido y se echó hacia atrás.
—¡Horace..., no estás muerto! —dijo ella entrecortadamente.
El hombre verde sacudió la cabeza.
—Lo siento, pero el individuo que conocieron con el nombre de Horace está muerto. Y, después de lo que acabo de oír, me inclino a pensar que su muerte fue sumamente merecida. Destruyó un mundo y fue castigado por ello.
—Horace dijo que estaba solo —repuso Frank. Sus puños volvían a estar apretados.
—Mintió. Éramos dos y él se prestó voluntario a encontrarse con ustedes, los únicos supervivientes, y a explicarles lo que había ocurrido. Yo llevaré las grabaciones a mi planeta. Allí se guardará un gran luto por la destrucción de su mundo.
—Gracias —le contestó Frank con voz de estar muy poco agradecido—. De verdad, me hace sentir mucho mejor. ¿Y usted le ayudó a provocar la explosión?
El hombre verde pensó un instante y luego asintió con reticencia.
—«Ayudar» es una palabra demasiado fuerte. Al principio yo estuve en desacuerdo con el análisis de la situación. Al final, con reserva, lo admití.
—Usted contribuyó. Así que márchese a casa y cuente a todos lo que ocurrió y que los supervivientes están construyendo un nuevo mundo y que, quizá, mejor harían en planear también nuestra destrucción en caso de que nuestros descendientes no sean tan generosos y comprensivos como nosotros. Es posible que quieran ir y hacerles volar a ustedes como medida preventiva.
—No, créanme. Yo no sugeriría una medida como ésa...
—Pero, aun así, ¿existe una posibilidad de que pudiera llevarse a cabo, a pesar de su recomendación?
—Espero que no, pero, naturalmente, siempre existe la posibilidad...
—Otro hijo de puta verde —dijo Gwenn, sacando una pequeña pistola de su bolsillo y disparando al alienígena.
—Eso pone punto final al asunto —añadió Frank, suspirando y mirando el cuerpo arrugado—. Supongo que ahora tendremos que encontrar su nave y acabar con los que pueda haber allí.
—Y, luego, coger su nave y hacer volar su planeta —añadió Gwenn.
—No hay otra opción. Como dijo Horace, tenemos una reputación en este campo. Será mejor que le hagamos honor.
—No me sentiría a gusto si no lo hiciéramos —dijo Gwenn—. Viviría preocupada por nuestros hijos y sus hijos, ya sabes. Mejor que nos los quitemos de encima. Y después de que lo hagamos explotar, entonces les enseñaremos a nuestros hijos todo eso de la otra mejilla y cosas por el estilo. Entonces todo estará en orden.
—¿Te parece bien que nos marchemos?
—Supongo que sería lo mejor —dijo Gwenn, echando una mirada al último trocito del mundo—. Puede que sea un largo viaje, de manera que cuanto antes nos vayamos, mejor. ¿Quieres que nos llevemos la oveja?
—No. Se estropearía el paisaje. La oveja lo embellece. Parece tan pacífica ahí. Y así tendremos una excusa para volver a casa.