Los nervios de Ernest Haroway estaban empezando a flaquear y se sujetó las manos para aplacar los temblores. Lo que parecía una maravillosa idea allá en Detroit se había convertido en extraña y aterradora ahora que finalmente estaba en Italia..., y sobre los mismísimos campos del Castello Prestezza. Tuvo que controlar un estremecimiento involuntario cuando su mirada fue ascendiendo por los muros grises y labrados por el paso del tiempo hasta los aún más grises y más antiguos Alpes Dolomíticos que se alzaban por detrás. El patio estaba sumido en el silencio y en un quietismo casi sagrado, quebrado tan sólo por el crujido de las agujas de pino peinadas por la brisa del final de la tarde y el ruido del sistema de refrigeración de su coche de alquiler. Tenía la garganta seca y las palmas de las manos húmedas. ¡Debía hacerlo!
Con un movimiento convulso, abrió la puerta y se obligó a salir del vehículo. Se detuvo sólo lo suficiente para agarrar su maletín antes de empezar a aplastar la gravilla en dirección al portal de hierro forjado y marco de piedra del castillo.
No había rastro de ningún timbre o aldaba sobre la oscura madera de la puerta, pero en un lateral, incrustada en la piedra, había la cabeza de bronce de una gorgona, verdeada por los años y con un pomo redondeado en la boca. Haroway tiró de él y, con un ruido rechinante y a duras penas, la barra de hierro se retrajo treinta centímetros por su extremo, y regresó violentamente a su posición original al soltarlo. Cualquiera que fuera el mecanismo anunciador que desencadenó, parecía funcionar, porque en menos de un minuto se oyó un espantoso ruido detrás de la puerta y ésta se abrió lentamente. Un individuo con librea de sirviente, alto y de rostro cetrino, escrutó a Haroway tras la impresionante longitud de su nariz. Su mirada hizo un preciso e indolente recorrido por todo el traje de verano, sintético y gris marengo, del visitante antes de detenerse en su rostro preocupado.
—Sissignore? —dijo con labios fríos y desconfiados.
—Buon giorno... —contestó Haroway, agotando todo su vocabulario italiano—. Quisiera ver al señor Bellini.
—El Maestro no recibe a nadie —dijo el sirviente en un inglés perfecto con marcado acento de Oxford. Retrocedió y comenzó a cerrar la puerta.
—¡Espere! —exclamó Haroway, pero la puerta siguió cerrándose. En su desesperación, puso el pie en el quicio, una maniobra que le había sido útil durante un breve contrato de aprendizaje como vendedor mientras estaba en la universidad, pero que era totalmente inapropiada para aquel tipo de arquitectura. En lugar de rebotar, como así había ocurrido con las livianas puertas de los apartamentos urbanos, el monstruoso portal se cerró de manera inapelable, combando la delgada suela de su zapato y aplastando su pie con tal fuerza que sus huesos crujieron unos contra otros. Haroway soltó un estridente alarido y se arrojó con todo su peso contra la puerta, que se detuvo pesadamente y volvió a abrirse automáticamente. El sirviente arqueó una ceja en un signo de reproche socarrón por su imprudencia.
»Lo siento —dijo Haroway en un resuello—, mi pie. Me ha roto todos los huesos. Es muy importante que vea al señor Bellini, el Maestro. Si no me va a permitir la entrada, deberá llevarle esto. —Se metió la mano en el bolsillo y escarbó en él mientras descargaba el peso del pie lesionado.
El mensaje había sido preparado por adelantado, previendo los problemas que pudieran presentarse para franquear el acceso, y Haroway se lo extendió al sirviente, que lo aceptó con reticencia. En esta ocasión, la enorme puerta se cerró por completo. Haroway se acercó renqueante a uno de los leones de piedra que flanqueaban los escalones y se sentó sobre su lomo para aliviar el dolor punzante de su pie. Lentamente, el dolor se fue mitigando, y así transcurrió un cuarto de hora antes de que la puerta se volviera a abrir.
—Venga conmigo —dijo el sirviente. ¿Era posible que su voz tuviera un matiz ligeramente más cálido? Haroway podía notarse el pulso en la garganta cuando entró en el castillo. Estaba dentro..., ¡dentro del Castello Prestezza!
Su interior era oscuro y, en su euforia, no reparó en los detalles, aunque retuvo una vaga impresión de haber visto madera tallada, techos con vigas, armaduras y un mobiliario tan voluminoso como furgones de carga. Con paso irregular, siguió a su guía una cámara tras otra, hasta que llegaron a una sala, en la que había grandes ventanas con maineles abiertas al jardín. Una muchacha estaba de pie enfrente de una de ellas, sosteniendo desdeñosamente su nota por el borde, como si fuera un pañuelo de papel sucio que fuera a tirar.
—¿Qué le ha traído hasta aquí? —preguntó con un tono muy frío, que contrastaba con la calidez aterciopelada de su voz.
En cualquier otro momento, Haroway habría mostrado mayor interés por aquel delicioso ejemplo de arquitectura femenina, pero, ahora, por increíble que pareciese, tan sólo le dio el valor de un obstáculo molesto. Su larga cabellera azabache que descendía por el terso bronceado de sus hombros no era otra cosa que pelo. La madurez de su busto, emergiendo por el escote cuadrado de su vestido, sólo era otra barrera colocada en su camino, y de sus encantadores labios sólo salían palabras que le impedían llegar al Maestro.
—Lo que yo quiero no es asunto suyo —remachó con brusquedad—. Sólo se lo comunicaré al Maestro.
—El Maestro es un hombre enfermo y no recibe a nadie —contestó con un tono de voz tan imperioso como el de él—. No permitimos que nadie lo moleste. —Ella hizo oscilar la nota como un ratón muerto—. ¿Qué significa... «asuntos pendientes en Le Mans de 1910»?
—Se trata de un asunto que no le incumbe, señorita...
—Soy la signorina Bellini.
—Señorita Signorina...
—Signorina es «señorita» en italiano.
—Disculpe, señorita Bellini. Lo que tengo que decir sólo puede escucharlo el Maestro en persona. —Después de decir eso agarró fuertemente el asa de su maletín—. Y, ahora, ¿le llevará mi mensaje?
—¡No!
—Chi è? —retumbó una voz profunda desde el techo; la muchacha se puso blanca y agarró firmemente la nota contra su pecho.
—¡Lo ha oído...! —exclamó en voz baja.
La voz aparentemente divina volvió a gruñir y la muchacha le respondió en un staccato italiano. Parecía estar hablándole tanto al cielo como a una esquina del techo. Después de algún pestañeo, Haroway pudo distinguir un altavoz suspendido del artesonado con lo que parecía ser un micrófono que colgaba junto a él. Entonces, la conversación acabó con lo que sólo podía ser una orden y la muchacha bajó la cabeza.
—¿Ése era... él? —preguntó Haroway en voz muy baja. Ella sólo asintió con la cabeza y se dio la vuelta hacia la ventana hasta que pudo volver a hablar.
—Quiere verlo..., y el médico ha prohibido expresamente todas las visitas. —La muchacha se dio la vuelta hasta ponerse frente a él. El impacto de la emoción de aquellos grandes ojos bañados en lágrimas consiguió quebrar la indiferencia de Haroway por un instante—. ¿Me hará usted el favor de marcharse, por favor? Él no debe excitarse.
—Me gustaría ayudarla, pero... sencillamente no está en mi mano. He estado esperando tanto tiempo esta oportunidad... Aunque le prometo que no permitiré que se ponga nervioso. Haré todo lo posible, se lo prometo.
Ella suspiró trémulamente, bajó de nuevo la cabeza y se dio la vuelta de nuevo.
—Venga conmigo —dijo, y empezó a caminar hacia la puerta. Haroway no sentía dolor en el pie herido. A decir verdad, la única sensación que apenas acusaba al ir tras la muchacha era que se movía sobre un mar de algodón. Sus sentidos estaban completamente suspendidos, como si, increíblemente, éstos no pudieran aceptar el hecho de que la ambición de toda una vida finalmente estuviera cumpliéndose. Se abrió la última puerta y pudo ver una abultada figura envuelta en mantas y sentada en una silla de ruedas... con algún rayo de luz accidental que se filtraba por la ventana y producía destellos sobre la melena de cabello blanco; un halo de luz que no hubiera sorprendido a Haroway si hubiera sido real. Solamente pudo permanecer de pie, petrificado y sin habla, mientras la muchacha se adelantaba y le extendía la nota al Maestro.
—¿Qué significa esto? —preguntó el anciano, agitando la tarjeta mientras lo increpaba con la mirada—. Sólo hubo un asunto mínimo sin cerrar aquel año en Le Mans y es demasiado tarde para empezar con un pleito o algo que se le parezca. ¿Qué es lo que quiere? —Miró a Haroway con el ceño fruncido y la tensión hizo visible toda una maraña de finas arrugas que surcaban su piel caoba.
—Na..., nada de eso —tartamudeó Haroway. Entonces respiró hondo y trató firmemente de no perder el control de sí mismo—. Naturalmente yo no estaba allí, ni siquiera había nacido todavía... —Tuvo que refrenar un impulso de reírse tonta e histéricamente—. Pero mi padre me lo ha contado muchas veces, de forma que casi siento como si yo hubiera visto la carrera con mis propios ojos. Cuando aquel Fiat de once litros rozó su Type 13 de 1.327 centímetros cúbicos y le hizo dar la vuelta, ¡qué momento tan terrible debió de ser! Pero su piloto, Fettuccine, salió despedido, y fue solamente cuando la tapa del radiador saltó y fue a parar entre la multitud...
—¡La tapa del radiador...! ¡Lo sabía! —dijo el Maestro, golpeando en el brazo de su silla de ruedas—. Tenía que ser eso. ¡No hubo ningún otro asunto pendiente en Le Mans!
—¡Abuelo, por favor! —le rogó la muchacha mientras acariciaba su mano—. Prometió no... —dijo ella fulminando con la mirada a Haroway.
—Lo siento, no quería... En cualquier caso, no hay nada por lo que ponerse nervioso, mi padre fue el único a quien la tapa del radiador golpeó en la cabeza.
—Aja... El misterioso hombre herido apareció por fin.
—No fue nada grave; fue una fractura muy pequeña y se levantó de la cama en menos de un mes. Todavía conserva la tapa del radiador... su mayor tesoro. No tenía dinero. Consiguió llegar a Europa trabajando sólo para ver Le Mans y fue atendido en un hospital de caridad. Ésa es la razón por la que nunca lo encontró usted, aunque yo sé que se esforzó por dar con el hombre que había sido herido.
—Fue un misterio. Muchos lo vieron caer... y, sin embargo, no había ni rastro de él más tarde.
—Bueno, papá siempre fue tímido. Posiblemente ni llegó a pensar en hablar con un gran hombre como usted. Cuando se recuperó, se las arregló para regresar a Estados Unidos y su vida cambió después de aquello. Siempre dijo que fue una locura de juventud de la que él se sentía muy satisfecho. Cuando conoció a mamá y se casaron, trabajó en una gasolinera. Finalmente ahorró lo suficiente para comprarla y eso fue todo lo que hizo en la vida. Pero siempre fue un hombre feliz. Tenía la tapa del radiador en una vitrina de cristal sellada y enmarcada, que colgó sobre la chimenea. Y ése es el primer recuerdo que tengo, y a él contándomelo. Crecí con esa tapa, señor Bellini, y no le mentiría si le digo que marcó toda mi vida. Me fascinaban los coches y los estudié. Fui a la academia nocturna y ahora mismo soy ingeniero automovilístico. No ha existido ninguna otra cosa en el mundo que yo quisiera. Además de conocerle, claro. Papá murió el año pasado y sus últimas palabras fueron: «Devuélvesela, hijo, no nos pertenece legítimamente. Yo sabía que algún día tendría que devolverla, pero no pude hacerlo, no durante mi vida. Ahora es tu tarea, hijo. Devuélvesela al hombre al que le pertenece por derecho».
Haroway abrió el maletín, buscó a tientas en su interior y extrajo algo envuelto en muchas capas de polietileno. Una a una, con escrúpulo reverencial, fue quitando todas las envolturas hasta dejar al descubierto la vieja tapa del radiador, abollada y con rayas, pero pulida como si fuera una joya. Haroway se la tendió al Maestro, quien la tomó y le dio la vuelta examinándola con los ojos entrecerrados.
—Un bonito trozo de latón —dijo, y se la devolvió—. Guárdela.
—Gracias —le contestó Haroway con voz humilde mientras la envolvía con esmero y la introducía cuidadosamente en el maletín—. Gracias también por su cortesía al recibirme. —Cerró su maletín y lo cogió con la mano—. No le molestaré más, pero si me lo permite, hay una pregunta que me gustaría hacerle antes de marcharme.
—¿Cuál es? —preguntó el Maestro distraídamente, mirando por la ventana y viendo tan sólo Le Mans en el año 1910. Si no hubiera sido por aquel descomunal Fiat, su Type 13 habría ganado. Con su árbol de levas en la culata, estaban llegando a 3.000 revoluciones por minuto...
—Es algo que me ha estado preocupando durante años. ¿Cree que si no hubiera sido por aquel accidente, el Type 13 habría alcanzado el primer puesto? Después de todo, con su nuevo árbol de levas en la culata, estaban obteniendo 3.000 revoluciones por minuto...
—¡Dio mió! —exclamó el Maestro quedándose boquiabierto—. ¡Ha leído usted mi pensamiento..., era justo lo que estaba pensando!
—No ha sido cosa de leer la mente, señor. Tan sólo una vida de estudio. He tenido una afición, que se ha apoderado de todo mi entusiasmo y mi interés: los automóviles Bellini y el genio Bellini.
—Una afición saludable para un joven. ¡La mayoría de las nuevas generaciones son incrédulos inocentes que piensan que un automóvil con cambio de marchas automático es un coche de verdad! Espere un momento. Se tomará una copa de vino conmigo. ¿Ha conocido ya a mi nieta, Vergine? Es la niña de los ojos de este anciano, aunque sea muy estricta conmigo. —Ella le lanzó una mirada desafiante, y él se rio con ganas—. No me frunzas el ceño, capullito mío, te salen arrugas feas en la cara. En lugar de eso, trae una botella de Valpolicella del 47 y algunas copas. Vamos a celebrar hoy una pequeña fiesta.
Estuvieron bebiendo y hablando, y la conversación giró exclusivamente alrededor de los coches... los coches Bellini, los únicos sobre los que ellos consideraban que merecía la pena hablar. La tarde fue avanzando y, a la hora de la cena, fue de obligada cortesía invitar al ya más dispuesto Haroway y la conversación continuó: dirección y volante con los espaguetis, embragues hidráulicos de múltiples platos semicentrífugos con la carne, y los alzaválvulas con forma de banana durante el postre. Fue un ágape extraordinariamente satisfactorio.
—Aquí tiene la prueba —dijo Haroway, garabateando el último número de una hilera de ecuaciones que se extendían por toda la superficie blanca del mantel de lino—. Cuando usted creó su motor de dieciséis válvulas para el Type 22 con cuatro válvulas por cilindro, desarrolló una presión de barrido mayor con las válvulas más pequeñas... ¡Esto lo demuestra! ¿Calculó antes estas ecuaciones?
—No, yo dejo a otros que lo demuestren. Sabía lo que ocurriría, considérelo cuestión de intuición.
—No es intuición... ¡Es el genio!
Bellini asintió con su gran cabeza gris, aceptando su mérito.
—¿Qué cree que he estado haciendo los últimos diez años? —le preguntó.
—Nada. Se retiró a este castillo, después de haberle dado a la industria del automóvil más que ningún otro hombre.
—Sí, eso es cierto, pero aunque me retiré, he mantenido un pequeño taller aquí para juguetear un poco, trabajar en ideas..., la afición de un viejo. He construido un coche...
Haroway se puso blanco, casi levantándose y, con un movimiento convulso de la mano, lanzó una de las copas de vino, que se estrelló en el suelo. No se dio cuenta.
—Coche..., un nuevo coche... —Fue todo lo que acertó a decir entrecortadamente.
—Pensé que usted podría estar interesado —dijo el Maestro con una sonrisa pícara—. ¿Quizá le gustaría verlo?
—¡Abuelo, no! —lo interrumpió Vergine. Había estado sentada en silencio durante toda la comida, ya que la conversación no parecía estar dañando al Maestro, sino que estaba suavizando su carácter arisco. Pero eso ya era demasiado—. El esfuerzo y los nervios. El médico te prohibió acercarte al coche durante al menos dos semanas más...
—¡Silencio! —rugió—. Ésta es mi casa y yo soy Bellini. Ningún curandero gordo y zoquete al que se le paga con creces me va a decir lo que he de hacer en mi propia casa. —Su humor cambió y dio unas palmadas en la mano a su nieta—. Cariño, debes perdonar los modales de un viejo. Tan sólo me quedan algunas vueltas en esta carrera que es la vida, mi magneto me está dando problemas y mi presión del aceite está baja. Permíteme algunos momentos de placer antes de que me retire a los boxes por última vez. Debes de haber comprobado lo diferente que es Haroway de los otros jóvenes, puesto que, aunque trabaja en las satánicas fábricas de hierro de Detroit, su corazón es puro. Creo que debe de ser el último de una raza en vías de extinción. Vino aquí ofreciendo, no pidiendo, sin esperar nada. Debe ver el coche.
—¿Cómo se llama? —preguntó Haroway en voz muy baja.
—Type 99.
—Bonito nombre. —Haroway empujó la silla de ruedas y Vergine fue delante hacia el ascensor, que descendió vibrante hasta el garaje y el taller que estaban ocultos bajo el castillo. Cuando la puerta se abrió, Haroway tuvo que apoyarse en la silla de ruedas o, de lo contrario, se habría caído.
Allí estaba el coche. Fue un momento de dicha en estado puro, el punto culminante de su vida. No se dio cuenta de que por su rostro caían lágrimas de felicidad absoluta cuando avanzaba a tropezones por el impecable suelo de hormigón.
Aquello era movimiento en estado de congelación. La forma plateada del Type 99 estaba dispuesta como un rayo prisionero, ansiando dar un salto hacia adelante y cruzar el mundo de un lado a otro. La carrocería era la simplicidad misma, con sus formas tan puras y adorables como el pecho de una mujer. Y Haroway supo que había maravillas aún mayores bajo aquel refulgente capó, ocultas bajo la perfección de la carrocería.
—¿Ha incorporado algunas mejoras mecánicas? —preguntó vacilante.
—Algunas —reconoció el Maestro—. Los frenos; nunca antes les había concedido mucha atención a los frenos.
—Y con razón, ¿no fue usted quien dijo que un coche Bellini estaba concebido para ir hacia adelante y no para parar?
—Así es. Pero el mundo cambia y las carreteras están ahora más transitadas. He concentrado mi atención en los frenos y he inventado un sistema de frenado completamente nuevo. Es infalible, la capacidad de frenado no disminuye con el calentamiento, no se agarrotan, es imposible que se bloqueen; simplemente lo que imaginas que debe ser un freno Bellini.
—¿Y el sistema es...?
—Magnetostricción.
—¡Por supuesto! Pero nadie pensó nunca en ello.
—Naturalmente. Es un fenómeno de laboratorio, donde la aplicación del magnetismo cambia las dimensiones de una sustancia ferromagnética. Éstos son unos buenos frenos. Estaba muy cansado de la danza del diablo del motor de pistones, así que decidí que era necesario un principio nuevo. El Type 99 funciona con un motor de émbolo libre.
—Pero... eso es del todo imposible. No pueden combinarse las dos cosas.
—Imposible para los demás, no para Bellini. Otro problema que ha sido eliminado es el peso sin suspensión. Este automóvil no tiene peso sin suspensión.
—Eso es imposi...
El Maestro asintió aceptando el elogio.
—Existen otras novedades de menor importancia. Una batería de níquel cadmio que no puede gastarse o descargarse por completo. Una carrocería exclusivamente de aluminio, anticorrosiva y de fácil reparación, cosas así...
Haroway dejó que sus dedos acariciaran el volante.
—Usted le debe esto al mundo —dijo.
—No había pensado en la producción. Sólo es el juguete de un viejo.
—No, es más que eso. Es el regreso a la pureza de la época del automotor. Es una máquina que desencadenará una revolución en el mundo. Simplemente, tal como está, es el coche perfecto, el mejor coche del mundo. ¿Ha patentado todas las rectificaciones e inventos?
—A Bellini se le ha acusado de muchas cosas pero nunca de haber nacido ayer.
—¡Entonces, permítame llevarme el coche a Estados Unidos! Hay bastantes amantes de los coches en mi empresa. Sólo tengo que mostrarles el Type 99 para convencerlos. Fabricaremos un número limitado, con cuidado exquisito, a mano, perfectos...
—No sé —dijo el Maestro. Entonces resolló y se agarró al brazo de la silla. Su rostro fue palideciendo de dolor—. Mi medicina, rápido, Vergine.
Ella fue corriendo a por la medicina mientras Bellini se llevaba con fuerza las manos al pecho, hablando con dificultad.
—Es una señal, Haroway. Una fuerza más poderosa que yo ha decidido. Mi trabajo está hecho. El coche está terminado..., y yo también. Tómelo y lléveselo al mundo...
Acabó farfullando y apenas consciente para tomarse la medicina que le había traído su nieta. Su noble cabeza colgaba con pesadez cuando ella se lo llevó en la silla de ruedas. Después de cerrarse las puertas del ascensor tras ellos, Haroway se volvió hacia el coche.
¡Felicidad!
La puerta del garaje quedó abierta mediante un botón en la pared y la brisa trajo una pequeña nube de rocío, que dejó el suelo moteado. El coche de alquiler podía quedarse allí; la compañía podría recogerlo al día siguiente, porque ¡esa noche iba a conducir un Bellini! La puerta del coche se abrió al tacto y él se sumergió en el confortable abrazo del asiento de piel del piloto. Haroway le dio al contacto y entonces sonrió al no encontrar el botón de arranque. Por supuesto, Bellini siempre había desdeñado los motores de arranque eléctrico. Un simple tirón de la manivela era suficiente para arrancar cualquier coche Bellini. Ahora, el sistema se había refinado al máximo y una diminuta manivela de cinco centímetros sobresalía del tablero de mandos. Tiró de ella con las yemas de los dedos y el motor perfectamente equilibrado rugió con palpitante poderío. Podía sentir su fuerza vibrante a través del volante, no el martilleo mecánico de una torpe máquina, sino un ruido sordo, como el ronroneo de un felino gigante. Puso primera con la facilidad de un cuchillo templado hundiéndose en la mantequilla, y cuando apretó el acelerador, la máquina plateada se lanzó hacia la noche como un cohete liberado.
Ponerlo de cero a ciento sesenta kilómetros por hora le llevó cuatro segundos, porque aún no estaba familiarizado con la divina máquina y vacilaba al apretar el acelerador. Los faros reflectores producían unos inmensos túneles de luz que se abrían camino a través de la noche lluviosa. Y, aunque el coche carecía de capota, él estaba totalmente seco: una cortina de aire, ingeniosamente diseñada, corría por encima de él, protegiéndole así de la lluvia. La carretera era una pesadilla de curvas muy cerradas, pero Haroway se reía con ganas al tomarlas, pues la dirección tenía un ángulo de giro de 360 grados y era tan segura respondiendo como si el coche estuviera corriendo sobre raíles.
Nunca en toda la historia del mundo había existido un coche como aquél. Haroway cantaba mientras conducía, lanzando al cielo su felicidad. Despuntaba un nuevo día para la industria del motor, el día del Type 99. Y todos serían fabricados con el mismo esmero que el Maestro había prodigado en aquel prototipo; él se encargaría de eso.
Por supuesto, serían necesarias una o dos modificaciones mínimas..., como la batería de níquel cadmio. Ésta quedaba fuera de toda consideración: tenían un contrato con sus suministradores de baterías de plomo ácido, que, por supuesto, no se podía romper. Y la carrocería de aluminio, aunque bastante buena en teoría, requiere troqueles especiales para ajustarla, cuando, además, en Detroit disponen de unas reservas muy grandes de planchas de acero que han de usarse; por si fuera poco, los que se dedican a la compra y venta pondrían mala cara a un material que no se oxida ni se desgasta, puesto que no habría nadie que quisiera un modelo nuevo. Luego habría que estudiar el motor. Ellos modificarán alguno de los motores en stock. Es muy bonito eso de decir que aquí hay un principio nuevo, pero hay que tener en cuenta toda la maquinaria ya instalada para hacer un tipo de motor diferente. Nadie tira a la basura un par de millones de dólares en herramientas.
De todas maneras, algún que otro cambio bajo el capó no importaba, la carrocería sería la misma. Haroway echó una rápida mirada al coche cuando circulaba briosamente por la autopista iluminada. Bueno, casi la misma, no se puede cambiar un mercado de la noche a la mañana y además había algo demasiado europeo en las líneas. Probablemente necesitaría alerones para venderse en el mercado norteamericano; los alerones estaban volviendo y pegando fuerte.
Con un gigantesco rugido del tubo de escape, el Type 99 adelantó a un puñado de coches deportivos como si estuvieran parados y cogió con elegancia una curva abierta. La lluvia estaba remitiendo y, sobre una alta colina muy por encima de él, pudo ver el perfil del Castello Prestezza y agitó la mano haciendo un saludo guerrero.
—¡Gracias, Bellini! —le gritó al viento—. ¡Gracias!
Ésa fue la mejor parte, la parte importante para él. ¡No sólo iba a hacer el mejor coche del mundo, sino que también iba a hacer realidad el sueño de un anciano!