País Relato - Autores

harry harrison

el brazo de la ley

Era una caja grande, de madera contrachapada y con forma de ataúd, que parecía pesar una tonelada. Aquel fornido individuo se limitó a plantarla tras la puerta de la comisaría y se largó. Levanté la mirada del fichero y le di un grito al camionero, cuya espalda ya se perdía de vista.
—¿Qué demonios es esto?
—¿Cómo quiere que lo sepa? —respondió mientras se subía de un salto a la cabina—. Me limito a hacer entregas, no las radiografío. Todo lo que sé es que llegó en el cohete matinal de la Tierra. —Pisó a conciencia el acelerador, más de lo necesario, y levantó una nube de polvo rojo.
«Bromistas, —mascullé para mí—. Marte está lleno de tipos graciosos.»
Cuando me acerqué a mirar la caja, sentí el polvo rechinar entre los dientes. El comisario Craig debió de oír el barullo porque salió de su despacho y me ayudó a colocar la caja y a mirarla.
—¿Crees que es una bomba? —preguntó en tono aburrido.
—¿Por qué iba a molestarse alguien..., especialmente con una cosa de este tamaño? Y ha hecho todo el trayecto desde la Tierra.
Asintió con la cabeza y dio la vuelta para observarla desde el otro lado. No aparecía la dirección del remitente por ningún sitio de la parte exterior. Finalmente tuvimos que desempolvar la palanca, y traté de quitar con ella la tapa. La forcé y se acabó soltando y cayendo al suelo.
Fue entonces cuando vimos a Ned por primera vez. Si también hubiera sido la última, todos nosotros habríamos sido mucho más felices. ¿Por qué no pondríamos otra vez la tapa en su sitio y enviamos aquella cosa de regreso a la Tierra? Ahora sé lo que quiere decir esa vieja historia de la caja de Pandora.
Sin embargo, lo que hicimos fue quedarnos allí de pie, atónitos, como un par de pasmarotes. Allí estaba Ned, inmóvil completamente y devolviéndonos la mirada.
—¡Un robot! —exclamó el comisario.
—Una observación muy fina; se nota en seguida que fuiste a la academia de policía.
—¡Ja, ja! A ver si averiguas qué es lo que hace aquí.
Yo no había ido a la academia, lo que no me impidió encontrar la carta. Sobresalía de un grueso libro que había en una bolsa de la caja. El comisario cogió la carta y la leyó sin mucho entusiasmo.
—Vaya, vaya. Escucha qué bendita ocurrencia han tenido en United Robotics:«…los robots, empleados adecuadamente, demostrarán con el tiempo que pueden prestar un servicio inestimable en las tareas policiales...». Quieren que colaboremos haciéndole una prueba sobre el terreno. «El robot que enviamos es el último prototipo experimental; está valorado en 120.000 créditos.»
Ambos volvimos a mirar el robot, compartiendo el deseo de que en la caja hubieran estado los créditos en lugar de aquella cosa. El comisario torció el gesto y leyó el resto de la carta moviendo los labios. Yo me preguntaba cómo íbamos a sacar al robot de la caja de contrachapado.
Modelo experimental o no, se trataba de una bonita muestra de maquinaria. Vestía un completo uniforme azul marino, aunque sus ganchos y fundas exteriores eran de color dorado metalizado. Alguien había hecho a conciencia su trabajo. No se podía parecer más un robot a un poli de uniforme sin resultar ridículo. Lo único que parecía faltarle eran la placa y la pistola.
Entonces me percaté de un diminuto punto de luz en los ojos de cristal del robot. No se me había pasado por la cabeza que pudiera estar conectado. No había nada que perder por comprobarlo.
—Sal de la caja —le dije.
El robot salió como la seda y de prisa como un cohete. Se colocó a unos sesenta centímetros enfrente de mí y, de repente, hizo un brusco saludo.
—¡Robot policía experimental, número de serie XPO-456-934B, se presenta, señor!
Su voz vibraba mostrando una actitud de alerta y casi pude apreciar el zumbido de sus músculos hechos de cables tensados. Quizá tuviera la piel de acero inoxidable y un manojo de alambres por cerebro... pero para mí tenía todo el aire de un poli novato. El hecho de que tuviera las dimensiones de un ser humano, con dos piernas y dos brazos y aquel uniforme pintado, contribuía a que así lo pensara. Todo lo que tenía que hacer era entrecerrar los ojos y allí estaba Ned, el poli novato. Recién salidito de la academia y deseoso de ponerse manos a la obra. Sacudí la cabeza para quitarme esa idea ilusoria de encima. Tan sólo era un metro ochenta y dos de maquinaria que un hatajo de cerebritos y listillos había armado para su propia diversión.
—Calma, Ned —le dije. Aún me estaba haciendo el saludo militar—. Descansa. Cogerás una hernia en el tubo de escape si estás tan tenso. Además, yo soy sólo el sargento. Aquel de allí es el comisario de policía.
Ned se dio media vuelta y se dirigió al comisario como una centella. Éste se quedó contemplándolo como si fuera algo que hubiera saltado de debajo del capó de un coche, mientras Ned repetía su presentación de rigor.
—Me pregunto si hace algo más aparte de saludar y presentarse —dijo el comisario mientras daba una vuelta alrededor del robot como un perro haría con una farola.
—Las funciones, operaciones y procedimientos responsables de acción propios de los robots policía experimentales vienen explicados en las páginas 184 a 213 del manual. —La voz de Ned se amortiguó un instante mientras se volvía a meter a medias en la caja y sacaba el volumen que acababa de mencionar—. También hallará una explicación detallada de la página 1035 a la 1267, ambas inclusive.
El comisario, que ya se encalla con la página de historietas del periódico en una misma sentada, recogió aquel libraco de un palmo como si fuera a morderle. Cuando se hizo una idea aproximada de cuánto pesaba y hubo manoseado bien las tapas, lo lanzó sobre mi mesa.
—Ocúpate de eso —me dijo mientras se volvía a su despacho—. Y también del robot. Haz algo con él. —La capacidad del comisario para mantener la atención durante períodos prolongados nunca había sido muy grande y, en aquel momento, ya había sobrepasado su límite.
Pasé algún tiempo hojeando el manual y reflexionando. Una cosa con la que yo nunca había tenido mucho que ver eran los robots, de manera que sabía lo mismo de ellos que un tipo cualquiera de la calle. Probablemente menos. El libro estaba repleto de páginas con letra menuda, complicadas matemáticas y gráficos de circuitos a nueve colores, y ese tipo de cosas. Requería una atención minuciosa, una atención que yo no podía prestarle. Cerré el libro y observé el reciente fichaje del Departamento de Policía de la ciudad de Nineport.
—Hay una escoba detrás de esa puerta. ¿Sabes cómo usarla?
—Sí, señor.
—En ese caso, cógela y ponte a barrer esta habitación, levantando el mínimo de polvo posible.
La verdad es que hizo un trabajo realmente bueno. Estuve observando cómo ese amasijo de maquinaria de 120.000 créditos hacía una pulcra montaña de colillas y arena y me pregunté por qué lo habrían enviado a Nineport. Probablemente la razón era que en todo el sistema solar no había otro Departamento de Policía más pequeño y menos importante que el nuestro. Los ingenieros debieron de haberse imaginado que éste sería el lugar óptimo para una prueba sobre el terreno. Aunque esa cosa explotase, a nadie le importaría realmente. Quizá viniera alguien más adelante para hacerse con un informe. Bien, estaba claro que habían dado con el lugar idóneo. Nineport era sólo un fragmento minúsculo más allá de la nada.
Lo cual, evidentemente, también era el motivo por el que yo estaba allí. Yo era el único poli de verdad del departamento. Necesitaban al menos uno para dar la sensación de que las cosas marchaban. El cerebro del comisario Alonzo Craig no daba más que para recoger los sobornos sin que se le fuera cayendo el dinero al suelo. Había otros dos agentes. Uno era viejo y estaba borracho la mayor parte del tiempo. Y el otro era tan joven que aún tenía el culo escocido por los pañales. Yo contaba con una experiencia de diez años como poli urbano en la Tierra. Por qué me marché de allí no es asunto de nadie. Ya hace mucho que saldé mi deuda por cualquier equivocación que pude haber cometido al dar con mis huesos aquí, en Nineport.
Nineport no es una ciudad, tan sólo es un lugar en el que la gente recala. Los únicos habitantes estables son aquellos que se ocupan de los que están de paso. Gente que regenta hoteles, jugadores, furcias, camareros y demás ralea de ese tipo.
Hay un puerto espacial al que sólo llegan algunas naves de carga para recoger el metal de las minas que todavía están en funcionamiento. Algunos colonos aún vienen a por suministros. Se podría decir que Nineport era una población que había perdido su oportunidad. En un centenar de años, dudo que quede algo pegado al suelo, aunque sólo sea para indicar dónde estaba.
Yo tampoco estaré, de modo que no podría importarme menos. Volví al fichero. Había cinco borrachos en chirona, el promedio de cada redada nocturna. Mientras tomaba nota de sus nombres, Fats entró con el sexto fichaje.
—Se había encerrado en el váter de señoras del puerto espacial y se resistió al arresto —informó.
—Estupendo. Llévalo con el resto.
Fats condujo a su flácida víctima por la estancia, ajustando sus pasos al ritmo con el que el otro iba arrastrándose. Siempre me ha fascinado la preocupación que Fats sentía por los borrachos, ya que, normalmente, él llevaba más tragos encima que ellos. Nunca lo he visto caerse redondo, ni completamente sobrio. Era especialmente diestro para mantener un ojo no muy despierto sobre los cerrojos y trincar beodos. En eso sí era bueno. No importaba dónde demonios se escondieran: siempre sabía dónde encontrarlos. No había duda de que se debía a que compartían idénticos instintos naturales.
Fats cerró de un portazo la celda número 6 y regresó zigzagueando.
—¿Qué es eso? —preguntó, mirando al robot por detrás de la hermosura carmesí de sus narices.
—Es un robot. He olvidado el número que su madre le puso en la fábrica, de manera que lo llamaremos Ned. Trabaja aquí ahora.
—¡Estupendo! Podrá limpiar las celdas después de que echemos a esos vagabundos.
—Ése es mi trabajo —dijo Billy entrando por la puerta delantera. Agarró su porra y echó un vistazo con el ceño fruncido por debajo de la visera de su gorra oficial. No es que Billy sea estúpido, es sólo que toda la fuerza se le ha quedado en los hombros en lugar de en la cabeza.
—Ése es ahora el trabajo de Ned porque tú has sido ascendido. A partir de ahora, me ayudarás en mi trabajo.
Billy venía muy bien de vez en cuando y por nada del mundo estaba dispuesto a prescindir de él. Mi explicación lo debió de complacer porque se sentó al lado de Fats y se puso a mirar cómo Ned limpiaba el suelo.
Y así continuaron las cosas durante una semana. Observábamos cómo Ned barría y sacaba brillo hasta que la comisaría empezó a ofrecer un aspecto verdaderamente antiséptico. El comisario, que siempre había gozado de un agudo olfato para esas cosas, descubrió que Ned podía encargarse de archivar la tonelada de viejos informes y papelorios que atestaban su despacho. Todo eso mantuvo ocupado al robot y nos acostumbramos tanto a él que apenas éramos conscientes de que estaba rondando por allí. Me enteré de que se había llevado la caja en la que vino embalado al almacén y que allí se había montado una especie de ataúd dormitorio para robots. De lo demás... ni me enteré ni mostré interés por enterarme.
El manual de instrucciones estaba sepultado entre los papeles de mi mesa y nunca lo consulté. De haberlo hecho, podría haberme formado una idea de los grandes cambios que se avecinaban. Ninguno de nosotros tenía la más remota idea de lo que un robot podía hacer o dejar de hacer. Ned estaba trabajando con eficacia en calidad de una especie de conserje y administrador de archivos y así debería haber continuado. Y así habría ocurrido de no haber sido el comisario tan perezoso. Por eso empezó todo.
Eran alrededor de las nueve de la noche y el comisario ya se disponía a marcharse cuando sonó el teléfono. Lo cogió, escuchó un momento y luego colgó.
—Es la tienda de licores de Greenback. La han vuelto a asaltar. Dice que vayamos en seguida.
—Eso es nuevo. No solemos enterarnos de nada hasta que ha pasado un mes. ¿Es porque está soltando dinero a China Joe para que lo proteja? ¿Qué son esas prisas?
El jefe se mordió el labio flácido un instante y, a duras penas, tomó una decisión.
—Será mejor que te acerques y veas qué pasa.
—Cómo no —dije mientras cogía mi gorra—. Pero ya no hay nadie por aquí. Tendrás que quedarte de guardia hasta que vuelva.
—No me seduce mucho esa idea —protestó—. Me estoy muriendo de hambre y quedarme aquí sentado no me la va a quitar.
—Iré a hacer el informe —dijo Ned, dando un paso al frente y largándonos su habitual saludo militar.
Al principio, el jefe no tragó. ¿Qué pensarías si, de repente, la refrigeradora del agua cobrara vida y se ofreciese voluntaria a hacer el trabajo?
—¿Cómo ibas a hacer tú el informe? —gruñó, poniendo al electrodoméstico listillo en su sitio. Pero sucedió que él había expresado su inocente ofensa en forma de pregunta, de manera que nadie sino el jefe tuvo la culpa de todo. En tres minutos clavados Ned facilitó al comisario un listado de la rutina que debía seguir un oficial de policía para efectuar un informe de un robo a mano armada o cualquier otro tipo de hurto. A juzgar por el aspecto vidrioso de los ojos saltones del jefe, podría decirse que Ned había sobrepasado largamente los límites de sus magros conocimientos—. ¡Ya basta! —acertó a exclamar finalmente el atribulado oficial—. ¿Si eres tan inteligente, por qué no te encargas de todo?
A mí, eso me trajo a la memoria la cantilena «si estás tan enterado, ¿por qué no estás forrado?», que solíamos cantar en la escuela a los cerebritos. Sin embargo, Ned lo interpretó todo literalmente y se volvió hacia la puerta.
—¿Quiere decir que desea que haga el informe sobre ese robo?
—Sí —respondió el comisario para quitárselo de encima, y vimos cómo su silueta azul se esfumaba tras la puerta.
—Debe de ser más listo de lo que parece —dije—. Ni siquiera nos ha preguntado dónde está la tienda de Greenback.
El jefe asintió y el teléfono volvió a sonar. Aún tenía la mano apoyada en él, así que lo cogió como un reflejo. Escuchó durante un segundo y cualquiera hubiera dicho por la forma en que palideció que alguien le estaba sacando toda la sangre por los talones.
—El atraco aún continúa —acertó a decir al final, entrecortadamente—. El chico que se encarga de las entregas de Greenback aún está al teléfono... Ha vuelto a llamar para ver dónde estábamos. Ha dicho que está debajo de una mesa del cuarto trasero.
Nunca oí el resto, porque estaba fuera metiéndome en el coche. Había cien cosas que podían suceder si Ned llegaba allí antes que yo. Disparos, gente herida, montones de cosas. Y echarían las culpas de todo a la policía... por enviar a un robot de hojalata a hacer el trabajo de un agente. Cierto que había sido el comisario quien había mandado a Ned allí, pero yo sabía, como si lo llevara escrito en la frente, que también a mí me iban a pringar. Nunca hace demasiado calor en Marte, pero el hecho era que yo estaba sudando.
El código de circulación de Nineport tiene catorce reglas. Yo me las había saltado todas antes de pasar la primera manzana. Pero si yo fui rápido, Ned lo fue más. Cuando giré la esquina, lo vi abrir la puerta de la tienda de Greenback y entrar en ella. Di un sonoro frenazo tras él y llegué justo a tiempo para hacerme con una entrada en primera fila para asistir al espectáculo. Un espectáculo de tiro al blanco, por cierto.
Eran dos gamberros, uno detrás del mostrador actuando como si fuera el dependiente y el otro al lado, haciendo el ganso.
Llevaban las armas escondidas, pero la irrupción de Ned ataviado con su uniforme azul desbordó sus nervios ya alterados. Las armas surgieron como si tuvieran un resorte y Ned se paró en seco. Yo agarré mi pistola y me quedé allí, esperando ver cómo salían disparados los cascotes de robot por la ventana.
Ned contaba con unos magníficos reflejos. Supongo que eso es lo que debería esperarse de un robot.
—¡Arrojen las armas! ¡Quedan arrestados!
Debía de tener el altavoz a todo volumen o algo así, porque el estruendo de su voz fue tal que me hizo daño en los oídos. El resultado no fue otro que el que cabía esperar. En seguida y por ambas partes, dieron comienzo los fuegos de artificio. El aire se llenó de proyectiles. Las ventanas se rompieron en mil pedazos y yo me lancé al suelo boca abajo. Pude saber por el monumental ruido que los dos iban armados con fusiles del calibre 50 sin retroceso. Nada detiene una de esas balas. Atraviesan a uno y a cualquier cosa que encuentren a su paso.
Sin embargo, Ned no dio muestras de inmutarse por ello. Su única reacción pareció ser la de taparse los ojos. Un pequeño escudo con una hendidura se deslizó rápidamente sobre sus ojos electrónicos. A continuación, avanzó sobre el primer matón.
Sabía que era rápido, pero no tanto. Un par de balas le pasaron rozando cuando atravesó la habitación, pero antes de que aquel necio pudiera afinar su puntería, Ned ya le había cogido el fusil. Eso fue el fin de todo. Le hizo una de las llaves de «brazo sobre espalda» más bonitas que he visto en mi vida y, limpiamente, cogió el fusil al vuelo cuando lo soltaron sus dedos mustios. Con el mismo movimiento con el que se guardó la pistola en un bolsillo, se sacó un par de esposas y las cerró sobre las muñecas del asaltante.
El bravucón número 2 se estaba dirigiendo hacia la puerta en aquel preciso instante, pero yo lo estaba esperando para hacerle un caluroso recibimiento. No hubo ninguna necesidad. No había hecho la mitad del camino cuando Ned se plantó enfrente de él. Se oyó un buen estruendo al chocar los dos. Ned no tembló siquiera pero el otro por poco pierde el conocimiento. No se enteró siquiera de que le estaban poniendo las esposas y lo dejaban caer al lado de su compañero.
Entré, le cogí las armas a Ned e hice oficial el arresto. Eso fue todo lo que Greenback vio cuando salió a gatas de detrás del mostrador. Por mi parte era todo lo que yo quería que viese. Todo estaba cubierto por una capa de treinta centímetros de grosor de cristales rotos y olía como el interior de una botella de Jack Daniels. Greenback empezó a aullar como un lobo al ver sus existencias echadas a perder. No parecía saber más que yo sobre la llamada telefónica, de modo que agarré al muchachito acneico, que salió tambaleándose del almacén. Él era el que había hecho las llamadas.
Resultó ser una pura estupidez. Había trabajado tan sólo unos días para Greenback y no tenía suficiente sesera para saber que había que informar de esos atracos al Departamento de Menores y no a la policía. Le dije a Greenback que espabilara al muchacho, visto el cisco que se había organizado. A continuación, empujé afuera a los dos ex asaltantes en dirección al coche. Ned, de un salto se montó atrás con ellos y los dos se abrazaron como dos huerfanitas en una tormenta. La única reacción del robot fue sacar un botiquín de primeros auxilios de su cadera y atender una brecha que uno de los rateros lucía, causada por una bala rebotada y que nadie había advertido con la tensión.
El comisario aún estaba allí cuando entramos en procesión, sentado y con la cara pálida. No lo creí posible, pero todavía palideció dos grados más.
—Los trincaste —susurró. Antes de que pudiera aclararle la situación, una idea horrible lo asaltó. Agarró por la camisa al primer delincuente y se lo acercó—. ¿Eres uno de los muchachos de China Joe? —gruñó.
Aquel miserable intentó pasarse de listo y el jefe le dejó catar un bonito mandoble en su cabeza con la mano abierta, que le dejó los ojos girando como dos canicas. Sin embargo, eso hizo que el tipo diera con la respuesta correcta cuando se le volvió a plantear la pregunta.
—Nunca he oído nada de ningún China Joe. Acabamos de aterrizar hoy en la ciudad y...
—Así que vais por libre, bendito sea Dios... —El comisario suspiró y cayó desplomado sobre la silla—. Enjáulalos y dime rápidamente qué demonios ha pasado.
Los puse a buen recaudo y señalé a Ned con un dedo no muy firme.
—Ése es el héroe —dije—. Los agarró él sólito, repartió alguna castaña para tumbarlos y los capturó. Es rápido como un tornado, toda una fuerza del bien para una malvada comunidad como ésta. Y también es a prueba de balas. —Pasé un dedo por el amplio pecho de Ned. Había saltado algo de pintura por el impacto de los proyectiles, pero el metal apenas había sufrido el más leve arañazo.
—Esto va a traerme problemas, graves problemas —gimió el jefe.
Sabía que se estaba refiriendo a los del Departamento de Menores. A ellos no les gustaba que se arrestase a los gamberros ni que se disparasen armas sin su consentimiento. Pero Ned pensó que los problemas del jefe eran de otro tipo y se apresuró a calmarlo.
—No habrá problemas. En ningún momento violé las leyes restrictivas de la acción robótica; forman parte de mis circuitos de control y, por tanto, son completamente automáticas. Los individuos que sacaron sus pistolas sí que violaron tanto las leyes robóticas como las humanas al amenazar con el uso de la violencia. No les hice ningún daño; me limité a contenerlos.
Eso sobrepasaba las luces del jefe. Por mi parte, deseé pensar que yo sí que lo había entendido. Había estado preguntándome cómo un robot (una máquina) podía involucrarse en algo como el mantenimiento de la ley y el orden. También para eso, Ned tenía una respuesta.
—Los robots hemos estado asumiendo estas funciones durante años. ¿Acaso no emiten juicios los radares sobre las violaciones humanas del código de circulación? Un alcoholímetro robótico está más cualificado para evaluar la sobriedad de un prisionero que el oficial que lo arresta. En otro tiempo, incluso se autorizó a los robots para que tomaran sus propias decisiones acerca de dar muerte. Antes de promulgarse las leyes restrictivas de la acción robótica estaba generalizado el uso de sistemas automáticos de puntería. Su evolución final fue una batería independiente de cañones antiaéreos. Un radar automático de exploración detectaba cualquier avión en los alrededores. Los que eran incapaces de contestar con la señal correcta de identificación eran objeto de seguimiento y cálculo de sus trayectorias. Entonces, las espoletas y los cargadores automáticos preparaban los cañones computerizados... los cuales eran finalmente disparados por el mecanismo de un robot.
No era mucho lo que yo podía discutirle a Ned. Excepto, quizá, su vocabulario de profesor universitario. De modo que pasé al ataque.
—Pero un robot no puede ocupar el lugar de un agente, es un trabajo complejo sólo para seres humanos.
—Por supuesto que lo es, pero ocupar el lugar de un agente no es la misión de un policía robot. Fundamentalmente, lo que hago es combinar las funciones de numerosas piezas del equipamiento policial, integrando sus operaciones y haciéndolas disponibles instantáneamente. Además, puedo ayudar en los procesos mecánicos para hacer cumplir la ley. Si usted arresta a un hombre, lo esposará y pondrá en suspenso su libertad así. Pero si usted me ordena que lo haga, yo no tomo ninguna decisión moral. Soy solamente una máquina que se limita a colocar unas esposas...
Alcé la mano y, con ello, corté el flujo del argumento robótico. A Ned le salían datos y cifras por las orejas y podía hacerme una ligera idea de quién saldría perdedor en un combate dialéctico como aquél. Lo cierto era que ninguna ley había sido violada cuando Ned llevó a cabo la detención. Pero también existen otras leyes que no necesitan estar escritas.
—A China Joe no le va a gustar esto, no le gustará ni pizca —dijo el comisario, leyéndome el pensamiento.
La ley de la selva. Ésta es una de las que no aparecen en los libros y es la que imperaba en Nineport. El lugar era suficientemente grande para tener un buen número de antros de juego, burdeles y tabernas de mala muerte. Todos ellos regentados por China Joe, así como también el Departamento de Policía. A todos nos tenía controlados y hasta podría afirmarse que él era el que pagaba nuestro salario. Pero ése no es el tipo de asunto que le explicas a un robot.
—Sí... China Joe. —Al principio pensé que se trataba de un eco, pero luego me di cuenta de que había alguien apoyado en la puerta detrás de mí. Un gigante de nombre Alex. Casi dos metros de osamenta, musculatura y problemas. La mano derecha de China Joe. Simuló una sonrisa al comisario, que se hundió un poco más en la silla.
—A China Joe le gustaría que le explicara por qué tiene por ahí a policías listos molestando al personal y a los que permite que hagan prácticas de tiro con licor del bueno. Lo del bebercio es lo que más le ha mosqueado. Ha dicho que basta ya de idioteces y que, después de esto, debería...
—Queda usted bajo arresto robótico de acuerdo con el artículo 46, párrafo 19 de los estatutos corregidos...
Antes de tener tiempo de advertir uno solo de sus movimientos, Ned lo había hecho todo. Estaba arrestando a Alex delante de nuestras narices y firmando nuestras sentencias de muerte.
Alex no fue lento. Mientras se giraba para saber quién lo había agarrado, ya había sacado su cañón. Consiguió hacer un disparo, justo en medio del pecho de Ned, antes de que éste le arrancara el arma y lo esposara. Mientras observábamos la escena boquiabiertos como bobos, Ned le enumeró los cargos, en lo que yo juraría que era un tono de satisfacción.
—El prisionero es Peter Rakjomskj, alias Alex el Hacha, buscado en Canal City por robo a mano armada e intento de asesinato. También está buscado por la policía local en Detroit, Nueva York y Manchester por los cargos de...
—¡Sáquenme esta cosa de encima! —vociferó Alex. Y es lo que hubiéramos hecho (y quizá aún estábamos a tiempo de evitar que todo se echara a perder), de no ser por Benny Bug, que había oído el disparo. Asomó la cabeza por la puerta lo suficiente como para que se le desorbitasen los ojos ante el espectáculo.
—¡Alex...! ¡Se han atrevido a ponerle la mano encima a Alex!
Entonces se dio a la fuga y, cuando alcancé la puerta, ya se había perdido de vista. Los muchachos de China Joe siempre iban en pareja. En diez minutos, él estaría al corriente de todo.
—Fíchalo —le dije a Ned—. Ya no van a cambiar las cosas aunque lo soltemos ahora. El mundo se acerca a su fin.
En aquel momento llegó Fats, mascullando para sí mismo. Cuando me vio, señaló con el pulgar hacia atrás, por encima del hombro.
—¿Qué pasa? Acabo de ver al pequeño Benny Bug huir de aquí como de un incendio. Conducía como para matarse.
Entonces Fats vio a Alex con las esposas puestas y, en un segundo, recuperó la sobriedad. Sólo se quedó un instante con la boca abierta y, entonces, se hizo la luz en su mente. Se acercó al comisario sin trastabillar y arrojó la placa sobre la mesa de su despacho.
—Soy un hombre viejo y bebo demasiado para ser un poli. En consecuencia, presento mi dimisión del cuerpo de policía. Porque si este tipo de ahí es quien pienso que es, no viviré ni un solo día más si permanezco aquí.
—Rata —gruñó el comisario entre sus apretados dientes—. Desertar cuando el barco se hunde. Rata.
—¡Ni! —dijo Fats imitando un chillido de roedor y se largó.
A esas alturas, al jefe le importaba todo un comino. Ni siquiera parpadeó cuando yo cogí la placa de Fats. No sé por qué lo hice, quizá pensé que era lo que había que hacer. Ned lo había empezado todo y yo estaba suficientemente irritado para desear que también asistiese al final de la historia. En su pecho tenía dos anillas y no me sorprendió comprobar que la placa encajaba a la perfección en una de ellas.
—Ahora ya eres todo un poli. —Me chorreaba el sarcasmo de la boca, pero debería haber sabido que los robots no son capaces de apreciarlo. Ned interpretó mis palabras en su sentido literal.
—Es un gran honor, no sólo para mí, sino para todos los robots. Desempeñaré lo mejor que sepa las obligaciones del cargo.
Ahí estaba: Jack Brazofuerte en calzoncillos de hojalata. Pude escuchar cómo los motores internos de sus tripas bailaban alegremente mientras fichaba a Alex.
Si el resto no hubiera ido tan mal, podría haberme alegrado de eso. Ned llevaba escondido en su interior más equipamiento policial del que Nineport había tenido nunca. Llevaba un tampón que le apareció de una cadera. Con él imprimió las huellas dactilares del preso en una ficha. Todo muy eficiente. A continuación puso al facineroso de frente, a la distancia de un brazo, y algo emitió un chasquido en el abdomen de Ned. Lo puso luego de perfil y dos fotografías instantáneas surgieron por una ranura. Las fotos de carné fueron pegadas en la ficha, completada con los detalles del arresto y alguna otra información. Ned continuó con su trabajo, pero me obligué a marcharme. Tenía cosas más importantes en que pensar.
Por ejemplo, en cómo seguir vivo.
—¿Alguna idea, jefe?
Un gruñido fue lo que obtuve por respuesta, de manera que no le presioné. Billy, lo que quedaba del cuerpo de policía, entró en aquel momento. Le hice un rápido resumen de la situación. Por agallas o, simplemente, por pura estupidez, decidió quedarse y yo me sentí orgulloso del muchacho. Ned encerró al último de los prisioneros y empezó a barrer.
Así estaban las cosas cuando China Joe hizo su aparición. Aunque lo estábamos esperando, nos llevamos un buen susto. Venía acompañado por un puñado de sus peores matones y, apiñados, atravesaron la puerta como si fueran un equipo de jugadores gigantescos de béisbol. China Joe iba al frente. Llevaba las manos ocultas en las mangas de su largo traje de mandarín. Sus facciones asiáticas no mostraban ninguna expresión. No perdió el tiempo dirigiéndose a nosotros, sencillamente dio instrucciones a sus muchachos.
—Dejad limpio este sitio. El nuevo jefe de policía llegará dentro de un rato y no quiero que vea a ningún vagabundo por aquí.
Eso me irritó. A pesar de los chanchullos, me gusta seguir creyendo todavía que soy un poli. No en la nómina de un miserable de tres al cuarto. Por otra parte, también sentía curiosidad por China Joe. Siempre la había tenido desde que intenté averiguar alguna cosa sobre él sin el más mínimo éxito. Todavía quería saber quién era ese tipo.
—Ned, échale un buen vistazo a ese tipo chino con el albornoz de rayón y dime quién es.
Por Dios, esos circuitos electrónicos funcionaban como un rayo. Ned me respondió con la rapidez de un extra que ha estado estudiándose su frase durante semanas.
—Es un pseudooriental, que hace valer su color amarillento natural, aumentándolo con tintes. No es chino. También se le ha practicado una operación en los ojos, cuyas cicatrices aún son visibles. Sin ninguna duda, eso se ha hecho en un intento por ocultar su verdadera identidad, pero las medidas del sistema Bertillon de sus orejas y otras facciones permiten hacer una identificación positiva. Figura en la lista de los individuos más buscados por la Interpol y su verdadero nombre es...
China Joe se estaba enfadando, y con razón.
—Ahí está la cosa... ese aparato de radio bocazas que está ahí. ¡Ya hemos oído bastante, de modo que vamos a ocuparnos de él!
Los mañosos se hicieron a un lado o se echaron al suelo y entonces pude ver a un tipo arrodillado en la puerta con un lanzamisiles. Sin duda con cargas antitanque. Eso fue lo último que pensé cuando aquel armatoste se disparó con un bramido.
Quizá puedas derribar un tanque con uno de ésos, pero no un robot. No un robot policía, al menos. Ned estaba arrastrándose boca abajo por el suelo cuando la pared voló por los aires. No hubo un segundo disparo. Ned bloqueó con la mano el cañón del bazuca y redujo su utilidad, siendo optimista, a una vieja tubería de desagüe.
Billy decidió en aquel momento que cualquiera que disparara un cohete en una comisaría de policía estaba violando la ley, de manera que tomó cartas en el asunto con la porra en la mano. Yo me encontraba justo detrás de él, pues no quería perderme la función. Ned estaba por el suelo en algún sitio, pero no puse en duda que podía cuidarse él sólito.
Se produjeron un par de disparos sordos y alguien dio un alarido. Después, nadie disparó porque ya estábamos todos bastante aturdidos. Un chulo llamado Brooklyn Eddie me dio en la sien con la culata de su revólver y yo le estampé el puño en medio de la cara, reventándole las narices.
Después de esa escena, todo estaba envuelto en una especie de neblina. Lo que sí recuerdo es que Ned estaba muy ajetreado.
Cuando se disipó un poco la niebla me di cuenta de que yo era el único que quedaba en pie. O, mejor dicho, apoyado; fue una gran suerte que aún quedara una pared en pie.
Ned entró por la puerta principal cargando con un Brooklyn Eddie muy magullado. Confié en haber sido el responsable de aquello. Eddie llevaba las muñecas esposadas. Ned lo depositó suavemente al lado del montón de pistoleros. De repente advertí que todos llevaban el mismo tipo de esposas. Sentí cierta curiosidad por saber si Ned las fabricaba a medida que las iba necesitando o tenía un buen abastecimiento de ellas guardado en una pierna hueca o algún sitio parecido.
Tenía una silla a un metro de distancia y sentarme me reconfortó un poco.
Había sangre por todas partes y, de no ser por los gemidos, habría pensado que un par de matones eran ya cadáveres. Súbitamente me di cuenta de que uno sí lo era. Una bala lo había alcanzado en el pecho. Probablemente, la mayor parte de la sangre era suya.
Ned estuvo escarbando entre los cuerpos por un momento y sacó a rastras a Billy. Estaba inconsciente. Tenía una gran sonrisa en el rostro y en la mano llevaba los restos astillados de su porra, que aún tenía bien agarrada. Cuesta realmente poco hacer felices a algunas personas. Una bala le había atravesado la pierna y no se movió siquiera mientras Ned le desgarró el pantalón y le puso una venda.
—El falso China Joe y otro individuo consiguieron darse a la fuga en un coche —me informó Ned.
—No dejes que eso te preocupe —conseguí decir con voz ronca—. Tu promedio de bateo todavía encabeza la clasificación de la liga. —Fue entonces cuando me di cuenta de que el comisario aún estaba sentado en su silla, donde se encontraba cuando empezó todo el jaleo. Seguía abatido con la misma mirada vidriosa. Sólo después de empezar a hablar, me di cuenta de que Alonzo Craig, jefe de policía de Nineport, había muerto.
De un único disparo. Un arma de pequeño calibre. Puede que un 22. Justo en el corazón. La sangre le había empapado las ropas. Tenía una idea bastante aproximada del arma que podía haber efectuado el disparo. Una pistola pequeña, el tipo de arma que podría ocultarse bien en una ancha manga china.
Ya no me sentía cansado o confuso. Sólo cabreado. Quizá no era el tipo más brillante u honesto del mundo pero el jefe se merecía un final mejor que aquél, liquidado por el cabecilla de una chusma de matones de medio pelo que se creyó traicionado.
Justo en aquel instante advertí que debía tomar una importante decisión. Con Billy fuera de combate y habiendo dimitido Fats, todo el cuerpo de policía de Nineport se reducía a una persona: yo. Todo lo que tenía que hacer para salir de aquel desbarajuste era escapar por la puerta y seguir andando. No sería muy peligroso.
Ned pasó por mi lado con un zumbido, recogió a dos de los matones y los arrastró hasta las celdas.
Quizá fue la visión de su espalda azul o quizá fuera que ya estaba cansado de correr. En cualquier caso, antes de que me quisiera dar cuenta, ya lo había decidido. Cuidadosamente, le quité al comisario su placa dorada y la puse en el lugar de mi placa vieja.
—El nuevo jefe de policía de Nineport —dije sin dirigirme a nadie en particular.
—Así es, señor —dijo Ned al pasar. Dejó a uno de los prisioneros en el suelo el tiempo justo para hacerme el saludo oficial y luego continuó con su trabajo. Le devolví el saludo.
La furgoneta de los fiambres del hospital se llevó a muertos y heridos. Experimenté un malvado placer al no hacer ningún caso de las miradas inquisitivas de los enfermeros. El doctor me hizo la correspondiente cura en la cabeza y todo el mundo se largó. Ned pasó la fregona por el suelo. Yo engullí algunas aspirinas y aguardé a que cesara el martilleo de la cabeza para poder pensar qué hacer a continuación.
Cuando conseguí organizar mis ideas, la respuesta fue obvia. Demasiado obvia. Empleé tanto tiempo como pude en volver a cargar mi arma.
—Reabastece tu almacén de esposas, Ned. Vamos a salir.
Como un buen poli, no planteó preguntas. Cerré la puerta exterior cuando salimos y le entregué la llave.
—Toma. Existen bastantes posibilidades de que seas el único que quede para usarla antes de que se termine el día.
Me demoré todo lo que pude en llegar a la guarida de China Joe, tratando de descubrir si había otra forma de arreglar aquello. Pero no la había. Se había cometido un asesinato y yo iba a hacer que Joe cargara con él. De modo que tenía que atraparlo.
Lo mejor que podía hacer era parar en la esquina y darle instrucciones a Ned.
—Esta combinación de bar y casa de putas es de propiedad exclusiva de aquel a quien aún llamamos China Joe, hasta que haya ocasión de que me informes más detenidamente sobre su identidad. Ahora ya tengo bastantes cosas en mi cabeza. Lo que tenemos que hacer es entrar ahí dentro, coger a China Joe y llevarlo ante la justicia. ¿Fácil, no?
—Fácil —contestó Ned con la aguda voz de un estudiante cualquiera—. Pero ¿no sería mejor arrestarlo ahora que está huyendo en ese coche que esperar a que regrese?
El vehículo en cuestión estaba acelerando al salir del callejón frente a nosotros. Tan sólo alcancé a ver fugazmente a Joe en el asiento trasero cuando pasó por delante.
—¡Detenlos! —grité, más que nada para sentirme fuerte, porque yo era el que estaba al volante. Traté de poner la marcha y darle al encendido al mismo tiempo, pero no tuve éxito en ninguna de las dos cosas.
De manera que Ned los detuvo. La frase había sido enunciada como una orden. Sacó la cabeza por la ventanilla y en seguida advertí que la mayor parte de su armamento estaba situada en el torso. Probablemente también su cerebro. Seguramente no quedaba mucho espacio en su cabeza, habida cuenta del cañón que contenía.
Un 75 sin retroceso. Una placa giró en el lugar donde debería haber estado su nariz, en caso de tenerla, y surgió la enorme boca del cañón. Bien pensado, es una buena idea: Justo entre los ojos, para disponer de buena puntería, a la máxima altura y siempre preparado.
El bum bum casi me arranca la cabeza. Por supuesto, Ned hizo un disparo perfecto... También yo lo habría hecho si tuviera un ordenador en lugar de cerebro. Había reventado una rueda trasera con cada disparo y el coche acabó parándose entre sacudidas poco más allá. Yo salí sin darme prisa mientras Ned hizo un sprint y se plantó allí en diez segundos exactos. Ellos ni siquiera se molestaron en ponerse a correr. El poco coraje que les quedaba debió caer por tierra ante la visión de aquel cañón humeante del 75 que emergía entre los ojos de Ned. Los robots son minuciosos en ese tipo de cosas, de manera que debió de dejarlo fuera deliberadamente. Probablemente asistió tiempo atrás a un curso de psicología en el instituto robótico.
Tres de ellos estaban en el interior del coche, agitando las manos en el aire, como en la última bobina de un western. La parte trasera estaba llena de interesantes maletas pequeñas.
Todos salieron con calma. China Joe se limitó a gruñir mientras Ned me decía que su nombre auténtico era Stantin y que en Elmira mantenían caliente la silla eléctrica con la esperanza de que algún día regresara. Le di mi palabra a Joe Stantin de que me sentiría muy feliz de poder organizar el viaje ese mismo día; de ese modo no habría que preocuparse por las autoridades locales. El resto de la cuadrilla sería procesado en Canal City.
Fue un día muy movido. Las cosas se han calmado mucho desde entonces. Billy ya ha salido del hospital y lleva mis viejos galones de sargento. Hasta Fats ha vuelto, aunque está sobrio de vez en cuando y no le resulta fácil mirarme de frente. No tenemos mucho que hacer, porque la ciudad, además de tranquila, es honesta. Ned patrulla a pie por las noches y por el día se encarga del laboratorio y los archivos. A lo mejor, el sindicato de policías no pondría muy buena cara, pero a Ned no parece importarle. Él solo se reparó todos los desconchones de bala y siempre lleva la placa reluciente. Ya sé que un robot no puede sentirse feliz o triste... pero lo cierto es que Ned parece estar contento.
En ocasiones, podría jurar que lo oigo canturrear para sí mismo, pero, por supuesto, tan sólo son los motores y toda la cacharrería que lleva dentro.
Si te paras a pensarlo, supongo que establecimos algún tipo de precedente al nombrar a un robot agente de policía con todas sus consecuencias. Todavía no se ha presentado nadie de la fábrica, de manera que nunca he podido descubrir si nosotros fuimos los pioneros o no.
Y les diré algo más. No voy a quedarme en esta destartalada ciudad para siempre. Ya he enviado algunas cartas en busca de un nuevo trabajo.
Así que algunos van a sorprenderse de veras cuando vean quién es su nuevo jefe de policía al marcharme yo.