País Relato - Autores

harry harrison

de vuelta a casa

-¡Gino..., Gino..., ayúdame! ¡Por el amor de Dios, haz algo!
Amortiguada por el fragor de fondo de las interferencias solares, la minúscula voz arañaba el auricular de Gino Lombardi. Éste estaba tendido completamente sobre el polvo lunar, medio enterrado por la fina sustancia de piedra pómez, bien metido en la grieta descendente de la roca. Pese al grosor del traje, pudo sentir cómo sus bordes empezaban a disgregarse y se apartó a toda prisa. La arenisca y los trozos de roca cayeron al instante, atraídos por la leve gravedad lunar y sin encontrar obstáculo alguno en el más mínimo rastro de aire. Una fina neblina de polvo se posó bajo el casco de Glazer, ocultando parcialmente su rostro torturado.
—¡Ayúdame, Gino, sácame de aquí! —imploró, levantando el brazo por encima de la cabeza.
—Lo veo mal —respondió Gino, metiendo, tanto como se atrevió, el cuerpo por la grieta de la roca resquebrajada para tratar de alcanzar a su compañero con la mano. La mano distaba casi un metro del guante vacilante del otro—. No puedo alcanzarte... y no tengo aquí nada que pueda tenderte para que lo agarres. Voy a volver al escarabajo.
—No te vayas... —le pidió Glazer, pero la transmisión se interrumpió cuando Gino salió de la grieta y se puso en pie. Sus minúsculos emisores situados en el casco no tenían suficiente potencia para enviar una señal a través de la roca; tan sólo funcionaban si existía una línea de visión entre ellos.
Gino corrió tan de prisa como pudo, dando lentos y gigantescos brincos, uno tras otro, de regreso al módulo lunar, al que llamaban «escarabajo». Allí, parecía todavía más un insecto, un escarabajo rojo agachado sobre el paisaje lunar, con sus cuatro patas de apoyo, largas y delgadas, hundidas en el polvo. Maldecía entre dientes mientras corría, ¡vaya condenado final para la primera expedición lunar! Un buen despegue y una órbita perfecta, las dos primeras fases se habían cubierto a tiempo, la órbita lunar fue correcta, el aterrizaje también..., y diez minutos después de salir del escarabajo a caminar al exterior, Glazer tuvo que caerse por aquella grieta escondida en la superficie polvorienta. Todo el camino recorrido..., a través de los numerosos peligros del espacio, para acabar cayendo en un agujero... Sencillamente, no era justo.
En la base de la nave, Gino flexionó las piernas, dio un salto hasta la parte superior del escarabajo y se agarró a la parte inferior de la puerta de la cabina aún abierta. Había estado planeando todos sus movimientos mientras corría... Lo mejor sería utilizar el magnetómetro. Lo cogió del estante y tiró del largo cable hasta que quedó suelto en su mano. Sin perder un segundo emprendió el camino de vuelta. Tenía que dar un gran salto, en términos gravitatorios terrestres, para llegar a la superficie, pero no hizo caso del aparente peligro. Saltó y, al caer, hundió la rodilla profundamente en el polvo. La hilera de huellas apresuradas se extendía hacia el borde de la grieta lunar. Todo el camino lo recorrió entre jadeos a pesar del oxígeno puro que estaba inhalando. Se arrojó en plancha y así avanzó, deslizándose como una serpiente hasta el borde de la grieta.
—¡Prepárate, Glazer! —gritó con el sonido de su propia voz cautivo en el interior del casco—. Agarra el cable...
La grieta estaba vacía. Parte de la roca blanda se había disgregado y separado y Glazer había desaparecido de la vista.
Durante un buen rato, el comandante Gino Lombardi se quedó allí tendido, alumbrando con su luz aquella grieta en la superficie del satélite, aparentemente sin fondo, llamando a su compañero por radio con la potencia máxima. La única respuesta fue la electricidad estática y, paulatinamente, se dio cuenta de que el frío de aquellas rocas heladas por la eternidad estaba penetrando a través de su traje aislante. Glazer ya no estaba allí. Eso era todo.
Después, Gino hizo todo lo que se suponía que tenía que hacer de una manera metódica y desinteresada. Recogió muestras de rocas, de polvo, realizó lecturas métricas, situó el instrumental de registro exactamente como le había sido indicado y efectuó el disparo de prueba en el agujero perforado. A continuación reunió los registros de los instrumentos y, cuando la nave espacial Apolo pasó por encima en su órbita siguiente, conectó el transmisor de cabina y envió una señal.
—Adelante, Dan..., coronel Danton Coye, ¿puedes oírme...?
—Alto y claro —crujió el altavoz—. Decidme, muchachos, ¿cómo se siente uno al caminar sobre la Luna?
—Glazer ha muerto. Estoy solo. Tengo todos los datos y fotografías requeridas. Solicito permiso para acortar esta estancia. No es necesario que pase todo el día aquí abajo.
Durante unos largos segundos, sólo se oyó el crepitar del altavoz, interrumpido luego por la controlada voz de Dan, con ese acento que arrastra las vocales, tan característico de Texas.
—Comprendido, Gino... Mantente a la espera de la señal del ordenador. Creo que podremos encontrarnos en la próxima órbita.
El despegue lunar se desarrolló sin ningún contratiempo, exactamente igual que durante los ensayos en la Tierra sobre la maqueta a escala, y Gino estaba tan ocupado, habiendo doblado sus funciones, que apenas tuvo tiempo de pensar en lo que había ocurrido. Ya tenía abrochados los cinturones de seguridad cuando la señal del ordenador encendió los motores que cubrieron de llamas la parte inferior del escarabajo y elevó la mitad superior, liberándola y lanzándola hacia el espacio al encuentro de la nave nodriza orbitante. Las secciones articuladas del Apolo aparecieron en el campo de visión y Gino se dio cuenta de que iba a pasar por delante de él, estaba yendo demasiado de prisa; hizo, pues, las correcciones oportunas en la trayectoria con la más profunda sensación de abatimiento. El ordenador no había tenido en cuenta la presencia de un único pasajero a bordo en relación con la reducida masa del cohete lunar. Después de eso, encajar las órbitas no fue demasiado difícil y, minutos después, atravesaba lentamente la entrada del módulo de mando, que, tras su paso, quedó sellada. Dan Coye permaneció en los controles, sin decir nada hasta que la presión de la cabina se estabilizó y pudieron quitarse los cascos.
—¿Qué ha pasado allí abajo, Gino?
—Un accidente..., una grieta en la superficie lunar, ligeramente cubierta y oculta por el polvo. Glazer sencillamente... se cayó por allí. Eso es todo. Intenté sacarlo, no pude llegar a él. Volví al escarabajo a por un cable, pero, cuando regresé, se había caído y estaba a mayor profundidad..., era...
Gino se había cubierto la cara con las manos y ni siquiera él supo si estaba sollozando o simplemente temblaba debido a la fatiga y la tensión.
—Te contaré un secreto. No soy supersticioso en absoluto —dijo Dan, metiendo la mano hasta el fondo del bolsillo de cremallera de su traje presurizado—. Todos creen que lo soy; pero lo que te voy a enseñar te demostrará lo equivocados que están. Tengo una mascota, porque se supone que todos los pilotos han de tener mascotas; así los periodistas tienen algo de que escribir cuando las cosas se ponen aburridas. —Se sacó una pequeña muñeca negra de goma, que había sido vista en millones de pantallas de televisión, y se la mostró a Gino, agitándola.
»Todo el mundo sabe que siempre llevo mi pequeña mascota de la buena suerte, pero lo que nadie sabe es qué tipo de suerte da. Ahora lo descubrirás, comandante Gino Lombardi, y tendrás el privilegio de compartir mi suerte. En primer lugar, esta muñequita insignificante no está hecha de goma, lo que podría tener un efecto indeseado sobre aquello con lo que esté en contacto, sino de un plástico neutro.
A pesar de su voluntad, Gino miró cómo Dan agarraba la cabeza de la muñeca y se la sacaba.
—Observa el juego mientras decapito a mi amiguita, en cuyas entrañas descansa la mejor suerte del mundo: bourbon de malta agria de 75 grados. Échate un trago. —Le tendió la muñeca y se la pasó a Gino.
—Gracias, Dan. —Alzó aquella cosa, la estrujó y dio dos sorbos. Luego se la devolvió.
—Ésta va por un buen piloto y un buen tipo, Eddie Glazer —dijo Dan Coye, alzando la petaca y adoptando súbitamente un tono serio—. Quería atrapar la Luna y lo consiguió. Ahora le pertenece, toda entera, por derecho de ocupación. —La estrujó hasta vaciarla, volvió a enroscar metódicamente la cabeza y se la metió de nuevo en el bolsillo—. Y, ahora, veamos lo que podemos hacer para establecer contacto con control, ponerlos al corriente de la situación e iniciar la alteración de la órbita para poner rumbo a la Tierra.
Gino encendió la radio, aunque no pronunció ni una palabra.
Mientras hablaban, su órbita los había llevado a la otra cara de la Luna y la masa lunar impidió la comunicación por radio con Tierra. A través de las tinieblas, se desplazaron a toda velocidad sobre el acompasado arco de la órbita y contemplaron otro amanecer sobre los abruptos picos lunares; entonces, el globo terráqueo emergió de nuevo a la vista. América del Norte podía verse con claridad y no había necesidad de usar estaciones repetidoras. Gino transmitió la señal a Cabo Cañaveral y aguardó los dos segundos y medio que tardaba la señal en hacer el camino de ida y vuelta con la respuesta: en total 772.320 kilómetros. Los segundos se alargaron más y más. Observó cómo la manecilla del reloj se desplazaba lentamente y le invadió una sensación de temor.
—No responden...
—Interferencias, manchas solares... Prueba otra vez —le indicó Dan con una voz repentinamente forzada.
Control, en Cabo Cañaveral, no respondió a la siguiente llamada, ni tampoco lo hizo cuando utilizaron las frecuencias de emergencia. Captaron el parloteo de algún avión en las frecuencias más altas, pero nadie los escuchó o prestó atención a sus repetidas llamadas. Contemplaron la esfera azul de la Tierra, ahora con horror, y sólo después de una hora de tensión y sudores, acabaron admitiendo que, por alguna extraña razón, el contacto por radio con la Tierra se había interrumpido...
—Sea lo que sea lo que haya ocurrido, ha sido durante nuestra última órbita alrededor de la Luna. Estuve en contacto con ellos mientras ajustabas las órbitas —dijo Dan, golpeando ligeramente el amperímetro de la radio—. ¿No puede ser que se haya estropeado algo...?
—Aquí no —afirmó rotundamente Gino—. Pero... quizá haya pasado algo allí abajo.
—¿Podría ser... una guerra?
—Pero ¿contra quién y por qué? No hay nada extraño en las frecuencias de emergencia y no creo...
—¡Mira! —gritó Dan con voz quebrada—. Las luces..., ¿dónde están las luces?
En su última órbita, las luces centelleantes de las ciudades americanas se habían podido apreciar claramente con el telescopio. El continente entero estaba ahora a oscuras.
—Espera, mira América del Sur. Las ciudades están iluminadas allí, Gino. ¿Qué ha podido pasar en casa mientras estábamos en esa órbita?
—Sólo existe una forma de averiguarlo. Regresando. Y eso es lo que vamos a hacer. Con o sin ayuda desde el control de Tierra.
Desconectaron el escarabajo y se abrocharon los cinturones en los sillones de aceleración del módulo de mando, mientras introducían los datos en el ordenador, que suministró las instrucciones que los dos astronautas siguieron para orientar el Apolo y prepararlo correctamente para el lanzamiento. Una vez más, orbitaron el satélite en el vacío y, en el momento justo, el ordenador activó los motores del módulo de servicio adyacente. Ya estaban rumbo a casa.
Teniendo en cuenta todos los factores negativos, el aterrizaje no había sido tan malo. Fueron a parar al continente correcto y tan sólo habían errado unos pocos grados de latitud, aunque penetraron en la atmósfera antes de lo que en realidad les hubiera gustado. Para no haber contado con ningún tipo de ayuda desde la Tierra, el aterrizaje parecía un milagro.
Cuando la cápsula irrumpió en la espesa atmósfera, su inmensa velocidad se redujo y la velocidad relativa de vuelo se empezó a mostrar con cifras razonables. Allá abajo, en la lejanía, se podía ver la Tierra por algunas rasgaduras en el manto nuboso.
—Se está acabando la tarde —dijo Gino—. Oscurecerá poco después de que toquemos suelo.
—Por lo menos, habrá luz durante un rato. Podíamos haber aterrizado en Pekín a medianoche, de modo que no nos quejemos. Mantente alerta; vamos a soltar los paracaídas.
La cápsula sufrió dos sacudidas cuando se abrieron repentinamente los inmensos paracaídas. Levantaron los protectores de sus mirillas, una vez a salvo, de nuevo en el mar de aire.
—¿No te preguntas qué clase de recibimiento nos dispensarán? —preguntó Dan, frotándose el vello creciente sobre la gran mandíbula.
Una repentina fisura en la estructura metálica produjo una hilera de agujeros en el cuadrante superior de la cápsula. El aire silbaba por ellos, igualando las presiones del interior y el exterior.
—¡Mira! —gritó Gino, señalando la forma oscura que pasaba a toda velocidad por su lado. Tenía la forma de un huevo y disponía de alas cortas. Era negro contra el sol de la tarde. Entonces efectuó un viraje ascendente y, por un momento, su revestimiento plateado les fue visible mientras les pasó por encima describiendo un arco; luego descendió de un salto. Regresó y, por un instante, les pareció más grande. Por la base de sus alas centelleaban llamas rojas.
Una neblina gris bloqueó la luz solar cuando penetraron en una nube. Los dos se miraron el uno al otro; ninguno quería ser el primero en hablar.
—Un reactor —dijo finalmente Gino—. Nunca había visto uno de ésos.
—Ni yo..., pero tenía algo que me resultaba familiar. ¿Viste las alas, verdad? ¿Viste...?
—Si lo que me estás preguntando es si vi las cruces negras sobre las alas, sí, las vi... ¡Pero no voy a admitirlo! O no lo haría de no ser por esas nuevas salidas de aire acondicionado que nos acaban de practicar en el casco. ¿Tienes alguna idea de lo que significa?
—No, pero no creo que tardemos mucho en averiguarlo. Prepárate para el aterrizaje..., sólo faltan seiscientos kilómetros.
El caza no volvió a aparecer. Tensaron los arneses de seguridad y se prepararon para el impacto. Fue una fuerte colisión y la cápsula se escoró hacia un lado, sacudiéndolos con la vibración.
—Suelta los paracaídas —ordenó Dan Coye—. Estamos siendo arrastrados.
Gino ya había golpeado los disparadores antes de que Dan acabara de hablar. Las sacudidas desaparecieron y la cápsula se enderezó por sí misma.
—Aire puro —dijo Dan, procediendo a abrir la compuerta. Ésta se abrió y descendió hasta el suelo. Cuando se quitaron los numerosos cables y cierres de los trajes, sintieron cómo se colaba el aire caliente y seco por la abertura, junto con el olor polvoriento del desierto.
Dan levantó la cabeza y aspiró por la nariz.
—Huele a casa. Salgamos de esta lata.
El coronel Danton Coye salió el primero, como correspondía al comandante de la primera expedición americana a la Luna. El comandante Gino Lombardi lo siguió. Permanecieron el uno junto al otro en silencio, con los últimos rayos solares de la tarde refulgiendo sobre sus trajes plateados. Alrededor de ellos, hasta donde alcanzaba la vista, se extendía el laberinto yermo de cactus, mezquite y arbustos parduscos del desierto. No había nada que rompiera el silencio, ni otro movimiento que el causado por la brisa que se llevaba la nube de polvo que el aterrizaje había levantado.
—Huele bien, huele como en Texas —dijo Dan inhalando aire Por la nariz.
—Huele horroroso, me hace sentir sediento. Pero... Dan, ¿qué ha pasado? Primero, el contacto por radio, luego esa aeronave...
—Mira, nuestra respuesta está viniendo justo por allí —dijo el corpulento oficial, señalando una columna de polvo que se aproximaba desde el horizonte—. No vale la pena hacer conjeturas, lo averiguaremos en cinco minutos.
Fue menos que eso. Un gran semioruga, camuflado del color de la arena, llegó entre un gran estruendo, seguido de dos vehículos blindados. Frenaron y se detuvieron bajo una inmensa nube de polvo. La puerta del semioruga se abrió y descendió un hombre con los ojos desorbitados, sacudiéndose el polvo de su ajustado uniforme negro.
—Hände hoch! —ordenó, llamando la atención sobre los rifle que los estaban apuntando desde los coche blindados—. ¡Manos arriba! ¡Y manténganlas así! ¡Son ustedes mis prisioneros!
Lentamente alzaron los brazos, como si estuvieran hipnotizados, registrando todos los detalles de su uniforme, los relámpagos de plata sobre las solapas, la gorra elevada con visera..., el águila predadora agarrando una esvástica.
—¡Usted es..., usted es alemán! —exclamó asombrado Gino Lombardi.
—Muy observador —puntualizó el oficial sin rastro de humor—. Soy Hauptmann Langenscheidt. Ustedes son mis prisioneros. Obedecerán mis órdenes. Súbanse al Kraftwagen.
—Espere, espere. Déme un minuto —protestó Dan—. Soy el coronel Coye de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas y me gustaría saber lo que está pasando aquí...
—Súbanse —les ordenó el oficial. No cambió el tono de la voz, pero desenfundó su Luger de cañón largo y los apuntó.
—Vamos —dijo Gino, poniéndole la mano a Dan sobre el hombro en tensión—. Le superas en rango, pero él llegó antes y está mejor equipado.
Subieron a la parte trasera del semioruga y el capitán se sentó enfrente de ellos. Dos soldados se sentaron a sus espaldas y los apuntaron con pistolas automáticas. Los orugas iniciaron el traqueteo entre nubes de polvo agobiantes.
A Gino Lombardi no le resultó fácil aceptar la realidad de esa situación. Podía aceptar el vuelo a la Luna, el aterrizaje, incluso la muerte de Glazer; eran cosas que podían entenderse. Pero... ¿aquello? Miró su reloj, el número doce en la ventanilla del calendario.
—Permítame sólo una pregunta, Langenscheidt —gritó por encima del estruendo de los motores—. ¿Es hoy 12 de septiembre?
Su respuesta se limitó a un movimiento acartonado con la cabeza.
—Y el año, ¿estamos en... 1971, por supuesto?
—Sí, naturalmente. No haga más preguntas. Usted hablara con el Oberst, no conmigo.
Después permanecieron en silencio, tratando de evitar que el polvo se les metiera en los ojos. Transcurridos algunos minutos, el vehículo se hizo a un lado y se detuvo mientras una especie de tractor grande y pesado para el transporte de carros de combate pasó por su lado en sentido contrario y con gran estrépito. Era evidente que los alemanes querían la cápsula así como a los hombres que habían llegado en ella. Cuando el largo vehículo acabó de pasar, el semioruga volvió a avanzar con grandes chirridos. Estaba oscureciendo cuando surgieron las siluetas de dos grandes tanques que los apuntaban con los cañones mientras iban dando brincos por la pista hollada de surcos. Detrás de esos centinelas estaban aparcados otros vehículos, había tiendas de campaña y se veía el resplandor púrpura de las hogueras de gasolina ardiendo en cubos de arena. El semioruga se detuvo delante de la tienda más grande y los astronautas, a empujones y a punta de pistola, cruzaron la puerta.
Un oficial estaba sentado escribiendo y dándoles la espalda, en un despacho de campaña. Acabó lo que estaba haciendo mientras ellos permanecían de pie. A continuación, dobló algunos papeles y los introdujo en un maletín. Se dio la vuelta. Era un hombre enjuto de mirada ardiente, que mantuvo fija en sus prisioneros mientras el capitán le hacía un rápido informe en alemán.
—Esto es de lo más interesante, Langenscheidt, pero no debemos dejar que nuestros invitados estén de pie. Haga que el ordenanza traiga unas sillas. Caballeros, permítanme presentarme. Soy el coronel Schneider, comandante de la división acorazada 109 que ustedes han tenido la amabilidad de visitar. ¿Un cigarrillo?
La sonrisa del coronel se adivinó apenas un poco por las comisuras de sus labios y luego se disipó instantáneamente. Tendió una cajetilla plana de cigarrillos Players a Gino, quien los cogió automáticamente. Al sacar uno, observó que estaban hechos en Inglaterra... pero la etiqueta estaba impresa en alemán.
—Y estoy seguro de que se apuntaría a un whisky —comentó Schneider, mostrando de nuevo su sonrisa artificial. Puso una botella de Old Highlander sobre la mesa lo suficientemente cerca para que Gino pudiese leer la etiqueta. En ella había una imagen de un escocés con su gaita y su proverbial falda, pero rezaba: «Ich hätte gern etwas zu trinken WHISKY».
El ordenanza empujó una silla contra la parte trasera de la pierna de Gino y éste se dejó caer en ella con agradecimiento, dio un sorbo cuando le acercaron la bebida... Era un buen escocés. Se lo acabó de un solo trago.
El ordenanza se marchó y el oficial al mando se recostó en primera silla de campaña, sujetando también una copa considerable. El único indicio de que habían sido hechos prisioneros era la figura silente del capitán, apostada cerca de la entrada, con la mano apoyada en el arma enfundada.
—Un vehículo de lo más interesante, caballeros, ése en el que llegaron. Naturalmente, nuestros expertos técnicos lo examinarán, pero hay una cuestión...
—Soy el coronel Danton Coye, de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, número de identificación...
—Por favor, coronel —le interrumpió Schneider—. Podemos ahorrarnos las formalidades.
—Comandante Giovanni Lombardi, de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos —interrumpió a su vez Gino y luego añadió su número de identificación. El coronel alemán dejó asomar nuevamente su sonrisa por un instante y dio un sorbo a su bebida.
—No me tomen por idiota —dijo de repente y, por primera vez, la fría autoridad de su voz encajó con su hosco aspecto—.Tendrán que hablar con la Gestapo, de manera que también podrían hablar conmigo. Y ya basta de juegos infantiles. Sé que no existen las Fuerzas Aéreas americanas, tan sólo los cuerpos del Ejército del Aire que han proporcionado tan buenos blancos a nuestros aviadores. Y ahora... ¿qué estaban haciendo en ese aparato?
—Eso no es asunto suyo, coronel —le contestó Dan con brusquedad en el mismo tono—. Lo que a mí me gustaría saber es ¿qué están haciendo tanques alemanes en Texas?
Sus palabras quedaron segadas por un estruendo de disparos provenientes de un lugar no muy lejano. Se produjeron dos grandes explosiones y las llamas distantes iluminaron con su fogonazo la entrada a la tienda. El capitán Langenscheidt se precipitó al exterior mientras los otros se pusieron en pie de un salto. De fuera llegó un grito amortiguado y, a continuación, entró un individuo apuntándolos con una voluminosa pistola de aspecto extraño. Vestía pantalones caqui con manchas y tenía las manos y el rostro pintados de negro.
—Verdamm... —exclamó asombrado el coronel y alcanzó su propia arma. La pistola del recién llegado se disparó dos veces acompañada de dos sonidos como suspiros. El oficial de la división blindada se agarró el estómago y se desplomó doblado en dos.
—No se queden ahí con la boca abierta, muchachos —dijo el intruso—. Muévanse antes de que alguien más se deje caer por aquí. —El hombre salió primero y los demás lo siguieron.
Se deslizaron por detrás de una hilera de camiones aparcados y se quedaron allí en cuclillas mientras un pelotón de soldados con el casco hundido pasaba cerca en busca de las armas de repetición. Un cañón empezó a disparar y las llamas empezaron extinguirse. Su guía se inclinó hacia atrás y les susurró:
—Sólo es un poco de diversión..., sólo seis muchachos y mucho ruido..., aunque lograron hacerse con uno de los camiones de gasolina. Estos teutones no van a tardar mucho en enterarse y van a regresar a paso ligero. Así que pongámonos en camino..., ¡ya!
Salió de detrás de los camiones y los tres penetraron en la oscuridad del desierto. Después de algunos metros, los astronautas se tambaleaban, pero continuaron hasta que casi se cayeron en un arroyo donde estaba emplazada la forma negra de un jeep. El motor se encendió cuando subieron y, con las luces apagadas, salió del riachuelo y penetró en la maleza.
—Tienen suerte de que los viera descender —les dijo el guía desde el asiento delantero—. Soy el teniente Reeves.
—Coronel Coye..., y éste es el comandante Lombardi. Le estamos muy agradecidos, teniente. Nos resultó imposible de creer cuando nos capturaron esos alemanes. ¿De dónde venían?
—Han hecho un gran avance. Fue ayer mismo, desde las líneas que rodean Corpus. Yo he andado escurriéndome por detrás de esa división con mi patrulla, informando de sus movimientos a San Antonio. Así es como pude ver caer su nave o lo que sea, cayendo justo delante de sus patrullas exploradoras. Y con la bandera de Estados Unidos coronándola. Intenté llegar hasta ustedes primero, pero me vi obligado a regresar antes de que sus vehículos de reconocimiento me descubrieran. Pero funcionó. Nos hicimos con su tractor para carros de combate tan pronto como se hizo de noche y dos de mis soldados heridos de infantería ya lo están llevando a Cotulla, donde cuento con transporte y algunas unidades blindadas. Emplacé al resto de los muchachos para que montaran ese pequeño jolgorio y los resultados ya los conocen. Ustedes, los pilotos del Ejército del Aire, deberían estar al tanto del viento que sopla o qué se yo, si no quieren que sus elegantes juguetitos recién estrenados caigan en manos enemigas.
—Usted dijo que los alemanes estaban cerca de Corpus... ¿Se refiere a Corpus Christi? —preguntó Dan—. ¿Qué es lo que están haciendo allí..., desde cuándo están ahí? ¿Y, sobre todo, de dónde han llegado?
—Ustedes, jinetes del aire, deben de haber estado escondido en un lugar muy apartado —dijo Reeves, lanzando un gruñido cuando el jeep brincó por encima de una zanja—. Los desembarcos en la zona texana del golfo tuvieron lugar hace más un mes. Hemos estado conteniéndolos, aunque a duras penas. Ahora están abriéndose paso y tratamos de permanecer por delante de ellos. —Se detuvo y pensó por un instante—. Quizá sea mejor que no hable con ustedes demasiado hasta que primero sepamos qué es lo que están haciendo. Siéntense y agárrense bien y les sacaremos de aquí en dos horas.
El otro jeep se unió a ellos poco después de llegar a un camino agrícola, y el teniente murmuró algo a la radio de campaña. Entonces, los dos coches se dirigieron a toda velocidad hacia el norte, pasaron varias trampas anticarros, varios asentamientos de cañones y, finalmente, llegaran a la pequeña ciudad de Cotulla, eludiendo la autopista sur de San Antonio. Fueron conducidos a la parte trasera del supermercado local donde se había establecido un puesto de mando. Había un montón de mandamases y guardias armados por allí y un general de una estrella con una prominente quijada detrás del escritorio. Las miradas y el ambiente recordaban en muchos aspectos a los de la tienda del coronel alemán.
—¿Quiénes son ustedes, qué están haciendo aquí..., y qué es esa cosa en la que han caído? —preguntó el general con una voz nada rutinaria.
Dan tenía un montón de preguntas que quería hacer primero, pero sabía muy bien que era mejor no discutir con un general. Le habló del viaje lunar, de la pérdida de comunicación y de su regreso. Desde el principio hasta el fin del relato, el general no le quitó los ojos de encima ni cambió de expresión. No dijo ni una palabra hasta que Dan terminó. Entonces habló.
—Caballeros, lo cierto es que no sé qué pensar de toda esta charla sobre cohetes, módulos lunares, sputniks rusos o todo lo demás. O ustedes dos están locos o lo estoy yo, aunque he de admitir que tienen un impresionante equipo dentro de ese vehículo blindado. No sé si los rusos tienen tiempo o recursos para andarse con cohetitos, ya que los están haciendo trizas lentamente y obligando a retroceder por Siberia. El resto de países europeos ha capitulado ante los nazis y éstos han traído la guerra a este hemisferio, han establecido sus bases en América Central, han ocupado Florida y han hecho más desembarcos a lo largo del litoral del golfo. No puedo fingir que entiendo lo que está ocurriendo aquí, de manera que por la mañana los voy a enviar a la capital nacional en Denver.
Al día siguiente, en el avión, en algún lugar sobre los altos picos de las Montañas Rocosas, Dan y Gino ensamblaron algunas piezas del rompecabezas. El teniente Reeves fue con ellos, aparentemente como guía, aunque tenía a mano la pistola, con la solapa de la funda suelta.
—Es la misma fecha y el mismo mundo que nosotros dejamos al partir —explicaba Gino—, pero algunas cosas han cambiado. Demasiadas cosas. Es todo igual hasta un punto y luego cambia radicalmente. Reeves, ¿no me dijo que el presidente Roosevelt murió durante su primer mandato?
—De neumonía. Nunca fue demasiado fuerte, murió antes de finalizar un año de mandato. Tenía un montón de planes que sonaban maravillosamente pero que no pudieron llegar a la práctica. El vicepresidente Garner asumió el poder. Las cosas no parecían las mismas cuando John Nance las pronunciaba, al menos no como cuando Roosevelt las decía. Se produjeron muchos enfrentamientos y problemas en el Congreso, la Depresión empeoró y el país entero no consiguió levantar cabeza hasta 1936 aproximadamente, cuando Landon fue elegido. Todavía había muchas personas en paro, pero como los europeos tenían una guerra en ciernes, nos compraron muchas cosas: alimentos, maquinaria e, incluso, armamento.
—¿Quiere decir Gran Bretaña y los aliados?
—Quiero decir todo el mundo, incluso los alemanes, aunque eso enfureció mucho a un montón de gente. Pero la política de aquí fue no inmiscuirse en los enredos extranjeros y hacer negocios con todo el mundo que quisiera pagar. No fue hasta la invasión de Gran Bretaña cuando la gente empezó a percatarse de que los nazis no eran los mejores clientes del mundo, pero entonces ya era demasiado tarde.
—Parece una imagen especular del mundo... la imagen que produce un espejo aberrante —dijo Dan, sacándose un cigarrillo con rabia—. Mientras estuvimos describiendo órbitas alrededor de la Luna ocurrió algo que cambió el mundo y lo dejó como si la historia se hubiera alterado en algún momento a principios de la década de los treinta.
—El mundo no cambió, muchachos —dijo Reeves—. Siempre ha sido así. Aunque he de admitir que tal como lo cuentan ustedes suena mucho mejor. Pero es el mundo entero o ustedes dos. Y yo me quedo con la opción más sencilla. No tengo ni idea del tipo de experimento en el que las Fuerzas Aéreas les han implicado a ustedes, pero me temo que les debe de haber alterado la materia gris.
—No puedo tragarme eso —insistió Gino—. Sé que estoy empezando a sentirme como si hubiera perdido la chaveta. Pero cuando lo hago, pienso en la cápsula en la que aterrizamos. ¿Cómo puede explicar eso usted?
—No voy a intentarlo. Sé que hay un montón de cachivaches y cosas que están haciendo que ingenieros y profesores universitarios se suban por las paredes, pero no me importa. Voy a regresar a la guerra abierta donde todo es más sencillo. Hasta que no se demuestre lo contrario, creo que ustedes dos, si me perdonan la expresión, están chiflados, señores.
La reacción oficial en Denver fue, en líneas generales, la misma. Un coche oficial con escoltas de la PM los recogió en cuanto tomaron tierra en Lowry Field y los condujo directamente al Hospital Fitzsimmons. Allí fueron conducidos directamente a los laboratorios y lo que debía de ser la mitad de la enorme plantilla del hospital hizo turnos a codazos para interrogarlos y someterlos a distintas pruebas. Se les invitó a hablar numerosas veces con el detector de mentiras... pero no contestaron a ninguna de las preguntas que ellos también plantearon. Ocasionalmente, aparecían oficiales de alto rango para echar un vistazo con actitud circunspecta, pero sin tomar parte en los exámenes. Dan y Gino hablaron durante horas frente a aparatos magnetofónicos, respondiendo preguntas de múltiples disciplinas, desde historia a física, y cuando se sintieron agotados, se los mantuvo a base de bencedrina. Todo eso se alargó durante más de una semana (en la que sólo de casualidad se vieron el uno al otro en la sala de interrogatorios), hasta que la fatiga los venció y se sintieron confusos por las drogas. Ninguna de sus preguntas fue contestada; se limitaban a tranquilizarlos diciéndoles que se ocuparían de todo tan pronto finalizaran las pruebas. Cuando acabo todo aquello, hubo una grata sorpresa de bienvenida, en apariencia, inesperada. Gino estaba siendo interrogado por un profesor de historia llamado a filas, que llevaba galones oxidados de capitán y una chaqueta de combate con lamparones de grasa. Como tenía la voz ronca por los días de continuos interrogatorios, Gino sostuvo el micrófono cerca de la boca y hablo en susurros.
—¿Puede usted decirme quién era el ministro de Hacienda bajo el mandato de Lincoln? —preguntó el capitán.
—¿Cómo demonios voy a saberlo? Y dudo mucho de que haya alguien en este hospital que lo sepa... además de usted. ¿Lo sabe usted, por cierto?
—Por supuesto...
La puerta se abrió de golpe y un coronel de máximo grado con un brazal de PM miró al interior. Un mensajero de muy alto rango, vaya, vaya... Gino estaba impresionado.
—Vengo a por el comandante Lombardi.
—Tendrá que esperar —protestó el capitán historiador, aflojándose el nudo de la corbata, ya arrugada—. No he acabado todavía...
—No importa. El comandante vendrá conmigo inmediatamente.
Marcharon en silencio por distintos pasillos hasta que llegaron a una sala donde estaba Dan, todo despatarrado en un sillón, fumándose un puro. En la pared había un altavoz, rezongando en tono de salmodia.
—Coge un puro —le ofreció Dan alargándole la caja por encima de la mesa.
—¿Qué hay que hacer ahora? —preguntó Gino, arrancando un extremo de un mordisco y buscando una cerilla.
—Otro congreso, peces gordos, mucha agitación. Entraremos dentro de un momento, cuando haya disminuido un poco todo ese vocerío. Existe una teoría sobre lo que ha ocurrido. No obstante, no hay demasiado acuerdo respecto a ella, a pesar de que se le haya ocurrido al mismo Einstein.
—¿Einstein? Pero si está muerto...
—Ahora no, lo he visto. Todo un anciano caballero de más de noventa años. Frágil como un palillo, pero con salud y convincente. Él dice..., espera, ¿no son ésas las noticias?
Escucharon el altavoz, cuyo volumen había subido uno de los Policías militares.
«A pesar del encarnizado combate, la ciudad de San Antonio ha caído en manos enemigas. Hasta hace una hora todavía llegaban informes del sitiado El Álamo, donde las unidades del sexto de caballería se han negado a rendirse. Toda América ha estado pendiente de esta segunda batalla de El Álamo. La historia se ha repetido trágicamente, pues en estos momentos parece que no hay esperanzas de que existan supervivientes...»
—¿Serán tan amables de seguirme, caballeros? —interrumpió un oficial del Estado Mayor, y los dos astronautas salieron detrás de él. Llamó a una puerta y la abrió para ellos—. Hagan el favor.
—Me alegro de conocerlos —dijo Albert Einstein, y les hizo una señal invitándolos a tomar asiento.
Einstein se sentó de espaldas a la ventana. Su cabello blanco y fino recibía la luz del sol del atardecer, formando un aura alrededor de su cabeza.
—Profesor Einstein —dijo Dan Coye—, ¿puede decirnos lo que ha ocurrido? ¿Qué es lo que ha cambiado?
—Nada ha cambiado, eso es lo importante y es lo que ustedes deben asumir. El mundo es el mismo y ustedes son los mismos pero han..., se han desplazado, a falta de una palabra mejor. No estoy siendo claro. Resulta más fácil explicarlo con expresiones matemáticas.
—Cualquiera que se suba a un cohete espacial tiene que haber buceado un poco en la ciencia ficción y yo he cumplido mi parte —dijo Dan—. ¿Nos hemos metido en uno de esos mundos paralelos o algo así de los que suelen escribir, con ramificaciones temporales y todo eso?
—No, lo que han hecho ustedes no es eso, aunque podría resultarles útil pensarlo así. Éste es el mismo mundo objetivo que ustedes dejaron..., pero no el mismo mundo subjetivo. Sólo existe una galaxia en la que habitamos, sólo un universo. Pero nuestra conciencia de ellos altera muchos aspectos de la realidad.
—Me he perdido. —Gino suspiró.
—A ver si lo he entendido —dijo Dan—. Suena como si estuviera diciendo que las cosas son como nosotros pensamos que las vemos y nuestros pensamientos las mantienen de esa forma. Como el árbol del patio interior que recuerdo de mis días de instituto.
—No es correcto otra vez. Pero es una aproximación con la que puede quedarse si le ayuda a aclarar las ideas. Se trata de un fenómeno que vengo sospechando hace mucho tiempo: ciertas observaciones sobre la velocidad de la luz que podrían ser errores del instrumental, fenómenos gravitacionales, reacciones químicas. Yo sospechaba algo, pero no sabía dónde buscar. Desde el fondo de mi corazón, les agradezco, caballeros, que me den esta oportunidad justo al final de mi vida, al proporcionarme las claves que pueden conducir a la solución de este problema.
—¿Solución...? —se atrevió a decir Gino—. ¿Quiere decir que existe una posibilidad de que regresemos al mundo tal como lo conocimos?
—No sólo una posibilidad, sino la más sólida de las probabilidades. Lo que les ocurrió a ustedes fue un accidente. Se marcharon del planeta en el que nacieron, salieron de su entorno atmosférico y, durante parte de su órbita, llegaron a estar fuera de su campo de visión. Su sentido de la realidad ha sido sometido a una terrible tensión y su realidad física y la realidad de sus relaciones mentales cambiaron con la muerte de su compañero. Todo esto se combinó para permitirles llegar a un mundo con una imagen de la realidad ligeramente diferente a la que tenía el que ustedes abandonaron. Los historiadores han localizado con exactitud el momento del cambio. Ocurrió el 17 de agosto de 1933, el día en que el presidente Roosevelt murió de neumonía.
—¿Por eso me han estado haciendo tantas preguntas de tipo clínico acerca de mi infancia? —inquirió Dan—. Yo entonces tuve neumonía, tan sólo tenía un par de meses, y estuve a punto de morir, mi madre me lo contó muchas veces. Pudo ser al mismo tiempo. ¿No es posible que yo viviese y el presidente muriera...?
Einstein movió la cabeza.
—No, ustedes deben recordar que vivieron en el mundo tal como lo conocieron. La dinámica de la relación está lejos de ser clara, aunque estoy convencido de que hay algún tipo de conexión. Pero eso no es importante. Lo que es importante es que creo haber desarrollado un sistema para producir mecánicamente la traducción de una imagen de una realidad a la otra. Costará años afinarlo para traducir la materia de una realidad a un orden diferente, pero ya está suficientemente perfeccionado, estoy seguro, para hacer regresar materia que se ha retirado de otro orden.
La silla de Gino chirrió al salir despedida hacia atrás cuando se puso en pie de un salto.
—Profesor, ¿estoy en lo cierto si digo, y puede que me haya equivocado al interpretar sus palabras, que usted puede hacernos regresar de un salto al lugar de dónde venimos?
Einstein sonrió.
—Simplificándolo todo como lo ha hecho, comandante... la respuesta es sí. Se está haciendo lo necesario para hacerlos regresar, a ustedes y a su cápsula, tan pronto como sea posible. A cambio, les pediremos un favor.
—Cualquier cosa, por supuesto —dijo Dan inclinándose hacia adelante.
—Se llevarán la máquina reconversora de la realidad y microcopias de todas nuestras notas, teorías y conclusiones prácticas, en el mundo del que proceden, la tecnología y la ingeniería podrán unir sus enormes fuerzas para conseguir, por medios mecánicos, lo que ustedes hicieron una vez por accidente. Podrían ser capaces de hacerlo en el plazo de unos meses. Y ése es todo el tiempo que queda.
—¿Qué quiere decir exactamente?
—Estamos perdiendo la guerra. A pesar de todas las advertencias, no nos preparamos, pensamos que a nosotros nunca nos afectaría el avance de los nazis en todos los frentes. Su victoria es sólo cuestión de tiempo. Podemos ganar todavía, pero solamente con la bomba atómica de su mundo.
—¿No tienen ahora bombas atómicas?
Einstein se sentó en silencio durante unos instantes antes de contestar.
—No, no hubo oportunidad. Siempre estuve seguro de que podían construirse pero nunca puse a prueba mis teorías. Los alemanes también lo pensaron. Incluso en una ocasión tuvieron un proyecto de agua pesada, cuyo objetivo era la fisión nuclear controlada. Pero sus éxitos militares eran tan grandes que lo abandonaron junto con otros planes rocambolescos y muy costosos, como la teoría de la esfera hueca. Ni siquiera yo he querido ver construida esa cosa horrorosa y, por lo que ustedes me han contado, es peor que mis sueños más terribles. Aunque he de admitir que se lo planteé al presidente cuando la amenaza nazi se aproximaba, no se hizo nada. Entonces era demasiado caro. Ahora es demasiado tarde. Sin embargo, quizá no lo sea. Si América nos ayuda, el enemigo será derrotado. Y, después, ¡qué caudal de conocimientos podremos compartir cuando nuestros mundos entren en contacto! ¿Lo harán?
—Por supuesto —contestó Dan Coye—. Pero costará mucho convencer a la jerarquía. Sugiero que se hagan algunas películas en las que aparezcan usted y otras personas, explicando todo esto. Y que añadamos algunos documentos, alguna cosa que les convenza de lo que ha ocurrido.
—Puedo hacer algo mejor —dijo Einstein, cogiendo un pequeño frasco de un cajón de la mesa. Éste es un fármaco, recientemente desarrollado, con su fórmula, que ha demostrado ser efectivo para detener algunas de las formas más violentas de cáncer. Este es un ejemplo de lo que quiero decir cuando hablo del provecho que podremos extraer cuando nuestros dos mundos compartan información.
Dan se guardó en un bolsillo el precioso recipiente mientras se daba la vuelta para marcharse. Gino y él estrecharon con sobrecogimiento la mano del frágil anciano que ya llevaba muerto muchos años en el mundo que conocían y al cual pronto regresarían.
El ejército actuó con rapidez. Un gran bombardero se reconvirtió rápidamente para lanzar uno de los misiles americanos propulsados por combustible sólido. Aún no estaba operativo y existían dudas de que lo consiguieran, teniendo en cuenta el ritmo del avance nazi. Impulsado por el bombardero, el misil podría llegar al exterior de la ionosfera transportando la carga de la cápsula lunar con sus dos pilotos. Atravesar los límites de la atmósfera era crucial para el funcionamiento de la máquina reconversora, que debía regresar con ellos a lo que pensaban que era su propio mundo. Era ridículamente pequeña para ser capaz de cambiar un mundo por otro.
—¿Y ése es todo el artefacto? —preguntó Gino cuando se instalaron de nuevo en la cápsula.
Una caja cuadrada, que contenía documentos y bobinas de películas, fue amarrada entre sus asientos. Encima de ella había una pequeña caja metálica gris.
—¿Qué esperabas?, ¿un acelerador nuclear? —preguntó Dan mientras comprobaba los circuitos. Después de haberla desmontado para someterla a examen, la cápsula había sido reconstruida, con la mayor exactitud posible, para devolverla a su estado original en el momento del aterrizaje. Llevaban puestos sus trajes presurizados.
—Llegamos aquí por accidente, simplemente por pensar de manera equivocada, si es que todo lo que nos han contado es cierto...
—No dejes que eso te abrume..., yo tampoco entiendo la teoría mucho mejor que tú. Olvídala por el momento.
—Sí, tienes razón. Toda esta historia loca puede que no sea sencilla, pero el mecanismo no tiene por qué ser complejo en términos físicos. Sólo tenemos que pulsar el botón, ¿verdad?
—¡Comprendido! El trasto este es automático. El radar señalará la trayectoria y, cuando alcancemos el apogeo de la órbita, nos darán la señal por medio de nuestra habitual frecuencia, apretaremos el interruptor y caeremos.
—Caeremos de regreso en el lugar del que venimos, espero.
—Atención, cargamento —rechinó una voz desde el altavoz—. Aquí el piloto. Estamos a punto de despegar. ¿Están listos?
—Afirmativo. Todos los circuitos correctos —informó Dan, y se recostó.
El enorme bombardero recorrió con gran estruendo la longitud de la pista y lentamente se elevó por los aires, con los motores a plena potencia para levantar el peso del cohete, colgado de su panza. La cápsula estaba en el morro del cohete y todo lo que los astronautas podían ver era la superficie destellante de la nave nodriza. Iba a ser un paseo difícil.
Las matemáticas habían establecido que las probabilidades de éxito serían mayores sobre Florida y el Atlántico sur, la zona original de reingreso prevista. Eso implicaba la incursión en territorio enemigo. Los pasajeros no verían la batalla que estaban librando los cazas que los escoltaban y el piloto del bombardero reconvertido no les dijo nada. Fue una lucha feroz y, por un momento, casi perdida. Solamente una colisión suicida por parte de uno de los aviones de combate de escolta impidió que un caza enemigo atacara la nave nodriza.
—Manténganse en alerta para el lanzamiento —les comunicaron por radio y, un momento después, llegó la sensación familiar de caída libre cuando el cohete se desprendió de la aeronave. Los mandos, todos programados, cronometraron la ignición y la órbita. La aceleración los aplastó contra los sillones...
Una repentina transición a la ingravidez se vio acompañada por insignificantes explosiones cuando el cohete transportador liberó con detonaciones los pernos que lo sujetaban a la cápsula. Durante un tiempo inconmensurable, la inercia los mantuvo en órbita mientras la gravedad tiraba de ellos. La radio crepitó con ondas de alta frecuencia. Entonces se oyó una voz.
—Preparados con el interruptor..., preparados para pulsarlo... ¡AHORA!
Dan pulsó el interruptor. Pareció que no ocurría nada. Por lo menos, nada que ellos pudieran percibir. Se miraron el uno al otro en silencio y después desviaron la mirada hacia el altímetro en su caída de regreso a la lejana Tierra.
—Prepárate para abrir el paracaídas —dijo Dan en voz alta justo cuando la radio empezó a emitir ruidos violentos.
—Atención, Apolo, ¿son ustedes? Aquí control de Cañaveral, ¿pueden oírme? Repito... ¿Pueden oírme? ¿Pueden responderme..., por Dios? Dan, ¿están ahí?
La voz era casi histérica, fuera de todo control. Dan tiró del interruptor para hablar.
—Aquí Dan Coye..., ¿eres tú, Skipper?
—Sí, pero ¿cómo habéis llegado hasta aquí? ¿Dónde habéis estado desde...? Anulad, repito: anulad esto último. Os tenemos en pantalla y vais a impactar en el mar; tenemos buques en las inmediaciones...
Las miradas de los dos astronautas se encontraron y sonrieron. Gino levantó el pulgar en señal de victoria. Lo habían logrado. Detrás de la controlada voz que les estaba dando instrucciones, podían intuir ya el desmadre que se iba a organizar después de su inesperada llegada. Para los observadores de la Tierra (esta Tierra), ellos habían permanecido ocultos en la otra cara de la Luna. Algunas semanas más tarde, repentinamente, volvían a aparecer sanos y salvos... Bastantes días después de que sus reservas de oxígeno y suministros hubieran debido acabarse. Había mucho que explicar.
Fue un amerizaje perfecto. Brillaba el sol, el mar estaba en calma, apenas soplaba el viento en contra. Volvieron a salir a la superficie en cuestión de segundos y tuvieron una vista despejada a través de la compuerta por encima de las pequeñas olas. Una lancha ya había puesto rumbo hacia ellos, a tan sólo unas millas de distancia.
—Se acabó —dijo Dan con un inmenso suspiro de alivio mientras se desabrochaba los cinturones.
—¡Se acabó! —repitió Gino con voz ahogada—. ¿Se acabó? ¡Mira..., mira aquella bandera!
La lancha viró con decisión, con la bandera en la popa, ondeando orgullosa en el aire. Las barras rojas y blancas de la bandera de Estados Unidos, las cincuenta estrellas blancas sobre el azul intenso.
Y, en medio de las estrellas, en el centro del rectángulo azul, una corona dorada.