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harry harrison

compañeros de piso

VERANO
El sol de agosto penetraba en el interior por la ventana abierta y quemaba las piernas desnudas de Andrew Rusch, hasta que el malestar logró arrancarle de las profundidades del sueño. Sólo poco a poco se dio cuenta del calor y de la sábana húmeda y llena de arenisca que tenía debajo. Se frotó los pegajosos párpados cerrados y se quedó tendido, contemplando el yeso agrietado y lleno de manchas del techo, apenas despierto y experimentando una sensación de extrañeza, sin saber siquiera, en aquellos primeros instantes de vigilia, dónde estaba, aunque hubiese vivido en aquella habitación durante más de siete años. Bostezó y la extraña sensación se desvaneció mientras buscaba a tientas el reloj que siempre ponía sobre la silla al lado de la cama. Entonces volvió a bostezar mientras pestañeaba al mirar entre neblinas las manecillas tras el cristal arañado. Las siete, las siete de la mañana y había un pequeño nueve en el centro de la ventanilla cuadrada. Lunes, 9 de agosto de 1999... y ya parecía que estuvieran en un horno. La ciudad estaba aún anegada por la ola de calor que había cocido y asfixiado Nueva York durante los diez últimos días. Andy se rascó un hilillo de sudor que le corría por el costado, apartó las piernas de la zona que recibía directamente los rayos del sol y dobló la almohada por debajo del cuello. Al otro lado del delgado tabique que dividía la habitación por la mitad se oyó una especie de ronroneo que subió gradualmente hasta convertirse en un agudo zumbido.
—Es por la mañana... —gritó por encima de aquel ruido, y luego empezó a toser. Se puso en pie con reticencia aún tosiendo y cruzó la habitación para llenarse un vaso de agua del depósito de la pared. Salió un hilillo delgado y pardusco. Se lo bebió y luego golpeó con los nudillos el indicador, entonces la aguja se agitó arriba y abajo hasta situarse próxima a la marca de vacío. Había que llenarlo. Tendría que arreglarlo antes de firmar el registro de entrada en la comisaría a las cuatro en punto. El día había comenzado.
En la parte frontal de un descomunal armario ropero había un espejo de cuerpo entero con una fisura que lo atravesaba de parte a parte. Se acercó a él y se frotó la raspante mandíbula. Tendría que afeitarse antes de entrar. Nadie debería nunca mirarse por la mañana, desnudo y sin esconder nada, decidió con disgusto, frunciendo el ceño ante la palidez cadavérica de su piel y las piernas ligeramente patizambas que sus pantalones solían ocultar. Y... ¿cómo se las había arreglado para tener al mismo tiempo unas costillas que sobresalían como las de un caballo hambriento y una prominente barriga? Se masajeó la carne nacida y pensó que sería debido a la dieta a base de fécula. Eso y a estar sentado sobre su trasero la mayor parte del tiempo. Pero al menos la grasa no asomaba por el rostro. Su frente estaba un poco más despejada cada año, aunque no resultaba demasiado evidente mientras llevara el pelo corto. «Acabas de cumplir treinta años —se dijo— y ya te están saliendo arrugas alrededor de los ojos. Y vaya nariz que tienes..., ¿no era el tío Brian el que aseguraba que era porque había sangre galesa en la familia? Y tus colmillos sobresalen un poco demasiado. De ahí que al sonreír te parezcas un poco a una hiena. Eres un guapo demonio, Andy Rusch, y es asombroso que una chica como Shirl se digne siquiera mirarte y mucho menos besarte.» Se frunció el ceño a sí mismo y luego fue a buscar un pañuelo para sonar su impresionante nariz galesa.
Tan sólo quedaban un par de calzoncillos limpios en el cajón. Los cogió. Era otra de las cosas de las que se tenía que acordar hoy: de lavar algo de ropa. El quejumbroso chirrido se oía todavía desde la otra habitación cuando atravesó la puerta que las conectaba.
—Te vas a provocar una trombosis, Sol —le dijo al hombre de barba gris que estaba subido a la bicicleta estática. Pedaleaba con tanto ahínco que el sudor le corría por el pecho y empapaba la toalla de baño que llevaba atada alrededor de la cintura.
—Una trombosis jamás —boqueó Solomon Kahn, pedaleando sin parar—. Llevo haciendo esto todos los días durante tanto tiempo que mi corazón lo echaría de menos si dejara de hacerlo. Y mis arterias no tienen nada de colesterol, ya que el flujo regular de alcohol se encarga de ello. Y nada de cáncer de pulmón, pues no podría permitirme fumar aunque quisiera, que no es el caso. Y a mis setenta y cinco tacos, nada de inflamación de la próstata porque...
—Sol, por favor..., ahórrame esos horribles detalles con el estómago vacío. ¿Tienes otro cubito de hielo?
—Coge dos..., hace mucho calor. Y no tengas la puerta abierta demasiado tiempo.
Andy abrió la achaparrada nevera apoyada contra la pared y, rápidamente, sacó el recipiente de plástico de la margarina, luego sacó dos cubitos de hielo de la bandeja y los echó en un vaso. Cerró la puerta. Se llenó el vaso de agua del depósito de la pared y lo puso en la mesa cerca de la margarina.
—¿Has comido ya? —preguntó.
—Lo haré contigo. Debería cobrarse por estas cosas. Sol dejó de pedalear y el chirrido se fue transformando en un débil gemido hasta desaparecer del todo. Desconectó los cables del generador eléctrico adaptado al eje trasero de la bicicleta y los enrolló cuidadosamente, luego los dejó al lado de los cuatro acumuladores negros de batería para coche, que estaban apilados en la parte superior de la nevera. Entonces, después de secarse las manos con el sucio trapo que usaba de toalla, sacó un asiento de automóvil, rescatado de un antiguo Ford del 75, y se sentó a la mesa enfrente de Andy.
—He oído las noticias de las seis —dijo—. Los Eldsters están organizando otra marcha de protesta hasta los cuarteles centrales de la Asistencia Social. Allí es donde podrás ver trombosis coronarias.
—No lo haré, gracias. No entro hasta las cuatro y Union Square no está en nuestro distrito. —Abrió la panera y sacó una de las galletas rojas en forma de cuadrado, luego le alargó la caja a Sol. Se extendió una delgada capa de margarina sobre ella y le dio un mordisco, arrugando la nariz mientras masticaba—. Creo que esta margarina se ha agriado.
—¿Y cómo lo sabes? —gruñó Sol dándole un mordisco a una de las galletas—. Para empezar, cualquier cosa hecha con aceite de automóvil y esperma de ballena se agria.
—Ahora empiezas a sonar como un naturista —dijo Andy, Pasando los restos de la galleta por agua fría—. Todas las grasas procedentes de productos petroquímicos carecen casi por completo de sabor y sabes que no queda ya ninguna ballena, de modo que no pueden emplear su esperma... Es sólo buen aceite de clorofila.
—Aceite de ballena, plancton, arenque..., todo es lo mismo. Sabe a pescado. Me comeré la mía sin nada y así no me crecerán aletas. —Se oyeron unos repentinos golpes en la puerta a manera de staccato y Sol refunfuñó—. Aún no son las ocho y ya vienen a buscarte.
—Podría ser cualquier otra cosa —dijo Andy dirigiéndose a la puerta.
—Podría ser pero no lo es. Ésa es la señal del botones y lo sabes tan bien como yo. Te apuesto dólares contra donuts a que es él. ¿Lo ves? —Asintió con sombría satisfacción cuando Andy abrió la puerta y los dos vieron al flaco mensajero con las piernas al descubierto, de pie en el oscuro pasillo.
—¿Qué quieres, Woody? —preguntó Andy.
—No ez nada —ceceó Woody con sus encías desnudas. Aunque tenía ya más de veinte años, no le había salido ni un solo diente—. Teniente dice lleva, yo llevo. —Y le pasó a Andy su pizarra con su nombre escrito en la parte exterior.
Andy se volvió hacia el interruptor de la luz y lo pulsó, luego leyó los puntiagudos garabatos del teniente en la pizarra. Tomó entonces la tiza, garabateó sus iniciales a continuación y se lo devolvió al mensajero. Cerró la puerta tras él y regresó al desayuno abstraído en sus cavilaciones.
—No me mires así —le dijo Sol—. Yo no envié el mensaje. ¿Me equivoco al suponer que no es la más agradable de las noticias?
—Se trata de los Eldsters. La plaza ya está atestada de ellos, y la comisaría necesita refuerzos.
—Pero ¿por qué tú? Suena a trabajo para macho con arreos.
—¡Macho con arreos! ¿De dónde sacas esa jerga medieval? por supuesto que necesitan policías para contener a la muchedumbre, pero también es necesario que haya detectives allí para reconocer a conocidos agitadores, carteristas, salteadores y demás granujas. Ese parque será un infierno hoy. He de fichar antes de las nueve, de modo que tengo tiempo suficiente para subir algo de agua primero.
Andy se vistió lentamente con una holgada camisa y pantalones informales. Entonces puso una cacerola con agua en la repisa de la ventana para calentarla al sol. Cogió los dos bidones de plástico de veinte litros y, al salir, Sol apartó la vista del televisor y le dirigió la mirada por encima de sus gafas pasadas de moda.
—Cuando subas con el agua, te prepararé un trago..., ¿o crees que es demasiado pronto?
—No, para como me siento hoy no lo es. Cuando cerró la puerta tras él, el pasillo se quedó oscuro como la tinta negra y se dirigió a tientas con cuidado por la pared hasta llegar a la escalera, maldiciendo y a punto de caerse al tropezar con un montón de basura que alguien había tirado allí. Dos tramos de escalera más abajo habían abierto una ventana en la pared por la que entraba luz suficiente para mostrarle el camino hacia los dos últimos tramos hasta la calle. Después del húmedo pasillo recibió el calor de la calle Veinticinco como una sacudida enmohecida, una sofocante miasma compuesta de putrefacción, suciedad y humanidad sin lavar. Tenía que abrirse camino entre las mujeres que ya habían llenado los escalones del edificio, andando con atención para no pisar a ninguno de los niños que estaban jugando por allí. La acera aún tenía sombra pero estaba tan atestada de gente que caminó por la calzada, bien apartado del bordillo con el fin de eludir toda la suerte de desperdicios que allí se acumulaban. Los días de calor habían reblandecido el alquitrán hasta tal punto que el suelo se adhería a la suela de los zapatos. Allí estaba la cola de costumbre frente al Punto Rojo, que indicaba el surtidor de abastecimiento de agua, en la esquina de la Séptima Avenida. La concentración se disolvió entre gritos de ira y algunos puños que se agitaban al aire justo al llegar él. Todavía entre protestas, la multitud se dispersó y Andy observó que los policías de servicio estaban cerrando la puerta de acero.
—¿Qué pasa? —preguntó Andy—. Creía que este punto de abastecimiento estaba abierto hasta mediodía.
El agente se dio la vuelta, manteniendo instintivamente la mano cerca del arma hasta que reconoció al detective de su mismo distrito. Echó ligeramente hacia atrás su gorra de uniforme y se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—Tan sólo cumplo órdenes del sargento. Todos los puntos se cierran durante veinticuatro horas. El nivel del depósito está bajo por la sequía; hay que ahorrar agua...
—Eso es una orden endemoniada —dijo Andy, mirando la llave que estaba todavía en la cerradura—. Empiezo ahora la guardia y eso significa que no voy a poder beber durante un par de días...
Tras una mirada atenta alrededor, el policía abrió la puerta y cogió uno de los bidones de Andy.
—Uno de estos debería bastarte. —Lo sostuvo bajo el grifo mientras lo llenaba y bajó la voz—. No lo sueltes por ahí, pero corre el rumor de que ha habido otra voladura en el acueducto del norte del estado.
—¿Otra vez esos granjeros?
—Deben de serlo. Yo estaba de guardia allí arriba antes de venir a este distrito y es peligroso; no les importaría volarte a ti con el acueducto al mismo tiempo. Alegan que la ciudad les está robando el agua.
—Ellos tienen suficiente —dijo Andy cogiendo el bidón lleno—. Más de la que necesitan. Y aquí hay treinta y cinco millones de personas que están condenadamente sedientas.
—¿Quién te lo discute? —preguntó el policía, dando un portazo y asegurándose de cerrar bien la puerta.
Andy se abrió camino para regresar a través de la multitud congregada alrededor de los peldaños y pasó primero por el patio. Todos los lavabos estaban llenos y tuvo que esperar. Cuando por fin entró en uno de los cubículos se llevó consigo los bidones; si no los vigilaba, seguro que alguno de los chicos que estaban jugando en el montón de escombros junto a la verja se los llevaría.
Después subió los oscuros tramos otra vez y, al abrir la puerta de casa, oyó el sonido nítido de los cubitos de hielo repiqueteando contra el vidrio.
—Estás interpretando la Quinta Sinfonía de Beethoven —dijo Andy mientras dejaba los bidones y se desplomaba en una silla.
—Es mi melodía favorita —contestó Sol, cogiendo dos vasos helados del frigorífico. Con la solemnidad de un ritual religioso, dejó caer una cebolleta diminuta en cada uno de ellos y le alargó uno a Andy, que sorbió parsimoniosamente el líquido helado.
—Cuando pruebo uno de éstos, Sol, es cuando creo que, después de todo, no estás loco. ¿Por qué los llaman Gibsons?
—Es un secreto perdido en las neblinas del pasado. ¿Por qué un Stinger es un Stinger o un Pink Lady es un Pink Lady?
—No lo sé... ¿Por qué? Nunca los he probado.
—Yo tampoco lo sé, pero lo cierto es que ése es su nombre. Como esas cosas verdosas que sirven en algunos tugurios en los que hay que llamar para entrar, los Panamás. No quiere decir nada, es sólo un nombre.
—Gracias —dijo Andy, apurando la copa—. El día ya tiene mejor aspecto.
Entró en su habitación, cogió el arma del cajón y se ajustó la funda a la pretina de los pantalones. La placa estaba en el llavero, donde siempre la guardaba. Añadió la libreta y dudó un instante. Tenía por delante un día largo y duro y podría suceder cualquier cosa. Sacó las esposas, guardadas debajo de las camisas y el cargador de plástico lleno de munición. Podría ser necesario en la multitud, más seguro que un arma con toda esa gente arremolinándose. No sólo eso, sino que con las nuevas disposiciones de austeridad, había que tener una razón condenadamente buena para usar cualquier tipo de munición. Se lavó tan bien como pudo con el poco de agua que había puesto a calentar al sol sobre la repisa de la ventana, luego se restregó la cara con los pequeños fragmentos de jabón gris y arenoso hasta que su barba se ablandó un poco. Su cuchilla de afeitar empezaba a mostrar mellas evidentes por ambos filos y, al ponerla en el vaso de agua, se dijo que había llegado el momento de pensar en comprarse otra. Quizá en otoño.
Sol estaba regando con esmero las hileras de hierbas y cebolletas de su macetera cuando Andy salió.
—¡Que no te den gato por liebre! —le dijo sin apartar la vista de lo que estaba haciendo. Sol tenía un verdadero arsenal de refranes, todos antiguos. Pero ¿para qué demonios querría él comprarse un gato esa mañana?
El sol ya había ganado altura y el calor iba en aumento sobre el paisaje callejero de alquitrán y hormigón. El margen de sombra era cada vez menor y los escalones estaban tan atestados de humanidad que le era imposible ir más allá de la entrada. Una mocosa diminuta que llevaba por ropa tan sólo unas grises y andrajosas braguitas empujó débilmente a Andy y consiguió bajar un escalón. Las adustas mujeres se hicieron a un lado con reticencia, haciendo como si tal cosa, pero los hombres clavaron la vista en él con una fría mirada de odio grabado en todos sus gestos, lo que les confería un aspecto insólitamente similar, como si fueran todos de la misma airada familia.
Andy se abrió paso entre los últimos individuos y, cuando alcanzó la acera, tuvo que pasar aún por encima de la pierna estirada de un anciano que estaba tumbado. Su aspecto no era el de una persona dormida, sino el de un muerto. Podría estarlo perfectamente y si así fuera, a nadie le importaría. Su pie estaba desnudo y mugriento y tenía atada al tobillo una cuerda que conducía hasta un niño desnudo que estaba sentado en la acera, con la mirada perdida y masticando un plato retorcido de plástico.
La criatura estaba tan roñosa como el viejo. Esta tenía la cuerda atada al pecho por debajo de los brazos escuálidos porque el vientre estaba hinchado y rígido. ¿Estaba muerto el anciano? No es que importara mucho, su única misión en el mundo consistía en hacer de ancla del niño y podía hacerlo satisfactoriamente tanto vivo como muerto.
Una vez fuera de la habitación, lejos y sin poder hablar con Sol hasta su regreso, cayó en la cuenta de que, de nuevo, se las había arreglado para no mencionarle a Shirl. Habría sido algo bastante fácil de hacer, pero había continuado olvidándolo, evitándolo. Sol siempre estaba hablando de lo cachondo que estaba a todas horas y la frecuencia con la que solía echar un polvo cuando estaba en el ejército. Lo entendería.
Eran compañeros de piso. Eso era todo. No había nada entre ellos. Sólo eran amigos. De manera que traer a una chica a vivir con ellos no lo cambiaría.
Entonces, ¿por qué no se lo había dicho?
OTOÑO
—Todo el mundo dice que éste es el octubre más frío de todos. Al menos yo nunca he vivido uno peor. Y además está la lluvia: nunca cae la suficiente para llenar los embalses o lo que sea, pero sí la necesaria para empaparte y tener más frío. ¿Es cierto o no?
Shirl asintió con la cabeza, escuchando apenas las palabras, pero consciente por la ascendente entonación de la voz de la mujer de que se acababa de formular una pregunta. La cola se movió hacia adelante y Shirl arrastró los pies algunos pasos detrás de la mujer que había estado hablando: un fardo informe de ropa de abrigo cubierto con una gabardina rasgada de plástico y un cordón atado por la mitad de su cuerpo; tenía el aspecto de un saco lleno de bultos. «No es que yo tenga mucha mejor pinta», pensó Shirl, tirando un poco más del pliegue del manto sobre su cabeza para protegerse de la contumaz llovizna. No tardaría mucho ya, tan sólo tenía unas doce personas por delante, pero le había llevado mucho más tiempo del que había supuesto y casi había oscurecido. Una luz se encendió por encima del camión cisterna, iluminando sus laterales negros y la cortina de lluvia que caía lentamente. La cola se movió de nuevo y la mujer que tenía delante se desplazó como un pato hacia el frente tirando de su hijo tras ella, un fardo amorfo y con tantas capas de ropa como su madre. Tenía el rostro oculto por una bufanda anudada y emitía un gimoteo casi constante.
—Basta ya —dijo la mujer. Se volvió hacia Shirl. Tenía la cara echada y enrojecida alrededor del oscuro orificio de su boca desdentada casi por completo—. Está llorando porque ha ido a ver al médico, cree que está enfermo pero es sólo el kwash. —Levantó la mano del niño, hinchada como un globo—. Es fácil saberlo cuando se hinchan y les aparecen esas manchas negras en las rodillas. Tuve que estar sentada dos semanas en la clínica Bellevue para ver a un médico que me dijo lo que yo ya sabía. Pero es la única forma de que te firme la receta. Así conseguí una ración de mantequilla de cacahuete. A mi marido le encanta. Usted vive en mi calle, ¿verdad? Creo que la he visto allí, ¿no?
—Calle Veintiséis —dijo Shirl, quitándole el tapón al bidón y guardándolo en el bolsillo de su abrigo. Sintió el frío en los huesos y tuvo la certeza de que estaba pillando un resfriado.
—Exacto, sabía que era usted. Quédese por aquí y espéreme. Volveremos juntas. Se está haciendo de noche y hay un montón de gamberros a los que les gustaría cogernos el agua. Siempre pueden venderla. La señora Ramírez, de mi edificio, es una sudaca pero está bien, ya sabe. Imagínese que su familia vive en el edificio desde la segunda guerra mundial. Bueno, pues tiene un ojo morado tan hinchado que no puede ver con él y dos dientes de menos. Un miserable le dio con una tranca y se llevó su agua.
—Sí, la esperaré; es una buena idea —dijo Shirl, sintiéndose de pronto muy desamparada.
—Cartillas —pidió el guardia, y ella le entregó las tres cartillas de racionamiento, la suya, la de Andy y la de Sol. Él se las acercó a la luz y luego se las devolvió—. Seis cuartos —le dijo al hombre del grifo.
—No es correcto —protestó Shirl.
—La ración se ha reducido hoy, señora. Vamos, hay un montón de gente esperando.
Tendió el bidón y el hombre del grifo introdujo el extremo de un largo embudo en él e hizo correr el agua.
—Siguiente —llamó.
El bidón gorgoteaba al ponerse en camino y resultaba dramáticamente liviano. Se quedó cerca del policía hasta que apareció la mujer, tirando del niño con una mano y transportando con la otra una bombona de queroseno de veinte litros, que parecía estar casi llena. Debía de tener familia numerosa.
—Vamos —dijo la mujer, con el niño a remolque. Este no paraba de lloriquear ligeramente desde el otro extremo del brazo.
Cuando abandonaron la vía muerta del ferrocarril de la avenida Doce, la oscuridad fue en aumento, ya que la lluvia absorbía la poca luz que había. Los edificios de la zona eran, en su mayoría, viejos almacenes y fábricas con lisas fachadas que ocultaban totalmente a los inquilinos del interior. Las aceras estaban encharcadas y vacías. La farola más próxima estaba a una manzana.
—Mi marido me va a hacer un bonito recibimiento por llegar a estas horas —dijo la mujer cuando dieron la vuelta a la esquina. Había dos tipos bloqueando la acera enfrente de ellas.
—Dadnos el agua —exigió el que estaba más cerca, mientras que en el cuchillo que blandía se reflejaban lejanos brillos de luz.
—¡No, no, por favor! —suplicó la mujer, apartando de delante su bidón para alejarlo de los asaltantes. Shirl se arrimó a la pared y, cuando se acercaron a ellas, comprobó que eran sólo dos adolescentes, pero aun así, tenían un cuchillo.
—¡El agua! —gritó el primero, pinchando con el cuchillo a la mujer.
—¡Cógela! —vociferó ella, balanceando el bidón como si fuera una lanzadora de martillo. Antes de darle tiempo a esquivarlo, el bidón alcanzó de lleno al muchacho en un lado de la cabeza. El tremendo golpe lo dejó tendido en el suelo e hizo que el cuchillo saliera disparado de sus dedos—. ¿Tú también quieres? —gritó mientras avanzaba hacia el segundo. Éste estaba desarmado.
—No, no quiero problemas —rogó, tirando del brazo de su compañero y retirándose en cuanto ella se acercó. Cuando la mujer se agachó a recoger el cuchillo del suelo, el muchacho cargó con su amigo como pudo, arrastrándolo, hasta dar la vuelta a la esquina. Todo había sucedido en unos segundos y, durante todo ese tiempo, Shirl había permanecido con la espalda pegada a la pared y temblando de miedo.
—Se han llevado una buena sorpresa —se pavoneó la mujer, alzando el cuchillo de trinchar confiscado para admirarlo—. Puedo darle a esto un uso mucho mejor. Tan sólo eran unos críos gamberros. —Estaba exaltada y contenta. Durante todo el episodio, no había dejado de tener bien agarrado a su hijo ni un sólo instante. Ahora, el pequeño sollozaba con más fuerza.
No hubo más incidentes y la mujer acompañó a Shirl hasta su puerta.
—Muchas gracias —dijo Shirl—. No sé lo que habría hecho si...
—No ha sido nada. —La mujer sonrió—. ¡Usted vio lo que le hice... y quién tiene ahora el cuchillo! —Se marchó con paso decidido, con el pesado bidón en una mano y el niño en la otra.
Shirl entró en casa.
—¿Dónde has estado? —preguntó Andy cuando ella abrió la puerta—. Me estaba empezando a preguntar qué te había pasado. —La habitación estaba caldeada y había un ligero olor a pescado cocinado. Él y Sol estaban sentados frente a la mesa con sus bebidas en la mano.
—Ha sido por el agua; la cola debía de rodear la manzana. Sólo me dieron seis cuartos, han reducido la ración otra vez. —Ella se dio cuenta del aspecto abatido de Andy y optó por no contarle el incidente de la vuelta. Se descorazonaría aún más y no quería que la comida se echara a perder.
—Es sencillamente maravilloso —dijo Andy con sarcasmo—. La ración ya era demasiado pequeña..., y ahora la reducen todavía más. Será mejor que te quites esa ropa mojada, Shirl, y Sol te preparará un Gibson. Su vermut casero ha alcanzado su punto óptimo y yo he comprado vodka.
—Tómatelo —dijo Sol, alargándole el vaso helado—. He hecho un poco de sopa con esa basura de mejunje energético. Es la única forma posible de hacerla digerible; debería estar casi lista. Tomaremos eso de primer plato, antes de... —Acabó la frase sacudiendo la cabeza en dirección a la nevera.
—¿Eh? ¿Qué pasa? —preguntó Andy.
—No es ningún secreto —dijo Shirl, abriendo la nevera—, tan sólo una sorpresa. He conseguido esto en el mercado. Una para cada uno... —Y cogió un plato con tres pequeñas hamburguesas de soja—. Son las nuevas, vienen anunciadas en televisión, con sabor ahumado a las brasas.
—Deben de haberte costado una fortuna —dijo Andy—. No volveremos a comer hasta fin de mes.
—No son tan caras. En cualquier caso, me he gastado mi dinero, no el del presupuesto común.
—Eso no viene al caso, el dinero es dinero y ya está. Probablemente podríamos vivir durante una semana con lo que te ha costado eso.
—La sopa está lista —dijo Sol, poniendo los platos en la mesa. Shirl tenía un nudo en la garganta, de manera que no pudo decir nada. Se sentó, miró su plato y trató evitar que se le escaparan las lágrimas.
—Lo siento —dijo Andy—. Pero sabes cómo se están disparando los precios..., tenemos que mirar por el futuro. Los impuestos urbanos son mayores, ahora, ya el ochenta por ciento, debido al incremento de las prestaciones de la Seguridad Social. Así que será duro pasar el invierno. No creas que soy un desagradecido...
—Si no lo eres, ¿por qué no cierras la boca y te tomas la sopa? —intervino Sol.
—Mantente fuera de esto, Sol —le pidió Andy.
—Me mantendré al margen cuando tengas las peloteras fuera de mi habitación. Y, ahora, venga ya, no deberíamos dejar que se estropeara un festín como éste.
Andy empezó a responderle, pero cambió en seguida de idea. Alargó la mano y cogió la de Shirl.
—Va a ser una cena estupenda. Vamos a disfrutarla.
—No creas —dijo Sol frunciendo la boca sobre una cucharada llena de sopa—. Espera a probar este engrudo. Menos mal que las hamburguesas nos quitarán el mal sabor de boca.
Después de eso, se hizo el silencio mientras se tomaban la sopa, hasta que Sol empezó a contar una de sus batallitas del ejército. Resultó ser tan inverosímil que no pudieron contener la risa. Luego todo fue mejor. Sol repartió nuevos Gibsons mientras Shirl sirvió las hamburguesas.
—Si estuviera lo suficientemente borracho, esto casi sabría, a carne —anunció Sol, masticando satisfecho.
—Son buenas —dijo Shirl. Andy asintió con la cabeza. Ella se acabó la hamburguesa rápidamente y empapó la salsa con un trocito de galleta de algas. Luego se tomó a sorbos su bebida. El altercado con el agua de vuelta a casa ya le parecía lejano. ¿Qué era lo que dijo la mujer que tenía aquel crío?
—¿Sabéis lo que es kwash? —preguntó.
Andy se encogió de hombros.
—Es alguna clase de enfermedad, eso es todo lo que sé. ¿Por qué lo preguntas?
—Estuve hablando con una mujer que había cerca de mí en la cola del agua. Tenía un niño pequeño con ella que estaba enfermo de ese kwash. No creo que debiera haberlo tenido bajo la lluvia si estaba malo. Me estaba preguntando si era contagioso.
—Puedes olvidarte de ello —terció Sol—. Kwash es la abreviatura de kwashiorkor. Si, en aras de la salud, estuvierais atentos a los programas médicos como hago yo o abrierais un libro de vez en cuando, sabríais todo sobre el tema. No es contagioso porque se trata de una enfermedad carencial, como el beriberi.
—Tampoco he oído hablar nunca de ésa —dijo Shirl.
—No está tan extendida como el kwash, que se desarrolla por falta de proteínas. Antes sólo se daba en África, pero ahora ya han logrado que se extienda por todo Estados Unidos. ¿No es fantástico? No hay bastante carne, las lentejas y la soja cuestan demasiado, de modo que las madres alimentan a sus niños a base de galletas de algas y caramelos, que son más bara...
La bombilla parpadeó y acabó por apagarse. Sol atravesó la habitación a tientas y encontró un interruptor entre el ovillo de cables que había encima de la nevera. Se encendió una tenue luz, conectada a las baterías.
—Necesita cargarse —dijo—, pero podrá esperar hasta mañana. No se debería hacer ejercicio después de comer, es perjudicial para la circulación y la digestión.
—Estoy tan contento de que estés aquí, doctor —dijo Andy—. Necesito consejos médicos. Verá, doctor..., todo lo que como va a parar a mi estómago...
—Muy divertido, listillo. Shirl, no entiendo cómo puedes soportar a este payaso.
Los tres se sintieron mejor después de comer y estuvieron charlando durante un rato, hasta que Sol les advirtió que iba a apagar la luz para ahorrar líquido de las baterías.
Las pequeñas barras de carbón mineral se habían calcinado hasta convertirse en cenizas y la habitación se estaba enfriando. Se desearon buenas noches y Andy fue el primero en coger la linterna. Su habitación estaba aún más fría que la otra.
—Me voy a la cama —dijo Shirl—. No es que esté muy cansada, pero es la única manera de mantener el calor.
Andy pulsó en vano el interruptor de la lámpara del techo.
—La corriente está cortada todavía y tengo aún cosas por hacer. ¿Cuánto hace..., una semana, que no tenemos electricidad por la noche?
—Déjame meterme en la cama a ver si así me llega la inspiración... ¿Te parece bien?
—Qué remedio...
Andy abrió su libreta sobre la parte superior del tocador. Dejó uno de los impresos reutilizables cerca de ella y empezó a escribir los detalles del informe. Mantenía una presión ligera pero regular con la mano sobre el botón de la linterna para producir una iluminación uniforme. La ciudad estaba tranquila esa noche, sin apenas transeúntes, debido al frío y la lluvia. El zumbido del diminuto generador y el chirrido esporádico de la estilográfica sobre el plástico hacían un ruido anormalmente alto. La luz de la linterna era suficiente para que Shirl se desvistiera. Le entraron temblores cuando se quitó la ropa de abrigo. Rápidamente se enfundó en su grueso pijama de invierno, se puso unos calcetines con abundantes zurcidos, que usaba para irse a dormir, y, a continuación, se puso un grueso suéter encima. Las sábanas estaban frías y húmedas. No se habían cambiado desde que empezó a faltar el agua, aunque ella trataba de airearlas tanto como podía. Tenía húmedas las mejillas, tan húmedas como las sábanas. Al tocarse se dio cuenta de que estaba llorando. Intentó no gimotear para no molestar a Andy. Él lo estaba haciendo lo mejor que podía, ¿no? Todo lo que era posible hacer. Sí, todo había sido muy diferente antes de llegar ahí: una vida fácil, buena comida, una habitación cálida y su propio guardaespaldas, Tab, cuando ella estaba fuera. Y todo lo que tenía que hacer era dormir con él un par de veces por semana. Shirl había llegado a odiar hasta el mero tacto de sus manos, aunque, al menos, era rápido. Tener a Andy en la cama era diferente, era agradable y, en esos momentos, Shirl quiso que estuviera junto a ella. Volvió a temblar y deseó ser capaz de dejar de llorar.
INVIERNO
La ciudad de Nueva York estaba al borde del desastre. Cada almacén cerrado era un núcleo de discordia, rodeado por muchedumbres que estaban hambrientas, tenían miedo y buscaban a alguien a quien culpar. La ira les incitaba a crear disturbios y las revueltas por la comida se convertían luego en conflictos por el agua, que se transformaban después en saqueo de todo lo que les saliera al paso. La policía sólo era una frágil barrera entre las protestas por el hambre y el caos sangriento.
Al principio, las porras y los recios garrotes frenaron los altercados, y cuando fueron insuficientes, los gases consiguieron dispersar a la multitud. Pero la tensión creció, ya que las personas que huían tan sólo lo hacían para volverse a congregar en otro lugar. Los chorros de agua a presión de los camiones antidisturbios los frenaban fácilmente cuando trataban de irrumpir en los centros de asistencia social, pero no había bastantes camiones ni más agua cuando los depósitos se quedaron vacíos. El Ministerio de Sanidad había prohibido el uso de agua fluvial: habría sido como pulverizar veneno. La escasa agua que quedaba disponible era un bien precioso para sofocar los incendios que se declaraban por toda la ciudad. Al estar las calles bloqueadas en muchas zonas, los equipos de bomberos se veían obligados a dar grandes rodeos. Algunos incendios se propagaban y, hacia el mediodía, todas las dotaciones estaban ya de servicio.
El primer disparo de arma se efectuó la mañana del veintiuno de diciembre, cuando pasaban unos minutos de las doce. Su autor fue un vigilante del Departamento de Asistencia Social, que mató a un hombre que había roto una ventana del almacén de alimentos de Tompkins Square y que había intentado encaramarse a ella. Ése fue el primer disparo pero no el último... ni tampoco la última persona que iba a morir.
Las alambradas cerraban algunas de las zonas conflictivas, pero sólo se disponía de ellas en cantidades limitadas. Cuando se agotaron, los helicópteros sobrevolaron en vano las calles insurrectas y actuaron como puestos de observación aérea para la policía, localizando aquellas zonas donde las tropas de reserva eran más necesarias. Era una tarea inútil, porque lo cierto es que dicha reserva no existía, todos los efectivos estaban en primera línea.
Después del primer conflicto ya nada impresionó demasiado a Andy. Durante el resto del día y la mayor parte de la noche, él, junto a todos los policías de Nueva York, estuvo haciendo frente a la violencia, empleándola a su vez para restablecer la ley y el orden en una ciudad destrozada por la lucha. El único descanso que tuvo fue al ser víctima de su propio gas. Se las arregló para llegar hasta la ambulancia del Departamento de Hospitales para que lo atendieran, y un camillero le enjuagó los ojos y le dio un comprimido para contrarrestar las náuseas producidas por los gases lacrimógenos. Se tendió en una de las camillas del interior, agarrando el casco, las bombas y la porra contra el pecho mientras se recuperaba. El conductor de la ambulancia se sentó en otra camilla junto a la puerta, armado con una carabina del calibre 30 para disuadir a cualquiera con demasiado interés en la ambulancia o en su valioso instrumental quirúrgico. A Andy le hubiera gustado estar allí tendido un poco más, pero la fría bruma estaba penetrando a través de la puerta abierta y sus dientes empezaron a castañetear. Le resultaba difícil arrastrarse sobre los pies y saltar al suelo, aunque se sintió un poco mejor cuando empezó a moverse... y el frío remitió. Habían acabado con el ataque y Andy se marchó lentamente a unirse al grupo más próximo de figuras con uniforme azul, arrugando la nariz por la hediondez de sus ropas.
A partir de ese momento, la fatiga nunca lo abandonó y sólo conservó recuerdos de rostros que gritaban, pies corriendo, sonidos de disparos, alaridos, estallidos de granadas de gas, y algo que no había visto que le lanzaban y que le había golpeado en el reverso de la mano y le había causado una tremenda contusión.
Al anochecer cayó un frío chaparrón y aguanieve. Fue eso y el agotamiento lo que ahuyentó a la gente de las calles, no la policía. Sin embargo, cuando la multitud se disolvió, los agentes advirtieron que su trabajo no había hecho más que empezar. Las ventanas abiertas y las entradas forzadas debían ser vigiladas hasta que fuera posible repararlas, había que encontrar a los heridos y llevarlos a que recibieran asistencia médica y, al mismo tiempo, el Servicio de Bomberos necesitaba ayuda para sofocar los innumerables incendios. Eso se alargó durante toda la noche y el amanecer sorprendió a Andy desplomándose sobre un banco de comisaría y escuchando al teniente Grassioli pronunciar en voz alta su nombre entre otros de una lista.
—Y eso es todo lo que hay —añadió el teniente—. Cojan sus raciones antes de marcharse y devuelvan el material antidisturbios. Los quiero a todos ustedes aquí a las 18.00 y no aceptaré excusas. Nuestros problemas aún no han terminado.
La lluvia había cesado en algún momento durante la noche. El sol del amanecer proyectaba sombras alargadas por las calles que atravesaban la ciudad, repartiendo destellos dorados sobre el pavimento húmedo y negro. Todavía salía humo de una casa calcinada y Andy se anduvo con mucho cuidado al atravesar las ruinas carbonizadas repartidas por toda la calle. En la esquina de la Séptima Avenida se topó con los restos destrozados de dos triciclos-taxi, ya despojados de cualquier pieza que fuera de alguna utilidad. Algunos metros más allá podía verse el cuerpo acurrucado de un hombre. Parecía dormido, pero cuando Andy pasó a su lado, la cara del individuo, vuelta hacia arriba, mostró la huella de la violencia que acreditaba su muerte. Andy siguió su marcha, ignorándolo. Hoy, el Servicio de Basuras sólo recogería cadáveres.
Los primeros hombres de las cavernas empezaban a salir de los accesos del metro y la luz diurna los hacía parpadear. Durante el verano, todos se reían de esos trogloditas... a los que la Asistencia Social había asignado un refugio en las ahora silenciosas estaciones del metro, pero, a medida que se aproximaba el crudo invierno, las carcajadas fueron sustituidas por la envidia, quizá había polvo, suciedad y oscuridad allí abajo, pero siempre estaba funcionando algún calefactor eléctrico. No vivían rodeados de lujo, pero, al menos, la Asistencia Social no dejaba que se congelaran. Andy se metió en su edificio.
Al subir la escalera pisó con todo su peso a algunas de las personas que estaban allí durmiendo, pero estaba demasiado fatigado para preocuparse o, incluso, darse cuenta. Tuvo problemas para meter a tientas la llave en la cerradura. Sol le oyó y fue a abrirle.
—Acabo de hacer un poco de sopa —dijo su amigo—. Llegas justo a tiempo.
Andy sacó los restos de galletas de algas del bolsillo de su abrigo y los dejó sobre la mesa.
—¿De modo que has estado robando comida? —preguntó Sol, cogiendo un trozo y mordisqueándolo—. Creía que no se iba a repartir más manduca en dos días más...
—Ración de poli.
—Me parece justo. No puedes ir por ahí, repartiendo palizas a la ciudadanía, con el estómago vacío. Echaré unos trozos en la sopa, le darán cuerpo. Supongo que ayer no verías la televisión, de modo que no sabrás nada sobre la que se lió en el Congreso. Las cosas se están disparando de verdad.
—¿Ya está despierta Shirl? —preguntó Andy, quitándose el abrigo y dejándolo caer pesadamente sobre una silla.
Sol permaneció en silencio por un momento y luego dijo lentamente:
—No está aquí.
Andy bostezó.
—Es demasiado temprano para salir. ¿Qué pasa?
—Hoy no, Andy. —Sol removió la sopa de espaldas a él—. Shirl se marchó ayer, un par de horas después que tú. No ha vuelto en toda...
—¿Estás diciendo que ha estado fuera todo el tiempo que han durado los disturbios... y toda la noche? ¿Qué hiciste tú? —Se enderezó en la silla olvidándose de sus huesos cansados.
—¿Qué podía hacer yo?, ¿salir y dejarme pisotear hasta la muerte como los demás viejos? Seguro que se encuentra bien. Probablemente, al ver las revueltas, decidió quedarse con una amiga en lugar de regresar aquí.
—¿Qué amiga? ¿De qué estás hablando? He de encontrarla.
—¡Siéntate! —le ordenó Sol—. ¿Qué es lo que puedes hacer allí fuera? Tómate un poco de sopa y duerme un rato. Eso es lo mejor que puedes hacer. Ella está bien. Lo sé —añadió con reticencia.
—¿Qué es lo que sabes, Sol? —Andy lo cogió por los hombros haciéndole dar media vuelta.
—¡No toques la mercancía! —gritó Sol, apartándole la mano—Luego añadió con una voz más sosegada—: Todo lo que sé es que ella no salió de aquí para nada, tenía alguna razón. Llevaba puesto su abrigo viejo, pero pude ver que iba muy bien vestida por debajo. Con medias de nylon, una fortuna en sus piernas. Y, cuando se despidió de mí, vi que llevaba un montón de maquillaje.
—Sol..., ¿qué estás intentando decirme?
—Yo no estoy intentando... Te estoy diciendo. Shirl estaba vestida para ir a visitar a alguien, no para ir de compras. Su antigua pareja, quizá; podría estar con él.
—¿Por qué querría verlo?
—¿Y tú me lo preguntas? Os peleasteis, ¿no? Quizá se haya marchado durante un tiempo hasta que las cosas se calmen.
—Una pelea... supongo que sí. —Andy se recostó en la silla y se frotó la frente con las palmas de las manos. ¿Había sido la noche pasada? No, la noche anterior a la pasada. Le parecía que habían pasado cien años desde que tuvieron aquella estúpida discusión. Habían estado riñendo mucho esos días. Una discusión más no debería significar nada. Levantó la vista con un repentino temor—. ¿Ella no cogió sus cosas..., verdad? ¿Cogió algo? —preguntó.
—Sólo una bolsa pequeña —respondió Sol, y puso un tazón humeante sobre la mesa delante de Andy—. Come tú, ya me serviré yo. Volverá.
Andy estaba demasiado cansado para discutir. Además, ¿qué podría añadir? Se tomó la sopa como un autómata y entonces advirtió lo hambriento que estaba. Comió con el codo en la mesa y apoyando la cabeza en la otra mano.
—Tendrías que haber oído los discursos de ayer en el Senado —dijo Sol—. Fue el espectáculo más divertido que ha habido nunca sobre la Tierra. Están tratando de que aprueben esa Ley de Emergencia... algo urgente, sí, sólo ha llevado cien años su redacción... y deberías oírlos hablar por todas partes de la letra pequeña sin mencionar nada de importancia. —Su voz adoptó un marcado acento sureño—. Empujados por la gravísima situación, nosotros proponemos un estudio de todas las inmensas riquezas de ésta la más vasta cuenca fluvial, el delta del más poderoso de los ríos: el Mississippi. ¡Diques, desagües y ciencia, y tendréis aquí las tierras de cultivo más fértiles de todo el mundo occidental! —Sol sopló irritado sobre su sopa—. Diques... sí... está bien... otra vez los malditos diques. Le han dado ya mil vueltas a todo ese asunto. Pero ¿no hay nadie que mencione la única y exclusiva razón de la Ley de Emergencia? No, parece que no. Después de todos estos años ahora son demasiado gallinas para desmarcarse y decir la verdad, así que la esconden en una pequeña cláusula adicional al final de todo.
—Pero ¿de qué estás hablando? —preguntó Andy, que no acababa de escucharlo porque estaba preocupado por Shirl.
—De control de natalidad, de eso hablo. Por fin han encontrado la manera de legalizar clínicas que estarán abiertas para todos casados o no, y de hacer una ley por la que a todas las madres se les deberá suministrar información sobre el control de la natalidad. Muchacho, vamos a ver cómo los puritanos se rasgan las vestiduras... y el papa se echa las manos a la cabeza.
—No, ahora, no, Sol. Estoy cansado. ¿Te dijo Shirl algo de cuándo regresaría?
—Sólo lo que te he contado... —Se detuvo y oyó ruido de pisadas que se acercaban por el pasillo. Los dos oyeron golpear suavemente la puerta.
Andy llegó primero y giró el pomo para abrir la puerta.
—¡Shirl! —exclamó—. ¿Estás bien?
—Sí, claro.
Él la abrazó con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—Con todos los disturbios..., no sabía qué pensar —dijo—.Yo también acabo de llegar hace poco. ¿Dónde has estado? ¿Qué ha ocurrido?
—Tan sólo me apetecía salir a dar una vuelta, eso es todo. —Shirl arrugó la nariz—. ¿Qué es ese olor extraño?
Se apartó de ella, con el enfado abriéndose paso a través del cansancio.
—Me impregné con mi propio y asqueroso gas. Es difícil de quitar. ¿Qué quieres decir con que te apetecía salir a dar una vuelta?
—Deja que me quite el abrigo.
Andy la siguió hasta la otra habitación y cerró la puerta tras ellos. Ella sacó del bolso un par de zapatos de tacón alto y los guardó en el armario.
—¿Bien? —dijo Andy.
—Tan sólo eso. No es difícil de entender. Me sentía enjaulada aquí dentro, con la escasez y el frío y todo lo demás y sin apenas verte y me sentía mal por la discusión que tuvimos. Parecía que nada marchaba bien. Por eso pensé que si me arreglaba y me iba a uno de los restaurantes a los que solía ir tan sólo a tomar una taza de café o cualquier otra cosa, me sentiría mejor. Un reconstituyente moral, ya sabes. —Ella miró su expresión fría y, entonces, desvió rápidamente la vista.
—¿Y qué ocurrió entonces? —preguntó él.
—No estoy en el estrado, Andy. ¿A qué viene ese tono acusador? —Él le dio la espalda y miró por la ventana.
—No estoy acusándote de nada, pero estuviste fuera toda la noche. ¿Cómo esperas que me sienta?
—Está bien, ya sabes lo mal que lo pasamos ayer. Tenía miedo de que se repitiera. Estaba en la parte alta, en Curley's.
—¿El restaurante?
—Sí, pero si no comes nada, no es caro. Es sólo la comida lo que es caro. Me encontré con algunos conocidos y estuve hablando con ellos. Más tarde se marcharon a una fiesta, me invitaron y me fui con ellos. Estuvimos viendo las noticias sobre los disturbios por televisión y nadie quiso salir, de modo que la fiesta siguió y siguió. —Se paró un instante—. Eso es todo.
—¿Todo? —Una pregunta irritada, una oscura sospecha.
—Sí, todo —contestó ella, y su voz era ahora tan fría como la de él.
Shirl le dio la espalda y empezó a quitarse el vestido, mientras las palabras se extendían entre ellos como una fría barrera protectora. Andy se desplomó sobre la cama y también se puso de espaldas a Shirl, como si fueran completos extraños, incluso en aquella diminuta habitación.
PRIMAVERA
El funeral los unió como ninguna otra cosa lo había hecho durante el despiadado invierno. Era un día crudo, con rachas de viento y lluvia, pero podía percibirse que el invierno se estaba retirando. Sin embargo, había sido un invierno demasiado largo para Sol y su tos se transformó en un resfriado, el resfriado en neumonía y ¿qué puede hacer un anciano en una habitación fría sin medicamentos y en un invierno que parecía no acabarse nunca? Morirse, eso es todo. De modo que Sol había muerto. Ellos habían olvidado sus diferencias durante su enfermedad y Shirl le había atendido lo mejor que supo. Pero los cuidados y las buenas intenciones no curan una neumonía. El funeral había sido tan corto y frío como el día y regresaron a su cuarto cuando empezaba a oscurecer. No había pasado ni media hora desde que habían llegado cuando llamaron a la puerta con impaciencia. Shirl se sorprendió.
—El mensajero. ¿Cómo son capaces? No puedes ir a trabajar hoy.
—No te preocupes. Ni siquiera Grassy faltaría a su palabra en algo como esto. Y, además, no es la llamada del mensajero.
—A lo mejor es un amigo de Sol que no ha podido acudir al funeral.
Shirl fue a abrir la puerta y tuvo que forzar la vista por un instante en la oscuridad del vestíbulo antes de reconocer al hombre que estaba allí.
—¿Tab? ¿Eres tú, no? Entra, no te quedes ahí. Andy, te hablé de Tab, mi guardaespaldas...
—Buenas tardes, señorita Shirl —dijo Tab imperturbablemente, quedándose en el vestíbulo. Lo siento, pero ésta no es una visita social. Estoy de servicio en estos momentos.
—¿Qué pasa? —preguntó Andy, acercándose hasta Shirl.
—Tiene que comprender que yo asumo el trabajo que me ofrecen —explicó Tab con una expresión adusta, lúgubre—. Usted, sabe que estoy en la reserva de guardaespaldas desde septiembre, sólo para trabajos excepcionales, no me asignan ninguno ordinario, aceptamos cualquier trabajo que nos den. Si uno de nosotros rechaza un trabajo, es enviado al final de la lista. Tengo una familia que alimentar...
—¿Qué es lo que estás queriendo decir? —preguntó Andy. Se había dado cuenta de que había alguien más en la oscuridad detrás de Tab y estaba seguro, por el ruido de pies arrastrándose, de que había más gente en el vestíbulo que no podía ver.
—Olvídese de tanta tontería —dijo el hombre que estaba detrás de Tab, con una desagradable voz nasal y permaneciendo tras el guardaespaldas, donde no podía ser visto—. Tengo a la ley de mi parte. Le he pagado. ¡Enséñele la orden!
—Creo que ya entiendo —dijo Andy—. Apártate de la puerta, Shirl. Entra para que podamos hablar.
Tab empezó a entrar y el hombre del vestíbulo trató de seguirle.
—¡Usted no entra ahí sin mí! —gritó con voz estridente. Su voz se cortó cuando Andy le dio un portazo en las narices.
—Desearía que no hubiera hecho eso —dijo Tab. Llevaba sus nudillos de hierro tachonados con púas, que apretaba firmemente en el puño.
—Tranquilo —dijo Andy—. Sólo quería hablar primero con usted a solas y averiguar lo que está pasando. Él tiene una orden de desahucio, ¿verdad?
Tab asintió con la cabeza y bajó tristemente la mirada.
—¿De qué demonios estáis hablando los dos? —preguntó Shirl, yendo con su mirada desde la rígida expresión de uno hasta la del otro.
Andy no contestó y Tab se dirigió a ella.
—Un tribunal dicta una orden de desahucio y se la entrega a alguien que puede probar que necesita de verdad un lugar para vivir. No suelen conceder muchas y, por lo general, se las dan a familias numerosas que han tenido que marcharse de algún otro lugar. Con una orden de éstas, puedes mirar a tu alrededor y encontrar un apartamento, una habitación o algo similar que esté vacío y la orden de ocupación actúa como una especie de orden de registro. Pueden presentarse problemas, la gente no quiere encontrarse dentro con extraños que no la acaten, ya sabe, esa clase de cosas..., de manera que cualquiera que tenga una orden de ocupación se hace acompañar de un guardaespaldas. Y ahí es donde entro yo. La persona de ahí afuera, en el vestíbulo, llamada Belicher, me ha contratado.
—Pero ¿por qué está aquí? —preguntó Shirl, sin entender aún la situación.
—Porque Belicher es un vampiro, ésa es la razón —dijo amargamente Andy—. Él se deja caer donde hay un depósito de cadáveres esperando que llegue uno.
—Es una forma de explicarlo —confirmó Tab, tratando de no perder los estribos—. También es un tipo que tiene esposa e hijos y no tiene lugar para vivir. Es otra forma de ver el asunto.
De repente, alguien aporreó la puerta y pudieron oírse las protestas de Belicher del otro lado. Por fin, Shirl, entendió la presencia de Tab y se quedó boquiabierta.
—Has venido a ayudarlos —dijo ella—. Se enteraron de la muerte de Sol y quieren esta habitación.
Tab tan sólo pudo asentir en silencio.
—Todavía hay una forma de arreglarlo —dijo Andy—. Si alguien de mi comisaría estuviera viviendo aquí, esa gente entonces no podría entrar.
Los golpes se hicieron más fuertes y Tab retrocedió medio paso hacia la puerta.
—Eso sería correcto si hubiera alguien aquí ahora, aunque Probablemente Belicher podría llevar el asunto al Tribunal de ocupaciones y conseguir su alojamiento porque tiene una familia. Haré cualquier cosa que esté en mi mano para ayudarles..., Pero Belicher... es quien me ha contratado.
—¡No abra esa puerta! —ordenó bruscamente Andy—. No, hasta que hayamos resuelto esto.
—He de hacerlo... ¿Qué puedo hacer si no? —El escolta hinchó el pecho y cerró el puño en el que llevaba los nudillos—. No intente detenerme, Andy. Usted es policía y sabe lo que dice la ley en esta situación.
—¿De veras tienes que hacerlo? —preguntó Shirl en voz baja.
Tab se volvió a ella con una mirada de pesadumbre.
—Una vez fuimos buenos amigos, Shirl, y así voy a continuar recordándolo, pero no creo que tú hagas lo mismo después de esto, porque he de cumplir con mi obligación. Tengo que dejarlos pasar.
—Adelante, abra la maldita puerta —dijo Andy dándose la vuelta amargamente y dirigiéndose a la ventana.
Los Belicher irrumpieron en el piso. El señor Belicher era delgado, con una cabeza extrañamente tallada, casi no tenía barbilla y apenas suficientes entendederas para firmar un impreso de solicitud de la Asistencia Social. La señora Belicher era claramente el sostén de la familia; de la fofa grasa de su cuerpo habían aparecido los niños. Los siete que de allí surgieron harían que la asignación social que recibieran fuera considerable. El número ocho era el responsable de un bulto extra que parecía salir desde el interior de la flácida carne de la señora Belicher. En realidad habría sido el número 11, porque tres de los más jóvenes habían perecido debido a negligencia o accidente. La muchacha mayor —debería hacer la número doce— llevaba un bebé cubierto de llagas que apestaba abominablemente y no paraba de llorar. Los demás niños se gritaban ahora entre ellos, liberados por fin del silencio y la tensión del oscuro pasillo.
—Oh, mira qué estupenda nevera —dijo la señora Belicher, dirigiéndose a ella con andares de pato y abriendo la puerta.
—No toque eso —dijo Andy, y Belicher lo cogió del brazo.
—Me gusta el piso... No es grande, bueno, ya sabe..., pero es bonito. ¿Qué hay aquí dentro? —El señor Belicher se dirigió hacia la puerta del otro departamento.
—Es mi habitación —dijo Andy, cerrándole la puerta en las narices—. Manténgase fuera de ahí.
—No es necesario que actúe así —dijo Belicher, haciéndose a un lado con rapidez, como un perro al que han pateado demasiadas veces—. Tengo mis derechos. La ley establece que puedo mirar donde yo quiera con una orden de ocupación en la mano. —Belicher se apartó más de Andy cuando éste avanzó hacia él. — No lo pongo en duda, oiga. Le creo. La habitación de ahí esta bien. Tiene una buena mesa, sillas, cama...
—Esas cosas son de mi propiedad. Esa habitación está vacía y es pequeña. No hay espacio suficiente para usted y toda su familia.
—Es suficientemente grande. Hemos vivido en habitaciones más...
—¡Andy, deténlos! ¡Mira...! —El grito angustiado de Shirl hizo que Andy se diera la vuelta y viera que dos de los niños habían descubierto los paquetes de hierbas que Sol había cultivado con tanto esmero en su macetera y los estaban abriendo, pensando que era comida de alguna clase.
—¡Dejad eso! —les gritó, pero, antes de llegar, ya se habían llevado las hierbas a la boca, para escupirlas poco después.
—¡Me quema la boca! —gritó el mayor, y arrojó el contenido del paquete por todas partes. El otro chico empezó a dar brincos con excitación y comenzó a hacer lo mismo con el resto de las hierbas. Los niños se escabulleron de Andy y antes de que éste pudiera detenerlos ya no quedaba nada en los paquetes.
En el momento en que Andy se volvió, el chico más joven, todavía excitado, se encaramó a la mesa y, dejando mugre por todas partes con los vendajes del pie llenos de barro, encendió la televisión. Una música estridente se superpuso a los gritos de los niños y las amonestaciones inútiles de su madre. Tab apartó a Belicher cuando éste abrió el armario ropero para ver lo que había dentro.
—¡Llévese a estos críos de aquí! —gritó Andy, pálido y enfurecido.
—¡Tengo una orden de ocupación! ¡Tengo mis derechos! —gritó Belicher, echándose hacia atrás y agitando al aire un trozo impreso de plástico.
—No me importan sus derechos —le contestó Andy, abriendo la puerta del vestíbulo—. Hablaremos sobre eso cuando esos malcriados estén fuera.
Tab lo solucionó agarrando por el pescuezo al crío que tenía más cerca y empujándolo por la puerta.
—El señor Rusch tiene razón —dijo—, los niños pueden esperar fuera mientras nosotros arreglamos esto.
La señora Belicher se sentó pesadamente sobre la cama y cerró los ojos, como si todo el asunto no fuera con ella. El señor Belicher se retiró contra la pared diciendo algo que nadie oyó o se molestó en escuchar. Lo que sí se oyó fueron los estridentes gritos y los sollozos de enojo desde el vestíbulo, hasta que, por fin, el último de los niños fue expulsado.
Andy miró a su alrededor y se dio cuenta de que Shirl se había ido a su habitación cuando oyó que la llave giraba en la cerradura.
—Supongo que las cosas son como son —dijo mirando fijamente a Tab.
—Lo siento, Andy —dijo éste encogiéndose de hombros en señal de impotencia—. Le juro que lo siento. ¿Qué más puedo hacer? Es la ley y si ellos quieren quedarse aquí, usted no puede echarlos.
—Es la ley, es la ley —dijo Belicher como un eco apagado.
No había nada que Andy pudiera hacer con los puños cerrados, de modo que se obligó a abrirlos.
—Ayúdeme a llevar estas cosas a la otra habitación, ¿me hará ese favor, Tab?
—Por supuesto —dijo Tab y cogió la mesa por el otro extremo—. Trate de explicarle a Shirl mi papel en todo esto, ¿lo hará? No creo que entienda que sólo es un trabajo que tengo que hacer.
Sus pasos hicieron crujir las hierbas y semillas secas desparramadas por todo el suelo y Andy no le contestó.