-Cuéntame cómo fue el fin del mundo, abuelo. ¿Me lo cuentas, por favor? —suplicó el niño, levantando los ojos hacia el rostro arrugado del anciano que estaba sentado junto a él, sobre el tronco caído de un árbol.
—Ya te lo he contado muchas veces —dijo el viejo, medio adormilado al calor del sol—. Seguro que te gustaría oír hablar de los viejos ferrocarriles. Solían...
—El mundo, abuelo. Cuéntame cómo se acabó, cómo se vino todo abajo.
El anciano dio un suspiro y se rascó un poco el muslo, derrotado por la obstinación de los más jóvenes.
—No deberías decir que se acabó, Andy.
—Eso es lo que siempre dices tú.
—Lo que siempre digo es que el mundo, tal como lo conocíamos, se acabó. Fue una tremenda conmoción. Muerte, destrucción y caos, asesinato, violación, robo...
Andy se retorció de felicidad en la otra punta del tronco. Ésta era su parte preferida.
—Y sangre y terror, abuelo. No te olvides.
—Sí, también hubo todo eso. Y todo sucedió por culpa de Alexander Partagas Scobie, maldito sea su nombre.
—¿Lo conociste, abuelo? —preguntó Andy, sabiendo siempre cómo darle la entrada.
—Sí, yo vi a Scobie. Pasó tan cerca de mí como ahora lo estás tú ahí sentado, e incluso se paró a hablar conmigo. Yo fui amable con él. ¡Amable! Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora... En aquella época había fábricas. Yo era un honrado trabajador en la fábrica y manejaba una prensa hidráulica. En vez de decir: «Sí, doctor Scobie. Gracias, doctor Scobie», debería haberlo echado de cabeza en la prensa hidráulica, eso es lo que debería haber hecho.
—¿Qué es una prensa hidráulica?
El abuelo no lo oyó. Ahora estaba ensimismado, reviviendo los viejos tiempos, antes de que se acabara el mundo, cuando la humanidad había reinado sobre la Tierra.
—Scobie estaba loco. Eso dijeron después, cuando fue demasiado tarde, claro, pero nadie fue lo suficientemente inteligente para darse cuenta en aquel momento. Lo trataron bien, prestaron atención a sus ideas e intentaron hablar con él y, cuando él no quiso escuchar, lo dejaron continuar y se acabó. Simplemente, ¡lo dejaron estar! A él, que estaba loco como una cabra, con un laboratorio tan grande como una montaña y todo el dinero en el banco, además de una pensión por si acaso le faltaban recursos.
—Odiaba a todo el mundo y quería matarlos a todos. Eso fue lo que quería el viejo Scobie, ¿no es verdad, abuelo?
—Bueno, no sería justo decir eso. —El anciano se movió de lado unos centímetros para que volviera a darle el sol y apartó los raídos restos de lo que en otro tiempo había sido un buen traje, para poder sentir la calidez del sol sobre la piel—. Detesto a Scobie tanto como cualquiera, pero lo que es justo es justo. Lo mataron tan rápidamente porque, cuando se dieron cuenta de todo lo que había hecho, nadie mostró interés en preguntarle por qué lo hizo. Quizá pensó que lo que hacía estaba bien. O quizá le gustaban más los robots que las personas. Desde luego, ese Scobie sabía construir robots, hay que reconocerlo. Recuerdo que en los años antes del Fin, había robots de Scobie por todas partes y la gente tenía miedo de que les quitaran los puestos de trabajo y cosas así. No se imaginaban ni la mitad. Los robots se hicieron con todo. La gente siempre temió que los robots se rebelaran, que se convirtieran en monstruos y les declararan la guerra. No ocurrió nada de eso. Scobie hizo robots que ni siquiera sabían que los seres humanos existían.
—Los construyó y luego los soltó en secreto para que nadie se diera cuenta, ¿verdad? —preguntó Andy con ansiedad. Ésta era la parte de la historia que más le gustaba.
—Dios sabe cuántos fueron los que hizo y repartió clandestinamente por todo el mundo, hasta en los lugares más remotos. A algunos los abandonó cerca de desguaces. Los robots se enterraron bajo los coches abandonados y desaparecieron. A otros los dejó cerca de fundiciones y se escondieron bajo la chatarra.
Se escondieron por todas partes, en depósitos y almacenes, durante meses y meses, hasta que los descubrieron. Y para entonces ya era tarde. Demasiado tarde. Ya no los pudieron detener.
—Se construyeron unos a otros.
—No se construyeron unos a otros, no es eso exactamente. Los que Scobie fue dejando ya estaban hechos. Muy bien hechos, con precisión, sencillez e inteligencia. Su cerebro de acero estaba perfectamente programado. Y lo estaba para hacer una sola cosa: construir otros robots exactamente iguales a ellos. Y, cuando un robot acababa de construir otro, lo activaba con una copia magnética de su propio cerebro en forma de cinta de acero. De manera que el nuevo robot se ponía a hacer exactamente lo mismo. Eran muy versátiles, esos robots. Algunos de ellos estaban hechos casi íntegramente de aluminio. Era muy sencillo, sólo había que depositar a uno de ellos en un almacén de aviones de reserva. Al cabo de pocas semanas ya había dos robots, siempre que el primero hubiera podido encontrar una vieja lata para hacer una cinta de acero. Scobie llegó a disponer incluso de un tipo de robot con casi todos los engranajes de madera y que funcionaba con carbón. Éstos se desenvolvieron a pedir de boca en las selvas del Amazonas y en el Alto Congo. Estaban en cualquier sitio que pudieras pensar. Y si hubiera algún lugar que nunca se te ocurriera, también estaban allí, porque Scobie sí que lo había tenido en cuenta. Porque era un demente. Los primeros robots estaban programados para tener miedo de la luz. De modo que se deslizaban en la oscuridad de un lado a otro sin que nadie los viera hasta que fue demasiado tarde. Cuando la gente se percató de lo que estaba pasando, había prácticamente tantos robots como seres humanos. Al cabo de unos días, ya había más robots que seres humanos. Y eso fue el fin.
—Pero la gente luchó contra ellos, ¿no es cierto? Con todas las armas y los tanques y todo lo demás, ¿verdad? ¿Los hicieron saltar por los aires?
—A millares. Pero otros nuevos se construían por millones. Y los tanques agotaron sus municiones porque los robots tomaron las fábricas y las transformaron en más robots. Y mientras los cañones de un tanque hacían fuego por delante contra los robots, otros robots desguazaban ese mismo tanque por su parte trasera para construir más robots. Fue un infierno, te lo aseguro. Yo combatí, todo el mundo lo hizo, pero no podíamos ganar. A los robots no les importaba que los hicieran volar por los aires. Si la artillería destrozaba la parte inferior de un robot, la de arriba seguía funcionando haciendo más robots. Y los otros robots que veían aquello (para entonces habían dejado de temer la luz) se lanzaban con ansiedad de buitres a recoger las piezas destrozadas para construir más robots. Al final nos tuvimos que rendir. No podíamos hacer otra cosa. Nos limitamos a preocuparnos por nosotros mismos. Nos las veíamos y nos las deseábamos tan sólo para alimentarnos y sobrevivir.
Se levantó un ligero viento que hizo susurrar las hojas mientras el sol se hundía por detrás de los árboles, desapareciendo de la vista. El abuelo se levantó y se desperezó. No quería coger un resfriado.
—Será mejor que volvamos —dijo.
—¿Se acabó el mundo entonces? —preguntó Andy, tirando de la mano dura y callosa del anciano. No quería que la historia terminara.
—Fue el final del mundo tal como lo conocíamos, y que tú nunca conocerás. El final de la civilización, de la libertad, de la nobleza del ser humano, el final de su reinado sobre las demás criaturas de este planeta... Ahora los robots son los que reinan.
—Nuestro maestro dice que no reinan, simplemente existen como los árboles y las piedras y, como ellos, son neutrales. Eso es lo que dice el maestro.
—¿Y qué sabrá tu maestro? —refunfuñó el anciano con testarudez—. Un jovencito de veinte años. Ya le cantaría yo cuatro verdades. Los robots son los que mandan. La humanidad ha caído de la cima del poder.
En aquel momento salieron del bosque y lo primero que vieron fue un robot agachado junto al camino, limando una pieza de metal para hacer con ella un engranaje. El anciano, presa de una rabia súbita, le dio una patada en un flanco, que resonó con un timbre bajo y metálico. Debía de estar mal montado, hecho de materiales de escasa calidad, porque, al desplomarse, la cabeza se le soltó inmediatamente. Casi antes de que tocara el suelo, se oyó el ruido sordo de pasos agitados y un tropel de robots acudió apresuradamente, apoderándose de la cabeza y persiguiendo las ruedas de engranaje. Se produjo un breve y rápido momento de conmoción y el robot decapitado ya estaba totalmente desmembrado. Los robots se alejaron corriendo.
—¡Andy! —La voz de su madre lo reclamaba desde la puerta de la agradable casita, al final del camino de piedra.
—Llegamos tarde a la cena, seguro —dijo el muchacho, sintiéndose culpable repentinamente.
Subió corriendo las escaleras hechas de bastidores de robots, soldados unos con otros, y agarró el picaporte de la puerta. Éste había sido una mano de robot; sólo tenías que estrechar la tuya y girarla para abrir la puerta. Andy desapareció tras ella.
El abuelo se demoró un rato; no quería recibir una bronca de su hija. Todavía no. En su cabeza aún oía los ecos de la anterior: «No le metas al chico esas sandeces en la cabeza. Éste es un buen mundo. ¿Por qué no te pones una ropa decente de aislamiento para robots, como todo el mundo, en vez de llevar esas horribles y pestilentes vestimentas pre-R? Los robots son un recurso nacional, el recurso nacional, no el enemigo. Las cosas nunca nos han ido tan bien». Y así una y otra vez, siempre la misma cantinela.
Llenó su pipa, hecha de dedos de robot, con tabaco y aspiró para encenderla. Se oyó un rápido ruido de pies corriendo y una carreta apareció a toda prisa por la esquina. Estaba hecha con gruesas planchas atornilladas a los troncos truncados de una docena de robots. Solamente quedaban los motores pélvicos y las piernas de cada uno. Constituía un estupendo modo de transporte, que no necesitaba carreteras. Todos los agricultores del pueblo las usaban ahora. No requerían gasto ni mantenimiento y disponían de un ilimitado suministro de recambios gratuitos.
—¡Esto no es la utopía de la que ellos hablan! —gruñó el abuelo a través de una nube de humo—. El hombre está hecho para trabajar, para trabajar duramente. Las cosas no deberían hacerse tan fácilmente, no deberían entregársenos en bandeja. Ahora usan piezas de robot para todo y un hombre no puede encontrar un trabajo decente aunque lo quiera.
»El fin del mundo, eso es lo que fue.
¡El fin de mi mundo!