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harry harrison

comité de bienvenida

Fue un aterrizaje pésimo. La enorme nave se ladeó, se tambaleó y, finalmente, quedó varada en la arena con un crujido de alerones quebrados. El capitán Moran dirigió la mirada hacia el cuello sudoroso del piloto Sinkley y resistió la tentación de apretar las manos alrededor de su garganta.
—Ése ha sido el peor aterrizaje que he visto desde que estoy de servicio —dijo—. Ésta es una misión de rescate... pero ¿quién nos rescatará a nosotros?
—Lo siento..., capitán. —La voz de Sinkley tembló tanto como sus manos—. Fue el resplandor..., al principio, desde la arena..., luego el canal... —Su voz se desvaneció como un tocadiscos al ser desenchufado.
Se produjo un crujido chirriante en alguna parte de abajo y las luces de emergencia empezaron a bailar por todo el panel. El capitán Moran maldijo y puso en marcha los dispositivos de aviso de peligro. Problemas; sala de máquinas, sector de popa. De repente el interfono empezó a escupir la bronca voz del jefe de máquinas Beckett.
—Parte del equipo se ha estropeado con el aterrizaje. Nada grave. Dos tripulantes heridos. Corto.
El piloto se sentó con la espalda encorvada, en posición de oración o de temor. La había pifiado a conciencia. Y lo sabía. El capitán Moran lanzó una mirada cargada de tensión por detrás del cogote agachado y, con paso furioso, se dirigió hacia la compuerta. Demasiadas cosas iban mal y toda la responsabilidad era de él.
El doctor Kranolsky, el oficial médico, ya estaba en la compuerta tomando muestras con la jeringuilla. El capitán Moran se mordisqueó el labio y aguardó mientras el regordete doctor andaba toqueteando su instrumental. El monitor de visión exterior, situado cerca del ojo de buey, estaba encendido y por él contempló el polvoriento paisaje rojizo que se extendía fuera de la nave. Como un dedo metálico inquisitivo, la enorme mole de la otra nave se perfilaba sobre el cielo.
Ésa era la razón de su viaje. Había pasado un año desde que esa primera nave partió; un año sin un informe o señal alguna. Aquella nave, la Argus, había transportado al menos una tonelada de equipamiento para la transmisión de señales. Nada llegó a usarse. Un mundo intrigado había construido una segunda nave interplanetaria, la Argus II. Moran la había llevado hasta allí y ahora tenía que acabar el trabajo. Averiguar qué le había ocurrido a la tripulación de la Argus y remitir un informe a la Tierra.
—Más presión atmosférica de la esperada, capitán. —La voz del doctor Kranolsky segó sus reflexiones—. Y oxígeno también. En una cantidad aproximadamente equivalente a la de la cima de una alta montaña en la Tierra. Además no hay nada nuevo en las placas de cultivo. Realmente notable debido a...
—Doctor, vaya al grano. ¿Puedo sacar a mis hombres ahí afuera?
El doctor Kranolsky se había detenido en mitad de la frase, desinflado. No tenía defensas contra un hombre como el capitán.
—Sí, sí... Pueden salir. Simplemente asegúrense de adoptar ciertas precauciones.
—Dígame cuáles. Quiero ir a la Argus mientras haya luz.
De regreso en el puente de mando, el capitán empezó a gruñir al entrar por la puerta de la sala de radio, pero el operador se le adelantó.
—He tratado de establecer contacto con la Argus en todas las frecuencias, capitán, y he probado hasta los infrarrojos. Nada. O allí no hay nadie o la tripulación está... —Dejó la frase sin terminar, pero la expresión oscura como un nubarrón del capitán la remató en su lugar.
—¿Qué hay del radar de búsqueda? —inquirió el capitán Moran—. Podrían estar todavía en las inmediaciones.
Sparks negó con la cabeza lentamente.
—He estado rastreando hasta el más mínimo detalle sobre la pantalla hasta que se me han hinchado los ojos. No hay nada allí fuera, ya sea terrícola o marciano. Y, a la distancia con la que lo he usado, debería haber mostrado cualquier cosa más grande que una pelota de béisbol.
El capitán Moran tenía que tomar una decisión. Una dura decisión. Casi todos los hombres de la nave eran esenciales para hacerla funcionar. Si enviaba una pequeña dotación para examinar la otra nave, los restantes podrían tropezarse con problemas que no supieran resolver. Y si no regresaban, nadie volvería nunca a la Tierra. La única alternativa era enviar la tripulación al completo, lo que dejaría vacía la nave, exactamente como la Argus.
Moran le dio vueltas al asunto durante un minuto y medio y golpeó con decisión el interfono.
—Atención, tripulación de la nave, atención todos los miembros de la tripulación. Vamos a salir de aquí en quince minutos, todos nosotros. Pónganse los trajes marcianos y cojan todas las armas que puedan llevar. Y, ahora, apresúrense.
Cuando todos estuvieron sobre la arena rojiza, Moran cerró la sólida compuerta de embarque tras ellos y giró la cerradura de combinación. A continuación, dispersados como un pelotón de infantería, se aproximaron lentamente a la Argus describiendo círculos.
Se acercaron a la compuerta de la otra nave en avances alternos. Estaba abierta de par en par y no encontraron resistencia ni signo de vida alguno. En cuestión de minutos, el capitán estaba apostado bajo la embocadura abierta de la puerta. El silencio era absoluto de no ser por el susurro de los granos de arena que el viento arremolinaba. El piloto Sinkley, avergonzado y jadeante, subió a la carrera y se puso al lado del capitán con ostentación.
—Granada de mano —masculló el capitán Moran.
Sinkley hurgó en su mochila delantera, sacó una y se la pasó al capitán. Este tiró de la anilla, contó despacio y, a continuación, la arrojó por la compuerta abierta. Se produjo el estruendo de la explosión y, antes de que su reverberación se desvaneciera, Moran atravesó el umbral de la entrada.
Nada. Nadie a la vista y nadie en la nave minuciosamente registrada. El capitán se dirigió hacia el puente de mando vacío e intentó comprender lo que había ocurrido.
Moran estaba leyendo el cuaderno de bitácora cuando oyó un grito áspero del guardia que había dejado en la compuerta. Se dirigió allí como un rayo, casi embistiendo a los hombres que se habían congregado, y, empujándolos violentamente a un lado, pudo echar un vistazo.
Había cuatro. Cuatro chicas. Encantadoras como ninguna que hubiera visto antes. Eso sí, si no se tenían remilgos respecto a su piel verdosa.
—¡Un comité de bienvenida, tíos! —exclamó uno de los miembros de la tripulación antes de que Moran le hiciera callar con un gruñido.
Pero eso era todo lo que realmente parecían ser. No estaban armadas y tenían un aspecto completamente inofensivo. El capitán insistió en que fueran cacheadas, para alegría de todos, incluidas las chicas. Ellas respondieron a todas las preguntas con voz nítida e incomprensible. Lo único que consiguieron hacerles entender era que querían que los astronautas se fuesen con ellas. Con inequívocos gestos, hacían señales hacia el canal y, con mohines, invitaban a los hombres a que las siguieran. El capitán Moran fue el único que dudó en aceptar. Finalmente, encargó a uno de sus hombres la vigilancia de las chicas y llamó aparte a sus oficiales para mantener una reunión.
Sólo había una opción y, finalmente, la siguieron. Tenían que descubrir lo que les había ocurrido a los hombres de la otra nave y las chicas eran el único indicio de una posible solución. No existía ningún otro signo de vida sobre el planeta rojo.
Todos ellos emprendieron camino bien armados. Las chicas no cabían en sí de felicidad al ponerse en marcha y la escena tenía más el aspecto de un picnic que de una expedición. Especialmente cuando descubrieron los botes amarrados en la orilla del canal con dos o tres chicas más en cada uno de ellos. Después de un minucioso cacheo, que no reveló nada, Moran permitió que sus hombres embarcaran, a razón de un hombre por cada bote.
Una corriente apenas perceptible los impulsaba y toda la expedición tenía la apariencia de un paseo en barca por el paraíso. El capitán Moran lanzó algunas advertencias en forma de bramido, pero no tuvieron efecto alguno. Después del largo viaje, se había producido un repentino cambio, consistente en la eliminación de los restos de disciplina militar que los hombres habían conservado.
Tan sólo un incidente estropeó la placidez del viaje. El doctor Kranolsky, cuyo interés científico parecía estar por encima de su libido, estaba efectuando un minucioso análisis de los botes. Entonces llamó al capitán, quien guio su embarcación hacia la del doctor hasta que se tocaron.
—Hay algo aquí, capitán. No tengo ni idea de qué puede ser.
Siguiendo el dedo del doctor, el capitán advirtió algunos arañazos difícilmente discernibles sobre uno de los asientos. Se movieron de un lado a otro hasta que la luz les dio de lleno y, súbitamente, el capitán se dio cuenta de que eran letras.
—ARAI; eso es lo que parece. ¿Pudo haberlo escrito uno de los hombres de la Argus?
—Necesariamente —afirmó, nervioso, el doctor—. No es razonable que estos marcianos dispongan de un alfabeto tan parecido al nuestro. Pero ¿qué quiere decir?
—Quiere decir —aclaró gravemente el capitán Moran— que ellos hicieron este viaje antes que nosotros y que lo mejor que podemos hacer es tener los ojos bien abiertos. No me siento seguro en estos condenados botes. Por lo menos tenemos a las chicas. Quien sea o lo que sea que esté detrás de todo esto, no empezará nada mientras ellas sean nuestros rehenes.
La corriente aumentó con el transcurso de las horas. Y ya se estaban desplazando a una velocidad aparentemente alta por el ancho cauce. Moran estaba preocupado y extrajo su arma tan pronto como oyó el grito del doctor.
—Capitán, he estado pensando en las letras. Podrían ser sólo una palabra. Si el hombre que las grabó no hubiera terminado la última letra y tan sólo hubiera hecho el primer trazo vertical, la palabra podría ser ARAÑA.
El capitán enfundó el arma y miró al doctor con el ceño fruncido.
—¿Ve usted aquí alguna araña, doctor? No hay ninguna en las embarcaciones y estas mujeres son la única forma de vida que hemos encontrado hasta el momento. Quizá quiso decir arañas de agua, y si fuera así, ¿qué?
El doctor Kranolsky prestó una atención especial al agua pensando en esa posibilidad. El capitán Moran gritó órdenes a sus hombres pero los botes se estaban separando, empujados por la corriente, y algunos no lo oyeron o fingieron que no lo oían. No podía estar seguro, pero creyó que algo estaba ocurriendo en los botes que estaban más lejos, que se encontraban decididamente fuera de su mando. Además, la corriente era mucho mayor. Tan sólo la presencia de las chicas verdosas le proporcionó cierta sensación de seguridad.
Parecía haber un punto oscuro en el horizonte, justo delante. Trató inútilmente de distinguir qué era. La voz del doctor Kranolsky truncó irritantemente su concentración.
—Si hemos de ser lógicos, capitán, quienquiera que grabara esta palabra aquí debió de creer que era importante. Quizá no tuvo tiempo de acabarla.
—Deje de lado sus fantasías, doctor. Hay cosas más importantes de las que preocuparse.
Por primera vez desde que estaba bajo las órdenes del capitán, el doctor Kranolsky discrepó.
—No, yo creo que este asunto es el que más debe preocuparnos. Si ese hombre quiso escribir «araña», ¿dónde está el insecto? Lo cierto es que estas chicas son bastante inofensivas. O ¿dónde está la tela de araña? —El doctor caviló un segundo, con la frente en tensión, y entonces se echó a reír—. Me hace pensar en una fantasía que tuve cuando nos aproximábamos a Marte. Los canales parecían la tela de una araña gigantesca grabada sobre la superficie del planeta.
Moran dio un resoplido de disgusto.
—Y supongo que si este canal es el hilo de la tela, las chicas son el cebo y esa construcción a la que nos dirigimos es la guarida de la araña. ¡Vamos, doctor!
El canal los conducía hacia una gigantesca estructura negra, donde éste parecía desembocar por una abertura en el lado. Perdieron el control de su pequeña embarcación y, en el lapso de unos minutos, estaban pasando por un inmenso pasadizo abovedado. Moran estaba asustado y trataba de ocultar su miedo ridiculizando al doctor.
—Y ahora que estamos en la guarida, doctor, ¿cómo piensa que debe de ser una araña del tamaño de un planeta entero? ¿Cómo describiría a una criatura que habita en un mundo de la misma manera que una araña terrestre vive sobre una manzana?
Un alarido fue lo que obtuvo por respuesta, una respuesta suficientemente clara.
Las palabras no eran adecuadas para describir la cosa que ocupaba completamente la construcción.
La espera.
El acecho.