El capitán de navío Honario Harpplayer iba de un lado a otro por el diminuto castillo de popa del buque de su majestad, el Redundant. Tenía las manos cogidas por detrás de la espalda y apretaba los dientes con furia impotente. Por delante de él, la maltrecha flota francesa se dirigía a puerto con dificultad, con las velas desgarradas, los palos a remolque y los cascos boquiabiertos y astillados, allá por donde habían tronado sus cañones desde el frágil maderamen lateral.
—Señor Shrub, mande dos brazos a proa, hágame el favor —pidió—, y diga que le echen agua a la vela mayor. Con las velas mojadas aumentaremos nuestra velocidad en un octavo de nudo; así quizá podamos tomar la delantera a esos sapos cobardes.
—Pe..., pero señor —tartamudeó el estúpido primer oficial de cubierta Shrub, horrorizado ante la idea de discrepar con su venerado capitán—. Pero si seguimos sacando marinos de las bombas, nos hundiremos. Nos han abierto brechas en trece lugares por debajo de la línea de flotación y...
—¡Maldita sea su estampa, señor Shrub! He dado una orden, no he solicitado un debate. Haga inmediatamente lo que se le ha mandado.
—A la orden, mi capitán —farfulló Shrub, humillado, frotándose una lágrima que le caía de un ojo lloroso y servil.
El agua golpeó las velas y el Redundant se hundió seguidamente un poco más. Harpplayer se apretó las manos tras la espalda y se odió por esa exhibición de furia injustificada ante el fiel Shrub. Sin embargo, debía mantener en alto esa estricta pose disciplinaria frente a la tripulación (escoria escogida en un millar de muelles) y también debido a que se veía obligado a usar faja para estar bien tieso y un braguero para la hernia. Tenía que mantenerse bien erguido porque él era el capitán de ese barco, el barco más pequeño de la flota de asedio que se extendía, a manera de soga asfixiante, alrededor de toda Europa, cercando al loco tirano de Napoleón, cuyos sueños de conquista jamás alcanzarían Inglaterra mientras aquellas minúsculas embarcaciones de madera se interpusieran en su camino.
—Capitán, rece una oración por nosotros para llegar antes al cielo, porque ¡nos estamos hundiendo! —gritó una voz entre la marinería que se esforzaba con las bombas.
—Quiero el nombre de ese individuo, señor Dogleg —le gritó Harpplayer al guardiamarina, que no era más que un niño de apenas siete u ocho años y que estaba al mando de la cuadrilla—. No habrá ron para él durante una semana.
—A sus órdenes, mi capitán —respondió la voz aflautada del señor Dogleg, que estaba aprendiendo a hablar.
El barco se estaba hundiendo; eso era un hecho incontestable. Las ratas corrían por la cubierta, indiferentes a las blasfemias y los puntapiés de la marinería, y se arrojaban por la borda. Por delante de ellos, la flota francesa ya estaba a salvo, al amparo de las baterías costeras de cabo Pietfieux, cuyos cañones apuntaban con sus abiertas fauces al Redundant, prestos a lanzar fuego y muerte en el momento en que la frágil embarcación se pusiera a tiro.
—Prepárese para soltar el velamen, señor Shrub —dijo Harpplayer, y luego levantó la voz para hacerse oír por toda la tripulación—. Esos franchutes han huido cobardemente y nos han hecho perder un millón de libras de recompensa.
Se levantó un fragor entre la tripulación, que profesaba tanto amor al ron como a las libras, chelines y peniques, con los que podía comprar más ron. El clamor se convirtió súbitamente en ensordecedores alaridos de dolor cuando el palo mayor, debilitado por la mala puntería de los cañones galos, se desplomó sobre la masa de la laboriosa marinería.
—No será necesario que suelte el velamen, señor Shrub, los esclavos de nuestro amigo Boney nos han ahorrado el trabajo —dijo Harpplayer, forzándose a hacer una de esas chanzas insólitas en él y tan apreciadas por la tripulación. Se odió por la falsedad de sus sentimientos, por recurrir a tales tretas para granjearse las simpatías de aquellos analfabetos. Sin embargo, su obligación era impedir que sus hombres se sintieran abatidos. Por otra parte, si no hacía ningún chiste, los marineros le odiarían por ser el patrón negrero, despiadado y oportunista que era. No dejaban de detestarlo, naturalmente, pero por lo menos se reían.
Se reían incluso entonces mientras apartaban todo aquel embrollo de tela y arrastraban los cadáveres para dejarlos en ordenadas hileras sobre cubierta. El barco se estaba hundiendo un poco más.
—¡Basta ya de arrastrar los cuerpos! —ordenó—, y a las bombas, si no queréis que cenemos en el fondo del mar.
Los hombres volvieron a soltar una carcajada y se aprestaron a reanudar la faena.
Eran fáciles de complacer y Harpplayer envidiaba sus vidas sencillas. A pesar del duro trabajo, la mala mar y algún golpe esporádico de la polea del ancla, la existencia de esos hombres era mejor que su propia vida atormentada, en la soledad del mando. Era él quien debía tomar todas las decisiones y, para un hombre de una naturaleza morbosa y paranoica como la suya, eso convertía su vida en un auténtico infierno. Sus oficiales, que lo aborrecían sin excepción, eran unos incompetentes. Hasta Shrub, el leal y resignado Shrub, tenía sus limitaciones. Shrub tenía un cociente intelectual de alrededor de 60, que, añadido a la humildad de su origen, significaba que jamás podría sobrepasar el rango de contralmirante.
Mientras reflexionaba sobre los diversos sucesos del día, Harpplayer inició su compulsivo ir y venir por el diminuto castillo de popa. Los demás ocupantes se apiñaban contra la banda de estribor para no ponerse en su camino. Cuatro pasos en una dirección, luego tres y medio de vuelta, rematados con un crujido estremecedor de su rodilla al toparse contra la carroñada de babor. Pero Harpplayer era insensible a los golpes, su cerebro de jugador de naipes revolvía ideas, evaluaba y sopesaba estrategias, rechazando aquellas que contuviesen un atisbo de sentido común y considerando tan sólo aquellas que parecían demasiado insensatas para ponerlas en práctica. No era de extrañar que fuera respetado en toda la Armada y conocido como Harpy la Hiena. Era admirado por la habilidad que siempre tenía de arrancar la victoria de las fauces de la derrota y siempre con un inmenso coste en vidas humanas. Pero así es la guerra: uno daba órdenes y otros bravos hombres perdían sus vidas. Para eso se hacían las levas en tierra.
Había sido un día largo y duro, pero Harpplayer no se permitía el descanso. La tensión y la angustia del asedio, como las implacables garras de Cerbero, habían hecho presa en él desde poco después del amanecer de esa mañana, cuando el vigía anunció la presencia de velas en el horizonte. Sólo eran diez, diez buques franchutes de defensa. Antes de que se disipase la niebla matinal, la silueta vengativa del Redundant ya se había abalanzado sobre ellos, como un lobo sobre las ovejas. Una salva atronadora tras otra, los impecables cañones ingleses disparaban diez bolas por cada una que lanzaban los franceses, manipulados por la cobarde escoria de la octava y novena promoción de 1812, ancianos patriarcas y niños de pecho que no deseaban otra cosa que regresar a sus viñedos solariegos en lugar de estar allí, peleando por el Tirano, resistiendo la cólera letal de los cañones de su isla enemiga, ese pequeño país que, abandonado a sus fuerzas, luchaba a solas contra el poder de todo un continente. Había sido una persecución inclemente y sin tregua, y sólo el amparo de las baterías del puerto francés había impedido la destrucción total de la escuadra. Aun así, cuatro de los barcos hacían compañía a los congrios en el fondo del océano, y los seis restantes necesitarían una completa reparación antes de estar listos para abandonar puerto y desafiar una vez más la potencia destructora de las naves que sitiaban sus costas.
—Señor Shrub, hágame el favor de hacer preparar las mangueras. Creo que ha llegado la hora de tomar un baño.
Los curtidos marineros prorrumpieron en un sordo clamor, porque todos ellos sabían lo que les esperaba. En las aguas más gélidas de los mares del norte o en lo más crudo del invierno, Harpplayer insistía en aquella rutina del baño. Las mangueras fueron rápidamente adosadas a las bombas y, muy pronto, las columnas de agua helada salieron disparadas por la cubierta.
—¡Adentro todos! —grito Harpplayer, retrocediendo para no verse alcanzado por alguna gota imprevista, mientras, con el largo dedo índice, se rascaba la piel de las costillas, que no había visto el agua desde el verano anterior. Sonrió ante las gracias infantiles de Shrub y el resto de los oficiales, que brincaban desnudos en el agua, y sólo dio la señal de parar las bombas cuando todas las blancas pieles de la marinería adquirieron una bonita tonalidad cerúlea.
Desde el horizonte a septentrión, les llegó un estruendo no diferente del de un trueno lejano, aunque más fuerte y seco. Harpplayer se volvió y, durante un prolongado instante, pudo contemplar una estela de fuego dibujada contra las nubes oscuras, antes de que se extinguiera en el firmamento y tan sólo dejara una impresión fugaz en su retina. Se sacudió la cabeza para quitársela de encima y pestañeó con rapidez unas cuantas veces. Por un instante hubiera jurado que el rayo de fuego había bajado en vez de subir, pero eso era manifiestamente imposible. Demasiadas noches jugando al bostón hasta altas horas con los oficiales; no era de extrañar que estuviese perdiendo vista.
—¿Qué ha sido eso, capitán? —le preguntó el teniente Shrub, con palabras apenas inteligibles a causa del castañeteo de sus dientes.
—Un cohete de señales..., o tal vez uno de esos modernos cohetes de guerra de Congreve. Algo pasa por allá y nosotros vamos a averiguar de qué se trata. Mande hombres a fijar las vergas, despliegue la vela de gavia y ciña por estribor. Navegaremos de bolina.
—¿Puedo ponerme antes los calzoncillos?
—¡No me venga con impertinencias, señor, o le pondré grilletes!
Shrub cantó las órdenes por la bocina y la tripulación se rio al unísono de sus desnudas piernas temblorosas. Sin embargo, pocos segundos bastaron para que los hombres de la bien entrenada tripulación (los cuales menos de seis días antes andaban en tierra firme de civiles y de putiferio y bullanga de ron, sin soñar siquiera que la recluta los pillaría para enviarlos al mar) se abalanzaran sobre los cabos de las vergas, sobre las jarcias y palos destrozados, cerraran los boquetes de bala de cañón, dieran sepultura en el mar a los muertos, se bebieran el grog y aún les quedara suficiente brío a algunos para danzar al son de una alegre chirimía. La nave se escoró al girar, el agua formó espuma bajo la proa y ya se encontraba sobre la nueva bordada, alejándose de la costa para indagar sobre aquel nuevo suceso y haciendo valer su presencia como embajadora de la flota de asedio más poderosa del mundo que se había conocido hasta entonces.
—Buque a la vista, señor —anunció el vigía desde el mástil—. A dos cuartas por la proa de estribor.
—¡Tripulación a sus puestos de ataque! ¡Repique! —ordenó Harpplayer.
En medio del persistente redoble del tambor y las pisadas de los encallecidos pies de los marineros sobre cubierta, la voz del vigía apenas era audible.
—No tiene velas ni mástiles, señor, poco más o menos del tamaño de nuestro bote.
—Anule la última orden. Y cuando ese vigía acabe su turno, quiero que recite quinientas veces: «Un bote es algo que se iza y se pone sobre un buque».
Empujado por la fuerte brisa que soplaba desde la costa, el Redundant se aproximó rápidamente a la embarcación hasta que pudo distinguirse con claridad desde cubierta.
—No tiene mástiles, ni palos, ni velas. ¿Qué es lo que hace que se mueva? —inquirió el alférez de navío Shrub, con perplejidad boquiabierta.
—No sirve de nada especular por anticipado, señor Shrub. Esa embarcación puede ser francesa o neutral, de manera que no me arriesgaré. Hagamos cargar los cañones y que asomen por las troneras. Y quiero a los oficiales en las arraigadas y con el seguro puesto en las armas, si es que me hace usted el favor. No quiero que nadie dispare hasta recibir mi orden. Y al que haga otra cosa lo haré hervir en aceite y servir para el desayuno.
—¡Es usted muy divertido, señor!
—¿Ah, sí? ¿Se acuerda del timonel que ayer confundió las órdenes?
—Gran coraje, señor, ya lo creo que sí —dijo Shrub, mientras se sacaba un trocito de cartílago de los dientes—. Daré las órdenes, señor.
La extraña embarcación no se parecía a ninguna otra de las que Harpplayer había visto en su vida. Se desplazaba por las aguas sin ninguna fuerza motriz visible que la impulsara y Harpplayer pensó en braceros ocultos con remos submarinos, pero, aun así, tendrían que ser enanos para caber en la nave. La cubierta se extendía de lado a lado y parecía tener encima un barracón de cristal de alguna clase. En general, un extraño artilugio, que, con seguridad, no era francés. Los mal dispuestos esclavos del Pulpo parisino jamás dominarían la precisa técnica para construir una diadema de los mares como aquélla. No, provenía de tierras extrañas, quizá de más allá de la China o de las misteriosas islas del Oriente. Había un hombre sentado en la embarcación, que, al tirar de una palanca, deslizó la ventana superior. El individuo se puso de pie y les hizo señas con la mano. La multitud de observadores prorrumpió en un generalizado grito de asombro. Todos tenían clavados los ojos en esa extraña aparición.
—¿Qué significa esto, señor Shrub? —vociferó Harpplayer—. ¿Estamos en una feria o en una pantomima navideña? ¡Disciplina, señor!
—Pe... pero señor —tartamudeó el fiel Shrub, sin saber qué decir—. Ese hombre, señor..., ¡es verde!
—No quiero oír ninguna de sus malditas idioteces, señor —le soltó Harpplayer, irritado y furioso como siempre lo estaba cuando la gente empezaba a cacarear acerca de colores imaginados. Cuadros, puestas de sol y todas esas paparruchas. Desatinos. El mundo estaba hecho de puras tonalidades grises y eso era todo. Algún idiota matasanos de Harley Street mencionó en una ocasión un mal imaginario al que denominó «acromatopsia», pero se apeó de su bufonada cuando Harpplayer le mencionó lo de la elección de padrinos.
—Verde, rosa o púrpura, no me interesa lo más mínimo el tono de gris que tenga ese individuo. Arrojadle un cabo y traédmelo hasta aquí para que podamos escuchar su historia.
Le echaron el cabo y, después de amarrarlo a una argolla de su embarcación, el extraño tiró de una palanca que volvió a cerrar la cabina de cristal y trepó con soltura a la cubierta del Redundant.
—Piel verde —dijo Shrub, y cerró la boca en el acto bajo la furibunda mirada de Harpplayer.
—Basta, señor Shrub. Es un extranjero y lo trataremos con todo respeto, al menos hasta que averigüemos qué grado le honra. Es un poco velludo, he de admitirlo, pero existen ciertas razas al norte de las islas Niponas que son así, quizá provenga de allí. Le doy la bienvenida, señor —dijo, dirigiéndose al recién llegado—. Soy el capitán Honario Harpplayer, comandante del buque de su majestad, Redundant.
—¡Kwl-kkle-wrrl-ki...!
—Francés no es —masculló Harpplayer—, ni griego ni latín, de eso estoy seguro. Tal vez sea una de esas lenguas bárbaras del Báltico. Probaré con el alemán. Ich rate Ihnen, Reiseschecks mitzu-nehmen? ¿O un dialecto italiano? Vendono éproibito, peró quisi cartoline ricordo.
El extraño saltaba por toda respuesta de un lado a otro enloquecidamente, señalando el sol, describiendo movimientos circulares alrededor de la cabeza, apuntando a las nubes, imitando con las manos el movimiento de una caída y gritando estridentemente.
—¡M’ku,m’ku!
—El tipo está chalado —dijo el oficial de la Marina— y, además, tiene demasiados dedos.
—Puedo contar hasta siete sin su ayuda —le contestó Shrub con enfado—. Creo que está tratando de decirnos que va a llover.
—Quizá sea un meteorólogo en su tierra —dijo Harpplayer sin comprometerse—, pero aquí sólo es un extranjero más.
Los oficiales asintieron con la cabeza y ese gesto pareció enardecer al extraño, que dio un salto hacia delante, voceando su jeringonza ininteligible. El alerta guardiamarina le asestó un golpe en la nuca con la culata del mosquete Tower y el tipo peludo se desplomó sobre el puente.
—Intentó atacarle, capitán —se explicó el oficial de Marina—. ¿Lo pasamos por la quilla, señor?
—No, pobre hombre, tan lejos de su tierra, a lo mejor está preocupado por algo. Debemos tener en cuenta las barreras idiomáticas. Limítese a leerle los artículos de guerra y enrólelo. Andamos cortos de hombres después del último encontronazo.
—Su naturaleza es muy indulgente, señor, y es usted un ejemplo para todos nosotros. ¿Qué haremos con la embarcación?
—Yo la examinaré. Quizá funcione según algún principio que pueda interesar en Whitehall. Cuelgue una escalera y yo mismo bajaré a echarle un vistazo.
Tras algunos tanteos, Harpplayer descubrió la palanca que desplazaba la ventanilla de cristal y, cuando ésta se deslizó hacia un lado, el capitán se dejó caer en el puente de mando que cubría. Un cómodo diván se hallaba frente a un tablero cubierto por una extraña colección de manivelas, botones y diversos instrumentos, protegidos por pantallas de cristal. Era un ejemplo perfecto de la decadencia oriental, una decoración y ornamentación excesivas donde hubiera bastado un panel de buen roble inglés y una sencilla barra articulada para transmitir las órdenes a los esclavos remeros. O quizá lo que se ocultaba bajo el panel era un animal, pues, al tirar de cierta palanca, pudo oír un intenso rugido. Era evidente que eso dio la señal a los esclavos (o animales) de la galera para ponerse manos a la obra, pues la pequeña embarcación surcaba ahora las aguas a buen ritmo. El agua que levantaba salpicaba el puente de mando, de modo que Harpplayer deslizó la tapa, lo cual fue una medida acertada. Otro botón debió de hacer entrar en funcionamiento un timón oculto, pues de pronto la embarcación se hundió por la proa y se sumergió hasta que el agua cubrió el extremo superior del habitáculo de cristal. Afortunadamente, la sólida construcción del bote no dejó pasar el agua, y otro botón lo hizo subir nuevamente a la superficie.
Fue entonces cuando a Harpplayer se le ocurrió la idea. Se sentó como si estuviera paralizado, mientras sus veloces reflexiones consideraban las posibilidades. Sí, podía funcionar... ¡tenía que funcionar! Se golpeó la palma de la mano con el puño cerrado y, en ese instante, advirtió que mientras había estado pensando, la embarcación había girado y estaba a punto de embestir al Redundant, en cuya batayola se apiñaban rostros con miradas aterrorizadas. Con una hábil maniobra, Harpplayer dio al animal o esclavo la orden de detenerse, de modo que las embarcaciones tan sólo sufrieron un ligero topetazo.
—Señor Shrub —llamó.
—¿Sí, mi capitán?
—Quiero un martillo, seis clavos, seis barriles de pólvora, cada uno de ellos provisto de una mecha de dos minutos y una soga con lazada y una linterna oscura.
—Pero señor... ¿para qué? —Por una vez el apabullado Shrub se olvidó lo bastante de sí mismo como para cuestionar a su capitán.
Pero el plan había excitado tanto a Harpplayer que no se ofendió por la repentina familiaridad de su subalterno. De hecho, incluso sonrió informalmente, sin que la penumbra creciente permitiera ver su expresión.
—Porque... Seis barriles porque hay seis barcos —respondió con desacostumbrada timidez—. Y ahora, venga, vamos.
El cabo de artillería y sus asistentes acabaron rápidamente con su trabajo. Los barriles fueron bajados por una eslinga y llenaron por completo la pequeña cabina hasta el punto que apenas le quedó sitio a Harpplayer para sentarse. De hecho no le quedó sitio para apoyar el martillo y tuvo que sujetarlo con los dientes.
—Zenor Zrub —masculló con el martillo entre los dientes, sintiéndose súbitamente abatido al darse cuenta de que, al cabo de algunos minutos, su frágil cuerpo iba a medir sus fuerzas con las hordas del usurpador, quien hacía restallar su látigo sobre todo un continente de esclavos oprimidos; luego, fue su indignación por su propia fragilidad lo que le horrorizó. Los hombres no debían saber nunca que él había abrigado tales pensamientos, que su capitán fue, en realidad, el más pusilánime de todos ellos.
—Señor Shrub —gritó de nuevo, esta vez sin que el tono de su voz delatara sus sentimientos—. Si no he regresado al amanecer, queda usted al mando de este buque y encargado de hacer un informe completo. Adiós. Y por triplicado, no lo olvide.
—Oh, señor... —empezó a decir Shrub, pero su lamento se interrumpió cuando la tapa de cristal se cerró de golpe y la diminuta embarcación se lanzó ella sola contra el poderío de todo un continente.
Más tarde, Harpplayer se reiría de aquellos primeros momentos de debilidad. A decir verdad, la aventura fue tan sencilla como un paseo por Fleet Street en una mañana de domingo. El extraño bote se sumergió bajo la superficie y dejó atrás las baterías de cabo Pietfieux, al que los marineros ingleses llamaban cabo Pit Fix, hasta alcanzar las protegidas aguas de Cienfique. Ningún centinela reparó en la ligera ondulación de las aguas de la bahía y no hubo ojo humano que distinguiera la forma borrosa que emergió junto al alto muro de madera, que no era otra cosa que el casco del buque de las líneas francesas. Dos fuertes martillazos aseguraron el primer barril de pólvora y un breve destello surgió de la linterna en el momento de encender la mecha. Antes de que los perplejos centinelas de cubierta tuviesen tiempo de arrimarse por la batayola, el misterioso visitante ya había desaparecido y ni siquiera alcanzaron a ver los reveladores chisporroteos de la mecha, que, oculta tras el barril de la muerte, se consumía lentamente. Cinco veces consecutivas repitió Harpplayer esa operación simple pero mortífera y, entonces, en el instante en que estaba clavando el último clavo, se produjo una sorda explosión procedente del primero de los navíos. Cerró el habitáculo y salió del puerto. A sus espaldas, seis buques, orgullo de la Armada del Tirano, ardieron en columnas de humo y llamas hasta que sólo quedaron los restos carbonizados de sus cascos, posándose sobre el fondo del océano.
Una vez pasadas las baterías costeras, el capitán Harpplayer abrió la pantalla de vidrio y volvió la cabeza con satisfacción para contemplar los navíos en llamas. Había cumplido con su obligación, haciendo su pequeña contribución para la finalización de esa guerra que había devastado a todo un continente y que, al cabo de algunos años, habría aniquilado a muchos de sus más destacados franceses, mientras toda la nación gala hubiera visto cómo su estatura media menguaba en algo más de diez centímetros. Viró la proa de la nave rumbo al Redundant. Cuando se extinguió la última pira, le remordió la conciencia, pues, aunque eran feudo del Loco de París, habían sido espléndidos navíos.
Estaba ya amaneciendo cuando llegó al barco, vencido por el cansancio. Se agarró a la escalera tendida para él y trepó a cubierta como pudo. Redoblaron los tambores, los grumetes le vitorearon y silbaron los pitos de los contramaestres.
—¡Bien hecho, señor, oh, bien hecho! —exclamó Shrub, precipitándose a estrecharle la mano—. Los vimos arder desde aquí.
Detrás de ellos, se oyeron ruidosos borbotones, como cuando se escapa el agua de la bañera al quitar el tapón. Harpplayer volvió la cabeza justo a tiempo para ver cómo se hundía en el mar la extraña embarcación.
—¡Qué idiota soy! —farfulló entre dientes—. Me he olvidado de cerrar la escotilla. Debe haberse metido todo un mar dentro.
Sus cavilaciones quedaron repentinamente segadas por un estridente alarido. Volvió la cabeza en el momento preciso en que el extranjero peludo corría hasta la batayola y se quedaba horrorizado al ver cómo su embarcación desaparecía bajo las aguas. Entonces, el tipo, visiblemente desconsolado, prorrumpió en gritos espeluznantes y se arrancó de la cabeza grandes mechones de pelo, tarea relativamente fácil dado que lo tenía en abundancia. Y, en aquel momento, sin que nadie pudiese detenerlo, se encaramó sobre la baranda y se lanzó de cabeza al mar. Se hundió como una piedra, o bien no sabía o no quiso nadar. Lo cierto es que daba la impresión de que sentía un gran apego por su embarcación, pues ya no regresó a la superficie.
—Pobrecito... —dijo Harpplayer con la compasión de los hombres sensibles—, solo y tan lejos de sus seres queridos. Quizá sea más feliz ahora que está muerto.
—Sí, mi capitán, quizá sea como dice —farfulló el impasible Shrub—, aunque tenía madera para ser un excelente juanetero. Podía encaramarse y corretear por las vergas, se sujetaba fantásticamente bien, con esas uñas largas que tenía en los pies y que tan bien se hincaban en la madera. Tenía otro dedo en el talón que lo ayudaba a mantenerse en equilibrio.
—Le ruego que no se recree en las deformidades de los que ya han muerto. Lo consignaremos como «desaparecido por la borda». ¿Cuál era su nombre?
—No nos lo dijo, mi señor, pero lo hicimos constar en los libros como señor Verde.
—Bastante apropiado. Aunque extranjero de origen, se sentiría orgulloso de saber que murió llevando un digno nombre inglés. —Y, así, despidió secamente al fiel y estúpido Shrub. Harpplayer reanudó sus idas y venidas por el castillo de popa, sumido en soledad en aquella silenciosa agonía en la que continuaría permaneciendo hasta que los cañones del Ogro corso fuesen silenciados para la eternidad.