País Relato - Autores

harrison denmark

mío es el reino

—Apartadas están las cortes sombrías…
La distancia de las estrellas, decidió, y tres metros desde donde estoy sentado.
—Y lejos los lugares del pueblo…
Convino en ello, silenciosamente.
—Cercana está la no-gente.
Asintió.
—Estás en la Tierra y eres ridículo.
—Sí —murmuró.
—Estás medio loco y completamente bebido.
—Completamente loco y medio bebido —corrigió.
—De modo que irás a la máquina, apretarás el botón, y te unirás a tu gente en los lugares de felicidad…
—¡Ja! —hipó—. Me estoy riendo ahora.
Sacudió su cabeza y se sentó, mirando a su alrededor.
Tocó la banda de luz amarilla y esperó.
Un latido de corazón.
—¿Servicio? —inquirió la almohada.
—Hay rayos sonoros puffy molestando otra vez —suspiró—. Búscalos, obstrúyelos, bloquéalos. Cada vez que bebo es una situación «A», y requiero prioridad de atención.
La almohada zumbó.
—Prevalece la situación «A». No hay penetración.
Se levantó a medias.
—Entonces, ¿quién me estaba hablando?
—Ciertamente no era yo —vino la réplica—. Podría ser tu imaginación humana, estimulada por el alcohol que has consumido…
Sonaba casi ofendida.
—Perdón —se disculpó a los circuitos invisibles—. Mézclame otro.
Se reclinó y puso el tubo en su boca.
—Y no le pongas agua —dijo desdeñosamente.
—Nunca pongo agua en tus bebidas.
—Tienen un gusto muy flojo.
—Tu nivel de tolerancia se está elevando.
—Basta. ¡Basta de esto! Léeme algo.
—¿Qué debo leer?
—Cualquier cosa.
—El Topo había estado trabajando arduamente toda la mañana, limpiando su…
—¡Cualquier cosa menos Grahame!
—¿Qué tal Vradmer?
—No.
—¿Gelden?
—No, algo más antiguo. Cercano a Grahame, tal vez.
—¿Krin? ¿K’lal? ¿El Viejo Hombre de Venus?
—Más antiguo.
—En el principio…
—Y pagano.
—¿Qué tal Pindar?
—Muy bien.
Tomó un largo trago y se acomodó para soñar.
—¿Por qué mataste al puffy?
Una larga pausa.
—No maté a ningún puffy.
—Los puffys no matan a los puffys, y un puffy está muerto. Eres el último hombre sobre la Tierra. Posees poder ilimitado. ¿Por qué lo usaste para matar?
Una pausa más larga.
—¿Qué es un puffy?
—Querían la Tierra. ¿No te acuerdas?
—No lo sé… Estaba borracho. ¡Vete!
—¿Por qué no te vas tú?
—¡No puedo!
—Solamente has de entrar en la máquina, apretar el botón, y unirte a tu gente en los lugares de felicidad…
—¡No hay lugares de felicidad!
—Habla con los puffys.
Dio un manotazo a un lado del lecho y un chorro de barbitúricos entró en su corriente sanguínea.
Se durmió.
* * *
El sol era una sucia moneda caída sobre el cemento húmedo. Lo contempló parpadeando.
—Las veces que te hemos usado… —murmuró, dándose cuenta de que estaba despierto.
—Todo se ha depreciado.
Se dio la vuelta sobre su parte derecha, sintiéndose mal.
Después de un rato la almohada le preguntó qué quería para desayunar. Trató de pensar en la respuesta correcta, pero se dio por vencido y pidió algo para calmar su estómago.
Fue greda e hígado, para contener el inminente derrame de la zanja al vertedero. Escupió y se giró sobre su lado izquierdo, sintiéndose un tanto aliviado.
Finalmente, golpeó la banda de luz.
—Conéctame con el control ideacional.
La energía era una melodía silenciosa: luz de luna deslizándose sobre cuerdas de blanca seda, vientos profundos soplando líquidamente a través de flautas de coral, la colisión de las nubes…
Se movió, desperezándose y bostezando.
Creó un mástil y se deslizó cien metros hacia lo alto.
—Monte Athos —decidió—, y el desayuno.
De pie sobre un peñasco rodeado de precipicios, mirando a través de la habitación sin fin del Sant, sonrió. Borró lo que había en las paredes y moldeó un fluyente panorama de árboles y colinas, como habían existido alguna vez en la Tierra; en la distancia, un mar (¿Estaba bien eso?). Se encogió de hombros. El techo invisible se convirtió en un cielo verde-azulado.
Pintó al sol con un amarillo brutal. Ahora la pendiente se deslizaba con suavidad bajo sus sandalias. Cubierto con una túnica y sonriendo, dotó al horizonte de relucientes siluetas.
—Tanto por los reinos de la Tierra —murmuró—. ¡Aparece, Lucifer!
Una sombra sin faz flotó a su izquierda, pestilente de muerte y juicio final.
—La rutina —sugirió.
Una voz desde el fondo de una barrica, monótonamente:
—He aquí los reinos de la Tierra —declaró— en toda su gloria y poder. A mí me han sido entregados en este momento y a quien quiera que yo los conceda. Adórame y serán tuyos.
Se rió.
—Pero si son míos, querido amigo. Yo los he creado. Y a ti también, por otra parte. Eres tú quien debería ofrecerme un poco de respeto.
La figura vaciló, insegura.
—Y ahora la línea final —sugirió.
—Entonces cambia tú estas piedras en pan —repitió, cansadamente— y yo creeré en ti.
—Jamón y huevos —corrigió—. ¿Me acompañas?
—Gracias —crujió la figura.
Se sentaron sin decir nada hasta que se aburrió. Al terminar el desayuno, abrió un abismo que se tragó la escena, con gran estruendo y llamas altas hasta el cielo.
—¡Al infierno con todo! —eructó—. ¿Qué haré hasta la comida? ¿Navegar con Odiseo?
Había empezado tentativamente las torres de Ilium y el contorno de un gran caballo cuando sonó el comunicador del Sant.
—Los embajadores puffy desean ser recibidos —dijo el comunicador.
—Diles que estoy ocupado.
El caballo fluyó y desapareció. Las torres sin base empezaron a caer, hundiéndose silenciosamente, diluyéndose hacia los suelos desnudos.
—¡Oh, maldición! Empieza a descontaminarlos. ¡Ya me han arruinado la mañana!
Se instaló en el sillón para ser afeitado, limpiado, puesto a punto y embutido en vestidos nuevos. El aparato de manicurar farfulló ante la condición de sus uñas y él contempló la débil proyección de las criaturas conocidas como puffys.
Un aura albina, felpuda, iba unida a las bamboleantes formas del tamaño de un hombre. Torres de leche, el volumen de su peso repartido en el trípode de un trasero oscuro como el de un babuino y dos sextantes blanquísimos, los puffys se movían mientras grandes cantidades de miembros vestigiales, como relojes con centenares de agujas, se retorcían en sus horas enterradas.
Bilateralmente simétricos, sus tenazas a la altura de la cabeza se habían diferenciado en independencia para asir, al mismo tiempo que sus antenas se alzaban como astas columbinas, con pétalos de polvo azulado, abriéndose y cerrándose con regularidad sistólica. Bajo las mismas, dos protuberancias mantecosas observaban el mundo a través de enrejadas pantallas de topacio.
—Buenos días, bellas criaturas —dijo, y los puffys giraron, tratando de localizar el origen de su voz.
—No podéis verme a menos que yo lo desee. ¿Para qué habéis venido?
Las criaturas parecieron considerar su pregunta.
—Para convencerte, comprarte, ayudarte, hablarte, para, que te vayas —zumbó una de ellas.
Se rió a medias.
—Perdón, por favor, repite, por favor, lo que has dicho.
Se rió.
—¡Pasad! ¡Pasad! —gritó.
Súbitamente era un puffy, de seis metros de alto.
La pared se convirtió en portal, al mismo tiempo que terminaba de oscurecer el cielo, cambiando el suelo en rocosa irregularidad, y elevando el frente de un glaciar a través de la casi kilométrica habitación. Se suspendió en el aire, sentado sobre un copo de nieve inmenso, y brisas heladas acuchillaron alrededor de su trono, esparciendo las bayas de un frío huracán ante sus huéspedes.
—Feliz Navidad —observó.
Los puffys se detuvieron en el vestíbulo. El tercer movimiento de la Segunda Sinfonía de Sibelius sonó en algún lugar mientras el glaciar gemía hacia adelante.
—¿Cómo? —preguntaron las criaturas.
—Soy realmente bastante feo —explicó— y os quería instalar con comodidad.
Ahora estaban bajo él, mirando hacia arriba.
—Maravilloso —zumbó uno.
—Como en casa —susurró el segundo.
—¿Qué eres tú? —silbó el tercero.
El chorro de una fuente se alzó quince metros en el aire.
—¿Queréis beber?
—No. Gracias. No podemos, arriesgarnos, a una substancia, desconocida.
Tomó un largo trago, y luego la fuente desapareció hacia lo alto en largas espirales. Una esfera de líquido oscuro quedó suspendida a su lado, y bebió del mismo mientras hablaba.
—Estos cuerpos —declaró— son bastante difíciles de operar. ¿Cómo lo lográis?
—¿Lográis? —repitió el zumbido.
—Sí. Os arrastráis cuando obviamente estáis hechos para saltar. Vuestros pies son raquetas de nieve. ¿Para qué habéis venido a mi mundo?
—Hemos, venido, a vivir —zumbó uno.
—Nadie me consultó a mí sobre este asunto.
—Por favor. Acabamos, de saber, que tú existes.
—¿Y qué queréis de mí?
—Por favor, vete, a casa. Haz, el mundo, seguro, para los puffys. Por…
—Ésta es mi casa. La Tierra es mía.
—Sí. Lo sabemos. Queremos, cambiarla. Pero, tú, estás, aquí. ¿Por qué?
—¿Porqué no? —preguntó—. Soy un terrestre. El que sea el último no altera mis derechos. Ocupo aproximadamente unos treinta kilómetros cuadrados de este mundo, y voy donde me parece y hago lo que quiero en el resto del mismo. Por nacimiento y por ley es mío… y por poder. Si tratáis de echarme, resistiré con todas las máquinas de la Tierra. Las controlo desde aquí, y os puedo destruir. ¡Puedo destruir el planeta! ¡Si no me creéis, atacadme!
Su voz falló y bebió otra vez. Asumió su propia forma, aumentada una docena de veces. Hizo aparecer un cigarrillo del tamaño de una estaca y una columna de fuego se alzó para encenderlo.
—¿Podemos, razonar? —preguntaron las floridas bolas de nieve—. ¿Por favor?
—Está bien… razonad.
Exhaló humo e inhaló alcohol.
—¡Razonad!
—Tu pueblo, se fue, hace años, porque, este mundo, para ellos, está muerto —empezó—. Pero, es, un lugar, de vida, para, nosotros, un lugar de, felicidad…
—¿Sabéis lo que significa «felicidad»? —preguntó.
—Así, lo creemos, por favor. Hemos, estudiado, lo que, los terrestres, dejaron, atrás. ¿Vivir, bien?… ¿Mejores, condiciones, para las especies? ¿Y todos, sus miembros…? ¿Sonidos, que hacían, cuando la vida, prevalecía?
—Bastante acertado. Continúa.
—La Tierra, es, un lugar, de felicidad, solamente, para puffys, ahora. No está bien, para ti. Vete, con, tu gente. Déjanos, enfriar, la Tierra, cambiarla. Tus máquinas, nos lo impiden, ahora. Será mejor, para todos, si te vas. ¿Por qué, permaneces?
—Eso es asunto mío —refunfuñó— asunto mío. Decidme, ¿me encontráis feo?
—Por favor, sí…
—Felicidades, yo también. —Hizo una pausa, añadiendo—. ¿Haréis que me vaya?
—Por favor… Sí, debemos…
Se hallaban en un desierto. Un sol anaranjado, como una enorme mano, llenaba súbitamente la mitad del cielo. El calor hizo que su cuerpo empezara a transpirar. Tosió.
—POR FAVOR —silbaron los derretidos hombres de nieve.
Ahora flotaban a través del vacío interestelar, frío como donde no hay llama ni sol. Se sentó sobre la nada y contempló a los fluctuantes puffys, pataleando frente a él. Una Vía Láctea de motas estrelladas pasó sobre su hombro derecho y delante de su cara. Se convirtió en un Bourbon Way y se lo bebió.
—¿Cómo? —consiguió decir un puffy, débilmente.
No contestó.
No era que amase a la Tierra…
* * *
—¿Henry?
—¿Sí?
—¡No podemos!
Estudió el rubio cabello de ella, y sus ojos grises que lo miraban (siempre) más allá de él. Su pequeña barbilla era aún más diminuta debido a su mohín.
—¿A qué viene eso? —preguntó a sus ojos.
—… ¿Quedarme atrás en este infierno de mundo? ¿Las dos últimas personas? ¿Con su mejor amigo?
—Sí.
—… ¿Con sólo máquinas y hablar el uno con el otro solamente? ¿Y tus malditas leedoras de libros? ¡Nos volveríamos locos! ¡Nos odiaríamos! No habría ningún fin…
—Tienes una alternativa —interrumpió él—. ¿Y podría convencer a la Junta de Eugenesia?
—¿Qué hay de malo con las cosas como están ahora? Después de la Marcha será lo mismo.
—Trata de decirlo de esta manera —dijo él, sonriendo—. Henry es apuesto, como un dimmie o un masso, elegante, y tan por encima de sospecha… pero permanecer aquí con él… Bien, es primitivo, eso es lo que es.
—Estás equivocado —dijo ella, enrojeciendo— y te lo demostraré… más tarde.
Él sacudió su cabeza.
—No habrá ningún «más tarde». No voy. Alguien debería quedarse a poner agua a las flores. No es que ame a la Tierra… es que odio las estrellas, odio lo que significan. Odio a la gente que va a las estrellas, yendo a recapitular con rígida monotonía todos los procesos que sangraron a este mundo y no dejaron nada más que ceniceros llenos. Por un largo tiempo yo creí que el único propósito de mi vida era llenar ceniceros. Pero ahora sé que estaba equivocado. Ahora tengo algo que hacer… voy a ser cuidador de tumbas. Eso estará bien, muy bien…
—Claro que vas a ir —dijo ella lloriqueando—. Todo el mundo va. ¡No seas chiquillo! No hay nada aquí para preservar. Los días de la Tierra han pasado.
Él afirmó, vigorosamente.
—¡Phyllis, Phyllis, Phyllis! Desde luego tienes razón, como siempre. No puede hacerse nada. La historia muere en el mismo segundo en que se ha hecho, y dejamos el mundo más vacío de lo que lo encontramos. La hierba al polvo y la vida al placer, ardiendo. Sin embargo, he hecho algunos arreglos para ir al Sant Transporte después del Éxodo. Anticipé alguna compañía, pero puedo apretar los botones sin tu ayuda. Puedes reunirte conmigo siempre que lo desees. Sin embargo, no te quedes alrededor solamente para decir «adiós».
—¡Vas a venir con nosotros! ¡Yo te quiero, aunque seas un retrógrado!
Él miró al reloj.
—Mejor que te vistas para… uh, la cena —sugirió—. Len va a volver pronto y sería mejor que yo empezara a llegar.
Se levantó y se puso su capa color de fuego.
—Yo mezclaré las bebidas. No puedes llevártelas contigo…
Ella tenía más cosas que decir, pero realmente no importaban mucho.
* * *
—Apartadas están las cortes sombrías de las salas de luz.
Sí, decidió, la distancia de las estrellas, y tres metros desde donde estoy sentado. Y eso, puffys, es todo.
—¿Cómo? —persistió el puffy más cercano.
—Apartadas están…
Algo parecía estar gritando, sin sonido, en algún lugar.
—¿Por qué?
—¡Me odio! —le dijo, con súbita ferocidad—. ¡Y vosotros! ¡Vosotros sois los gusanos en las tripas de Balder! Habéis venido a arrastraros en el cadáver de mi mundo, y en este momento decido de no permitirlo. Me odio a mí mismo, pero os odio más a vosotros. Volved al lugar de donde habéis venido. ¡Yo me quedo con la Tierra!
—Sí, tú, nos obligas…
Se convirtió en una pequeña nova a sus pies, un bulto como un lirio en llamas deslizándose sobre negras aguas.
—Id a casa —dijo, y se hallaron en el Sant una vez más, y él tenía su tamaño normal, y la pared abrió su puerta otra vez.
Los dos puffys que quedaban se arrastraron hasta ponerse en pie.
—Has, usado, tu tiempo, tu mundo… —zumbaron— y eres, todo, lo que queda, detrás. Tu raza, no está, justificada, y, su único, monumento, es, la imperdonable, destrucción, de la vida.
—En eso —contestó— emulamos al universo. ¡Nosotros tomamos!
—Mirad alrededor vuestro, aunque… debe haber una brillante ceniza en ese gran cenicero —gesticuló violentamente—. ¡Debe haber algo ahí fuera que nos justifique! ¡Id a mirar!
Trató de quebrar su cráneo entre las palmas de sus manos, pero no pudo.
—¡Fuera de aquí! ¡Dejadme!
—Marchad…
La puerta guiñó grotescamente detrás de ellos y él la golpeó con un rayo.
Los gritos continuaron.
II
Apartadas están las cortes sombrías. Apartadas…
Oyó gritar.
Reconoció su propia voz.
Se despertó.
—Apartadas —los embajadores puffy ruegan— cortes sombrías —entrar…
Las palabras estaban cambiando, y lo sabía.
Estaba escuchando a la almohada y tergiversando las palabras, estaba escuchando las palabras y alterando su significado; lo estaba haciendo y no haciendo, estaba en parte despierto, en parte dormido.
Lo sabía.
… Una larga historia acerca de una mujer llamada Ana y un hombre llamado Vronsky.
… El tren se precipitaba hacia él, arrojando negros penachos de nubes fantasmales y bramando con un grito de guerra de saurio y lo sabía…
Asió la luz.
—¡Interrumpe el contacto ideacional!
El tren desapareció y se quedó solo, temblando, sabiendo.
Transpiró más aprisa de lo que el lecho podía absorber. Los océanos se removían en las playas de su memoria.
Se cubrió la cara.
—¿Has limpiado toda la sangre?
—Sí —contestó la almohada.
—¿Y su cuerpo?
—Desaparecido. Limpiamente, completamente.
—¿Porqué hizo ella eso?
La almohada no replicó.
—¿Porqué vino ella aquí a desangrarse? —insistió él.
—Porque ella ni podía irse ni permanecer, como tú.
—¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Siete años, tres meses y trece días.
Algo ardiente fluyó del tubo y lo tragó.
—¿Son reales los puffys o una parte de la terapia?
—Ambas cosas.
—Oh, ¿es verdad que maté a uno?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace dos semanas.
—Estoy enfermo.
—No. Ahora estás bien.
Se sentía enfermo.
La almohada zumbó y el lecho vibró, y él estaba seco otra vez y caliente. La almohada chasqueó.
—Los embajadores puffy ruegan ser recibidos.
—¿Has puesto agua en mis bebidas?
—Sí.
—Déjalos pasar —dijo.
III
Contempló la habitación que había cerrado y sellado en aquel día, hacía siete años… La pared se había disuelto ahora.
Len había vuelto, oliendo a espacio y a tiempo, y no había dicho una palabra —dándole solamente una larga mirada de perro apaleado antes de que lo golpeara— y cuando él había vuelto en sí Len se había ido y dos de sus dientes estaban rotos y se estaba ahogando con uno de ellos, y bebió, empezando a frotarse otra vez en las anémonas canela al lado de la piscina, y bebió, y entonces lloró un poco, bebió, la transportó a ella a la cama y rezó, lloró algo más, bebió, cerró la habitación, despertó, todo en orden, sus brazos doliéndole de los chorros de spray y la almohada con Lycidas para él, y tomó huevos revueltos y tostadas para desayunar, y todo estaba en orden, sí.
Pidió una banda de contacto.
Un gran lirio blanco, brillante, salvaje, rompió el piso de la estancia y floreció sobre el lecho, baño y vestidor, mientras la otra pared se convertía en puerta y entraban los puffys.
Sonrió cuando aparecieron.
—Hola, puffys.
Y ellos entraron y entraron, y el Sant se llenó de puffys, y él sonrió y afirmó con la cabeza y ellos permanecieron frente a su lecho.
Él se apartó y se sentó a un lado.
—Habéis venido —dijo—, hambrientos y sedientos de venganza.
—¿Qué es, lo, que quieres? —preguntaron.
—Nada —dijo él.
Hubo silencio. Los puffys lo tenían apresado como una mariposa en amarillentas redes de miradas.
—¿Qué es lo que vosotros queréis?
—¿Por qué, nos, matas? —preguntaron.
—No fui yo —respondió—, fue mi locura. Lo siento.
—Si tú —dijo un puffy—, te vas —dijo un puffy—, todo —dijo un puffy—, estará bien —dijo un puffy.
—Si tú —pausa—, te quedas —dijo otro—, deberás —dijo otro—, morir —dijo el más grande.
—Inútil —dijo otro—, ¡monstruo!
—Muy bien —suspiró él—; muy bien, en efecto.
—Sea lo que sea, haga lo que haga —les dijo—, leed la Tierra, estudiad la Tierra, y juzgadnos rectamente por lo que hicimos con ella mientras vivimos aquí. No soy verdaderamente un representante de mi especie, solamente, tal vez, uno de sus fracasos. He derrochado algunas vidas probando la inutilidad de la vida, y justamente he decidido ahora que estaba en un error.
Hizo una pausa, miró alrededor suyo y preguntó:
—Si os dejo la Tierra, ¿qué haréis con las obras del hombre?
—Quemarlas —zumbó uno.
—Enterrarlas —sonó otro.
—Reemplazarlas —musitó un tercero.
—Perdonarlas —silbó un cuarto— por existir.
Los otros lo miraron e hicieron ruidos extraños. ¿Risas?
—¿Quién eres tú? —preguntó.
—Bufón —dijo la pirámide de vainilla—. Me burlo, de, mis líderes.
—¿Quién eres tú? —preguntó al primero que había hablado.
—Primero, entre, los iguales.
—¿Y tú? —al segundo.
—Segundo.
—¿Y tú?
—Tercero.
—Y Bufón hace el cuarto. ¡Bien!
Empezó a reír.
—Rey comediante de las bolas de nieve, ¡yo te saludo!
Hizo una reverencia. El Segundo extendió una tenaza, tentativamente, en su dirección.
No se movió hasta que la hoja estuvo cerca de su cuello. Entonces se enderezó y la asió en su mano derecha.
—Dadme vuestro perdón, señor. Yo os he causado mal —retrocedió—. Lo que haya hecho que pudiera dañar vuestra naturaleza, honor, y decepcionaros rudamente, aquí proclamo que fue mi locura.
La mano y tenaza quedaron estáticas cuando las luces empezaron a desvanecerse. El zumbido comenzó otra vez cuando la estancia quedó en completa oscuridad. Luego reinó el silencio, y continuó:
—Dejadme renunciar a un vil propósito y así quedar libre en vuestros pensamientos más generosos…
Hubo luz otra vez, pero procedente de antorchas recién aparecidas, como hongos creciendo en oscuros nichos de ladrillos. Cincuenta o sesenta personas, vestidas ostentosamente, llenaban la cámara envuelta en sombras. Su lecho se había convertido en un trono, y un hombre con barba y gruesas ropas púrpuras y una corona de oro se sentaba en el mismo.
Las paredes se hallaban cubiertas de alegorías tejidas en brillantes colores, cabezas de presas vencidas, hachas teñidas de humo con ojos oxidados. La noche se movió seis o diez metros hacia arriba y quedó colgando allí, rezumando riachuelos de negrura entre las fisuras de las paredes.
Él iba ataviado con pantalones negros y una camisa blanca, abierta en su cuello, y su cabello era un bruñido espejo, y sus ojos celestes retenían al hombre oscuro, cuya mano aún asía.
¡Dilo!, ordenó.
La boca se movió vacilante, la garganta se tensó y relajó:
—Estoy, satisfecho, en naturaleza, con el motivo, que, en este caso, debiera, incitarme más, a mi venganza —declaró el otro lentamente; la voz se hizo más clara, se elevó—: Pero hasta ese día yo recibo vuestra oferta de amor como amor, y no la agraviaré como tal.
—Yo la acepto libremente —replicó él— y quiera que esta prueba de hermano francamente lo demuestre.
Torció la mano, la soltó, y se dio la vuelta riendo.
—¡Dadnos las espadas!
—¡Vamos! ¡Una para mí!
—Yo seré vuestra espada —sonrió él.
—¡Os burláis de mí, señor!
—No, por esta mano. —La alargó otra vez.
El otro se volvió y caminó unos pasos, como si el proceso fuera completamente nuevo para él. Sorprendido por su inesperada gracia, ejecutó una estocada de ataque y rió fuertemente.
—Dadles las espadas —ordenó el que llevaba la corona—. ¿Conocéis la apuesta?
—Muy bien, mi señor.
Su oponente inspeccionó la punta de su arma.
—Ésta es demasiado pesada, dejadme probar otra. —Seleccionó otra hoja y miró a su oponente, el cual afirmó con la cabeza.
El terrestre humedeció sus labios, extendió su arma varias veces y se puso en línea con su oponente.
—Ésta me parece bien —declaró—. ¿Estas hojas tienen la misma longitud?
—Sí, mi buen señor.
Así él sonrió sobre la torcida curva del saludo del otro y se puso en guardia. Su oponente hizo lo mismo.
Era un juego, un bello juego en el que se veían obligados a participar, con la extraña sensación de moverse bajo otra forma, de ver los colores de la Tierra a través de ojos terrestres, de hablar con la lengua de los terrestres.
Había impedimentos, desde luego… Éste había de estar aquí, ése allí, este de aquí hablar así y así. El rey debía ordenar vino y tirar una perla dentro de la copa antes de decir «¡Vamos! ¡Empezad! ¡Y vosotros, los jueces, tened ojos sagaces!». Pero el aire crepitaba con la invisible electricidad de la anticipación, y sus semi-controlados movimientos parecieron ser más suyos cuando se adelantaron al grito de:
—¡Empecemos, señor!
—¡Vamos, mi señor! —fue la respuesta, y las espadas saltaron como lenguas de sapos.
(Atacar - extender - parar - parar - arremeter).
¡Click!
—¡Uno!
—No.
—Dictamen.
—Tocado, claramente tocado.
—Bien, ¡otra vez!
—Parad —gritó el rey—. ¡Un brindis a tu salud!
Hizo señas a un sirviente.
—Dadle la copa —dijo.
—Esta vez empezaré yo —contestó el terrestre—. Esperad un poco.
Se hundió completamente en la ilusión del momento, su memoria dirigiéndose en dirección opuesta y a través de una serie de nuevos descubrimientos. Dio una estocada hacia adelante.
—Tocado otra vez. ¿Qué decís?
—Tocado, tocado, lo confieso —convino su oponente.
—Nuestro hijo vencerá —gruñó el rey.
—La reina bebe por tu fortuna. —La dama al lado del rey alzó la copa.
—¡No lo hagas! —interrumpió el rey; y en la distancia un susurro, esforzado «No, pude, evitarlo».
Los dientes del rey rechinaron.
El terrestre se mordió el labio.
—¡Ahora te tengo!
Su espada resonó contra el suelo. Un simple diente arrancó sangre de su cuerpo, quitó la visión de sus ojos, y la estancia entera se estremeció como la llama de una vela puesta cerca de una ventana.
Luego se afirmó, y cayó sobre una rodilla.
Empujó su codo contra las costillas de su oponente, y asió la muñeca derecha del espadachín. Se agachó por debajo de él y se levantó, girándose.
Una segunda espada sonó sobre el suelo.
—¡Apartadlos! ¡Están furiosos! —llegó el grito.
Él cogió la otra arma.
—¡No! ¡Venid otra vez!
Su oponente cogió la otra espada, se levantó con un hondo suspiro y se situó en balestra.
Evitó la repentina febra con un remolino, luego cambió hacia un salto atrás. Las hojas se separaron gimiendo. Atacó la parte exterior de la espada extendida, fintó en cuatro, se adelantó en seis. La respuesta fue una relampagueante parada y una riposte en seis, debajo de su propia espada. Lo empujó hacia abajo, retrocedió, paró el forte, y se tiró hacia adelante en un flesche ataque.
El otro gritó.
La reina cayó sobre sus rodillas.
—¡Mirad a la reina!
—Están sangrando en ambos lados. ¿Cómo es eso, mi señor?
—¿Cómo es eso?
El otro asió su brazo, y un velo de terror contorsionó su cara mientras sus labios se movían.
—Yo estoy, justamente, muerto, por mi propia, traición (!).
—¿Cómo está la reina?
—Se desmayó al verlos sangrar.
—¡No, no! ¡La bebida! —gimió ella, la histeria asomando en su voz mientras las palabras emergían de su garganta—. ¡La bebida! ¡Ha sido envenenada!
Entonces ella cayó y quedó silenciosa.
—¡Oh, villanía! —sonrió el terrestre—. ¡Haced que las puertas se cierren! ¡Traición! ¡Buscad!
—Aquí está —suspiró el que estaba a sus pies—. Tú estás muerto. Ninguna droga en el mundo puede hacerte bien. No tienes ni media hora de vida. El instrumento traidor está en tu mano, agudo y emponzoñado…
Él se mostró de acuerdo y miró a su alrededor, a los herederos de la Tierra. Esto, al menos, quedaría con ellos.
—Entonces, veneno, ¡a tu tarea! —gritó, y con una sonrisa apuñaló al rey, forzando la copa a su boca y vertiendo lo que quedaba a través de sus dientes.
—Queríais la Tierra —murmuró—. Queríais sus huesos sin su carne. Horrible o adorable, el hombre ha tatuado su cuerpo y no podréis borrar nuestra marca de su cadáver. La queríais… ¡tratad de tenerla así!
La forma cayó sin vida en sus brazos.
—Has sido, justamente, servido —dijeron forzadas voces guturales, mientras el otro espadachín cerraba sus ojos y gemía.
—¿Estás seguro de que estaba en lo cierto? —preguntó su propia voz en su cabeza.
—¿Lo estaba? —gritó.
Sus sienes empezaron a latir. Los susurros de los puffys, en un staccato de horror, empezaron a hacerse más fuertes. Un temporal pasó a través de la estancia, y las antorchas vacilaron. En algún lugar hubo un lamento. Se sintió como si estuviera ardiendo.
La cámara palideció y reapareció, palideció y reapareció, y entre unos instantes de brillante limbo le pareció estar de pie en medio de un vasto campo de hielo, rodeado por una aldea de igloos, cada uno ostentando antenas. Arriba, sobre su cabeza, la galaxia giraba como un enorme cenicero, y él sabía que continuaría siempre así, girando, congregando, después de que él hubiera cesado. Y él sabía que su significado era el de llenar ese cenicero —su raza y los que aún no habían nacido en su raza— cayendo en polvo allí para siempre, y ardiendo ocasionalmente en brillantes copos, como él lo había hecho esta noche, para justificar algo absurdo con una absurda belleza y cancelar algunas cosas absurdas y dejar atrás algo de belleza, para algún fin, y se dio cuenta de que estaba sano otra vez, y sonrió a los puffys y cambió para el final de la escena en la corte.
—¡Oh, muero, Horacio! —gruñó—. El potente veneno casi llena mi espíritu —miró hacia el puffy cortesano que lo sostenía en posición sentada—. No viviré para saber las noticias de (¿Inglaterra?) —continuó—, pero profetizo que la elección recaerá en (¿Fortinbras?). Él tiene mi agonizante voz —señaló con la cabeza hacia la puerta que ocultaba al helado Bufón—. Decídselo, junto con los incidentes, más o menos, que ha solicitado, el resto es silencio…
Se reclinó y enfocó su voluntad hacia la próxima parte.
El puffy-Horacio estaba hablando de su corazón destrozado y del canto de los ángeles. Mencionó el tambor, y lo oyó, en la distancia, antes de que llegara el silencio final.
El Bufón se deslizó hacia adelante, cambiando de forma mientras se movía. Finalmente se detuvo —una montaña de hielo— mirando hacia abajo, al terrestre. Enjambres de células de campanas se abrieron y cerraron, se abrieron y cerraron. Los otros lo observaban, porque sabían que él conocía la Tierra, porque él era el mímico, y sabría lo que había ocurrido y qué hacer luego.
Miró al último hombre muerto sobre la Tierra.
—Levantad, el cuerpo —dijo—. Semejante, visión, como esta, transforma el lugar, pero aquí, es impropio. Id, ordenad, disparar, a los soldados.
Y lo llevaron afuera y lo enterraron, sin ser costumbre entre los puffys; y el Sant extendió cañones y los disparó en la noche, sin haber sido costumbre entre los hombres por muchos años; y el Bufón hizo de la Tierra un lugar de felicidad, y los puffys vivieron siguiendo las costumbres de los hombres.