País Relato - Autores

hans christian andersen

la cerillera

Érase una vez, una muchacha que se ganaba la vida vendiendo cajas de cerillas en la calle, a la entrada de los bares y restaurantes. La llamaban la cerillera y muchos clientes le compraban cerillas sin necesitarlas. Era una muchacha, una niña casi, con una rubia cabellera de la que caían unos graciosos rizos por la espalda.
Aquel día era muy frío, nevaba y estaba anocheciendo. Eran los últimos días del año y un viento suave, pero gélido, alejaba a la gente de la calle...
En toda la tarde no he vendido ni una caja de cerillas. – se quejaba la muchacha – Las calles están casi vacías porque hace tanto frío que la gente no se atreve a salir a la calle. ¡Brrrr! Siento mucho frío.
Permanecía acurrucada en un rincón de la calle pero por ella no circulaba nadie. Sólo caía la nieve silenciosamente, cubriendo de blancura las calles. Nieve copiosa que cada vez iba en aumento. La cerillera tenía los cabellos blancos y sacudió la cabeza para quitarse la nieve de encima.
La muchacha, vio acercarse a un hombre con un abrigo y sombrero, que se paró delante de ella.
¿Quiere una caja de cerillas, señor? – le preguntó la cerillera al caballero.
Sí. Te compraré una caja de cerillas. Toma. – le contestó dándole una moneda.
Gracias señor.
Pero deseo que la caja la guardes tú y enciendas una cerilla si sientes frío – le dijo el misterioso hombre.
Tendría que encender todas y no acabaría con todo el frío que siento – respondió.
¡Nunca se sabe, niña! – y diciendo esto se despidió - ¡Adiós!
La cerillera sabía que una cerilla calentaba muy poco, pero sacó una de la caja y la rascó. La cerilla prendió, haciendo chispas.
Me calentaré los dedos – pensó la cerillera.
La llama de la cerilla parpadeó como si le sonriera. Pero lo más extraño era que no se consumía, ardía sólo la cabeza de la cerilla y su calor fundía la nieve de alrededor.
¡Qué cerilla más extraña! ¡No se consume! y… ¡Qué calor hace! – se sorprendió - ¡Son las ocho de la noche y está saliendo el sol!
El mundo cambiaba. Un sol brillante fundía la nieve que se derretía formando minúsculos riachuelos y a los árboles de las calles les empezaban a salir nuevas hojas. Los rosales de los balcones florecían exhibiendo unas rosas magníficas.
¡Es una cerilla embrujada! – dijo contenta la cerillera.
Entre las llamas de la cerilla se distinguió el rostro enigmático del hombre que las había comprado, que en realidad era un mago.
Si tienes algún deseo que cumplir, dímelo – dijo el rostro del mago.
Me gustaría volver a aquella casa que conocí cuando era muy niña. Allí vivía con mis padres y mi abuela – le contestó la muchacha con nostalgia.
Y su deseo se cumplió. Entre las llamas pudo distinguir una casona con bonitas cortinas y muebles de madera. Veía a su madre quitando el polvo de los cristales. Ella era muy pequeña y estaba en los brazos de su abuela. Su madre le sonreía. Más allá veía a su padre trabajando en su despacho, con la chimenea encendida­. No hacía frío en aquella casa y eran felices. Pero la imagen de la familia se fue difuminando. La abuela era la única que seguía a su lado y poco a poco también se difuminó en el aire.
¡Ha sido un grato recuerdo! – pensó la muchacha - (Ay! ¡Me he quemado los dedos! – se quejó cuando la pequeña llama de la cerilla llegó a sus dedos.
Al sacudir la mano, tirando al suelo la cerilla ya consumida, volvió a nevar copiosamente, y el viento frío se adueñaba otra vez del ambiente.
¡Brrrr! ¡Otra vez el frío! Claro, una cerilla no dura nada. Pero he recordado a mis padres y a mi abuela y ha sido muy bonito. Era muy pequeña, apenas sabía andar, cuando me perdí no se donde, no recuerdo nada. Voy a encender otra cerilla. Tal vez vuelva con ellos – pensó la cerillera.
La nueva cerilla no le trajo recuerdos familiares. Era una cerilla de fantasía, y la cerillera se vio en un sitio desconocido, en el aire, como si viviera en una estrella. Veía allá abajo, el mundo, la Tierra, y a ella, como si fuera un ángel que volaba feliz por los aires, contemplándolo todo con curiosidad. Era un mundo que desconocía.
No, no me gustaría vivir aquí. Toda la vida flotando en el aire. Es maravilloso, como un sueño, pero es demasiado irreal para mí. ¡No me gusta este mundo! – y diciendo esto, sopló la cerilla y la apagó.
Al apagar la cerilla el mundo volvió a ser lo que era. La calle fría, desierta y la nieve, cayendo sin cesar, ya cubría buena parte de la calle y aumentaba su grosor minuto a minuto.
Como no me marche pronto de aquí, voy a quedar transformada en un muñeco de nieve.
La cerillera se sacudió la nieve de encima de sus ropas y cabello y comenzó a andar. No sabía a donde ir, ya que vivía en los rincones que encontraba. Llevaba muchos años así, desde que dejó de ver a su familia.
¡Encenderé otra cerilla! – pensó ilusionada - A ver dónde me lleva ahora.
Esta vez la cerilla, al encenderse, le habló:
Lo siento, pero esta vez no puedo llevarte a ningún sitio. Sólo hay tres cerillas mágicas en la caja y dos ya las encendiste. Yo sólo serviré para calentar tus dedos fríos. No creas yo, que estoy ardiendo, también siento frío.
¿Cómo voy a saber qué cerilla es la mágica? – preguntó intrigada.
No lo sé, yo sólo tengo permiso para hablar – contestó la cerilla - ¡Aaahhh! ¡Quítame de encima este copo de nieve que me está apagando la cabeza! Debería estar prohibido nevar sobre las cerillas encendidas, por poco me apaga. Se me está terminando el palo de madera. Me he alegrado mucho de conocerte, cerillera. Te deseo suerte, mucha suerte.
¡Uy! ¡Me he quemado los dedos! – se lamentó la niña cuando la llama se apagó en sus dedos y ahora volvía a tener mucho frío – Con la moneda que me dio aquel hombre misterioso, entraré en ese bar a tomar una bebida caliente.
Penetró en el bar de la esquina y había poca gente, pero se estaba mejor que en la calle.
Póngame un vaso de leche bien caliente, por favor – pidió la cerillera al camarero - ¿Tendré suficiente con esta moneda?
Dejó la moneda encima del mostrador y el camarero la miró con sorpresa. Fue a cogerla, pero un cliente que estaba a su lado se lo impidió, tomándola para examinarla.
¿Esta moneda es tuya? ¿Te la dio alguien? ¿La encontraste? – preguntaba con cara de sorpresa el hombre.
Me la dio un hombre por una caja de cerillas – contestó la muchacha.
Vi una igual hace muchos años, pero ahora no se dónde – le explicó el señor a la cerillera - ¡Guárdala! Yo te invito a lo que quieras tomar, pero no gastes esta moneda. Si vienes por aquí a menudo y recuerdo lo que oí decir de esa moneda, dejaré recado al camarero.
Pasaron los días, el tiempo frío se fue a otras latitudes y el sol empezó a calentar el ambiente. La cerillera guardaba aquella moneda dentro de una bolsa y no quería venderla, aunque le habían ofrecido bastante dinero por ella. También, de vez en cuando, cuando entraba en aquel bar a comer algo, preguntaba al camarero si había algún recado para ella. La respuesta era siempre negativa y acabó olvidándose de ello.
Y volvió el invierno. El frío se adueñó de la ciudad y la nieve, fiel amiga del frío, empezó a pintar de blanco las calles, las plazas, y los tejados de todas las viviendas. La cerillera seguía vendiendo cerillas y un día volvió a acercársele el hombre con el abrigo y el sombrero, aquel que le había comprado la caja de cerillas mágica.
Ya te compré una y quemaste sólo tres fósforos. Me gustaría que me la devolvieras porque aún quedan cerillas interesantes, pero tú ya no las necesitas – le contó el mago.
La tengo guardada aquí, pero pensaba encender una cerilla ahora que ha vuelto el invierno – dijo la cerillera preocupada por quedarse sin ellas.
No vas a necesitarla, tranquila. En cambio la moneda, sí. Esta moneda la llevabas tú cuando te perdiste. Te la había regalado tú abuelo y la llevabas siempre contigo. Alguien te la robó y yo la recuperé. La vida tiene sorpresas. – le explicó el mago ante la cara de sorpresa de la muchacha - ¿No te apetecería tomar un vaso de leche caliente? Te invito yo. Vamos a aquel café.
Echaron a caminar hacia el café, y cuando la cerillera abrió la puerta para que entrara el misterioso hombre, vio que estaba sola.
Y desde el interior oyó una voz:
¡Esta es la muchacha que tiene la moneda! – gritó el mismo hombre que había hablado con ella hacía tiempo.
La cerillera miró al hombre que estaba acompañado de otro hombre y una mujer que la miraban.
De repente, se vio otra vez en brazos de la abuela, viendo como su madre limpiaba unos cristales y más allá a su padre trabajando en el despacho. Aquella pareja, un poco viejecita, era la que su memoria guardaba. ¡Eran sus padres!
Por fin se habían encontrado diez años después. Desde aquel día toda la familia fue muy feliz y la cerillera no volvió a pasar frío.